La Rioja

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El que espera…

           Dice el refrán popular que el que espera, desespera. Qué apropiado resulta recordarlo en estos momentos. En las últimas elecciones, esas que no han producido un gobierno por primera vez en nuestra democracia, muchos acudieron a las urnas con ilusión y otros abandonaron la abstención militante porque creyeron que se había abierto una ventana a la ilusión. Hoy se ha cerrado de un portazo y nos ha devuelto al territorio de la realidad, a la constatación de los sectarismos excluyentes que tantos males han causado en este país tan propenso a la desmemoria.
          Una vez más el fracaso ha hecho historia. Ahora no pueden hacernos creer que no había más remedio que repetir las elecciones, porque no es cierto. Que no les gustara lo que los españoles votamos es una cosa, pero que nos reprochen lo que libremente decidimos es una tomadura de pelo. El pueblo español, cada votante, valoró pros y contras e introdujo una papeleta en la urna, decidió y opinó y con esos mimbres debió construirse la cesta del gobierno. Ahora nos convocan de nuevo a las urnas, nos devuelven la pelota como si la responsabilidad del fiasco fuera nuestra y no suya.
No es serio, pero en este país pasan cosas sorprendentes y ocurren porque las toleramos y las consentimos. Causa más desazón el resultado del Barça-Madrid o lo que pasa en la casa de Gran Hermano que la corrupción que nos está comiendo por los pies. De estas cosas si tenemos parte de culpa, de la repetición de las elecciones, no. Pero conscientes de nuestras debilidades, los líderes políticos ya están en campaña electoral.
           Cada votante hará su reflexión según en quién depositara su confianza. Los votantes de Ciudadanos que abandonaron al PP, le reprocharán su pacto con el PSOE y otros sus vaivenes entre ambos. Los de Podemos estarán divididos entre los que consideran que creían en su propuesta de gobierno de coalición y que el PSOE y algunos dirigentes regionales, como Susana Díaz, han impedido y entre quienes valoraban la abstención al pacto PSOE-Ciudadanos como salida al laberinto. Entre los que votan PSOE también hay diferentes opiniones, unos creen que Sánchez se ha esforzado lo indecible, otros no entienden el pacto con Ciudadanos mientras culpan a Podemos del fracaso del líder socialista. Y por fin tenemos a los votantes del PP. Algunos no comprenden la pasmosa tranquilidad de un líder chamuscado por la corrupción y por el inmovilismo, pero la mayoría, según las encuestas, piensan seguir votándole aunque no les convenza. Mariano, sin duda, ha estado muy tranquilo estos meses de vacaciones sin hacer otra cosa que esperar a que pasara el cadáver de Pedro Sánchez con el ataúd de su desengaño.
            Eso sí, el martes cuando concluía la audiencia con el rey, Mariano inició la campaña diciendo que afortunadamente para los españoles se ha frustrado un gobierno de izquierdas que podía llevar a España a un desastre mayor que el erial en que vivimos. Era el primer mensaje a sus votantes: tiemblen de miedo porque lo que puede venir es peor que yo, una forma de fidelizar su voto. A continuación, el mensaje fue para los periodistas: “Venga, que a menos cuarto empieza el fútbol”. Esta era su principal prioridad política no la corrupción o el avance de la pobreza.
          Mientras se lanzan reproches los unos a los otros y circulan múltiples encuestas, la mayoría interesadas, los ciudadanos cada uno con nuestros problemas y con la decepción colectiva a cuestas, debemos meditar qué hacemos en esta segunda vuelta. La abstención va a ser la principal resistencia a vencer por estos partidos, nuevos y viejos, que tanto se parecen cuando no nos comprenden. Como diría Miguel Hernández, al menos “dejadme la esperanza”. No debe cundir entre nosotros el desánimo. Nos han defraudado, si, pero no pueden robarnos el futuro, todavía somos libres para decidirlo.

 

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Por España

A estas alturas me pregunto si nuestra paciencia colectiva es infinita o simplemente estamos anclados en la resignación. El ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos, acaba de rebajar la previsión de crecimiento de nuestro país al tiempo que ha reconocido la desviación del déficit y ha iniciado negociaciones con Bruselas. En definitiva, seguimos estando mal y lo peor es que el desánimo se acrecienta y la esperanza se achica. Con un evidente crecimiento de la desigualdad social y con una parte de la población en la frontera de la exclusión, nuestros representantes políticos preparan ya otra campaña electoral.

Siendo mala la situación económica y social, el clima institucional, minado por la corrupción superlativa, es de emergencia, lo cual hace inexplicable la incapacidad para llegar a acuerdos de gobierno. Cuando hay un incendio lo importante es contribuir a apagarlo en vez de ponerse a discutir quien sostiene la manguera. En España hay muchos problemas pero, hoy por hoy, el mayor incendio es el de la corrupción, porque ha minado no sólo los cimientos del sistema político sino su capacidad de regeneración.

Si pensamos en lo ocurrido desde las elecciones, concluiremos que no ha habido semana sin su correspondiente pasión. Los escándalos se han sucedido hasta la irritación, salvo que nos hayamos acostumbrado y vivamos en la indolencia, que es lo peor que puede ocurrirle a nuestra democracia. Si nos rendimos en la exigencia de un cambio profundo nuestro fracaso será una claudicación que no nos podemos permitir.

Recuerdo cuando el 27 de febrero de 1995 la policía española detuvo en el aeropuerto de Bangkok, al famoso Luis Roldán, exdirector general de la Guardia Civil,  tras una rocambolesca historia, con el espía Paesa y los huérfanos de la benemérita institución estafados como trasunto de la película que vivimos en esos años. Suponíamos aquel thriller la cúspide de la corrupción política y de la zafiedad del latrocinio, creímos como ilusos que nada más grave podía suceder en los aledaños del poder. Visto con perspectiva,  podemos decir que el famoso Roldán era, además de un pájaro de cuentas, la cuenta de un largo rosario de sinvergüenzas que creyeron que la política era una forma de hacer fortuna, es decir, de forrarse a velocidad de vértigo.

Esta semana, sólo esta semana, la secuencia de sucesos es apabullante: Carlos Fabra acaba de conseguir el tercer grado penitenciario, Mario Conde ha entrado en prisión, Ignacio González (expresidente de Madrid) declara sobre la oscura compra de un ático en Marbella, Rodrigo Rato también tenía empresas opacas en Panamá, Aznar sancionado por Hacienda, el alcalde de Granada y la concejala de Urbanismo dimiten por un escándalo urbanístico… y el ministro de Industria José Manuel Soria ha tenido que irse por tener empresas en paraísos fiscales.

El caso del ministro Soria es sintomático de lo que ha ocurrido en los últimos años. Primero, negó, es decir, mintió y luego dijo que no se acordaba de nada porque los paraísos fiscales producen amnesia, te emborrachas al ver la multiplicación de las cifras. Es comprensible. El problema es que el guión de Soria lo han repetido tantos y tantas veces que Mariano se ha visto en la obligación de sacrificarlo porque la siguiente pieza a caer era él. Mariano piensa en las elecciones aunque dice que él sólo piensa en España, no como otros. Miguel Bernard y Luis Pineda, jefes de Manos Limpias y Ausbanc, cabecillas de una presunta trama de extorsionadores, provenientes ambos de la ultraderecha, han declarado, en su defensa, que todo lo hacían por España.

No podemos claudicar, hay que exigir una regeneración profunda. Es intolerable que esos miserables patriotas forrándose a costa de los españoles y abrazándose a su verdadera patria, el dinero, nos hayan dejado, como diría Machado, “a España toda, la malherida España, de carnaval vestida”.

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La mirada

En esta sociedad, sustancialmente hipócrita, miramos las cosas dejándonos  impresionar por el envoltorio sin ver la realidad que esconden. Los convencionalismos sociales nos influyen más que la verdad, sobre todo cuando perdemos el interés por encontrarla. Por eso en este país triunfan los pillos, los corruptos, los ladrones de guante blanco y todos aquellos sinvergüenzas que han hecho fortuna, inmensas fortunas, saqueando sin escrúpulo alguno. Al final el dinero otorga al habilidoso delincuente una pátina de respeto y admiración que alimenta la fascinación por su persona en esta sociedad de apariencias.

Ya nos enseñó Antoine de Saint-Exupéry que no todos vemos lo mismo al mirar la misma cosa. Cuando su personaje, el Principito, tenía seis años, leyó que en la selva las serpientes boas tragaban a sus víctimas sin masticarlas y decidió dibujar una que engullía un elefante. Cuando la mostró a las personas mayores les preguntó si el dibujo las asustaba, a lo que respondieron que cómo iba a asustarles un sombrero. Como los mayores, que no los niños, siempre necesitan explicaciones dibujó la boa abierta para que se viera el elefante en su interior.

 

 

 

 

 

Pues bien, como en el cuento, miramos sin ver y nos dejamos confundir por la envoltura. Cuando Banesto fue intervenido el día de los Santos Inocentes de 1993, algunos vieron maniobras conspirativas hacia un Mario Conde al que los medios habían convertido en un ídolo. Era la época en la que los pelotazos económicos súbitos eran una muestra de la inteligencia y audacia, cuando eran producto del saqueo. Mario Conde mientras compraba su fama perpetró una forma de atracar el banco desde dentro sin necesidad de hacer butrones en los que te pones de polvo perdido, te estropeas la gomina y el botín resulta escaso. El Tribunal Supremo lo condenó a 20 años de prisión por apropiación indebida, estafa y falsedad documental. Pasó un tiempo en la cárcel y se declaró insolvente cuando el tribunal le obligó a pagar 27 millones de euros a los accionistas de Banesto estafados. Ya fuera de prisión cultivó de nuevo su imagen pública, creó un partido político y compró un hueco en tertulias televisivas. Se supone que la cárcel redime, pero ahora sabemos que llevaba 15 años recuperando el dinero del desfalco escondido a través de una red de empresas interpuestas. Esta semana ha sido detenido intentado repatriar 14 millones de euros. Como hizo Ruiz Mateos, ha tratado de lavar su imagen mientras seguía salvaguardando intereses y fortuna. El primero llegó a conseguir de nuevo tal credibilidad que muchísimos españoles volvieron a confiarle su dinero engañándolos por segunda vez. Mario Conde siguiendo su ejemplo, cuidaba su imagen de hombre estupendo con la complicidad de una parte de la prensa y de la sociedad que abría sus oídos para escuchar sus “sabias” opiniones.

En otro lugar de España, digamos que hablo de Madrid, Carmen, una mujer sin ninguna fortuna, se prostituye a diario ocultando su profesión a sus tres hijos y a los vecinos. Se casó joven, después se separó. Trabajaba en una tienda del centro y su marido le pasaba una pensión para el mantenimiento de los hijos. Con la crisis, Carmen perdió el trabajo y su exmarido, también. No han vuelto a tener empleo. Agotadas las prestaciones, sobrevivieron con los escasos ahorros y la ayuda de Cáritas. Ella, todavía joven, dirigió sus pasos hacia esa profesión socialmente maldita. Aunque trabaja con discreción tiene miedo de que sus hijos la descubran. Un día un vecino se convirtió en cliente habitual. El otro día, tomando un café en el barrio, algunos desde la barra la miraron, sonriéndose y con desprecio comentaron: -Ahí está Carmen, la puta de al lado. En la televisión del bar, daban la noticia de la detención de Mario Conde, nadie reparó en la dignidad de Carmen. La boa del Principito, en la selva humana, ya ha devorado a Carmen para siempre. A Mario Conde o a otros como él, ya veremos. Poderoso caballero es don Dinero. Esta es la eterna injusticia de todos los tiempos.

 

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Mala leche

¿En qué creer cuando todo es mentira? Esta pregunta tiene difícil respuesta en este inmenso vertedero global en el que hemos convertido el mundo. Ni siquiera individualmente nos salvamos porque, en ocasiones, nos mentimos a nosotros mismos para soportar los disgustos que nos da la vida y conseguir tirar adelante con la mochila repleta de decepciones.
Pero claro, no quiero hablar de estas mentiras piadosas que jalonan nuestra supervivencia sino de la mentira organizada, sistemática, avariciosa y despiadada que sólo puede fraguarse en esa parte de la sociedad, la de los privilegiados y los poderosos que, teniéndolo todo, todavía quieren más. Insaciables eluden contribuir con impuestos al sostenimiento de su país. Tras el último de los escándalos, el de los papeles de Panamá, los protagonistas de esta película quedan todos con la reputación manchada, pero con la fortuna intacta. Porque claro, ¿quién abre una cuenta en un paraíso fiscal? Pues quien mucho tiene y mucho quiere esconder. El origen de las fortunas será legítimo o ilegítimo, seguramente hay más de lo segundo que de lo primero, pero la finalidad es la misma: eludir al fisco burlándose de sus conciudadanos.
Lo más escandaloso es que este tipo de montajes resulta práctica habitual orientada por los grandes bancos y tolerada por las autoridades que se declaran contrarias a los paraísos fiscales pero que no mueven un dedo para evitarlos hasta que salta un escándalo. Claro que los buenos propósitos duran cuatro días, en cuanto se disipa la marimorena se olvidan de la promesa y promueven una amnistía fiscal para salvar a amigos y poderosos y vuelta a empezar. Justicia a conveniencia.
El montaje es tan sencillo y está tan poco perseguido legalmente que no es extraño, como cuenta Oxfam Intermón, que empresas como Mossak Fonseca hayan llegado a tal nivel de demanda  que cada diez minutos constituían una empresa fantasma. Hay de todo, como en botica, empresarios, futbolistas, cineastas, casas reales, amigos y familiares de dictadores, políticos y estafadores todos que se ríen de nuestra inocencia. También nosotros somos un poco culpables porque cuando los sacan en la tele se nos cae la baba y aplaudimos, por ejemplo, los goles que nos meten en nuestra propia puerta. Nuestra frágil memoria permite que cíclicamente nos escandalicemos con igual virulencia que lo echamos al olvido.
En Islandia, el escándalo se ha llevado por delante al primer ministro Sigmundur David Gunnlaugsson. La gente se ha echado a la calle y ha dimitido en menos de cuarenta y ocho horas. Aquí todavía estarían contándonos otra descomunal mentira, como con Bárcenas, con la Gürtel, con la Pujolada, con lo de Valencia y con tantas otras cosas. Aquí no es de extrañar que Arias Cañete, comisario europeo y exministro de Agricultura, haya recibido un mensaje diciéndole: -Miguel, sé fuerte. La tía del rey, Pilar de Borbón, una caja de bombones para endulzar el mal trago y Messi unas botas de oro del club de fans. En el fondo, en este país hay debilidad por los pícaros. Supongo que Montoro estará preparando explicaciones llenas de fantasía, como la gran mentira del déficit público. Yo no me creo ni la cifra que han dado, seguramente es mayor, pero la culpa es de los enfermos de hepatitis C y del maestro armero, no de la caída de ingresos del estado por defraudaciones masivas como las de Panamá o de economías sumergidas a gran escala o tantos otros trucos tolerados. Una pena que no tengamos el desparpajo de nuestra querida Chus Lampreave para soltarle una fresca en la cara a todos los desaprensivos de la famosa lista y a los que han consentido sus manejos.
Querida España: menos lamentos y más mala leche con los que tan impunemente nos engañan y nos defraudan. Por cierto, prepare la declaración de la renta que Hacienda somos todos. ¡Ay qué risa!

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Jugar con fuego

A veces tengo dudas de si el 20 de diciembre pasado los españoles fuimos a las urnas o si por el contrario compramos un boleto de lotería, que por cálculo de probabilidades lo normal es que no toque y a lo mejor por eso todavía no tenemos gobierno. Aquel día votamos lo que votamos y ahora los partidos no pueden decirnos que no les gustó nuestra libre elección. Sería inaudito que pretendieran hacernos creer que la repetición de elecciones es algo natural porque no lo es y en España ya tenemos suficiente madurez democrática como para consentir la broma de que los que nos equivocamos fuimos nosotros.

Ha pasado la Semana Santa y Rajoy sigue tumbado en el sofá esperando el fracaso de los otros mientras él vive aislado de la realidad, ignorando la decadencia de su partido, su corrupción y su necesidad de regeneración. Por eso Aznar le ha insinuado que hay que renovar los liderazgos situándolo así en el tiempo de la historia. Rajoy, experto en dejar pasar el tiempo, corre el riesgo de convertirse en un aciago recuerdo.

Por fin, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se han reunido en un clima aparentemente más amable. Iglesias ha querido superar la paletada de cal viva del debate de investidura con sonrisas y renunciando a un puesto que, como bien sabemos, nunca tuvo: la vicepresidencia del gobierno. Él se lo guisó y él se lo ha comido, aparenta así querer un acuerdo. Está claro que Iglesias maneja los mundos virtuales con maestría y parece un prestidigitador cargado de golpes de efecto. Veremos qué ocurre, aunque también él sabe que está en situación de mayor debilidad que hace tres meses, el conflicto interno con Errejón no sólo pesa en lo personal sino en la fuerza de su propia organización.

Por su parte Sánchez, como sabemos, une a su mal resultado electoral la enorme presión de la presidenta andaluza Susana Díaz y de otras baronías ansiosas de administrar los restos del naufragio. Si Sánchez consigue la presidencia del gobierno los conflictos internos se aparcarán y quizás sea una manera de pacificar y de reorientar un PSOE tan confundido como el resto de la socialdemocracia europea. El mayor empeño de Sánchez es tratar de conseguir la cuadratura del círculo con su pacto con Ciudadanos y tendiendo la mano a Podemos, veremos si este reto es su mayor éxito o su mayor fracaso. Ahí reside el misterio.

El problema es que la suma de Ciudadanos y PSOE (130) no da y la de PSOE y Podemos (161), siendo mayor, tampoco. Alguno tiene que mover su posición en base a un acuerdo de mínimos sobre cuestiones que los tres comparten y entre todos tienen que superar los obstáculos, salvo que Rajoy, que es el que está más sólo, porque ha sido incapaz de intentar acuerdo alguno, se decida a permitir un gobierno sin él. Lo cierto es que tras la renuncia de Rajoy son: PSOE, Podemos y Ciudadanos los que tienen nuestro destino en sus manos. España está plagada de problemas mientras nos tienen entretenidos con estos fuegos de artificio. No podemos permitirnos el lujo de estar casi un año sin un gobierno con apoyo parlamentario suficiente para iniciar cambios urgentes y necesarios.

Deben sentarse en una mesa presidida por la sensatez y de ella debe salir un gobierno, si no es de coalición deberá ser propiciado por la abstención de Ciudadanos o de Podemos. Si finalmente se inicia la negociación a tres va a ser complicado romperla, salvo que todos nos estén engañando y estén preparando la escenografía de unas nuevas elecciones. Al final va a ser el miedo a perder lo que tienen el que, hoy por hoy, puede abrir las puertas a un acuerdo. Si habrá gobierno ni ellos lo saben, pero que no se olviden de que los ciudadanos cabreados pueden volver a votar lo mismo, situándolos en igual encrucijada o castigar al que les haya defraudado. No hay mayor riesgo que jugar con fuego.

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Victoria o venganza

Generalizar el pánico es el objetivo último de la violencia terrorista, aunque la muerte sea la primera de sus consecuencias. La cercanía de las víctimas estremece al tiempo que convierte en indigno cualquier fin que se justifica sobre asesinatos. Los muertos, los heridos, sus familias, el dolor son lo primero que golpea nuestras mentes ante un atentando brutal como el de Bruselas, como el de París, como el de Madrid, como los de Túnez, Irak, Kuwait, Somalia y tantos otros que ya no recordamos. Tras esa primera angustia llega el momento de la solidaridad, no cura ni calma pero acompaña y mitiga la intensidad del dolor.

Después vienen las declaraciones institucionales y las palabras de dirigentes y representantes políticos. Están obligados a recordarnos que siguen ahí, que harán lo que tengan que hacer y entonces todos apelan a la unidad proclamando que sólo la fuerza de la democracia vencerá al terror. Yo también creo que la unidad es necesaria pero no estoy segura de que en esta Europa, que se resquebraja como proyecto, se esté apostando por la fortaleza de esa unión. Cabe dudarlo porque hace tiempo que esa conjunción de intereses debió pactar una política antiterrorista común. En realidad en común, totalmente en común, lo único que parece haber prosperado es una política económica errática, de dudosa eficacia, como bien sabemos.

Está claro que uno de los objetivos del grupo terrorista DAESH, autoproclamado Estado Islámico, es dividirnos a través del miedo, haciéndonos elegir entre libertad y seguridad, es decir, empujándonos a renunciar a lo que somos. No podemos dejarnos amedrentar doblegándonos a su juego. Es cierto que los atentados tienen como consecuencia directa que muchos se apresuren a pedir mano dura, cierre de fronteras, expulsiones y otras medidas extremas. Algunos desde la inconsciencia y otros desde una visión autoritaria de la vida, creen que sólo podemos defendernos fomentando la xenofobia y actuando desde el estómago y no desde la inteligencia, siempre más fría y sensata que la primera reacción de ira que provocan los asesinatos. Por eso estamos viendo reacciones irreflexivas por ejemplo contra los refugiados sirios que tratan de alcanzar Europa. Este enfoque es un tremendo error porque mayoritariamente esos refugiados también huyen de estos terroristas del DAESH que están destruyendo Siria. Hay otra circunstancia terrible y es que algunos de esos asesinos que se inmolan con cinturones de explosivos han crecido entre nosotros y han sido reclutados entre las franjas marginales de nuestra sociedad.

Sin embargo, aunque la masacre de Bruselas sea para ellos un éxito propagandístico, no hemos de pensar que hoy los terroristas son más fuertes que hace un año. Pueden matar indiscriminadamente, es eficaz para fortalecer su imagen ante los extremistas adeptos y además es más fácil que anexionar territorios para asentarse. Pero expertos en el territorio confirman que esta organización terrorista, que proclama a los cuatro vientos que ha conseguido levantar un califato desde el que gobernar el mundo islámico, ha perdido durante 2015 parte del territorio bajo su control en Siria e Irak, bien sea por la acción de Rusia o por la de las milicias kurdas que los combaten en Siria. Cortar sus fuentes de financiación, conseguida vendiendo productos que alguien compra, como el petróleo de Irak, heroína, mujeres o antigüedades es la manera de conseguir limitar su capacidad operativa.

Estamos obligados, irremediablemente, a superar el dolor, a fortalecer Europa con un proyecto de seguridad común que preserve nuestras libertades y que proteja nuestros ideales, porque a la irracionalidad asesina, aunque duela, se la vence desde la inteligencia que procura la fortaleza de los principios morales no desde el ciego y, a la larga, ineficaz deseo de venganza.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.