La Rioja
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Fecha: octubre, 2017
Después de la batalla
María Antonia San Felipe 28-10-2017 | 12:39 | 0

ana-gabriel-y-puigdemontEstamos instalados en el vértigo que produce la incertidumbre. Cuando escribo estas líneas para mi encuentro semanal con todos ustedes, aunque se divisa el humo del incendio, nadie sabe cómo terminará el conflicto catalán pero hay cosas que sí sabemos.

Sabemos que ocurra lo que ocurra el fracaso huele a desastre. Los ciudadanos lo sabemos desde el principio ya que los platos rotos los vamos a pagar, como siempre, la mayoría social de este país integrada por trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y, no lo olvidemos, un importante porcentaje de españoles (y catalanes) en riesgo de exclusión social o directamente pobres. No resulta sencillo comprender cómo hemos llegado hasta aquí, pero sí conocemos que hasta este punto nos han traído una ristra de irresponsables que han liderado la travesía sin mirar más allá de sus propios intereses. La irresponsabilidad política en toda España es muy barata, con culpar a los otros y hacerse las víctimas algunos esperan que se les perdone lo imperdonable.
Hay un poco de hartazgo en la gente, pero el hastío no debiera sofocar nuestro compromiso social. Tras sufrir una penosa crisis económica que se ha solventado sobre nuestros riñones y a costa de nuestros derechos ahora nos han instalado en este punto de no retorno. En la incertidumbre hay una única verdad que pase lo que pase las heridas, los daños colaterales, las pérdidas de empleo, es decir, la factura va ser nuestra.

Sorprende que a lo largo de esta crisis se hayan agitado muchas banderas, convocado en las plazas públicas las emociones identitarias mientras se han ocultado los problemas sociales. Los independentistas de izquierda o los herederos de los anarquistas catalanes de la CUP no hablan de la factura social en términos de empleo y de ruptura de la convivencia que la secesión unilateral va a acarrear. Se habla de un nuevo Estado en el que, como en las utopías del siglo XIX, todo será de color de rosa. Pero el sueño, por legítimo que sea, no alcanza a solventar los problemas de muchos catalanes que, en torno al 20% como en el resto de España, no están de ánimo para manifestarse porque tienen el frigorífico con telarañas. Pero no, de esto no se habla.
Los nacionalismos son en esencia insolidarios por eso no entiendo como hay una supuesta izquierda que pueda creer que una República catalana será más igualitaria que la democracia española. No puedo entender que para conseguirla pacten con la burguesía que siempre va a tener una supremacía económica y probablemente política. No entiendo que quieran levantar fronteras en vez de derribarlas, pues el internacionalismo siempre ha sido una seña de identidad de esa izquierda que no son. No entiendo que quieran abandonar Europa salvo que quieran unirse a los ultranacionalistas que pretenden dinamitarla. Como explicó el poeta alemán Bertolt Brecht, rememorado estos días por Nicolás Sartorious, “el nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba”.

Entiendo más a Puigdemont, al fin y al cabo, con su temeraria hazaña pretende defender a los suyos y conseguir la gloria. De sus predecesores en la Generalitat, en la memoria colectiva, solo queda honorable el histórico Josep Tarradellas que, tras su regreso del exilio, fue consciente de la clase de político que era Jordi Pujol, hace tiempo sepultado por la corrupción. De los fracasos de Artur Mas habrá tiempo de hablar si consideramos que Puigdemont es su mayor éxito.

Cuando esto escribo, no sé si habrá Declaración Unilateral de Independencia y a renglón seguido activación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Me gustaría que ninguna de ambas cosas sucediera pero lo cierto es que pueden ocurrir las dos al mismo tiempo. Desde el amor a España y a Cataluña invoco al sentido común de Rajoy y Puigdemont. Las consecuencias son imprevisibles pues los daños siempre se evalúan después de la batalla.

Nota: este artículo fue escrito el miércoles 25 de octubre. La peor previsión se ha cumplido. Hoy sabemos el desenlace y la tristeza que produce una situación incontrolable. Por muy bien que se hagan las cosas el desgarro social tardará décadas en superarse.

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Quemados
María Antonia San Felipe 21-10-2017 | 7:45 | 0

jordi-cuixart-sanchezPortugal y Galicia han pasado días terribles luchando contra la desgracia sobrevenida o provocada. Han perdido a seres queridos, sus hogares, sus pueblos, sus bosques y todo aquello que ahora forma parte de sus recuerdos. Han combatido con valentía y dolor contra los elementos, la indignación camina junto a su dolor tras muchos años de cíclicas desgracias no siempre bien atendidas por los poderes públicos.

Pero ni la virulencia de esta catástrofe ha podido desplazar el foco de atención de Cataluña. Quienes apostaban a que cuanto peor, mejor, ya han conseguido su objetivo. Partidarios de ello los hay en ambos lados y se alimentan entre sí. Esta historia no es nueva, es la rueda de los extremos que se tocan y que no para de dar vueltas en el tiempo de la historia. Los malos siempre son los otros, un juego muy beneficioso porque las culpas y las responsabilidades siempre quedan en el otro lado.

Últimamente está de moda criticar el período de la Transición, sobre todo por quienes no la vivieron. Es uno de esos mantras que de tanto repetirlos pueden parecer verdad, eso es porque vivimos tiempos de la posverdad, es decir, tiempos en los que la mentira brilla con más fuerza que la desnuda verdad. Ahora se lleva decir que vivimos prácticamente en una dictadura. Quienes la vivieron y sufrieron la vulneración de derechos universales, que ni siquiera les eran reconocidos, sienten un revoltijo en el estómago porque ellos sí conocen la diferencia. En la Transición, hubo errores, a qué negarlo, pero en aquellos momentos el objetivo era dar un portazo a la dictadura para conseguir la democracia. Cuarenta años después no dudo que es momento de mejorar algunas cosas, de fortalecer los mecanismos democráticos, de poner coto a ciertos abusos que pervierten nuestro cuerpo legal o de encajar un modelo federal pero nuestra democracia, aun imperfecta, tiene mecanismos y cauces que deben utilizarse.

Puedes considerar excesiva la decisión judicial de decretar prisión preventiva sin fianza para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, por la presunta vulneración de las leyes que no por sus ideas. Puedes manifestarte en solidaridad con ellos, puedes criticar la decisión judicial pero afirmar que son presos políticos me parece fuera de lugar. No hay que ser muy listo para deducir que esa decisión judicial ha dado un nuevo balón de oxígeno a los independentistas y ha encendido de nuevo las calles, pero todo ello son excusas para conseguir un relato épico con el que justificar el mantenimiento de una decisión, de una declaración de independencia unilateral que nadie sabe adónde lleva.

Hemos llegado a un punto en el que, aunque hubiera un acuerdo, aunque se adoptara la salida menos mala, que debiera ser la celebración de elecciones convocadas por Puigdemont, el destrozo a la convivencia es un hecho no reversible en el corto plazo. Los muros de odio perduran más que los de piedra. Creo que la Transición tuvo errores pero también generosidad y ello consiguió evitar una fractura social como la que actualmente se está viviendo en Cataluña. Las heridas abiertas costará décadas cerrarlas. Desde lo alto del precipicio, que es donde nos encontramos, echo en falta gente que mire lejos, que cohesione en vez de cavar trincheras, que renuncie a vencer para que todos ganen. Echo en falta a valientes que sepan reconocer errores en vez de empecinarse en ellos. Echo en falta ver en el horizonte el arco iris que anticipe el final de la tormenta.

Sumida en esta tristeza confieso que la mejor noticia de la semana ha sido pequeña pero hermosa. Un perro ha salvado a una niña de dos años perdida en el monte de la pequeña localidad de Gil García (Ávila). El podenco ladró hasta que el dispositivo montado por la Guardia Civil la encontró dormida al calor de su regazo. La ternura de la escena que podemos imaginar esbozando una sonrisa reconozco que no logra ocultar el incendio en el que Cataluña y España se queman.

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Principio de incertidumbre
María Antonia San Felipe 14-10-2017 | 8:00 | 3

puigdemont-junqueras-forcadell¿Cómo se gestiona la frustración? Después de liderar, como Moisés, el camino hacia la tierra prometida, tras haber hecho creer a sus seguidores que el sueño estaba a punto de hacerse realidad, ¿cómo se cuenta la verdad? Puigdemont bajó el martes del monte Sinaí. Tras haber evaluado las fugas de empresas señeras y la ausencia de apoyos internacionales decidió, ante los ojos asombrados de quienes le seguían desde la calle, romper las tablas de la ley, de su propia ley, en el centro del hemiciclo del Parlament de Calaluña. Tras la larga caminata los suyos quedaron atónitos. Según las imágenes se quedaron boquiabiertos e incluso se pronunció la palabra traidor. Tras la rocambolesca sesión parlamentaria, pensé: ¿cómo van ahora Puigdemont y Junqueras a gestionar la decepción que su irresponsable actitud ha generado entre quienes les han acompañado, de buena fe, en este camino que termina en una gran mentira con apariencia de verdad?

Tras el discurso de Puigdemont nadie sabía si se había proclamado la independencia para suspenderla a los ocho segundos o si se había suspendido la mentira hasta que un mago saque su varita mágica y la transforme en verdad. Después en otro ditirambo parlamentario, cuyos precedentes se desconocen, firmaron una declaración de independencia pero nada se votó, con lo que les gusta votar. En el Parlamento, que es donde se votan las declaraciones y se adoptan las resoluciones, no hubo votación porque en el parlamento de mentira que gobierna Forcadell solo se vota para vulnerar la ley, ya sea propia o ajena. Así que al final de la función nadie estaba seguro de nada. El independentismo de Puigdemont y Junqueras se instaló en el principio de incertidumbre (del físico Heisenberg), también conocido como principio de indeterminación por la dificultad que entraña conocer el valor de la posición y la cantidad de movimiento de una partícula.

Los únicos que sabían dónde estaban eran los anticapitalistas de la CUP que respiraban un monumental cabreo tras haber creído que yendo de la mano de la burguesía liberarían al pueblo de la opresión. En fin, que entre dos millones de catalanes, que teóricamente votaron, el disgusto tiene que ser monumental porque como se dice por aquí, para este viaje no hacían falta alforjas.

Si el tema no fuera tan serio yo diría que estábamos viendo una película cómica entre el Gordo y el Flaco y el camarote de los hermanos Marx, un delirio de despropósitos. Querer transformar esta ridícula caricatura del vértigo que les ha producido el salto al vacío y el miedo a las leyes burladas en una generosa y sincera oferta de diálogo con el Estado español no deja de resultar llamativa viniendo de estos magos de la manipulación. El mal está causado y en estos momentos lo peor de las rencillas, incluso del enfrentamiento, no se está produciendo entre catalanes y el resto de españoles sino entre los propios catalanes. Por eso la situación asusta y conmueve.
Este es el fracaso de quienes ignoran que la política no es un juego de naipes ni una competición de orgullos sino una vocación de servicio y de subordinación al interés común, quedan pocos políticos que miren lejos (Borrell, es uno de ellos), pero si quedan debieran relevar a muchos de los que nos han conducido a esta encrucijada jalonada de miserias.

¿Y ahora qué hacemos?, pues creo que se impone volver a empezar. Ya he criticado severamente los errores que nos han traído hasta aquí y la ceguera de Rajoy y su partido. Pero, en medio de este despropósito, ahora no queda otro camino que la legalidad constitucional. Puigdemont todavía quiere ser mártir de la causa que ha traicionado, tiene que salvar la cara y de ahí no va a moverse. Rajoy no merece el apoyo que pide pero España y Cataluña, sí. Restablecida la legalidad, confío que sin recurrir a la violencia, sería muy higiénico para la democracia que cada cual cargue con sus responsabilidades que no son pocas. En octubre han ondeado muchas banderas pero ninguna ha curado la herida abierta. No perdamos la cordura, la esperanza está en ella.

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Tengo miedo
María Antonia San Felipe 07-10-2017 | 8:00 | 0

chicas-banderasDesde el domingo no abro las ventanas tengo miedo, miedo de que penetre la desesperanza y esa creciente tristeza que inunda a toda España, también la que habitan los que quieren irse. Me siento, como la mayoría, desolada. No creo que estemos al borde del precipicio, más bien observo que estamos cayendo por el abismo a velocidad de vértigo. Percibo la caída tan real que ya me duelo solo de imaginar la potencia del impacto. Creo que la bofetada se anuncia monumental, salvo que, como en las películas, en el último momento alguien sea capaz de desplegar una red que la amortigüe. De momento no veo a nadie. 

Quienes negaron el problema dejando que el tiempo lo acrecentase están paralizados, atónitos porque todo lo que no iba a ocurrir, ha ocurrido y todo el mundo lo ha visto. Nos han dejado asombrados. Tras años de negar la realidad, cuando ha llegado la hora de la verdad su torpeza e improvisación han sido evidentes. El resultado de su acción ha dado una coartada de legitimidad a quienes la habían perdido por completo en una sesión parlamentaria tormentosa en la que se pusieron al margen de la legalidad. Han caído en todas las trampas diseñadas milimétricamente por quienes desde el Govern no han hecho otra cosa que planificar este momento. Desconcertados en su propio error se han escondido cobardemente detrás de policías y guardias civiles, ya saben, siempre sacrificando peones para salvarse ellos. Al otro lado, quienes irresponsablemente han desafiado la legalidad se han parapetado detrás de su propio pueblo al que han partido en dos, quien sabe si para siempre. Así que incluso su éxito es un clamoroso fracaso.

El balance es desolador porque quienes han vulnerado las normas básicas de convivencia que nos dimos se han envalentonado con los errores ajenos y han tomado las calles con la ficción de quienes creen estar haciendo historia para conseguir la Arcadia feliz. El problema es que todo eso es mentira. Este momentáneo éxito camina hacia el precipicio de la realidad y más si, como todo apunta, se declara la independencia de forma unilateral. Al día siguiente no habrá independencia pero Cataluña y España estarán rotas, fragmentadas de dolor.

La constatación de que un río de emociones recorre las calles y los pueblos es hoy desconcertante porque la racionalidad ha quedado aparcada. Es lo que ocurre cuando se sacan a pasear los sentimientos y unos se creen con más derechos que los otros. En estos momentos no vivimos el otoño sino los preludios del enfrentamiento. Ya lo dije la semana pasada, el hijo del enfrentamiento es el odio y, si no se impone la cordura, lo que florece es la malquerencia y un chispazo puede acabar en pelea. Ahí estamos, en el insulto y la bilis, entre el resentimiento y la hiel, diciéndonos barbaridades unos a otros sin poder taponar la brecha.

El mal ya está hecho y las heridas van a quedar tan repartidas como las culpas. El problema es que las vendas, las consecuencias de tanta irresponsabilidad política, de tanta manipulación de las emociones colectivas, siempre las sufre el pueblo, los pueblos, conducidos por líderes de pacotilla hasta el desencuentro.

No sé cuál es la solución aunque presiento que quienes nos han traído hasta aquí tampoco la conocen, pero hemos llegado a un punto que no podemos tolerar más despropósitos. España es una democracia y quienes lo niegan es porque no saben lo que es una dictadura, si lo supieran no jugarían con fuego. Hay una sociedad civil que debe reaccionar. No quiero tener miedo, nos jugamos el futuro, el de todos, así que es mejor que no nos perdamos el respeto. Todavía queda mucha inteligencia en este país, usémosla, alejemos el odio porque hay cauces democráticos y legales para enmendar el desastre, nunca es demasiado tarde para ganar el futuro y hoy es demasiado pronto para perderlo.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.