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El olvido está lleno de memoria
María Antonia San Felipe 08-02-2014 | 11:29 | 2

          “Hay quienes imaginan el olvido/como un depósito desierto/ una cosecha de la nada y sin embargo/el olvido está lleno de memoria”. El viento del invierno me ha refrescado estos versos de Mario Benedetti al contemplar lo que ocurre en nuestra querida España. Terminaba la semana con el partido del gobierno reunido en Valladolid, allí sus dirigentes se enorgullecían de la multitud de batallas ganadas en su lucha contra la ciudadanía tras someterla a tal cantidad de torturas cotidianas que van a resultar inolvidables para muchas generaciones. Dijo Dolores de Cospedal que en España o “es el PP o la nada”. Podemos decir que es, en esa miserable nada, donde nos han colocado. Pareciera que los dirigentes del PP hubieran olvidado todo lo que prometieron. Como no es posible andar tan desmemoriados es fácil concluir que nos toman por el pito del sereno. Los pilares de su programa electoral fueron básicamente: crear empleo, bajar impuestos, no poner dinero público para salvar bancos y no tocar ni educación ni sanidad ni servicios sociales. No hace falta que les recuerde a ustedes lo que han hecho. Unos días después de su glamurosa convención, que terminó con una carga policial desmesurada contra los manifestantes, las cifras de paro fueron elocuentes: 113.097 desempleados más y 184.031 afiliados menos a la Seguridad Social en el último mes. En resumen, un millón de parados más desde que Rajoy es presidente. Las explicaciones que dieron al desastre humano del paro fueron hilarantes.

          Protagonizan una película de los hermanos Marx, un despropósito tras otro y tras tirar todo al contenedor de basura la única promesa prioritaria es la modificación de la ley del aborto. El general Gallardón ha decidido que las mujeres serán madres aunque no quieran. Él no piensa abdicar de su programa ni del apoyo que le otorga el presidente del gobierno, a cuya superior jefatura se debe porque su efímero poder, que tanto adora, proviene del dedo de Rajoy. Al ministro de Justicia debiera preocuparle más acabar con la corrupción en España que con los derechos de las mujeres y más hoy que la Unión Europea ha advertido que España, además de campeona del paro, es líder en corrupción pública. Pero esto para Gallardón no tiene importancia. Él solo se ocupa de proteger a los imputados por corrupción con la ayuda de la fiscalía. Claro que para combatir con eficacia este cáncer habría que hacer tal limpieza que pudieran acabar echándole a él.

          Aquí en nuestra tierra, en La Rioja, que tanta transparencia prometen y jamás practican, mediada la semana, el juez Ruz citó a declarar al secretario general del PP riojano y a su gerente para que detallaran si la compra de su sede por un millón y medio de euros, ¡ahí es nada!, pudo hacerse con dinero negro, posteriormente blanqueado por Luis Bárcenas y de nuevo remitido a La Rioja. Esto ocurrió en 2008 y ¡oh, sorpresa!, ni Carlos Cuevas ni la gerente se acuerdan de nada de nada. Ellos, que tanto recuerdan los errores ajenos aunque sean del siglo pasado, dicen que mágicamente aparecieron 200.000 euros en su cuenta y se enteraron cuando vieron el extracto. Esto no me digan que no es un milagro. Deduzco, con toda lógica, que si el ministro del Interior, Fernández Díaz, ha declarado que España va mejor porque Santa Teresa de Jesús vela por nosotros, quizás, en algún rato libre mi querida Santa Teresa, multiplicó la pasta de la cuenta del PP en vez de hacerlo con la de Cáritas, el Banco de Alimentos o en la Cocina Económica como Dios manda.

           Como dice Benedetti “en el fondo el olvido es un gran simulacro/Nadie sabe ni puede/aunque quiera/olvidar”. Yo confío en que Santa Teresa y la Virgen de Valvanera iluminen nuestra memoria de ciudadanos reiteradamente burlados para que no olvidemos que además de tomarnos por tontos quieren que comulguemos con ruedas de molino.

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Donde habita el olvido
María Antonia San Felipe 01-09-2012 | 9:38 | 0

La mirada del neonazi noruego Anders Breivik es de las que hiela la sangre y corta la respiración, al menos eso me ocurrió a mí al observar la cínica sonrisa que adornaba su rostro el día que escuchaba la condena del Tribunal. Era evidente, por la forma de actuar de este individuo a lo largo del proceso, que considera la pena que se le ha impuesto como una condecoración por una hazaña de la que se siente plenamente satisfecho. Parecía, a ojos de los observadores, como si se tratara del último eslabón de su fatídico plan, el broche de oro a la matanza de Utoya, el exterminio de 77 personas, resulta insignificante para él, sólo son daños colaterales de su siniestro fanatismo. Sólo recuerdo una mirada semejante que produce tanto miedo como sus crímenes, la de Iñaki de Juana Chaos, uno de los miembros más sanguinarios de ETA. Al observar sus rostros uno piensa que en su corazón es imposible que quede espacio para albergar un ápice de ternura.

Ambos personajes comparten no sólo una larga lista de asesinatos a sangre fría sino también el desprecio hacia sus víctimas y un fanatismo ideológico deleznable y claramente repudiable en una sociedad democrática. Son precisamente este tipo de personajes, capaces de asesinar a sus conciudadanos sin pestañear, los que acusan a nuestras sociedades de intolerancia pero se mueven entre las rendijas del estado de derecho con verdadera eficacia como sabemos. En definitiva, los dos son destacados representantes del extremismo ejercido en sociedades democráticas y socialmente avanzadas. Reconozcamos, al menos que en España o en Noruega, el estado de derecho, aun con fallos y carencias, nos defiende de los fanáticos y trata de proteger a sus víctimas. Pero, en otras latitudes, existe un fanatismo que se impone desde el poder o mediante los señores de la guerra, que es difícil combatir por aquellos que lo sufren. Estos días he vuelto a recordar esos lugares del mundo, que son muchos, donde una parte importante de las personas no tienen derechos y su vida vale menos que una cabra, una oveja o una mula. Estas víctimas, la mayoría mujeres y niños, viven en África, en Asia y en otros territorios donde sólo habita el olvido.

Ciertamente ese olvido resulta hoy un territorio infinito, inabarcable y más ingrato que la propia muerte y en él habitan millones de personas cuyos derechos son pisoteados cada día y no hay tribunal alguno que libere a las víctimas del fanatismo que impera en sus países. Estos días hemos recordado esos lugares olvidados al escuchar el relato de la vida de Jamia Yusuf, una joven atleta somalí que murió huyendo de su tierra por Etiopía y desde Libia trataba de llegar en una patera a Italia con la única ilusión de poder correr. El valor de esta joven atleta es mayor que el de cualquier medallista olímpico, desnutrida y sin equipamiento entrenaba, después de haber participado en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, pese a tener prohibido practicar el atletismo porque hacer deporte no es propio de mujeres. Es cierto que a Jamia Yusuf se la tragó el Mediterráneo, de igual modo  que engulle a otros muchos inmigrantes que buscan un futuro mejor, pero a Jamia en realidad la mató el fanatismo. La atleta somalí ha muerto víctima de los extremismos ideológicos y de los grupos armados que campan a sus anchas en el cuerno de África. Hay pueblos que no sólo están sentenciados al hambre, a la miseria y a la mala administración de gobiernos corruptos sino que están condenados a muerte de forma aleatoria porque los fundamentalistas, armados hasta los dientes, imponen su ley a capricho. Las  mujeres llevan en esos territorios la peor parte, yo confío en que al menos a Jamia Yusuf no se la trague para siempre el olvido. Espero que en la historia del olimpismo su nombre y su valor se escriban con letras de oro.

 

 

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En tierra olvidada
María Antonia San Felipe 22-06-2012 | 6:10 | 2

Podemos creer que en nuestro planeta no queda nada por descubrir y sin embargo hay lugares que, aun sabiendo en qué lugar del mapa se sitúan, nos resultan totalmente desconocidos porque forman parte de ese universo que se teje con el olvido. Hay conflictos que desaparecen de la pantalla del televisor y en ese instante dejan de mover, aunque sea por un minuto, nuestras conciencias. Ya no recordamos qué pasó, por ejemplo, en Libia ni qué consecuencias ha tenido para la población civil, ni qué está ocurriendo en Yemen o ahora mismo en Siria. Por supuesto no sabemos cuántos niños mueren al día en el corazón del Sahel, en Haití y una larga lista de penalidades humanas que se han borrado de nuestra memoria, si alguna vez estuvieron en ella. El pasado 20 de junio, la ONU ha conmemorado el Día Mundial de los refugiados. La fecha ha pasado desapercibida pero pueblan ese terrible e ignorado universo 42 millones y medio de personas repartidas por todo el mundo.

En ese terreno inhóspito del olvido hemos de colocar la cotidiana y permanente tragedia en la que viven los saharauis en cientos de jaimas instaladas en el desierto de Argelia, muy cerca de Tinduf.  Esos refugiados salieron en 1975 huyendo del Sáhara occidental, una tierra rica en bancos pesqueros y fosfatos, porque Marruecos se lo anexionó cuando el régimen del general Franco estaba a punto de ser sepultado. La conocida como Marcha Verde colmó las ambiciones expansivas de Hassan II y le supuso un éxito indudable en su política interna. España, en los acuerdos de Madrid de 14 de noviembre de 1975, cedió a Marruecos y Mauritania la administración, de la que hasta entonces había sido una colonia y provincia española y abandonó a su suerte a los saharauis. Argelia permitió que se instalaran de forma permanente en un desierto ingrato incluso para la vida de los escorpiones. En condiciones de difícil subsistencia, unos 175.000 saharauis sobreviven desde hace casi 37 años en una resistencia heroica contra la diplomacia internacional que Marruecos condiciona, tejiendo y destejiendo, e incumpliendo reiteradamente las resoluciones de la ONU que parecen escritas en papel mojado. Marruecos ha asentado a sus colonos en el Sáhara occidental y sigue negociando con los recursos minerales y pesqueros de los saharauis mientras en el inhóspito desierto sus legítimos dueños, cada vez con menos esperanzas, siguen reivindicando su derecho a la autodeterminación y el regreso a su tierra.

Durante este largo período de tiempo los saharauis de los campamentos han subsistido gracias a la solidaridad y ayuda internacional. Ahora, como consecuencia de estos tiempos revueltos en que vivimos, han disminuido las ayudas para los refugiados.  Solo un ejemplo, el agua de los campamentos es facilitada por las organizaciones humanitarias y la ración ni siquiera alcanza las cifras recomendadas para situaciones de emergencia por la Organización Mundial de la Salud: entre15 y 20 litros por persona al mes. De la ración de arroz y harina ni les hablo. Las consecuencias son evidentes desnutrición, raquitismo,… Durante el terrible verano del desierto muchos niños saharauis viajaban a España con familias de acogida, pero ahora hasta ese rescate del infierno en el que viven se ha hecho más complicado, menos medios económicos suponen menos posibilidad de transporte hacia Europa. A nadie interesa este conflicto, las grandes potencias apoyan a Marruecos y los sucesivos gobiernos de España hace años que miran para otro lado. En política internacional los intereses económicos siempre estuvieron por encima de la justicia. No queda ni un resquicio para la esperanza. Nadie se acuerda de ellos, a nadie importan los saharauis.  No es de extrañar que miren a España y piensen que aun más terrible que el olvido resulta la indiferencia.

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