La Rioja

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Cuentos de hadas

Vuelven Mortadelo y Filemón con una nueva aventura y no tengo ninguna duda de que la historia en viñetas de F. Ibáñez estará más próxima a la realidad española que a la narrada por Mariano Rajoy en el debate sobre el estado de la Nación. El nuevo cómic se va a titular El tesorero,  una prueba más de que Luis Bárcenas ha pasado ya a ocupar un lugar destacado en la historia reciente de España. Cuando uno es tan popular –nunca mejor dicho- como él, que puede convertirse en un desternillante personaje de ficción, es evidente que el día en que se escriba la historia del tiempo presente Luis Bárcenas ocupará un ranking destacado en el pódium de los pillos y sinvergüenzas nacionales desbancando, por supuesto, las aventuras de Luis Roldán y de otros muchos bandoleros de las arcas públicas. Hay que agradecerle a F. Ibáñez que con este personaje se vengue, en nuestro nombre, de los verdaderos cómplices y encubridores de la fortuna del “tesorero” y que con su buen humor nos salve de la mala leche.

De estas miserias que rodean al presidente del Gobierno y que tanto nos irritan no quiso hablar Mariano Rajoy. Él se nos presenta como el héroe que nos salvó del rescate cuando todos sabemos que el rescate existió, aunque no fuera “a la griega”, tras la constatación matemática de que no había fondos suficientes en la Unión Europea para materializarlo. Fuimos intervenidos para poder salvar nuestro sistema financiero y bien sabemos a qué precio hemos pagado cada euro que se ha inyectado a la banca. Una vez más, la propaganda política suplanta a la verdad para engañarnos, para que creamos que los molinos son gigantes, los ladrones los duendecillos del bosque y los embusteros nuestras hadas madrinas del cuento de hadas más fraudulento jamás contado.

Por primera vez desde la transición en los bares, peluquerías, carnicerías y supermercados se vuelve a hablar de política con el mismo interés de entonces. Todo indica que la gente está dispuesta a empujar para que se produzcan cambios profundos que fortalezcan la democracia cuyo deterioro es palmario. El terremoto se va a producir, de eso no hay duda, solamente desconocemos la intensidad que tendrá, pero está claro que el epicentro de los cambios ya no está en el Congreso de los Diputados sino en la calle, de ahí el escaso interés que un debate tan previsible ha levantado. Da igual quien gana o pierde el debate, a estas alturas el problema es que se percibe como una función teatral de argumento reiterado y de nulos resultados. Es como la salida de la crisis dicen que existe pero pocos la ven. La distancia entre la calle y el poder, los ciudadanos y el parlamento es inmensa. Hoy es preciso abrir caminos para un tiempo nuevo y los cambios llegarán, porque los ciudadanos exigen nuevas formas de hacer política. Ningún partido puede ser ajeno a la exigencia y a la práctica de comportamientos ejemplares tan alejados de los actuales que son los que han arruinado no sólo el país sino la confianza en la actual clase dirigente.

Por eso el discurso de Rajoy es erróneo, porque pivotó sólo sobre un débil crecimiento económico que no va a traducirse en una rápida recuperación del empleo ni de los derechos sociales perdidos. En la actualidad es preciso que se abran las ventanas y se ventilen unas instituciones carcomidas por la avaricia y la incompetencia. La regeneración democrática, es decir, cumplir lo que se promete, dimitir si se miente, ser fulminado del puesto si hay enriquecimiento ilícito, reforzar los controles independientes de la contratación pública, eliminar el amiguismo, el nepotismo, el clientelismo y todas esas miserias que están destruyendo el país y la confianza, todo esto es tan importante como que crezca la economía, lo demás son cuentos. Cuentos de hadas que ni los niños creen ni las brujas –como yo- entienden.

 

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Predicar o dar trigo

         Las cosas han llegado a un punto que para conseguir restaurar la confianza de los ciudadanos en nuestro sistema democrático es necesario pasar de las palabras a los hechos. Es decir, en vez de predicar hay que dar trigo. La lucha contra la corrupción tiene que percibirse como una prioridad. Creo que no es necesario esperar a que los tribunales de justicia actúen, imputen, procesen, encausen y otras figuras jurídicas detrás de las que se esconde la incapacidad de partidos políticos y cargos públicos para asumir responsabilidades en este país que se desangra moralmente tras los continuos expolios.

          Estos días el Tribunal Supremo ha citado a declarar como imputados a los expresidentes de Andalucía, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, así como a tres exconsejeros, por el escandaloso fraude de los ERES. El asunto ha desempolvado de nuevo la eterna polémica sobre la figura jurídica de la imputación que, ciertamente, no prejuzga la culpabilidad. En este caso es el PSOE el que se sitúa de nuevo en el disparadero del cabreo nacional. Desangrado en luchas internas, esto sólo agrava el poco crédito que conserva ante un electorado que le abandona progresivamente.

          En cualquier otro país de tradición democrática un gobierno como el de Rajoy, sustentado en un partido en el que las sombras de financiación irregular son algo más que indicios, con su tesorero que entra y sale de la cárcel pero que está forrado y al que el presidente del gobierno le pide que sea fuerte, hace tiempo que hubiera tenido que dimitir. Lo mismo opino de Esperanza Aguirre, madrina política de Francisco Granados, hoy encarcelado, y con muchos de sus hombres de confianza implicados en la trama Gürtel. Ella, que es ahora empleada de una empresa de cazatalentos, pretende ser candidata a la alcaldía de Madrid cuando debiera estar políticamente inhabilitada. Los errores deben admitirse y pagarse con la renuncia y más cuando se ha causado un quebranto al erario público. Pedir perdón es muy fácil. Se seleccionan las palabras  adecuadas mostrando un poco de aflicción y aquí paz y después gloria. No señores, la responsabilidad política se asume dimitiendo, repito dimitiendo y para ello no hay que esperar a que actúen ni jueces, ni fiscales ni nadie más que la propia conciencia personal.

            El 29 de abril de 1986, el socialista Demetrio Madrid, presidente de la Junta de Castilla y León dimitió de su cargo al ser encausado en un asunto de su vida personal con una empresa textil que regentaba. Se consideró inocente pero añadió: “la instrumentación política que de mi situación personal se ha venido haciendo y puede hacerse, mi dignidad personal, la de las instituciones y el interés del partido me aconsejaban dimitir”. Años más tarde fue absuelto de todos los cargos que le imputaron. Mereció el reconocimiento volviendo a ocupar cargos públicos. Ha quedado como un referente ético, de eso no hay duda teniendo en cuenta el basurero en el que estamos instalados.

            En la situación actual y sin dudar de la honorabilidad de los imputados, aunque no se les haya señalado delito alguno y crea que puedan ser declarados inocentes, teniendo en cuenta la magnitud del escándalo y la cuantía millonaria del fraude, la situación aconsejaba hace ya tiempo que debieron ser ellos, Chaves y Griñán, los más interesados en retirarse del foco mediático para salvaguardar los intereses de su partido. Todo político sabe, o debe saber, que el interés colectivo debe prevalecer al personal y que, a veces, hay que sacrificarse para salvar al conjunto de la organización que dicen defender. Estamos en un momento clave, cuando ya nadie cree a nadie porque cada día surge un nuevo escándalo. Ahora es cuando hay que demostrar la valentía y la grandeza, es la única forma de contribuir a recuperar la credibilidad perdida en florituras jurídicas y en descaradas mentiras. Sólo actuando así demostrarán que son mejores que los otros, porque de no hacerlo la gente concluye que todos son iguales.

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¡Qué paren el mundo…!

¡Qué paren el mundo, que me quiero bajar!, últimamente me siento como Mafalda, con ganas de apearme de este mundo hipócrita. No es que nada sea como parece, sino que casi todo resulta bastante más infame de lo que imaginamos en nuestras peores pesadillas cuando la crisis atizó con fuerza hasta demoler nuestro modesto estado del bienestar. En España, fieles a nuestra ancestral vocación, llegamos a disfrutarlo más tarde que la Europa erigida tras la posguerra. Construirlo ha costado años y desde él se consiguió tender una red protectora que recortó la desigualdad social e incrementó el nivel de vida de los ciudadanos. Ahora parece un espejismo. Es bueno que los más jóvenes sepan que lo que hoy parece estable y permanente, se puede perder mañana si no se lucha por protegerlo. Esta es la dura lección de esta batalla del presente que tiene como único objetivo recuperar lo que se ha malogrado en tan escaso tiempo.

Mientras vivimos esta realidad cada día amanece con un nuevo escándalo bombardeando nuestra confianza en el sistema, cada novedad se convierte en un nuevo misil destructor de la misma. Aquellos prohombres ilustres, premiados y mostrados como ejemplos a seguir, son en realidad villanos que amaban a su patria bastante menos que a su dinero. El informático de la filial suiza del  banco británico HSBC, Hervé Falciani, al filtrar una lista de titulares de cuentas opacas hizo temblar a muchos, aunque hoy sabemos, pese a lo que diga el inefable Cristóbal Montoro, que han sido más benevolentes con todos ellos que con los curritos, autónomos o pequeños empresarios. Actualmente la desconfianza en el sistema alimenta el fraude, sabiendo que se burla el pago de impuestos y se evaden fortunas a gran escala mediante sociedades interpuestas con ayuda de los propios bancos suizos o no suizos, los pequeños se preguntan: ¿voy a ser yo el tonto de turno? El asunto tiene dimensión internacional, aunque resulta incomprensible que los gobiernos no se hayan unido para modificar la legislación y proteger los intereses de la mayoría de ciudadanos de esta aldea global. La lista se entregó por Falciani al gobierno francés en 2009 y éste los dio a España en 2010. De esta información, en plena crisis/estafa, nacen dos amnistías fiscales de los gobiernos sucesivos del PSOE y del PP. Lo cierto es que hasta ahora y fruto de la filtración de una copia de los datos facilitada a Le Monde y al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, no hemos conocido los nombres. Nuestros gobiernos “democráticos”, para protegerse a sí mismos y no cabrearnos más, han obviado estas menudencias que han puesto de manifiesto los oscuros métodos de la banca internacional. Sin embargo, en EEUU, estas prácticas bancarias ya han costado sanciones tanto al HSBC como a Credit Suisse y UBS. En Bélgica y en Francia se han iniciado acciones contra los directivos del HSBC pero en España, estamos en la siesta, cuando despertemos haremos algo, ha dicho Montoro.

El que no esté en la lista Falciani, no es nadie y a un don nadie ¿quién lo protege? Tenemos en España muchos menos inspectores por cada mil habitantes que en el resto del vecindario europeo y a los que quedan, ya les ha señalado Montoro las prioridades: cuando acaben con la lista de fontaneros, abogados y mecánicos pasaran a los carpinteros, electricistas y peluquerías (más o menos, ya me entienden). Cada día nuevos nombres se van a ir haciendo públicos, se trata de evitar que nos dé un infarto, pero del asombro no nos saca nadie. Vivimos rodeados de tanta mentira que resulta imposible soñar con un futuro mejor cuando los tiburones nos están comiendo por los pies. Viviendo en el reino de la hipocresía resulta sencillo constatar, una vez más, que enunciar loables principios morales es bastante más fácil que cumplirlos. Como decía Groucho Marx, claro que quedan hombres de principios, lástima que nunca los dejen pasar del principio.

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La encuesta de Bárcenas

Año de nieves, año de bienes. Algo de nieve hemos visto esta semana pero también a los ríos desbordarse anegando cosechas, haciendas y esperanzas. En esta vida las malas noticias, en invierno y en verano, siempre afectan a los mismos. Estos días huracanes de datos han barrido la península. La gran banca aumenta sus beneficios más de un 27% en 2014, en concreto 9.756 millones de euros, lo que anticipa “el cambio de ciclo económico ante la incipiente recuperación de la actividad”. El paro ha subido durante el mes enero en 77.980 personas, hasta situarse en 4.525.291 desempleados. Además la afiliación a la Seguridad Social ha caído en casi 200.000 cotizantes, sin olvidar que los contratos que se realizan son cada vez más cortos y precarios. Como vemos, en una crisis tan brutal y de origen financiero, los primeros en salir de ella no son los que la han pagado con el sudor de su frente, donde los síntomas de recuperación no se advierten ni con la ayuda de la lupa sino los que la originaron.

En este marco lo que desanima a la ciudadanía no es la ola de frío polar que nos anuncian los hombres del tiempo. En invierno siempre hiela, así que de esta crisis de temperaturas seguro que salimos a lo más tardar en primavera, un alivio indudable para el elevado número de españoles que ha perdido su capacidad de poder calentarse con dignidad en su casa. Lo malo es que, incluso en primavera, los empleos seguirán siendo escasos, pues según la OIT hasta el 2019 el paro se situará por encima del 20%.

Mientras sobrevivimos al frío, el último sondeo de intención de voto del CIS ha subido la temperatura del escenario político, ya de por sí bastante caldeado. El PP se sitúa a la cabeza de intención de voto con un 27%, pese a perder muchos apoyos crece un 2% respecto del último barómetro, por detrás tenemos a Podemos (23,9%) y como tercera fuerza política, el PSOE (22,2%), con un líder mejor valorado (3,68) que Rajoy (2,24), ambos lejos del aprobado. Todo indica que el ascenso de Podemos, sostiene al electorado del PP y erosiona al del PSOE. Puede que la cocina del Centro de Investigaciones Sociológicas haya actuado a favor del poder pero todo indica que el tablero político se está alterando. En este país de políticos poco inclinados a la autocrítica y demasiado propensos a la exageración de los errores ajenos y a la ocultación de los propios, todos andan haciendo reflexiones. Hay mucha incertidumbre y en un año con cuatro citas electorales cruciales, va a resultar apasionante ir conociendo la opinión real de los ciudadanos expresada a través de las urnas. Los que ostentan el poder, ya sean PP o PSOE, según los territorios y municipios buscan frenar la erosión que les está causando el descontento entre sus votantes, tan fieles en otros tiempos. Va a ser difícil que sostengan el bipartidismo al que van dirigidos gestos como la reciente aprobación del pacto contra el terrorismo yihadista entre los dos partidos mayoritarios.

El PP tiene la ventaja de que circula por el carril derecho casi en solitario, pero va a resultar complicado que mantenga mayorías tan holgadas como las que actualmente sostienen sus gobiernos. El tablero por la izquierda está más dividido y no es posible saber ahora si finalmente el vértigo electoral dejará al PSOE en segunda posición o será rebasado por Podemos. El tiempo lo dirá. De momento todo el mundo se atreve a dar consejos a los ciudadanos. Los grandes bancos, mientras exhibían el crecimiento de sus beneficios, nos han advertido de los “riesgos” que entraña que en los procesos electorales que se avecinan no se vote con suficiente cabeza, es decir, a aquellos que protegen su estabilidad y la pujanza de sus negocios en contraposición a nuestras empobrecidas rentas. Como anécdota curiosa, aunque también como síntoma, me admiro de la opinión del hijo de Luis Bárcenas, el guardián de la caja B: “Mi padre está convencido de que al final cundirá el pánico, triunfará el miedo y volverá a ganar el PP”. Cosas veredes, amigo Sancho.

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Ya ha sucedido

Lo que decían algunos que iba a ocurrir ya ha sucedido. Syriza ha llegado al gobierno de Grecia y los poderosos del mundo y aquellos a los que no les gustan las caras nuevas como declaró el sempiterno Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, están que trinan. La expectación que han levantado en todo el mundo las elecciones de un país cuya economía supone algo más del 2% del PIB de la Eurozona, no tiene precedentes. Y no los tiene porque nunca tantos ciudadanos europeos se han visto reflejados en el espejo griego, sobre todo en los países del sur.

El empobrecimiento y el nivel de sufrimiento de la población en el país heleno ha sido más rápido y extremo que en el resto pero es evidente para cualquiera que la mancha de aceite se extiende. Miremos España, a los salarios cada vez más bajos y a los trabajos volátiles hay que añadir el saqueo de los servicios públicos con un deterioro tan obvio que hasta los Defensores del Pueblo acaban de denunciarlo. Es decir, vamos hacia un desmantelamiento progresivo e intencionado de todo aquello que nos igualaba y nos enorgullecía como ciudadanos: sanidad universal, educación garantizada y derechos individuales respetados. Todo esto es lo que estamos perdiendo desde que comenzó esta crisis. Si les parece poco lo que habíamos conseguido en treinta años piensen que vamos camino de tener mucho menos si esto no se frena a tiempo. Si en España en 2010 la deuda estaba en torno al 62% del PIB, ahora está prácticamente en el 100% y en Grecia supera el 175%. Todos estamos percibiendo las consecuencias de una política de falsa austeridad impuesta a rajatabla por Alemania que está lastrando el crecimiento sin llegar a rebajar claramente el nivel del endeudamiento de los países. Hablo de falsa austeridad porque siguen intactas las estructuras clientelares del poder, asesores, liberados a buen sueldo, fundaciones, organismos públicos sin contenido pero con estructuras directivas bien pagadas, diputaciones, gastos protocolarios y ahora de cara a las elecciones municipales fuegos artificiales y obras innecesarias que habrá que pagar en años sucesivos. No se han atrevido a cortar ese derroche y han preferido tocarnos, además de eso que usted está pensando, nuestros derechos, nuestros servicios y, sobre todo, nuestra dignidad. España camina a toda velocidad hacia el siglo XIX y, como dice el profesor Santos Juliá evocando a Ortega y Gasset, con un mercado creciente y un Estado menguante camino de convertirnos, como entonces, en una sociedad de socorros mutuos.

Pero volvamos a Grecia, ahora que todos repiten hasta la saciedad que Grecia debe pagar su deuda yo también quiero que, con igual diligencia, la paguen los bancos y cajas rescatados. Cierto es que Grecia mintió para entrar en el euro aunque parece que mentir mintieron todos, pero siempre fue más fácil abofetear a David que a Goliat, los chulos siempre se ensañan con los más débiles.

Tsipras acaba de formar su gobierno (sin mujeres, por cierto) y ha declarado que se siente  autorizado para iniciar un cambio “radical” que restaure la soberanía nacional, negociando con responsabilidad con los acreedores internacionales. Yo carezco de información privilegiada pero intuyo que algo va a ocurrir en las negociaciones que va a iniciar el gobierno heleno y puede que sea en beneficio de todos, y ello por dos razones, porque la actual política económica impuesta por Alemania y aceptada sumisamente por el resto de países, traicionando incluso sus ideologías, tiene a Europa estancada y sin apenas crecimiento. Si lo único que crece es el descontento en amplias capas de la sociedad europea lo que se está propiciando son movimientos políticos que los partidos tradicionales llaman extremistas o radicales, les asusta Syriza pero ahí está Marine Le Pen en Francia, eso sí que da miedo. Por tanto, éste y no otro es el momento de frenar la marea. O se restaura la complicidad con el ciudadano o puede ocurrir lo que anuncia un dicho que corre por Internet, “si os hacéis los suecos, nos haremos los griegos”.

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Quererlo todo

Tenerlo todo y querer más. No hablamos de amor, sino de avaricia. Esto es lo que se deduce, una vez más, del informe anual de Oxfam Intermón. La conclusión es clara: la riqueza mundial se concentra en manos de una élite cada vez más reducida. Según los datos de Credit Suisse desde 2010, el 1% de los individuos más ricos del mundo ha incrementado su participación en el conjunto de la riqueza a nivel mundial. En 2014, el 1% más rico poseía el 48% de la riqueza mundial, mientras que el 99% restante posee el 52%. Y de ese restante 52% es dueño el 20% más rico de la población mundial, de modo que el 80% que queda sólo posee un 5,5% de la riqueza global de este mundo cada vez más desequilibrado socialmente.

            Esta demoledora crisis no nos ha demostrado que vivíamos por encima de nuestras posibilidades sino que algunos se enriquecieron y se enriquecen muy por encima de lo aconsejable para no insultar la dignidad de la mayoría. Si esta tendencia se mantiene, en sólo dos años el 1% más rico de la población acaparará más riqueza que el 99% restante. La crudeza de los datos es demoledora, hasta el punto de que es necesario no sólo un debate social profundo sobre lo que está pasando en el mundo, sino que se precisa tomar conciencia de que la prioridad de los próximos decenios debe ser frenar el incremento de la desigualdad. Esta fatalidad no puede ser aceptada con resignación sino que deben adoptarse medidas políticas y económicas que frenen tan terrible desproporción que crece exponencialmente según se alarga la crisis.

             Es de agradecer que economistas rigurosos, como el francés Thomas Piketty, hayan puesto con éxito este debate encima de la mesa. Su trabajo de investigación, teniendo en cuenta las series históricas sobre la acumulación de la riqueza, es un indudable instrumento que deber ser utilizado. Ya saben que la enumeración de datos y cifras generalmente nos aburren pero, como él mismo señala, “negarse a usar cifras rara vez favorece a los más pobres”, sin olvidar que “quienes tienen mucho nunca se olvidan de defender sus intereses”.

            Mientras esta realidad se nos muestra los lobbys, es decir los representantes de las élites dominantes, campan a sus anchas por todo el planeta preservando sus intereses doblegando voluntades y controlando gobiernos para salvaguardar los sectores donde tienen invertidos sus capitales. El sector farmacéutico, el sanitario y el financiero son ahora los ámbitos más importantes que tratan de proteger intentando sobre todo que los recursos públicos no se distraigan en favorecer a la mayoría de la población. Lo estamos viendo en España con claridad con fármacos como el de la hepatitis C o con las privatizaciones sanitarias alentadas por los gobiernos y que son adjudicadas a quienes en otros momentos invirtieron en la construcción y en la especulación inmobiliaria. Esto es lo que hay y éste es el fruto de un capitalismo salvaje que no encuentra en la política, es decir en los gobiernos, el contrapeso necesario para equilibrar la balanza en favor de la mayoría. Tras la caída del muro de Berlín se pensó que los mercados podían autoregularse solos, los gobiernos se volvieron perezosos, favorecieron la desregulación financiera y hasta aquí nos han traído por cerrar los ojos, sin olvidar que nos han mutilado la capacidad de decisión democrática a los ciudadanos. Para que la prioridad sea, como lo fue tras la Segunda Guerra Mundial, favorecer un reparto más equitativo, al menos un poco más equitativo que el actual, el ejercicio de la política, es decir, la acción de los gobiernos, debe orientarse de nuevo a representar a la sociedad y no a las élites dominantes. No pueden mirarnos a los ojos para convencernos de que no existe otro camino porque, sencillamente, es mentira.

          

 

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.