La Rioja
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Autor: Kavafis
Desde la libertad
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María Antonia San Felipe | 21-11-2015 | 11:05| 0

Resulta difícil sustraerse al impacto de la muerte, del asesinato indiscriminado, del terror sobrevenido, resulta imposible no quedar afectado por la crueldad o sobrecogido por la barbarie. Ante un atentado como el de París, cuyo objetivo, es la matanza de cuantos más mejor, el corazón se para y la respiración se contiene. Lo cierto es que uno, simplemente, se desinfla sin comprender nada. Primero se piensa en las víctimas, inocentes instrumentos del terror, e inmediatamente después uno se pregunta, cómo se acaba con este terrorismo global, transfronterizo y urbano en el que el objetivo es cualquiera, cualquier anónimo ciudadano que va al trabajo o vuelve del mercado.

Tras el dolor súbito, tras la solidaridad, tras los minutos de silencio, tras el multitudinario funeral sólo hay preguntas. Mientras los gobiernos se afanan en la búsqueda de soluciones, todos debiéramos reflexionar sin las urgencias apasionadas del momento. Yo, sinceramente, navego por la incertidumbre. Tengo muchas dudas respecto a la eficacia de las medidas que se están poniendo sobre la mesa aunque no tengo ninguna de la hipocresía europea y occidental. Hace tiempo que sólo nos conmovemos con lo que tenemos más próximo, con lo que consideramos nuestro y nos olvidamos de que en otros lugares del mundo se viven masacres con una frecuencia insoportable. 132 muertos en París, casi 200 en Madrid en 2004 son muchas víctimas pero también lo son las 32 de un mercado en Nigeria el martes y casi no nos hemos enterado ni para guardar un minuto de silencio.

Cuando éramos niños, como escribió el sabio poeta Benedetti, un charco era un océano y la muerte lisa y llanamente, no existía. Sólo cuando pasó el tiempo aprendimos que morían los mayores. El contacto con la muerte era sólo el natural de la vida. En Siria, en una guerra terrible que transcurre por su quinto año, los niños viven entre la muerte. Los más pequeños han crecido entre los bombardeos, no saben cómo se juega en un charco que parece un océano y además sus padres han perdido la esperanza de ofrecerles un futuro más digno que la antesala de la muerte. Yo también huiría si pudiera, yo también sería parte de la marea que se arriesga a elegir entre la muerte segura y la probable, ya que ésta última siempre se antoja más remota.

En esta guerra terrorista auspiciada por el autoproclamado Estado Islámico sabemos, sin lugar a dudas, que está dirigida por el lado más oscuro del mal y que su principal arma es la crueldad. La brutalidad absoluta y el odio, no su país o el Corán, son su principal fuente de inspiración y el miedo que provocan es, hoy por hoy, superlativo. Nos han metido el miedo en el cuerpo hasta confundirnos. Quieren que respondamos con el estómago, cegados por el dolor y con el orgullo como civilización herido, pero debemos combatirlos con la frialdad de la inteligencia. Si queremos salvaguardar los principios básicos de Occidente no podemos anteponer la seguridad (siempre frágil) a la democracia y a la libertad, esto debemos tenerlo claro.

Debiéramos combatir al Estado Islámico desde esos principios, porque sólo los ideales fortalecen y unen a los pueblos. De momento la historia reciente nos enseña que las intervenciones en Afganistán, en Irak, en Libia y el apoyo a regímenes corruptos les han fortalecido a ellos y nos han debilitado a nosotros. Los terroristas se están financiando con la venta de petróleo que alguien compra a bajo precio en el mercado negro o por gobiernos autocráticos con los que mantenemos relaciones hipócritas y que hacen grandes negocios en Europa. Compran armas que alguien les fabrica y les vende. Putin, que no es santo de mi devoción, acaba de denunciar que «la financiación del Estado Islámico proviene de 40 países, entre ellos varios del G-20». Si es así, la gravedad es extrema y de aclararlo también depende nuestra seguridad. Si acabar con los asesinos del Estado Islámico es un fin justo, los medios que hemos de emplear para destruirlo también deben serlo.

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Vuelva mañana
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María Antonia San Felipe | 14-11-2015 | 10:40| 0

-Vuelva usted el jueves.

-Volveré.

Humillado y ofendido, Artur Mas volvió al Parlamento del que salió con las orejas gachas y la dignidad ausente. Yo que él me exiliaba a Andorra. Siempre pensé que los héroes tenían más pundonor y protagonizaban grandezas más épicas que las de anteponer el ansia de poder a cualquier otra consideración colectiva. El héroe permanece erguido aun cuando le flaqueen las piernas. Su humillante petición de votos a la CUP para que in extremis lo elijan presidente quedará escrita, con deshonor, en las páginas de nuestra historia común, a su pesar. Tras dejar su patria al borde del precipicio y a la sociedad catalana rota en dos mitades, sólo le quedaba mendigar para salvarse. Se ha puesto de rodillas ante quienes hasta ahora consideraba antisociales, les ha  pedido al menos unos pocos votos para quedar investido presidente con la legalidad española que, de momento, es la única existente.

            No quería escribir más de este asunto, pero reconozco la dificultad de sustraerse al espectáculo. Esto parece un circo de tres pistas, en el que no te da tiempo a ver las sorpresas que te ofrece cada una de ellas. Si la situación no fuera tan grave, si el desafío no fuera tan irresponsable y tan evidente el enfrentamiento que se está alimentando, la cosa sería como para partirse de la risa.

            Nunca vi una revolución sin líder, ni una proclamación de un nuevo estado sin presidente, claro que tampoco jamás había visto que el padre espiritual de un proceso independentista se pareciera más a Vito Corleone, El Padrino, que a Simón Bolívar o a Nelson Mandela. Como todo va tan rápido es bueno detenerse en los detalles. Mientras el parlamento de Cataluña (constituido con la legalidad española) proclamaba su deseo de desconectarse de España, como si construir un nuevo estado fuera como el milagro de la luz al darle al interruptor, hemos sabido que el hijo mayor de Jordi Pujol repartía entre los hermanos una barbaridad de dinero obtenido con las supuestas mordidas. Como en el Padrino, la familia es lo primero y ya verán como los delitos están prescritos. No nos engañan aunque nos toman por tontos, pero es evidente que la declaración independentista del 9 de noviembre era el primer plazo de las promesas hechas a la CUP a cambio de su apoyo, aunque la consecuencias de tanto desatino están por ver y no fueron valoradas ni por Mas ni por su socios.

           En la tercera pista del circo contamos con la actuación estelar de Mariano Rajoy. Tras avivar el anticatalanismo desde hace años, ha permanecido en el gobierno de brazos cruzados mientras las huestes independentistas se armaban ante su indiferencia. Ahora el presidente ha visto la ocasión de, sin tener que dar saltos mortales (que son muy fatigosos), mostrarse como el salvador y garante de la legalidad española. Ha sido sencillo, ha presentado un recurso ante el Tribunal Constitucional que obligatoriamente tenía que suspender la resolución independentista. Rajoy, en campaña, trata de convencernos de que, gracias a él, no pasará nada. Y es que, en realidad, nada va a pasar, de momento aún siendo grave lo sucedido. El proceso va a encallar, pese a mantener el desafío, porque no hay gobierno y porque sin legalidad que respalde la proclama independentista es imposible conseguir el reconocimiento internacional ya que Cataluña es parte de un estado democrático y no un país oprimido o devastado como Kosovo.

          Lo más preocupante es que en Cataluña la ciudadanía está dividida, los no independentistas han vivido en silencio durante años confiando en que el sarampión no iría a más, pero ahora esa parte silenciada tendrá que hablar tratando de ser tan protagonistas de su futuro como aquellos que tratan de enmudecerlos. Desde el plano político sería terrible que la irresponsabilidad de unos, el inmovilismo de otros y los intereses electorales de ambos destruyan la convivencia y levanten una frontera donde sólo debiera crecer la fraternidad.

 

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La niebla
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María Antonia San Felipe | 07-11-2015 | 10:06| 0

Cuando estás entre la niebla es tan difícil atraparla con las manos como ver con claridad más allá de tus narices. El otoño trae nieblas y las elecciones también. Nos quedan, por tanto, algo más de cuarenta días de nebulosas. Algunos son verdaderos expertos en la producción de neblinas con el único objetivo, no confesado, de confundirnos. Ahora estamos envueltos por la niebla catalana. Los independentistas están afectados por un ataque de prisa como si la independencia fuera un problema de velocidad y no de normas internacionales. Forzando la maquinaria y sobre todo la legalidad no llega antes la madrugada, al contrario, vulnerando las reglas del juego pueden perder lo que quieren ganar, es decir, apoyo internacional. Hasta el lehendakari Urkullu ve un desatino la declaración unilateral de independencia. La presidenta del recién constituido parlamento catalán violentando el Reglamento de la Cámara no consigue sino deslegitimar su propia autoridad. Por otro lado, Artur Mas y Convergencia están atrapados en sus propias mentiras, además de enfangados hasta el cuello de corrupción. Tiene gracia que en esta materia han conseguido parecerse, como dos gotas de agua, al estado del que quieren separarse. ¡Qué cosas tiene la vida! Cataluña y España han producido tanto corruptos que necesitan además de una limpieza general unos líderes políticos con más altura moral que la mediocridad actual.

En realidad tanto Mas como Rajoy tienen los armarios llenos de vergonzosas renuncias al interés general y de grandiosos altares a sus egos personales y a su instinto de supervivencia. Por eso esta niebla densa de la independencia resulta vital para a un Mas necesitado de algún triunfo de tanta dimensión que pueda ocultar, a un tiempo, la basura que le rodea y su incapacidad como gestor público. Mas ha convertido el nacionalismo moderado de la burguesía catalana al independentismo radical que asusta ya a sus propios correligionarios antes de haberse materializado la declaración unilateral de soberanía que puede convertirse en el anuncio de su funeral político. Por otro lado a Rajoy, como se dice vulgarmente, le ha venido Dios a ver en la antesala electoral y va a sacar jugo de este dislate a poco que se lo proponga. No podemos olvidar que la negligencia de Rajoy respecto de Cataluña ha sido mano de santo para los secesionistas, su inacción ha sido una fábrica de independentistas. Además de invocar a la ley hay una vertiente política que él y su partido se han negado a abordar porque les daba votos en el resto de España. Los secesionistas rezan para que Rajoy utilice el artículo 155 de la Constitución, es decir, la suspensión de la autonomía, para envalentonar a los suyos. Es por tanto la hora de la inteligencia y de la unidad, pero también de la grandeza.

En las conversaciones con los líderes del resto de partidos Rajoy  ha obtenido un respaldo mayoritario de quienes aspiran a sustituirle, aunque no pueden otorgarle un cheque en blanco. El reto de los independentistas es el mayor problema institucional de los últimos lustros. El presidente sólo ha reaccionado in extremis, por eso Rajoy es parte del problema pero no de la solución. Sonando los clarines de la campaña va a ser difícil concretar un plan de acción en estos meses de interinidad gubernamental. Todos han declarado que este asunto quedará al margen de la batalla electoral, pero no es cierto. Una vez que la economía se ha visto languidecer en el segundo semestre y que la legislatura concluye conun paro desbocado y un empleo de baja calidad, el PP precisa recurrir a las nieblas intensas para atolondrarnos. A fecha de hoy, a Rajoy como a Mas, ya solo les quedan las banderas. Veremos a ver si alguno de los dos sobrevive al desafío de sus propios errores, aunque lo importante es que cuando despeje la niebla luzca el sol en toda España.

 

 

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La hora de la verdad
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María Antonia San Felipe | 31-10-2015 | 10:40| 0

La hora de la verdad, ese momento clave en el que irremediablemente debes afrontar una situación, siempre llega y cuando lo hace suele ser de forma inoportuna. Lleva Mariano Rajoy varios años escondiendo la cabeza bajo el ala y de pronto, aunque se veía venir porque lo recogían sus programas electorales, los secesionistas catalanes han evidenciado que el presidente del gobierno no tiene ningún plan porque su única estrategia en estos cuatro años ha sido confiar en que el tiempo solucionara el gran problema político e institucional de España. El lunes Mariano Rajoy disolvió las cámaras y convocó elecciones, veinticuatro horas más tarde los independentistas catalanes han abierto en el parlamento de Cataluña un proceso que más que una provocación, como dice Rajoy, es un órdago evidente, no contra el gobierno interino sino contra el Estado.

Esta situación, quiera o no reconocerlo un Rajoy, que ha declarado en TVE que su máximo rival es él mismo, se convierte en una nueva torpeza suya en el suma y sigue. El secesionismo es ya uno de los grandes problemas de este país que él no ha querido afrontar y que tiene una gravedad máxima. El presidente parece vivir en un país distinto al nuestro, es ajeno a lo que pasa en la realidad española y catalana. Puede afirmarse que Rajoy emigró del país el día en que se convirtió en el lugarteniente de Merkel y tuvo que tragar con las ruedas de molino impuestas por Bruselas y el BCE. Se convenció a sí mismo de que el control del déficit y la estabilización de la prima de riesgo eran el antídoto contra todos los males de España. El balance no puede ser más demoledor: se han deteriorado los servicios públicos, se han perdido derechos laborales, ha crecido la desigualdad social, el pesimismo ante el futuro campa a sus anchas y la brecha con Cataluña amenaza con convertirse en frontera.

El presidente ha confiado su futuro a la economía, es la única carta que ha jugado. La ciudadanía no acaba de percibir la mejoría pero él se afana en mostrar imágenes de un mundo que no vemos. Sin embargo hay cosas que sí debía haber hecho y ha eludido. La primera no costaba dinero, sólo precisaba coraje para reconocer que su partido está envuelto en un gran escándalo de corrupción que no sólo lo debilita sino que perjudica la calidad de la democracia. La otra cuestión, que no ha querido abordar, es el problema de Cataluña. Aparentando ser más español que nadie, Rajoy ha jugado a tensar su relación con un Artur Mas, que ya estaba desnortado hace tiempo, y ambos se han hecho fuertes en su pública desavenencia. Ahora se aproxima el momento en que Rajoy debe salir del escondite, porque Artur Mas y sus socios ya lo han hecho. Los independentistas, incapaces de apoyar un gobierno propio, han optado por ahondar en la única pretensión que les une: la desconexión con España. Rajoy, con su torpeza habitual, repite lo de siempre: la ley está para cumplirse. De acuerdo, pero qué más hará que quizá ya debió hacer antes. Ahora que el problema es de todos, pide unidad y, es evidente que hay que  secundar medidas de emergencia unánimes. Pero no es un detalle menor que fuera el líder del PSOE, Pedro Sánchez, quien rompiera la primera lanza hacia el consenso telefoneando el primero a Rajoy en una situación tan grave.

Yo empiezo a pensar que Rajoy, además de vivir ausente de la realidad española y catalana, probablemente también es un cenizo porque sólo así se explica que este desafío le haya explotado entre las manos. En un momento tan complicado sigue, sin embargo, haciendo campaña electoral y se presenta ante los españoles afirmando que, mientras él sea presidente, España no se romperá (¡menuda garantía!), cuando es la primera vez que objetivamente puede ocurrir. Los secesionistas sólo pueden mantener su unidad con el desafío al Estado, porque es lo único en lo que están de acuerdo y no hay duda de que prefieren en España un presidente como Rajoy que saca pecho, se hace el valiente para conseguir voto españolista, pero que no tiene más plan que salvarse a sí mismo. Este reto es el exitoso broche final que nos ofrece para cerrar tan aciaga legislatura. En fin, que ahora tenemos un problema bastante más grave que el déficit pero no tan lacerante como la pobreza.

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Vamos a contar mentiras
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María Antonia San Felipe | 24-10-2015 | 12:47| 0

A punto de estrenarse la última entrega de la Guerra de las Galaxias concluye la legislatura más larga y aciaga de la democracia. El presidente Rajoy que dirige sus propias películas, lleva meses realizando alucinantes viajes interestelares, igual que el capitán Han Solo. Claro que el héroe galáctico pilota su nave, el Halcón Milenario, con una destreza que no podemos atribuir al presidente Mariano que nos prometió el mejor futuro y nos ha conducido al ingrato pasado tras podarnos de derechos y limado de libertades. Acaba de celebrarse la última sesión parlamentaria y su contenido puede resumirse en la letra de aquella vieja canción que cantábamos de niños: por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará…

Es comprensible que se produzca un desajuste entre quienes viven en el cielo y el resto de los humanos. Cuando se viaja por las galaxias la distancia hace que la Tierra se vea lejana y, por supuesto, la fila del paro ni se divise. Recorrer España en el coche oficial consigue que la realidad se distorsione y se imaginen mundos que no existen. Te pasa como en la canción de mi infancia, que el chiquillo se encontró con un ciruelo cargadito de manzanas, tralará y empezó a tirarle piedras y caían avellanas, tralará… En fin que llevamos cuatro años oyendo contar mentiras, tralará… Lo único seguro es que la verdad es una intolerable mentira que apesta a fraude y a corrupción, que rezuma soberbia y lejanía del ciudadano corriente. Cuando se gobierna es fácil cometer errores y eso es perdonable, pero lo que resulta intolerable es la mentira y mucho más cuando es reiterada. Ese es un pecado de difícil absolución que hace que la confianza se pierda y el voto huya.  

El lunes se convocará las elecciones y, lo reconozca Rajoy o no, muchas cosas han cambiado. El reciente debate entre pablo Iglesias y Albert Rivera ha refrescado el ambiente viciado por los viejos usos de políticos tramposos que solo van a la tele a entrevistas o debates con preguntas pactadas. Por eso, ver en un bar de barrio a dos líderes políticos hablando de manera distendida de las cosas que nos preocupan, con la misma naturalidad que lo hacemos los demás, es tan infrecuente en una democracia enferma como la nuestra que ahí ha radicado su éxito. Quienes han descalificado el debate, pierden el tiempo.

La elevada audiencia de Salvados de Jordi Évole demuestra que la apuesta fue un acierto y lo fue, tanto para la cadena de televisión como beneficioso para los intereses electorales de los dos líderes participantes que ganaron puntos antes sus respectivos públicos. El exitoso formato utilizado, es decir, su sencillez, pone de manifiesto que la gente pasa de los tinglados encorsetados. Al fin y al cabo, todo el mundo detesta aburrirse y perder el tiempo. Un debate electoral no sólo debe ser habitual en democracia sino un medio para tratar de acercarse a los votantes. Veremos qué ocurre, pero ese es el camino. Pedro Sánchez, más próximo generacionalmente a los líderes de los partidos emergentes, está obligado a aceptar cualquier formato si no quiere quemarse antes de iniciar la campaña. La incógnita es qué va a hacer el Rajoy-candidato, ¿tendrá las agallas suficientes para aceptar un debate sin trampas? Ya veremos. De momento, es un alivio que esta horrenda legislatura concluya, aunque lo hace como empezó, con una gran farsa. Un gobierno que constitucionalmente tiene un mandato de 4 años, ha aprobado 5 presupuestos. Es tan sorprendente el hecho como falsas sus cifras, bien saben ellos que sus previsiones son humo para la campaña electoral. En definitiva, otra gran mentira que sumar. Ya saben que la nueva película de la guerra galáctica se titula “El regreso de la fuerza”. Como votantes la fuerza es nuestra y el futuro también. Nos queda la esperanza de poder derrotar a los soldados del imperio y a las fuerzas del lado oscuro, ¿o no?

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.