La Rioja
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Fecha: febrero, 2018
La letra
María Antonia San Felipe 24-02-2018 | 8:00 | 0

marta-sanchezQuizás sea muy pronto para comprender que ha pasado en este país en los últimos diez años pero es momento de que, como mínimo, nos preguntemos que está ocurriendo en España. Al inicio de la crisis económica, de esa enorme estafa que nos ha denigrado como ciudadanos, un sentimiento de indignación e incluso de resistencia recorrió el país de punta a cabo. Muchos sintieron que era el momento de rectificar errores y de profundizar en la democracia. Pero nada, pasó el tiempo y el entusiasmo encalló en la resignación. Entre el desánimo y la decepción ciudadana el gobierno del PP, mayoritariamente refrendado en las urnas, ha venido haciendo de su capa un sayo ante una oposición hueca en sus mensajes y dividida en su estrategia. En los últimos meses la crisis catalana, como guinda del pastel cocido a fuego lento en el horno de la corrupción, hemos desembocado en una tensión sin precedentes desde la restauración de la democracia.

Estaré equivocada pero tengo la percepción de que a la menor diferencia salta un chispazo. No se discute tranquilamente sino a gritos, en las redes sociales no hay intercambio de argumentos sino de insultos. Se enfrentan las pasiones en vez de las razones y esto es un síntoma preocupante. Nos cuentan que se ha terminado la crisis económica y como la mayoría no lo nota, porque crece el subempleo y los bajos salarios, ahora juegan a distraernos de lo importante exaltando nuestros sentimientos para sacar provecho político de nuestras emociones.

Solo en este clima puede entenderse el éxito que se ha marcado la cantante Marta Sánchez poniendo letra al himno nacional, una letra con igual mérito que las que pudieran componer millones de españoles. Lo que ha dado trascendencia al gesto, no dudo que emotivo de la cantante, ha sido el apoyo inmediato que le ha dado Mariano Rajoy. Asombra que este presidente, que utiliza el silencio como principal instrumento de su quehacer político y que no se manifiesta hasta que los asuntos se pudren, haya actuado con la rapidez del rayo dando su opinión en un asunto que nadie reclamaba como prioritario. Quienes ni ven, ni oyen ni se pronuncian ante los graves problemas de España de pronto hasta quieren cantar para entretenernos. Estamos, no lo duden ante una nueva maniobra, un nuevo engaño. Al PP se le escapan los votos a raudales hacia Ciudadanos y ahora la competencia en el teatro de las vanidades consiste en aparentar ser más español que el adversario, al fin y al cabo ya sabemos que, históricamente en todas las patrias, con himnos y banderas siempre se han tapado otras vergüenzas.

Esta es la justificación y no otra de esta nueva corriente política en la que los símbolos valen más que las personas, la apariencia más que la verdad. Es lo mismo que están practicando los independentistas catalanes que mientras entonan solemnemente su himno Els segadors y agitan sus esteladas, ocultan a un tiempo sus errores, sus mentiras, su estrategia suicida y sus propias diferencias. Las consecuencias del abuso de los símbolos y del olvido de los problemas reales de los catalanes también nos las mostrará el tiempo.

Una cosa es el amor a las propias señas de identidad y otra los nacionalismos, excluyentes en su esencia, que necesitan del enfrentamiento entre contrarios para fortalecerse mutuamente. En realidad los aparentes enemigos son socios, no se engañen. Mientras muchos nos preguntamos si esta tensión ambiental, que nos hace discutir con los vecinos y con los amigos, puede quebrar la convivencia, quienes han provocado esta fractura territorial y social no quieren enmendar sus flagrantes errores sino mantenerse en el poder. En un año hay elecciones, ha empezado la campaña. Será por eso que prefieren que cantemos el himno en vez de cantarles las cuarenta.

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Hablando claro
María Antonia San Felipe 17-02-2018 | 7:00 | 0

claracampoamorFue pronunciada la palabra portavoza en el Congreso y prendió la polémica en   un país que adora discutir con pasión más que reivindicar con energía. Nos gustan las trincheras dialécticas, enseguida marcamos la línea divisoria: a favor o en contra. Odiamos las medias tintas. Al tiempo que los diccionarios de la Real Academia eran esgrimidos como arma y también como argumento el calendario y la prensa recordaban a alguien a quien mucho debe la democracia y, especialmente, las mujeres.

Hace 130 años, el 12 de febrero de 1888, nació en el barrio de Maravillas (hoy Malasaña), Clara Campoamor, la abanderada del voto femenino. Alzó su voz nítida y no se rindió. Desde su escaño en el Congreso (no podía votar pero si ser elegida) consiguió para las mujeres algo intrínseco al concepto de ciudadanía, el derecho al voto. La Campoamor tuvo que escuchar muchas bromas de mal gusto y aguantar infinitos desaires. Los detractores argumentaron que el voto de la mujer llevaría la perturbación a los hogares. El doctor Novoa Santos, de la Federación Republicana Gallega, habló de la incapacidad natural de su carácter ya que, “el histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer” y otro, buscando la carcajada fácil, exclamó: ¡Ellas ya se manifiestan en las procesiones! Finalmente, el 1 de octubre de 1931, lo logró. Muchos partidos se dividieron en el voto. Destaca la posición contraria de la otra parlamentaria, Victoria Kent, que no dudaba de la capacidad de la mujer sino de la oportunidad de otorgar el derecho en ese momento. En la perspectiva de la historia, Clara llevaba razón. Hoy lo vemos, entonces a ella de poco le sirvió, no fue reelegida.

Tristemente no podremos escuchar la opinión de Clara Campoamor sobre la polémica de las portavozas  pero me aventuro a apuntar que estos días se sonríe. Ella ya sabe que para ganar una guerra las mujeres tienen antes que triunfar en mil batallas cotidianas. Hoy académicos y lingüistas nos ilustran sobre la improcedencia del palabro y muchos/as se rasgan las vestiduras. Yo también, a mi me indignan las reacciones de quienes jamás se escandalizaron ante la corrupción que encubrieron y de la que se beneficiaron, me indignan quienes justifican que no es momento de abordar la brecha salarial entre hombres y mujeres, me enfado porque recortan fondos para luchar contra la violencia machista. Me indignan quienes miran para otro lado ante los abusos y guardan silencio ante el crecimiento de la desigualdad. Me enfadan quienes niegan la realidad de la creciente pobreza, el 60% de las víctimas son mujeres y niñas. Hay mucha hipocresía en la polémica.

Afortunadamente el movimiento feminista está renaciendo en todo el mundo, se ha globalizado y fortalecido cuando el establishment pensaba que había muerto. Hay más virulencia contra el feminismo porque resurge desde Hollywood a la Meca (mujeres árabes comienzan a denunciar abusos). Problemas que estaban ocultos y que se padecían en silencio se están visibilizando, se están despertando conciencias en hombres y en mujeres. Hablemos claro, lo importante no es si el palabro portavoza naufraga o triunfa en el diccionario sino comprender que la lucha continúa. Yo fui alcalde cuando las alcaldesas, según el diccionario, eran las mujeres de los alcaldes. Algo hemos progresado pero, creyendo que la meta se había conseguido, muchas mujeres quedaron atrapadas en la propaganda machista. Afortunadamente muchos hombres han pasado a formar parte de la pelea por la igualdad plena de toda la ciudadanía. Sí, Clara, te han entendido y eso también es importante.

Por eso, ni me preocupa ni me sorprende la palabra, ya sea correcta o incorrecta, me asombra que nos despisten con señuelos y sobre todo me duele que nos resignemos,  que aceptemos la desigualdad, la discriminación y el abuso con el silencio sumiso de quien ignora su propia realidad. Clara Campoamor no se resignó, no estamos solas como ella, no lo olvidemos.

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El merengue
María Antonia San Felipe 10-02-2018 | 6:56 | 0

rivera-rajoy¿Cómo va a prestigiarse la política si se promete una cosa y se hace la contraria, si se enuncian loables principios y se actúa contra ellos? Como ejemplo, pensemos en la corrupción o la desigualdad social. Las bocas se llenan de palabras para combatirlas pero los hechos evidencian lo contrario. El resultado es que crecen los sobornos tanto como la pobreza, las comisiones tanto como los recortes. Ocultando la verdad, nos venden la mentira como un valor político de primer orden. Ya saben: -Todo es mentira, menos alguna cosa- Mariano Rajoy, dixit. Tras el engaño, como valor y como principio viene la hipocresía como virtud. Y ahí estamos, entre la mentira y la hipocresía, entre la apariencia y la realidad, como en el viejo tango “vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos” (unas más que otros).

¿Estamos hartos?, parece que no. Tanto hemos tragado que nos hemos acostumbrado. Si predicar con el ejemplo es importante, en política debiera ser imprescindible. La solución es complicada porque quienes debieran cambiar las cosas no están por la labor, ni siquiera quienes dijeron que venían a cambiar el sistema que consideraban en declive se han demostrado eficaces transformadores. Hablaré de los nuevos. Según Rivera, “El caso PP no tiene fin, es un partido que se descompone por la corrupción”, pero sostiene al Gobierno sin grandes sobresaltos pese a los aparentes desencuentros. La estrategia parece darle réditos, al menos en las encuestas, pero su actitud no deja de ser un contrasentido. Iglesias soñaba con mantener a los ciudadanos en un clima de revolución reivindicativa permanente, la realidad le ha mostrado las dificultades y las disidencias internas sus propias contradicciones. La lucha intestina, como bien sabe el PSOE, desgasta más a quien la vive que los errores al contrario. Del proclamador de repúblicas virtuales, del mago Puigdemont no digo nada porque la irresponsabilidad es infinita. Como resumen de todos ellos diré que si en cuestión de predicamentos tenemos muchos líderes (o que se llaman líderes), en lo de dar trigo la cosa es otro cantar.

El ministro de Educación, en su estrategia de despiste, dice que los docentes de la enseñanza pública debieran, como los médicos, superar una especie de MIR educativo de dos años de duración que garantice su correcta preparación para la función que van a desempeñar. Viendo a nuestros gobernantes no es de extrañar que muchos ciudadanos, hastiados de incompetencia y de engaños, hayan pensado que quienes debieran pasar por un período de prueba de aptitud severa son muchos políticos en ejercicio. Hay quienes ni llevando numerosos trienios en la gobernanza progresan adecuadamente por mucho que controlen sus partidos con mano férrea a fin de escalar o perpetuarse en los cargos ellos y sus amigos.
 Según el último CIS, los españoles no aprueban a ningún político de los de primera fila. Un balance desolador para un país plagado de problemas y falto de soluciones. El más valorado es Albert Rivera y se queda en el 4 de nota final, le sigue Pedro Sánchez (3,68) y cierran la clasificación Mariano Rajoy (2,87) y Pablo Iglesias (2,54), solo falta Puigdemont, ignoro si porque no han preguntado por él o porque rompe la tabla por abajo. El presidente del Gobierno que, según publica estos días la prensa, es el político que, desde la Transición, más tiempo lleva en el gobierno de España (4.903 días, 13 años y cinco meses), pese a su baja puntuación, continúa líder en las encuestas aunque con riesgo de despeñarse porque su socio Rivera, al que detesta, le está vampirizando los votantes. Como a Rajoy no hay que juzgarlo por lo que hace sino por lo que deja de hacer, nos pide paciencia porque vamos, según él, por el buen camino. A mí me da la risa porque aunque nos atropelle un tren él seguirá inmutable, como en Cataluña que ha dejado que los jueces le resuelvan la papeleta. Me gustaría que quedara una esperanza y que aunque él siga sin hacer nada los españoles hagamos algo.

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Tiempo de traiciones
María Antonia San Felipe 03-02-2018 | 9:28 | 0

puigdemont-mensajesCuando el argumento del procés nos tenía agotados y a punto de desconectar el interés retorna de nuevo. ¡Que hagan lo que quieran! -pensaba el resto de España- ya tengo bastante con el pan nuestro de cada día. Y es que el reto independentista siendo uno de los problemas más graves que ha vivido la democracia española desde 1978 ha terminado por agotarnos. Muchos pensábamos que finalmente la cruda realidad traería el entendimiento. Pero la cordura no parece el camino elegido sobre todo porque la hipocresía y la mentira son, desde el principio, la esencia de este largo desencuentro que ha cavado una trinchera entre los propios catalanes.

 Ciudadanos  ganó el 21-D pero los independentistas suman mayoría absoluta, algo que dejó asombrados al resto de españoles confiados en que muchos votantes cambiarían de opinión. Pletórico, el tripartito secesionista estaba feliz y obligado a entenderse para no desanimar a sus respectivas clientelas que han demostrado una fidelidad que para sí querrían otros partidos que, como el PP, se han estrellado. Pero para confesar que la independencia no es posible, que todo era mentira hace falta más altura de miras que la que han demostrado. Sin embargo, las diferencias entre ellos son notables y la estrategia de Puigdemont, que ha rentabilizado más la fuga que Junqueras la prisión, ha terminado por desbaratar su ficción.  Se detestan y se necesitan tanto como detestan y necesitan al Estado pero no pueden decirlo públicamente porque llevan demasiado tiempo mintiendo sobre su unidad. Lo ha expresado muy bien el exvicepresidente del gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba al afirmar que algunos, dentro del PDCat y de Esquerra, esperaban que fuera el Estado el que les quitara de en medio a Puigdemont, aunque todo ello tuviera un precio.

Cuando la tensión es extrema los chispazos pueden saltar sin pretenderlo. El Tribunal Constitucional ha sido claro sobre la imposibilidad de una investidura virtual y ello ha llevado al nuevo presidente del Parlament, a suspender la sesión frustrando las expectativas de los creyentes del pro. La tarde del martes fue un calvario para los más radicales, otra nueva decepción a sumar a la frustrada república catalana. En un movimiento social que se alimenta de emociones y que niega la realidad, que confunde el supremacismo nacionalista con la lucha por la democracia y la libertad, no investir al fugado que representa para ellos la encarnación de un sueño liberador de cadenas solo tiene un nombre: traición. ¡Traición!, ¡traidores!, son las palabras que sonaron en el parque de la Ciudadela cuando los convocados por la ANC, Omnium Cultural y las organizaciones de la CUP intentaron tomar el Parlament peleando con los Mossos, sus mossos, que tuvieron que proteger a otros diputados a los que en vez de traidores llamaron fascistas. ¡Qué panorama!

Me acordé, como muchos, del diputado-showman Gabriel Rufián y su tuit sobre las “155 monedas de plata” insinuando que Puigdemont era un traidor, un Judas a la causa cuando decidió convocar elecciones y se arrepintió al leer al valiente Rufián que nada tenía que perder, ni siquiera la chulería. Estos días, acusan a Esquerra de traición y él calla. Todo en la tarde del martes resultó inquietante, pero el miércoles amaneció con sobresalto. Los mensajes intercambiados entre Puigdemont y Comín pasarán a la historia del procés: todo ha terminado, los nuestros nos han sacrificado, el ridículo es histórico. Y lo es, Puigdemont se siente derrotado pero Mariano, que no tiene solución a un problema que él también ha creado, debiera actuar con menos torpeza de la que acostumbra. Aunque Puigdemont parezca un excéntrico, una especie de Mortadelo en Bruselas al que sigue Filemón, para los creyentes del procés es un héroe, una suerte de capitán Trueno que ha sucumbido acuchillado por enemigos y traidores. No lo duden, solo la fe transforma fracasos en éxitos, cobardes en valientes y sueños en esperanzas. Ni el final está escrito ni las sorpresas han terminado.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.