La Rioja
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Autor: Kavafis
Cuestión de conciencia
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María Antonia San Felipe | 09-05-2015 | 9:25| 0

Dicen que el universo es insondable pero mucho más lo es nuestra propia conciencia. Esa idea me ha rondado la cabeza tras leer que la nave rusa Progress-59  navega por la galaxia fuera de control, tras un fallo en su puesta en órbita y se espera que vuelva a entrar en la atmósfera terrestre en cualquier momento, según ha indicado el Centro Espacial Johnson en Houston. Tal y como estamos en el planeta con tantas catástrofes sucesivas causadas bien por la naturaleza como en Nepal o por la mente humana, como la provocada por el copiloto de Germanwings que estrelló su avión en los Alpes franceses, sólo nos falta una desgracia que provenga del espacio exterior. Confiemos en que el carguero espacial no aterrice de pronto sobre nuestras atolondradas cabezas. Aunque sinceramente no vendría mal que algo así como un revulsivo supersónico impactara sobre nuestras mentes y agitara nuestras adormecidas conciencias. Todos sabemos muchas cosas pero no queremos saber; miramos pero no queremos ver; debiéramos hacer pero no hacemos y es que el mundo de los otros nos es ajeno, lejano, extraño. No es nuestro problema, la ignorancia de la realidad aligera el peso de nuestras conciencias.

En el bosque de Sambisa, en los lejanos bosques de Camerún, en el corazón de la pobreza africana centenares de mujeres y de niñas son apaleadas, explotadas y reiteradamente violadas por los fanáticos de Boko Haram que recientemente han jurado su adhesión al Estado Islámico. Algunas de esas mujeres han muerto, mejor dicho, han sido asesinadas por una organización de extremistas islamistas que se declaran contrarios a que las niñas accedan a la educación alegando que Occidente sólo quiere pervertir sus mentes. Todos los dictadores, todos las organizaciones terroristas, al igual que estos violadores de derechos saben que la educación crea personas conscientes de su libertad y capaces de superar la adversidad para luchar por una vida con un mínimo de dignidad. Por eso se oponen a la educación de las mujeres con la escusa de la religión y por eso secuestran niñas en escuelas, por eso las violan y si es necesario las matan o asesinan a sus hermanos, maridos o padres ante sus ojos. Muchas de ellas están embarazadas de sus propios captores, intentan robarles la dignidad pero son ellos los que carecen de ella. Estos días el ejército nigeriano ha conseguido, afortunadamente, liberar a un nutrido grupo de ellas que han sido encontradas en un lamentable estado físico y psíquico, esto último de más difícil reparación que lo primero, aunque todavía quedan muchas niñas cautivas en manos de Boko Haram.

Noticias como ésta nos alarman un día, quizás dos pero pronto hay otras que desplazan de nuestra mente una catástrofe tras otra: Siria, Libia, Palestina, Irak, Afganistán… Nos olvidamos con rapidez del desastre de mundo que hemos construido y nos miramos a nosotros mismos ignorando no sólo a las niñas secuestradas y violadas por Boko Haram sino a los niños que pululan entre la basura y las ratas de todo tipo que pueblan la Cañada Real de Madrid, o los poblados chabolistas que circundan las grandes ciudades, a los ancianos que viven la soledad de su destino, sin que sus familiares los atiendan. En fin, que estos días me ha dado por pensar en estas cosas al ver que todavía queda gente que trabaja por los demás, que deja su vida cómoda y se va a lugares como estos a ayudar, a poner su granito de arena, a contribuir modestamente a demostrar que otro mundo es posible. Soy consciente de que no hay nada de original en contar esta realidad, pero creo que de vez en cuando nos conviene recordar que existe aunque tratemos de olvidarla para que no moleste el bienestar de nuestras conciencias.

Estos días he conocido el testimonio de una calagurritana que trabaja como voluntaria en la Cañada Real al tiempo que escuchaba al presidente de la Diputación de Valencia contar billetes en un coche o a los futbolistas protestar por lo elevado de su fiscalidad, no puedo evitar confesarles que se me ha producido un cortocircuito en la conciencia y no encuentro a nadie que me la pueda reparar. 

 

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Amanece, que no es poco
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María Antonia San Felipe | 02-05-2015 | 9:31| 0

Quien crea que el devenir del tiempo nos impulsa siempre hacia adelante se equivoca. Hubo una época en que así fue hasta que, fruto de la especulación y la corrupción, sobrevino otra en la que comenzamos a ir hacia atrás. Como canta Ricki Martin: un pasito pa’lante María, un dos, tres, un pasito p’atrás. Nos han sustraído gran parte de lo conquistado y lo peor es que lo consentimos por miedo a perder lo que nos queda.     Estamos a 1 de mayo y ello me mueve a recordar de dónde venimos. Evocando la historia del movimiento obrero me vuelve siempre a la memoria una huelga mítica en España, la que concluyó con un decreto de 3 de abril de 1919 que estableció la jornada de 8 horas (48 semanales). El conde de Romanones se vio obligado a firmarlo tras una huelga de 44 días conocida como la Canadiense por haberse iniciado en una compañía de electricidad con capital del Canadian Bank of Commerce of Toronto. El gobierno cayó, hubo un cierre patronal y seguramente el movimiento obrero quedó exhausto pero la conquista fue histórica. Hoy algo así es impensable, ningún sindicato convocaría una huelga prolongada porque nadie estaría dispuesto a secundarla. La mejora progresiva del nivel de vida en España produjo una confusión interclasista que hace que muchos olviden de dónde venimos, aunque sería bueno analizar hacia dónde vamos.

            En la actualidad, vivimos en un país con un nivel del desempleo que tiene en la cola del INEM a uno de cada cuatro ciudadanos en edad de trabajar, sin contar los que han salido huyendo de España, los jóvenes de más talento y preparación de nuestra historia. La mayor parte del nuevo empleo no sólo es precario sino que es subempleo, una categoría que agrupa a 2,2 millones de personas. Es decir, que la mejora de la competitividad se ha logrado a costa de la rebaja salarial. En España el salario por hora cada vez se aleja más de la media europea. Hay tanta necesidad de trabajar, de tener algún ingreso por pequeño que sea, que la gente se ve avocada a aceptar cualquier salario y penosas condiciones laborales, primero para sobrevivir y segundo, porque si uno no quiere hacerlo por 600 € sabe que hay muchos que están dispuestos a hacerlo por 500. Esta es la cruda realidad amparada por las últimas reformas de la legislación laboral. Puede decirse que las antiguas plazas públicas donde los patronos iban a seleccionar trabajadores han sido sustituidas por las empresas de trabajo temporal, es más cómodo y se ve menos la aglomeración humana pidiendo trabajo.

            Pasa como con las personas “sin techo” que vemos durmiendo en los cajeros automáticos, en los bancos de los parques o bajo un refugio construido con cartones y a las que ahora Esperanza Aguirre, el hada madrina de la corrupción madrileña, quiere ocultar a los ojos de los turistas. En realidad, quiere esconderlos porque lo que no se ve, se olvida. Quiere que creamos que vivimos en un país de cuento y no en uno con casi dos millones de familias con todos sus miembros en paro. El incremento de la desigualdad y de la pobreza nos sitúa, como en el desempleo, muy por encima de la media europea. Doña Esperanza no quiere que descubramos que hay más dignidad en muchos de los actuales pobres que en los múltiples corruptos de cuello blanco de los que ha vivido rodeada en los últimos años, mientras gobernaba sin percatarse de la mugre que se traían entre manos. Eso sí que produce náuseas y no los indigentes que son la consecuencia de una política económica y un sistema que sólo protege a poderosos, corruptos y defraudadores. Creo que el sueño mayoritario de la sociedad española pasa por recuperar parte de lo perdido, aunque para ello será necesario comprometerse y rebelarse lo suficiente para que pasito a pasito no nos regresen al siglo XIX. Algunos quieren escribir nuestro destino, que nos conformemos con los recuerdos y exclamemos resignados: ¡amanece, que no es poco!

 

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El ruedo ibérico
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María Antonia San Felipe | 25-04-2015 | 9:17| 0

No es fácil explorar los rincones de la mente humana, pero no hay que ser un lince para deducir qué pensamientos invadieron la de Rodrigo Rato al ser detenido. La mano del policía de Aduanas sobre su cuello para ayudarle a introducirse en el coche fue para él la clara señal del calvario que le esperaba. Probablemente el funcionario en el desempeño de su trabajo utilizó el protocolo habitual, pero para don Rodrigo de Rato y Figaredo, apodado “el artífice del milagro económico español”, ese gesto era la humillación más ostentosa que jamás le habían infligido. Don Rodrigo se sintió como el toro en medio de la plaza cuando, después de una estocada fallida, es dirigido por un peón hacia las tablas para que el maestro utilice el descabello produciendo de forma rápida su desplome y la muerte súbita arranque el aplauso del público para que gozoso el torero inicie la vuelta al ruedo. Aunque él conoce mejor que nadie sus pecados financieros y sus arquitecturas contables para defraudar, también sabe que el gobierno y su partido necesitan redimir sus graves errores ofreciendo a la opinión pública un trofeo. Intuye que han tomado una decisión: sacrificando a alguien muy querido pretenden lavar el baldón de la corrupción que les persigue, que les está comiendo por los pies como Saturno devorando a sus hijos.

Ahora no tiene dudas. Rodrigo sabe que su suerte está echada, es víctima de su propia ambición, de su codicia pero también de una venganza. El cóctel de tan sutiles ingredientes es un explosivo de gran potencia, una bomba de largo alcance. Tras la estocada de Bankia el otrora tiempo poderoso don Rodrigo, al que las sombras de su modo de vida perseguían desde antes de instalarse en la cúpula del Fondo Monetario Internacional, ya sabía que se había iniciado su descenso a los infiernos. Los insultos de los preferentistas, el uso de las tarjetas opacas de Cajamadrid, los pagos sospechosos de la banca Lazard ya lo habían dejado malherido y solo. Sus amigos ministros, presidentes de comunidades autónomas (como el de La Rioja), importantes cargos de la administración del PP, altos ejecutivos de la banca, es decir, todos aquellos que durante años contribuyeron a crear su mito, hace ya tiempo que ni siquiera le cogían el teléfono. Era consciente de que le estaban dejando caer pero hoy sabe que van a acabar con él para salvarse ellos. Sabe que el descabello, el escarnio público, ha sido planificado por el presidente del gobierno Mariano Rajoy. Ahora Mariano lo ha convertido en el cortafuegos que le proteja del incendio que la corrupción está produciendo en sus votantes. Quién se lo iba a decir a él que era el listo, que el débil y pusilánime Rajoy iba a terminar con su leyenda.

Rato que sabe de política y de venganzas palaciegas no tiene dudas de la que se le viene encima. Lo intuía, pero al sentir la mano del policía en la nuca comprendió que ningún paracaídas iba a amortiguar su caída. Está solo y es un apestado. No va a encontrar alivio para sus desgracias porque, a poco listo que sea, sabe que ese pueblo español, al que dijo servir pero al que tanto desprecia, no se lo va a perdonar fácilmente. Es difícil comprender por qué un hombre que lo tenía todo se traicionó a sí mismo queriendo más y obteniéndolo a costa del engaño, la defraudación, las influencias y, sobre todo, creyéndose impune. Es un vivo ejemplo del capitalismo especulativo que en su época dorada sembró de cizaña las entrañas de la economía española. Se creía un coloso, admirado y envidiado, ejemplo de los trepas que pueblan los partidos en toda España. Sus pies eran de barro y estaban anclados en el fango. Los ciudadanos que están pendientes de ver si llegan a fin de mes no lo sabían pero él, que en una ronda de copas se gasta el salario mínimo interprofesional, sí conocía que podía estar sobrepasando los límites de la legalidad y, con seguridad, de la ética que predicaba en sus discursos ministeriales. Puede que logre poner a buen recaudo su dinero pero es evidente que no su honor. Él decidió hace tiempo dilapidar su exitosa fama, eligió su destino, se abrazó a la codicia y de eso nadie puede ya salvarlo, pero ¿salvará él a Rajoy?

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Seres humanos normales
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María Antonia San Felipe | 18-04-2015 | 10:12| 0

“Cuando los dioses quieren castigar a los pueblos, les envían reyes jóvenes” ha declarado María Dolores de Cospedal el día en que se cumplían ochenta y cuatro años de la proclamación de la II República española. Es de suponer que en el palacio de la Zarzuela los nuevos reyes de España, Felipe VI y Leticia, habrán agradecido a la secretaria general del PP tan sinceras y oportunas palabras ahora que están lanzados a la reconquista del corazón de los españoles. Se trata de una de esas frases que, junto a la del despido en diferido de su querido tesorero Luis Bárcenas, ayer ciudadano ejemplar y hoy maldito sinvergüenza, harán historia. Aunque María Dolores no se refería a sus majestades sino a políticos que se sitúan al alza en las encuestas, está claro que su slogan va a la cabeza de las ocurrencias nerviosas de la campaña electoral.

No obstante, seré sincera. A mí lo que de verdad me ha causado una profunda emoción es la alusión de Mariano Rajoy a los gustos de los “seres humanos normales”. Ahora el presidente del gobierno se dedica a la clasificar a las personas en dos grupos claramente diferenciados. El punto de vista de la clasificación es consecuencia de la miopía política y el déficit democrático de quienes se consideran administradores y detentadores por ley natural de un poder que, en realidad, otorga el pueblo y no los dioses. Pues bien, según el don Tancredo español (Rajoy) existen dos clases de personas: “los seres humanos normales”, al estilo Rodrigo Rato y el resto, es decir, la mala gente. La principal cualidad de los “humanos normales” es que quieren que gane el PP porque es lo normal, lo que los dioses desean, lo que manda la razón. Eso es lo que aconseja la costumbre ancestral porque se garantiza que no se varíe el orden natural de las cosas basado en que unos mandan y otros acatan sumisos y obedientes. Claro que este pensamiento hunde su origen en los tiempos del cólera, es decir, cuando la gente no leía a seres humanos, como el recientemente fallecido nobel de literatura Günter Grass que ya decía que “el deber de un ciudadano es mantener la boca abierta”. Seguramente ni Grass ni Eduardo Galeano, ambos símbolos del compromiso crítico con la sociedad actual, son seres humanos normales porque su anormalidad consiste en situarse como ciudadanos en la vanguardia, es decir, por encima de la resignación en la frontera del compromiso y de la rebeldía.

La simplificación y la simpleza de Rajoy es palmaria porque sitúa en la anormalidad a quienes manifiestan su intención de no votar al PP. Considera anormales las conciencias críticas de ciudadanos que, incluso habiéndolos votado, se rebelan ante quienes aducen su larga experiencia gubernamental como su mayor mérito. Y lo hacen  cuando es evidente que han protegido y ocultado la corrupción que les permitió acceder a un poder que, tienen que tener claro, es un préstamo temporal que otorga la ciudadanía siendo libre de cambiar su voto y su compromiso cuando le plazca. Yo no quiero ser de esa clase de seres humanos normales a los que se refiere Rajoy, prefiero la anormalidad de los que militan entre el inconformismo y la rebeldía. Hay una verdad, una lección innegable que nos ha enseñado la historia: sólo a contracorriente se han conseguido los derechos y libertades de los que hoy todavía disfrutamos. Por cierto, que nadie dude que sólo desde esa conciencia crítica y reivindicativa, sostenida en el tiempo conseguiremos conservarlos.

 

 

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Tiempos de silencio
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María Antonia San Felipe | 11-04-2015 | 9:56| 0

No se distraigan con tontadas, dedíquense a lo importante. Ya lo ha dicho Rajoy en el Comité Nacional del PP, no hay que perder el tiempo en fruslerías que a nadie interesan. Pero veamos, ¿qué es lo importante? Seguramente para la mayoría de españoles lo importante es que sus hijos, hermanos, primos y cuñados encuentren empleo; que se dote de más medios a la sanidad pública y se frene el creciente proceso de privatización; que la enseñanza pública se fortalezca, que se modere la carga de autónomos y pymes y otras muchas cosas que alivien y mejoren la vida de quienes están sufriendo con más crudeza la crisis en carne propia. Sin olvidar, sobre todo y por encima de todos los todos, la importancia del tamaño de la corrupción que asfixia este país y cuya erradicación pasa por reconocer públicamente el inmenso pecado/delito cometido con las rodillas clavadas en el suelo y devolviendo el dinero y los sobresueldos a las arcas públicas.

Pero no, a nada de esto se refiere Rajoy cuando habla de lo importante. El actual reto del presidente del gobierno es ganar las elecciones, conservar el poder que consiguió en el año 2011 y que se asienta en el gran poder municipal y autonómico que se disputará de nuevo el 24 de mayo. Es decir, que para la más genuina representación del don Tancredo español, la prioridad ahora pasa por prolongar el bienestar de los  suyos y de su partido y para ello es necesario permanecer inmutable en lo más alto del pedestal político. Como todo va fenomenal no es preciso cambiar nada, dice Rajoy. Los más de cuatrocientos cargos públicos del PP, palmeros mudos y obedientes, han sido enviados por todos los senderos de España a predicar la buena nueva de que la crisis ya es historia. El sol brilla mientras guardan las navajas y las disputas internas hasta después de las elecciones cuando se hará recuento de las bajas producidas en la batalla.

La gran farsa de la reunión transcurrió siguiendo un guión muy anticuado y sin ninguna novedad ni reconocimiento de errores ni, por supuesto, propósito de la enmienda. Todos muy sonrientes, vestidos de domingo mientras la procesión desfila por dentro y anticipa que muchos de los mudos aplaudidores de Rajoy pueden ser desbancados de sus cargos en breve. Hubo largos aplausos a la unidad del partido, una cualidad reiteradamente invocada: unidos somos más fuertes (no olvidemos que los ciudadanos también). Un claro reconocimiento de que la unidad está rota y no hay desplome porque la amalgama del poder todavía sella las grietas. Que no hubiera ni una sola voz crítica, discrepante o que serenamente pusiera el dedo en la llaga de la corrupción o advirtiera, como acaba de señalar el CIS, que la inmensa mayoría de los españoles no ve el meteórico despegue económico, simplemente porque la débil recuperación no es suficiente para reducir el desempleo a niveles anteriores a la crisis. Nadie le dijo a Rajoy que los ciudadanos observan atónitos cómo desde el actual gobierno se les mira con una displicencia que se asemeja al desprecio. Nadie le explicó a don Tancredo cómo se sobrevive sin sobresueldos, sin cobertura de desempleo o con empleos de días o de horas. La realidad de España nos enseña que el infortunio de muchas familias se vive en soledad y que aunque cada uno siente su mal íntimamente, al generalizarse tanto, ese dolor se comparte y trasciende lo individual hasta convertirse en un tormento colectivo. En estos casos lo mejor es la terapia de la comprensión, la solidaridad y la cercanía. Compartir el destino alivia el peso que cada uno soporta.

Pero no, de ninguna de estas cosas se habló en la reunión de muditos del PP, un silencio cómplice invadió la sala, nadie rompió el guión. Lo verdaderamente importante es conservar el poder, es tal el pánico que a ello van a entregar sus esfuerzos con todos los medios disponibles que son muchos, como bien sabemos. Ahora los cuatrocientos supuestos líderes, que aplaudieron a Rajoy sin contarle la realidad de este país, nos van a prometer el paraíso quizás porque ellos se han afanado en construir el infierno.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.