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papa Francisco

Con él llegó el escándalo
María Antonia San Felipe 19-09-2015 | 10:02 | 0

Con él llegó el escándalo, dirán algunos inmovilistas, aunque lo cierto es que con el papa Francisco llegó un poco de sencillez y cercanía a una Iglesia católica que se alejaba de su feligresía. Hay que reconocer que es un hombre que no deja indiferente a nadie, ni a amigos ni a adversarios. Cuentan que antes de ser papa le gustaba poco ir a Roma y cuando lo hacía, no demoraba su regreso a Argentina. Es lo que tiene Roma, que alberga una nutrida corte de cardenales y personajes influyentes que han controlado el poder de la Curia y que conservan una capacidad de intriga tal que empujaron a Benedicto XVI a renunciar a su mandato papal. Ya se sabe que, a la altura del año 1510, Lutero fue enviado a Roma y el pobre quedó horrorizado cuando constató que, en vez de ejemplo de vida cristiana, el papado y su corte eran un vivero de corrupción y excesos en el lujo y las costumbres. Como reza el viejo aforismo Roma veduta, fede perduta (Roma vista, fe perdida).

La espontaneidad de Francisco ha demostrado una capacidad de sintonía con tan variados sectores sociales que ha roto las barreras de la rigidez vaticana y su voz trasciende el orbe católico. Son muchos los gestos que han sido valorados incluso por los no creyentes. Su propensión hacia a los más desfavorecidos, aunque sólo sea como gesto, demuestra su sensibilidad. No tuvo reparos en calificar de “vergüenza” el terrible naufragio en el que perdieron la vida cientos de inmigrantes en Lampedusa. Desgraciadamente es algo que se repite cada día. “Hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro!”, ha dicho el papa Francisco, con evidente sentido común.

Hoy, ante el nuevo drama de la llegada masiva de refugiados que huyen de la guerra en Siria, Irak o Afganistán, el papa Francisco ha cogido con el pie cambiado a unos dirigentes europeos, mayoritariamente católicos, pidiendo a la totalidad de la Iglesia que se movilice para acoger refugiados porque la tragedia es inmensa. De nuevo es evidente la falta de voluntad común de Europa para afrontar un problema que hace tiempo se anuncia. Es asombrosa la demora de los gobiernos de la Unión Europea en la toma de decisiones efectivas, algo que contrasta con la voluntad solidaria de sus conciudadanos. Hay que reconocer que Merkel, aunque sea presionada por sus socios bávaros y tratando de no perder la estabilidad de su gobierno, ha sido la más generosa y más realista del total de los dirigentes de la Unión en las medidas a adoptar.

Es escandalosa la postura del presidente húngaro, Viktor Orbán, que lleva días afirmando que “la cristiandad europea prácticamente es incapaz en la actualidad de mantener a la Europa cristiana”, alusión inequívoca a la condición mayoritaria de musulmanes de los que huyen. No conviene olvidar que son personas, ni tampoco que fuerzas kurdas y cristianas en la provincia nororiental siria de Al Hasaka están luchando para contener el ataque del grupo terrorista Estado Islámico (EI). El gobierno húngaro al construir, con presos comunes, una valla con cuchillas (made in Spain) para impedir el paso de gente pacífica y hambrienta que huye asustada buscando el derecho de asilo, al lanzarles gas pimienta y tratarlos como delincuentes está incumpliendo los principios fundacionales de Europa, de una Europa que hace tiempo navega perdida y a la deriva. Mientras cínicamente los gobiernos juegan a repartir asilados como si fueran mercancía en descomposición al Papa le han preguntado: ¿Hasta cuándo habrá que ayudar? -Hasta que Dios quiera, ha contestado. Los dirigentes europeos negándose a afrontar el problema con la cobardía habitual que produce el cálculo electoral pueden convertir la frontera en un cementerio. A lo mejor, querido Francisco, los hipócritas notables de Europa están esperando a que tú bendigas su indecisión o a que San Juan baje el dedo.

 

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El infierno
María Antonia San Felipe 14-03-2015 | 10:30 | 0

Una conducta inadmisible no puede aceptarse socialmente por muy aplaudida que resulte desde los graderíos de los estadios por más repletos que estén. Hay quien es un campeón admirado en la vida pública y un villano en la privada. Desconozco si éste es el caso de Rubén Castro, el delantero de Real Betis Balompié, pero, a buen seguro, que sus grandes marcas futbolísticas de goleador estrella quedan nubladas por las actitudes machistas que se le atribuyen. Su procesamiento por el juzgado nº 3 de Violencia sobre la Mujer de Sevilla, que ha dictado auto de procedimiento abreviado contra el jugador canario por cuatro delitos de maltrato y un quinto delito de amenazas leves hacia su exnovia le van a perseguir en su currículum muy a su pesar. Por eso, una vez cometido un error es mejor evitar el segundo y él ha caído de nuevo en su trampa.

En el partido contra la Ponferradina, un equipo en cuya ciudad un acosador condenado, Ismael Alvárez, fue alcalde, una parte de la hinchada bética coreó, con absoluto desprecio a la víctima: “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien“. En un primer momento el jugador declaró que “esta afición sólo trata de animar y yo le doy las gracias”, porque cada uno canta lo que quiere. Posteriormente, posiblemente asesorado por su abogado no fuera a perjudicarle en el juicio, dijo que estaba en contra de la violencia. Pero todo indica que Castro se sintió arropado por sus seguidores porque en masa todos son muy gallitos y la sensación de impunidad se refuerza con el grupo, ya que en el fondo hay tolerancia oficial hacia estas actitudes unas veces machistas y otras xenófobas.

El grito de la hinchada bética resume a la perfección el ancestral machismo de quienes creen que las mujeres son un objeto al servicio del hombre y cuando no lo son merecen un castigo, porque ellas son putas mientras que ellos son machotes que las dominan y las poseen a su antojo. Esto y no otra cosa es lo que todavía ocurre en el siglo XXI cuando parece que la educación debiera haber elevado el nivel de cautelas y frenado estas actitudes. Sin embargo las estadísticas nos enseñan que vivimos en una sociedad en la que los jóvenes, hombres y mujeres, en elevados porcentajes toleran el acoso y el menosprecio machista a su alrededor. Por eso Rubén es vitoreado porque es un goleador y un machote que le da una bofetada a una mujer porque se lo merece. A las estrellas y a los faltos de escrúpulos se les perdona todo en este país, a las víctimas se las humilla.

Un hecho que ejemplifica perfectamente la tolerancia con el acoso a las mujeres  lo hemos visto con lo sucedido a la capitana, hoy comandante, del ejército de tierra Zaida Cantera de Castro. La entrevista que le realizó Jordi Évole el pasado domingo fue clarificadora al tiempo que demoledora para los mandos del ejército, una institución que se adapta con lentitud a las normas de una democracia avanzada y que vive todavía presa de un corporativismo insano y vergonzoso. El calvario que ha pasado Zaida es indignante para cualquier persona de buenas entrañas. Que el ministro de Defensa se haya negado a ampararla tras haber sido condenado su agresor el teniente coronel Isidro José de Lezcano-Mújica, resulta más increíble todavía. La paradoja es tal que Zaida puede ser expulsada del ejército mientras su agresor ha conseguido un ascenso y puede reincorporarse en breve. Todo esto sólo puede entenderse si pensamos que el gobierno ha enfermado de tal modo que ya no distingue el bien del mal. Bien sabemos que el valor es un principio muy evocado por la jerarquía militar, por ello cabe concluir que sólo los cobardes se esconden tras la infamia.

Acaba de decir el papa Francisco que el infierno no existe, que es una metáfora. Yo no tengo dudas de que el santo padre lleva razón porque para muchas mujeres y hombres de bien, el infierno está aquí. Pero créanme, que el machismo no existe en España eso sí que es una metáfora.

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Lo que la verdad esconde
María Antonia San Felipe 30-11-2014 | 11:46 | 0

En un país en el que triunfa la apariencia no es de extrañar que los estafadores hayan llegado a las alturas, por eso el pequeño Nicolás con su colección de fotos y su agenda de contactos influyentes ha puesto en ridículo a muchos y ha elevado al tradicional pícaro español a la categoría de personaje público muy atractivo para la prensa. Sólo con que el uno por ciento de lo que cuenta sea verdad es como para cortarse las venas de pensar lo bajo que hemos caído. Rodeados de tanto zoquete cuesta creer que este país superará esta crisis que nos ha sumido en la desesperanza y en el pesimismo. Mientras se enterraba a la duquesa de Alba, con un tratamiento informativo desmedido, la otra España se cobijaba en el dolor. Son las dos caras de la moneda, Carmen Martínez, una anciana de 85 años era desahuciada por haber ayudado a su hijo. Menos mal que el Rayo Vallecano ha acudido al rescate porque en caso contrario ni nos hubiéramos enterado, una más de las miles de personas desahuciadas desde que el desempleo y el empleo precario azotan a la mitad de la población. Esta es la verdad que se vive en la calle, pero en el Senado su hemiciclo se vacía cuando se habla de estas cosas que tanto afligen a los votantes que representan.

En Estrasburgo, el Papa Francisco ha hablado poniendo el dedo en una llaga dolorosa. La economía y más la pilotada por alguien como Juncker que está siendo acusado de beneficiar durante dos décadas a las multinacionales para enriquecer a Luxemburgo a costa de los países de la periferia, está claro que no va a conseguir frenar los desequilibrios sociales cada vez más alarmantes del sur de Europa. Creo que la contraposición de opulencia y pobreza es tan antigua como el mundo, pero durante un tiempo en Europa se había luchado por matizar esa desigualdad. Parece que aquella Europa de las personas y no de los mercaderes que íbamos a construir se ha convertido hoy en una utopía inalcanzable porque algunos la han borrado de la agenda, seducidos o pagados por los lobbies y los intereses de las oligarquías financieras.

Este Papa produce dolor de estómago a muchos jerarcas de la Iglesia y no es de extrañar. Tras denunciar la hipocresía con un lenguaje y unos postulados muy cercanos a una mayoría social que recela del deterioro moral del sistema político institucional europeo, se refirió a España. “La verdad no puede esconderse”, dijo con enorme sencillez y claridad sobre los abusos sexuales en la diócesis de Granada. Es una verdad tan evidente que cuesta entender la torpeza del arzobispo que ha sido puesto en ridículo por la sencillez del gesto del Papa. Si Martínez hubiera hecho su trabajo el Papa no hubiera tenido que llamar personalmente a la víctima y él no hubiera tenido que ponerse de rodillas teatralmente para pedir perdón forzado por las circunstancias y tras quedar, a mi entender, desautorizado en su ministerio. El señor arzobispo de Granada comete un error por el que ya transitaron otros prelados al encubrir o silenciar casos de pederastia, los delitos puede que un día los juzgue Dios pero en la tierra la justicia la imparten los tribunales civiles.

El problema del arzobispo de Granada, como el de muchos otros dirigentes eclesiásticos y políticos, no es que la verdad no pueda esconderse sino que ellos llevan tiempo escondiéndose de ella y cuando por fin ésta resplandece todas las vergüenzas quedan expuestas a la opinión pública con extrema crudeza. No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Joan Manuel Serrat. Pues bien, mientras esto escribo acaba de dimitir Ana Mato por una verdad que todos, toditos todos, sabíamos desde que encontró un Jaguar en su casa. Nunca debió ser ministra pero Mariano la nombró, algún día se sabrá por qué, igual que se sabrán todas las verdades que nos tratan de esconder. Dijo Rajoy, un día que estaba ocurrente, que todo era mentira salvo algunas cosas, lo cierto es que ya sabemos que todo es cierto menos lo que nos cuentan. La verdad es que tanta mentira autodestruye y si no, que le pregunten al pequeño Nicolás.

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El pecador, la mamá y el rey
María Antonia San Felipe 28-09-2013 | 9:24 | 0

         

           El hombre que calza las sandalias del pescador en su calidad de sucesor de Pedro, ha confesado, urbi et orbi, que él simplemente es un pecador. Seguramente no hay mayor grandeza en el ser humano que analizarse a sí mismo, con más crudeza que lo haría un enemigo, y luego reconocer la debilidad para ser consecuente con lo que se cree y coherente con lo que se hace. Por eso, la sinceridad de este Papa, ¡me encanta! Lo confieso abiertamente. ¿Qué autoridad mundial, en este universo falso e hipócrita en el que vivimos, aparece ante sus seguidores para confesar que él es tan vulnerable como el resto de los mortales? En España no hay gobernante que lo haga porque consideran que confesar errores y mostrarse débiles les resta autoridad y liderazgo, probablemente porque nunca lo tuvieron. Yo creo todo lo contrario, sólo la verdad aproxima al pueblo y eso es lo que ha conseguido el papa Francisco en su última entrevista que ha dado la vuelta al mundo. Su confesión ha suscitado la complicidad y la comprensión de millones de fieles que tratan de ver en él las esencias básicas del cristianismo primitivo, el que encarnó el propio Jesucristo y del que muchos creen que se ha ido alejando la Iglesia católica en su afán de abrillantar el cetro del poder con la dominación ideológica ejercida durante siglos. Hay más grandeza humana en aquellos que han sido injustamente señalados por el dedo acusador de la tradición católica como pecadores, que en muchos que aparentan ser santos en público, asistiendo a misas y procesiones, pero jamás hacen nada por los que están sufriendo a su alrededor.

            La propuesta del nuevo papa de que la Iglesia debe abrir nuevos caminos por los que transitar en vez de hablar sólo de la homosexualidad, el aborto o el uso de los anticonceptivos habrá levantado ampollas en algunos sectores y a más de uno en la Curia le habrá subido la tensión, el colesterol y hasta la bilirrubina. Seguro que sus palabras han encontrado más eco en los sacerdotes que ejercen sus funciones en barrios marginales, en las misiones, entre las monjas de los hospitales de África o entre los que atienden a españoles víctimas de la crisis en las filas de Cáritas. No sé, ya veremos lo que ocurre con este Papa que confiesa que es un pecador y que no es de derechas. Ya saben que los malos nunca descansan y que él tiene al enemigo dentro de casa, un accidente casual puede ser mortal, así que desde aquí, le deseo larga vida al Papa.

          Si Francisco es un hombre normal, un pecador con sotana, ¿qué me dicen de doña Angela Merkel, la nueva emperadora de Europa, a la que los alemanes llaman mamá? Ahí estaba, tan parecida a cualquier ama de casa haciendo la compra en el supermercado dos días antes de obtener más del 42% de los votos. Terminó la compra y se fue a dar un mitin a Hannover. Todo normal y sencillo, sin estridencias. No pienso como ella, es más, espero que rectifique por el bien de España, pero le reconozco el mérito y el valor. En España se hubiera montado un acto electoral en el supermercado con cientos de cámaras de televisión y de periodistas para lograr una instantánea, seguramente ficticia. Esa es la diferencia, los políticos de raza no se consideran superiores al resto de la gente por administrar un cargo público en su nombre y por eso ganan credibilidad y elecciones. En España, sin embargo, nos gusta mucho aparentar lo que no somos y muchos creen acceder a un puestito político les hace más listos que a los vecinos. Así nos va.

          En nuestro patio, esta semana la noticia es la cadera del Rey. Aunque la dolencia mejora, la imagen de la monarquía se fractura. Si al perro flaco todo son pulgas, al Rey sólo le faltaba la infección de cadera, con la credibilidad en horas bajas, la corrupción instalada en el salón de palacio y la Reina triste por lo que todos sabemos. El terreno es propicio a los rumores que estos días se disparan. Las posiciones se enfrentan entre partidarios de abdicación, regencia o república. La monarquía, como España, atraviesa horas tan bajas que nadie ve cerca la remontada.

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La revolución
María Antonia San Felipe 03-08-2013 | 9:29 | 0

          Ha dicho el papa Francisco en Brasil que la fe es revolucionaria y probablemente nuestro presidente Mariano “el silencioso” debe pensar lo mismo, porque para escurrir el bulto de sus responsabilidades en la financiación ilegal del PP nos pide que tengamos fe, que creamos sin pruebas y que no pongamos en duda sus palabras aunque los indicios racionales nos indiquen todo lo contrario. No es mi intención contradecir al obispo de Roma, ya que el representante de Dios en la tierra está adornado de infalibilidad aunque, a mi modesto entender, lo auténticamente revolucionario es la verdad y por ello el hombre, desde el origen de los tiempos, ha tratado de encontrarla porque su resplandor ilumina la vida. La clamorosa verdad no sólo reconforta sino que otorga fuerzas para mover montañas. Quizá por eso los gobernantes mediocres, tanto en España como en el resto de la tierra, se esfuerzan en ocultar a sus pueblos la verdad, temen que si la conocen en su auténtica crudeza se lancen a las barricadas para cambiar el corrompido sistema que los hace perdurar en el gobierno. Así que debemos concluir que la fe se alimenta de ignorancia pero nunca de la verdad.

          Desconozco si Mariano Rajoy, acongojado por lo que pueda contar su antiguo colaborador y hoy delincuente, Luis Bárcenas, ha reflexionado sobre las posibilidades reales de que la gente reiteradamente engañada diga que hasta aquí hemos llegado y se lance en masa a la plaza pública a exigir la verdad. Nadie se cree las ficticias mejorías de la economía y del empleo ni nada de lo que cuentan porque el rosario de mentiras con el que cada día nos obsequian es tan largo que en España estamos estancados en los misterios dolorosos y jamás pasamos a los misterios gozosos.

         Pero volvamos al papa y a su revolución. Es cierto que Francisco tiene un lenguaje directo y comprensible por todo el mundo lo cual de por sí ya resulta saludable. Pero no olvidemos, que un papa es un papa y ha sido elegido por una multitud de cardenales más preocupados por las miserias terrenales que por sentarse en el otro mundo a la derecha de Dios-padre. Dicho lo cual, resulta refrescante que el papa Bergoglio haya iniciado su viaje visitando una favela, donde viven los brasileños más pobres, en vez de en un palacio, que haya proclamado la laicidad del Estado, que considere escaso el papel que la Iglesia católica otorga a las mujeres y que proclame a los cuatro vientos que él no puede juzgar a los homosexuales. Es cierto que no ha cambiado la doctrina de la Iglesia, que no ha hablado de permitir el sacerdocio a las mujeres ni se va a poner a repartir preservativos en una esquina del Vaticano pero al menos sus palabras no suenan amenazantes. No olvidemos que en el caso de la homosexualidad la mayoría de las religiones la repudian y muchos estados, como los islámicos, ejercen contra los gays, la represión y la tortura.

          Puede que sólo hayan cambiado las expresiones públicas pero quizás el nuevo Papa ha comprendido que si la Iglesia católica no incrementa el número de fieles, hoy en declive, los Sumos Sacerdotes pueden peligrar en su estatus y por ello es más útil recuperar el lenguaje de Jesucristo que es más cercano al pueblo. Aunque el cambio parezca imperceptible no dudo que en la iglesia de base sus palabras habrán sido bien recibidas pero en la Curia romana y, en la jerarquía española que siempre soñó con un estado católico, las palabras han debido caer como una bomba hasta que han sido conscientes de que las dice el Papa, que es uno de los suyos y ha sido elegido por ellos. No duden que en los cenáculos del Vaticano los cardenales deliberarán sobre la revolución de la fe que propone Bergoglio y seguro que meditan sobre la dimensión de su fe. Yo, que tiendo a dudar de todo, si tengo una certeza: los revolucionarios nunca en la historia salieron a la calle envueltos en púrpura sino hartos de convivir con la miseria.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.