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Europa

Asesinos
María Antonia San Felipe 30-07-2016 | 7:52 | 0

Este verano está siendo especialmente sangriento en Europa y… lejos de ella. Los terroristas del DAESH hace tiempo que practican una guerra que han internacionalizado con tanta crueldad como destreza. Utilizan métodos de propaganda impactantes que amplifican su propia capacidad destructiva por la brutalidad de sus acciones. Hace tiempo que Europa se siente consternada, atacada en una guerra no convencional que no ha sido oficialmente declarada pues el autodenominado Estado Islámico no existe. Es cierto, no obstante, que ese ente actúa como organización armada y aglutina en torno a él todo el descontento y el fanatismo extremista de sus adeptos cada vez más numerosos y de muy variadas nacionalidades.
El tipo de acciones que promueve evidencia que la violencia extrema e irracional, la que produce un miedo paralizante al tiempo que conmueve por la crueldad empleada con las víctimas, es la esencia de su propia existencia y la forma de prolongar su propia supervivencia.
La brutalidad, por ejemplo del atentado de Niza, arrollando a una población indefensa y tranquila que disfrutaba de su fiesta nacional es difícil imaginar incluso en la literatura de ficción. Pero ocurrió. Los ecos de la Marsellesa todavía retumbaban en los oídos de los franceses cuando el yihadista decidió asesinar a quienes festejaban el 14 de julio. Todavía reciente la conmoción, los atentados se sucedieron en Alemania, en Kabul y de nuevo en Francia con el asesinato del anciano sacerdote católico que oficiaba misa en la iglesia Saint Etienne du Rouvray (Normandía). La atrocidad del degollamiento de Jaques Hamel, de 86 años, no deja lugar a dudas de la irracionalidad salvaje de esta organización terrorista. Si no hay idea que pueda justificar ninguna muerte mucho menos la violencia extrema, sádica y atroz puede engrandecer ideología o propósito alguno.
 El primer atentado se produce el día en que los ciudadanos franceses actualizan el lema básico de la Francia republicana: Libertad, Igualdad, Fraternidad. El segundo, el asesinato del sacerdote católico, grabado para su difusión, es un ataque a otro derecho básico de las personas: la libertad religiosa. Por eso, si analizamos el simbolismo de ambos crímenes lo cierto es que un estremecimiento te recorre todo el cuerpo.
Es comprensible que en Europa los ciudadanos estemos consternados pero hemos de superar miedo y dolor para tratar de ser cada vez más eficaces en la lucha contra el DAESH. Esta guerra indiscriminada y globalizada que practican hace que muchos países pidan a sus gobiernos soluciones drásticas como el replanteamiento de las políticas de inmigración y de refugiados. Sin embargo, sería un error que el temor lastre la idea de Europa que debe actuar no sólo desde principios éticos universales sino con más inteligencia y eficacia que sus enemigos. Esta no es una guerra de religión ni una guerra de civilizaciones, eso es lo que los terroristas pretenden, esta es una guerra de asesinos y de ambiciones. Comparto, por ello, la reacción del papa Francisco al ser preguntado por el asesinato del sacerdote francés. El papa ha dicho: “El mundo está en guerra”, pero la que estamos viviendo “no es una guerra de religión”.  Para aclararlo más ha añadido: “cuando hablo de la guerra significa guerra en serio, no una guerra religiosa. Hablo de las guerras de interés, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos”.
Pues eso, no nos engañemos, no estamos volviendo a las Cruzadas sino que seguimos donde la humanidad siempre estuvo estancada en la adoración perpetua de la ambición del poder totalitario y de la riqueza. Los desalmados que, en grado superlativo, codician ambas cosas siempre han tratado de crear ejércitos de adeptos fanatizados que sirven a sus intereses y que utilizan para tratar de someter las voluntades ajenas privándoles de su libertad mediante el miedo y el terror.

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La decadencia
María Antonia San Felipe 14-05-2016 | 8:43 | 0

Acabamos de celebrar el Día de Europa y no es extraño que la jornada pareciera nublada, casi negra. El 9 de mayo de 1950, Robert Schuman defendió la idea de que sólo la cooperación política podría conseguir que se ahuyentara la posibilidad de un conflicto bélico en Europa. Es normal que, tras dos terribles guerras, la paz fuera el objetivo más urgente de una Europa devastada. Así nació una primera institución europea que gestionaba la producción de carbón y acero, y  que, pasado el tiempo, se transformaría en la Unión Europea actual.

Reconozcamos que en España, hubo un tiempo en el que pensar en Europa abría grandes esperanzas. Desde la dictadura del general Franco y en el período de la transición democrática los ciudadanos añoraban sus principios fundacionales, es decir, los valores de respeto a la dignidad humana, la libertad, la igualdad, la salvaguarda de los derechos humanos, la democracia y el Estado de Derecho.

Cuando finalmente fuimos parte de ese proyecto europeo, nuestro país recibió un empujón económico que supuso la transformación de España. También compartimos el objetivo de que la Unión Europea se convirtiera en la Europa de las personas y de los pueblos, algo que hoy se ha tornado una quimera. Es preciso reconocer que genera un cierto regusto a decepción y, por qué no, a fracaso la situación actual de la Unión Europea. El proyecto común quedó truncado desde el inicio de la crisis económica en la que todavía estamos inmersos. Hemos retrocedido de forma evidente en uno de los pilares básicos que propiciaron su creación: la democracia. A estas alturas esta afirmación no es una opinión sino una constatación de la supeditación del poder político a otros poderes que nadie elige y que son más poderosos que los estados. Y esto es así porque se han permitido todo tipo de tropelías en una confluencia de intereses, en ocasiones, inconfesables.

Una vez que las ideas se pusieron al servicio de los intereses la desintegración de Europa como proyecto es sólo cuestión de tiempo. La contraposición interesada entre el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, unida a la creencia entre los primeros de que los segundos éramos unos derrochadores inconscientes que progresábamos a su costa ha resultado demoledora. No crean que en algunas ocasiones no llevaban razón, sobre todo en los casos en los que la corrupción ha ido de la mano de proyectos faraónicos innecesarios. La fatal consecuencia de todo ha sido una política de austeridad que ha supuesto un brutal recorte de derechos y de servicios públicos y que no ha solucionado el problema del crecimiento económico ni la creación de empleo y de riqueza.

No es extraño que hasta el locuaz ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, haya declarado, en un alarde de sinceridad, que “nadie puede gastar indefinidamente más de lo que ingresa, pero nos hemos pasado cuatro pueblos en el tema de la austeridad”. La posterior matización de estas palabras no resta importancia a su contenido, lo cierto es que se han impuesto inmensos sacrificios a una parte muy amplia de la población, sobre todo en los países del sur y, sin embargo, los resultados no han sido los esperados. Todo indica que puede haber un replanteamiento, igual que tiene que haberlo en la regulación de los paraísos fiscales, en la vigilancia estricta del sistema bancario y en otras muchas políticas que benefician a los oligopolios por encima de las personas. En este somero balance, no podemos olvidarnos del auge de movimientos políticos de ultraderecha antieuropea en muchos países como Polonia, Austria, Francia y la propia Alemania.

Europa vive una evidente decadencia, no hay un proyecto claro, más bien no hay proyecto que supere los nacionalismos que la integran. Europa está en la encrucijada. O se recuperan sus principios fundacionales y se devuelve la confianza a la mayoría social, o el antieuropeísmo y la insolidaridad romperán el sueño de la vieja Europa.

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Pandora
María Antonia San Felipe 07-05-2016 | 10:07 | 0

 

 

Dicen que Zeus creó a Pandora para introducir los males en el mundo de los hombres. Podemos decir que por el impulso creador de los EEUU una nueva Pandora puede estar a punto de abrir su caja sobre la vieja Europa. El nombre de la nueva amenaza que se cierne sobre nosotros se llama TTIP (Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones), aparentemente un simple tratado comercial, en realidad un acuerdo  plagado de secretos

Claro que siendo tantas las urgencias cotidianas entre las que vivimos no es de extrañar que de estas cosas ni nos enteremos hasta que comiencen a afectarnos. Entonces ya no tendrá remedio y nos echaremos las manos a la cabeza como hacemos ahora tras conocer las múltiples tropelías cometidas a nuestras espaldas en los variados paraísos, fiscales y no fiscales, que se levantan ante nuestra ignorancia y, por qué no, con la ayuda inestimable de nuestra indiferencia.

Las cotas de igualdad y bienestar conseguidas en los últimos decenios son ya parte de un pasado, una quimera que jamás volverá si seguimos tolerando tanta desvergüenza y votando a tanto caradura. No es comprensible que podamos seguir aceptando la continua sustracción de nuestros derechos democráticos por un poder político al servicio de los principales oligopolios del planeta, con tan singular paciencia.

En el caso del TTIP hay que precisar que resulta difícil conocer aquello que se nos oculta intencionada y ladinamente por las autoridades europeas, que teóricamente, gobiernan en nuestro nombre y para nuestro provecho. Ha sido Greenpeace-Holanda, filtrando más de 200 páginas de las reuniones, la que ha dado a conocer parte de las interioridades de un tratado que se negocia, en secreto, entre la Comisión Europea, el Gobierno estadounidense y los grandes lobbies empresariales desde junio de 2013.

Para abrir boca baste decir que el solo hecho de que se haya admitido una negociación tan importante a espaldas de la opinión pública es ya un escándalo en sí mismo. Si la transparencia es una cualidad de la democracia a qué vienen las habitaciones secretas para pactar un tratado, supuestamente comercial.

Esperemos que no traten ahora de culpabilizar a Greenpeace por querer abrirnos los ojos. Lo que está en proceso de acuerdo es, por ejemplo, nuestra seguridad alimentaria. Si Europa prohíbe la utilización de hasta 1.400 productos químicos para el consumo alimenticio, EEUU sólo 12. Este simple hecho, ya augura un retroceso en la protección de los consumidores ya que ni los alimentos ni los medicamentos pasarán por los controles actuales. En materia de derechos laborales lo que ha trascendido alerta de la segura regresión si tratan de armonizar dos modelos totalmente distintos. Se tenderá a la privatización continuada de servicios públicos como la sanidad y la educación. Se protege a las grandes empresas y se sustituyen los tribunales de justicia, pilares básicos de la democracia en caso de conflicto, por arbitrajes. Se apadrina a las grandes empresas incluso por encima de los estados y, en definitiva, priorizando los beneficios económicos sobre la vida, la salud y el medio ambiente.

La filtración de Greenpeace ha creado una alarma creciente en muchos sectores y ya veremos en qué termina esta película. Lo que hemos conocido estaba oculto y afortunadamente alguien ha querido advertirnos de los riesgos que corremos. En la leyenda de Pandora el ánfora (la caja) se cerró poco antes de que la esperanza para los hombres fuera liberada. Para devolvérnosla Greenpeace ha abierto la cámara secreta para desvelarno la parte malvada de un negocio tan celosamente escondido.

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Victoria o venganza
María Antonia San Felipe 26-03-2016 | 10:22 | 0

Generalizar el pánico es el objetivo último de la violencia terrorista, aunque la muerte sea la primera de sus consecuencias. La cercanía de las víctimas estremece al tiempo que convierte en indigno cualquier fin que se justifica sobre asesinatos. Los muertos, los heridos, sus familias, el dolor son lo primero que golpea nuestras mentes ante un atentando brutal como el de Bruselas, como el de París, como el de Madrid, como los de Túnez, Irak, Kuwait, Somalia y tantos otros que ya no recordamos. Tras esa primera angustia llega el momento de la solidaridad, no cura ni calma pero acompaña y mitiga la intensidad del dolor.

Después vienen las declaraciones institucionales y las palabras de dirigentes y representantes políticos. Están obligados a recordarnos que siguen ahí, que harán lo que tengan que hacer y entonces todos apelan a la unidad proclamando que sólo la fuerza de la democracia vencerá al terror. Yo también creo que la unidad es necesaria pero no estoy segura de que en esta Europa, que se resquebraja como proyecto, se esté apostando por la fortaleza de esa unión. Cabe dudarlo porque hace tiempo que esa conjunción de intereses debió pactar una política antiterrorista común. En realidad en común, totalmente en común, lo único que parece haber prosperado es una política económica errática, de dudosa eficacia, como bien sabemos.

Está claro que uno de los objetivos del grupo terrorista DAESH, autoproclamado Estado Islámico, es dividirnos a través del miedo, haciéndonos elegir entre libertad y seguridad, es decir, empujándonos a renunciar a lo que somos. No podemos dejarnos amedrentar doblegándonos a su juego. Es cierto que los atentados tienen como consecuencia directa que muchos se apresuren a pedir mano dura, cierre de fronteras, expulsiones y otras medidas extremas. Algunos desde la inconsciencia y otros desde una visión autoritaria de la vida, creen que sólo podemos defendernos fomentando la xenofobia y actuando desde el estómago y no desde la inteligencia, siempre más fría y sensata que la primera reacción de ira que provocan los asesinatos. Por eso estamos viendo reacciones irreflexivas por ejemplo contra los refugiados sirios que tratan de alcanzar Europa. Este enfoque es un tremendo error porque mayoritariamente esos refugiados también huyen de estos terroristas del DAESH que están destruyendo Siria. Hay otra circunstancia terrible y es que algunos de esos asesinos que se inmolan con cinturones de explosivos han crecido entre nosotros y han sido reclutados entre las franjas marginales de nuestra sociedad.

Sin embargo, aunque la masacre de Bruselas sea para ellos un éxito propagandístico, no hemos de pensar que hoy los terroristas son más fuertes que hace un año. Pueden matar indiscriminadamente, es eficaz para fortalecer su imagen ante los extremistas adeptos y además es más fácil que anexionar territorios para asentarse. Pero expertos en el territorio confirman que esta organización terrorista, que proclama a los cuatro vientos que ha conseguido levantar un califato desde el que gobernar el mundo islámico, ha perdido durante 2015 parte del territorio bajo su control en Siria e Irak, bien sea por la acción de Rusia o por la de las milicias kurdas que los combaten en Siria. Cortar sus fuentes de financiación, conseguida vendiendo productos que alguien compra, como el petróleo de Irak, heroína, mujeres o antigüedades es la manera de conseguir limitar su capacidad operativa.

Estamos obligados, irremediablemente, a superar el dolor, a fortalecer Europa con un proyecto de seguridad común que preserve nuestras libertades y que proteja nuestros ideales, porque a la irracionalidad asesina, aunque duela, se la vence desde la inteligencia que procura la fortaleza de los principios morales no desde el ciego y, a la larga, ineficaz deseo de venganza.

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Perdidos
María Antonia San Felipe 19-03-2016 | 8:33 | 0

El comportamiento humano destruye los sueños y, en consecuencia, la realidad fulmina las utopías más hermosas. Puede decirse que la vieja Europa, el proyecto inacabado de Unión Europea, ha entrado en un proceso de autodestrucción, que está haciendo saltar por los aires ese sueño común, porque está traicionando sus propios principios fundacionales. Winston Churchill en un discurso en Zurich, el 19 de septiembre de 1946, abogaba por la creación de unos Estados Unidos de Europa como única forma de superar las terribles consecuencias de las dos últimas guerras mundiales. Consideraba que, tras el último conflicto bélico, “una masa trémula de atormentados, hambrientos, desposeídos y aturdidos seres humanos se encuentran ante las ruinas de sus ciudades y de sus casas y escudriñan los oscuros horizontes, temiendo un nuevo peligro, tiranía y terror”.  Y por ello se preguntaba, “¿por qué no podría haber un grupo europeo que diera un sentido de amplio patriotismo y común ciudadanía a las perturbadas gentes de este turbulento y poderoso continente…?”. Para conseguir “…perfilar los destinos de los hombres”, debía “darse un acto de fe en el que participen conscientemente millones de familias que hablan muchas lenguas”.

Este sueño de conseguir una Europa libre y, utópicamente, feliz chocaba probablemente contra la misma advertencia que él hacía, de que la Sociedad de Naciones no había fracasado “debido a sus principios o concepciones” sino que “falló porque estos principios no fueron acatados por los mismos Estados que los habían creado. Fracasó porque los Gobiernos de aquellos días temieron enfrentarse a los hechos y no se atrevieron a actuar cuando aún era tiempo”.

Podemos asegurar que a la Europa actual le ha ocurrido lo mismo, vaga desde hace tiempo por caminos que olvidan a las personas. Lo han hecho en esta larga crisis con los ciudadanos europeos, sobre todo con los más vulnerables económica y socialmente y lo están haciendo ahora con los refugiados. No supieron o no quisieron ver la que se nos avecinaba, poco antes de la dura recesión, y no han sabido o no han querido comprender que la guerra en Siria iba a producir la lógica huída de muchas personas de un conflicto que ahora cumple cinco largos años. Europa se está comportando de forma vergonzante y vergonzosa en este asunto. El preacuerdo con Turquía es humillante y alejado de la garantía de derechos universales que forman parte de los principios de la Unión y de la Declaración Universal de 1948. Si no queremos que vengan los que huyen habrá que tener una política exterior común para intentar parar la guerra en Siria y no dejarlo todo en manos de Putin y de Obama, pero eso como sociedad también nos incomoda. Debieran haberse abierto corredores humanitarios hace tiempo, pero tenemos gobiernos mediatizados por lo que dicen las encuestas y las sociedades temen lo que desconocen y más aún si se trata de confundir intencionadamente a refugiados con inmigrantes de todo tipo o con terroristas islámicos.

Los titubeos, la falta de claridad, de explicación de la realidad de la situación, de proyectos comunes que hagan superar el miedo al futuro y animen a luchar por él, hace que algunos aprovechen el río revuelto y nazcan partidos antieuropeos y xenófobos que como en Alemania han conseguido una nutrida representación en las últimas elecciones regionales dejando a Merkel y a los socialdemócratas malheridos. O que veamos escenas como la protagonizada en la plaza Mayor de Madrid por un grupo de seguidores del PSV Eindhoven que humillaron a varias mendigas que estaban en la Plaza Mayor pidiendo limosna y les gritaron “no crucéis la frontera”. Esto sí que da miedo, mucho miedo. Cuando se pierde el referente, ese punto en el horizonte hacia el que caminar, se extravía el rumbo. Repensando a Churchill diremos que es imposible “tener fe” en un proyecto que ya no existe, ese es el peor mal que hoy aqueja a Europa.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.