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El cortijo
María Antonia San Felipe 27-07-2012 | 5:47 | 0

Nos prometieron y juraron que sanidad, educación, pensiones, cobertura social básica y desempleo no se tocarían porque eran los sagrados pilares de esta España construida con años de esfuerzo colectivo. Pero todo ha sido tocado, trastocado y vuelto a retocar, en especial, lo que más han manoseado es nuestra santa paciencia y tal es la  tensión nerviosa que una chispa puede producir un incendio.

Repasemos la situación: una vez que nos han recortado una parte nada desdeñable de nuestros derechos y que amenazan con seguir apretando el tensor en las próximas fechas, ¿qué es lo que todavía permanece intacto? La respuesta es sencilla, lo único que no han tocado es el cortijo, los cortijos clientelares fraguados a la sombra del título octavo de nuestra Carta Magna, el que regula la organización territorial del estado. Cuando los padres de la Constitución, ahora que hemos perdido a Gregorio Peces Barba, concibieron la arquitectura del Estado Autonómico probablemente nunca sospecharon que los virreyes que habían de gobernarlo se creyeran legitimados para perpetrar tantos excesos. Nuestra querida amiga “la prima”, sigue escalando posiciones al tiempo que las Autonomías, incluidas las proclives a independizarse como Cataluña, se acogen a la financiación de nuestro maltrecho estado. No es malo que intenten financiarse a precios más económicos sino que, como consecuencia de la amenaza de insolvencia creciente, estamos descubriendo que han tenido más sangre fría y mano dura para recortar en maestros, enfermeros, material quirúrgico, ambulancias o bomberos que en tocar los chiringuitos en los que han ido colocando a amigos, adictos políticos, hermanos, primos y demás familia. El pesebre es lo primero.

Los anunciados adelgazamientos de las administraciones públicas debieran haber comenzado por ahí, pero la resistencia de los virreyes es numantina, realizan operaciones cosméticas, anuncian pequeños recortes que presentan como grandes cambios en la estructura clientelar, pero nada de nada. Sólo humo. Ya saben, como Belén Esteban, ellos por sus amigos del alma, matan. Las televisiones autonómicas acumulan una deuda de infarto, la tele valenciana, por ejemplo, 1.300 millones de euros, que aunque fueran de pesetas de las de antes ya me parece un despropósito. Igual pasa en Cataluña, Andalucía…, pero está claro que no se sienten capaces de sobrevivir sin tener medios de comunicación que los adulen y cuenten a los ciudadanos la película como ellos quieren. Está claro que todavía no se han enterado de la realidad en la que viven. A lo mejor éstas son las “mamandurrias” a las que se refería Esperanza Aguirre y espero que antes de cerrar hospitales o insultar a los empleados públicos comience a reducir el inmenso pesebre que acoge a asesores y designados, no funcionarios, que en muchos casos duplican servicios de la propia administración pero cuya forma de ingreso no es precisamente por méritos y capacidad. Para no hacerlo hasta se rebelan contra el gobierno de nación, aunque sea de su signo político, todo antes que comenzar a desmontar el cortijo clientelar.

Esto es grave, pero aún lo es más que, en aras de querer ser más olímpica que la comunidad vecina, lo que han fomentado ha sido la desigualdad entre las personas que son el mayor bien que se debiera proteger en España. Derechos iguales con independencia del lugar en que se habite debiera ser la meta común en un país en el que el índice de miseria alcanza ya al 25% de la población. Pero no, las personas son ahora lo menos importante. Mejor aeropuertos, estatuas y edificios imposibles de mantener que protección de derechos básicos. La sociedad civil tendrá que volver a organizarse, no hay otro camino. Nos están avocando a un insolidario sálvese el que pueda, aunque a algunos lo único que parece preocuparles es que a ellos no les toquen el cortijo aunque a la mayoría nos toquen las narices.

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El tamaño de la estupidez
María Antonia San Felipe 13-01-2012 | 11:06 | 0

     ¡Que el pan atonta!, me decían de pequeña. Es cierto que yo entonces no entendía la razón por la que comiendo pan uno entonteciera, pero pronto aprendí que mi padre no se refería a eso sino a algo tan sencillo como que la abundancia nubla la inteligencia. Esto es lo que cabe concluir tras revisar con atención la gestión que del estado autonómico han hecho sus responsables en los últimos años de expansión económica. No creo, sinceramente, que la organización territorial del Estado que recoge nuestra Constitución sea la culpable de los excesos y desmanes cometidos sino más bien la dimensión que los virreyes autonómicos le han ido dando.

     El Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, acaba de reconocer que tres cuartas partes de la desviación del déficit público previsto en un 6% y que ha alcanzado el 8%, es decir, 20.000 millones de euros más, corresponde a las autonomías. Se dice pronto pero ahí es nada. Echar las culpas a otros es lo más fácil pero hay lugares como la Comunidad Valenciana, la más endeudada de todas, donde eximirse de responsabilidades resulta imposible. La reciente noticia de que el Estado ha tenido que acudir a su rescate para responder de un pago de 123 millones de euros al Deutsche Bank o la drástica reducción de personal que va a aplicarse a la insostenible televisión valenciana son buenos ejemplos. Sin olvidar el espectáculo surrealista del aeropuerto de Castellón que, tras costar más 150 millonetis, no ha recibido ningún avión pero sí una estatua (300.000 euritos del ala) del inefable presidente de la Diputación, Carlos Fabra y  un aterrizaje masivo de conejos que están deteriorando las instalaciones, aunque para combatirlos ya se han inventado un programa de “control de fauna” que cuesta 100.000 euros y que consiste en desplegar hurones y halcones para combatir la plaga conejil. ¡Ojalá fuera broma!, pero no lo es. Claro que no es de extrañar que esto ocurriera ya que el presidente Camps, inaugurador del aeropuerto junto a Fabra, andaba el hombre preocupado por elegir trajes, con ceñidor central, en las boutiques caras y no tenía tiempo para ocuparse del desvío del gasto corriente ni del exceso de soberbia que adorna a quienes se consideran imprescindibles.

 

     Pero no nos engañemos, las exageraciones de estos años han sido patrimonio de todos los territorios porque sus dirigentes han jugado la baza de ser más autonomistas o nacionalistas que nadie y se hacían fuertes reivindicando más y más a un Estado que cada vez administraba menos y menos. Mientras el Estado se veía en la obligación de realizar ajustes fiscales para recaudar más, los presidentes autonómicos aprobaban deducciones en el tramo autonómico del IRPF o por vivienda. Es decir, el Estado hacía de malo y el presidente autonómico de turno hacía de bueno e incrementaba el gasto aún reduciendo sus posibles ingresos. Las primeras medidas de Rajoy han estado impregnadas de esa necesidad de aliviar la tesorería de Comunidades y Ayuntamientos, ya que el 50% del IRPF está cedido a las primeras y la subida del IBI (contribución urbana) va a los segundos y ambos impuestos son de ágil recaudación. No obstante, parece que las Comunidades todavía no han asumido la gravedad de la situación, algunas como La Rioja se han apuntado al lema de “hacer más con menos”, lo que significa lisa y llanamente que hasta ahora han hecho “menos con más”. Llegados a este punto hay que replantear la situación, hay que prescindir con diligencia y rapidez de todo lo superfluo que se ha creado sin visión de futuro y con un coste desmedido. Hay que optimizar los recursos limitados de que disponemos no creando, si todos somos españoles, fronteras ridículas entre regiones, como en el caso de la sanidad para atender a los ciudadanos que precisan del servicio público de salud. Como la escasez agudiza el ingenio es la hora de redimensionar el estado autonómico procurando el beneficio de todos en detrimento de tanta estupidez.

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