La Rioja
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Autor: Kavafis
El éxito del fracaso
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María Antonia San Felipe | 09-09-2017 | 9:25| 0

parlament2Los partidos secesionistas catalanes culminaron el miércoles su primer desafío. Tras una tormentosa sesión parlamentaria, Junts pel Sí y la CUP aprobaron su Ley para celebrar un referéndum de autodeterminación. El aparente éxito de la votación no oculta otros inmensos fracasos. La imagen autoritaria y sectaria los aleja del victimismo que tratan de aparentar. Todas las triquiñuelas reglamentarias utilizadas para imponerse al resto de grupos, vulnerando los derechos de los diputados, no son la mejor carta de presentación ante el resto del mundo. Han ganado una votación y han prendido el incendio de la división estigmatizando a los no nacionalistas intentando asumir la representación de la totalidad de los catalanes,  una mentira tan grande como que este camino de rebeldía conduzca directamente a la independencia.
            La realidad siempre ha sido más terca que el deseo, quieren ignorarlo quienes creen que democracia se circunscribe solo al acto de votar. La presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, ha abanderado consciente e irresponsablemente el intento de subvertir la legalidad ignorando los principios básicos de una democracia. Todos los estados democráticos tienen una Constitución que incorpora los derechos humanos universales, de la que se deriva un cuerpo legal que rige la convivencia, única manera de que cada uno no haga lo que le venga en gana. Incluso pretendiendo su separación de España el camino también debe ser legal porque, por mucho que lo pretendan, no son un pueblo oprimido en busca de una independencia liberadora ni pueden olvidar, que ellos, como mucho, representan a algo menos de la mitad de los catalanes.
           La opinión expresada por los letrados de la Cámara advirtiendo, como es su obligación, de la ilegalidad de la tramitación de la Ley del Referéndum es una prueba alentadora de que los funcionarios cumplen la legalidad a la que se deben, más allá de las veleidades quienes la desprecian. Su actuación es una señal de lo que puede ocurrir con el resto de los trabajadores públicos, incluidos los Mossos d’esquadra, que son necesarios para dar garantías a cualquier proceso electoral o de consulta, si fuera legal.
             Cierto que las culpas de cómo hemos llegado hasta aquí están muy repartidas entre unionistas y secesionistas, pero ahora solo queda afrontar el desafío y la rebeldía con inteligencia. Los independentistas están materializando un plan que solo busca provocar una reacción desmedida del Estado que justifique sus acciones. El mayor éxito de esta loca hoja de ruta que solo lleva al enfrentamiento, cada vez más visceral, pueden apuntárselo los antisistema. La CUP, aliada con sus antiguos enemigos, desea dinamitar lo que llaman, despreciativamente, el régimen del 78 que, a su pesar, nos ha permitido acceder a las mayores cotas de libertad y de bienestar jamás conocidas en Cataluña y en España pese a las grietas del sistema y a los errores que se han cometido.

Lo que tenga lugar el 1 de octubre no será un referéndum legal, ni de ello nacerá nada que facilite una declaración de independencia que pueda ser reconocida a nivel internacional. Saben que el proceso unilateral es, en su esencia, un fracaso y por eso están organizando la catarsis de la movilización ciudadana, primero en la Diada y después el 1 de octubre, para caldear los ánimos. El cúmulo de despropósitos va a ir en aumento porque cuando en una relación se pierde el respeto entre las partes es difícil levantar cabeza por encima de los reproches.
           El gobierno, pese a la tibieza de algunos, cuenta con el apoyo del PSOE y Ciudadanos que ante la emergencia han reaccionado con más altura de miras que el propio Rajoy desde que llegó al gobierno. Los partidos rebeldes a la legalidad añoran mártires civiles que abanderen su causa, espero de la inteligencia del Estado que no se los facilite cayendo en la trampa de la provocación. Es la única manera de demostrar la fortaleza de una democracia madura que piensa más en los ciudadanos que en las elecciones que, a buen seguro, vendrán el día después del fallido referéndum. El daño a la convivencia es inmenso y quienes han practicado la irresponsabilidad, aquí y allí, enfrentándonos a unos con otros y a los catalanes entre sí, solo merecen la bofetada de nuestro desprecio.

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¡Más madera!
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María Antonia San Felipe | 02-09-2017 | 8:00| 0

puigdemont-junquerasHubo un tiempo en el que muchos creímos, con la inocencia que daba estrenar democracia, que a los gobiernos siempre llegaban los mejores, los que tenían la cabeza mejor amueblada para prever lo que se avecinaba. La desilusión llegó con el tiempo y ahora estamos instalados en la decepción permanente. Después de los graves atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, por un segundo, muchos soñamos que, quizás, un poco de seriedad airearía las cabezas de los gobiernos de Madrid y Barcelona. Pero nada, la cosa no solo empeora sino que se anuncian tiempos de tragedia, en realidad, de tragedia cómica que no sé si ese género existe.
          Observo a Puigdemont y Junqueras, a la sazón los conductores del tren de la desconexión catalana con España y me viene un regusto ácido a los tebeos de Mortadelo y Filemón. Cada día un nuevo despropósito y todos ellos dirigidos a dinamitar la legalidad siendo conscientes, como son, de que sin respaldo legal ese invento que llaman “el procés” no desemboca en la independencia.  Tratan de aislar, como en los regímenes autoritarios, a los que no piensan igual. Están segregando a la ciudadanía entre buenos y malos catalanes como en otros tiempos, de ingrato dolor y recuerdo, se dividió entre buenos y malos españoles.
          En el duelo por los atentados yihadistas el Rey, que es el jefe del Estado aunque muchos españoles seamos republicanos, acudió por primera vez a una manifestación popular. Felipe VI aceptó el lugar en el que quisieron colocarlo. Hay que reconocer que tuvo más gallardía que los independentistas, que no todos los catalanes, que lo cercaron organizadamente con esteladas y pitaron su presencia en un evidente desprecio a las víctimas del terror. También reprocharon al cardenal Juan José Omella que expresara en su homilía algo que es evidente, que unidos contra el terror somos más fuertes.
          Que los independentistas están nerviosos es evidente ya que ellos mismos se han situado en un callejón sin salida pero, como Groucho Marx, cada día piden “más madera”. Están en pleno calentón y en medio de una infinita contradicción. Si el referéndum debe celebrarse el 1 de octubre: ¿quién va a aprobar la Ley o a firmar el Decreto-Ley sabiendo que es inconstitucional?, ¿quién va a comerse el marrón de una acción claramente ilegal? O quizás, ¿planean que el firmante se exilie después para tener una víctima que huya de la represión del Estado? Incluso la nueva república catalana que predican es otra improvisación en todo este órdago al Estado. Hoy Puigdemont dice que será necesario que tengan un ejército para garantizar la seguridad (uno de los puntales de cualquier estado) y al día siguiente Junqueras, lo desmiente y la CUP le reprocha que en ese mundo idílico que van a fundar el 2 de octubre la nueva Cataluña quedará libre de amenazas y de malvados. Es solo una muestra de cómo el “procés” se resquebraja desde dentro. No sabemos si este tren chocará contra el Estado o simplemente descarrilará por las peleas de los maquinistas de turno.
          La última broma de los independentistas ha acontecido en el Congreso de los Diputados.  Joan Tardá, portavoz de Esquerra, defiende que Cataluña se quiere ir de España porque están hartos de corrupción. El hemiciclo tembló de risa y los leones  de asombro al recordar como el prohombre de la patria catalana, el venerado Jordi Pujol, vació las arcas, como muchos catalanistas, para depositar las pesetas españolas y los euros en otras patrias custodiadas por otras banderas que ondean al viento de la usura y la ambición practicadas durante años a la sombra de una estelada.
          Hoy toca defender la legalidad, que no es lo mismo que defender a Rajoy, no lo merece. En el Congreso volvió a demostrar que el fantasma de la corrupción, que le persigue como su sombra, lo inhabilita para lograr una unidad de acción. Su incapacidad para el diálogo solo se ha demostrado eficaz multiplicando independentistas al grito de ¡más madera! Así que crucemos los dedos pues con tanto irresponsable en Barcelona y en Madrid solo queda confiar en que los Mortadelo y Filemón, de aquí y de allí, no nos estrellen contra el muro de su inmensa mediocridad e infinita incompetencia.

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Tiempo de unidad
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María Antonia San Felipe | 26-08-2017 | 8:09| 0

No es fácil permanecer impasible ante un asesinato salvo que seas un instrumento voluntario del terror y militante del horror. El terrorismo tiene una lógica ajena al sentido común y quienes manejan los hilos tienen razones y propósitos que se levantan sobre la muerte, la muerte ajena. Con los asesinatos de Barcelona todos hemos sufrido. Cada muerto, cada víctima, duele, aunque cada uno se conduela más con los propios. Desgraciadamente, no somos los únicos que hemos sufrido el terrorismo, el dolor está muy repartido. Casi simultáneamente también han sido objetivos de los terroristas Finlandia o Nigeria, donde 30 personas fueron asesinadas por Boko Haram. En lo que va de año los terroristas del yihadismo han producido 10.326 víctimas (Irak 309 atentados,  Afganistán 115 y Nigeria 67). La cifra da escalofríos.

Estos días hemos visto y oído muchas cosas terribles. Solo la solidaridad con las víctimas nos devuelve la esperanza y nos enseña que hay más gente de buen corazón que malvados. Sin embargo, es momento de reflexionar sobre un fenómeno enormemente peligroso que ha florecido con fuerza estos días y que estaba agazapado entre nosotros. Al calor de la indignación y del dolor que produce el terror muchos han encontrado el caldo de cultivo para fomentar la xenofobia y el odio al que creen diferente. Las redes sociales han sido el mejor vehículo para la difusión de bulos, mentiras y odio: que si hay que echar a todos los inmigrantes, que si cobran subvenciones que se niegan a españoles, que si no se manifiestan en las calles, que si los mossos hablan catalán, que no hay huevos para hacer lo que hay que hacer, etc. Tras la lista de los supuestos agravios, la polémica sobre la instalación o no de bolardos en las Ramblas ha sido la estrella. Así, un sacerdote de Cuatro Caminos ha acusado a la alcaldesa de Barcelona de cómplice de los terroristas. Un exabrupto que oculta otros debates como la seguridad privatizada en aeropuertos y estaciones, sin control policial efectivo, cuando por ahí entran y salen más terroristas que en las pateras. Hay hasta quienes han reclamado al ejército pero no para ayudar sino para asumir el mando.
           Han florecido como setas páginas web que ocultan intereses políticos extremistas y que muchos, inocentemente y otros con complicidad, difunden sin reparar en la nocividad de las mismas. Quienes administran esos bulos saben lo que hacen, quieren fomentar el enfrentamiento soltando barbaridades contra inmigrantes, catalanes y políticos inútiles. Como son muy machotes aplauden a exaltados añadiendo que tienen “dos cojones” y que dicen “verdades como puños” no como los blandengues buenistas encubridores de terroristas. Creo que “cojones” deben tener porque es lo único que muestran, pero de inteligencia no andan sobrados y la historia nos lo enseña.
           Algunos resucitan ese viejo y falso mensaje de que el terrorismo se acaba con “mano dura” y no con las tontadas de los minutos de silencio. Se olvidan de que el palo y la estaca hasta ahora solo nos han traído guerras y millones de muertos. Recordemos nuestro propio pasado, nuestra propia guerra y la dictadura o como acabó la Alemania conducida por el líder de la mano dura y alzada, Adolfo Hitler. Pensemos en la invasión de Irak, Afganistán, etc. y valoremos sus desastrosos resultados. En realidad, los que desde el odio juegan a dividirnos son el mayor éxito de los terroristas cuyo objetivo es enfrentarnos para que desconfiemos de nuestro propio sistema democrático y de las libertades que es lo que quieren destruir.
           En España luchando contra ETA aprendimos dos cosas importantes, que los culpables son los terroristas que siempre van a buscar el modo de hacer daño. Y segundo, que la unidad política y social garantiza la eficacia operativa de todos nuestros Cuerpos de Seguridad que, hasta la fecha, se han demostrado ejemplares. El sábado la manifestación de Barcelona debe ser el punto de partida de un nuevo pacto antiterrorista que debiera extenderse más allá de nuestras fronteras. Europa ha de dar una respuesta unitaria al terrorismo analizando sus propias relaciones internacionales con los países islámicos. Es el único camino para que el miedo no mine nuestra seguridad ni doblegue nuestra libertad.

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Que no haya silencio
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María Antonia San Felipe | 19-08-2017 | 8:00| 0

charlottesvilleEl abuso de la comunicación rápida que imponen las redes sociales ha conseguido que en la política actual sea más importante el impulso que la reflexión en la exposición de las ideas. Donald Trump es un adicto de la comunicación tuitera compulsiva, por eso, asusta pensar que pueda manejar con similar rapidez el teclado del teléfono o el botón nuclear. Donald Trump llegó a la presidencia sin un ápice de fingimiento. Recorrió EEUU con su explosiva personalidad saliéndose de tono y de madre pero los norteamericanos a cambio del espectáculo le entregaron la presidencia. América, según Trump, era lo primero aunque él puede convertirla en una tierra fecundada de fanática intolerancia.
           Trump no disimula, no lo ha hecho nunca. Es tan racista como machista, porque lo uno lleva a lo otro. Su primer impulso, tras los violentos sucesos de Charlottesville (Virginia) que han tenido como desenlace una joven muerta y veinte heridos atropellados intencionadamente por un neonazi, ha siso la equidistancia. En sus primeras declaraciones el presidente Trump asombró a América y al mundo. No digo que sorprendió sino que su sinceridad nos dejó boquiabiertos al asimilar a los racistas nazis con los contramanifestantes. Con su postura, pretendidamente tolerante, trató de lavarse las manos pero encubría al movimiento ultraderechista que ondeaba banderas nazis como si fueran rosas. Que a estas alturas de la historia alguien todavía sostenga que los blancos son superiores a los negros, o los hombres a las mujeres, los americanos a los congoleños o a cualquier ser humano nacido del mestizaje, es realmente una muestra de inferioridad intelectual y por supuesto, deber ser tachado de racista y neonazi sin ningún paliativo. Niegan lo evidente como niegan el holocausto.
           Así que la tibieza de Trump solo fue aplaudida por los ultras. El senador y excandidato presidencial, el también republicano, John McCain, ha sido contundente: “Los supremacistas blancos no son patriotas, son traidores”. Que se vayan y no vuelvan, ha dicho el gobernador de Virginia. Fue tal el escándalo que sus asesores le obligaron a condenar a los supremacistas. Y Trump, fingiendo, condenó a los racistas con la boca pequeña, porque en realidad piensa como ellos y porque quienes le auparon a la presidencia jalean a los ultras. Desgraciadamente también lo votaron negros e hispanos. ¡Inmensa es la ignorancia que se somete a la manipulación! ¡Así es la vida!
           Al final, la verdad reluce. A las pocas horas, el verdadero y genuino Trump volvió a rectificarse a sí mismo para regocijo del Ku Klux Klan y de los grupos neonazis (Alt-Right Movement) que lo han felicitado por su coraje y valentía. Todo esto asusta y aterra. No hay duda de que Trump es el mejor altavoz del neonazismo en todo el mundo. La propia ONU acaba de alertar del incremento de la xenofobia en EEUU, por eso no se puede mirar hacia otro lado. No olvidemos que en Alemania el nazismo llegó a cometer todos los excesos que la historia nos ha contado gracias al silencio de muchos buenos alemanes que hacían como que no veían. Como muy bien explicaba el líder negro Martin Luther King, “cuando reflexionemos sobre el siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”. No podemos normalizar lo intolerable, no podemos ser cómplices mudos. Todavía hay esperanza. Los padres Pete Teft, de Fargo (Dakota del Norte), uno de los neonazis que se manifestó en Charlottesville, han tomado la palabra para repudiarlo, señalando que desconocen donde aprendió esas creencias y que solo lo acogerán en casa cuando las abandone. Aplaudo a estos padres que no quieren guardar silencio porque saben adónde conduce. Si quienes aplauden a Trump en América y en el resto del mundo no chocan contra nuestra resistencia creerán que los animamos en su peligrosa cruzada. No podemos entregarles el futuro porque lo convertirán en un regreso al pasado, al más horrendo pasado.

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Letra pequeña
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María Antonia San Felipe | 12-08-2017 | 9:57| 0

rajoy-puigdemontLa letra pequeña es algo en lo que no solemos detenernos en este loco mundo de la información que se transforma a la velocidad de la luz. Consumimos grandes titulares y despreciamos los jugosos detalles de las cosas que, a la postre, son los ingredientes auténticos de lo importante. Sorpréndase conmigo querido lector al conocer que, según el barómetro de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas, intranquiliza más a los españoles “la crisis de valores” (2,7%), que la “independencia de Cataluña” (2,6%). A casi nadie desazona el tema catalán comparado con el 70,6% de españoles preocupados por el paro o el 45,3% de los alarmados por la corrupción. Sinceramente no sé si esto es bueno o malo, pero asombra la distancia entre la política y la calle, el ruido mediático y la vida cotidiana.
           No deja de ser chocante que los españoles contemplen sin desasosiego el espectáculo que tantos y tan encontrados sentimientos parece producir desde hace años y que está en el punto más álgido de tensión de los últimos tiempos. Los ríos de tinta, las largas polémicas televisivas y radiofónicas añadidos a los sesudos argumentos no parecen influir en el estado de ánimo de la ciudadanía que lo sitúa al mismo nivel que su desvelo por un concepto tan abstracto como la crisis de valores del mundo actual. Reír o llorar, esta es la cuestión.
           Los independentistas buscan urnas para votar y argumentos para convencer, los unionistas esgrimen los artículos de la Constitución y el derecho internacional y los más templados aventuran salidas imaginativas que hagan posible un marco de naciones múltiples que salvaguarde la idea envolvente de la España común. Mientras prosigue la guerra de argumentos, la inmensa mayoría de los españoles solo piensa, según el CIS, en dos cosas: conservar o conseguir empleo y confiar en que los corruptos no le roben demasiado.
           En este calorín andaban los españoles mientras extendían la toalla en la playa o tomaban una caña en la terraza del bar mientras elucubran con los amigos sobre cómo solucionar los problemas del país, cuando hemos conocido, con asombro, que al presidente del gobierno le ha sobrevenido un lumbago antes de ir a visitar al Rey. Parece ser que lo abultado de la mochila en la que transportaba los problemas que lleva tiempo eludiendo le ha producido una lesión más grave que la infligida por los casos de corrupción que afectan a su organización.
           Una vez recuperado el temple a nadie ha sorprendido que Rajoy le haya dicho al Rey que él es partidario de no hacer nada. No sabemos si es por prescripción médica o porque piensa seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. El presidente sigue confiando en que el tiempo y el aburrimiento disuelvan, por agotamiento, el problema territorial del Estado español y frenen a sus mejores aliados que no son otros que los propios independentistas que, gracias a su inactividad, han crecido como setas. El caso resulta realmente llamativo, mientras unos viven instalados en la prisa y corren a la velocidad de Charlot en las películas de cine mudo; otros, con el presidente del gobierno a la cabeza, esperan tumbados a que se estrelle el tren contra la legalidad imaginando que ahí terminará el problema. Tengo la impresión de que unos contra otros y todos en contra del sentido común han destrozado el entendimiento que es la única forma de garantizar la convivencia.
            O todos están locos o todos nos engañan. Pudiera ser que todo este despropósito sea un invento coordinado entre unos y otros para distraernos mientras expolian nuestros derechos y dilapidan nuestros impuestos en perfecta sintonía, aquí y allí. No olvide nadie que los platos rotos siempre los pagan el pueblo, los pueblos, el ciudadano, las personas porque de sus decisiones siempre nos ocultan lo importante: la letra pequeña.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.