La Rioja

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Que veinte años no es nada…

Estos días los ríos, como la política, bajan como torrenteras. El agua es de color chocolate de tanto material de arrastre. En la política el colorín marrón ya adivinan que procede de la basura sin fin de la corrupción ambiental. Las elecciones andaluzas nos han despejado unas incertidumbres y nos han regalado otras, la vida es un continuo devenir de sobresaltos. El bipartidismo está herido pero no de muerte, resiste aunque la irrupción de los nuevos partidos ya no es cosa de las encuestas, un hemiciclo más fragmentado obligará a nuevas formas y a necesarios consensos. La rueda de la política  vuelve a dar vueltas en el molino de la historia. Es lo que hay.

Aunque siendo objetivos podemos decir que el mayor disgusto, además de Rosa Díez, se lo ha llevado Rajoy que ha contemplando el hundimiento de su ahijado Moreno Bonilla  mientras vería el partido Madrid-Barça. En su caso todos los goles fueron en la propia meta, todo un récord. Como Rajoy con sus políticas conduce a España al pasado también los resultados en Andalucía han trasportado al PP a los años 90. La vida es generosa, te devuelve lo que siembras. Por eso el juez Ruz antes de partir a nuevos destinos ha dejado claro que “entre los años 1990 y el 2008 el PP se habría servido de fuentes de financiación ajenas al circuito económico legal” y que está “indiciariamente acreditado que el PP registró ingresos y pagos al margen de la contabilidad oficial”. Pero como dice el viejo tango, hay que “sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada”. No es nada para el amor pero sí para la mentira. Por eso al PP el pasado le persigue como una sombra negra, tan negra como la verdad que esconde, porque lo que ocurrió fue una farsa muy bien simulada, que diría Dolores de Cospedal.

Sólo desde la ironía cabe analizar la respuesta que el PP ha dado al último auto del juez Ruz. El escándalo es de un calibre tan grueso que merece dimisiones en bloque. Pero nada de nada. Todo es una confabulación de enemigos malvados. El colmo de la osadía, la guinda del pastel la ha puesto el presidente de La Rioja, Pedro Sanz, que tras veinte años en el cargo, ha comparecido rodeado de su guardia pretoriana y un cierto olor a naftalina para afirmar que se siente exonerado por el juez Ruz y que su organización está limpia como la patena. Lleva tanto tiempo interpretando el papel de estadista justiciero que ha terminado por creérselo. Ha salido, cree él, a pecho descubierto a dar la cara, aunque esta vez su actuación ha resultado no sólo sorprendente, sino increíble. Hubiera sido más inteligente quedarse callado, dejar que pasara la torrentera, pero él tiene vocación de héroe, de héroe de película cómica, es decir, de parodia de héroe.

Todavía no se han dado cuenta en el PP que hace tiempo que la gente perdió la inocencia y la cambió por un sentimiento de perenne desconfianza. Es poco aconsejable insultar la inteligencia del ciudadano harto de mentiras, engaños y medias verdades. El presidente de La Rioja me ha recordado el memorable episodio de don Quijote y los molinos de viento. Mientras todos nosotros vemos con claridad la inconfundible silueta de los molinos, Pedro Sanz se empeña en sostener que son gigantes y que además está luchando contra ellos porque las gigantes corrupciones son sus enemigas. Cuando el juez Ruz, señalando con el dedo de su auto judicial, le indica que “el PP de La Rioja entregó en mayo similar cantidad, que procedía presuntamente de aportaciones de terceros en B”, es decir, cuando el juez advierte que son molinos, él insiste en su ficción. Según Sanz es el malvado juez, como Frestón con don Quijote, quien “ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene”. Por más que se empeñen Sanz, Rajoy y Cospedal son molinos y los vemos todos, incluidos aquellos que creyéndose sus propias mentiras se quedan tan frescos contándolas como si el resto del mundo fuera idiota.

 

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Una barbaridad

          Vivimos en épocas inciertas, se intuyen cambios y toda mudanza genera desazón aunque, si hacemos caso a Unamuno, el porvenir no existe, porque “el verdadero porvenir es hoy. ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Ésta es la única cuestión. Y en cuanto a hoy, todos esos miserables están muy satisfechos porque hoy existen”. La incógnita es si seguirán siendo mañana. Los que se niegan a regenerar el lodazal en que nos encontramos son los que temen desaparecer, mejor dicho, los que temen ser expulsados al territorio del olvido por los mismos ciudadanos a los que engañaron.

           Si toda España está inmersa en un desánimo general la única receta posible es el contrapunto de la esperanza de que algo cambie de verdad. Si evocamos el espíritu de angustia que invadió este país tras la humillante pérdida de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, es decir, si rememoramos la hecatombe de 1898, recordaremos que los intelectuales regeneracionistas se convirtieron en la vanguardia del pensamiento español aunque, como señala el profesor Santos Juliá, “Ganivet, Unamuno, Maeztu, Baroja, Martínez Ruiz, Maragall, disfrutaban haciendo literatura a base de la degeneración, parálisis y muerte de España”. En definitiva hicieron gran literatura absorbiendo en ella la indignación general pero su radicalismo intelectual no llegó a vertebrar y a encauzar soluciones para aliviar la angustia del pueblo español. Hoy estamos de nuevo en un momento histórico crucial, en igual decadencia moral y anímica. Se cuestiona el sistema, porque hemos constatado que el edificio de la Transición ha sido socavado por los abusos, la corrupción, el nepotismo y toques de autoritarismo que amenazan con desplomarlo ante las barbas de quienes se dicen guardianes de la Constitución de 1978.

         Estos días los investigadores han encontrado el cadáver de Cervantes, el padre de nuestra mejor literatura, aunque como Unamuno, me pregunto si no sería mejor emprender “la santa cruzada de ir a rescatar el sepulcro de don Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos que lo tienen ocupado”. Con encomiable ironía, el filósofo añade “una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha”. Pero advierte que si alguien “les detuviese para decirles: «¡hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer una barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser ésa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decir tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad. ¿No crees, mi amigo, que hay por ahí muchas almas solitarias a las que el corazón les pide alguna barbaridad…? Ve, pues, a ver si logras juntarlas y formar un escuadrón con ellas y ponernos todos en marcha… a rescatar el sepulcro de don Quijote, que, gracias a Dios, no sabemos dónde está”.

          Medito esta divertida historia evocando al héroe desesperado y vital que es don Quijote y presiento que en este año electoral muchos ciudadanos “quijotes” están dispuestos a arriesgarse una barbaridad para, desde la incertidumbre, abrazarse a la esperanza. A su vez, otros se afanarán en seguir ocupando sus lugares de privilegio. Reconforta que algunos intelectuales hayan decidido bajar a la arena, unirse a su pueblo en la calle y no sólo con la pluma. Hoy en el centro de la plaza pública, además de a los de siempre, veremos a poetas, escritores, filósofos y actores, al menos está asegurado que el discurso será más imaginativo y de más altura que la verborrea habitual. ¡Atentos!

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El infierno

Una conducta inadmisible no puede aceptarse socialmente por muy aplaudida que resulte desde los graderíos de los estadios por más repletos que estén. Hay quien es un campeón admirado en la vida pública y un villano en la privada. Desconozco si éste es el caso de Rubén Castro, el delantero de Real Betis Balompié, pero, a buen seguro, que sus grandes marcas futbolísticas de goleador estrella quedan nubladas por las actitudes machistas que se le atribuyen. Su procesamiento por el juzgado nº 3 de Violencia sobre la Mujer de Sevilla, que ha dictado auto de procedimiento abreviado contra el jugador canario por cuatro delitos de maltrato y un quinto delito de amenazas leves hacia su exnovia le van a perseguir en su currículum muy a su pesar. Por eso, una vez cometido un error es mejor evitar el segundo y él ha caído de nuevo en su trampa.

En el partido contra la Ponferradina, un equipo en cuya ciudad un acosador condenado, Ismael Alvárez, fue alcalde, una parte de la hinchada bética coreó, con absoluto desprecio a la víctima: “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien“. En un primer momento el jugador declaró que “esta afición sólo trata de animar y yo le doy las gracias”, porque cada uno canta lo que quiere. Posteriormente, posiblemente asesorado por su abogado no fuera a perjudicarle en el juicio, dijo que estaba en contra de la violencia. Pero todo indica que Castro se sintió arropado por sus seguidores porque en masa todos son muy gallitos y la sensación de impunidad se refuerza con el grupo, ya que en el fondo hay tolerancia oficial hacia estas actitudes unas veces machistas y otras xenófobas.

El grito de la hinchada bética resume a la perfección el ancestral machismo de quienes creen que las mujeres son un objeto al servicio del hombre y cuando no lo son merecen un castigo, porque ellas son putas mientras que ellos son machotes que las dominan y las poseen a su antojo. Esto y no otra cosa es lo que todavía ocurre en el siglo XXI cuando parece que la educación debiera haber elevado el nivel de cautelas y frenado estas actitudes. Sin embargo las estadísticas nos enseñan que vivimos en una sociedad en la que los jóvenes, hombres y mujeres, en elevados porcentajes toleran el acoso y el menosprecio machista a su alrededor. Por eso Rubén es vitoreado porque es un goleador y un machote que le da una bofetada a una mujer porque se lo merece. A las estrellas y a los faltos de escrúpulos se les perdona todo en este país, a las víctimas se las humilla.

Un hecho que ejemplifica perfectamente la tolerancia con el acoso a las mujeres  lo hemos visto con lo sucedido a la capitana, hoy comandante, del ejército de tierra Zaida Cantera de Castro. La entrevista que le realizó Jordi Évole el pasado domingo fue clarificadora al tiempo que demoledora para los mandos del ejército, una institución que se adapta con lentitud a las normas de una democracia avanzada y que vive todavía presa de un corporativismo insano y vergonzoso. El calvario que ha pasado Zaida es indignante para cualquier persona de buenas entrañas. Que el ministro de Defensa se haya negado a ampararla tras haber sido condenado su agresor el teniente coronel Isidro José de Lezcano-Mújica, resulta más increíble todavía. La paradoja es tal que Zaida puede ser expulsada del ejército mientras su agresor ha conseguido un ascenso y puede reincorporarse en breve. Todo esto sólo puede entenderse si pensamos que el gobierno ha enfermado de tal modo que ya no distingue el bien del mal. Bien sabemos que el valor es un principio muy evocado por la jerarquía militar, por ello cabe concluir que sólo los cobardes se esconden tras la infamia.

Acaba de decir el papa Francisco que el infierno no existe, que es una metáfora. Yo no tengo dudas de que el santo padre lleva razón porque para muchas mujeres y hombres de bien, el infierno está aquí. Pero créanme, que el machismo no existe en España eso sí que es una metáfora.

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El “caloret”

Todavía no ha llegado la primavera y ya se percibe el “caloret”, que diría Rita Barberá, tan oportuna siempre, pues mientras hablamos de su metedura de pata no nos ocupamos de las tramas corruptas de la Valencia oficial. Todo indica que este año calorcito va a haber. Los distintos procesos electorales que se inician en marzo y concluyen en diciembre traerán mucho calentamiento ciudadano, mucho sofocón político y, a buen seguro, más de uno puede terminar achicharrado en la propia hoguera de su vanidad. De momento las últimas encuestas propician nervios extremos, en unos más que en otros, como siempre.

            Pasado el debate del estado de la Nación hemos comprobado que todo sigue igual, el medidor de optimismos y pesimismos de los españoles sigue estable, ya que en ambos casos la esperanza es lo último que se pierde. Eso debe pensar Mariano Rajoy después del fracasado combate en la trinchera parlamentaria. Ya se sabe que en política el que más tiene que perder es el que está en el poder y todo indica que el partido del gobierno no va incrementar sus apoyos electorales sino que puede perder una gran parte del inmenso poder institucional que tiene en toda España. Que la aparición de Podemos ha roto el tradicional panorama político es evidente, pero para el PP la consolidación y el más que probable crecimiento de Ciudadanos, puede convertirse en un serio peligro para un partido que hasta ahora recogía en solitario los votos de un amplio abanico ideológico. En España lo tradicional ha sido el fraccionamiento de la izquierda, algo muy conveniente para una derecha monolítica, pero ahora con una UPyD en franco retroceso, por la miopía política y el exceso de protagonismo de su líder Rosa Díez, Ciudadanos emerge como un imán para los votantes que se sitúan en el centroderecha.

           Andalucía va a ser la primera prueba de fuego para Rajoy a lo largo de este año. En la tierra de Celia Villalobos, la vicepresidenta del Congreso de los Diputados, que prefiere jugar con su tableta al Candy Crush mientras habla el presidente del Gobierno, va a ser difícil convencer a los andaluces de que ellos son lo primero. En las pasadas elecciones andaluzas el PP fue la primera fuerza política pero todo indica que no van a revalidar esa marca. Podemos y Ciudadanos asoman con fuerza, veremos con cuanto respaldo, ya que no es lo mismo responder a la pregunta de un encuestador que ejercer el derecho al voto. Pero es evidente, aunque no se sepa nada de demoscopia, que cuando una tarta se reparte las porciones son más pequeñas según crece el número de comensales.

          Podemos decir que a Rajoy la semana pasada ni los dioses ni las hadas de los cuentos que nos relató en la tribuna del Congreso le fueron favorables. Para frenar la sangría de votos se fue a Sevilla y allí decidió responder al primer ministro griego Alexis Tsipras que le había acusado de torpedear el acuerdo con la Troika, una postura de sobra conocida y ejercida en clave de política interior. Aunque hay muchos interesados en presentar como un fracaso la posición griega hay quienes piensan, como el premio Nobel Paul Krugman, que el nuevo gobierno griego no ha doblado las rodillas y “que la gran batalla sobre el futuro todavía no se ha librado”, de momento han ganado tiempo. Por tanto, el tiempo dará o quitará razones. El hecho es que fue escuchar a Rajoy afirmar que él no era responsable “de la frustración que ha creado la izquierda radical griega que prometió lo que no podía cumplir” y entrarme la risa. Consejos vendo y para mí no tengo. A estas alturas es imposible olvidar que Rajoy, sabiendo cuál era la situación de España en 2011, prometió tres millones y medio de empleos, bajar los impuestos, proteger la sanidad pública, en fin, un programa falso que ha incumplido de principio a fin ante la inmensa decepción de sus votantes y el asombro general por la chulería con la que ha ejercido el poder con la gente corriente, no con los poderosos o los corruptos. Lo dicho, sin necesidad de termómetro se nota “caloret”, mucho “caloret”.

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Cuentos de hadas

Vuelven Mortadelo y Filemón con una nueva aventura y no tengo ninguna duda de que la historia en viñetas de F. Ibáñez estará más próxima a la realidad española que a la narrada por Mariano Rajoy en el debate sobre el estado de la Nación. El nuevo cómic se va a titular El tesorero,  una prueba más de que Luis Bárcenas ha pasado ya a ocupar un lugar destacado en la historia reciente de España. Cuando uno es tan popular –nunca mejor dicho- como él, que puede convertirse en un desternillante personaje de ficción, es evidente que el día en que se escriba la historia del tiempo presente Luis Bárcenas ocupará un ranking destacado en el pódium de los pillos y sinvergüenzas nacionales desbancando, por supuesto, las aventuras de Luis Roldán y de otros muchos bandoleros de las arcas públicas. Hay que agradecerle a F. Ibáñez que con este personaje se vengue, en nuestro nombre, de los verdaderos cómplices y encubridores de la fortuna del “tesorero” y que con su buen humor nos salve de la mala leche.

De estas miserias que rodean al presidente del Gobierno y que tanto nos irritan no quiso hablar Mariano Rajoy. Él se nos presenta como el héroe que nos salvó del rescate cuando todos sabemos que el rescate existió, aunque no fuera “a la griega”, tras la constatación matemática de que no había fondos suficientes en la Unión Europea para materializarlo. Fuimos intervenidos para poder salvar nuestro sistema financiero y bien sabemos a qué precio hemos pagado cada euro que se ha inyectado a la banca. Una vez más, la propaganda política suplanta a la verdad para engañarnos, para que creamos que los molinos son gigantes, los ladrones los duendecillos del bosque y los embusteros nuestras hadas madrinas del cuento de hadas más fraudulento jamás contado.

Por primera vez desde la transición en los bares, peluquerías, carnicerías y supermercados se vuelve a hablar de política con el mismo interés de entonces. Todo indica que la gente está dispuesta a empujar para que se produzcan cambios profundos que fortalezcan la democracia cuyo deterioro es palmario. El terremoto se va a producir, de eso no hay duda, solamente desconocemos la intensidad que tendrá, pero está claro que el epicentro de los cambios ya no está en el Congreso de los Diputados sino en la calle, de ahí el escaso interés que un debate tan previsible ha levantado. Da igual quien gana o pierde el debate, a estas alturas el problema es que se percibe como una función teatral de argumento reiterado y de nulos resultados. Es como la salida de la crisis dicen que existe pero pocos la ven. La distancia entre la calle y el poder, los ciudadanos y el parlamento es inmensa. Hoy es preciso abrir caminos para un tiempo nuevo y los cambios llegarán, porque los ciudadanos exigen nuevas formas de hacer política. Ningún partido puede ser ajeno a la exigencia y a la práctica de comportamientos ejemplares tan alejados de los actuales que son los que han arruinado no sólo el país sino la confianza en la actual clase dirigente.

Por eso el discurso de Rajoy es erróneo, porque pivotó sólo sobre un débil crecimiento económico que no va a traducirse en una rápida recuperación del empleo ni de los derechos sociales perdidos. En la actualidad es preciso que se abran las ventanas y se ventilen unas instituciones carcomidas por la avaricia y la incompetencia. La regeneración democrática, es decir, cumplir lo que se promete, dimitir si se miente, ser fulminado del puesto si hay enriquecimiento ilícito, reforzar los controles independientes de la contratación pública, eliminar el amiguismo, el nepotismo, el clientelismo y todas esas miserias que están destruyendo el país y la confianza, todo esto es tan importante como que crezca la economía, lo demás son cuentos. Cuentos de hadas que ni los niños creen ni las brujas –como yo- entienden.

 

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Predicar o dar trigo

         Las cosas han llegado a un punto que para conseguir restaurar la confianza de los ciudadanos en nuestro sistema democrático es necesario pasar de las palabras a los hechos. Es decir, en vez de predicar hay que dar trigo. La lucha contra la corrupción tiene que percibirse como una prioridad. Creo que no es necesario esperar a que los tribunales de justicia actúen, imputen, procesen, encausen y otras figuras jurídicas detrás de las que se esconde la incapacidad de partidos políticos y cargos públicos para asumir responsabilidades en este país que se desangra moralmente tras los continuos expolios.

          Estos días el Tribunal Supremo ha citado a declarar como imputados a los expresidentes de Andalucía, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, así como a tres exconsejeros, por el escandaloso fraude de los ERES. El asunto ha desempolvado de nuevo la eterna polémica sobre la figura jurídica de la imputación que, ciertamente, no prejuzga la culpabilidad. En este caso es el PSOE el que se sitúa de nuevo en el disparadero del cabreo nacional. Desangrado en luchas internas, esto sólo agrava el poco crédito que conserva ante un electorado que le abandona progresivamente.

          En cualquier otro país de tradición democrática un gobierno como el de Rajoy, sustentado en un partido en el que las sombras de financiación irregular son algo más que indicios, con su tesorero que entra y sale de la cárcel pero que está forrado y al que el presidente del gobierno le pide que sea fuerte, hace tiempo que hubiera tenido que dimitir. Lo mismo opino de Esperanza Aguirre, madrina política de Francisco Granados, hoy encarcelado, y con muchos de sus hombres de confianza implicados en la trama Gürtel. Ella, que es ahora empleada de una empresa de cazatalentos, pretende ser candidata a la alcaldía de Madrid cuando debiera estar políticamente inhabilitada. Los errores deben admitirse y pagarse con la renuncia y más cuando se ha causado un quebranto al erario público. Pedir perdón es muy fácil. Se seleccionan las palabras  adecuadas mostrando un poco de aflicción y aquí paz y después gloria. No señores, la responsabilidad política se asume dimitiendo, repito dimitiendo y para ello no hay que esperar a que actúen ni jueces, ni fiscales ni nadie más que la propia conciencia personal.

            El 29 de abril de 1986, el socialista Demetrio Madrid, presidente de la Junta de Castilla y León dimitió de su cargo al ser encausado en un asunto de su vida personal con una empresa textil que regentaba. Se consideró inocente pero añadió: “la instrumentación política que de mi situación personal se ha venido haciendo y puede hacerse, mi dignidad personal, la de las instituciones y el interés del partido me aconsejaban dimitir”. Años más tarde fue absuelto de todos los cargos que le imputaron. Mereció el reconocimiento volviendo a ocupar cargos públicos. Ha quedado como un referente ético, de eso no hay duda teniendo en cuenta el basurero en el que estamos instalados.

            En la situación actual y sin dudar de la honorabilidad de los imputados, aunque no se les haya señalado delito alguno y crea que puedan ser declarados inocentes, teniendo en cuenta la magnitud del escándalo y la cuantía millonaria del fraude, la situación aconsejaba hace ya tiempo que debieron ser ellos, Chaves y Griñán, los más interesados en retirarse del foco mediático para salvaguardar los intereses de su partido. Todo político sabe, o debe saber, que el interés colectivo debe prevalecer al personal y que, a veces, hay que sacrificarse para salvar al conjunto de la organización que dicen defender. Estamos en un momento clave, cuando ya nadie cree a nadie porque cada día surge un nuevo escándalo. Ahora es cuando hay que demostrar la valentía y la grandeza, es la única forma de contribuir a recuperar la credibilidad perdida en florituras jurídicas y en descaradas mentiras. Sólo actuando así demostrarán que son mejores que los otros, porque de no hacerlo la gente concluye que todos son iguales.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.