La Rioja
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Fecha: septiembre, 2017
Los otros
María Antonia San Felipe 29-09-2017 | 10:08 | 0

diada
El enfrentamiento, como arma política, genera siempre peligrosos resultados porque con el tiempo almacena un rescoldo de odio que puede convertirse en un arma de destrucción masiva. Se utiliza para enfrentar territorios e identidades y para oponer personas o colectivos pero los resultados son siempre lamentables.

          El procedimiento es sencillo. Ya sabemos que lo más fácil de agitar son las emociones porque nacen de esa parte oculta que tiene más que ver con los sentimientos que con las razones, emotividad y racionalidad no siempre van unidos. De ahí que sea más fácil apelar a la emoción que a la razón por eso nos duele más cuando nos hieren en lo sensible que cuando lo hacen, desde la argumentación, en lo que pensamos.
          Ocurre en la vida y también en política por eso es muy arriesgado jugar al enfrentamiento apelando al corazón.  En estos momentos vivimos en un continuo asalto a las emociones y, como siempre, hay quienes para autoafirmarse en los gobiernos pulsan continuamente el botón de los sentimientos identitarios para ganar voluntades para otras causas que no son las de los pueblos a los que dicen representar y defender, sino las suyas propias. Agitan las patrias porque la patria y su pasión por ella siempre ha sido un exitoso argumento para esconder grandes miserias. En realidad, el fin último siempre es el mismo: el poder. No olvidemos que el poder es ese impulso hegemónico que para evitar ser reconocido en su ambiciosa desnudez se viste con banderas. Por eso los nacionalismos, todos los nacionalismos son, en esencia, excluyentes.
          Nadie se pone en el lugar del otro y así comienza a construirse el muro de la intolerancia. El otro, el contrario, es denostado para afirmarse en lo propio, para fortalecerse en la propia idea. Los políticos escondidos tras las patrias practican este juego para fidelizar seguidores, para crear adeptos. A este coctel explosivo solo le falta un condimento, la palabra libertad. Libertad se pronuncia tan alto y se grita desde los adentros tantas veces que queda desprovista de sentido, sobre todo cuando con los hechos se cercena o niega la libertad de los otros, de los traidores que no son los míos, que no son los nuestros. Por eso los contrarios se fortalecen mutuamente en este juego infernal. Se necesitan tanto como aparentan odiarse. También reparten medallas de demócratas y títulos de fascistas, los primeros son los nuestros y los segundos los otros, da igual el bando. Los adictos gritan consignas inducidas por los patrocinadores del entuerto y ondean banderas en las calles. Muchos guardan silencio y ocultan su miedo, a veces las banderas asustan tanto como las botas de los generales. Los días pasan y nadie cede, solo la desconfianza crece.
          Habrá un día en que todos al levantar la vista no sé si veremos, como cantaba Labordeta, una tierra que ponga libertad pero si lamentaremos no haber practicado más el viejo principio revolucionario de la fraternidad. Quizás un día la fraternidad, con el abrazo de la tolerancia, destierre para siempre la supremacía de las identidades sobre las personas, sobre los ciudadanos libres e iguales en su patria y en las patrias ajenas.
          No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Joan Manuel Serrat y ciertamente la amarga verdad es que se ha construido una bomba repleta de soberbias que está a punto de estallar. El muro del enfrentamiento ya está concluido y las consecuencias son imprevisibles. Se llega a un punto en que la razón queda escondida en un armario, porque no se quiere convencer sino derrotar al oponente. El hijo del enfrentamiento es el odio y generarlo la prueba palmaria del fracaso. El problema es que el naufragio será de todos y la victoria de ninguno. Todavía amanece, que no es poco.

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La niebla
María Antonia San Felipe 23-09-2017 | 8:00 | 0


puigdemont-rajoyHay una niebla que lo cubre todo, hace días que la bruma es tan intensa que desasosiega. No hay forma de ver el sol, todo lo oculta la incertidumbre. Mientras se agitan patrias y se esgrimen banderas como si fueran lanzas se esconden los auténticos problemas y se camuflan las impúdicas vergüenzas que nos sonrojan como personas.

            En estos días de penumbra regresa la reflexión recurrente sobre si son primero los ciudadanos o las patrias, si son antes las personas o los territorios. Las leyes se enfrentan a sentimientos y la insumisión a la democracia. Crece la intolerancia. El horizonte dibuja un fracaso aunque se revista de esperanza. No conozco algarada que no deje huella, no hay desobediencia que no deje marca. Digan lo que digan en España y en Cataluña hay una herida que supura y sangra.
           Mientras nos afanan en estas guerras que enfrentan a familias y a pueblos, a amigos y a gobiernos o a ciudadanos con sus representantes nos olvidamos de las auténticas miserias que acechan a las personas. No acertamos a ver la brecha social que crece a nuestro alrededor porque solo miramos lo que quieren que veamos. Aunque no lo cuentan, lo único que crece es la desigualdad. Cada vez hay ricos más ricos y una creciente legión de pobres y empobrecidos. Entre 2011 y 2015 se han contabilizado 58.000 nuevos ricos y 1,4 millones de pobres. En España, el patrimonio que administra un 0,4% de la población supera en valor el 50% del PIB, mientras las rentas bajas se desploman y 5,4 millones de contribuyentes ingresan ya menos de 6.000 euros al año. El trabajo que se oferta es efímero y mal pagado con lo que llegar a fin de mes tiene tintes de epopeya. Contemplamos esta evolución, consecuencia de una crisis financiera, como si fuera una ley del destino. Se acepta como irremediable lo que antes se consideró intolerable. Ante la resignación no hay manifestaciones, solo silencio.
           El Banco de España reconoce que de los 60.000 millones de euros que se dedicaron a salvar a la banca no vamos a recuperar ni un tercio, aunque se dijo lo contrario, pero de este tema solo hemos escuchado un atronador silencio. Los juicios sobre la Gürtel, el 3% de mordidas en Cataluña y la larga lista de sinvergüenzas que han corrompido las instituciones sigue creciendo, lo que demuestra que toda la corrupción que intuíamos y nos fue negada, es tan verdad que debiéramos gritar de ira, pero solo se escucha el silencio. No pueden quejarse los secesionistas de que en España haya más corruptos que en Cataluña, en esta materia el reparto de estafadores está equilibrado.
          Por eso en vez de tratar de salvar personas, redistribuir riqueza y proteger derechos básicos, se reivindican patrias y se agitan enseñas. Las banderas aglutinan sentimientos pero también cubren vergüenzas y hay demasiados iluminados que ocultan tras ellas las auténticas dimensiones de sus fracasos políticos.
          En estos momentos de agitación pasional, interesadamente acelerados, resulta difícil diferenciar Estado y Gobierno. Es hoy necesario defender la legalidad constitucional, que no es igual que defender al gobierno, porque es la esencia de nuestra democracia. No hacer nada, despreciar el problema, ha sido el pecado de Rajoy pero la insumisión o la desobediencia no son el camino, ni tampoco una declaración unilateral de independencia que parece ser adónde vamos. Negando el diálogo han abonado el enfrentamiento. Veo a Puigdemont declarar la independencia desde un balcón. Un gesto efímero con pretensión de perdurar en la memoria colectiva.
          El desastre ha llegado ya demasiado lejos. Cansados de tanto cuento, no olvidemos que los gobiernos de Rajoy y de Puigdemont, carcomidos ambos por su propia corrupción y por su prepotencia ciega, son astillas de la misma madera aunque agiten distintas banderas. Ambos buscan ser los héroes de sus pueblos así que no los alentemos, porque cuando amanece el día la mayoría camina, con sus problemas a cuestas, abriéndose hueco entre la corrupción y el paro, la decepción y el miedo.

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El tsunami
María Antonia San Felipe 16-09-2017 | 7:51 | 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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El éxito del fracaso
María Antonia San Felipe 09-09-2017 | 9:25 | 0

parlament2Los partidos secesionistas catalanes culminaron el miércoles su primer desafío. Tras una tormentosa sesión parlamentaria, Junts pel Sí y la CUP aprobaron su Ley para celebrar un referéndum de autodeterminación. El aparente éxito de la votación no oculta otros inmensos fracasos. La imagen autoritaria y sectaria los aleja del victimismo que tratan de aparentar. Todas las triquiñuelas reglamentarias utilizadas para imponerse al resto de grupos, vulnerando los derechos de los diputados, no son la mejor carta de presentación ante el resto del mundo. Han ganado una votación y han prendido el incendio de la división estigmatizando a los no nacionalistas intentando asumir la representación de la totalidad de los catalanes,  una mentira tan grande como que este camino de rebeldía conduzca directamente a la independencia.
            La realidad siempre ha sido más terca que el deseo, quieren ignorarlo quienes creen que democracia se circunscribe solo al acto de votar. La presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, ha abanderado consciente e irresponsablemente el intento de subvertir la legalidad ignorando los principios básicos de una democracia. Todos los estados democráticos tienen una Constitución que incorpora los derechos humanos universales, de la que se deriva un cuerpo legal que rige la convivencia, única manera de que cada uno no haga lo que le venga en gana. Incluso pretendiendo su separación de España el camino también debe ser legal porque, por mucho que lo pretendan, no son un pueblo oprimido en busca de una independencia liberadora ni pueden olvidar, que ellos, como mucho, representan a algo menos de la mitad de los catalanes.
           La opinión expresada por los letrados de la Cámara advirtiendo, como es su obligación, de la ilegalidad de la tramitación de la Ley del Referéndum es una prueba alentadora de que los funcionarios cumplen la legalidad a la que se deben, más allá de las veleidades quienes la desprecian. Su actuación es una señal de lo que puede ocurrir con el resto de los trabajadores públicos, incluidos los Mossos d’esquadra, que son necesarios para dar garantías a cualquier proceso electoral o de consulta, si fuera legal.
             Cierto que las culpas de cómo hemos llegado hasta aquí están muy repartidas entre unionistas y secesionistas, pero ahora solo queda afrontar el desafío y la rebeldía con inteligencia. Los independentistas están materializando un plan que solo busca provocar una reacción desmedida del Estado que justifique sus acciones. El mayor éxito de esta loca hoja de ruta que solo lleva al enfrentamiento, cada vez más visceral, pueden apuntárselo los antisistema. La CUP, aliada con sus antiguos enemigos, desea dinamitar lo que llaman, despreciativamente, el régimen del 78 que, a su pesar, nos ha permitido acceder a las mayores cotas de libertad y de bienestar jamás conocidas en Cataluña y en España pese a las grietas del sistema y a los errores que se han cometido.

Lo que tenga lugar el 1 de octubre no será un referéndum legal, ni de ello nacerá nada que facilite una declaración de independencia que pueda ser reconocida a nivel internacional. Saben que el proceso unilateral es, en su esencia, un fracaso y por eso están organizando la catarsis de la movilización ciudadana, primero en la Diada y después el 1 de octubre, para caldear los ánimos. El cúmulo de despropósitos va a ir en aumento porque cuando en una relación se pierde el respeto entre las partes es difícil levantar cabeza por encima de los reproches.
           El gobierno, pese a la tibieza de algunos, cuenta con el apoyo del PSOE y Ciudadanos que ante la emergencia han reaccionado con más altura de miras que el propio Rajoy desde que llegó al gobierno. Los partidos rebeldes a la legalidad añoran mártires civiles que abanderen su causa, espero de la inteligencia del Estado que no se los facilite cayendo en la trampa de la provocación. Es la única manera de demostrar la fortaleza de una democracia madura que piensa más en los ciudadanos que en las elecciones que, a buen seguro, vendrán el día después del fallido referéndum. El daño a la convivencia es inmenso y quienes han practicado la irresponsabilidad, aquí y allí, enfrentándonos a unos con otros y a los catalanes entre sí, solo merecen la bofetada de nuestro desprecio.

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¡Más madera!
María Antonia San Felipe 02-09-2017 | 8:00 | 0

puigdemont-junquerasHubo un tiempo en el que muchos creímos, con la inocencia que daba estrenar democracia, que a los gobiernos siempre llegaban los mejores, los que tenían la cabeza mejor amueblada para prever lo que se avecinaba. La desilusión llegó con el tiempo y ahora estamos instalados en la decepción permanente. Después de los graves atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, por un segundo, muchos soñamos que, quizás, un poco de seriedad airearía las cabezas de los gobiernos de Madrid y Barcelona. Pero nada, la cosa no solo empeora sino que se anuncian tiempos de tragedia, en realidad, de tragedia cómica que no sé si ese género existe.
          Observo a Puigdemont y Junqueras, a la sazón los conductores del tren de la desconexión catalana con España y me viene un regusto ácido a los tebeos de Mortadelo y Filemón. Cada día un nuevo despropósito y todos ellos dirigidos a dinamitar la legalidad siendo conscientes, como son, de que sin respaldo legal ese invento que llaman “el procés” no desemboca en la independencia.  Tratan de aislar, como en los regímenes autoritarios, a los que no piensan igual. Están segregando a la ciudadanía entre buenos y malos catalanes como en otros tiempos, de ingrato dolor y recuerdo, se dividió entre buenos y malos españoles.
          En el duelo por los atentados yihadistas el Rey, que es el jefe del Estado aunque muchos españoles seamos republicanos, acudió por primera vez a una manifestación popular. Felipe VI aceptó el lugar en el que quisieron colocarlo. Hay que reconocer que tuvo más gallardía que los independentistas, que no todos los catalanes, que lo cercaron organizadamente con esteladas y pitaron su presencia en un evidente desprecio a las víctimas del terror. También reprocharon al cardenal Juan José Omella que expresara en su homilía algo que es evidente, que unidos contra el terror somos más fuertes.
          Que los independentistas están nerviosos es evidente ya que ellos mismos se han situado en un callejón sin salida pero, como Groucho Marx, cada día piden “más madera”. Están en pleno calentón y en medio de una infinita contradicción. Si el referéndum debe celebrarse el 1 de octubre: ¿quién va a aprobar la Ley o a firmar el Decreto-Ley sabiendo que es inconstitucional?, ¿quién va a comerse el marrón de una acción claramente ilegal? O quizás, ¿planean que el firmante se exilie después para tener una víctima que huya de la represión del Estado? Incluso la nueva república catalana que predican es otra improvisación en todo este órdago al Estado. Hoy Puigdemont dice que será necesario que tengan un ejército para garantizar la seguridad (uno de los puntales de cualquier estado) y al día siguiente Junqueras, lo desmiente y la CUP le reprocha que en ese mundo idílico que van a fundar el 2 de octubre la nueva Cataluña quedará libre de amenazas y de malvados. Es solo una muestra de cómo el “procés” se resquebraja desde dentro. No sabemos si este tren chocará contra el Estado o simplemente descarrilará por las peleas de los maquinistas de turno.
          La última broma de los independentistas ha acontecido en el Congreso de los Diputados.  Joan Tardá, portavoz de Esquerra, defiende que Cataluña se quiere ir de España porque están hartos de corrupción. El hemiciclo tembló de risa y los leones  de asombro al recordar como el prohombre de la patria catalana, el venerado Jordi Pujol, vació las arcas, como muchos catalanistas, para depositar las pesetas españolas y los euros en otras patrias custodiadas por otras banderas que ondean al viento de la usura y la ambición practicadas durante años a la sombra de una estelada.
          Hoy toca defender la legalidad, que no es lo mismo que defender a Rajoy, no lo merece. En el Congreso volvió a demostrar que el fantasma de la corrupción, que le persigue como su sombra, lo inhabilita para lograr una unidad de acción. Su incapacidad para el diálogo solo se ha demostrado eficaz multiplicando independentistas al grito de ¡más madera! Así que crucemos los dedos pues con tanto irresponsable en Barcelona y en Madrid solo queda confiar en que los Mortadelo y Filemón, de aquí y de allí, no nos estrellen contra el muro de su inmensa mediocridad e infinita incompetencia.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.