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Alicatar y dimitir
María Antonia San Felipe 16-03-2013 | 10:00 | 0

          Dicen las malas lenguas que la dimisión del papa Ratzinguer fue un gesto que humanizó al pontífice y engrandeció su figura a los ojos de muchos fieles y de demasiados agnósticos pero que cayó como una bomba en el corazón de los “cuervos” y de la Curia. Ya se sabe, mostrar la debilidad del cuerpo y la desazón del alma no es propio de quien se alimenta del aliento divino porque pone en duda el infinito poder de Dios y tambalea los pilares de la iglesia católica. No es de extrañar que siendo España una tierra en la que no dimite ni dios, la noticia no fuera una bomba sino un bombazo y algunos cardenales llegaron a pensar que tenían posibilidades ya que sólo un español evitaría que se produjera la molesta contrariedad de un abandono prematuro del papado.

          Mientras los purpurados acudían a Roma a recibir la inspiración del Espíritu Santo conocimos que un exministro británico, el liberaldemócrata Chris Huhne, había sido condenado a 8 meses de cárcel. ¿Cuánto habrá robado este hombre, cuántas prevaricaciones y cohechos habrá perpetrado? Pues nada de eso, lo han condenado por mentir al ser pillado conduciendo a 111 km/hora en una zona limitada a 80 y para evitar que le quitaran el carnet declaró que conducía su mujer, que también ha sido condenada. Esta película podía titularse, “en Londres, mentir tenía un precio”, claro porque en España si así fuera estarían en prisión todo el gobierno, el Congreso, el Senado, todos los presidentes autonómicos y sus gabinetes, el Tribunal de Cuentas y hasta el sursum corda. En Alemania en los últimos meses ya han dimitido dos ministros, el de Defensa y la de Educación, por plagiar su tesis doctoral. Estas cosas a sus colegas españoles les dan mucha risa, entre ellos se animan y se dicen unos a otros: – Jolines, menos mal que aquí vivimos a salvo de tanta pureza de curriculum, entre nosotros nos tapamos las vergüenzas, hoy por ti y mañana por mí.

           Para muestra un botón. El secretario de Organización del PSOE, Oscar López autoriza en Ponferrada una moción de censura con el voto de un antiguo alcalde del PP, condenado por acoso sexual y el acontecimiento se perpetra el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Un merecido homenaje, debió pensar el lince. Se prepara tal lío que se ve obligado a decir que ha sido un error y previo pacto con sus colegas de ejecutiva dice que asume el desliz y que dimite, pero ¡ay, que me da la risa!, sus compañeros, como era de esperar no se la han admitido. Luego, Elena Valenciano dice que el PSOE no puede prescindir de los mejores aunque cometan un error. Y me pregunto, ¿puede el PSOE permitirse una equivocación tan grande que ha quebrado su credibilidad, que ha hecho cómplice del desaguisado a toda la dirección mientras se esfumaban en tan flagrante contradicción muchos votos de la gente que tiene principios y dignidad a prueba de bombas en este país?

          A la lista de despropósitos de estos últimos días hay que sumar las palabras de presidenta de Navarra, Yolanda Barcina al descubrirse que había cobrado unas milagrosas dietas en Caja Navarra, para completar su sueldo, que podían llegar hasta 8.000 euros en un solo día. Según Barcina, esto no es de extrañar porque en esa época hasta el que alicataba cobraba 4.000 euros aunque ahora esté en el paro y que aunque ahora parezca exagerado era la práctica habitual. A bote pronto se me ocurren diferencias, el alicatador cobraba eso al mes y por trabajar muchas horas mientras que, como hemos sabido, los políticos que integraban los Consejo de Administración de las Cajas de Ahorro españolas lo hacían por escuchar y por no tener responsabilidad alguna en su posterior quiebra. Todo muy edificante, han saqueado el país luciendo una alicatada sonrisa sobre un rostro de cemento armado. Pero ellos siempre encuentran un clavo ardiendo en el que sujetarse porque muchos han vivido y viven muy por debajo de la altura moral exigible a un representante público.

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El oportunista atropellado por la realidad
María Antonia San Felipe 01-12-2012 | 12:06 | 0

Es evidente que el pasado fin de semana la realidad atropelló a Artur Mas y lo dejó como en las viñetas de Mortadelo y Filemón remostado en la pared con el pelo un poco despeinado y, eso sí, con la senyera en que se había envuelto en una mano y el resumen de una encuesta elaborada por sus amigos en la otra. Hasta el más despistado, sin hacer ningún esfuerzo,  ha escuchado el golpe de la bofetada: Ploff¿¡¿¡ Pese a sus intentos de recomponer la figura lo cierto es que el oportunista presidente de Cataluña no ha podido todavía sobreponerse a tanta adversidad inesperada a sus delirios. Parece ser que el día en que tomó la decisión de convocar elecciones anticipadas, subió al monte Tibidabo y al contemplar la inmensidad de Cataluña creyó que todo lo que divisaba en el horizonte era simplemente suyo. Bromas aparte, creo que  la lección que ha recibido Artur Mas, hoy transmutado en minilíder convergente, y el resto de su partido deben ser motivo de reflexión para unos y para otros.

Es cierto que en épocas de bonanza cualquiera aparenta ser un buen gobernante: asiste a actividades sociales, inaugura actos, preside galas, corta cintas y besa niños alternativamente, es decir, un día sí y otro también. Cuando las cosas van mal, algunos pensamos que el político debe poner más dedicación e interés en lo que hace y hay que exigirle más capacidad de comprensión de la realidad que a cualquier otro porque para eso eligió el camino de la representación pública de la ciudadanía. El problema de Mas y de su partido es que además de partir de un error intrínseco a la propia esencia de los nacionalistas, que se consideran a sí mismos los verdaderos representantes del  territorio-nación y de los que allí viven, ahora habían creído que sólo ellos eran capaces de interpretar los deseos de los supuestamente representados. La realidad les ha mostrado que ni eran dueños de sus voluntades ni les inspiran la confianza necesaria para entregarles mayorías excepcionales ni siquiera temporalmente. Por eso el fiasco es doblemente inmenso.

Seguramente el sentimiento catalanista es creciente pero cuando por la mañana el ciudadano de Cataluña se levanta lo primero que hace es toparse, no con lo que cuentan esos periódicos que con tanto afán leen los políticos, sino con la realidad que ahora tiene una dureza en lo humano y en lo cotidiano bastante ineludible. Estoy convencida de que cuando una gran parte de la población se asoma cada amanecer al abismo de la incertidumbre del futuro, no quiere que le añadan a su lista de problemas factores que incrementen su inseguridad y la apuesta de Mas era solamente una estela para huir de la verdadera realidad, de esa que los catalanes, como el resto de españoles, quisieran poder cambiar a mayor velocidad y con mejor redistribución de la carga. Los fuegos de artificio son tan hermosos como efímeros y esto es en realidad lo que Mas ha ofrecido a su pueblo pero los ciudadanos, libre y soberanamente, le han respondido alto y claro. Una vez más el ciudadano ha entendido el mensaje que le enviaban desde las alturas bastante mejor que sus gobernantes. Si Artur Mas hubiera comprendido el veredicto inapelable de las urnas habría dimitido antes de que en el reloj, como en la Cenicienta, sonaran las doce campanadas del domingo electoral. ¿¿Dimitir??, ¿qué extraño verbo es ese qué jamás se conjuga en España? Ahora Mas es uno  más, uno de tantos de esos políticos actuales que se niegan a ver la realidad que les rodea y que llevan a sus espaldas dos penitencias, la suya y la nuestra. Pero nosotros desde la calle ya sabemos que quien se resiste a dimitir cuando ha llegado su hora es, aunque se niegue a creerlo, un fantasma que vagabundea por el mundo sin encontrar su destino.

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Ciudadanos ejemplares
María Antonia San Felipe 08-06-2012 | 7:35 | 0

El mundo está lleno de gente sin honor y no hay duda de que en España el número de caraduras por metro cuadrado está por encima de la media europea y universal. El año pasado el ministro de Defensa alemán, Karl Theodor Guttenberg, dimitió de su cargo, tras ser acusado de plagiar su tesis doctoral y hace tan solo un par de meses lo hacía el presidente de Hungría, Pal Schmitt, por igual causa. Christian Wulff, presidente alemán acusado de haber utilizado su cargo para obtener un trato privilegiado en la obtención de un crédito, dimitió en febrero. Como ven, menudencias en comparación con lo que pasa en nuestro solar patrio. En España, nadie dimite ni asume responsabilidades por sus desmanes y lo que es peor, los partidos políticos pastelean para blindar la mera exigencia de responsabilidades a los suyos, no les vayan a causar un disgusto.
Los tres hechos son sencillos ejemplos que ilustran, por mera comparación, la diferencia en los comportamientos públicos en unos países y otros y el nivel de moralidad que los ciudadanos de otros países exigen a aquellos que les representan. Parece que, en este país nuestro, cuando algunos se encaraman a un puesto de relativa importancia, se consideran relevados de exigirse a sí mismos lo que en otro tiempo demandaron a otros. Hoy en día la ausencia de credibilidad que tiene España y uno de los mayores males que la aquejan tiene mucho que ver con la ausencia total de ética en los comportamientos públicos, un mal que alcanza ya a las más altas instituciones del Estado.
Estos días nos sobran muestras de conductas poco ejemplares de ciudadanos que, por sus altos cargos institucionales, debieran ser impolutas, limpias como la patena. Ahí tenemos a Carlos Dívar, presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo riéndose en nuestras narices diciendo que él nada tiene que reprocharse ni legal ni éticamente. Este señor que juzga a otros no puede ser juzgado, ni siquiera pueden pedírsele explicaciones, ya se encargan otros de vetar su comparecencia en el Congreso de los Diputados no vaya a ser que tenga que interrumpir su semana caribeña mientras al resto del personal le incrementan la jornada laboral y le bajan el sueldo. Yo le digo desde aquí: -¿Pero usted, quién se ha creído que es?
En el cuadro de honor pondremos al expresidente de Bankia, Rodrigo Rato, que tras salir huyendo del Fondo Monetario Internacional, sin que jamás se nos explicara por qué, sigue siendo presidente de Caja Madrid adonde llegó aupado por las intrigas políticas de la villa y corte y al que, junto a su antecesor Miguel Blesa, se les quiere exonerar de culpa alguna en la gestión de ese inmenso agujero negro que amenaza con sepultar nuestras finanzas públicas a la vez que nuestro prestigio internacional. Como a este señor le paguen la indemnización de más de un millón de euros que tiene pactada, como se ha hecho con otros arruinadores de cajas de ahorro, es como para pedir que se abran las puertas de las prisiones para liberar y condecorar a todos los raterillos de España que, al menos, no nos van a llevar a la quiebra.
Si esto no es suficiente, ahora viene la taza y media: las amnistías fiscales y urbanísticas, la primera aprobada y la segunda en preparación. Es decir, el que ha defraudado con premeditación y alevosía a la hacienda pública ahora va a ser perdonado e incluso adulado y a aquellos que han construido ilegalmente obteniendo plusvalías excesivas, les van a hacer borrón y cuenta nueva. No me extraña que en este país aquellos que pagan sus impuestos y cumplen disciplinadamente la ley sean considerados sencillamente unos imbéciles sin remedio.
-¡Tonto!, no ves que aquí no va a la cárcel ni dios.

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