La Rioja
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Autor: Kavafis
Tiempos de incertidumbre
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María Antonia San Felipe | 12-11-2016 | 8:00| 0

           Noto que un suspiro agrio me estremece desde lo más hondo, es la certeza de que no queda esperanza. Hay más posibilidades de que el mundo empeore que de lo  contrario. Estas cosas ocurren cuando el miedo arraiga y la gente al asomarse al día siguiente a la ventana no distingue el sol en la línea del horizonte. Donald Trump ha alcanzado su sueño y ha sido votado por millones de americanos lo cual resulta perturbador y desconcertante. Cuando pase el tiempo la historia nos contará las hazañas de este bufón ignorante y pendenciero que va a dirigir la política exterior del país más poderoso del mundo sin saber situar en el mapamundi al resto de naciones de la tierra. 
             No duden que la mayoría social que lo ha votado va a ser la principal perjudicada por su acción de gobierno y si no, al tiempo. Un millonario es un millonario aunque se disfrace de revolucionario. Coincido con Noam Chomsky en que la popularidad de Trump y la buena acogida de su incendiario discurso son el resultado de una sociedad quebrada por el neoliberalismo que vive instalada en el temor al futuro.  El origen está en las llamadas ‘medidas globalizadoras’ neoliberales que fueron diseñadas para poner a la clase trabajadora en competencia a nivel global. Las políticas de los últimos años han producido una bajada de los salarios y un empobrecimiento creciente de la mayoría social. Mientras se asegura la protección de las élites, se desampara a la clase trabajadora. La eterna rueda del destino que cíclicamente destruye lo conseguido.
           En los últimos años la clase política tradicional a la que pertenece Hillary Clinton, al igual que la que gobierna Europa, ha vivido de espaldas a la problemática cotidiana de sus ciudadanos y ello alienta el surgimiento de líderes y partidos ultranacionalistas y xenófobos que con recetas preñadas de simpleza alimentan los odios y los instintos viscerales. Hay motivos para la preocupación no sólo por lo que haga o deje de hacer Trump, el bufón de América, sino porque en los últimos años en Europa se han arruinado sus mayores logros desde la Segunda Guerra Mundial: democracias fuertes y un estado del bienestar que protegía a la mayoría.
             Visto lo ocurrido en EEUU algunos deben poner las barbas a remojar y muchos políticos debieran ponerse a pensar más en las generaciones venideras y menos en sus sillones. La ultraderecha está feliz y al acecho tras la estela de Trump. No es de extrañar porque, a veces, no hay que ganar sino dejar que el otro pierda. No olvidemos que el triunfo de Trump, un espontáneo de la política, es el desplome de Hillary Clinton, una profesional del establishment, que no ha podido conectar con el electorado demócrata ni con los jóvenes algo que quizás su oponente Bernie Sanders pudo haber conseguido. Clinton ha tenido 6,5 millones de apoyos menos que Obama en su victoria de 2012 y Trump va a ser presidente con 59,3 millones de votos, es decir, menos que John McCain (59,9 millones en 2008) y Mitt Romney (60,9 millones en 2012).
            Ni Clinton ni los presidentes europeos, ni los líderes de la oposición son conscientes de que la desafección ciudadana hacia la política tradicional es el resultado de sus propios errores. En Europa todos han aplicado la misma política económica sin contrapesos sociales que amortiguaran su impacto. Receta única a problemas diversos y complejos. La mayoría de la clase política europea, conservadores y socialdemócratas, han defendido iguales medidas. Además de agredir a sus votantes no han sabido generar esperanzas, muy al contrario, nos han enseñado que nuestros hijos vivirán peor y los nietos no quiero ni pensarlo.
              El 9 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín y se iniciaba un tiempo de esperanzas. El 9 de noviembre de 2016 un personaje, tan adinerado como ignorante, llegaba a la Casablanca. Cuando llame a Vladimir Putin se levantarán nuevos muros, se abrirá el tiempo de la incertidumbre y resurgirá la intolerancia.

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El suicidio
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María Antonia San Felipe | 05-11-2016 | 8:07| 0

El pasado sábado Rajoy veía caer el último obstáculo para acceder por segunda vez a la presidencia del gobierno. La abstención de la mayoría de los diputados socialistas obró el prodigio. El triunfo de unos sentencia la derrota de otros. Por eso, al tiempo que un Rajoy ufano salía del hemiciclo, el PSOE, su tradicional adversario, ardía en su propio incendio. El rescoldo durará tiempo, siempre hay voluntarios para avivarlo. Un vistazo a las redes sociales es suficiente para advertir la dimensión de la herida dentro del PSOE, las descalificaciones entre partidarios de una u otra postura, de uno u otro líder superan la cordialidad y el respeto.
          En este clima compareció Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole. Parecía un hombre dolido, herido por otros y, por sí mismo, vencido. Cuando la situación anímica es de fragilidad es aconsejable tomar distancia para sobreponerse. Nadie supera de golpe las decepciones y menos cuando los puñales son tan próximos y recientes. Es lo que tiene el poder, aparecen amigos que nunca lo fueron. Sánchez no hizo autocrítica, reconocer los propios errores es más doloroso que identificar a quienes te han abandonado, engañado o maltratado. Resultó candoroso que Sánchez reconociera ante la audiencia que hay poderes económicos que tratan de condicionar el poder político, grupos de presión inmisericordes en defensa sólo de sus intereses. En fin, algo que los ciudadanos saben sin pretender aspirar a la presidencia del gobierno. A estas alturas nadie ignora que los gobiernos mandan poco pero, muchos saben, que un gobierno decente intenta, cuando menos, contrapesar la influencia y la supremacía de esos tentáculos más omnipotentes que los estados. Si hemos llegado hasta aquí ha sido precisamente por no poner límites a esos poderes que nadie elige y que nos han sumergido en una crisis en la que unos engordan y otros sobreviven.
          Pedro Sánchez dejó claro que va a competir en unas primarias para regresar a la Secretaría General del PSOE y lanzó un mensaje a Susana Díaz para que comparezca en la carrera sin ocultarse detrás de sus peones. El problema es que la cosa es más complicada que un duelo entre narcisos competidores cuyas diferencias políticas desconocemos porque han reducido el debate a un problema de poder y no de proyectos.
El PSOE hace tiempo que arrastra dos problemas endémicos, el primero es ideológico y el segundo es de liderazgo. Desde hace tiempo la socialdemocracia europea transita sin rumbo claro. La crisis económica lo ha hecho más evidente al carecer de una alternativa potente a las políticas neoliberales impuestas. Se han aceptado las políticas de austeridad que no están impulsando el crecimiento en toda Europa y de aquellos polvos vienen estos lodos. El expresidente Zapatero en mayo de 2010 se rindió a las exigencias de Merkel, modificó el artículo 135 de la Constitución (con el apoyo de Sánchez) y los votos del PP. Al no convocar elecciones por haber incumplido su programa, socialdemócratas y conservadores aparecieron como aliados y el electorado dejó de percibir las diferencias entre la izquierda hegemónica y la derecha tradicional. Ahí cristalizó la desconexión con el electorado. A esta circunstancia se une el problema de liderazgo que hubiera sido menos relevante si la fuerza ideológica del partido lo hubiera acompañado, pero Pedro Sánchez no ha conseguido en este tiempo establecer sintonía con el votante tradicional del PSOE de ahí sus menguados resultados. Los ciudadanos que permanecieron fieles ya no votaban con la alegría de antaño y eso propició el nacimiento del 15-M y de Podemos.
          A estos dos problemas hay que unir ahora el desengaño y la indignación que la deriva actual ha producido. Si el acuchillamiento público entre dirigentes y militantes continua, el PSOE puede pasar a la irrelevancia. Pedro Sánchez ya nos ha mostrado sus debilidades. Susana Díaz ha acreditado ser más diestra con la espada que con las ideas. Lamento repetirme pero los dos son protagonistas del desastre. Enzarzados en la pelea de gallos están más cerca de romper el PSOE que de convertirse en su vanguardia ideológica. Suicidarse es una forma romántica de morir pero sería demoledor para un partido con tanta historia. Esperemos que el PSOE albergue todavía más inteligencia que rencor.

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El cadáver de su enemigo
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María Antonia San Felipe | 29-10-2016 | 8:05| 0

Cuenta la historia reciente que, un día como hoy, el 28 de octubre de 1982 el PSOE concitó las esperanzas de cambio de más de 10 millones de españoles que le otorgaron 202 diputados. El triunfo fue la demostración inequívoca de que el partido que fundó Pablo Iglesias en 1879 había conseguido una espectacular sintonía con la mayoría de los españoles. En aquel tiempo, las filas del PSOE se llenaban de ciudadanos procedentes tanto de la universidad como del taller o la fábrica, había abuelos con historia y jóvenes, muchos jóvenes, mujeres y hombres, impelidos todos por una necesidad de cambio. Es innegable, incluso para sus adversarios, que los socialistas asentaron nuestro estado del bienestar y modernizaron este país. Contemplando lo que queda del PSOE resulta imposible no sentir un ramalazo de nostalgia y una sobredosis de decepción.
            Sin duda, mañana sábado cuando Rajoy consiga la investidura como presidente del gobierno muchos revivirán ese pasado, menos los más jóvenes que ni siquiera lo recordarán. La fractura del PSOE con su electorado es una evidencia. De esa falta de sintonía no se ha hecho reflexión alguna y la pérdida de respaldo y credibilidad social la ha incrementado el tiempo sin remedio. En las elecciones de 2011, el PSOE logró 7 millones de votos, perdió más de 4 millones respecto a las últimas elecciones que ganó Zapatero. En 2015 añadió a la pérdida otros 2 milloncitos más. En las elecciones del 20 de diciembre obtuvo 90 diputados, el peor resultado desde la restauración democrática. Los 85 diputados de junio fueron el demoledor balance de su alejamiento de la ciudadanía y la constatación de la escasa fortaleza ideológica del proyecto presentado. Ante la histórica debacle debieron asumirse responsabilidades y producirse dimisiones a la altura de la tragedia. La excusa de que un nuevo partido, Podemos, surgido de la indignación del 15-M produce un escenario distinto que “roba” los votos del histórico PSOE no es suficiente para justificar la tragedia. Como en el juego de las sillas, cuando un espacio electoral queda desatendido, alguien lo ocupa. Este es el catón de la política.
           Todo indica que las nuevas generaciones de dirigentes del PSOE se han hecho viejos sin serlo. Proceden, la mayoría, de la escuela de Juventudes Socialistas. Quienes escalan en tan selecto club se curten por igual en oratoria, intrigas palaciegas, control de asambleas y redes clientelares, instrumentos muy útiles en las organizaciones políticas. Por el contrario, nada saben de las dificultades del mundo laboral o del día a día de una sociedad que se transforma a gran velocidad y en la que crece la desigualdad al mismo ritmo que las nuevas tecnologías que revolucionan el mundo. Hace un tiempo la savia del PSOE se nutría del tejido social, se alimentaba de sus latidos y no de estrategias de marketing y de eslóganes sin contenido ideológico. Hay algo que no cambia en la historia, la fuerza de las ideas siempre ha sido la que ha transformado la sociedad y los líderes, cuando de verdad lo son, se convierten en instrumentos a su servicio y no al contrario. Quizás el PSOE lleva mucho tiempo viviendo de las rentas del pasado mientras la ciudadanía ha dejado se sentirse reflejada en la descolorida oferta socialista.
           El infame e interminable espectáculo que está ofreciendo el PSOE resulta deplorable en un partido construido sobre el principio de la fraternidad, sin olvidar que las consecuencias de los enfrentamientos se adivinan catastróficas. No va a ser suficiente pedir perdón como creen algunos. Ese es sólo es un gesto hipócrita y gratuito para intentar conmover sin reconocer errores. Una cortina de humo que no puede ocultar tan ingentes desatinos. Algunos creen que la tormenta pasará y el electorado volverá por donde solía. Ya veremos. De momento, tras un balance gubernamental lamentable y sitiado por la corrupción, Rajoy ganó las elecciones aun perdiendo tres millones de votos. Mañana, sin mancharse, mientras él es elegido presidente, un PP triunfante verá pasar ante sus ojos el cadáver del PSOE, hasta entonces, su mayor enemigo.

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El dilema
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María Antonia San Felipe | 22-10-2016 | 8:08| 0

Los casi cinco millones y medio de votantes que tuvo el PSOE en las elecciones de junio observan con asombro el inesperado espectáculo que les está ofreciendo el partido al que apoyaron. También los militantes contemplan la indiscutible división y en esa guerra de pasiones y sentimientos transitan entre la indignación y la desesperanza. Las últimas semanas han sido un viaje por el corazón de las tinieblas buscando la luz al final de un túnel que, se decida lo que se decida en el Comité Federal del domingo, va a dejar al PSOE como una arquitectura que se resquebraja tras un terremoto y que puede desplomarse si se produce una réplica del seísmo.
         Ya no cabe preguntarse si, tras el 26 de junio, debió dimitir alguien por el desastroso resultado electoral. Tampoco es tiempo de valorar si tras el NO al primer debate de investidura de Rajoy, en el que todos estaban de acuerdo, debió pedirse la cabeza de Rajoy, manteniendo el NO si el presidente del PP no daba un paso atrás. Cualquier hipótesis en ese sentido es ahora ciencia ficción. El PSOE se ha colocado a sí mismo en una situación tan insólita que cualquiera que sea la decisión de su Comité Federal va a resultar muy complicado restablecer la sintonía con su electorado.
          Si la resolución del PSOE fuera votar en bloque No a Rajoy, lo más probable es que no hubiera ni debate de investidura sino directamente elecciones. La parte buena para el PSOE es que la mayoría de su electorado y de sus militantes no se sentirían defraudados aunque posteriormente si quedarían decepcionados. ¿Por qué? Porque todo indica que, pese a los obscenos cánticos de Francisco Correa en la Audiencia Nacional sobre el reparto de comisiones millonarias en la sede del PP, Rajoy volvería a ganar con mayor porcentaje y más diputados. No hay que engañarse, en el PP ni se avergüenzan de la corrupción que se está juzgando ni tienen miedo a nuevas elecciones. Muertos de risa, sin quitar ojo al espectáculo, esperan tranquilos y unidos que finalice la función protagonizada por, hasta ahora, su adversario más directo.
          Si por el contrario el PSOE se inclina, como parece, por la abstención está claro que Rajoy será investido presidente sólo unos meses antes que si hubiera terceras elecciones. Esta decisión supone que, dada la debilidad del PSOE, no está ahora en posición de pedir condiciones del calado que hubiera podido exigir con anterioridad. Por eso muchos pueden interpretarlo como una rendición incondicional ante su perpetuo contendiente, lo que dejaría a sus votantes desencantados, descorazonados o indignados según el grado de identificación con el partido.
La parte positiva, que no mejor, de esta decisión es que, sin más compromisos que permitir la investidura, podrían ejercer una oposición exigente ganando tiempo para reconstruir el partido. Para ello, debieran firmar un armisticio interno que serenase los ánimos de los militantes para después elegir un nuevo líder, hombre o mujer, capaz no sólo de restañar las heridas sino de propiciar un debate ideológico que reoriente el rumbo del PSOE y lo reconcilie con un electorado a fecha de hoy totalmente desilusionado.
          En cualquiera de los dos casos, es decir, perdiendo por tercera vez las elecciones de forma más estrepitosa que la anterior o permitiendo la investidura, el PSOE tendrá que refundarse armándose de valor e ideas. La tarea exige de tanta generosidad interna como inteligencia y de ninguna de ambas cosas anda sobrado el actual PSOE. Reconozco que mi análisis puede estar totalmente equivocado pero creo que quienes han hundido al PSOE en el desastre no van a sacarlo de él. Algunos debieran abandonar sus cargos devolviéndolos a los militantes ya que, siendo todos necesarios, nadie es imprescindible. El PSOE ha hipotecado su presente pero el futuro siempre está por escribir.

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Gana Trump, no lo duden
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María Antonia San Felipe | 15-10-2016 | 8:01| 0

Mientras “Miura”, la cabra de la Legión, atraía las miradas  de los presentes en el desfile militar del 12 de octubre, por no sé qué extraña asociación de ideas, me vino a la cabeza uno de los infinitos excesos verbales de Donald Trump sobre las mujeres. De pronto lo vi sentado en una tribuna preferente en el desfile de mujeres candidatas a Miss Universo, en uno de esos certámenes que él patrocinó durante años. Seguramente le parecerían un magnífico espectáculo de carne fresca y tersa de la que poder disfrutar como el seductor de tres al cuarto que cree ser, más gracias a su cartera que a su encantador tupé. No menciono su atractivo intelectual porque a estas alturas ya intuimos que es un recurso natural del que anda bastante menguado.
           Si Abraham Lincoln levantara la cabeza y escuchara su desparpajo impertinente volvería a pronunciar su acertado aforismo, “es mejor estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar las dudas”. Después correría a refugiarse en su tumba, con cierto desasosiego, tras comprobar qué clase de estadistas presenta a la presidencia el Partido Republicano.
 A continuación lo imaginé con Putin, uno de sus políticos preferidos, departiendo sobre el futuro de la humanidad y, sinceramente, sólo como hipótesis me echo a temblar. Los veo en una cumbre ruso-americana compartiendo un brindis de vodka y bourbon y el resultado puede ser la mundial (la tercera guerra mundial, quiero decir). Me acordé de Silvio Berlusconi, otra destacada figura del machismo triunfante. No me digan que no resultaría alucinante una recepción oficial con Putin, Berlusconi y Trump que concluyera en un discreto festejo (sólo para hombres) en una villa del Cavaliere practicando el “bunga-bunga” que, como sabemos, es muy de machotes.
           Como no tengo remedio cuando me pongo a fantasear me introduje a mí misma en el divertimento mental de especular qué ocurriría en España si este peculiar personaje en vez de candidato a la Casablanca lo fuera a la Moncloa. Reconozco que me tuve que tomar una tila porque, de pronto, vi con claridad meridiana que podía arrasar como lo hizo Berlusconi en Italia en sus mejores tiempos.  Sabemos que Trump es un machista irredento, xenófobo convencido y un contribuyente que ha evitado durante dieciocho años pagar los impuestos que le correspondían. Sin embargo, se presenta como el defensor de las clases trabajadoras que pelea (él solito) contra el establishment político, como si fuera un moderno revolucionario, pese a ser un multimillonario que, cuando venían mal dadas en sus negocios, estafaba a los pequeños inversores. Todo esto es lo que conocemos de Trump.
           De nuestra querida España sabemos que durante años hemos tenido ministros y políticos con cuentas opacas en paraísos fiscales y en Suiza, cobradores de sobresueldos en negro, adjudicadores de contratos públicos a cambio de mordidas y donaciones para el partido gobernante. Ya saben, incontables tropelías, todas presuntas. Lo que está probado, en nuestras propias carnes, es que han recortado nuestra sanidad, nuestra educación y restringido las ayudas a la dependencia para salvar unas cajas de ahorros, como Bankia, en la que destacados políticos y otros padres de la patria no sólo se forraban con sueldos astronómicos sino que tenían tarjetas, en negro, para sus gastos y caprichos personales. En esta negrura, resulta muy patriótico que el partido al que pertenecían la mayoría esté siendo juzgado por ser beneficiario, a título lucrativo, en la causa por corrupción más importante desde el inicio de la democracia. Pese a que el cesto de manzanas podridas está repleto, el PP sigue invocando su pretendido amor a España insistiendo en que los buenos españoles son ellos y los malos todos los demás. Por eso, el día de la fiesta nacional, tras contemplar nuestra patria herida, imaginé que en EEUU puede que no gane pero en España es seguro que triunfaba Donald Trump.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.