La Rioja
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Autor: Kavafis
Que no haya silencio
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María Antonia San Felipe | 19-08-2017 | 8:00| 0

charlottesvilleEl abuso de la comunicación rápida que imponen las redes sociales ha conseguido que en la política actual sea más importante el impulso que la reflexión en la exposición de las ideas. Donald Trump es un adicto de la comunicación tuitera compulsiva, por eso, asusta pensar que pueda manejar con similar rapidez el teclado del teléfono o el botón nuclear. Donald Trump llegó a la presidencia sin un ápice de fingimiento. Recorrió EEUU con su explosiva personalidad saliéndose de tono y de madre pero los norteamericanos a cambio del espectáculo le entregaron la presidencia. América, según Trump, era lo primero aunque él puede convertirla en una tierra fecundada de fanática intolerancia.
           Trump no disimula, no lo ha hecho nunca. Es tan racista como machista, porque lo uno lleva a lo otro. Su primer impulso, tras los violentos sucesos de Charlottesville (Virginia) que han tenido como desenlace una joven muerta y veinte heridos atropellados intencionadamente por un neonazi, ha siso la equidistancia. En sus primeras declaraciones el presidente Trump asombró a América y al mundo. No digo que sorprendió sino que su sinceridad nos dejó boquiabiertos al asimilar a los racistas nazis con los contramanifestantes. Con su postura, pretendidamente tolerante, trató de lavarse las manos pero encubría al movimiento ultraderechista que ondeaba banderas nazis como si fueran rosas. Que a estas alturas de la historia alguien todavía sostenga que los blancos son superiores a los negros, o los hombres a las mujeres, los americanos a los congoleños o a cualquier ser humano nacido del mestizaje, es realmente una muestra de inferioridad intelectual y por supuesto, deber ser tachado de racista y neonazi sin ningún paliativo. Niegan lo evidente como niegan el holocausto.
           Así que la tibieza de Trump solo fue aplaudida por los ultras. El senador y excandidato presidencial, el también republicano, John McCain, ha sido contundente: “Los supremacistas blancos no son patriotas, son traidores”. Que se vayan y no vuelvan, ha dicho el gobernador de Virginia. Fue tal el escándalo que sus asesores le obligaron a condenar a los supremacistas. Y Trump, fingiendo, condenó a los racistas con la boca pequeña, porque en realidad piensa como ellos y porque quienes le auparon a la presidencia jalean a los ultras. Desgraciadamente también lo votaron negros e hispanos. ¡Inmensa es la ignorancia que se somete a la manipulación! ¡Así es la vida!
           Al final, la verdad reluce. A las pocas horas, el verdadero y genuino Trump volvió a rectificarse a sí mismo para regocijo del Ku Klux Klan y de los grupos neonazis (Alt-Right Movement) que lo han felicitado por su coraje y valentía. Todo esto asusta y aterra. No hay duda de que Trump es el mejor altavoz del neonazismo en todo el mundo. La propia ONU acaba de alertar del incremento de la xenofobia en EEUU, por eso no se puede mirar hacia otro lado. No olvidemos que en Alemania el nazismo llegó a cometer todos los excesos que la historia nos ha contado gracias al silencio de muchos buenos alemanes que hacían como que no veían. Como muy bien explicaba el líder negro Martin Luther King, “cuando reflexionemos sobre el siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”. No podemos normalizar lo intolerable, no podemos ser cómplices mudos. Todavía hay esperanza. Los padres Pete Teft, de Fargo (Dakota del Norte), uno de los neonazis que se manifestó en Charlottesville, han tomado la palabra para repudiarlo, señalando que desconocen donde aprendió esas creencias y que solo lo acogerán en casa cuando las abandone. Aplaudo a estos padres que no quieren guardar silencio porque saben adónde conduce. Si quienes aplauden a Trump en América y en el resto del mundo no chocan contra nuestra resistencia creerán que los animamos en su peligrosa cruzada. No podemos entregarles el futuro porque lo convertirán en un regreso al pasado, al más horrendo pasado.

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Letra pequeña
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María Antonia San Felipe | 12-08-2017 | 9:57| 0

rajoy-puigdemontLa letra pequeña es algo en lo que no solemos detenernos en este loco mundo de la información que se transforma a la velocidad de la luz. Consumimos grandes titulares y despreciamos los jugosos detalles de las cosas que, a la postre, son los ingredientes auténticos de lo importante. Sorpréndase conmigo querido lector al conocer que, según el barómetro de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas, intranquiliza más a los españoles “la crisis de valores” (2,7%), que la “independencia de Cataluña” (2,6%). A casi nadie desazona el tema catalán comparado con el 70,6% de españoles preocupados por el paro o el 45,3% de los alarmados por la corrupción. Sinceramente no sé si esto es bueno o malo, pero asombra la distancia entre la política y la calle, el ruido mediático y la vida cotidiana.
           No deja de ser chocante que los españoles contemplen sin desasosiego el espectáculo que tantos y tan encontrados sentimientos parece producir desde hace años y que está en el punto más álgido de tensión de los últimos tiempos. Los ríos de tinta, las largas polémicas televisivas y radiofónicas añadidos a los sesudos argumentos no parecen influir en el estado de ánimo de la ciudadanía que lo sitúa al mismo nivel que su desvelo por un concepto tan abstracto como la crisis de valores del mundo actual. Reír o llorar, esta es la cuestión.
           Los independentistas buscan urnas para votar y argumentos para convencer, los unionistas esgrimen los artículos de la Constitución y el derecho internacional y los más templados aventuran salidas imaginativas que hagan posible un marco de naciones múltiples que salvaguarde la idea envolvente de la España común. Mientras prosigue la guerra de argumentos, la inmensa mayoría de los españoles solo piensa, según el CIS, en dos cosas: conservar o conseguir empleo y confiar en que los corruptos no le roben demasiado.
           En este calorín andaban los españoles mientras extendían la toalla en la playa o tomaban una caña en la terraza del bar mientras elucubran con los amigos sobre cómo solucionar los problemas del país, cuando hemos conocido, con asombro, que al presidente del gobierno le ha sobrevenido un lumbago antes de ir a visitar al Rey. Parece ser que lo abultado de la mochila en la que transportaba los problemas que lleva tiempo eludiendo le ha producido una lesión más grave que la infligida por los casos de corrupción que afectan a su organización.
           Una vez recuperado el temple a nadie ha sorprendido que Rajoy le haya dicho al Rey que él es partidario de no hacer nada. No sabemos si es por prescripción médica o porque piensa seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. El presidente sigue confiando en que el tiempo y el aburrimiento disuelvan, por agotamiento, el problema territorial del Estado español y frenen a sus mejores aliados que no son otros que los propios independentistas que, gracias a su inactividad, han crecido como setas. El caso resulta realmente llamativo, mientras unos viven instalados en la prisa y corren a la velocidad de Charlot en las películas de cine mudo; otros, con el presidente del gobierno a la cabeza, esperan tumbados a que se estrelle el tren contra la legalidad imaginando que ahí terminará el problema. Tengo la impresión de que unos contra otros y todos en contra del sentido común han destrozado el entendimiento que es la única forma de garantizar la convivencia.
            O todos están locos o todos nos engañan. Pudiera ser que todo este despropósito sea un invento coordinado entre unos y otros para distraernos mientras expolian nuestros derechos y dilapidan nuestros impuestos en perfecta sintonía, aquí y allí. No olvide nadie que los platos rotos siempre los pagan el pueblo, los pueblos, el ciudadano, las personas porque de sus decisiones siempre nos ocultan lo importante: la letra pequeña.

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Cómplices
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María Antonia San Felipe | 05-08-2017 | 8:00| 0

corruptos-¡Todos han robado!, los unos y los otros, los de aquí y los de allí, los del norte y los de sur.
           Con tan endeble y repetido argumento me dicen algunos lectores que no soy ecuánime porque creen que critico demasiado a unos y menos a otros.
           -Mire usted, he escrito de Rajoy porque es el primer presidente del gobierno que va a declarar ante el Tribunal Supremo por la corrupción del partido que nos gobierna. Escribo de Blesa porque se suicidó hace unos días, de Villar porque lo detuvieron la semana pasada, de Rato y de Ignacio González porque lo llevan a la cárcel, de Granados porque ingresa en la misma prisión que inauguró, de…
           A sí que al calor del verano me ha dado por pensar en este asunto. Imagino que todos estaremos de acuerdo en que dilapidar, robar o malversar el dinero público, el que procede de nuestros impuestos, es decir, del sudor de nuestra frente, lo mismo que utilizar el cargo en beneficio propio está mal, rematadamente mal y además de ser delitos tipificados en el Código Penal. Supongo que también coincidiremos en que lo dicho está fatal lo haga quien lo haga, porque el delito no es menor porque uno sea rubio o moreno, alto o bajo, de derechas o de izquierdas, nacionalista o populista. Y porque la corrupción de unos no tapa la de otros, ni el mal queda minimizado por la afiliación política del ladrón, del malversador o del prevaricador.
           Pero en este país nos gusta más dilapidar al prójimo que asumir nuestros errores,  por eso, existen diferentes reacciones ante la corrupción. Por ejemplo, hay gente que cuando roban aquellos a los que no han votado nunca ni tienen intención de hacerlo jamás, piden para ellos las penas más duras, el repudio público y la intervención de la Inquisición. Pero si los que roban, prevarican o malversan son aquellos a los que ha votado y piensa seguir votando aunque le requisen su propia cartera del bolsillo, entonces dicen: -Como todos roban, al menos que me roben los míos. Minimizando la trascendencia del delito, se disculpa como si fueran travesuras de adolescentes. Se sigue votando a quien se corrompe y consideran que las urnas absuelven de los delitos cometidos.

           Si vuelven a ganar las elecciones se argumenta que los votantes les han perdonado las travesuras y se hace borrón y cuenta nueva. Tampoco faltan aquellos a quienes les da igual que sean unos u otros los protagonistas del latrocinio, se decantan porque caiga sobre ellos el peso de la ley y punto. También hay a quienes les importa un bledo lo uno y lo otro. Sorprende, por ello, que según las encuestas la corrupción sea uno de los problemas que más preocupan a los españoles.
           Si le damos vueltas al asunto sin los apasionamientos que nublan la razón, observaremos que, al tiempo que los ciudadanos sufren las graves consecuencias de una crisis económica muy larga, se ha descubierto tan ingente cantidad de casos de corrupción que no queda institución del Estado sin contaminar. De la monarquía hacia abajo, incluyendo al estamento financiero (cajas de ahorro), al poder judicial y hasta el fútbol. Si uno no puede fiarse de nadie esa sensación conlleva un deterioro evidente de la política y de la arquitectura institucional que nace de la Constitución.
           No es bueno hacer como que no vemos, debemos ser sinceros y reconocer que si terminamos tolerando la corrupción como un mal menor, si disculpamos y absolvemos socialmente a los corruptos seremos cómplices de dinamitar la esencia del único sistema político que puede proteger nuestra libertad, nuestros derechos y nuestro bienestar: la democracia. Sin olvidar que la política debe ejercerse desde la nobleza de los principios éticos con ejemplaridad. La resignación no es el camino, o combatimos la corrupción como práctica política y saneamos el sistema o la corrupción acabará por devorarnos y lo que viene detrás ya lo conocen. Yo me niego a guardar silencio.

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Asombrados
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María Antonia San Felipe | 29-07-2017 | 7:29| 0

blesa-rajoyDescerrajarse un tiro en el pecho no debe ser tarea fácil aunque esa fue la decisión última y final de Miguel Blesa. También debió ser muy difícil colocarse la soga alrededor del cuello para ese hombre de 55 años, cuyo nombre nadie recuerda, que en Alicante, el 13 de febrero de 2013, fue encontrado ahorcado por la comisión judicial que se disponía a hacer efectivo el desahucio de su vivienda.

Ambos ejercieron su libertad, aunque el hombre anónimo no tomó la decisión de perder su empleo y quedarse sin ingresos para pagar la hipoteca. La vida hizo planes por su cuenta, sin que él resolviera darle su consentimiento. Miguel Blesa procedió libremente el 19 de julio pasado como lo hizo cuando se aventuró a burlar todos los códigos éticos y legales desde la presidencia de Caja Madrid, adonde llegó de la mano de su amigo José María Aznar en 1996. Sabemos desde la antigüedad que, como cualquier pacto con Mefistófeles, en un momento determinado de la vida el pago será reclamado. La Justicia y la sociedad, aflorada la verdad, le exigieron que asumiera el precio de sus decisiones y sentenciaron la pérdida de los oropeles del poder y limitaron esa libertad que ejerció creyéndose en la cúspide de la impunidad. A Miguel Blesa debió parecerle más liberadora la muerte que la losa de la conciencia y más reconfortante que la estancia en la prisión de Soto del Real.

Toda muerte deja un halo de melancolía pero la condescendencia que puede producir su crudeza no puede borrar el pasado ni dulcificar el presente. Miguel Blesa es uno de tantos ejemplos de ascensión meteórica a puestos relevantes de supuestos expertos que, en realidad, no eran entendidos en nada. El tiempo ha demostrado que una mayoría eran arribistas sedientos de dinero y de privilegios en este bucle infernal del capitalismo de amiguetes que se ha practicado en este país hasta poner en situación de quiebra, tanto económica como política, al propio Estado.
El otro buen ejemplo, que solo sorprendió a los más incautos, es el de Ángel María Villar, el presidente eterno de la Real Federación Española de Fútbol. Es posible que el exfutbolista llegara a la presidencia para renovar el mundo del fútbol pero su prolongado mandato ha favorecido no solo la corrupción sino la creación de una red clientelar que lo perpetuaba, mandato tras mandato, elección tras elección en la cúspide del “fúrbol”. 

Esto también es viejo, así se ha sustentado el poder a lo largo de muchos siglos, yo te hago un favor  con dinero ajeno y tú me lo debes. Compramos silencios y fidelizamos voluntades y aquí paz y después gloria. Pero la gloria también es efímera y en el corralito del “fúrbol” hacía tiempo que olía a corrompido y, no nos engañemos, hay cosas con las que nadie quiere meterse y este territorio ha estado blindado durante muchas décadas a una auditoría seria de sus cuentas y a un control democrático de sus instituciones. Las casis tres décadas de Villar al frente de la Federación son la demostración empírica de que es necesario en este país imponer la limitación de mandatos para todo. Es la mejor manera de mantener ventilados los cargos e instituciones sin que terminen por pudrirse contaminando a todos.

Durante mucho tiempo ha habido demasiados ojos cerrados, demasiada gente que no oía, ni veía, solo callaba. En España hay demasiados sordos, ciegos y mudos, hay mucha tolerancia con la corrupción y escaso nivel de exigencia. En la cúspide de la nación tenemos la guinda de este pastel de mierda: Mariano Rajoy. El presidente del gobierno es el único jefe del mundo que siendo jefe nada sabía, nada veía, nada escuchaba sobre la financiación ilegal de su partido. Vivir ignorando no te convierte en ignorante pero si en cómplice necesario de la perpetuación del basurero. Hoy en el PP hay un líder que niega lo que todos vemos. Desgraciadamente, lo único cierto es que hemos vivido muchos años no por encima de nuestras posibilidades, sino a la sombra de infinitas mentiras que todavía hoy nos asombra que sean verdad.

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Españolitos
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María Antonia San Felipe | 22-07-2017 | 8:00| 0

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Miguel Ángel Blanco

La posición firme de los españoles siempre es contra algo, sostenía Machado en su Juan de Mairena y probablemente tenía razón. Parece que en la plaza pública lo importante no es cómo son las cosas, sino quien está más en contra de tal o más a favor de cuál. Destacar sobre el otro, diferenciarse un punto más o, como diría aquel, yo siempre dos huevos más. No puedo obviar que estas cosas conducen a la desesperanza.
           El éxito obtenido por la novela de Fernando Aramburu, Patria, más allá de su calidad literaria, me hizo pensar que con ella estaba ocurriendo como cuando uno tiene una pena que lo angustia y necesita verbalizarla, contarla a un amigo para poder comenzar a superarla. Ese efecto galvanizador creo que tiene una novela de ficción que es una crónica muy pegada a la realidad psicológica y sentimental de la Euskadi envenenada por el protagonismo central de ETA en su devenir cotidiano.
           El 28 de junio en el ayuntamiento de Rentería, el alcalde de EH Bildu, Julen Mendoza, rindió un homenaje, acordado con los familiares de las víctimas, a tres de sus vecinos asesinados por ETA: Manuel Zamarreño y José Luis Caso, concejales del PP y Vicente Gajate, policía local afiliado al PSOE. Los dos primeros fueron ajusticiados después de Miguel Ángel Blanco y el tercero, en 1984. Ha sido un gesto sin precedentes que un partido como EH Bildu, con sectores todavía reacios a condenar la violencia y los asesinatos de la banda terrorista pese a la evidente derrota de la organización. A mí este pequeño gesto me pareció que, aunque sea tarde, ha llegado y que hay gente dispuesta desandar el camino y a reconocer sus errores que no son pequeños, que quebraron la convivencia durante varios lustros y dejaron más de 800 muertos.
           Después llegó el 13 de julio, fecha en la que se cumplía el 20 aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de Francisco Javier García Gaztelu, «Txapote». Es cierto que este hecho marcó un punto de inflexión en la lucha contra ETA, que fue una conmoción en todo el país y que llenó las calles de actos de condena y repulsa pero, cuatro lustros después, la utilización partidista de un compatriota asesinado vuelve a abrir trincheras dialécticas y tensiones políticas. Parece que, ahora que ETA es solo un doloroso recuerdo, todavía hay quien se empeña en repartir carnets de buenos ciudadanos exagerando diferencias que en el fondo no existen. La polémica en torno a la posición de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, es el mejor ejemplo de una divergencia gestual que en vez de sumar, resta; en vez de unir, separa. La exjueza, Carmena sobrevivió a un atentado de la extrema derecha en la conocida matanza de Atocha (1977) y estuvo amenazada por ETA en su etapa judicial. No creo que haya nadie tan partidario de la no violencia. El problema es que, regreso a Antonio Machado, contra algo o alguien algunos se creen más.
           Y en este clima, llegó el 18 de julio, fecha inscrita en nuestra historia con ribetes de tragedia. La sublevación de algunos mandos militares contra el gobierno de la II República derivó en una Guerra Civil cuyas heridas todavía permanecen abiertas. El entierro, el pasado 2 de julio, del padre de Ascensión Mendieta, una mujer que a sus 91 años ha podido dar sepultura a su familiar en el cementerio de La Almudena (Madrid) tras haber sido fusilado en noviembre de 1936, es una prueba de lo mucho que queda por hacer. Cada familia tiene sus muertos y todas ellas tienen el mismo derecho a llorarlos, a recordarlos y a enterrarlos. La dignidad humana debiera permanecer alejada de los intereses políticos y de quienes se esfuerzan en reescribir la historia a su antojo.
           Por todas estas cosas a veces me pregunto si este país de malquerencias encontradas tiene remedio. Recuperando de nuevo a Machado, convendremos que podemos considerar patriota a quien, por pasión, oculta y evita criticar nuestros defectos, pero solo será un buen español si trabaja por superarlos. Este es el reto que nos debemos a nosotros mismos si queremos respirar la libertad de nuestro propio futuro.

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Ascensión Mendieta en el entierro de su padre

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.