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Sí, porque sí
María Antonia San Felipe 03-09-2016 | 8:13 | 0

Rajoy llegó el martes al Congreso viajando entre la pereza y la desgana. En otras palabras compareció en la sede de la soberanía popular porque no le quedaba más remedio. Le hubiera gustado dejar pasar el cáliz del debate de investidura, como ya lo hizo cuando despreció el anterior encargo del Rey, ya que era un fracaso anunciado. Así que, Mariano llegó a pasar la tarde mientras la ciudadanía transitaba por su quehacer diario ajena, de hartura y enfado, a lo que sucedía en el Congreso.
           Está claro que Mariano sigue viviendo en el pasado, es el genuino representante de un tiempo que ya no existe. A estas alturas todavía no ha asimilado lo que ha ocurrido en los últimos cinco años en España. Mariano no admite que el sistema político español ha sufrido una fuerte conmoción, quiere pasar de puntillas por una verdad incontestable y es que tras años de abusar de los resortes de nuestra democracia, de pervertir muchos de los engranajes del sistema con una corrupción económica y ética que lo ha carcomido hasta sus pilares, hemos llegado al callejón en el que estamos. Mariano quiere que todo sea como antes, cuando dos partidos se turnaban en el gobierno sin apenas sobresaltos, pretende olvidar que son ellos, los partidos de siempre, quienes nos han traído hasta aquí y que él tiene una inmensa dosis de responsabilidad en la indignación amarga de los nuevos tiempos.
           Mariano ni puede ni quiere cambiar y nadie en su partido cuestiona en público sus ingentes errores. Él sueña con retroceder a la mayoría absoluta que las urnas le han negado por dos veces y aspira a unas nuevas elecciones por si a la tercera va la vencida. Mariano, en realidad, desprecia el pacto con su nuevo socio Albert Rivera, no cree en él, sabe que es un papel mojado que no tiene intención de cumplir pero que le sirve para aparentar que hace algo para evitar las terceras elecciones. Sabe que gobernar en minoría es más complicado que pasar el rodillo en las votaciones trascendentes del Congreso. Gobernar pactando, acordando, cediendo y aceptando propuestas de otros es demasiado cansado para quien cree que el poder le corresponde porque sí.
          Esta es la razón por la que Rajoy compareció en el Congreso sin ofrecer nada nuevo, salvo el tedio. Su único argumento es simple: -Yo, o el caos. Cuando, en realidad, el caos lo ha originado él. No llegó al Congreso ofreciendo un programa de gobierno transversal que pueda aglutinar voluntades a cambio del apoyo explícito o de la abstención. Simplemente quiere que lo aclamen como único garante del bien de España, cuando su balance es demoledor. Gracias a él está a punto de quebrarse España, nunca el riesgo de independencia de Cataluña ha estado tan próximo. Por otro lado, sus tímidos éxitos económicos no pueden ocultar la inmensa corrupción en la que se han movido ni el destrozo al estado del bienestar, a la sanidad, a la educación, a la hucha de las pensiones o al hecho histórico de que la deuda pública supera el 100% del PIB.
           Si hubiera realizado una oferta al PSOE de enmendar este rumbo, de derogar la reforma laboral o la LOMCE o hubiera dado paso a otro candidato de su partido, limpio de corrupción, quizás Sánchez hubiera tenido más difícil justificar su voto negativo. Pero no, pide una genuflexión sin condiciones. Soy el más votado y lo merezco, ese es su lema y no va realizar concesión alguna. Mariano Rajoy quiere elecciones para ver si por aburrimiento lo consigue. Rajoy exhibió en el Congreso su experiencia como su principal valor. Hay que reconocer que su mochila está llena de trucos y por eso sabe que los novatos pueden acabar mordiendo el polvo, fagocitados en su propia ansiedad. Rajoy está culpabilizando a los demás de que haya nuevas elecciones cuando ése y no otro es su verdadero objetivo. Sabe que la abstención del ciudadano enfadado y desencantado es su principal aliado, los adictos no fallan. Por eso, ha pasado el verano tranquilo, pasará el otoño y resurgirá en Navidad.

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El voto del señor Bárcenas
María Antonia San Felipe 02-07-2016 | 8:15 | 0

Desde la noche electoral podemos decir que España vive entre la euforia de los triunfadores y el desconcierto de los vencidos. El Partido Popular exhibe un éxito importante. En un panorama tan desabrido, como el que hemos vivido en el último año, ha obtenido uno de cada tres votos emitidos. Teniendo en cuenta los duros recortes sociales impuestos a la población y la proliferación de los innumerables casos de corrupción que les afectan, podemos afirmar, como el veterano periodista Miguel Ángel Aguilar, que el PP ha estado a un escándalo más de conseguir la mayoría absoluta. Yo también lo creo.

Tras felicitar al vencedor no está de más resaltar la desazón y el desconcierto de los dos tercios de españoles que no les votaron y de los abstencionistas que tampoco. Concluiremos que hay una parte nada desdeñable de la población que vive asombrada por el récord de votos obtenido por Rajoy y su partido. Muchos se preguntan en los bares y corrillos:

 -¿Qué más tienen que hacernos para perder las elecciones?

Esta es la incógnita electoral más difícil de despejar estos días, más incluso que el origen de las pérdidas de votos de sus adversarios. A la vista del fallo de las encuestas todo indica que muchos votantes del PP se avergonzaban de confesar su intención teniendo en cuenta la melé que les rodeaba. Aunque, es justo reconocer que el ganador tiene motivos para sentirse orgulloso del éxito. Ellos y sus votantes estarán tranquilos; el resto, desolados.

Agitada estaba por este desasosiego que confieso me invade cuando leí la noticia de que Luis Bárcenas, que esta vez no adornaba con su tronío las listas electorales del PP, había protagonizado un incidente con un señor cuando éste venía de votar a eso de las cuatro y media de la tarde. Se encontraron en la calle Príncipe de Vergara, en el corazón del madrileño barrio de Salamanca, y el caballero le increpó:

-¡Cuánto daño habéis hecho a España con la corrupción, el robo y la falta de vergüenza!

A lo que Bárcenas contestó indignado:

-¡Maricón, hijo de puta, tú no sabes nada de lo que ha pasado!

Entonces Bárcenas le propinó un puñetazo que lo tiró al suelo. El agredido hubo de ser atendido en la clínica Ruber y ha respondido con una denuncia que se sustanciará en el juzgado. Los periódicos no cuentan si este señor anónimo venía de votar al PP con una pinza en la nariz, de ahí su comprensible y hasta disculpable excitación. Mi imaginación intuye que este justiciero verbal estaba hasta las narices, de eso no tengan duda, y posiblemente por ello pensó que quien insulta a un ladrón (presunto o no) tiene cien años de perdón. Yo sin embargo, mientras devoraba la crónica buscando detalles de tan pintoresco incidente, pensé:

-Si Luis Bárcenas fue a votar, ¿a quién votó?

A Unidos Podemos seguro que no, al PSOE no parece probable y a Ciudadanos, tampoco. Pensemos, cuando uno está con el ánimo hundido sólo confía en la ayuda generosa y comprensiva de los amigos y, al fin y al cabo, quién para reconfortarle en el camino hacia la cárcel, como una palmada en la espalda, le mandó un mensaje diciéndole:

-Luis, sé fuerte.

Pues claro, fue Mariano y de bien nacidos es ser agradecidos. Pues bien, ahora que la charanga ha terminado, la música electoral ha cesado, las urnas se han recontado y las celebraciones de los vencedores han concluido debe llegar un gobierno. Mariano Rajoy y el PP gobernarán desde ahora con la seguridad de que ningún caso nuevo de corrupción les va a debilitar, al contrario, cada escándalo les hará más fuertes. Así es España, no es la que yo quiero pero, pese a todo, la quiero.

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El futuro de España
María Antonia San Felipe 25-06-2016 | 8:15 | 0

En las fiestas de los pueblos cuando pasa la charanga deja unos segundos en el aire el rumor de la melodía. Todavía retumban en nuestros oídos los últimos sonidos de esta campaña electoral que comenzó el pasado invierno y concluye con el calor del verano. Es innegable que la temperatura de la contienda electoral ha subido como el termómetro, de golpe. Hay nervios y cierta ansiedad general. No sabemos si todo seguirá como hasta ahora o los ciudadanos con su voto darán la vuelta a la tortilla. En cualquier caso el futuro está por estrenar y la tentación de la novedad produce un cierto vértigo, es lo que tiene el porvenir que, en ocasiones, se viste de sorpresa. Pase lo que pase la noche del domingo será tiempo de emociones. Puede que haya ganadores que pierdan y todo lo contrario, pero seguro que tanto entre los políticos como entre los votantes habrá esperanzas quebradas y otras satisfechas. Merecemos que de estas urnas salga un gobierno, pero sobre todo los ciudadanos esperamos que cese ya el estruendo de la charanga que escuchamos desde hace meses.

Lo que está por venir lo sabremos el domingo pero en esta campaña hemos visto de todo. Es innegable que ha habido más tensión y más nervios porque se vive en el terreno de la incertidumbre. Pese a la intensidad de la campaña mediática, especialmente en televisión, creo que se ha seguido con cierto desapego ciudadano. No obstante, hay que reconocer que ha habido indudables escenas de comedia con libretos espléndidos al estilo de las películas de Paco Martínez Soria y La ciudad no es para mí. Si me piden que elijan el momentazo de esta campaña yo dudo entre la emoción de Rajoy en el campo de alcachofas de Tudela o la escena/mitin en una granja en la que el presidente en funciones explicaba, mientras mugían las vacas, que “España es una gran nación y sobre todo, tenemos algo muy importante: españoles”. Es probable que las vacas todavía permanezcan atónitas ante tan insólito espectáculo. Seguramente el vaquero les dobló la ración de alfalfa para reanimarlas del susto. Yo confieso que, como soy hija de lechera, me quedo con la escena de la vaquería. Es que yo soy muy sentimental aunque reconozco que en mi interior el espectáculo de la granja compite con la aventura de Mortadelo y Filemón protagonizada por el inefable espía de adversarios políticos, el ministro Jorge Fernández Díaz. Por lo demás, las cosas han transcurrido por los senderos de siempre. Hoy algunos firmarían por quedarse, al menos, con los resultados que obtuvieron el 20-D y otros aspiran a mejorar pero nada hay de cierto ni en las encuestas ni en las intuiciones de los candidatos ni entre los ciudadanos, muchos de los cuales todavía albergan dudas de a quién votar.

Todos los candidatos dicen querer una España mejor, pero lo complicado es definir qué significa mejor y quienes percibirán la mejoría. Esta es una tarea tan ardua como explicar en qué consiste la felicidad. Si ha existido una estrategia de la que se ha abusado en esta campaña, ha sido la de meter miedo al votante sobre su propio futuro según cuál sea el resultado electoral. Creo que es una irresponsabilidad que puede tener efectos contrarios a los pretendidos.  Gobierne quien gobierne el futuro es una incógnita y nadie puede asegurar cómo será, nadie. Por eso lo importante es votar desde la propia libertad. En un país en el que hemos votado muy poco a lo largo de la historia, votar es un derecho conseguido con dolor, por eso es un orgullo ejercerlo. Hubiera sido mejor que no se repitieran las elecciones pero, no lo duden, todavía sería peor que no pudiéramos votar. El futuro empieza el domingo, así que, si tiene dudas, despéjelas y vaya a votar a quien crea que le ofrece el país más parecido al que usted sueña.

 

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El que espera…
María Antonia San Felipe 30-04-2016 | 10:04 | 0

           Dice el refrán popular que el que espera, desespera. Qué apropiado resulta recordarlo en estos momentos. En las últimas elecciones, esas que no han producido un gobierno por primera vez en nuestra democracia, muchos acudieron a las urnas con ilusión y otros abandonaron la abstención militante porque creyeron que se había abierto una ventana a la ilusión. Hoy se ha cerrado de un portazo y nos ha devuelto al territorio de la realidad, a la constatación de los sectarismos excluyentes que tantos males han causado en este país tan propenso a la desmemoria.
          Una vez más el fracaso ha hecho historia. Ahora no pueden hacernos creer que no había más remedio que repetir las elecciones, porque no es cierto. Que no les gustara lo que los españoles votamos es una cosa, pero que nos reprochen lo que libremente decidimos es una tomadura de pelo. El pueblo español, cada votante, valoró pros y contras e introdujo una papeleta en la urna, decidió y opinó y con esos mimbres debió construirse la cesta del gobierno. Ahora nos convocan de nuevo a las urnas, nos devuelven la pelota como si la responsabilidad del fiasco fuera nuestra y no suya.
No es serio, pero en este país pasan cosas sorprendentes y ocurren porque las toleramos y las consentimos. Causa más desazón el resultado del Barça-Madrid o lo que pasa en la casa de Gran Hermano que la corrupción que nos está comiendo por los pies. De estas cosas si tenemos parte de culpa, de la repetición de las elecciones, no. Pero conscientes de nuestras debilidades, los líderes políticos ya están en campaña electoral.
           Cada votante hará su reflexión según en quién depositara su confianza. Los votantes de Ciudadanos que abandonaron al PP, le reprocharán su pacto con el PSOE y otros sus vaivenes entre ambos. Los de Podemos estarán divididos entre los que consideran que creían en su propuesta de gobierno de coalición y que el PSOE y algunos dirigentes regionales, como Susana Díaz, han impedido y entre quienes valoraban la abstención al pacto PSOE-Ciudadanos como salida al laberinto. Entre los que votan PSOE también hay diferentes opiniones, unos creen que Sánchez se ha esforzado lo indecible, otros no entienden el pacto con Ciudadanos mientras culpan a Podemos del fracaso del líder socialista. Y por fin tenemos a los votantes del PP. Algunos no comprenden la pasmosa tranquilidad de un líder chamuscado por la corrupción y por el inmovilismo, pero la mayoría, según las encuestas, piensan seguir votándole aunque no les convenza. Mariano, sin duda, ha estado muy tranquilo estos meses de vacaciones sin hacer otra cosa que esperar a que pasara el cadáver de Pedro Sánchez con el ataúd de su desengaño.
            Eso sí, el martes cuando concluía la audiencia con el rey, Mariano inició la campaña diciendo que afortunadamente para los españoles se ha frustrado un gobierno de izquierdas que podía llevar a España a un desastre mayor que el erial en que vivimos. Era el primer mensaje a sus votantes: tiemblen de miedo porque lo que puede venir es peor que yo, una forma de fidelizar su voto. A continuación, el mensaje fue para los periodistas: “Venga, que a menos cuarto empieza el fútbol”. Esta era su principal prioridad política no la corrupción o el avance de la pobreza.
          Mientras se lanzan reproches los unos a los otros y circulan múltiples encuestas, la mayoría interesadas, los ciudadanos cada uno con nuestros problemas y con la decepción colectiva a cuestas, debemos meditar qué hacemos en esta segunda vuelta. La abstención va a ser la principal resistencia a vencer por estos partidos, nuevos y viejos, que tanto se parecen cuando no nos comprenden. Como diría Miguel Hernández, al menos “dejadme la esperanza”. No debe cundir entre nosotros el desánimo. Nos han defraudado, si, pero no pueden robarnos el futuro, todavía somos libres para decidirlo.

 

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Jugar con fuego
María Antonia San Felipe 02-04-2016 | 9:29 | 0

A veces tengo dudas de si el 20 de diciembre pasado los españoles fuimos a las urnas o si por el contrario compramos un boleto de lotería, que por cálculo de probabilidades lo normal es que no toque y a lo mejor por eso todavía no tenemos gobierno. Aquel día votamos lo que votamos y ahora los partidos no pueden decirnos que no les gustó nuestra libre elección. Sería inaudito que pretendieran hacernos creer que la repetición de elecciones es algo natural porque no lo es y en España ya tenemos suficiente madurez democrática como para consentir la broma de que los que nos equivocamos fuimos nosotros.

Ha pasado la Semana Santa y Rajoy sigue tumbado en el sofá esperando el fracaso de los otros mientras él vive aislado de la realidad, ignorando la decadencia de su partido, su corrupción y su necesidad de regeneración. Por eso Aznar le ha insinuado que hay que renovar los liderazgos situándolo así en el tiempo de la historia. Rajoy, experto en dejar pasar el tiempo, corre el riesgo de convertirse en un aciago recuerdo.

Por fin, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se han reunido en un clima aparentemente más amable. Iglesias ha querido superar la paletada de cal viva del debate de investidura con sonrisas y renunciando a un puesto que, como bien sabemos, nunca tuvo: la vicepresidencia del gobierno. Él se lo guisó y él se lo ha comido, aparenta así querer un acuerdo. Está claro que Iglesias maneja los mundos virtuales con maestría y parece un prestidigitador cargado de golpes de efecto. Veremos qué ocurre, aunque también él sabe que está en situación de mayor debilidad que hace tres meses, el conflicto interno con Errejón no sólo pesa en lo personal sino en la fuerza de su propia organización.

Por su parte Sánchez, como sabemos, une a su mal resultado electoral la enorme presión de la presidenta andaluza Susana Díaz y de otras baronías ansiosas de administrar los restos del naufragio. Si Sánchez consigue la presidencia del gobierno los conflictos internos se aparcarán y quizás sea una manera de pacificar y de reorientar un PSOE tan confundido como el resto de la socialdemocracia europea. El mayor empeño de Sánchez es tratar de conseguir la cuadratura del círculo con su pacto con Ciudadanos y tendiendo la mano a Podemos, veremos si este reto es su mayor éxito o su mayor fracaso. Ahí reside el misterio.

El problema es que la suma de Ciudadanos y PSOE (130) no da y la de PSOE y Podemos (161), siendo mayor, tampoco. Alguno tiene que mover su posición en base a un acuerdo de mínimos sobre cuestiones que los tres comparten y entre todos tienen que superar los obstáculos, salvo que Rajoy, que es el que está más sólo, porque ha sido incapaz de intentar acuerdo alguno, se decida a permitir un gobierno sin él. Lo cierto es que tras la renuncia de Rajoy son: PSOE, Podemos y Ciudadanos los que tienen nuestro destino en sus manos. España está plagada de problemas mientras nos tienen entretenidos con estos fuegos de artificio. No podemos permitirnos el lujo de estar casi un año sin un gobierno con apoyo parlamentario suficiente para iniciar cambios urgentes y necesarios.

Deben sentarse en una mesa presidida por la sensatez y de ella debe salir un gobierno, si no es de coalición deberá ser propiciado por la abstención de Ciudadanos o de Podemos. Si finalmente se inicia la negociación a tres va a ser complicado romperla, salvo que todos nos estén engañando y estén preparando la escenografía de unas nuevas elecciones. Al final va a ser el miedo a perder lo que tienen el que, hoy por hoy, puede abrir las puertas a un acuerdo. Si habrá gobierno ni ellos lo saben, pero que no se olviden de que los ciudadanos cabreados pueden volver a votar lo mismo, situándolos en igual encrucijada o castigar al que les haya defraudado. No hay mayor riesgo que jugar con fuego.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.