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Entre el exceso y el defecto
María Antonia San Felipe 03-11-2012 | 10:49 | 0

 

Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras, dijo don Quijote a su escudero. Pues si señores, en esta asombrosa época que nos toca vivir no existe día sin que se produzca una noticia que nos deje tan boquiabiertos como enojados. Comenzaré con una que ha pasado, como todo lo verdaderamente importante, desapercibida en la avalancha informativa. En el año 2010, la entonces ministra de finanzas francesa y hoy presidenta del Fondo Monetario Internacional, Cristine Lagarde, entregó a su homólogo griego una lista con los nombres de 2.059 ilustres ciudadanos helenos que habían evadido ilegalmente a cuentas de bancos suizos elevadas cantidades de dinero que, por supuesto, no habían pagado ni un solo euro a la hacienda pública griega. La lista durmió el sueño de los justos desde entonces en los cajones de los ministros de finanzas de los sucesivos gobiernos. Pese a saber, como sabemos, que si todos contribuyen a las arcas públicas como debieran según su nivel de ingresos no estaríamos como estamos, hoy conocemos que, dos años después, nadie hizo nada por investigar a los protagonistas de un fraude evidente perpetrado por lo más selecto de la sociedad helena. No es de extrañar que los griegos que sufren severos ajustes, rebajas salariales y despidos masivos estuvieran esperando de sus autoridades que, con igual urgencia que han recortado pensiones y servicios para los que no pueden sino malvivir, hubieran sido diligentes con los defraudadores para al menos aliviar la indignación. Pues no, la lista se había perdido en los cajones de la burocracia y nadie sabía nada de ella hasta que un periodista, Costas Vaxevanis, ha decidido hacerla pública. ¿Qué ha sucedido?, que a la velocidad del rayo, el periodista ha sido detenido en un calvario judicial sorprendente. Ya saben que Zeus fulminó a Morfeo, el dios de los sueños, por revelar secretos a los hombres, pues bien, el periodista que hizo soñar a los griegos que podía esclarecerse la verdad desvelando el secreto, ha sido fulminado por un aparato judicial que no encuentra a los defraudadores pese a que algunos son asesores del actual gobierno.  

Hablamos de Grecia, pero en España ocurre lo mismo, aunque todavía no conocemos la lista completa de sinvergüenzas. Sí sabemos que la organización Acces Info Europe por preguntar sobre las medidas contra la corrupción en España, ha sido condenada por el Tribunal Supremo a pagar las costas judiciales porque estima, tan alto tribunal, que los datos solicitados son una forma de pedir explicaciones al gobierno y no una petición de información. Es decir, el que tenga curiosidad que se la pague y el que siga implicado en corruptelas que no se distraiga que ya hay un montón de gente ocupada en blindar y custodiar sus intereses particulares y no los de la sociedad y para ello se atrincheran como las legiones romanas tras sus escudos, en “formación tortuga”, y a ver quién es el guapo que salta la barrera, la de la impunidad.  

Yo creo que algo hay que hacer y para empezar debiéramos comenzar a llamar las cosas por su nombre. El corrupto y el defraudador, son igual de sinvergüenzas en Grecia, en España y en cualquier lugar de la galaxia porque no sólo nos roban nuestro dinero sino nuestros derechos y nuestro modesto bienestar. Por esa causa deben ser aislados socialmente y que la fechoría les salga, penal y económicamente, tan cara que no les vuelvan a quedar ganas de caer en la tentación de repetirla. Pero no vendría mal, que ante la ausencia de justicia y el exceso de inmoralidad, en vez de hacer la vista gorda, adularlos socialmente e incluso indultarlos de los delitos por los que fueron condenados, los enviemos al infierno del reproche público.

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Fragmentos de España
María Antonia San Felipe 14-10-2011 | 11:26 | 2

Cuando todavía resuenan los ecos del desfile de la fiesta nacional es buen momento para pensar en lo que actualmente somos como país después de la construcción democrática de lo que llamamos el Estado de las Autonomías. La experiencia descentralizadora parecía haber cosechado un rotundo éxito hasta que llegó la dichosa crisis. El férreo objetivo de reducción drástica del déficit público ha puesto de manifiesto muchos de los excesos presupuestarios en los que se han prodigado los diferentes gobernantes de las diecisiete autonomías que conforman nuestra querida España. En las últimas tres décadas el Estado se ha ido vaciando de competencias que han pasado a ser gestionadas por las Comunidades. La parte buena de este proceso consistía en acercar el ámbito de las decisiones al propio territorio y eso suponía, a priori, un mejor conocimiento de los problemas y por tanto una mejor y más rápida solución. En muchos aspectos la experiencia ha sido un éxito. Sin embargo, todo tiene su lado oscuro y podemos resumir que la parte mala del experimento radica en que los diferentes barones territoriales, unos más que otros, se han sentido como verdaderos señores encargados de sus feudos.
En los inicios, las administraciones autonómicas fueron creciendo con cierta ponderación, pero en el largo ciclo económico expansivo que vivimos hasta desembocar en nuestra “querida crisis”, las alegrías en el presupuesto han ido parejas al deseo de sustraer al control efectivo muchos de los gastos que se efectúan al amparo del manto autonómico e invocando siempre el interés regional. Es decir, no sólo se ha derrochado en cosas que no eran vitales, ni urgentes, ni seguramente necesarias, como aeropuertos, televisiones u otros elementos para la propaganda, sino que también han puesto especial interés en:
1º.- Crear todo tipo de empresas públicas, organismos autónomos, fundaciones, etc. que escapan al control parlamentario y a los que se accede por voluntad del dedo índice del gobernante de turno.
2º.- Incrementar de forma exponencial, año tras año, los capítulos destinados a subvenciones (tanto en trasferencias corrientes como de capital) para crear una red clientelar de entidades cuyos directivos viven exclusivamente del erario público y de ofrecer alabanzas al gobernante a cambio de lo recibido. Al mismo tiempo, asociaciones vitales y sin ánimo de lucro reciben ayudas simbólicas, bajo amenaza de perderlas si no se portan bien.
3º.- Considerar las Cajas de Ahorro como una dirección general más del propio gobierno lo que ha llevado a los recientes escándalos conocidos y que son sólo la punta del iceberg de lo que nunca sabremos.
4º.- Crear estructuras innecesarias para dar servicios que ya prestan los ayuntamientos o el Estado y prometer ahora crear comisiones para evitar duplicidades.
Hay más, pero no es cuestión de aburrir ni quiero exagerar, pero tengo la impresión de que el caciquismo, ese mal que impregnó España durante el periodo de la Restauración, ha vuelto a reproducirse casi miméticamente. En aquella época no había encuestas, pero el ciudadano veía con enorme desazón cómo Cánovas y Sagasta se alternaban en el gobierno sin que al país llegara a percibir mejora alguna en su nivel de vida. Pienso, sin embargo, que no hay que perder la esperanza, lo que nos ha pasado puede resumirse en el viejo refrán que nos cuenta que el pan atonta. Nuestros gobernantes han dispuesto de tanto pan, elaborado con una mezcla de impuestos y déficit, que sólo cabe esperar que el hambre los haga más austeros, sensatos y eficaces de lo que han sido y que finalmente aprendan que los perros no se atan con longaniza.

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