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hipocresía

Hablando claro
María Antonia San Felipe 17-02-2018 | 7:00 | 0

claracampoamorFue pronunciada la palabra portavoza en el Congreso y prendió la polémica en   un país que adora discutir con pasión más que reivindicar con energía. Nos gustan las trincheras dialécticas, enseguida marcamos la línea divisoria: a favor o en contra. Odiamos las medias tintas. Al tiempo que los diccionarios de la Real Academia eran esgrimidos como arma y también como argumento el calendario y la prensa recordaban a alguien a quien mucho debe la democracia y, especialmente, las mujeres.

Hace 130 años, el 12 de febrero de 1888, nació en el barrio de Maravillas (hoy Malasaña), Clara Campoamor, la abanderada del voto femenino. Alzó su voz nítida y no se rindió. Desde su escaño en el Congreso (no podía votar pero si ser elegida) consiguió para las mujeres algo intrínseco al concepto de ciudadanía, el derecho al voto. La Campoamor tuvo que escuchar muchas bromas de mal gusto y aguantar infinitos desaires. Los detractores argumentaron que el voto de la mujer llevaría la perturbación a los hogares. El doctor Novoa Santos, de la Federación Republicana Gallega, habló de la incapacidad natural de su carácter ya que, “el histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer” y otro, buscando la carcajada fácil, exclamó: ¡Ellas ya se manifiestan en las procesiones! Finalmente, el 1 de octubre de 1931, lo logró. Muchos partidos se dividieron en el voto. Destaca la posición contraria de la otra parlamentaria, Victoria Kent, que no dudaba de la capacidad de la mujer sino de la oportunidad de otorgar el derecho en ese momento. En la perspectiva de la historia, Clara llevaba razón. Hoy lo vemos, entonces a ella de poco le sirvió, no fue reelegida.

Tristemente no podremos escuchar la opinión de Clara Campoamor sobre la polémica de las portavozas  pero me aventuro a apuntar que estos días se sonríe. Ella ya sabe que para ganar una guerra las mujeres tienen antes que triunfar en mil batallas cotidianas. Hoy académicos y lingüistas nos ilustran sobre la improcedencia del palabro y muchos/as se rasgan las vestiduras. Yo también, a mi me indignan las reacciones de quienes jamás se escandalizaron ante la corrupción que encubrieron y de la que se beneficiaron, me indignan quienes justifican que no es momento de abordar la brecha salarial entre hombres y mujeres, me enfado porque recortan fondos para luchar contra la violencia machista. Me indignan quienes miran para otro lado ante los abusos y guardan silencio ante el crecimiento de la desigualdad. Me enfadan quienes niegan la realidad de la creciente pobreza, el 60% de las víctimas son mujeres y niñas. Hay mucha hipocresía en la polémica.

Afortunadamente el movimiento feminista está renaciendo en todo el mundo, se ha globalizado y fortalecido cuando el establishment pensaba que había muerto. Hay más virulencia contra el feminismo porque resurge desde Hollywood a la Meca (mujeres árabes comienzan a denunciar abusos). Problemas que estaban ocultos y que se padecían en silencio se están visibilizando, se están despertando conciencias en hombres y en mujeres. Hablemos claro, lo importante no es si el palabro portavoza naufraga o triunfa en el diccionario sino comprender que la lucha continúa. Yo fui alcalde cuando las alcaldesas, según el diccionario, eran las mujeres de los alcaldes. Algo hemos progresado pero, creyendo que la meta se había conseguido, muchas mujeres quedaron atrapadas en la propaganda machista. Afortunadamente muchos hombres han pasado a formar parte de la pelea por la igualdad plena de toda la ciudadanía. Sí, Clara, te han entendido y eso también es importante.

Por eso, ni me preocupa ni me sorprende la palabra, ya sea correcta o incorrecta, me asombra que nos despisten con señuelos y sobre todo me duele que nos resignemos,  que aceptemos la desigualdad, la discriminación y el abuso con el silencio sumiso de quien ignora su propia realidad. Clara Campoamor no se resignó, no estamos solas como ella, no lo olvidemos.

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Tolerar el mal
María Antonia San Felipe 23-12-2017 | 10:02 | 0


bernard-lawCuando toleramos lo que nos parece mal, cuando guardamos silencio ante una injusticia, un abuso, un delito nos volvemos cómplices y lo sabemos. Sin embargo hacemos como que no nos damos cuenta porque el grupo, la sociedad nos vuelve un poco egoístas y bastante hipócritas. Nos volvemos ciegos, mudos y sordos hasta que estalla el escándalo y entonces nos rasgamos las vestiduras como si nada supiésemos. Cuando la denuncia alcanza su punto máximo y rompe el círculo donde ocurrían los hechos entonces condenamos, criticamos y ponemos el grito en el cielo pero, al tiempo, nos olvidamos y la rueda vuelve a girar. Al fin y al cabo en este mundo todo va y vuelve, sobre todo la maldad, siempre la injusticia.

Acaba de fallecer Bernard Law, el cardenal que encubrió en Boston uno de los mayores casos de pederastia. Cientos de abusos sexuales de sacerdotes a niños que fue destapado por el Boston Globe. Una investigación periodística rigurosa que ennoblece a la profesión. Era el año 2002, el escándalo llenaba de asombro al mundo entero. En realidad, en el entorno de su diócesis se sabía, se sospechaba, se intuía, se compraban silencios y se silenciaban denuncias. La Iglesia católica, como todas las organizaciones, no temen el delito y, en este caso, el pecado sino el escándalo. Sobre todo, que no se sepa, echar tierra encima, enterrar la ignominia porque el tiempo todo lo cura. El alboroto fue mayúsculo, la película Spotlight, ganadora de un oscar en 2015, contó lo sucedido. Pese a todo el purpurado ha vivido estos años tranquilamente en Roma como arcipreste de Santa María la Mayor. Ha muerto sin haber comparecido ante ningún tribunal civil ni parece ser que religioso. Desconocemos, cuando esto escribo, si la justicia divina le tendrá reservado un pedestal destacado en el infierno, un lugar que ya conocieron en vida las víctimas de sus encubrimientos. Si sabemos, porque lo ha informado la Santa Sede, que su funeral tendrá lugar en la basílica de San Pedro. Vamos, que no digo yo que el cardenal no deba ser enterrado, pero no en el corazón del Vaticano en una ceremonia concelebrada por arzobispos y obispos, con la asistencia del papa Francisco que no sabemos si pedirá perdón a las víctimas de los abusos por haberlas olvidado tan pronto como cedió el clamor del escándalo.

En la sede mundial del glamour, en la Meca del Cine el brillo de las estrellas más refulgentes ya no centellea ni por Navidad, ya se sabía que durante décadas algunos productores, directores y mandamases de la industria cinematográfica habían practicado el abuso y la coacción a las actrices. El mal parecía endémico. Muchos sabían, muchos callaban y muchos, sobre todo mujeres, sufrían para sostener sus carreras o para evitar concluirlas si decían que no al depredador de turno. Los casos de Kevin Spacey, Brett Ratner y de otros han precipitado un tsunami. No obstante, el caso de Harvey Weinstein uno de los más influyentes productores, ha sido una bomba que ha convulsionado la industria del cine americano. Solo unos días después de que The New York Times y The New Yorker (otro éxito del periodismo serio) destapara los abusos sexuales cometidos por Weinstein durante décadas la Academia de las Artes de Hollywood lo ha expulsado. Es algo sin precedentes pero que marca el camino para la erradicación de estas prácticas delictivas. Ahora son decenas de actrices, todas ellas muy conocidas, quienes se han decidido a denunciar violaciones y acoso, algo que muchos encubrían. De nuevo, el estallido del escándalo puede frenar los abusos, hasta que de nuevo gire la rueda de la maldad. Muchos se preguntan por qué se tarda tanto en denunciar, la respuesta es sencilla, la vergüenza y la humillación son difíciles de confesar y el poder de los agresores a veces asusta. Imaginen a muchas mujeres que sufren cotidianamente estas agresiones en el trabajo y que encima tienen que aguantar, incluso de otras mujeres, que ellas se lo andaban buscando.

No se puede aceptar lo intolerable y eso solo se consigue no cerrando los ojos ni callando los abusos, sean de la índole que sean, salvo que decidamos instalarnos para siempre en la hipocresía renunciando, por miedo, a nuestra dignidad.

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Hipocresía
María Antonia San Felipe 10-06-2017 | 9:00 | 0

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Que el objetivo de los terroristas y asesinos del autodenominado Estado Islámico es desestabilizar Europa y propiciar un clima de enfrentamiento social mediante el terror no es a estas alturas ningún secreto. Tampoco lo es que los atentados de Manchester y del puente de Londres han vuelto a hacer brotar la semilla del miedo que germina entre los ciudadanos europeos tras el extremo dolor que dejan los atentados. Lo normal, lo humano, lo comprensible es que ese temor anide en muchos ciudadanos que observan cómo, desde el enorme desprecio por la vida, se puede asustar a millones de personas. Conseguir un cuchillo y una furgoneta es sencillo, no hacen falta grandes infraestructuras, ni siquiera una pistola, solo fanatismo, dogmatismo y odio. Esos son los ingredientes que inoculan los dirigentes del DAESH.


Conociendo los fines del grupo criminal los gobernantes deben actuar desde la inteligencia y no desde la rabia, como estadistas: mirando al futuro y no a las urnas. Que los ciudadanos estemos espantados y estremecidos no es extraño pero todos esperamos que quienes administran los medios de protección y seguridad colectiva, estén a la altura de las circunstancias incluso reconociendo errores y no escondiéndose en su negligencia. Los británicos han sufrido en plena campaña electoral dos golpes durísimos y la reacción de la primera ministra Teresa May la ha puesto en entredicho. Cuando se publique este artículo ya sabremos la opinión de los ingleses de su gestión de la crisis, habiendo sido la ministra del Interior que durante seis años recortó medios humanos (20.000 policías menos) y materiales de las fuerzas de seguridad y de inteligencia británicas, tan eficaces en otros tiempos.


May sabe que la fuerza del Estado Islámico en Europa la componen radicales que se transfiguran en terroristas suicidas por todo el planeta ampliando sus redes de actuación y aparentando ser una organización muy eficaz, aunque sea más débil de lo que aparenta. Por eso, las últimas declaraciones de Teresa May antes de las elecciones son una improvisación. Quien tiene decidido inmolarse no tiene miedo a las leyes vigentes ni a las futuras, se mueve por su propia irracionalidad. Debiera ser más cauta y más sincera con sus conciudadanos, aunque no ha sido capaz ni siquiera de defender al alcalde de Londres. Sorprende que en el centro de este miedo apareciera el patán que faltaba: Donald Trump. En unas patéticas declaraciones criticó al alcalde de Londres, el laborista Sadiq Khan, por pedir a sus conciudadanos que mantuvieran la calma. Trump afirmó que era hora de “dejar de ser políticamente correctos”. Ya sabemos que él es incorrecto por naturaleza pero no se puede jugar alegremente con el temor ajeno.


El lunes siguiente al atentado, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Bahréin, Egipto y Yemen rompieron sus relaciones con Qatar por su presunto “apoyo a varios grupos terroristas” que pretenden desestabilizar la región, en referencia al DAESH. Desde Qatar se considera injustificada la medida. Según Trump, él es el inspirador de la misma. La verdad es que debiéramos reflexionar sobre esta aparente buena noticia. Muchos expertos en Oriente Medio advierten que esta presión sobre Qatar obedece a una cuestión geoestratégica de Arabia Saudí, tradicionalmente hegemónica en la región en su disputa con Irán. Es decir, hay otros intereses que no son la lucha contra el terrorismo puesto que desde muchos medios occidentales se acusa a Arabia Saudí de financiar la difusión del extremismo islámico en el mundo. Sin olvidar, que Trump acaba de cerrar con Riad un acuerdo de venta de armas por más de 100.000 millones de dólares y que EEUU tiene en Qatar la base militar más grande del Medio Oriente con más de 11.000 soldados. Todo muy contradictorio. Es decir, señor  Trump a lo mejor para luchar contra el terrorismo hay que dejarse de bravuconadas y ser menos hipócritas y más eficaces. Alguien debe extender la inteligencia más allá de sus propias narices.

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Mirar sin querer ver
María Antonia San Felipe 12-10-2013 | 11:15 | 0

         

           “Europa no puede mirar para otro lado”, es una frase tan embustera y hueca como la mayoría de las declaraciones vacías y grandilocuentes que nacen del corazón de piedra de la Unión Europea, por eso la ha pronunciado su presidente José Manuel Durao Barroso, tras ser abucheado en Lampedusa después de la tragedia en la que más de 250 cadáveres nos han puesto ante el espejo de nuestra propia vergüenza. Esa misma palabra, Vergogna!, ha gritado el Papa y muchos vecinos de Lampedusa al recibir a las autoridades que se han acercado a la isla empujados por un escándalo que nos ha recordado la miseria moral en la que vivimos.

            Mientras se contaban los cadáveres y se prometía la nacionalidad italiana y un funeral de estado a los muertos, la fiscalía de Agrigento (Sicilia) acusaba a los supervivientes rescatados de un delito de inmigración clandestina, que puede ser castigado con una multa de hasta 5.000 euros y la expulsión del país en aplicación de una ley aprobada por el gobierno de Berlusconi y mantenida por los siguientes. Resulta indecente que los muertos, que ya nada necesitan, sean enterrados como ciudadanos de la República italiana con un funeral hipócrita presidido por presidentes, ministros y altos cargos políticos, mientras que los que han sobrevivido y que probablemente preferirían, en estas circunstancias, estar tan muertos como sus infortunados compatriotas, puedan ser expulsados y castigados como escoria humana. Asimismo los que les auxiliaron, mientras otros pasaban de largo, por la misma ley pueden también ser detenidos y juzgados. En otros tiempos hubieran sido aplaudidos como héroes pero hoy está más valorado y se consigue ser más influyente en los círculos políticos si uno  es un sinvergüenza que cobra comisiones bajo manga, estafa a ahorradores o derrocha los dineros públicos. En la actualidad las políticas económicas y fiscales protegen más a los causantes de esta crisis que a las víctimas de sus manejos. Nunca como ahora, se ha sido tan complaciente con los fuertes y tan tirano con los débiles, nunca se protegió tanto al estafador y se insultó tanto al estafado.

            Además, diga lo que diga Durao Barroso, mirar para otro lado sin querer ver la realidad es lo que se ha hecho con la inmigración durante años y lo peor es que se actúa con el aplauso y la aquiescencia de una mayoría, cada vez más creciente, de ciudadanos. La crisis está agudizando dos fenómenos totalmente contrapuestos, por un lado hay mareas de gente solidaria con los que lo están pasando mal y por otro, el germen de la insolidaridad se incrementa ante la escalada del desempleo, de la desigualdad y la disminución de las coberturas sociales. Si en Francia se expulsa a los gitanos con el apoyo mayoritario de los franceses, en España se legisla para multar a los mendigos (ya me dirán como van a cobrarse las multas), se prohíbe a los músicos tocar en las calles para ganarse la vida y otras ocurrencias para contentar a franjas ideológicas extremas. Por el contrario, no se anuncia ninguna ley para regular mercados, gravar la especulación, pedir solidaridad impositiva a las grandes fortunas o castigar a quienes se forran quebrando bancos que luego se rescatan con nuestros impuestos. Estos últimos, en vez de cárcel, tienen premio y por eso los incluyen en los consejos de administración de grandes empresas. Parece ser que la mano dura con los débiles y con los desprotegidos es la nueva ideología que recorre Europa estos días. Sirva de ejemplo que en Francia la ultraderecha va a la cabeza en los sondeos electorales y que en España hay multitud de actitudes fascistas que gozan del aplauso de muchos. Estamos en una espiral peligrosa, como en los años treinta del pasado siglo. No debiéramos consentir un retroceso tan dramático a la noche de los tiempos. Yo no quiero ser cómplice y confío en que usted tampoco.

 

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Hipocresía
María Antonia San Felipe 09-11-2012 | 7:25 | 0

Es indudable que en este país el prejuicio social hacia la homosexualidad todavía no se ha erradicado por completo. Persisten todavía las bromas de mal gusto y las miradas de soslayo hacia aquellos que públicamente viven su sexualidad con naturalidad pese a lo arraigado de las costumbres dominantes que, claramente influidas por la tradición del catolicismo español, se muestran tan excluyentes e intolerantes respecto de la aceptación del otro, es decir, del diferente. La ley que reconocía el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo fue aprobada en 2005 y no podemos decir que el balance de su aplicación haya supuesto problema alguno en nuestra sociedad. Es de las primeras veces que en España la ley avanza un paso por delante de la realidad social lo que ha supuesto que siete años después, cuando por fin ha llegado la sentencia del Tribunal Constitucional, exista escaso rechazo social a la legislación hoy ya refrendada por la doctrina jurídica. Cierto que no hay mal que por bien no venga, así que el retraso en resolver el recurso interpuesto por el Partido Popular ha tenido a mi juicio, el efecto beneficioso de que la aceptación ciudadana haga más difícil modificar este derecho al matrimonio de las personas del mismo sexo. La justicia lenta es injusta, penosa y exasperante pero después de tanto tiempo no veo una mayoría de españoles clamando por la derogación del matrimonio gay. El propio Mariano Rajoy, poco inclinado a hacer declaraciones, ha quitado importancia a la sentencia e incluso a los fundamentos jurídicos de su propio recurso como si de una cuestión de nominalismos se tratara. No es de extrañar que esta actitud de respecto al fallo del Constitucional haya exasperado a los sectores más intransigentes del PP que clamaron contra la Ley y que como ha dicho el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, él no va a cambiar su opinión porque el Tribunal Constitucional haya dictado una sentencia. Sus declaraciones ponen de manifiesto que hay una parte importante del PP y de la propia sociedad que se resisten a reconocer derechos a otros sólo porque se atienen a una moral religiosa y personal que no todos los ciudadanos comparten y que en un sistema democrático no puede ni debe ser impuesta a otros.  

Estamos en uno de esos momentos que son ejemplo de que en la historia de la humanidad fueron siempre los tolerantes con la costumbre y moral ajenas, los que propiciaron  la conquista de los derechos de todos, de esos que hoy nadie con dos dedos de frente discutiría. No obstante, las cosas no han concluido con la sentencia del Constitucional. Dentro del PP van a existir divergencias y peloteras internas, como en las discusiones que habrán en los bares o en las tertulias, pero si de lo que se trata es de imponer la moral propia a los demás a la luz de los prejuicios ancestrales, yo propongo que en vez de ser tan beligerantes con la sexualidad de otros y estar tan preocupados por lo que ocurre bajo las sábanas de los dormitorios ajenos nos preocupemos más por aislar socialmente en vez de al homosexual, al corrupto, al defraudador, al sinvergüenza, al estafador, al ladrón de cuello blanco. Resulta francamente llamativo que nos resulte más sencillo insultar o ridiculizar al vecino o vecina homosexuales y se nos caiga la baba al ver pasar a muchos que se han forrado a nuestra costa y se han jubilado con indemnizaciones millonarias después de quebrar cajas de ahorro, comunidades autónomas, ayuntamientos o empresas públicas. A todos éstos es a los que debiéramos aplicar legislaciones ejemplares, señalarles con el dedo acusador cuando pasen por la calle y dejar en paz a los que quieren amarse ejerciendo simplemente su libertad de elección y su derecho a ser felices. En realidad a eso aspiramos todos, lo demás es pura hipocresía y, desde luego, impedirlo no nos va a sacar de la miseria moral en que este mundo navega.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.