La Rioja
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Prueba de vida
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María Antonia San Felipe | 06-03-2014 | 23:42| 0

         

          El hijo de Leopoldo Panero y de Felicidad Blanc, llamado también Leopoldo como su padre hoy, 6 de marzo de 2014, a los 65 años, ha sido abrazado por la muerte aunque es muy posible que él llevara tiempo esperándola. En realidad la muerte siempre le había inspirado. Se le ha tenido siempre como un poeta maldito por su continuo deambular por los submundos, por las cloacas de la vida siempre tan próximas a la muerte. Él odiaba esa leyenda pese a que se consideraba una reencarnación de otro poeta maldito por excelencia, Charles Baudelaire. El 27 de octubre de 2001, explicaba en El País, que estaba harto de ser Leopoldo María Panero y que “todo ese rollo del malditismo vendrá de que tiene morbo que esté en un manicomio”.

         Ciertamente en los manicomios pasó gran parte de su vida, aunque él creía “que la psiquiatría era una estafa”, como ya había demostrado Foucault. “Los manicomios, las cárceles y los cuarteles son lugares de privación de la vida. Los manicomios son el Estado de no-derecho, por eso para mí salir de aquí cada día es como el descendimiento de la cruz. Por la noche vuelven a clavarme”. Y-añadía Panero- “Aquí odian el pensamiento como en toda España. Por eso delirar y soñar es una defensa. Y por eso para curarte se empeñan en quitarte las fantasías”. Yo no sé qué pensareis vosotros pero yo nunca he visto tanta clarividencia.

         Hace dos años, en la Feria del Libro de Madrid vi a Leopoldo María Panero en la caseta de la editorial Huerga y Fierro, presentaba su Antología Esencial, bajo el título Sobre la tumba del poema. He de confesar que hablar con él me supuso una sensación contradictoria: el poeta me imponía respeto y admiración sincera, pero el hombre me pareció que vagaba desesperadamente por un mundo que, al menos a él, le resultaba tan incomprensible como inaceptable. Sentí, que aquellos días Panero en realidad transitaba a través del dolor o al menos eso me pareció a mí.

          Le dije que quería comprar su libro, su último libro que era el que se presentaba ese año y él me contestó que prefería que me llevase otro publicado en el año 2002, Prueba de vida. Autobiografía de la muerte. Yo le dije que ya lo tenía y el editor le insistió en que entoces era mejor que me comprase el otro. Pero él me explicó que a él le gustaba más y que por tanto prefería que me llevase el otro. Garabateó una especie de dedicatoria y yo me fui con los dos libros y una sonrisa embargada de un halo de tristeza.

         En España no se da importancia a los poetas, ¡menudo rollo! Pero los poetas alumbran la reflexión y el pensamiento, son la cordura interior transmitida desde las entrañas y mostrada a los lectores con toda su crudeza y en toda su belleza.

Con todo mi cariño os transcribo unos textos del poeta que se ha ido.

En Last River Together, Endymion, 1980 escribió

El loco:

He vivido entre los arrabales, pareciendo/ un mono, he vivido en la alcantarilla/ transportando las heces, /he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas/ y aprendido a nutrirme de lo que suelto./ Fui una culebra deslizándose/ por la ruina del hombre, gritando/ aforismos en pie sobre los muertos,/ atravesando mares de carne desconocida/ con mis logaritmos./

 Y sólo pude pensar que de niño/ me secuestraron para una alucinante batalla/ y que mis padres me sedujeron para/ ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos./ He enseñado a moverse a las larvas/ sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír/ cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran./

 Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,/ y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien/ «no hay nada que pueda/ ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas» /y «qué oscuro es tu nombre». /He vivido los blancos de la vida,/ sus equivocaciones, sus olvidos, su/ torpeza incesante y recuerdo su/ misterio brutal, y el tentáculo/ suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies/ frenéticos de huida. /He vivido su tentación, y he vivido el pecado/ del que nadie cabe nunca nos absuelva.

Leopoldo María Panero escribió en Prueba de vida. Autobiografía de la muerte lo siguiente:

“Tengo miedo de mí mismo, soy algo parecido a un verso de mi padre, ah terror del poema, terror del instante en que ya nada queda por escribir, y una mano sale de la tumba, señalando el camino a nadie, ah boca del poema, humedad del verso, señor de la nada y de las formas, señor tenebroso del dolor”.

Foto: Mi cariño a Leopoldo Maria Panero. He reunido sus libros para releerlos. Mi recuerdo
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Salvados
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María Antonia San Felipe | 01-03-2014 | 08:15| 0

 

          Sentada frente al televisor creí haber perdido el sentido de la realidad, pensé si no estaría viendo un programa de ficción o una broma de mal gusto de algún periodista desalmado. Cuando iba a frotarme los ojos me pareció que Mariano me hablaba desde el otro lado de la pantalla, se acercaba tanto el plano que tuve la sensación de que estaba sentado en mi sofá, a mi lado. Entonces, sin pestañear siquiera, me preguntó:

         -¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?

         Al darme cuenta de que la frase era del gran Groucho Marx supe que no estaba soñando, sino que estaba viendo el debate del Estado de la Nación mientras que Mariano relataba a todos los españoles sus aventuras como capitán de esa nave maltrecha que se llama España. Mientras, yo repasaba mentalmente todos los datos que nos ofrece la realidad cotidiana: paro, exclusión social, comedores de Cáritas, de Cruz Roja, jóvenes emigrantes, salarios cada vez más bajos, contratos de días y horas, recortes de todos nuestros derechos, servicios públicos colapsados que se sostienen gracias al buen hacer de los profesionales,…Recordé también que tenemos la mayor deuda de los últimos cien años, incrementada en 24 puntos desde que Mariano tomó el timón de la nave. ¡Que no se desanime nadie!, estamos casi como en el desplome de 1898, cuando nuestra deuda llegó a superar el 100% de nuestro PIB, pero no pasa nada, salvo que nuestra fragilidad es tal que cualquier turbulencia puede hundir la nave, sin olvidar, que, según la Comisión Europea, ni vamos a cumplir el objetivo de déficit ni se va a frenar el desempleo hasta dentro de varios años.

          Según  el capitán Rajoy, gracias a su pericia marinera, hemos doblado el Cabo de Hornos con éxito. Ya saben ustedes que atravesar este punto, al sur de la Tierra de Fuego y en la unión de los océanos Pacífico y Atlántico, tiene un toque legendario, casi épico, que elevaba a la categoría de héroes a aquellos primeros navegantes que luchaban contra un mar tan enfurecido que parecía la antesala del infierno. Si los marineros que lo surcaban con éxito tenían ganado el derecho a ponerse un aro en la oreja para demostrar su gallardía, está claro que Mariano ha querido colgarse un medallón de oro a costa nuestra. No olvidemos que, condenados a galeras y sudando la gota gorda, somos los ciudadanos los que hemos remado contra viento y marea, para sostener la nave sabiendo que mientras, en los camarotes de primera, las corrupciones que rodean el poder, hacen que otros atraviesen la tempestad viviendo a papo de rey.

          A estas alturas, ya sabemos quienes van a pagar la factura de la reparación de la maltrecha nave España. No obstante, pretendiendo estar en la realidad, Mariano añadió: “es una gran noticia que ya no caminemos hacia la ruina”. Tuve la sensación de que el señor presidente rememoraba otra frase de Groucho Marx: “aprendan de mí, que he pasado de la nada a la más absoluta miseria”. Digamos que estamos ahora en ese punto, nadando en la miseria económica, política y moral, rodeados de corrupción por todas partes y sin ningún propósito de la enmienda. Seguramente los ciudadanos acabaremos salvando la nave España pese a la impericia de nuestros gobernantes, pero mientras, la distancia entre la realidad y la ficción es infinita. Continuo viendo en la pantalla del televisor la parodia de debate parlamentario y pienso en lo enfadados que algunos están con el periodista Jordi Évole por su programa del 23-F. ¡No se juega con las cosas de comer!, argumentan. Bueno, pues con ellas juegan cada día desde el poder, nos mienten en la cara, nos damos cuenta y en vez decirnos la verdad y pedirnos disculpas, nos siguen engañando mientras les aplaudimos, les perdonamos y hasta les votamos. Yo prefiero que nadie me salve, con mentiras, de la realidad que niegan.

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Morir nadando
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María Antonia San Felipe | 22-02-2014 | 14:50| 0

           Nadan con fuerza sí, con toda la que tienen, llevan años almacenando la energía que proporciona la esperanza de lograr un sueño. Su anhelo es simple, un trabajo y poder vivir con dignidad, en fin, una añoranza universal del ser humano ya sea blanco o negro, africano o americano, chino o europeo. Nadan huyendo de la miseria, del hambre o de la violación reiterada de sus derechos más elementales. Hace unos días, algunos de esos anónimos inmigrantes, agotados de nadar, ya por fin conseguían ver la costa de Ceuta aunque, en ese momento, no pensaban en el futuro sino en la supervivencia. El agua estaba gélida y ellos agotados, braceaban ateridos y anidaban la angustia de no alcanzar nunca la playa. Sabemos que, al menos quince, llegaron a ella cuando ya la muerte les había arrebatado toda esperanza. A falta de pocos metros, en la imponente oscuridad del mar, comenzaron a escuchar disparos, se asustaron, no entendían qué pasaba. Hubo un momento en que el desconcierto y el miedo superaron el impulso de sus brazos, sucumbieron ante la fuerza del mar y de un material antidisturbios disparado cumpliendo órdenes de algún energúmeno que dice defender la integridad de nuestras fronteras y de España. No son invasores armados sino personas con más valentía y grandeza moral que la que han mostrado el director general de la Guardia Civil, el ministro del Interior y, con efecto retardado, como siempre, el propio presidente del gobierno Mariano Rajoy, que enmudece ante los problemas exhibiendo ese toque de cobardía que adorna todos sus silencios.

          Mientras los inmigrantes subsaharianos nadan para intentar entrar en España y en Europa, muchos españoles emigran a otros países a buscarse un futuro que aquí ya no encuentran. En realidad, inmigrantes o emigrantes, personas iguales y sueños parecidos. Hay una diferencia, afortunadamente nuestros compatriotas no tienen que ir nadando a sus destinos, sería terrible que los recibieran a pelotazos de goma como señal de bienvenida. Todo es demasiado tétrico y las explicaciones y las reiteradas mentiras que nos están dando darían risa si no estuviéramos hablando ante quince cadáveres de personas que, en vez de recibir ayuda, fueron atemorizados hasta ahogarse en presencia de una patrullera española que no hizo nada para socorrerlos. Ante una intervención de carácter humanitario no hay frontera que sirva de excusa para no intervenir y el argumento de que los disparos de balas de goma eran disuasorios es además de inhumano, una excusa de descerebrados. Unos hombres agotados de nadar, sin más ayuda que la de sus brazos ¿qué esperaban que hicieran, volverse de nuevo a nado por donde habían venido? ¿Qué levantaran los brazos en medio del mar para entregarse? Desgraciadamente no sólo se han violado las leyes sino los más elementales principios de humanidad. No es fácil el problema de la inmigración, pero hay procedimientos para repatriar a las personas que entran ilegalmente en un país sin recurrir a estos vergonzosos e incalificables métodos. Si hubieran venido con maletines llenos de dinero, aunque fuera de ilícita procedencia, habrían sido recibidos por las principales autoridades del Estado, el dinero no tiene ni color ni raza y la desvergüenza tampoco.

           Me pregunto si algún día llegaremos a saber quien dio las órdenes a la Guardia Civil para actuar de forma tan intolerable desprestigiando así la trayectoria de una institución a la que dicen defender. Está claro que aquí nadie va a pagar por esto. Por cierto, apuesto que Suiza, aunque va a limitar la entrada, incluso de ciudadanos europeos, agasaja a los políticos españoles que viajan con maletines a sus bancos. Me indigna que, aunque cada semana aparece un chorizo nuevo, aquí nunca pasa nada. Yo, como española, me muero de vergüenza ante tanta variedad de sinvergüenzas.

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El tiempo lo dirá
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María Antonia San Felipe | 15-02-2014 | 09:00| 2

         

          Por mucho que uno se tape los ojos para no ver, la realidad no cambia por ignorarla. Eso es lo que le pasa a la Casa Real que se resiste a aceptar que las cosas han evolucionado de forma radical en este país en los últimos años. El cambio en la percepción de la realidad política en la mayoría de los españoles es hoy una clamorosa verdad, la crisis nos ha descubierto de forma despiadada el cenagal que habitábamos en los últimos años. Copiando a Muñoz Molina, podemos decir que todo lo que era sólido se ha desmoronado ante nuestros ojos y cómo no, también la monarquía.

          Muchos, incluida yo, hemos sostenido en muchas ocasiones que la disyuntiva entre monarquía o república no era un debate prioritario ya que el juancarlismo estaba, aparentemente, bien asentado en España y otras eran nuestras preocupaciones. Las encuestas demuestran que la credibilidad y aceptación de la institución monárquica están en franco declive y, como en el caso de la desafección hacia la clase política, los verdaderos causantes del deterioro son los propios interesados en contar con el favor de su pueblo. Hoy, son precisamente los jóvenes los más alejados de la actual monarquía. Conocen la democracia y al Rey desde que nacieron, no tienen recuerdos de la dictadura ni del intento de golpe de estado de 1981 y su formación les permite comparar el mundo. Heredar la jefatura del estado, en un país democrático, es un anacronismo histórico que se aceptó en la transición para salvar otras partes del entramado constitucional, político y social que se consensuó en su momento.

          A fecha de hoy, se ha desvelado con claridad que el entorno del Rey vivía en una sensación de impunidad semejante a la de los políticos que retribuían al duque de Palma, con dinero público, por ser vos quien sois. El propio don Juan Carlos ha gozado de la protección y silencio de la prensa, de la complicidad de los dirigentes políticos de los sucesivos gobiernos de la democracia y él no ha estado siempre, por lo que hoy sabemos e intuimos, a la altura de las circunstancias. Envuelto en crisis, el pueblo soberano vive en la amarga incertidumbre del día a día, parado o en la amenaza de estarlo, con sueldo menguado para afrontar un mes infinito, con familiares a su cargo, viviendo de la pensión del abuelo o de la caridad del vecino y sin entender ni compartir lo que está pasando. Nadie cree en los cuentos de hadas y con hartazgo se exige transparencia en la gestión del dinero público e igualdad real ante la ley. Por toda esta realidad asfixiante, la vergonzante y vergonzosa declaración ante el juez Castro de la infanta Cristina, que de pronto ha olvidado el origen de su elevado tren de vida, no va a solucionar el problema ni va a acortar el calvario de la casa del Rey. La estrategia de defensa de sus abogados estará jurídicamente justificada para lograr su absolución pero la insultante amnesia de Cristina de Borbón no apacigua la sangría que ha desgastado irreversiblemente al propio Rey. Rafael Spottorno confesó que este asunto estaba siendo un martirio para la familia real. No es de extrañar porque en palacio, acostumbrados a estar bien protegidos, ni advirtieron que el edificio goteaba hacía tiempo ni que se aproximaba un imparable tsunami.

           Modestamente señalo que si algo de inteligencia queda en los estrategas de Zarzuela debieran comenzar a abrir los ojos ante la realidad que se niegan a admitir. En mi modesta opinión deben plantearse una sencilla disyuntiva, deben elegir entre salvar al Rey o a la Monarquía. Si eligen lo primero que nadie se extrañe que de la mano de Urdangarín y de su enamorada esposa la marea republicana arrase la totalidad del edificio monárquico. Si eligen lo segundo, la abdicación del Rey puede frenar el ciclón, al menos momentáneamente. Que su majestad decida en consecuencia, que la justicia juzgue a la luz de la verdad y que el pueblo se manifieste en libertad. Está claro que pronto algo va a cambiar, aunque eso el tiempo lo dirá.

 

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El olvido está lleno de memoria
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María Antonia San Felipe | 08-02-2014 | 09:29| 2

          “Hay quienes imaginan el olvido/como un depósito desierto/ una cosecha de la nada y sin embargo/el olvido está lleno de memoria”. El viento del invierno me ha refrescado estos versos de Mario Benedetti al contemplar lo que ocurre en nuestra querida España. Terminaba la semana con el partido del gobierno reunido en Valladolid, allí sus dirigentes se enorgullecían de la multitud de batallas ganadas en su lucha contra la ciudadanía tras someterla a tal cantidad de torturas cotidianas que van a resultar inolvidables para muchas generaciones. Dijo Dolores de Cospedal que en España o “es el PP o la nada”. Podemos decir que es, en esa miserable nada, donde nos han colocado. Pareciera que los dirigentes del PP hubieran olvidado todo lo que prometieron. Como no es posible andar tan desmemoriados es fácil concluir que nos toman por el pito del sereno. Los pilares de su programa electoral fueron básicamente: crear empleo, bajar impuestos, no poner dinero público para salvar bancos y no tocar ni educación ni sanidad ni servicios sociales. No hace falta que les recuerde a ustedes lo que han hecho. Unos días después de su glamurosa convención, que terminó con una carga policial desmesurada contra los manifestantes, las cifras de paro fueron elocuentes: 113.097 desempleados más y 184.031 afiliados menos a la Seguridad Social en el último mes. En resumen, un millón de parados más desde que Rajoy es presidente. Las explicaciones que dieron al desastre humano del paro fueron hilarantes.

          Protagonizan una película de los hermanos Marx, un despropósito tras otro y tras tirar todo al contenedor de basura la única promesa prioritaria es la modificación de la ley del aborto. El general Gallardón ha decidido que las mujeres serán madres aunque no quieran. Él no piensa abdicar de su programa ni del apoyo que le otorga el presidente del gobierno, a cuya superior jefatura se debe porque su efímero poder, que tanto adora, proviene del dedo de Rajoy. Al ministro de Justicia debiera preocuparle más acabar con la corrupción en España que con los derechos de las mujeres y más hoy que la Unión Europea ha advertido que España, además de campeona del paro, es líder en corrupción pública. Pero esto para Gallardón no tiene importancia. Él solo se ocupa de proteger a los imputados por corrupción con la ayuda de la fiscalía. Claro que para combatir con eficacia este cáncer habría que hacer tal limpieza que pudieran acabar echándole a él.

          Aquí en nuestra tierra, en La Rioja, que tanta transparencia prometen y jamás practican, mediada la semana, el juez Ruz citó a declarar al secretario general del PP riojano y a su gerente para que detallaran si la compra de su sede por un millón y medio de euros, ¡ahí es nada!, pudo hacerse con dinero negro, posteriormente blanqueado por Luis Bárcenas y de nuevo remitido a La Rioja. Esto ocurrió en 2008 y ¡oh, sorpresa!, ni Carlos Cuevas ni la gerente se acuerdan de nada de nada. Ellos, que tanto recuerdan los errores ajenos aunque sean del siglo pasado, dicen que mágicamente aparecieron 200.000 euros en su cuenta y se enteraron cuando vieron el extracto. Esto no me digan que no es un milagro. Deduzco, con toda lógica, que si el ministro del Interior, Fernández Díaz, ha declarado que España va mejor porque Santa Teresa de Jesús vela por nosotros, quizás, en algún rato libre mi querida Santa Teresa, multiplicó la pasta de la cuenta del PP en vez de hacerlo con la de Cáritas, el Banco de Alimentos o en la Cocina Económica como Dios manda.

           Como dice Benedetti “en el fondo el olvido es un gran simulacro/Nadie sabe ni puede/aunque quiera/olvidar”. Yo confío en que Santa Teresa y la Virgen de Valvanera iluminen nuestra memoria de ciudadanos reiteradamente burlados para que no olvidemos que además de tomarnos por tontos quieren que comulguemos con ruedas de molino.

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¡Claro que podemos!
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María Antonia San Felipe | 01-02-2014 | 08:56| 0

          Cuentan los que dicen que saben que las cosas están cambiando en España. Insisten los que viven en Babia, simulando que trabajan en el gobierno, que tras el viento huracanado, que ha dejado a una cuarta parte de la población activa en el paro y empobrecido al resto, que este año va a ser recordado por ser el de la recuperación. Ya sé que ustedes son tan incrédulos como yo respecto de lo atinado de esta afirmación pero, por primera vez, se lo aseguro estoy de acuerdo. Creo firmemente que todo indica que este año va a ser el de la recuperación, con mayúsculas, de la moral ciudadana. Todo indica que, tras años de inocular en los españoles la semilla de la indignación, han florecido los primeros brotes verdes, fruto del trabajo de esa parte de la sociedad que decidió un día, contra el pronóstico de las autoridades, defender con tesón lo que es de todos, lo público.

            La retirada del proyecto urbanístico de Gamonal fue el primer síntoma de este nuevo tiempo que se abre ante nosotros, pero la paralización de la privatización sanitaria en Madrid, como consecuencia de un recurso interpuesto por la asociación de médicos Afem y el apoyo de los colectivos agrupados en la “marea blanca”, ha constituido un éxito notable de la movilización ciudadana. Lo conseguido en este segundo caso es algo más que un varapalo político en toda regla al heredero de la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, que no conoce día de gloria. El mantenimiento de nuestra sanidad pública ha suscitado siempre un amplio consenso. En esta dichosa crisis hemos sacrificado muchas cosas y pagado cara la factura de los desmanes del sistema financiero, pero la mayoría de los ciudadanos no están dispuestos a aceptar que se desmonte pieza a pieza un sistema sanitario que era, hasta ahora, ejemplar.

          No es verdad que la gestión privada de la sanidad sea ni más eficiente ni más barata ni de mejor calidad que la pública. Según la sentencia, el dimitido Javier Fernández-Lasquetty y su equipo no han conseguido demostrar esos supuestos beneficios en el cambio del modelo sanitario. Sus datos económicos han sido rebatidos y han aclarado que la gestión pública es más barata y ofrece mejor servicio al paciente. Nuestros ojos inocentes, pero no imbéciles, han visto con nitidez que la privatización de los hospitales y de los centros de salud era una excusa para proteger, en vez de la salud, un negociete para hacer ricos a algunos, como hace unos años enriquecieron a otros (o a los mismos), a cambio de mordidas, con recalificaciones de suelo o adjudicaciones de obras, tan supermillonarias como innecesarias. Ya ni sorprende recordar que los dos Consejeros que precedieron al dimitido Lasquetty están imputados por prevaricación y cohecho. En este país, en el que todo huele a podrido este éxito de la movilización ciudadana abre caminos para la esperanza de que no todo está perdido si hay unidad a nivel de calle.

            Pero recuerden que, tras la sentencia, el gafe de Ignacio González y su partido han dado marcha atrás no para satisfacer a los madrileños, que han mostrado un rechazo mayoritario, sino por una cuestión táctica. El poder que administran tiene fecha de caducidad, hay elecciones dentro de año y medio y deben vestir trajes de cordero de cara al próximo carnaval para poder renovar sus mandatos. Afortunadamente, esta vez tendrán que aclarar qué piensan hacer con la sanidad porque los ciudadanos durante la crisis hemos abandonado la inocencia y hemos recuperado la conciencia social. Hoy saben ellos, igual que nosotros, que unidos podemos, sí, claro que podemos. Podemos cambiarlos a ellos y evitar que destruyan lo mejor que tenemos. No soy original, lo dice todo el mundo, pero no olviden que si queremos, podemos; ¡claro que podemos!

 

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Mudos y ciegos
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María Antonia San Felipe | 25-01-2014 | 11:51| 0

         

            El íntimo deseo de muchos gobernantes es que el pueblo soberano permanezca mudo y ciego y si ha de oír algo que sea solamente a los portavoces del poder y a sus emisarios mediáticos. Un pueblo que vive engañado es más dócil y aguanta mejor las penitencias impuestas por la arbitrariedad gubernamental. El problema es que hemos llegado a un punto que, incluso con los ojos cerrados, vemos con claridad lo que está pasando con esta maldita crisis propiciada por los poderes económicos para acabar con aquellos modelos de sociedad que habían conseguido, en las últimas décadas, recortar las desigualdades con un reparto un poquito más equilibrado de la riqueza.

          Esta semana la ministra del Empleo se ha gastado millón y medio de euros en contarles a muchos jubilados que su pensión ha subido 65 céntimos o poco más de un euro. Un gasto muy necesario ahora que se suprimen médicos y maestros o se cierran guarderías. Por su parte Rajoy y sus muchachos no tienen otra preocupación más relevante que dilucidar si la infanta Cristina de Borbón y Grecia hace el paseíllo a pie, a caballo o en coche hasta presentarse a declarar ante el juez Castro, obligada por las circunstancias y por las leyes del reino de España.

          Mientras ellos se entretienen, hemos conocido el informe de Oxfam Intermón explicando que el 1% de las familias más poderosas acapara el 46% de la riqueza del mundo y que en España, las 20 personas más ricas poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de su población más pobre. Los datos no nos cogen por sorpresa, lo sabemos y vemos a nuestro alrededor situaciones personales y familiares en el límite de la resistencia y vulnerando los principios que preservan la dignidad humana. El problema, como siempre, es de redistribución de la riqueza para cimentar una sociedad más equilibrada. Sorprende que ante el inicio del Foro Mundial de Davos haya sido el papa Francisco el que haya puesto el dedo en la llaga de la hipocresía política. Ha recordado algo que debiera inspirar la acción de cualquier gobierno democrático, propone adoptar “decisiones, mecanismos y procesos encaminados a una mejor distribución de la riqueza, la creación de fuentes de empleo y la promoción integral del pobre, que va más allá de una simple mentalidad de asistencia”.

          Resulta difícil no suscribir estas palabras pero, a mi juicio, el problema de fondo radica en otro aspecto que también denuncia Oxfam y no es otro que el secuestro continuado de la democracia en beneficio de unas élites económicas que no entienden otro principio que no sea el atesoramiento de la riqueza mundial. ¿Para qué cumplir las leyes si es más rentable burlarlas comprando a quien sea necesario? O, en su caso, los gobernantes modifican las leyes poniendo el estado a su servicio y aquí paz y después gloria. Por eso si queremos cambiar las cosas debemos preguntarnos: ¿si los ciudadanos corrientes somos numéricamente más por qué nos pueden?, ¿no vivimos en democracia? Ya comprendo que esta afirmación parece tan inocente como romántica, el horizonte nunca se alcanza aunque camines hacia él, pero sin verlo nunca nos pondríamos en marcha. Pues eso, que algo ha de hacer la sociedad para cambiar las cosas. Hasta ahora han conseguido domesticarnos con el miedo al futuro y creen que nuestro silencio es asentimiento a los desmanes sociales que se están perpetrando. La gente no tiene miedo a hacer sacrificios para conseguir avances colectivos de la sociedad en la que viven, lo que causa no disgusto sino irritación, es comprobar que la factura de la crisis no la pagan los causantes de la misma sino los ciudadanos de a pie mientras que a otros muchos se les ha obligado a vivir de la caridad y de los contenedores de basura. No propongo incendiar el sistema pero creo que ha llegado la hora de organizar las cosas desde el punto de vista de los intereses de la mayoría. A lo mejor si no han entendido  nuestro mensaje es sólo porque todavía no hemos alzado la voz.

 

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Tiempo de motines
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María Antonia San Felipe | 18-01-2014 | 09:32| 0

 

          Es conocido que la observación es una forma de aprendizaje. Si los que nos gobiernan nos miraran con atención nos comprenderían mejor, acertarían más a menudo y dejarían de llevarse sobresaltos como el de Burgos. La protesta de los vecinos de Gamonal ha supuesto de momento un éxito de la resistencia de un barrio a consentir, en silencio, que se materialice un proyecto urbanístico que no desean y tras el que consideran que hay intereses económicos no confesados para favorecer a un empresario, Méndez Pozo, ya condenado en un caso de corrupción en el que también estuvo implicado el anterior alcalde.

          Hay que reconocer que durante los años de bonanza económica la clase política dirigente se acostumbró a vivir del elogio, el peloteo y el aplauso fácil. Recorrían las calles en loor de multitudes y si algún ciudadano molesto osaba discrepar, los vítores de los adeptos acallaban las protestas. Durante demasiados años la ciudadanía hemos mirado para otro lado ante múltiples desmanes, despilfarros y corrupciones, por eso muchos han terminado por creerse los dueños del territorio y del poder. Sin embargo, ahora muchos españoles se preguntan: “¿Los hemos llevado y elevado a esos cargos por cuatro años con nuestros sufragios para que hagan negocios particulares unos, matuteen otros, se den tono con las medallas y caciqueen los más? ¿Es así como representan los intereses del pueblo…?”[1].

           Tomo prestadas estas palabras de nuestros antepasados que, en 1892 y en años posteriores, llenaron de motines todo el territorio nacional. Eran tiempos dramáticos de caída de la rentas, de empobrecimiento y de emigración. En Calahorra, la protesta de junio de 1892 fue de tal calibre que el ejército sofocó el motín pero no las iras de los calagurritanos. La gota que colmó el vaso fue el intento de trasladar la sede episcopal pero lo que había detrás eran el hambre y la miseria, el elevado precio del pan y el incremento del impuesto de los consumos. Suele ocurrir. De pronto, un chispazo inesperado prende la mecha de la protesta y comienza el tiempo de los motines. Entonces, al igual que hoy, el clima social estaba anunciando el fin de un ciclo y el inicio de otro, cuando los ciudadanos se sienten defraudados por el sistema político imperante el malestar comienza en los círculos cotidianos de la vida de cada uno pero, al final, la protesta gana la calle y la calle termina por cambiar las estructuras de un régimen caduco.

           El primer triunfo de los vecinos de Gamonal ha sido recibido con alegría en la mayor parte de España, pese a los intentos de muchos medios de comunicación, del ministerio del Interior y de la increíble Ana Botella de criminalizar a los vecinos, mayoritariamente pacíficos. Ha ocurrido como con la huelga de la limpieza de Madrid, al final, la mayoría de la gente estaba solidarizada con los huelguistas como lo están con los vecinos de Mataró encerrados en su ambulatorio para defender a sus doctoras. Hasta ahora se han aceptado muchas extralimitaciones gubernamentales con enorme resignación, pero las cosas están llegando a un punto que si no hay una profunda reflexión por parte de la clase dirigente y un cambio de actitud de los gobernantes cualquier día la mecha incendiará este país. Hay que regenerar la política, abrir nuevas vías de participación democrática y debe gobernarse con más humildad, más cercanía y más comprensión. No se pueden fulminar de un plumazo los derechos obtenidos con tesón y esfuerzo colectivo y además hacerlo con desprecio, mentiras y prepotencia hacia el pueblo en el que radica la verdadera soberanía. No es bueno jugar con la paciencia ajena.


[1] El Motín, 16 de junio de 1892

 

 

 

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El martirio del rey
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María Antonia San Felipe | 11-01-2014 | 09:45| 0

          Según cuentan sus paladines, en la casa del rey de España este año se ha vivido como un martirio la instrucción del caso Nóos que afecta a la infanta Cristina y a su yerno Iñaki Urdangarín. Es de suponer que Rafael Spottorno, diplomático de profesión y bregado en mil batallas, haya advertido a don Juan Carlos I que ahora su reinado, si no cambian mucho las cosas, inicia su camino hacia el monte Calvario donde no sabemos cuántas cruces serán clavadas en su día. Puede que haya tres crucificados, como en la Biblia, o pudiera ser que directamente sea inmolada la institución monárquica. Pero no nos engañemos, el desenlace final depende más del Rey que de sus súbditos.

          Aunque nació en la noche de reyes, en su 76 cumpleaños no parece que los Magos le hayan renovado su buena estrella. Todo indica que en el palacio de la Zarzuela dejaron un saco repleto de carbón. Es lo que pasa cuando uno se porta mal y no cumple las expectativas que de él se esperan. Ya nos lo decían cuando éramos pequeños. El regalo de los magos de Oriente al rey de España ha sido múltiple y variado. Le han regalado una encuesta que evidencia el punto más bajo de credibilidad de la monarquía desde su restauración en 1975. En la celebración de la Pascua Militar, el rey de España hizo un discurso, cuyo contenido nadie puede recordar porque todo el mundo estaba más pendiente de si podría concluir la lectura de las frases que le habían escrito para la ocasión. Podemos decir que don Juan Carlos se mostró a los ojos de los españoles con tanto grado de vulnerabilidad como la institución que representa.

           El último regalo, se lo sirvió en bandeja el juez Castro, instructor del caso Nóos, imputando a su hija Cristina Federica de Borbón y Grecia, aunque en realidad el auto de 227 páginas es un obsequio envenenado de la Fiscalía y de la Audiencia Provincial de Palma que, en su afán de proteger el linaje real, han obligado al magistrado a fundamentar con tal detalle el auto que, en vez de una imputación para citarle simplemente a declarar, casi parece la antesala de una condena. Es el riesgo que entraña utilizar los resortes del poder para intentar vulnerar el sacrosanto principio de igualdad ante la ley. Está claro que muchas veces es peor el remedio que la enfermedad y en este caso podemos decir que si no se hubiera tratado de desprestigiar al magistrado y a los inspectores de la Agencia Tributaria, con la complicidad del ministro Montoro, para evitar simplemente que la infanta Cristina declarase ante el juez es posible que a estas alturas el caso se hubiera desinflado. Sin embargo, los errores cometidos hacen que la mayoría de los españoles crean que se está tratando de evitar que se conozca la verdad para evitar las consecuencias, civiles o penales, si las hubiere del mangoneo de los duques de Palma con un montón de administraciones públicas que dilapidaban nuestros impuestos para que los infantes vivieran del cuento pero a papo de rey.

          Ya lo he escrito en otra ocasión pero hoy me reafirmo. Nadie ha convertido tantos españoles a la causa republicana como este infante consorte y su aspiración de tener un trabajo muy bien remunerado sólo por ser vos quien sois. Pero los responsables últimos, los que consintieron sus delirios de grandeza, los que pagaron humo a precio de oro, siguen en sus cargos como Rita Barberá o el propio Gallardón o a la espera, como Matas y Camps, de un trato de favor. Con el debido respeto, majestad, la pelota está en su tejado. El futuro de la institución monárquica está hoy en manos de su clarividencia o de su torpeza, de usted depende que se consolide o que desaparezca, recuerde la historia. Piense que mientras usted se debate en sus reales penas, en España crecen la desigualdad y la pobreza, la corrupción apesta y todo ello fomenta la indignación y la incredulidad y eso, no lo dude, sí que es hoy un verdadero martirio para la ciudadanía.

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Mal de España
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María Antonia San Felipe | 04-01-2014 | 09:50| 0

 

         

          Sin saber por qué cuando finaliza un año y comienza otro hacemos peculiares balances personales o colectivos y en nuestras mentes se fijan pensamientos, se remueven incertidumbres o se incuban esperanzas. A mí el comienzo del año me ha traído, no sé bien la causa, el recuerdo insistente de la muerte del filósofo Miguel de Unamuno. Amanecía el año 1937 cuando el incansable don Miguel fallecía en Salamanca. Fuera de España, en París, otro pensador, José Ortega y Gasset, que había mantenido interminables polémicas con Unamuno, escribía: “Ignoro todavía cuáles sean los datos médicos de su acabamiento, pero sean los que fueren estoy seguro que ha muerto de «mal de España»”. No se equivocaba Ortega, en los últimos meses de su vida a don Miguel le dolía tanto España que probablemente pensó que ese mal colectivo no tenía remedio.

          Eran tiempos muy difíciles para los españoles, no hay comparación posible, aunque sí podemos decir que en los últimos meses muchos ciudadanos padecen de una creciente desazón por España. La frase más repetida del fin de año ha sido: ¡Esperemos que el año que viene sea mejor que éste! Hay una sensación generalizada de que este año se han malogrado demasiadas cosas que, hoy por hoy, parecen irrecuperables. Hay más gente que ha perdido su empleo que los que lo han encontrado, hemos retrocedido en derechos, han empeorado los servicios básicos, hemos perdido poder adquisitivo y sólo ha crecido la desigualdad social, la pobreza y la desesperanza. Por mucho que el gobierno insista en que el próximo año será el del despegue económico, lo cierto es que en la ciudadanía se ha instalado la incredulidad. Son más los que presienten que 2014 será más parecido al año que se ha ido que a uno de bonanza. Otros piensan, como el humorista El Roto, que ha finalizado la recesión pero que ahora comienza la miseria. En definitiva, un cierto pesimismo, cada vez más extendido, nos invade a los españoles desde hace meses. Tenemos la sensación de que este país no levanta cabeza y retrocede en el tiempo del mismo modo que los miembros de la generación del 98 se convencieron de que España, tras el desastre colonial, se alejaba de su pasado esplendor. Pero si al declive económico unimos la miseria moral en la que transita el poder establecido y las instituciones del estado y observamos que no hay ningún propósito de enmienda en la ciénaga de corrupción e impunidad en la que nadan, no es de extrañar que veamos el futuro no negro sino negrísimo.

          Hoy, no obstante, quiero ser optimista. Si hay tanta gente a la que, como a Unamuno, le duele España, algo habrá que hacer para huir a toda prisa de la resignación y el conformismo. Estamos viendo cómo la sociedad está organizando redes de solidaridad para ayudar a los que peor lo están pasando y esto es así porque se ha llegado a tal punto que existe la convicción de que cualquiera puede convertirse en un golpe de mala suerte laboral, en un excluido social, en un mendigo o en un indigente. Este país además de empleo necesita de una regeneración profunda de su sistema político e institucional por ello, en vez de instalarnos en el melancolía, tenemos que ocupar el terreno de la reivindicación, de la reclamación de comportamientos éticos en el ejercicio de la política y de la necesidad de cambiar estructuras de poder que se parecen más a las del siglo XIX que a las que hoy necesitamos. Los inquilinos del poder no son conscientes de lo efímero de sus cargos y de su gloria, ellos creen que lo saben todo, figúrense lo tontos que serán, que decía Unamuno, pero hay algo que desconocen: la fuerza de la razón la tenemos nosotros, ahora sólo nos falta ser capaces de unirnos colectivamente para ejercerla, sólo así podremos vencer y convencer (¿verdad, don Miguel?).

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.