En España se han estado produciendo microterremotos impulsados por un malestar general y por la ausencia de sintonía entre la política y la calle. Mientras en el Parlamento se gasta la pólvora en salvas, los ancianos y las mujeres se han lanzado a las calles sin que ningún partido político, ni nuevo ni viejo, hubiera llegado a intuir la intensidad de las movilizaciones.

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María Antonia San Felipe

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Perdiendo el miedo

jubilados-2Las placas tectónicas se mueven despacio, muy despacio, pero se mueven y en ese desplazamiento, a veces, friccionan entre sí produciendo terremotos o cambios inesperados. En España se han estado produciendo microterremotos impulsados por un malestar general y por la ausencia de sintonía entre la política y la calle. Mientras en el Parlamento se gasta la pólvora en salvas, los ancianos y las mujeres se han lanzado a las calles sin que ningún partido político, ni nuevo ni viejo, hubiera llegado a intuir la intensidad de las movilizaciones. Primero fueron los jubilados quienes se plantaron en el Congreso para advertir al gobierno que no todos ven la situación del color de rosa que nos pintan. Los abuelos que levantaron este país, las generaciones de la guerra y la posguerra, se han rebelado al observar que están desmantelando el incipiente estado del bienestar que habíamos conseguido.

Después tomaron el relevo las mujeres que alzaron su voz, alta y clara, pidiendo igualdad real. Las calles de España se llenaron de abuelas y nietas, de madres e hijas y de muchos hombres que expresaron su solidaridad. Ha sido un movimiento transversal que ha impulsado un nuevo tiempo y que ha pillado por sorpresa a quienes creen que el feminismo es una ideología extremista y no un movimiento igualitario y también a quienes dicen entendernos solo cuando necesitan nuestro voto. Ciertamente el 8 de marzo de este año hubo orgullo y alegría. Ese día se escribió una página en la historia de las mujeres. El éxito, reconocido internacionalmente, ha asombrado a muchos, sobre todo, a quienes quieren que nada cambie.
 Algunos se preguntan por qué ahora, cuando la economía despega y la crisis comienza a superarse, jubilados y mujeres inundan las calles. Los portavoces del partido del gobierno han formulado reiteradamente esta pregunta insinuando una manipulación de las voluntades de jubilados y mujeres por alguna fuerza maléfica que solo pretende la destrucción del sistema corrupto en el que hemos vivido en los últimos años. La respuesta es bien sencilla y se obtiene simplemente mirando lo que sucede a nuestro alrededor. En España lo que más crece no es el Producto Interior Bruto (PIB) sino la desigualdad y lo que más ha disminuido no es la corrupción sino la calidad de la clase política encumbrada.

Lo más grave es que la desigualdad, la quiebra social y la mejora de la redistribución de la riqueza nacional son asuntos que parecen desterrados de la agenda política española, por eso, no es de extrañar que sean los jubilados y las mujeres quienes se hayan puesto en pie de guerra. Es evidente que el incipiente estado del bienestar que consiguieron los hoy jubilados se está desmantelando. Ellos lo ven no solo en la dimensión de sus pensiones sino en el deterioro de la sanidad pública de las que son usuarios habituales. A su lado las mujeres padecen más la precariedad y los bajos salarios y ven, por ejemplo, menos medios en la educación pública de sus hijos.

Estos días un informe del Defensor del Pueblo, que ha pasado desapercibido, ha puesto el dedo en la llaga denunciando una fractura social irreconciliable debido al “pozo de desigualdad”. Según Fernández Marugán, “en España el ascensor social ha cambiado de sentido. El Estado social se está reconvirtiendo: los derechos civiles y los derechos sociales se reducen. Ahora arrecia la desigualdad, con el agravante de que la amenaza de exclusión ha ampliado su perímetro, yendo más allá de los tradicionales marginados”.  Este es el problema crucial de este país y, ¡manda narices!, que con lo que costó ampliar las cotas de bienestar, ahora el ascensor social en vez de subir esté bajando a velocidad de vértigo. Los viejos y las mujeres quieren pararlo, son ahora la vanguardia, el terremoto que anuncia un tiempo nuevo. Han perdido la paciencia y para no perderlo todo han decidido perder el miedo.

Temas

ascensor social, Defensor del Pueblo, desigualdad, el miedo, jubilados, mujeres, perdiendo

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.

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