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hipocresía

Mirar sin querer ver
María Antonia San Felipe 12-10-2013 | 11:15 | 0

         

           “Europa no puede mirar para otro lado”, es una frase tan embustera y hueca como la mayoría de las declaraciones vacías y grandilocuentes que nacen del corazón de piedra de la Unión Europea, por eso la ha pronunciado su presidente José Manuel Durao Barroso, tras ser abucheado en Lampedusa después de la tragedia en la que más de 250 cadáveres nos han puesto ante el espejo de nuestra propia vergüenza. Esa misma palabra, Vergogna!, ha gritado el Papa y muchos vecinos de Lampedusa al recibir a las autoridades que se han acercado a la isla empujados por un escándalo que nos ha recordado la miseria moral en la que vivimos.

            Mientras se contaban los cadáveres y se prometía la nacionalidad italiana y un funeral de estado a los muertos, la fiscalía de Agrigento (Sicilia) acusaba a los supervivientes rescatados de un delito de inmigración clandestina, que puede ser castigado con una multa de hasta 5.000 euros y la expulsión del país en aplicación de una ley aprobada por el gobierno de Berlusconi y mantenida por los siguientes. Resulta indecente que los muertos, que ya nada necesitan, sean enterrados como ciudadanos de la República italiana con un funeral hipócrita presidido por presidentes, ministros y altos cargos políticos, mientras que los que han sobrevivido y que probablemente preferirían, en estas circunstancias, estar tan muertos como sus infortunados compatriotas, puedan ser expulsados y castigados como escoria humana. Asimismo los que les auxiliaron, mientras otros pasaban de largo, por la misma ley pueden también ser detenidos y juzgados. En otros tiempos hubieran sido aplaudidos como héroes pero hoy está más valorado y se consigue ser más influyente en los círculos políticos si uno  es un sinvergüenza que cobra comisiones bajo manga, estafa a ahorradores o derrocha los dineros públicos. En la actualidad las políticas económicas y fiscales protegen más a los causantes de esta crisis que a las víctimas de sus manejos. Nunca como ahora, se ha sido tan complaciente con los fuertes y tan tirano con los débiles, nunca se protegió tanto al estafador y se insultó tanto al estafado.

            Además, diga lo que diga Durao Barroso, mirar para otro lado sin querer ver la realidad es lo que se ha hecho con la inmigración durante años y lo peor es que se actúa con el aplauso y la aquiescencia de una mayoría, cada vez más creciente, de ciudadanos. La crisis está agudizando dos fenómenos totalmente contrapuestos, por un lado hay mareas de gente solidaria con los que lo están pasando mal y por otro, el germen de la insolidaridad se incrementa ante la escalada del desempleo, de la desigualdad y la disminución de las coberturas sociales. Si en Francia se expulsa a los gitanos con el apoyo mayoritario de los franceses, en España se legisla para multar a los mendigos (ya me dirán como van a cobrarse las multas), se prohíbe a los músicos tocar en las calles para ganarse la vida y otras ocurrencias para contentar a franjas ideológicas extremas. Por el contrario, no se anuncia ninguna ley para regular mercados, gravar la especulación, pedir solidaridad impositiva a las grandes fortunas o castigar a quienes se forran quebrando bancos que luego se rescatan con nuestros impuestos. Estos últimos, en vez de cárcel, tienen premio y por eso los incluyen en los consejos de administración de grandes empresas. Parece ser que la mano dura con los débiles y con los desprotegidos es la nueva ideología que recorre Europa estos días. Sirva de ejemplo que en Francia la ultraderecha va a la cabeza en los sondeos electorales y que en España hay multitud de actitudes fascistas que gozan del aplauso de muchos. Estamos en una espiral peligrosa, como en los años treinta del pasado siglo. No debiéramos consentir un retroceso tan dramático a la noche de los tiempos. Yo no quiero ser cómplice y confío en que usted tampoco.

 

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Hipocresía
María Antonia San Felipe 09-11-2012 | 7:25 | 0

Es indudable que en este país el prejuicio social hacia la homosexualidad todavía no se ha erradicado por completo. Persisten todavía las bromas de mal gusto y las miradas de soslayo hacia aquellos que públicamente viven su sexualidad con naturalidad pese a lo arraigado de las costumbres dominantes que, claramente influidas por la tradición del catolicismo español, se muestran tan excluyentes e intolerantes respecto de la aceptación del otro, es decir, del diferente. La ley que reconocía el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo fue aprobada en 2005 y no podemos decir que el balance de su aplicación haya supuesto problema alguno en nuestra sociedad. Es de las primeras veces que en España la ley avanza un paso por delante de la realidad social lo que ha supuesto que siete años después, cuando por fin ha llegado la sentencia del Tribunal Constitucional, exista escaso rechazo social a la legislación hoy ya refrendada por la doctrina jurídica. Cierto que no hay mal que por bien no venga, así que el retraso en resolver el recurso interpuesto por el Partido Popular ha tenido a mi juicio, el efecto beneficioso de que la aceptación ciudadana haga más difícil modificar este derecho al matrimonio de las personas del mismo sexo. La justicia lenta es injusta, penosa y exasperante pero después de tanto tiempo no veo una mayoría de españoles clamando por la derogación del matrimonio gay. El propio Mariano Rajoy, poco inclinado a hacer declaraciones, ha quitado importancia a la sentencia e incluso a los fundamentos jurídicos de su propio recurso como si de una cuestión de nominalismos se tratara. No es de extrañar que esta actitud de respecto al fallo del Constitucional haya exasperado a los sectores más intransigentes del PP que clamaron contra la Ley y que como ha dicho el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, él no va a cambiar su opinión porque el Tribunal Constitucional haya dictado una sentencia. Sus declaraciones ponen de manifiesto que hay una parte importante del PP y de la propia sociedad que se resisten a reconocer derechos a otros sólo porque se atienen a una moral religiosa y personal que no todos los ciudadanos comparten y que en un sistema democrático no puede ni debe ser impuesta a otros.  

Estamos en uno de esos momentos que son ejemplo de que en la historia de la humanidad fueron siempre los tolerantes con la costumbre y moral ajenas, los que propiciaron  la conquista de los derechos de todos, de esos que hoy nadie con dos dedos de frente discutiría. No obstante, las cosas no han concluido con la sentencia del Constitucional. Dentro del PP van a existir divergencias y peloteras internas, como en las discusiones que habrán en los bares o en las tertulias, pero si de lo que se trata es de imponer la moral propia a los demás a la luz de los prejuicios ancestrales, yo propongo que en vez de ser tan beligerantes con la sexualidad de otros y estar tan preocupados por lo que ocurre bajo las sábanas de los dormitorios ajenos nos preocupemos más por aislar socialmente en vez de al homosexual, al corrupto, al defraudador, al sinvergüenza, al estafador, al ladrón de cuello blanco. Resulta francamente llamativo que nos resulte más sencillo insultar o ridiculizar al vecino o vecina homosexuales y se nos caiga la baba al ver pasar a muchos que se han forrado a nuestra costa y se han jubilado con indemnizaciones millonarias después de quebrar cajas de ahorro, comunidades autónomas, ayuntamientos o empresas públicas. A todos éstos es a los que debiéramos aplicar legislaciones ejemplares, señalarles con el dedo acusador cuando pasen por la calle y dejar en paz a los que quieren amarse ejerciendo simplemente su libertad de elección y su derecho a ser felices. En realidad a eso aspiramos todos, lo demás es pura hipocresía y, desde luego, impedirlo no nos va a sacar de la miseria moral en que este mundo navega.

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Lugares que Superman no conoce
María Antonia San Felipe 16-03-2012 | 7:04 | 0

Los patios traseros albergan cosas que no gusta enseñar a las visitas y cuando uno se ha convertido en un asesino en serie y almacena en ellos decenas de cadáveres no suele ser propenso a dejar pasar a nadie más allá del seto que protege el cementerio. Digamos que Siria forma parte del patio trasero del mundo y por eso Kofi Annan, delegado del Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon y de la Liga Árabe, en su reciente viaje a los dominios de Bashar Al Assad sólo ha podido ver lo que los servidores del tirano han permitido. Han querido hacerle creer que la violencia y las matanzas las promueven terroristas y no las fuerzas armadas dirigidas por su eficiente hermano. La pasada primavera los movimientos por la “dignidad” se levantaron contra el régimen de Al Assad pero, un año después, pese a la creciente escalada de detenciones y torturas a opositores y a las indiscriminadas matanzas de civiles, entre ellos mujeres y niños, la ONU todavía no ha conseguido llegar a un acuerdo entre otras cosas porque Rusia y China están protegiendo al déspota. Con esa excusa el mundo, pretendidamente civilizado al que pertenecemos, tampoco ha hecho grandes esfuerzos. No olvidemos que es China la que compra la deuda de todos los países que integran esa reserva espiritual de la hipocresía en que nos hemos convertido.

Mientras despedían a Kofi Annan y éste se declaraba esperanzado en el futuro, sin haber cerrado la escotilla del avión, una matanza de inocentes llenaba de tragedia y de indignación la ciudad de Homs, la más enfrentada al presidente Al Assad. Las imágenes de niños y mujeres, asesinados o mutilados, han dado la vuelta al mundo, entre ellas, hemos visto una fotografía de Reuters que nos acerca a una niña a la que han extraído una bala que el médico nos muestra. La niña grita y llora dolorida en un improvisado hospital. Pese a la inmensa desgracia ella podrá contarlo, puede que a sus hijos, ya que sus padres quizás se cuenten entre los muertos. Aunque no queramos ver, volvamos a mirar: la niña siria viste una camiseta en la que destaca la S de Superman sobre el color azul, al que acompañan el amarillo y el rojo del legendario superhombre. Al contemplar la imagen una se da cuenta de que los niños de todo el mundo se parecen mucho: todos quieren ser felices, todos tienen héroes que admirar y todos sueñan con mundos que jamás existirán. Nosotros, un año después, comenzamos a olvidar que hay desgracias mayores que las nuestras, también sabemos que hay lugares a los que Superman nunca viajó ni, por supuesto, viajará. En el corazón de Siria, la niña llora envuelta en las ropas de un héroe de cuento cuya ayuda nunca llegará a tiempo porque el cine jamás se hace realidad y porque hoy la cruda realidad nos enseña que la única heroína, la verdadera Superwoman, es ella aunque su fuerza, desgraciadamente, emane primero del dolor y más tarde de la ira.

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