La Rioja
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Fecha: agosto, 2017
Tiempo de unidad
María Antonia San Felipe 26-08-2017 | 8:09 | 2

No es fácil permanecer impasible ante un asesinato salvo que seas un instrumento voluntario del terror y militante del horror. El terrorismo tiene una lógica ajena al sentido común y quienes manejan los hilos tienen razones y propósitos que se levantan sobre la muerte, la muerte ajena. Con los asesinatos de Barcelona todos hemos sufrido. Cada muerto, cada víctima, duele, aunque cada uno se conduela más con los propios. Desgraciadamente, no somos los únicos que hemos sufrido el terrorismo, el dolor está muy repartido. Casi simultáneamente también han sido objetivos de los terroristas Finlandia o Nigeria, donde 30 personas fueron asesinadas por Boko Haram. En lo que va de año los terroristas del yihadismo han producido 10.326 víctimas (Irak 309 atentados,  Afganistán 115 y Nigeria 67). La cifra da escalofríos.

Estos días hemos visto y oído muchas cosas terribles. Solo la solidaridad con las víctimas nos devuelve la esperanza y nos enseña que hay más gente de buen corazón que malvados. Sin embargo, es momento de reflexionar sobre un fenómeno enormemente peligroso que ha florecido con fuerza estos días y que estaba agazapado entre nosotros. Al calor de la indignación y del dolor que produce el terror muchos han encontrado el caldo de cultivo para fomentar la xenofobia y el odio al que creen diferente. Las redes sociales han sido el mejor vehículo para la difusión de bulos, mentiras y odio: que si hay que echar a todos los inmigrantes, que si cobran subvenciones que se niegan a españoles, que si no se manifiestan en las calles, que si los mossos hablan catalán, que no hay huevos para hacer lo que hay que hacer, etc. Tras la lista de los supuestos agravios, la polémica sobre la instalación o no de bolardos en las Ramblas ha sido la estrella. Así, un sacerdote de Cuatro Caminos ha acusado a la alcaldesa de Barcelona de cómplice de los terroristas. Un exabrupto que oculta otros debates como la seguridad privatizada en aeropuertos y estaciones, sin control policial efectivo, cuando por ahí entran y salen más terroristas que en las pateras. Hay hasta quienes han reclamado al ejército pero no para ayudar sino para asumir el mando.
           Han florecido como setas páginas web que ocultan intereses políticos extremistas y que muchos, inocentemente y otros con complicidad, difunden sin reparar en la nocividad de las mismas. Quienes administran esos bulos saben lo que hacen, quieren fomentar el enfrentamiento soltando barbaridades contra inmigrantes, catalanes y políticos inútiles. Como son muy machotes aplauden a exaltados añadiendo que tienen “dos cojones” y que dicen “verdades como puños” no como los blandengues buenistas encubridores de terroristas. Creo que “cojones” deben tener porque es lo único que muestran, pero de inteligencia no andan sobrados y la historia nos lo enseña.
           Algunos resucitan ese viejo y falso mensaje de que el terrorismo se acaba con “mano dura” y no con las tontadas de los minutos de silencio. Se olvidan de que el palo y la estaca hasta ahora solo nos han traído guerras y millones de muertos. Recordemos nuestro propio pasado, nuestra propia guerra y la dictadura o como acabó la Alemania conducida por el líder de la mano dura y alzada, Adolfo Hitler. Pensemos en la invasión de Irak, Afganistán, etc. y valoremos sus desastrosos resultados. En realidad, los que desde el odio juegan a dividirnos son el mayor éxito de los terroristas cuyo objetivo es enfrentarnos para que desconfiemos de nuestro propio sistema democrático y de las libertades que es lo que quieren destruir.
           En España luchando contra ETA aprendimos dos cosas importantes, que los culpables son los terroristas que siempre van a buscar el modo de hacer daño. Y segundo, que la unidad política y social garantiza la eficacia operativa de todos nuestros Cuerpos de Seguridad que, hasta la fecha, se han demostrado ejemplares. El sábado la manifestación de Barcelona debe ser el punto de partida de un nuevo pacto antiterrorista que debiera extenderse más allá de nuestras fronteras. Europa ha de dar una respuesta unitaria al terrorismo analizando sus propias relaciones internacionales con los países islámicos. Es el único camino para que el miedo no mine nuestra seguridad ni doblegue nuestra libertad.

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Que no haya silencio
María Antonia San Felipe 19-08-2017 | 8:00 | 0

charlottesvilleEl abuso de la comunicación rápida que imponen las redes sociales ha conseguido que en la política actual sea más importante el impulso que la reflexión en la exposición de las ideas. Donald Trump es un adicto de la comunicación tuitera compulsiva, por eso, asusta pensar que pueda manejar con similar rapidez el teclado del teléfono o el botón nuclear. Donald Trump llegó a la presidencia sin un ápice de fingimiento. Recorrió EEUU con su explosiva personalidad saliéndose de tono y de madre pero los norteamericanos a cambio del espectáculo le entregaron la presidencia. América, según Trump, era lo primero aunque él puede convertirla en una tierra fecundada de fanática intolerancia.
           Trump no disimula, no lo ha hecho nunca. Es tan racista como machista, porque lo uno lleva a lo otro. Su primer impulso, tras los violentos sucesos de Charlottesville (Virginia) que han tenido como desenlace una joven muerta y veinte heridos atropellados intencionadamente por un neonazi, ha siso la equidistancia. En sus primeras declaraciones el presidente Trump asombró a América y al mundo. No digo que sorprendió sino que su sinceridad nos dejó boquiabiertos al asimilar a los racistas nazis con los contramanifestantes. Con su postura, pretendidamente tolerante, trató de lavarse las manos pero encubría al movimiento ultraderechista que ondeaba banderas nazis como si fueran rosas. Que a estas alturas de la historia alguien todavía sostenga que los blancos son superiores a los negros, o los hombres a las mujeres, los americanos a los congoleños o a cualquier ser humano nacido del mestizaje, es realmente una muestra de inferioridad intelectual y por supuesto, deber ser tachado de racista y neonazi sin ningún paliativo. Niegan lo evidente como niegan el holocausto.
           Así que la tibieza de Trump solo fue aplaudida por los ultras. El senador y excandidato presidencial, el también republicano, John McCain, ha sido contundente: “Los supremacistas blancos no son patriotas, son traidores”. Que se vayan y no vuelvan, ha dicho el gobernador de Virginia. Fue tal el escándalo que sus asesores le obligaron a condenar a los supremacistas. Y Trump, fingiendo, condenó a los racistas con la boca pequeña, porque en realidad piensa como ellos y porque quienes le auparon a la presidencia jalean a los ultras. Desgraciadamente también lo votaron negros e hispanos. ¡Inmensa es la ignorancia que se somete a la manipulación! ¡Así es la vida!
           Al final, la verdad reluce. A las pocas horas, el verdadero y genuino Trump volvió a rectificarse a sí mismo para regocijo del Ku Klux Klan y de los grupos neonazis (Alt-Right Movement) que lo han felicitado por su coraje y valentía. Todo esto asusta y aterra. No hay duda de que Trump es el mejor altavoz del neonazismo en todo el mundo. La propia ONU acaba de alertar del incremento de la xenofobia en EEUU, por eso no se puede mirar hacia otro lado. No olvidemos que en Alemania el nazismo llegó a cometer todos los excesos que la historia nos ha contado gracias al silencio de muchos buenos alemanes que hacían como que no veían. Como muy bien explicaba el líder negro Martin Luther King, “cuando reflexionemos sobre el siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”. No podemos normalizar lo intolerable, no podemos ser cómplices mudos. Todavía hay esperanza. Los padres Pete Teft, de Fargo (Dakota del Norte), uno de los neonazis que se manifestó en Charlottesville, han tomado la palabra para repudiarlo, señalando que desconocen donde aprendió esas creencias y que solo lo acogerán en casa cuando las abandone. Aplaudo a estos padres que no quieren guardar silencio porque saben adónde conduce. Si quienes aplauden a Trump en América y en el resto del mundo no chocan contra nuestra resistencia creerán que los animamos en su peligrosa cruzada. No podemos entregarles el futuro porque lo convertirán en un regreso al pasado, al más horrendo pasado.

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Letra pequeña
María Antonia San Felipe 12-08-2017 | 9:57 | 0

rajoy-puigdemontLa letra pequeña es algo en lo que no solemos detenernos en este loco mundo de la información que se transforma a la velocidad de la luz. Consumimos grandes titulares y despreciamos los jugosos detalles de las cosas que, a la postre, son los ingredientes auténticos de lo importante. Sorpréndase conmigo querido lector al conocer que, según el barómetro de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas, intranquiliza más a los españoles “la crisis de valores” (2,7%), que la “independencia de Cataluña” (2,6%). A casi nadie desazona el tema catalán comparado con el 70,6% de españoles preocupados por el paro o el 45,3% de los alarmados por la corrupción. Sinceramente no sé si esto es bueno o malo, pero asombra la distancia entre la política y la calle, el ruido mediático y la vida cotidiana.
           No deja de ser chocante que los españoles contemplen sin desasosiego el espectáculo que tantos y tan encontrados sentimientos parece producir desde hace años y que está en el punto más álgido de tensión de los últimos tiempos. Los ríos de tinta, las largas polémicas televisivas y radiofónicas añadidos a los sesudos argumentos no parecen influir en el estado de ánimo de la ciudadanía que lo sitúa al mismo nivel que su desvelo por un concepto tan abstracto como la crisis de valores del mundo actual. Reír o llorar, esta es la cuestión.
           Los independentistas buscan urnas para votar y argumentos para convencer, los unionistas esgrimen los artículos de la Constitución y el derecho internacional y los más templados aventuran salidas imaginativas que hagan posible un marco de naciones múltiples que salvaguarde la idea envolvente de la España común. Mientras prosigue la guerra de argumentos, la inmensa mayoría de los españoles solo piensa, según el CIS, en dos cosas: conservar o conseguir empleo y confiar en que los corruptos no le roben demasiado.
           En este calorín andaban los españoles mientras extendían la toalla en la playa o tomaban una caña en la terraza del bar mientras elucubran con los amigos sobre cómo solucionar los problemas del país, cuando hemos conocido, con asombro, que al presidente del gobierno le ha sobrevenido un lumbago antes de ir a visitar al Rey. Parece ser que lo abultado de la mochila en la que transportaba los problemas que lleva tiempo eludiendo le ha producido una lesión más grave que la infligida por los casos de corrupción que afectan a su organización.
           Una vez recuperado el temple a nadie ha sorprendido que Rajoy le haya dicho al Rey que él es partidario de no hacer nada. No sabemos si es por prescripción médica o porque piensa seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. El presidente sigue confiando en que el tiempo y el aburrimiento disuelvan, por agotamiento, el problema territorial del Estado español y frenen a sus mejores aliados que no son otros que los propios independentistas que, gracias a su inactividad, han crecido como setas. El caso resulta realmente llamativo, mientras unos viven instalados en la prisa y corren a la velocidad de Charlot en las películas de cine mudo; otros, con el presidente del gobierno a la cabeza, esperan tumbados a que se estrelle el tren contra la legalidad imaginando que ahí terminará el problema. Tengo la impresión de que unos contra otros y todos en contra del sentido común han destrozado el entendimiento que es la única forma de garantizar la convivencia.
            O todos están locos o todos nos engañan. Pudiera ser que todo este despropósito sea un invento coordinado entre unos y otros para distraernos mientras expolian nuestros derechos y dilapidan nuestros impuestos en perfecta sintonía, aquí y allí. No olvide nadie que los platos rotos siempre los pagan el pueblo, los pueblos, el ciudadano, las personas porque de sus decisiones siempre nos ocultan lo importante: la letra pequeña.

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Cómplices
María Antonia San Felipe 05-08-2017 | 8:00 | 0

corruptos-¡Todos han robado!, los unos y los otros, los de aquí y los de allí, los del norte y los de sur.
           Con tan endeble y repetido argumento me dicen algunos lectores que no soy ecuánime porque creen que critico demasiado a unos y menos a otros.
           -Mire usted, he escrito de Rajoy porque es el primer presidente del gobierno que va a declarar ante el Tribunal Supremo por la corrupción del partido que nos gobierna. Escribo de Blesa porque se suicidó hace unos días, de Villar porque lo detuvieron la semana pasada, de Rato y de Ignacio González porque lo llevan a la cárcel, de Granados porque ingresa en la misma prisión que inauguró, de…
           A sí que al calor del verano me ha dado por pensar en este asunto. Imagino que todos estaremos de acuerdo en que dilapidar, robar o malversar el dinero público, el que procede de nuestros impuestos, es decir, del sudor de nuestra frente, lo mismo que utilizar el cargo en beneficio propio está mal, rematadamente mal y además de ser delitos tipificados en el Código Penal. Supongo que también coincidiremos en que lo dicho está fatal lo haga quien lo haga, porque el delito no es menor porque uno sea rubio o moreno, alto o bajo, de derechas o de izquierdas, nacionalista o populista. Y porque la corrupción de unos no tapa la de otros, ni el mal queda minimizado por la afiliación política del ladrón, del malversador o del prevaricador.
           Pero en este país nos gusta más dilapidar al prójimo que asumir nuestros errores,  por eso, existen diferentes reacciones ante la corrupción. Por ejemplo, hay gente que cuando roban aquellos a los que no han votado nunca ni tienen intención de hacerlo jamás, piden para ellos las penas más duras, el repudio público y la intervención de la Inquisición. Pero si los que roban, prevarican o malversan son aquellos a los que ha votado y piensa seguir votando aunque le requisen su propia cartera del bolsillo, entonces dicen: -Como todos roban, al menos que me roben los míos. Minimizando la trascendencia del delito, se disculpa como si fueran travesuras de adolescentes. Se sigue votando a quien se corrompe y consideran que las urnas absuelven de los delitos cometidos.

           Si vuelven a ganar las elecciones se argumenta que los votantes les han perdonado las travesuras y se hace borrón y cuenta nueva. Tampoco faltan aquellos a quienes les da igual que sean unos u otros los protagonistas del latrocinio, se decantan porque caiga sobre ellos el peso de la ley y punto. También hay a quienes les importa un bledo lo uno y lo otro. Sorprende, por ello, que según las encuestas la corrupción sea uno de los problemas que más preocupan a los españoles.
           Si le damos vueltas al asunto sin los apasionamientos que nublan la razón, observaremos que, al tiempo que los ciudadanos sufren las graves consecuencias de una crisis económica muy larga, se ha descubierto tan ingente cantidad de casos de corrupción que no queda institución del Estado sin contaminar. De la monarquía hacia abajo, incluyendo al estamento financiero (cajas de ahorro), al poder judicial y hasta el fútbol. Si uno no puede fiarse de nadie esa sensación conlleva un deterioro evidente de la política y de la arquitectura institucional que nace de la Constitución.
           No es bueno hacer como que no vemos, debemos ser sinceros y reconocer que si terminamos tolerando la corrupción como un mal menor, si disculpamos y absolvemos socialmente a los corruptos seremos cómplices de dinamitar la esencia del único sistema político que puede proteger nuestra libertad, nuestros derechos y nuestro bienestar: la democracia. Sin olvidar que la política debe ejercerse desde la nobleza de los principios éticos con ejemplaridad. La resignación no es el camino, o combatimos la corrupción como práctica política y saneamos el sistema o la corrupción acabará por devorarnos y lo que viene detrás ya lo conocen. Yo me niego a guardar silencio.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.