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Corazón helado
María Antonia San Felipe 11-06-2016 | 3:56 | 0

Cuentan quienes tienen memoria y aman a este país que esta España nuestra siempre camina partida en dos, sólo que la división no es por mitades como creen muchos. En la España actual, la que dicen que progresa viento en popa a toda vela, al tiempo que crecen los multimillonarios se multiplican exponencialmente los españoles que viven en la pobreza o se aproximan vertiginosamente hacia ella.

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística en estos años de crisis la brecha entre ricos y pobres ha crecido de forma alarmante. Desde 2007 el número de españoles que declaran un patrimonio superior a 30 millones de euros ha pasado de 230 a 500. Además la Encuesta de Condiciones de Vida del INE desvela que 13 millones de españoles, la mayoría menores de 16 años, están en riesgo de exclusión social por carecer de ingresos o por ser tan escasos que se ven obligados a vivir en la frontera de la dignidad humana. Esta es la verdad de un país que se publicita oficialmente como la cuarta economía de la zona euro, la quinta de la Unión Europea (UE) y la decimotercera del mundo en términos de Producto Interior Bruto (PIB) nominal

Esta realidad cotidiana hace que el 72% de los ciudadanos considere que España va a salir de esta crisis más pobre y más desigual que hace 10 años. No cabe duda de que la intuición ciudadana es certera y para ello no se necesitan estadísticas, basta con mirar alrededor: familiares en paro, hijos sin futuro, amigos que van a Cáritas o sobreviven con la pensión del abuelo. Esto es lo que preocupa y por ello son multitud quienes creen que algo se ha hecho mal, rematadamente mal. Que el Producto Interior Bruto ha crecido en 2015 el 3,2% es verdad, pero salta a la vista que el reparto del pastel, la redistribución de la riqueza, no ha sido equitativo. La desigualdad creciente es el mayor problema social de este país y el principal reto de los próximos años.

Si los españoles perciben esta realidad hiriente hay otra desigualdad que también indigna. Eso de que la Justicia es igual para todos empieza a dar risa y a ser objeto de chirigotas. Acaba de ingresar en prisión Alejandro Fernández, un joven granadino que, en el año 2010, gastó 80 euros en un supermercado con una tarjeta falsa. Ha sido condenado a 6 años de prisión por estafa y pertenencia a banda organizada. Seguramente la cosa no es tan sencilla como nos han simplificado los medios, pero hay otras formas de no truncar la vida de alguien que ha salido del circuito delictivo donde quizás pudo estar algún día. El indulto era una solución y más en un país que ha indultado a banqueros, a políticos corruptos o a otro tipo de delincuentes que avergüenzan a una sociedad adulta. Vivimos en un país plagado de estafadores de cuello blanco, de políticos con manos sucias, de nobles multimillonarios que evaden capitales, de ministros y familiares de comisarios europeos que tienen cuentas en paraísos fiscales, de prevaricadores, traficantes de influencias y una variedad infinita de truhanes que nos dan lecciones desde sus altavoces públicos.  Pero la mano dura del gobierno no se ha cebado contra la corrupción que les rodea, ha caído como un rayo vengador sobre un joven socialmente integrado, que trabaja de camarero y que es feliz con su modesto destino. Puede que a Alejandro Fernández esto le cambie la vida para siempre, pero eso al Consejo de Ministros ni le importa, ni le pesa en la conciencia.

¿Puede extrañar que la gente crea que en España también hay dos justicias? Una para pobres y otra para ricos. Si se sigue por este camino terminaremos conviviendo con una sanidad y una educación para los que puedan pagarla y otras para el resto. Esa es la conclusión del español de a pie, vamos camino de la beneficencia del siglo XIX. No me llamen exagerada, es que me duele el alma. Me pasa como a Machado, siempre hay una España que me hiela el corazón. No hace falta que diga cual, ustedes me entienden.

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El camino de Charlie
María Antonia San Felipe 17-01-2015 | 7:13 | 0

A veces una piensa que la sensatez ha huido de este mundo global en el que habitamos. La intolerancia, la ausencia de piedad y la violencia contra el que es diferente o piensa distinto constituyen la esencia de cualquier fanatismo. El terrible atentado contra el semanario humorístico Charlie Hebdo nos ha sobresaltado a todos, nos ha atemorizado y nos ha puesto frente al espejo de nuestra propia realidad, esa que en ocasiones no percibimos preocupados como estamos por el incremento de nuestros problemas cotidianos. Además de compartir el dolor por los terribles asesinatos perpetrados por los terroristas no es fácil dejar de reflexionar y de preguntarse qué está ocurriendo a nuestro alrededor para que jóvenes nacidos ya en Europa, en el corazón de París, como los hermanos Chérif y Said Kouachi o Amedy Coulibaly y su pareja Hayat Boumeddiene se hayan entregado a los brazos de organizaciones islámicas terroristas y corran a Siria o a Irak a integrarse en las filas del violento Estado Islámico.

Es evidente que los integrismos religiosos han sido siempre un peligro para la humanidad. El fanatismo termina por convertirse siempre en un manantial de violencia y de dolor, es espantoso que la religión pueda ser de nuevo una excusa para destruir a los otros. No va a ser tarea fácil frenar este terrorismo de lobos salvajes que amenaza con extenderse y que se reproduce de forma exponencial cuanto más dolor y alarma causa en Occidente. Si no es conveniente confundir Islam con violencia también resulta necesario que en muchas mezquitas algunos clérigos comiencen a predicar sobre lo erróneo de utilizar la fe como munición para justificar asesinatos. Tampoco puede olvidarse que desde algunos países árabes de Oriente Medio se están financiando las estructuras del Estado Islámico o de Al Qaeda que se entrenan en Siria, Yemen o en Irak. Estamos ante un problema de inmensa magnitud difícilmente abordable en solitario por cada país lo que obliga a una reflexión conjunta sobre nuestras propias flaquezas como única forma de preservar nuestros derechos y nuestra libertad.

No resulta ajeno en estos momentos reflexionar sobre lo que está ocurriendo en Europa donde los movimientos racistas florecen a la sombra del intenso incremento de la desigualdad social. Esta es la principal consecuencia de una prolongada crisis económica y política que amenaza, aunque algunos no quieran verlo, el propio edificio de la Unión Europea. A nuestro lado crece el desempleo, caen los salarios, se incrementa la pobreza y ello hace que el nacional vea con recelo al vecino inmigrante y que éste se crea marginado respecto del primero. La vida cotidiana se convierte en una complicada red de recelos mutuos. De pronto todo el mundo ha tomado conciencia de la fragilidad de su propia situación personal. Es una espiral complicada, a mi juicio mucho más compleja en sus causas que la de los años treinta que propiciaron el ascenso de los totalitarismos en Europa. La asistencia de Merkel a una manifestación con los líderes musulmanes en Berlín me parece oportuna pero sólo como gesto me temo que va a ser insuficiente. Es necesario que los estados de Europa revisen sus medidas de protección de la seguridad colectiva pero hacer sólo eso no va a resultar eficaz. Merkel, principal defensora de una política de austeridad a ultranza que está dando escasos resultados, debiera junto con Francia impulsar un cambio en la política económica. La seguridad a la población no se la van a dar sólo la policía y los cuerpos de seguridad, cuando del corazón de los europeos desaparezcan el miedo a perder el empleo o a no encontrarlo y la incertidumbre diaria se transformen en tranquilidad ante el futuro, seguro que se elimina el resentimiento hacia el otro. Seguramente muchos de esos jóvenes nacidos en el corazón de París, de Berlín, de Londres o de Madrid de padres de origen árabe preferirán proteger a sus familias y a las de sus vecinos antes que entregarse a las milicias del terror islámico. El camino es difícil pero será preciso recorrerlo unidos.

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Las Españas
María Antonia San Felipe 13-09-2014 | 10:15 | 0

Conforme se prolonga esta estafa que llamamos crisis, más se complica cada año el inicio del curso. En los días previos a la apertura de las aulas los padres han ido adquiriendo todo lo necesario hasta donde han podido. No hay duda de que durante este curso se reciclarán muchos libros y se reutilizarán muchos materiales. Es el signo de los tiempos, llegar a fin de mes para los padres que tienen hijos es una misión propia de los héroes de antaño. Según acaba de hacer público EDUCO, “tener más de dos hijos en España aumenta el riesgo de pobreza en un 50%”, sin olvidar “que casi la mitad de las familias monoparentales están en esta situación”. Según los datos publicados están en riesgo de exclusión dos millones y medio de niños, una realidad negada en su verdadera dimensión por las autoridades. A esta situación tan dura hemos de añadir la ansiedad y la desesperanza que debe habitar en esos hogares. Resulta difícil imaginar una convivencia plácida ante tan perentorias necesidades. Es cierto que crece la solidaridad pero también, es necesario decirlo, se observa una enorme falta de sensibilidad por parte de muchos administradores públicos que viven de espaldas al dolor ajeno.

Algo se está haciendo mal, rematadamente mal, cuando un país que durante los últimos treinta años había conseguido recortar las desigualdades, se ha convertido ahora en uno de los países con mayores desequilibrios sociales de la Unión Europea. No es ninguna novedad que la crisis no está pasando igual para todos, ya que mientras algunos viven rodeados de penurias, otros ven como se incrementan sus patrimonios de forma exponencial. De hecho el censo de multimillonarios supera los registros previos a la crisis. Según datos de la Agencia Tributaria que acaban de conocerse, el número de personas que declaran un patrimonio superior a 30 millones de euros en España prácticamente se ha duplicado hasta llegar a 443, frente a las 233 que había en 2007. Sin olvidar que muchos han visto incrementar sus beneficios a la misma velocidad que una gran parte de la población se precipitaba sin remisión hacia la miseria. Conclusión, mientras unos tocan el cielo con las manos otros queman sus vidas en la hoguera de la desesperación.

Sin embargo, nada de esto asusta al establishment político ya que las dosis de aceite de ricino que nos van propinando todavía no han propiciado ninguna revuelta o motín, al estilo de los acontecidos en siglos precedentes, que hagan temblar los resortes del poder. Ahí arriba viven tan tranquilos y como prueba observen el asunto Cañete. A lo largo de los últimos meses la mayor preocupación del presidente Rajoy ha consistido en realizar requiebros en torno a la gobernadora de Europa, Angela Merkel, para conseguir colocar a Luis de Guindos y a Cañete en puestos de relevancia e influencia política en Europa. Luego, con ondear la bandera y decir que todo es por el bien de España creen que nos convencen, pero yo creo que no. Un español de comisario europeo puede ser importante para nuestros intereses como nación, ¿pero qué español? Ha llovido demasiado como para no darnos cuenta de que vivimos en un lodazal. Posiblemente Rajoy todavía no sabe que camina en dirección contraria a lo que la calle demanda. Una inmensa mayoría de españoles exige políticos intachables y comportamientos públicos fuera de toda sospecha. A estas alturas de la película no parece que Miguel Arias Cañete, que antaño hubiera parecido un tipo avispado, pueda pasar hoy la prueba del algodón de la ética que exigen estos tiempos. Su designación para la cartera de Energía y Cambio Climático sabiendo, como se sabe, que tiene intereses y participación en empresas petrolíferas familiares no creo que sea ni estético ni conveniente, salvo que lo hayamos enviado a Europa para hacer negocios. Dicen que España sólo hay una, pero parece que unos y otros vivimos en diferentes Españas.

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El invierno de Europa
María Antonia San Felipe 09-12-2011 | 10:01 | 0

 

      Los datos son incuestionables: “La brecha entre ricos y pobres se dispara al nivel más alto en 30 años”. En España, la desigualdad se ha incrementado claramente en los últimos dos años y está por encima de la media de la OCDE. Es indiscutible que el período de expansión económica más largo de los últimos tiempos no sólo no ha servido para hacernos más iguales sino que, al desembocar en esta Gran Recesión económica o Gran Depresión colectiva (porque deprimidos es lo que estamos), corremos el riesgo de igualarnos cada vez más cantidad de población por la parte baja de la tabla y no es descartable que lo único que quede homogéneamente repartido sea la exclusión social de una gran parte de la pirámide poblacional. Si, como enseñan los economistas, a un período de expansión sigue otro período de recesión de duración semejante en el tiempo, todo indica que para rato tenemos caldo. Claro que como dicen los ancianos del lugar, “pa recesión, hija, los años cuarenta y la cartilla de racionamiento”.
 
      No me quiero poner tétrica pero mientras nuestra actividad cotidiana se dispersa entre los sucesivos ojos de este largo puente constitucional, los parteros, Angela Merkel y Nicolás Sarkozy, preparan el  alumbramiento de lo que se nos anuncia como la nueva Europa. A su nacimiento en Marsella asisten muchos invitados, pero tanto si son jefes de gobierno como jefes de estado, en realidad son sólo eso, invitados al magno acontecimiento cuya principal contribución parece que va a consistir, única y exclusivamente, en asentir al pacto bilateral fraguado entre ambos mandatarios que ya se han convertido, por arte de birlibirloque, en los nuestros. El mismo poder de influencia parecen tener el presidente de la Comisión, Durao Barroso, el presidente del Eurogrupo, Juncker y por supuesto el primero y flamante presidente del Consejo de Europa, Van Rompuy. Confío en que ninguno se rompa el espinazo en las reverencias ante la todopoderosa alemana.

      Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la mayoría de los gobiernos de la periferia europea comienzan a parecer simples delegados especiales de Merkel y Sarkozy en las colonias exteriores. Aunque es prácticamente Angela Merkel quien impone la disciplina y el nivel de sacrificio que debe tener cada territorio. Acabamos de festejar el 33 aniversario de nuestra Constitución, amémosla mientras podamos, porque su reforma nos ha sido infligida in extremis y aceptada por PP y PSOE, sin rechistar, para obtener la contrapartida de que el Banco Central europeo no nos abandone en la crisis de nuestra deuda soberana. Si Merkel estornuda o frunce el cejo, al hablar de la cumbre europea, las bolsas bajan sin remedio y la fiebre le sube a nuestra deuda de forma inmediata. Los ciudadanos comenzamos a aceptar estos cambios y los que van a venir con resignada paciencia y sólo el miedo y las incertidumbres hacen comprensibles nuestra docilidad. No olvidemos que el miedo ha sido históricamente el elemento esencial que ha alimentado y fortalecido a esa minoría de poderosos, de verdaderos poderosos, que termina por dominarnos a la mayoría social. Ya saben, ¡el dinero siempre el dinero!

      En fin, hubo un tiempo en que mirar a Europa alentaba ilusiones de incremento de los derechos y de reducción de la desigualdad, estamos mejor que el tercer mundo, de acuerdo, pero la esencia sobre la que se construye la nueva Europa tiene que ver no sólo con pérdidas de soberanía, que ya está cedida en muchas materias, sino con riesgos de mayores déficit democráticos y con retrocesos en derechos largamente luchados antes de ser conquistados. Ya saben, dentro de nada llegará el invierno, el invierno de Europa, pero no lo duden, nos los venderán como una primavera.

 

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.