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España con alfileres
María Antonia San Felipe 19-10-2012 | 9:44 | 0

Cientos de inmigrantes subsaharianos, es decir, de personas de raza negra procedentes de los lugares más pobres de África, antes de que llegue el invierno intentan saltar la valla de Melilla para entrar en España. Hemos visto a los más afortunados siguiendo ordenadamente a la policía española y ayudándose unos a otros para sostenerse en pie en el camino hacia un centro de estancia temporal abarrotado. Las imágenes nos muestran sus torsos desnudos, porque vienen sin nada, a pecho descubierto, atraídos por una débil luz de esperanza que no ven en su país y sin tener seguridad de que la complicada aventura que emprenden, a riesgo de su propia vida, pueda tener un final feliz. Salvo las mafias, que cobran por anticipado en este tráfico de personas que evoca los mejores tiempos de la esclavitud, nadie tiene nada asegurado y sin embargo, quieren venir, vienen y no reparan en cercas y vallas. ¡Cuánta fuerza sigue teniendo la esperanza!

Mientras, en avión, tren, autobús o bicicleta cientos de españoles parten hacia otras fronteras y a la conquista de otros sueños. En lo que va de año, 55.000 compatriotas han salido de España camino de otros países del mundo, la mayoría son jóvenes con elevada formación y sin esperanza de encontrar trabajo ni en aquello para lo que han sido formados durante años ni de nada de nada. En esta contradicción nos movemos, unos sueñan con España como el paraíso y los españoles quieren dejar este Edén para buscar simplemente futuro. Por primera vez en muchos años, España no sólo pierde población sino que el índice de pobreza se está incrementado a un ritmo exponencial y las clases medias se están despeñando por el tobogán de esta estafa que llaman crisis.

En este cielo sostenido con alfileres en que han convertido a España, cada día más ciudadanos se preguntan si pueden continuar silenciosos ante el desmantelamiento de todo el edificio de protección social que hemos construido entre todos. Comienza a resultar intolerable que además de los sacrificios personales que la mayoría de la sociedad está realizando, vean cada día como se van deteriorando la enseñanza y la sanidad pública, se limitan o desaparecen las ayudas a la dependencia y las coberturas sociales o se pierden derechos laborales peleados durante años.

En La Rioja tenemos a profesores encerrados en defensa de la enseñanza pública y protestas crecientes de los trabajadores de la sanidad pública que temen un deterioro del servicio que prestan o la privatización de la gestión del hospital de Calahorra. Los evidentes recortes no sólo se niegan sino que se justifican en aras de la “eficiencia” una palabra tras la que se ocultan aviesas intenciones que nunca se confesarán públicamente. En este clima general de pérdida de derechos parece que los gobernantes se sienten molestos porque en vez de aplaudirles la gente proteste, se eche a la calle o haga huelga. Esa misma gente que sabe que le están mintiendo en su cara tiene que escuchar cómo, ejerciendo una infinita soberbia, el inefable ministro Wert diga que si protestan es porque son extremistas o antisistemas o que el portavoz del PP, Alonso les atice que, en sus tiempos, las huelgas los hacían los batasunos, comparando a ciudadanos de bien con terroristas. Debieran ser más prudentes estos señores tan enseñorados y saber que el malestar crece entre la sociedad en general, ya sean profesores, barrenderos, médicos, electricistas, panaderos o, desgraciadamente, parados y que muchos de los que hoy protestan en sus épocas juveniles también llenaron las calles para conseguir la libertad y los derechos que hoy quieren quitarnos. Dicen también estos señores que los que les han votado son más que los que protestan y, puede ser, pero no debieran utilizar un argumento tan burdo ya que el voto es un bien volátil y tan incierto como el futuro que jamás conoció dueño.

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Vientos del pueblo
María Antonia San Felipe 28-09-2012 | 9:00 | 0

Creo que no podemos permitirnos el desánimo porque aunque haya pocas noticias para la esperanza hay que tirar de ella a fin de avistar otro futuro menos negro que el que nos ofrecen. Sería realmente sorprendente que, cuando se analice esta crisis a la luz de la historia, en el balance haya más detenidos por ejercer democráticamente el derecho constitucional a protestar y disentir de la acción del gobierno que causantes del desaguisado. No han sido molestados por cargas policiales ni se les apaleado con diligencia hasta conducirlos a prisión a ninguno de los protagonistas del expolio a las cajas de ahorro, ni a los que han saqueado las arcas públicas, ni a tantos otros corruptos y sinvergüenzas que a montones habitan en nuestro suelo patrio. Las fotos de estos señores siguen estando en la nómina de muchos consejos de administración, en cargos públicos o cobrando pensiones millonarias y todavía hoy se atreven a darnos lecciones cuando, como en el oeste americano, debieran circular sus fotos con una leyenda que diga “se busca”.

Estos días, algunos aparentan estar preocupados por la imagen que se transmite de España en el exterior y cargan las tintas sobre las repercusiones en la prensa extranjera de las protestas callejeras de estos días en Madrid. El propio presidente del gobierno, Mariano Rajoy, poco propenso a las declaraciones públicas en momentos de dificultad, ha alabado la “responsabilidad de los que no se manifiestan”, como si el hecho de hacerlo fuera cosa de antipatrias o de malos ciudadanos que quieren que España se hunda. Es cierto que millones de ciudadanos, muchos más que manifestantes, votaron a su partido y muchos más no han participado en los actos de protesta de estos días, pero de ahí a considerar que todos ellos están más de acuerdo con sus recortes que con el espíritu que anima a los indignados de estos días en Madrid va un largo trecho.

La forma inadecuada, ineficaz y titubeante de atajar esta crisis por los diferentes gobiernos está produciendo una sangría social tan grande que tenemos el país lleno de tantas víctimas anónimas, de tanta gente desorientada y desesperada que no es posible que se les exija por el gobierno más responsabilidad, sacrificios y entereza que a los responsables del desatino. La gente con agallas de este país es la que está malviviendo de un subsidio, de la pensión de los padres, de los ahorros de toda la vida, de la solidaridad de amigos vecinos o de organizaciones no gubernamentales.

Se impone a mi juicio una reflexión más profunda que la que están haciendo los responsables políticos que miran al pueblo, que dicen representar, desde el asiento del coche oficial asombrados de que protesten contra ellos, como si discrepar además de molesto fuera un delito. Estos días, por el 80 cumpleaños del presidente Suárez o el fallecimiento de Santiago Carrillo, se ha recordado el espíritu de la transición. En aquellos momentos las calles también estaban llenas de manifestantes y no siempre se compartían ni todos los lemas, ni todos los comportamientos, ni todas las reivindicaciones, probablemente ahora tampoco, pero flotaba en el aire una necesidad de producir cambios profundos y ese fue el nexo de unión que precipitó el acuerdo constitucional y democrático del que somos herederos. Digamos que una nueva pulsión de cambios impregna no sólo las calles sino las conciencias de una gran mayoría de españoles. Bajo el lema “democracia real ya” se esconde la necesidad de transformar aquellas cosas que sabemos que han fallado: controles severos contra cualquier forma de corrupción, forma de elección de representantes, larga permanencia en los cargos… y junto a ello una evidente certeza de pérdida de derechos, de estrangulamiento de servicios públicos básicos unidos a un empobrecimiento general de la población que ha conducido a muchos a la injusta frontera de la exclusión social.

Puede que algunos no quieran verlo pero España está hoy ansiosa de profundos cambios. No lo duden, ese soplo de frescura es el verdadero viento del pueblo que cantan los poetas.

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