La Rioja
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Mirar y ver

Que mirar y ver no son la misma cosa es algo que sabemos pero que olvidamos con demasiada frecuencia. En Francia se ha frenado a la ultraderecha de Le Pen pero el germen sigue intacto ya que sus principales apoyos han sido cosechados entre la clase obrera que se siente abandonada por sus representantes tradicionales.
           El estrepitoso fracaso del Partido Socialista ha sido tan importante que no es posible predecir sus consecuencias. Habrá que ver si en el escaso tiempo que resta para las elecciones legislativas de junio puede reorganizar a los supervivientes. En Inglaterra, que está ya en campaña electoral, el Partido Laborista puede cosechar desastrosos resultados. No podemos olvidar que tanto Benoît Hamon como Jeremy Corbyn fueron elegidos en las primarias correspondientes y que ambos levantaron grandes pasiones frente a sus rivales pero no ocurrió lo mismo entre sus votantes. Ello indica que no sólo los dirigentes de ambos partidos, sino también sus militantes han caminado por senderos divergentes a sus potenciales votantes. En el caso francés (6,3%) el abismo que se ha abierto bajo sus pies produce el vértigo de un desmoronamiento.
           En España el PSOE está entregado a su propia batalla y sería conveniente que todo el partido (dirigentes, candidatos y afiliados) reflexionasen sobre el proceso en el que están participando. Si miran bien lo que ha ocurrido en el país vecino debieran poner las barbas a remojar. El ambiente en que se está celebrando la campaña electoral interna es de una crudeza extrema, la tensión se vislumbra de arriba abajo y de abajo arriba. No es de extrañar, pues el proceso de primarias nace de un Comité Federal cainita que ha dejado heridas sangrando y mucho resquemor entre la militancia que se siente manejada e incomprendida. Los dos candidatos que han obtenido más avales de la militancia, Susana Díaz y Pedro Sánchez, esgrimen sus razones legítimas pero las afrentas previas que ambos acumulan hacían aconsejable que no fueran los protagonistas de esta carrera en la que el PSOE se juega su supervivencia.
           Susana Díaz esgrime a su favor la fuerza que le da ser la presidenta de Andalucía y representar a la mayor federación socialista, aunque no sea secundada por todos. Cree que puede ganar, tiene apoyos notables y se ha educado en la organización interna del PSOE para llegar a lo más alto. La distribución geográfica de sus avales ha puesto de manifiesto que Sánchez gana en 11 federaciones y Susana en 6. Es decir, que tiene un nivel de rechazo que, quizás, no esperaba.
           Pedro Sánchez se queja de que Díaz tiene a su favor al aparato del partido y, sin duda, sabe de lo que habla porque él lo controló con mano de hierro a través de César Luena. Él ya ha concurrido dos veces a las elecciones con exiguos resultados. Sin embargo, lo sucedido en el Comité Federal del 1 de octubre pasado le ha dado una fuerza de la que carecía tras su segunda derrota electoral. Fue victimizado ante todo el país en una reunión muy poco edificante, lo que significa que del infierno puede pasar al cielo del poder interno. Pedro Sánchez tiene posibilidades de ganar, más de las que creían sus enemigos e incluso sus amigos que se pasaron a la candidatura de Patxi López que, hoy por hoy, tiene menguadas posibilidades.
           Quedan todavía muchos militantes socialistas sin candidato claro, que hubieran preferido otros rostros y más ideas que cuchillos para ganar sus voluntades. Todo es muy incierto, puede ocurrir que quien gane las primarias obtenga su último éxito. Si no se pone en juego algo más que pelea interna, si no se produce una profunda regeneración ideológica que abandone la complicidad con las políticas aceptadas por el PSOE en el año 2010, si no hay un proyecto sincero que devuelva la confianza a los votantes maltratados y excluidos, a los que se lleva tiempo dando la espalda, ese partido ganador, que todos dicen querer, puede convertirse en un partido con más ambiciones que líderes y con más historia que futuro.

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Podemos arder

A veces hay una realidad oculta que nos negamos a admitir, sobre todo cuando cerrar los ojos nos hace olvidar lo que la verdad esconde. Las novelas del siglo XIX nos mostraban personajes que aprendían un oficio a cambio de comida y un catre instalado en un cuchitril. Las declaraciones del chef Jordi Cruz sobre los becarios que trabajan gratis en restaurantes de a tropecientos mil el menú, nos han regresado a la época en la que se iniciaba la lucha por los derechos laborales y la dignidad de los trabajadores.
          La polémica se ha hecho fuerte en el campo abonado de la decepción y la angustia de muchos jóvenes que no hallan salida y las que encuentran son precarias y mal pagadas. Sin olvidar que lo que uno rechaza, por considerarlo una agresión, otros muchos lo aceptarán sin rechistar empujados por la desesperación. La competitividad era esto, rebajar salarios, fomentar el subempleo y destruir derechos laborales. La desmovilización de los ciudadanos es la consecuencia previsible. Una vez que se ha pasado por el aro, las voluntades quedan domesticadas y las protestas desaparecen. Por eso esta polémica no ha hecho sino recordarnos adónde hemos llegado o más bien adónde nos han traído las políticas aplicadas con mano dura desde que comenzó la crisis económica. La consecuencia puede ser la destrucción del sueño europeo.
          Estamos en medio de un gran desconcierto, origen de la incertidumbre y volatilidad política que hay en España y en toda Europa. Lo que ocurrió en Francia en la primera vuelta de las elecciones presidenciales es una prueba de la desorientación en que vivimos. Los dos partidos tradicionales que han administrado el poder desde finales de la Segunda Guerra Mundial se han desplomado. La derecha de Fillon, pasa a ser tercera fuerza (19,91%), y el partido socialista liderado por Hamon, quinta (6,3%). Enmanuel Macron, con su plataforma ¡En Marcha! ganó por poco más de dos puntos (23,75%) a Marine Le Pen (21,53%), la candidata del Frente Nacional y todo ello nos coloca ante la incertidumbre de lo que pueda ocurrir en la segunda vuelta.
          Marine Le Pen es la heredera del partido que fundó su padre en 1972, no es un partido nuevo como tampoco lo son sus ideas, pero ha conseguido el apoyo de casi 7,7 millones de franceses. Sin duda, Le Pen ha aprendido mucho. Actúa como un camaleón adaptándose a las circunstancias y recogiendo sus principales apoyos entre las clases trabajadoras que están sufriendo con más fuerza la crisis o la deslocalización industrial. Trata de ocultar su xenofobia y fomenta el sentimiento ultranacionalista que florece entre los ciudadanos indignados que han interiorizado que todo lo malo viene de Europa o de la inmigración. Estas eran características tradicionales de su discurso pero ahora ha añadido un nuevo ingrediente a su nuevo guiso ideológico. Ha copiado de Trump el discurso contra las élites políticas acomodadas, es decir contra el establishment, un matiz que tan buenos resultados reportó al actual presidente de los EEUU.
          En este terreno encuentra concomitancias, queriéndolo o no sus dirigentes, con el movimiento encabezado por Jean-Luc Mélenchon, Francia Insumisa, que ha obtenido casi el 20% de los votos. Solo así se explica que su militancia haya decidido, mayoritariamente, abstenerse o votar nulo en la segunda vuelta alejándose del resto de partidos que han decidido apoyar a Macron como mal menor. Este es el terreno en el que quiere pescar Le Pen. Puede ocurrir que una elevada abstención y un trasvase de votos diera la mayoría a la líder ultraderechista en detrimento de Macron, aunque lo más probable es que se quede en torno al 40% de los votos, un porcentaje que asusta. Pase lo que pase el domingo en Francia para evitar que el mal se propague solo hay una solución: abandonar la política actual en Europa. Algunos están jugando con fuego y la única solución pasa por sacar las mangueras y regresar a la idea originaria de la Europa social y democrática. Si algunos siguen sin ver, tarde o temprano, podemos arder.

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Sin vergüenzas

España ya no es una península sino una isla rodeada por el océano de la corrupción. Al principio la ciénaga de mierda nos pareció un lago, desagradable, pero de dimensiones controlables. La voracidad de una clase política decadente e inmoral ha conseguido, con tesón, eficacia y años de dedicación a la mamandurria y al mangoneo convertir el lago en un mar de sorpresas tan inmenso como repulsivo. España ha pasado del estado del bienestar a ser un estado en permanente saqueo. El prodigio es sencillo: el enriquecimiento de unos convierte en endémica la pobreza de otros. Ese es el nuevo milagro económico español. En 2015, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, 2,6 millones de españoles están en situación de pobreza severa. Sin estadísticas, también sabemos que una abundante y nutrida representación de políticos, mientras predicaban amor a España, nos vaciaban las arcas públicas y se forraban.
           Pese a que es imposible ocultar por más tiempo la verdad en este país todavía hay quienes pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino, mintiéndonos sin sonrojarse, y quienes están dispuestos a perdonar que el saqueo se producía mientras nos sermoneaban con la cantinela de que vivíamos por encima de nuestras posibilidades.
           Como dice el humorista El Roto, ya no son necesarias las dictaduras porque nadie desobedece y porque, como dicen en la calle, nos tienen cogido el tranquillo. Esta es la realidad, solo levantamos la voz en los bares pero ante las urnas hay pánico al castigo. Por eso, en la cúpula del gobierno, Rajoy está tranquilo y el PP, también.
           El asunto de Nacho González, el expresidente de la Comunidad es una bomba en el corazón del Estado. Algunos duermen ya en la cárcel de Soto del Real pero los consentidores, los encubridores, los correligionarios silenciosos, los fiscales amigos y una amplia panoplia de beneficiados siguen en sus puestos de mando. Esperanza Aguirre se ha visto obligada a dimitir por no haber vigilado este sucio negocio de comisiones pero no puede olvidarse que la financiación del PP estaba entre los fines principales de esta trama organizada. Un delito que el fiscal anticorrupción, el amigo Manuel Moix, ha evitado señalar en primera instancia.
           Las escuchas telefónicas y la investigación han desvelado la tremenda complicidad y  la confusión entre las redes corruptas de políticos y el poder judicial. Todo esto es muy grave porque vulnera la división de poderes, que es la garantía del buen funcionamiento de un estado democrático. Es un escándalo tan descomunal como el dinero del que se ha apropiado la trama corrupta. Pero hay más, Cristina Cifuentes haciéndose como dice ella, “la rubia”, que es lo mismo que hacerse la tonta, está aparentado ser lo que no es. Ha sido su testimonio el que ha exonerado a Francisco Marhuenda y a otros. Una vergüenza que oculta la complicidad de intereses con la prensa sumisa, no con el periodismo libre. Sin olvidar que Cifuentes y Rajoy son, al fin y al cabo, los beneficiarios de las campañas del PP financiadas ilegalmente.
           La dimisión de Aguirre es insuficiente. Tanto Esperanza como Rita Barberá han sido utilizadas como cortafuegos para frenar el incendio del principal responsable político de todo este merduquero: Mariano Rajoy. El recado que le ha enviado Esperanza Aguirre, aunque solo sea por no vigilar, es un aguijonazo en la conciencia no solo del presidente sino de muchos militantes del PP. Mariano Rajoy está en el centro de la ciénaga, no sentado en una nube, por eso tiene que ir a declarar a la Audiencia Nacional, algo sin precedentes en esta democracia ultrajada. Si le queda un poco de  lo que debe tener un buen político, es decir, dignidad y sentido de estado, debiera dimitir antes de esa fecha. No va a hacerlo, pero puede ser que del pudridero de la corrupción salga, sin esperarlo, el final de un cuento de ranas en el que el único príncipe sea, tarde o temprano, la verdad y ojalá que también la justicia. Hace mucho que algunos extraviaron la decencia, pero la ciudadanía no puede perderla. Es hora de hacerles sentir vergüenza, no de consentir sinvergüenzas.

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El paraguas

La corrupción en este país es como el mito del eterno retorno, siempre vuelve. Cuando una cierta calma se había instalado en Moncloa y en los cuarteles generales del PP tras el exitoso congreso que coronó de nuevo a Mariano Rajoy, sin oposición interna aparente, una gaviota negra ha sobrevolado su territorio y ha depositado sus excrementos en la hoja de ruta del gobierno. No hay como estrenar traje para que algún pájaro te regale una cagadita en la hombrera.
          Mientras conocíamos que el superministro Rodrigo Rato no había parado de hacer negocios ni de expatriar capital cuando estaba en el gobierno de Aznar ni tampoco durante su etapa al frente del FMI, en el PP se ocupaban en distanciarse del  gurú del milagro económico del PP, según su anterior doctrina. Rodrigo Rato es ya un apestado del pasado, así que respiraban ufanos cuando unos jueces, aplicando la ley, deciden que Mariano Rajoy debe declarar como testigo sobre el caso Gürtel en la Audiencia Nacional. Hay que reconocer que, incluso en esta democracia que nos parece imperfecta, todavía hay ámbitos que escapan del control del gobierno. ¡Viva la Constitución!
          El jarro de agua fría se produjo contra todo pronóstico, especialmente el de sus tutelados en la Fiscalía y en la Abogacía del Estado. Esperanza Aguirre también va a declarar y aunque dicen los juristas que los testigos no pueden mentir, lo que es seguro es que no dirán la verdad. Es la fuerza de la costumbre, porque esa es la única certeza que tenemos desde que comenzó el asunto, que llevan años mintiéndonos. Pero ahora lo que toca es hacerse el tonto que es la estrategia judicial más exitosa en este país. Recordemos a la infanta Cristina, a Ana Mato y a otros que nada sabían ni recordaban porque los millones caen del cielo los días de luna llena. Aunque a Mariano, no se hagan ilusiones, no lo veremos hacer el paseíllo hasta la Audiencia Nacional, él no es de esos toreros que esperan al morlaco a la salida de toriles a porta gayola, él es don Tancredo y su testimonio evitará el riesgo de cornada.
          Pues eso, que estaba Mariano pensando cómo salvar este trance haciendo nada mientras sus portavoces culpan a los demás de este contubernio y va el juez Velasco y ordena la detención del expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. El heredero de la cazatalentos Esperanza Aguirre está implicado en la trama Púnica y en la supuesta corrupción en el Canal de Isabel II. El corazón corrupto del PP madrileño ha quedado al descubierto y como guinda el juez ha imputado al mayor adulador del Reino, Francisco Marhuenda.
          Pero nada, la corrupción no existe en el PP, eso repiten sus voceros que han regresado a la vieja cantinela de que todo es un contubernio político contra ellos, un partido pulcro que no sabe nada de adjudicaciones públicas a cambio de dinero, que jamás tuvo caja B, ni conoció a Bárcenas, ni a Correa, ni a Granados ni a Rato ni a nadie de los que, todo el mundo intuye, pasaban por la ventanilla para pagar el correspondiente peaje. Dice el portavoz popular que no solo no hay derecho a esto, sino que es un abuso del derecho. Así que ahora toca desacreditar a los jueces que se venden a intereses espurios no como el PP donde solo admiten dirigentes inmaculados.
          Pero Mariano ya ha advertido a todos que estén tranquilos, no hay motivos para dimitir ni para preocuparse pues hasta ahora sin hacer nada, resistiendo y negando lo evidente han revalidado el gobierno. En el PP creen que a estas alturas la corrupción, por inmensa que sea, ya no les pasa factura electoral, pues según los sondeos de opinión son el único partido que aguanta y mejora resultados. ¡Que nadie pierda los nervios!, ha decretado Mariano argumentando que siempre que llueve escampa y tal como están las cosas ni siquiera tendrán necesidad de abrir el paraguas. A nosotros nos conviene hacerlo para evitar que tanta mierda nos caiga encima.

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Tiempo de pasión

Cuenta el tango “Cambalache”, que el siglo veinte fue un despliegue de maldad insolente y que eso ya no hay quien lo niegue, ya vemos que a la altura del año 17 del siglo XXI nada indica que éste vaya a ser mejor. Vivimos entre injusticias y lo peor es que estamos instalados en la indiferencia. Mientras las bombas caen sobre Siria y el ejército de Al Asad gasea a la población civil en Europa hacemos como que no nos damos cuenta. Al tiempo que planificamos las vacaciones, contemplamos procesiones o nos tomamos una caña, millones de personas sufren las consecuencias de las guerras. Por dura que sea la realidad que nos rodea ya nada nos atormenta, solo nos conmueve circunstancialmente y luego se nos olvida. Incluso pasamos de exigir a las autoridades que hagan algo para frenar una guerra que ha producido más de 350.000 muertos y millones de desplazados. Así que los gobiernos del mundo marean la perdiz según sus propios intereses estratégicos o, en el peor de los casos, alimentan el espantajo del miedo a los refugiados aprovechando la locura terrorista del Daesh, que crece y se autoalimenta porque a alguien también le interesa.
            Observando como Al Asad no tiene reparos en exterminar con gas sarín a su pueblo y otras salvajadas como bombardear hospitales, una se pregunta qué concepción tienen algunos del poder para extender la muerte como una epidemia. Mantener el poder, ese es el único objetivo. De los grupos opositores poco sabemos. Así que lo único cierto es que la gente huye de la muerte y no podemos ignorarlo por más tiempo. La ONU es una entelequia, ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo en una resolución de condena y si lo hacen es un papel mojado que a nadie importa.
           El ataque estadounidense, ordenado por el presidente Trump, supuso el lanzamiento de 59 misiles tomahawk sobre el aeródromo del que salieron los aviones del régimen sirio que gasearon a los civiles, fue la represalia al bombardeo que acabó con 86 muertos, 30 de ellos niños. La orden de Trump ha resultado sorprendente porque hasta ahora había defendido lo contrario, una sospechosa postura que lo aproximaba más a Putin que a su antecesor, el presidente Obama.
           Esta intervención armada ha sido apoyada mayoritariamente por los norteamericanos y ha supuesto un reforzamiento de la imagen pública de Trump en las encuestas de opinión. Esta consecuencia directa hace que resulte sospechosa esta acción de Trump. Un hombre egocéntrico en grado superlativo, más preocupado por su imagen que por cualquier otra cosa en el mundo de las vanidades en el que vive, invita a observarlo con doble mirada. Las continuas sospechas sobre sus conexiones con Putin estaban levantando una oleada de recelos sobre la injerencia de Rusia en la política norteamericana. De pronto Trump, que en agosto de 2013 cuando Barack Obama sopesaba una acción militar en Siria tras un ataque químico que asesinó a 1.400 civiles en las afueras de Damasco, se mostró contrario a la intervención, ahora en un golpe de magia se conmueve, bombardea Siria y se enfada con el amigo Putin.
           En este juego de declaraciones sobreactuadas, el portavoz de la Casablanca ha cometido un error inmenso. Para explicar lo malo que es Al Asad ha querido dulcificar la maldad de Hitler, quien según él no utilizó gases contra la población civil, como si los asesinados con gas en los campos de concentración no hubieran existido. Todo resulta muy sospechoso al igual que la aparente tensión mostrada por el régimen de Putin en la reciente visita del secretario de Estado de EE UU, Rex Tillerson. En la diplomacia el arte de la mentira es tan sutil que, si se lo proponen, el mayor embuste parece una irrefutable verdad. Todo huele a teatrillo para reforzarse mutuamente. El mundo está en sus manos, lo cual en sí mismo es ya una amenaza. Disfruten de la semana de pasión que Al Asad, Putin, Trump y algunos otros disfrutan de la suya: el poder.

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Lágrimas

Cuentan las crónicas sobre el congreso del PP de La Rioja que en el transcurso del mismo hubo lágrimas. Pedro Sanz, conocido popularmente como Pedrone, el hombre que con mano de hierro ha conducido durante un cuarto de siglo los destinos de la derecha riojana lloró de emoción y, después del recuento de votos, comentan que de conmoción. No es para menos. En sus tiempos de gloria ni una mosca hubiera sobrevolado los salones de Riojaforum sin su permiso. Ahora que su poder ha quedado periclitado los afiliados de su partido se han tomado la revancha después de años de obediencia y sumisión al líder. Cuando supe de las lágrimas que habían rodado sobre sus mejillas, evoqué la insuperable escena de Quo vadis? cuando Peter Ustinov, en el papel de Nerón, llora antes de ordenar el incendio de Roma. En este caso el fuego de las urnas no precisó la ayuda de los bomberos aunque Pedro Sanz, por dentro, sintió que su orgullo ardía en la hoguera de la humildad, una virtud que jamás había practicado. La corona de laureles, que adorna a los líderes y que durante años lució, creyéndola eterna, desapareció para siempre de su frente y pasó a adornar la cabeza de un Ceniceros exultante.
Sanz que pudo retirarse con elegancia el día que fue relevado de la presidencia del gobierno, o incluso antes, no quiso hacerlo y permaneció en la sombra pretendiendo influir en su fortuito heredero que ahora regentaba el chiringuito gubernamental. Ceniceros fue siempre un hombre fiel y sumiso a Pedro Sanz, por eso él lo eligió. Durante años Ceniceros y otros muchos fueron su guardia pretoriana, llevaron adelante sus consignas y sus imposiciones. Obedientemente, aunque no lo compartieran, toleraron las salidas de tono de su jefe. Cuando Pedro Sanz elegía una víctima no cejaba en su empeño hasta destruirla, no siempre lo consiguió, pero su cohorte jamás alzó la voz ni en las purgas internas ni en las cacerías a miembros de la oposición.
           Por eso este proceso congresual del PP ha sido duro, muy duro, especialmente para José Ignacio Ceniceros que ahora desempeñaba el papel de víctima propiciatoria en el intento de Sanz de proclamar a su verdadera heredera. La rueda de prensa de Sanz explicitando su apoyo a Cuca Gamarra fue sorprendente, sus palabras no fueron de refuerzo de la alcaldesa de Logroño sino contra José Ignacio Ceniceros. Sanz, que jamás fue generoso, pedía generosidad. Él, que se va porque no le queda más remedio, hablaba de saber echarse a un lado para dejar paso. ¡Qué ironía! A las declaraciones teñidas de hipocresía hay que sumar las del presidente de la Cámara de Comercio de La Rioja, José María Ruiz Alejos, denunciando que no había timonel en el gobierno de La Rioja. Otro dardo envenenado a la línea de flotación de Ceniceros pilotado por Pedro Sanz.
           Es indudable que en el afán de acabar con José Ignacio Ceniceros se le ha ido la mano y eso ha terminado removiendo a la militancia que, en todos los partidos, no soporta la división pública de sus representantes. Al victimizar a Ceniceros con declaraciones tan duras e intempestivas, Pedro Sanz le ha dado la fuerza y, a su pesar, el liderazgo. Lleva razón Ceniceros cuando, antes de ganar, afirmaba que en este clima incluso el triunfo era una derrota. Pacificar su partido tras el proceso sangriento que se ha vivido es un reto. Después de haber sufrido en sus propias carnes el estilo implacable del más genuino Pedrone seguramente ha aprendido más que en toda su carrera política. Ahora sabe que lo que está mal, está mal aunque no se lo hagan a uno.
          Pedro Sanz sin práctica en asumir derrotas también ha aprendido lo efímero e imprevisible que es todo en política. Al actual vicepresidente del Senado le queda un retiro dorado despojado de todo poder de influencia. No será el único disgusto que coseche antes de pasar a integrar el único tiempo que le queda, el del olvido.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.