La Rioja
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Autor: Kavafis
Principio de incertidumbre
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María Antonia San Felipe | 14-10-2017 | 8:00| 0

puigdemont-junqueras-forcadell¿Cómo se gestiona la frustración? Después de liderar, como Moisés, el camino hacia la tierra prometida, tras haber hecho creer a sus seguidores que el sueño estaba a punto de hacerse realidad, ¿cómo se cuenta la verdad? Puigdemont bajó el martes del monte Sinaí. Tras haber evaluado las fugas de empresas señeras y la ausencia de apoyos internacionales decidió, ante los ojos asombrados de quienes le seguían desde la calle, romper las tablas de la ley, de su propia ley, en el centro del hemiciclo del Parlament de Calaluña. Tras la larga caminata los suyos quedaron atónitos. Según las imágenes se quedaron boquiabiertos e incluso se pronunció la palabra traidor. Tras la rocambolesca sesión parlamentaria, pensé: ¿cómo van ahora Puigdemont y Junqueras a gestionar la decepción que su irresponsable actitud ha generado entre quienes les han acompañado, de buena fe, en este camino que termina en una gran mentira con apariencia de verdad?

Tras el discurso de Puigdemont nadie sabía si se había proclamado la independencia para suspenderla a los ocho segundos o si se había suspendido la mentira hasta que un mago saque su varita mágica y la transforme en verdad. Después en otro ditirambo parlamentario, cuyos precedentes se desconocen, firmaron una declaración de independencia pero nada se votó, con lo que les gusta votar. En el Parlamento, que es donde se votan las declaraciones y se adoptan las resoluciones, no hubo votación porque en el parlamento de mentira que gobierna Forcadell solo se vota para vulnerar la ley, ya sea propia o ajena. Así que al final de la función nadie estaba seguro de nada. El independentismo de Puigdemont y Junqueras se instaló en el principio de incertidumbre (del físico Heisenberg), también conocido como principio de indeterminación por la dificultad que entraña conocer el valor de la posición y la cantidad de movimiento de una partícula.

Los únicos que sabían dónde estaban eran los anticapitalistas de la CUP que respiraban un monumental cabreo tras haber creído que yendo de la mano de la burguesía liberarían al pueblo de la opresión. En fin, que entre dos millones de catalanes, que teóricamente votaron, el disgusto tiene que ser monumental porque como se dice por aquí, para este viaje no hacían falta alforjas.

Si el tema no fuera tan serio yo diría que estábamos viendo una película cómica entre el Gordo y el Flaco y el camarote de los hermanos Marx, un delirio de despropósitos. Querer transformar esta ridícula caricatura del vértigo que les ha producido el salto al vacío y el miedo a las leyes burladas en una generosa y sincera oferta de diálogo con el Estado español no deja de resultar llamativa viniendo de estos magos de la manipulación. El mal está causado y en estos momentos lo peor de las rencillas, incluso del enfrentamiento, no se está produciendo entre catalanes y el resto de españoles sino entre los propios catalanes. Por eso la situación asusta y conmueve.
Este es el fracaso de quienes ignoran que la política no es un juego de naipes ni una competición de orgullos sino una vocación de servicio y de subordinación al interés común, quedan pocos políticos que miren lejos (Borrell, es uno de ellos), pero si quedan debieran relevar a muchos de los que nos han conducido a esta encrucijada jalonada de miserias.

¿Y ahora qué hacemos?, pues creo que se impone volver a empezar. Ya he criticado severamente los errores que nos han traído hasta aquí y la ceguera de Rajoy y su partido. Pero, en medio de este despropósito, ahora no queda otro camino que la legalidad constitucional. Puigdemont todavía quiere ser mártir de la causa que ha traicionado, tiene que salvar la cara y de ahí no va a moverse. Rajoy no merece el apoyo que pide pero España y Cataluña, sí. Restablecida la legalidad, confío que sin recurrir a la violencia, sería muy higiénico para la democracia que cada cual cargue con sus responsabilidades que no son pocas. En octubre han ondeado muchas banderas pero ninguna ha curado la herida abierta. No perdamos la cordura, la esperanza está en ella.

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Tengo miedo
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María Antonia San Felipe | 07-10-2017 | 8:00| 0

chicas-banderasDesde el domingo no abro las ventanas tengo miedo, miedo de que penetre la desesperanza y esa creciente tristeza que inunda a toda España, también la que habitan los que quieren irse. Me siento, como la mayoría, desolada. No creo que estemos al borde del precipicio, más bien observo que estamos cayendo por el abismo a velocidad de vértigo. Percibo la caída tan real que ya me duelo solo de imaginar la potencia del impacto. Creo que la bofetada se anuncia monumental, salvo que, como en las películas, en el último momento alguien sea capaz de desplegar una red que la amortigüe. De momento no veo a nadie. 

Quienes negaron el problema dejando que el tiempo lo acrecentase están paralizados, atónitos porque todo lo que no iba a ocurrir, ha ocurrido y todo el mundo lo ha visto. Nos han dejado asombrados. Tras años de negar la realidad, cuando ha llegado la hora de la verdad su torpeza e improvisación han sido evidentes. El resultado de su acción ha dado una coartada de legitimidad a quienes la habían perdido por completo en una sesión parlamentaria tormentosa en la que se pusieron al margen de la legalidad. Han caído en todas las trampas diseñadas milimétricamente por quienes desde el Govern no han hecho otra cosa que planificar este momento. Desconcertados en su propio error se han escondido cobardemente detrás de policías y guardias civiles, ya saben, siempre sacrificando peones para salvarse ellos. Al otro lado, quienes irresponsablemente han desafiado la legalidad se han parapetado detrás de su propio pueblo al que han partido en dos, quien sabe si para siempre. Así que incluso su éxito es un clamoroso fracaso.

El balance es desolador porque quienes han vulnerado las normas básicas de convivencia que nos dimos se han envalentonado con los errores ajenos y han tomado las calles con la ficción de quienes creen estar haciendo historia para conseguir la Arcadia feliz. El problema es que todo eso es mentira. Este momentáneo éxito camina hacia el precipicio de la realidad y más si, como todo apunta, se declara la independencia de forma unilateral. Al día siguiente no habrá independencia pero Cataluña y España estarán rotas, fragmentadas de dolor.

La constatación de que un río de emociones recorre las calles y los pueblos es hoy desconcertante porque la racionalidad ha quedado aparcada. Es lo que ocurre cuando se sacan a pasear los sentimientos y unos se creen con más derechos que los otros. En estos momentos no vivimos el otoño sino los preludios del enfrentamiento. Ya lo dije la semana pasada, el hijo del enfrentamiento es el odio y, si no se impone la cordura, lo que florece es la malquerencia y un chispazo puede acabar en pelea. Ahí estamos, en el insulto y la bilis, entre el resentimiento y la hiel, diciéndonos barbaridades unos a otros sin poder taponar la brecha.

El mal ya está hecho y las heridas van a quedar tan repartidas como las culpas. El problema es que las vendas, las consecuencias de tanta irresponsabilidad política, de tanta manipulación de las emociones colectivas, siempre las sufre el pueblo, los pueblos, conducidos por líderes de pacotilla hasta el desencuentro.

No sé cuál es la solución aunque presiento que quienes nos han traído hasta aquí tampoco la conocen, pero hemos llegado a un punto que no podemos tolerar más despropósitos. España es una democracia y quienes lo niegan es porque no saben lo que es una dictadura, si lo supieran no jugarían con fuego. Hay una sociedad civil que debe reaccionar. No quiero tener miedo, nos jugamos el futuro, el de todos, así que es mejor que no nos perdamos el respeto. Todavía queda mucha inteligencia en este país, usémosla, alejemos el odio porque hay cauces democráticos y legales para enmendar el desastre, nunca es demasiado tarde para ganar el futuro y hoy es demasiado pronto para perderlo.

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Los otros
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María Antonia San Felipe | 29-09-2017 | 10:08| 0

diada
El enfrentamiento, como arma política, genera siempre peligrosos resultados porque con el tiempo almacena un rescoldo de odio que puede convertirse en un arma de destrucción masiva. Se utiliza para enfrentar territorios e identidades y para oponer personas o colectivos pero los resultados son siempre lamentables.

          El procedimiento es sencillo. Ya sabemos que lo más fácil de agitar son las emociones porque nacen de esa parte oculta que tiene más que ver con los sentimientos que con las razones, emotividad y racionalidad no siempre van unidos. De ahí que sea más fácil apelar a la emoción que a la razón por eso nos duele más cuando nos hieren en lo sensible que cuando lo hacen, desde la argumentación, en lo que pensamos.
          Ocurre en la vida y también en política por eso es muy arriesgado jugar al enfrentamiento apelando al corazón.  En estos momentos vivimos en un continuo asalto a las emociones y, como siempre, hay quienes para autoafirmarse en los gobiernos pulsan continuamente el botón de los sentimientos identitarios para ganar voluntades para otras causas que no son las de los pueblos a los que dicen representar y defender, sino las suyas propias. Agitan las patrias porque la patria y su pasión por ella siempre ha sido un exitoso argumento para esconder grandes miserias. En realidad, el fin último siempre es el mismo: el poder. No olvidemos que el poder es ese impulso hegemónico que para evitar ser reconocido en su ambiciosa desnudez se viste con banderas. Por eso los nacionalismos, todos los nacionalismos son, en esencia, excluyentes.
          Nadie se pone en el lugar del otro y así comienza a construirse el muro de la intolerancia. El otro, el contrario, es denostado para afirmarse en lo propio, para fortalecerse en la propia idea. Los políticos escondidos tras las patrias practican este juego para fidelizar seguidores, para crear adeptos. A este coctel explosivo solo le falta un condimento, la palabra libertad. Libertad se pronuncia tan alto y se grita desde los adentros tantas veces que queda desprovista de sentido, sobre todo cuando con los hechos se cercena o niega la libertad de los otros, de los traidores que no son los míos, que no son los nuestros. Por eso los contrarios se fortalecen mutuamente en este juego infernal. Se necesitan tanto como aparentan odiarse. También reparten medallas de demócratas y títulos de fascistas, los primeros son los nuestros y los segundos los otros, da igual el bando. Los adictos gritan consignas inducidas por los patrocinadores del entuerto y ondean banderas en las calles. Muchos guardan silencio y ocultan su miedo, a veces las banderas asustan tanto como las botas de los generales. Los días pasan y nadie cede, solo la desconfianza crece.
          Habrá un día en que todos al levantar la vista no sé si veremos, como cantaba Labordeta, una tierra que ponga libertad pero si lamentaremos no haber practicado más el viejo principio revolucionario de la fraternidad. Quizás un día la fraternidad, con el abrazo de la tolerancia, destierre para siempre la supremacía de las identidades sobre las personas, sobre los ciudadanos libres e iguales en su patria y en las patrias ajenas.
          No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Joan Manuel Serrat y ciertamente la amarga verdad es que se ha construido una bomba repleta de soberbias que está a punto de estallar. El muro del enfrentamiento ya está concluido y las consecuencias son imprevisibles. Se llega a un punto en que la razón queda escondida en un armario, porque no se quiere convencer sino derrotar al oponente. El hijo del enfrentamiento es el odio y generarlo la prueba palmaria del fracaso. El problema es que el naufragio será de todos y la victoria de ninguno. Todavía amanece, que no es poco.

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La niebla
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María Antonia San Felipe | 23-09-2017 | 8:00| 0


puigdemont-rajoyHay una niebla que lo cubre todo, hace días que la bruma es tan intensa que desasosiega. No hay forma de ver el sol, todo lo oculta la incertidumbre. Mientras se agitan patrias y se esgrimen banderas como si fueran lanzas se esconden los auténticos problemas y se camuflan las impúdicas vergüenzas que nos sonrojan como personas.

            En estos días de penumbra regresa la reflexión recurrente sobre si son primero los ciudadanos o las patrias, si son antes las personas o los territorios. Las leyes se enfrentan a sentimientos y la insumisión a la democracia. Crece la intolerancia. El horizonte dibuja un fracaso aunque se revista de esperanza. No conozco algarada que no deje huella, no hay desobediencia que no deje marca. Digan lo que digan en España y en Cataluña hay una herida que supura y sangra.
           Mientras nos afanan en estas guerras que enfrentan a familias y a pueblos, a amigos y a gobiernos o a ciudadanos con sus representantes nos olvidamos de las auténticas miserias que acechan a las personas. No acertamos a ver la brecha social que crece a nuestro alrededor porque solo miramos lo que quieren que veamos. Aunque no lo cuentan, lo único que crece es la desigualdad. Cada vez hay ricos más ricos y una creciente legión de pobres y empobrecidos. Entre 2011 y 2015 se han contabilizado 58.000 nuevos ricos y 1,4 millones de pobres. En España, el patrimonio que administra un 0,4% de la población supera en valor el 50% del PIB, mientras las rentas bajas se desploman y 5,4 millones de contribuyentes ingresan ya menos de 6.000 euros al año. El trabajo que se oferta es efímero y mal pagado con lo que llegar a fin de mes tiene tintes de epopeya. Contemplamos esta evolución, consecuencia de una crisis financiera, como si fuera una ley del destino. Se acepta como irremediable lo que antes se consideró intolerable. Ante la resignación no hay manifestaciones, solo silencio.
           El Banco de España reconoce que de los 60.000 millones de euros que se dedicaron a salvar a la banca no vamos a recuperar ni un tercio, aunque se dijo lo contrario, pero de este tema solo hemos escuchado un atronador silencio. Los juicios sobre la Gürtel, el 3% de mordidas en Cataluña y la larga lista de sinvergüenzas que han corrompido las instituciones sigue creciendo, lo que demuestra que toda la corrupción que intuíamos y nos fue negada, es tan verdad que debiéramos gritar de ira, pero solo se escucha el silencio. No pueden quejarse los secesionistas de que en España haya más corruptos que en Cataluña, en esta materia el reparto de estafadores está equilibrado.
          Por eso en vez de tratar de salvar personas, redistribuir riqueza y proteger derechos básicos, se reivindican patrias y se agitan enseñas. Las banderas aglutinan sentimientos pero también cubren vergüenzas y hay demasiados iluminados que ocultan tras ellas las auténticas dimensiones de sus fracasos políticos.
          En estos momentos de agitación pasional, interesadamente acelerados, resulta difícil diferenciar Estado y Gobierno. Es hoy necesario defender la legalidad constitucional, que no es igual que defender al gobierno, porque es la esencia de nuestra democracia. No hacer nada, despreciar el problema, ha sido el pecado de Rajoy pero la insumisión o la desobediencia no son el camino, ni tampoco una declaración unilateral de independencia que parece ser adónde vamos. Negando el diálogo han abonado el enfrentamiento. Veo a Puigdemont declarar la independencia desde un balcón. Un gesto efímero con pretensión de perdurar en la memoria colectiva.
          El desastre ha llegado ya demasiado lejos. Cansados de tanto cuento, no olvidemos que los gobiernos de Rajoy y de Puigdemont, carcomidos ambos por su propia corrupción y por su prepotencia ciega, son astillas de la misma madera aunque agiten distintas banderas. Ambos buscan ser los héroes de sus pueblos así que no los alentemos, porque cuando amanece el día la mayoría camina, con sus problemas a cuestas, abriéndose hueco entre la corrupción y el paro, la decepción y el miedo.

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El tsunami
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María Antonia San Felipe | 16-09-2017 | 7:51| 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.