La Rioja

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Patrimonio de todos

El gordo de Navidad será difícil que nos toque tantas veces como a Carlos Fabra, expresidente de la Diputación de Castellón, hoy en la cárcel de Aranjuez, pero si se reparte algo lo más probable es que nos corresponda cargar con el peso de los errores ajenos, porque en este país parece que lo único que se distribuye entre el grueso de la ciudadanía son los sacrificios pero jamás los beneficios.

Miremos un poquito hacia atrás, la culpa de esta larga crisis nos la resumieron diciendo que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, pronto descubrimos que muchos habían vivido no sólo por encima de sus posibilidades sino de las nuestras. Los que jamás repartieron sus beneficios en la época de expansión tuvieron que ser rescatados con nuestro sudor y nuestras lágrimas, es decir, con el deterioro de nuestra educación y nuestra sanidad públicas, con rebajas salariales y creciente desempleo. No obstante las cuentas corrientes de algunos patriotas estaban repletas aquí, en Suiza, en Andorra o en Luxemburgo. Mientras los expoliadores contaban sus ganancias personales, ya que las pérdidas colectivas de las cajas y organismos quebrados por ellos ya nos las habían encasquetado nacionalizando Bankia o vía FROB (Fondo de Reestructuración y Ordenación Bancaria), más de un millón de españoles han salido por las fronteras y la población en general se ha empobrecido de forma evidente.

Poco a poco el soufflé ha ido creciendo en el horno, aunque los únicos quemados somos nosotros. El tiempo y algunos jueces nos han ido descubriendo los negocietes oscuros de muchísimas administraciones públicas, es decir, sobornos, comisiones millonarias, tráficos de influencias, desvío de fondos públicos, adjudicaciones fraudulentas, sobresueldos en negro, financiación ilegal del partido en el gobierno, viajes de placer y toda una variedad de indignidades. Ahora que todos sabemos que hemos nadado en un mar de podredumbre, María Dolores de Cospedal nos insulta anunciando que la corrupción es patrimonio de todos los españoles, que los políticos son tan corruptos como la sociedad de la que emergen, es decir, que todos somos igualmente culpables. Es verdad que muchos ante la ocasión se hubieran corrompido pero la diferencia es que la mayoría de la gente ni tiene ocasión de corromperse ni lo hubiera hecho jamás, todavía queda gente con principios en este país.

Que esto es así lo demuestra que ante los severos recortes la sociedad se ha organizado por su cuenta y de la mano de muchas organizaciones no gubernamentales como Cáritas, Cruz Roja, el Banco de Alimentos u otras muchas han visto incrementar el número de sus voluntarios y de participantes en sus campañas para tratar de ayudar a quienes con más dureza viven la crisis. La solidaridad ha crecido como una red protectora, la generosidad de la gente ha suplido los recortes presupuestarios que habrían sido innecesarios si tantas tropelías se hubieran atajado de raíz en vez de ser encubiertas. Han fallado los controles porque los controladores estaban de cacería o atesorando fortunas. Cuando la gente sobrevive con la ayuda familiar, la de los amigos, con pequeños subsidios o con salarios de seiscientos euros no pueden hablarles en ese tono insultante quienes están mintiendo sobre la corrupción que les rodea. Que en su partido o en otros estén rodeados de corruptos no quiere decir que los españoles lo sean en igual porcentaje.  La recuperación económica llegará cuando llegue, y no parece que vaya a ser esta Navidad, pero hasta que no se cuente a los españoles la verdad sobre la corrupción no se superará la profunda crisis política en la que vivimos. Señora Cospedal, con todo respeto, España no es esencialmente corrupta, ese patrimonio no es nacional así que no nos insulte atribuyéndonos lo que no es nuestro.

 

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El bosque maligno

El bosque de la corrupción está cada día más frondoso. Cuando la tierra se abona con estiércol las plantas crecen a buen ritmo, por eso los árboles de ese “bosque maligno” han desarrollado raíces tan profundas que amenazan con producir el desplome del edificio democrático que tanto costó construir. El período democrático más largo de la historia de España se sustentó sobre principios que consideramos inalterables por universales y compartidos. A fecha de hoy el desánimo y la decepción son tan grandes que en vez de buscar referentes de comportamientos públicos mirando hacia la parte alta de la pirámide hemos de sortear las sombras del “bosque maligno” para encontrar en la parte de abajo, donde se sobrevive como se puede, verdaderos ejemplos de honradez.

Como un soplo de aire fresco percibe la sociedad el gesto del joven nigeriano de 35 años que encontró una cartera con más de 3.000 euros y cheques por valor de 13.000 y los entregó sin perder un minuto a la policía. Seguramente a Peter Angelina, sin conocerlo, muchos lo habrán mirado con desprecio y con desconfianza cuando les ofrecía pañuelos de papel en el semáforo para sobrevivir y costear sus estudios de medicina. Pedro ya es médico por la universidad de Lagos, pero su título no ha sido convalidado, así que estudia en España al tiempo que lucha, con el viento en contra, tratando de ser coherente y buena gente, es decir, salvaguardando la dignidad que tiene toda persona aunque carezca de bienes materiales y de alta posición social.

            Tal y como está el patio al escuchar la noticia me han venido a la mente, por ejemplo, Rodrigo Rato aplaudido como supuesto artífice del milagro económico español y tocando la campana de la fusión de varias cajas de ahorros saqueadas. También he recordado la chulería de Miguel Blesa y de todos sus amigos de las tarjetas negras que nos sonrojan y avergüenzan; a la pandilla de los ERES de Andalucía, al infante republicano Iñaki Urdangarín, a Jaume Matas (político ejemplar), a Fabra y a su hija que gritaba a los parados “que se jodan”; a Luis Bárcenas y a Jordi Pujol y sus fortunas en paraísos fiscales; a Ana Mato y su marido con su Jaguar y confetis, a Francisco Camps con sus trajes y a Rita Barberá con su bolso de Loewe… Todos estos hombres y mujeres aplaudidos, venerados y envidiados en otros tiempos son los causantes del deterioro institucional de la política española. Pero esto, con ser mucho, no lo es todo. Mientras el joven nigeriano, con indudable dignidad personal devolvía la cartera, las intrigas políticas socavaban los cimientos de otro pilar de la democracia, la justicia.

El Consejo General del Poder Judicial, una vez más, y ya suman muchas, ha cedido a las presiones del poder ejecutivo. Del “bosque maligno” siempre salen ramificaciones venenosas. La independencia del poder judicial parece que también es mentira. El juez Ruz que instruye los casos Gürtel, Bárcenas y la financiación ilegal del partido que gobierna España ha sido objeto de una nueva trampa administrativa que trata únicamente de cazarlo como a un conejo. Es lo que pasa en este país cuando un juez hace lo que tiene que hacer, es decir, investigar para encontrar la verdad. Ruz puede seguir hasta marzo cuando un nuevo juez, también interino, pues la plaza ya tiene un titular en excedencia, decida si lo admite o no como juez de apoyo y si, a su vez, Ruz acepta esta especie de ofensiva degradación en el escalafón judicial. Es muy probable que los enviados de Mordor, es decir, del supremo Mal, devoren al juez Ruz antes de que nos muestre toda la verdad. Se acerca el período electoral y quieren hacernos creer que vivimos en el país de Alicia. No es de extrañar que entre tanta indignidad, tanta desvergüenza y tanta falta de ética miremos al joven nigeriano y nos reconforte pensar que todavía hay esperanza. Conviviendo con la pobreza y sobreviviendo a la adversidad de una vida injusta todavía florece gente noble, honesta y buena en este mundo de miserias y miserables.

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El voto y el pacto

Algunos creen que pueden salir de la cloaca sin mancharse y sinceramente eso es imposible. Puede ser que una vez instalados en la ciénaga uno se acostumbre al estiércol y al ambiente maloliente, pero no todo el mundo tiene tan amplias tragaderas. El actual gobierno ha cumplido tres años aunque da la sensación de que llevara tres lustros, está achicharrado y envuelto en basura. Mariano Rajoy habla y habla sobre sus combates ficticios contra la corrupción pero cuando se marcha de la tribuna parlamentaria, la corrupción sigue ahí. Ha despedido a Ana Mato y en una nueva operación de maquillaje ha nombrado a Alfonso Alonso como nuevo ministro de Sanidad pero, tras el número de despropósitos que la población española lleva soportando, no es fácil perdonar. Mato se ha ido pero el huevo de la serpiente, la alimaña de la corrupción persiste. Hay hipersensibilidad en los españoles y ello hace que el nivel de exigencia se eleve sobre lo que antes era aceptado de forma complaciente.

           Soy de las que opina que el gobierno al completo debió caer cuando su presidente envió a Bárcenas el famoso mensaje de “Luis, aguanta. Sé fuerte”. Como de costumbre no hizo nada, sus remodelaciones gubernamentales se las hace el tiempo o el juzgado. La ministra sustituida, Ana Mato, lleva perseguida desde su nombramiento por una sombra que ha terminado por devorarla. La evidente tibieza ante la corrupción y los claros indicios de financiación ilegal que la instrucción de Ruz ha puesto de manifiesto, van a terminar antes con el juez que con la pléyade de dirigentes del PP que ostentan los más altos puestos de responsabilidad tanto en el partido como en el gobierno. O sea, otra bofetada a la supuesta independencia judicial.

   A solo unos meses de las elecciones autonómicas y municipales y a un año de las generales, los aparatos electorales se  han puesto en marcha y hay que reconocer que todos andan como locos. Según los sondeos el mapa electoral puede quedar fraccionado en tres bloques principales PP, PSOE, Podemos y un cuarto, fragmentado con el resto de partidos. Sólo el pánico ha podido llevar a Dolores de Cospedal a no descartar, aunque lo haya matizado, una gran coalición con el PSOE y digo que debe ser el miedo porque han existido motivos de emergencia nacional y optaron por el enfrentamiento directo. Sólo hay precedente de un gran acuerdo y se hizo con nocturnidad, la reforma del artículo 135 de la Constitución. La gran coalición de dos partidos, tradicionalmente antagónicos, es habitual, por ejemplo en Alemania, pero en España resulta inédito hasta el momento. Puede tratarse de un globo-sonda o un movimiento táctico para desanimar al votante socialista tratando de disolver como un azucarillo al partido que hoy lidera Pedro Sánchez. No es de extrañar que nieguen la posibilidad porque el PSOE se encuentra en el centro del tablero corriendo el riesgo de ser engullido, poco a poco, por ambos flancos. Es evidente que todo el mundo se está moviendo, incluido Podemos, que para tratar de ser aceptado por una mayor base electoral ha encargado su programa económico a dos especialistas ajenos a su militancia. Con apariencia socialdemócrata en Podemos van a tratar de combatir, con adornos de casta, a la casta que pretenden derribar. Veremos que nos depara el futuro.

Estamos ante momentos de incertidumbre, es lo que pasa antes de que se produzcan grandes cambios. Hubo un tiempo en el que incluso se calculaba el porcentaje de desencantados que no irían a las urnas porque eso jugaba a favor del partido con votantes más fieles.  Por eso, desde la aprobación de la Constitución, es decir, desde la Transición, no recuerdo otro momento en el que nuestro voto, siempre necesario, haya estado tan temidamente  disputado.

 

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Lo que la verdad esconde

En un país en el que triunfa la apariencia no es de extrañar que los estafadores hayan llegado a las alturas, por eso el pequeño Nicolás con su colección de fotos y su agenda de contactos influyentes ha puesto en ridículo a muchos y ha elevado al tradicional pícaro español a la categoría de personaje público muy atractivo para la prensa. Sólo con que el uno por ciento de lo que cuenta sea verdad es como para cortarse las venas de pensar lo bajo que hemos caído. Rodeados de tanto zoquete cuesta creer que este país superará esta crisis que nos ha sumido en la desesperanza y en el pesimismo. Mientras se enterraba a la duquesa de Alba, con un tratamiento informativo desmedido, la otra España se cobijaba en el dolor. Son las dos caras de la moneda, Carmen Martínez, una anciana de 85 años era desahuciada por haber ayudado a su hijo. Menos mal que el Rayo Vallecano ha acudido al rescate porque en caso contrario ni nos hubiéramos enterado, una más de las miles de personas desahuciadas desde que el desempleo y el empleo precario azotan a la mitad de la población. Esta es la verdad que se vive en la calle, pero en el Senado su hemiciclo se vacía cuando se habla de estas cosas que tanto afligen a los votantes que representan.

En Estrasburgo, el Papa Francisco ha hablado poniendo el dedo en una llaga dolorosa. La economía y más la pilotada por alguien como Juncker que está siendo acusado de beneficiar durante dos décadas a las multinacionales para enriquecer a Luxemburgo a costa de los países de la periferia, está claro que no va a conseguir frenar los desequilibrios sociales cada vez más alarmantes del sur de Europa. Creo que la contraposición de opulencia y pobreza es tan antigua como el mundo, pero durante un tiempo en Europa se había luchado por matizar esa desigualdad. Parece que aquella Europa de las personas y no de los mercaderes que íbamos a construir se ha convertido hoy en una utopía inalcanzable porque algunos la han borrado de la agenda, seducidos o pagados por los lobbies y los intereses de las oligarquías financieras.

Este Papa produce dolor de estómago a muchos jerarcas de la Iglesia y no es de extrañar. Tras denunciar la hipocresía con un lenguaje y unos postulados muy cercanos a una mayoría social que recela del deterioro moral del sistema político institucional europeo, se refirió a España. “La verdad no puede esconderse”, dijo con enorme sencillez y claridad sobre los abusos sexuales en la diócesis de Granada. Es una verdad tan evidente que cuesta entender la torpeza del arzobispo que ha sido puesto en ridículo por la sencillez del gesto del Papa. Si Martínez hubiera hecho su trabajo el Papa no hubiera tenido que llamar personalmente a la víctima y él no hubiera tenido que ponerse de rodillas teatralmente para pedir perdón forzado por las circunstancias y tras quedar, a mi entender, desautorizado en su ministerio. El señor arzobispo de Granada comete un error por el que ya transitaron otros prelados al encubrir o silenciar casos de pederastia, los delitos puede que un día los juzgue Dios pero en la tierra la justicia la imparten los tribunales civiles.

El problema del arzobispo de Granada, como el de muchos otros dirigentes eclesiásticos y políticos, no es que la verdad no pueda esconderse sino que ellos llevan tiempo escondiéndose de ella y cuando por fin ésta resplandece todas las vergüenzas quedan expuestas a la opinión pública con extrema crudeza. No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Joan Manuel Serrat. Pues bien, mientras esto escribo acaba de dimitir Ana Mato por una verdad que todos, toditos todos, sabíamos desde que encontró un Jaguar en su casa. Nunca debió ser ministra pero Mariano la nombró, algún día se sabrá por qué, igual que se sabrán todas las verdades que nos tratan de esconder. Dijo Rajoy, un día que estaba ocurrente, que todo era mentira salvo algunas cosas, lo cierto es que ya sabemos que todo es cierto menos lo que nos cuentan. La verdad es que tanta mentira autodestruye y si no, que le pregunten al pequeño Nicolás.

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Todo cambia

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

(Julio Numhauser/Mercedes Sosa)

                 Suenan vientos de cambio de eso no hay duda, aunque no sabemos si el huracán ha de llevarse por delante todo el edificio constitucional o servirá con una reforma de cierto calado para dar respuesta a la decepción que invade el país por los cuatro costados. Ya sabemos que la Constitución de 1978 fue fruto del consenso necesario en una época que precisaba clausurar cuarenta años de dictadura y abrir la puerta a la democracia, era cuando Labordeta cantaba que entre todos haríamos un camino para unidos levantar a “aquellos  que cayeron gritando libertad”. Este tiempo no es aquel, tenemos muchas dificultades pero, al menos, contamos con la libertad de poder cambiar las cosas.

            Estos días el nuevo partido Podemos ha elegido a su secretario general Pablo Iglesias y en su presentación se han escuchado el Canto a la Libertad de Labordeta, la canción de Mercedes Sosa que encabeza esta columna, La estaca de Luis Llach y el poema de Miguel Hernández, Vientos del pueblo. Es decir, están pidiendo cambios con las mismas canciones y con los mismos simbolismos y, probablemente, con la misma ilusión que en aquellos años de la transición, hoy denigrados por algunos, muchos españoles llenamos las calles pidiendo democracia. El grito de lucha era el mismo: “el pueblo unido jamás será vencido”, un aforismo que sigue vigente hoy y será válido mañana cuando de nuevo el sistema que nazca de éste se corrompa o deteriore. Es indudable que muchas cosas han fallado y ¿cuál ha sido la principal?, simplificando mucho las cosas diré que, como siempre, el factor humano. Gentes sencillas salidas del pueblo accedieron a los gobiernos municipales, autonómicos y nacionales y es indudable que muchas cosas cambiaron de golpe y para bien, pero ni lo bueno ni lo malo son eternos. Además si el concepto “pueblo” está repleto de bondad y de generosidad los componentes del pueblo, individualmente considerados, no son todos estupendos. Hay gente maravillosa y hay sinvergüenzas, arribistas e interesados que aprendieron los mecanismos de acceder al poder a través de las estructuras de los partidos que según la Constitución debían vertebrar nuestra democracia y pervirtieron el sistema ante el silencio, el interés o el encubrimiento de muchos porque eran ideológicamente los suyos. El sistema enfermó, se relajaron los controles y hemos llegado al punto en el que la decepción es tan inmensa que precisa cambios radicales.

            Respecto de la Constitución de 1978, madre de nuestro sistema político, hay varias posturas. Podemos quiere hacer saltar los candados del 78, aunque todavía no sabemos cómo. El PSOE aboga por una reforma que selle las vías de agua que están deteriorando el sistema institucional en vigor y no sólo por el grave problema territorial que se está viviendo en Cataluña. Al otro lado está el PP que no quiere que nada cambie aunque el desplome del edificio sea evidente. Se alega por Rajoy que es necesario un amplio consenso para modificarla como lo tuvo para aprobarla. Muchos españoles no podemos olvidar que la Constitución fue modificada en su artículo 135 en el verano de 2011 por acuerdo unilateral del PSOE y del PP, sin refrendo popular y a la velocidad del rayo por imposición exterior. Este hecho todavía hoy pesa como una losa en la credibilidad de los grandes partidos. A España hoy no le queda otra salida que generar cambios profundos y ello precisa modificar la Constitución. Es evidente que el consenso debe buscarse pero no sólo entre los partidos sino, sobre todo, con la sociedad que hoy reclama de nuevo el protagonismo que tuvo en la transición. Soñemos, pero no olvidemos que cuando pase el tiempo, como canta Mercedes Sosa, “lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana”.

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Huyendo

 

Quien huye de la realidad acaba topándose de bruces con ella. Mariano Rajoy, en su particular forma de entender la política, lleva tiempo evitando afrontar la crudeza de una realidad que escandaliza, desanima y cabrea a la mayoría de sus conciudadanos. Rajoy es, hoy por hoy, ya lo he dicho otras veces, el mejor descendiente del don Tancredo español. Convencido como está de que el tiempo todo lo arregla permanece quieto, emboscado, en un silencio que se me antoja cobarde, esperando que el toro pase sin verlo. España se desangra por los cuatros costados y el presidente prepara su huida a Australia para que los teletipos con las malas noticias lleguen con unas horas de retraso y quizás, cuando los lea, el nuevo problema ya se habrá solucionado. Así es el presidente Mariano Rajoy, un profesional de la política escasamente profesional, que huye de la realidad, de la prensa y de la responsabilidad pero que está atrapado en el cenagal de la corrupción, del embuste y de la indolencia como si fuese una fotocopia del mismísimo rey pasmado de la novela de Torrente Ballester.

 Ante ninguna crisis importante que nos ha afectado en los últimos años ha tenido agallas para dar la cara, coger el toro por los cuernos y plantear una solución imaginativa o coherente. Si analizamos su acción política observaremos que siempre ha vivido de las escusas o eludiendo la responsabilidad. Los recortes los hacía porque no le quedaba más remedio, órdenes de Bruselas. Sobre la corrupción, ¡ay amigos! ¡que temazo!: -Sé fuerte, Luis, sé fuerte. Le dijo a Luis Bárcenas cuando éste ya estaba en la cárcel y no pasó nada de nada. Mentira tras mentira, mientras se engordaba el ovillo hasta abrazar a Monago (viajero por amor a costa del erario público) ¡Cuánto habrá que esconder para no pedir dimisión alguna ni a imputados ni reimputados ni plurimputados. ¡Ya escampará!, piensa don Tancredo. De la crisis del ébola, ni palabrita del niño Jesús. Cuando amainó el temporal dijo que le habían informado los expertos de que la cosa iba bien.

Tres días ha tardado en dar la cara con el pseudoreferéndum de Cataluña y lo ha hecho ante la presión de propios y ajenos sobre las nefastas consecuencias de su increíble silencio. Obligado por las circunstancias ha dicho lo de siempre, la ley está para cumplirla. Ya, ya, Mariano, pero siempre y todo el mundo, ¿verdad señor presidente? Después de tres días se ha percatado de que si en el simulacro de referéndum, sin garantías democráticas, han votado sólo un tercio de los catalanes es porque dos tercios no lo han hecho. Brillante conclusión a la que ya habíamos llegado los españoles sin necesidad de que la astucia presidencial nos alumbrara con su matemática conclusión. La tardía reacción de don Tancredo ha hecho que Artur Mas se apuntara como un éxito el apoyo a su consulta de más de dos millones de catalanes, una cifra que evidencia que algo más habrá que hacer que amenazar con la Fiscalía General del Estado. Sin olvidar el hecho de que, una vez más, la líder del PP catalán Alicia Sánchez Camacho haya anunciado una actuación que sólo compete a la fiscalía evidenciando la continua confusión de poderes de esta España sumida en la degradación progresiva de todas las instituciones de un Estado enfermo a todas luces.

Creo que la grandeza de la política y del poder democrático consiste en enfrentar los problemas reales no desde la miopía de ganar votos a corto plazo sino de buscar soluciones a largo. Hoy por hoy, después de que dos millones de personas, da igual que sean muchas o pocas según las opiniones, ya han votado aunque sea desobedeciendo, recurrir a la vía judicial es sólo la constatación de un fracaso, de su fracaso señor Rajoy. Lo que está claro es que el único que tenía un plan era Mas, porque Rajoy no tenía ninguno. Ya ven lo que son las cosas, antes del referéndum simulado el que parecía un cadáver político era Artur Mas y ahora el que lo aparenta es Mariano Rajoy. Pero nada, señor presidente váyase a Australia que es una forma de seguir huyendo.

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