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Tiempo de pasión
María Antonia San Felipe 15-04-2017 | 8:33 | 0

Cuenta el tango “Cambalache”, que el siglo veinte fue un despliegue de maldad insolente y que eso ya no hay quien lo niegue, ya vemos que a la altura del año 17 del siglo XXI nada indica que éste vaya a ser mejor. Vivimos entre injusticias y lo peor es que estamos instalados en la indiferencia. Mientras las bombas caen sobre Siria y el ejército de Al Asad gasea a la población civil en Europa hacemos como que no nos damos cuenta. Al tiempo que planificamos las vacaciones, contemplamos procesiones o nos tomamos una caña, millones de personas sufren las consecuencias de las guerras. Por dura que sea la realidad que nos rodea ya nada nos atormenta, solo nos conmueve circunstancialmente y luego se nos olvida. Incluso pasamos de exigir a las autoridades que hagan algo para frenar una guerra que ha producido más de 350.000 muertos y millones de desplazados. Así que los gobiernos del mundo marean la perdiz según sus propios intereses estratégicos o, en el peor de los casos, alimentan el espantajo del miedo a los refugiados aprovechando la locura terrorista del Daesh, que crece y se autoalimenta porque a alguien también le interesa.
            Observando como Al Asad no tiene reparos en exterminar con gas sarín a su pueblo y otras salvajadas como bombardear hospitales, una se pregunta qué concepción tienen algunos del poder para extender la muerte como una epidemia. Mantener el poder, ese es el único objetivo. De los grupos opositores poco sabemos. Así que lo único cierto es que la gente huye de la muerte y no podemos ignorarlo por más tiempo. La ONU es una entelequia, ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo en una resolución de condena y si lo hacen es un papel mojado que a nadie importa.
           El ataque estadounidense, ordenado por el presidente Trump, supuso el lanzamiento de 59 misiles tomahawk sobre el aeródromo del que salieron los aviones del régimen sirio que gasearon a los civiles, fue la represalia al bombardeo que acabó con 86 muertos, 30 de ellos niños. La orden de Trump ha resultado sorprendente porque hasta ahora había defendido lo contrario, una sospechosa postura que lo aproximaba más a Putin que a su antecesor, el presidente Obama.
           Esta intervención armada ha sido apoyada mayoritariamente por los norteamericanos y ha supuesto un reforzamiento de la imagen pública de Trump en las encuestas de opinión. Esta consecuencia directa hace que resulte sospechosa esta acción de Trump. Un hombre egocéntrico en grado superlativo, más preocupado por su imagen que por cualquier otra cosa en el mundo de las vanidades en el que vive, invita a observarlo con doble mirada. Las continuas sospechas sobre sus conexiones con Putin estaban levantando una oleada de recelos sobre la injerencia de Rusia en la política norteamericana. De pronto Trump, que en agosto de 2013 cuando Barack Obama sopesaba una acción militar en Siria tras un ataque químico que asesinó a 1.400 civiles en las afueras de Damasco, se mostró contrario a la intervención, ahora en un golpe de magia se conmueve, bombardea Siria y se enfada con el amigo Putin.
           En este juego de declaraciones sobreactuadas, el portavoz de la Casablanca ha cometido un error inmenso. Para explicar lo malo que es Al Asad ha querido dulcificar la maldad de Hitler, quien según él no utilizó gases contra la población civil, como si los asesinados con gas en los campos de concentración no hubieran existido. Todo resulta muy sospechoso al igual que la aparente tensión mostrada por el régimen de Putin en la reciente visita del secretario de Estado de EE UU, Rex Tillerson. En la diplomacia el arte de la mentira es tan sutil que, si se lo proponen, el mayor embuste parece una irrefutable verdad. Todo huele a teatrillo para reforzarse mutuamente. El mundo está en sus manos, lo cual en sí mismo es ya una amenaza. Disfruten de la semana de pasión que Al Asad, Putin, Trump y algunos otros disfrutan de la suya: el poder.

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Asesinos
María Antonia San Felipe 30-07-2016 | 7:52 | 0

Este verano está siendo especialmente sangriento en Europa y… lejos de ella. Los terroristas del DAESH hace tiempo que practican una guerra que han internacionalizado con tanta crueldad como destreza. Utilizan métodos de propaganda impactantes que amplifican su propia capacidad destructiva por la brutalidad de sus acciones. Hace tiempo que Europa se siente consternada, atacada en una guerra no convencional que no ha sido oficialmente declarada pues el autodenominado Estado Islámico no existe. Es cierto, no obstante, que ese ente actúa como organización armada y aglutina en torno a él todo el descontento y el fanatismo extremista de sus adeptos cada vez más numerosos y de muy variadas nacionalidades.
El tipo de acciones que promueve evidencia que la violencia extrema e irracional, la que produce un miedo paralizante al tiempo que conmueve por la crueldad empleada con las víctimas, es la esencia de su propia existencia y la forma de prolongar su propia supervivencia.
La brutalidad, por ejemplo del atentado de Niza, arrollando a una población indefensa y tranquila que disfrutaba de su fiesta nacional es difícil imaginar incluso en la literatura de ficción. Pero ocurrió. Los ecos de la Marsellesa todavía retumbaban en los oídos de los franceses cuando el yihadista decidió asesinar a quienes festejaban el 14 de julio. Todavía reciente la conmoción, los atentados se sucedieron en Alemania, en Kabul y de nuevo en Francia con el asesinato del anciano sacerdote católico que oficiaba misa en la iglesia Saint Etienne du Rouvray (Normandía). La atrocidad del degollamiento de Jaques Hamel, de 86 años, no deja lugar a dudas de la irracionalidad salvaje de esta organización terrorista. Si no hay idea que pueda justificar ninguna muerte mucho menos la violencia extrema, sádica y atroz puede engrandecer ideología o propósito alguno.
 El primer atentado se produce el día en que los ciudadanos franceses actualizan el lema básico de la Francia republicana: Libertad, Igualdad, Fraternidad. El segundo, el asesinato del sacerdote católico, grabado para su difusión, es un ataque a otro derecho básico de las personas: la libertad religiosa. Por eso, si analizamos el simbolismo de ambos crímenes lo cierto es que un estremecimiento te recorre todo el cuerpo.
Es comprensible que en Europa los ciudadanos estemos consternados pero hemos de superar miedo y dolor para tratar de ser cada vez más eficaces en la lucha contra el DAESH. Esta guerra indiscriminada y globalizada que practican hace que muchos países pidan a sus gobiernos soluciones drásticas como el replanteamiento de las políticas de inmigración y de refugiados. Sin embargo, sería un error que el temor lastre la idea de Europa que debe actuar no sólo desde principios éticos universales sino con más inteligencia y eficacia que sus enemigos. Esta no es una guerra de religión ni una guerra de civilizaciones, eso es lo que los terroristas pretenden, esta es una guerra de asesinos y de ambiciones. Comparto, por ello, la reacción del papa Francisco al ser preguntado por el asesinato del sacerdote francés. El papa ha dicho: “El mundo está en guerra”, pero la que estamos viviendo “no es una guerra de religión”.  Para aclararlo más ha añadido: “cuando hablo de la guerra significa guerra en serio, no una guerra religiosa. Hablo de las guerras de interés, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos”.
Pues eso, no nos engañemos, no estamos volviendo a las Cruzadas sino que seguimos donde la humanidad siempre estuvo estancada en la adoración perpetua de la ambición del poder totalitario y de la riqueza. Los desalmados que, en grado superlativo, codician ambas cosas siempre han tratado de crear ejércitos de adeptos fanatizados que sirven a sus intereses y que utilizan para tratar de someter las voluntades ajenas privándoles de su libertad mediante el miedo y el terror.

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El llanto
María Antonia San Felipe 13-06-2015 | 8:25 | 0

Este fin de semana se elegirán alcaldes en toda España y no duden que, en muchos salones y en apartados rincones de las casas consistoriales, habrá llanto y crujir de dientes. Múltiples serán los ejemplos de quienes tras permanecer lustros blandiendo la vara de mando serán expulsados a sus oficios anteriores, si los tienen, desde los paraísos del poder municipal. Es lo que significa la democracia, que nadie es eterno, que el poder es transitorio y que cuando se accede a él se inicia el camino que resta hasta abandonarlo. Algunos serán felices en la bienvenida, los recién llegados estarán pletóricos fruto del voto mayoritario o del pacto. Por el contrario, habrá otros que mirarán por última vez su escaño, ya ocupado por otro, y emulando a Bécquer, íntimamente, le dirán: -Como yo te he querido… desengáñate, ¡así… no te querrán!

Mientras unos vienen, otros se van. La vida continúa. En medio de estos trajines desde Moncloa se anuncian cambios, dicen que no serán sólo de chapa y pintura así que estamos expectantes por conocer si habrá renovación de ruedas, de motor, de cojinetes o si finalmente todo se resumirá en un cambio de aceite. Parece que el presidente del gobierno ha hecho caso del consejo de Juan Vicente Herrera, presidente en funciones de Castilla-León, que le instó a mirarse en el espejo de los derrotados, clara premonición de lo que se avecina. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que una remodelación del gobierno en pleno verano, cuando se avistan ya las elecciones de noviembre, no puede ser la solución. Será un parche para tratar de frenar la sangría de un partido unido por el poder. La amplitud del poder absoluto que han detentado en toda España les ha permitido aparentar una cohesión ficticia, alrededor de un líder gris que cada vez está más cuestionado por los suyos y más alejado de la sociedad que lo encumbró. Si la reacción presidencial se hubiera producido el año pasado, tras la celebración de las elecciones europeas que cambiaron el panorama electoral, las cosas hubieran podido ser diferentes. Estaremos atentos a las tardías decisiones del presidente adoptadas a la luz del desamor electoral.

Veamos. Mientras se pactan alcaldías y presidencias de gobierno autonómicos y mientras el presidente Rajoy, el don Tancredo español, reflexiona sobre las encuestas, el Fondo Monetario Internacional acaba de reaparecer en escena para darnos una de cal y otra de arena. La parte buena es que augura que la economía española crecerá por encima de las últimas previsiones al 3,1%. La mala, debe ser de cal viva, porque sugiere la necesidad de nuevas reformas y, ya saben ustedes, que cuando los señores del FMI pronuncian esas palabras, es porque se avecina  un nuevo calvario para la mayoría de la población. Los consejos son abaratar y facilitar el despido, subir el IVA y extender el copago en sanidad y educación. ¡Madre mía!, con sólo el enunciado se me hiela la sangre porque a los nuevos alcaldes los hemos votado nosotros libremente pero a estos señores no sé quien los ha elegido. Sin olvidar que al frente de este organismo, que no vio venir la mayor crisis económica del último siglo, estuvieron personajes tan innobles como Rodrigo Rato o Dominique Strauss-Kahn.

Está claro que en el gobierno han sido obedientes pero no son tontos, por eso se han apresurado a decir que no piensan hacerles caso, al menos por ahora que hay elecciones, pero la hoja de ruta ya se la han marcado. Además los señores del FMI aconsejan no retroceder en las reformas, que se va por el buen camino, una forma velada de querer orientar el voto de los españoles acongojándolos pintando negro el horizonte. Eso sí, sobre la creciente desigualdad y empobrecimiento de la sociedad española no se ha pronunciado el FMI, al fin y al cabo, sus analistas, que no viven con el salario mínimo, aconsejan a los pobres a conformarse porque, al fin y a la postre, todo en la vida es susceptible de empeorar. Ya lo decían, hace dos siglos, los absolutistas añorantes del Antiguo Régimen: ¡Vivan las cadenas!

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Tiempos de silencio
María Antonia San Felipe 11-04-2015 | 9:56 | 0

No se distraigan con tontadas, dedíquense a lo importante. Ya lo ha dicho Rajoy en el Comité Nacional del PP, no hay que perder el tiempo en fruslerías que a nadie interesan. Pero veamos, ¿qué es lo importante? Seguramente para la mayoría de españoles lo importante es que sus hijos, hermanos, primos y cuñados encuentren empleo; que se dote de más medios a la sanidad pública y se frene el creciente proceso de privatización; que la enseñanza pública se fortalezca, que se modere la carga de autónomos y pymes y otras muchas cosas que alivien y mejoren la vida de quienes están sufriendo con más crudeza la crisis en carne propia. Sin olvidar, sobre todo y por encima de todos los todos, la importancia del tamaño de la corrupción que asfixia este país y cuya erradicación pasa por reconocer públicamente el inmenso pecado/delito cometido con las rodillas clavadas en el suelo y devolviendo el dinero y los sobresueldos a las arcas públicas.

Pero no, a nada de esto se refiere Rajoy cuando habla de lo importante. El actual reto del presidente del gobierno es ganar las elecciones, conservar el poder que consiguió en el año 2011 y que se asienta en el gran poder municipal y autonómico que se disputará de nuevo el 24 de mayo. Es decir, que para la más genuina representación del don Tancredo español, la prioridad ahora pasa por prolongar el bienestar de los  suyos y de su partido y para ello es necesario permanecer inmutable en lo más alto del pedestal político. Como todo va fenomenal no es preciso cambiar nada, dice Rajoy. Los más de cuatrocientos cargos públicos del PP, palmeros mudos y obedientes, han sido enviados por todos los senderos de España a predicar la buena nueva de que la crisis ya es historia. El sol brilla mientras guardan las navajas y las disputas internas hasta después de las elecciones cuando se hará recuento de las bajas producidas en la batalla.

La gran farsa de la reunión transcurrió siguiendo un guión muy anticuado y sin ninguna novedad ni reconocimiento de errores ni, por supuesto, propósito de la enmienda. Todos muy sonrientes, vestidos de domingo mientras la procesión desfila por dentro y anticipa que muchos de los mudos aplaudidores de Rajoy pueden ser desbancados de sus cargos en breve. Hubo largos aplausos a la unidad del partido, una cualidad reiteradamente invocada: unidos somos más fuertes (no olvidemos que los ciudadanos también). Un claro reconocimiento de que la unidad está rota y no hay desplome porque la amalgama del poder todavía sella las grietas. Que no hubiera ni una sola voz crítica, discrepante o que serenamente pusiera el dedo en la llaga de la corrupción o advirtiera, como acaba de señalar el CIS, que la inmensa mayoría de los españoles no ve el meteórico despegue económico, simplemente porque la débil recuperación no es suficiente para reducir el desempleo a niveles anteriores a la crisis. Nadie le dijo a Rajoy que los ciudadanos observan atónitos cómo desde el actual gobierno se les mira con una displicencia que se asemeja al desprecio. Nadie le explicó a don Tancredo cómo se sobrevive sin sobresueldos, sin cobertura de desempleo o con empleos de días o de horas. La realidad de España nos enseña que el infortunio de muchas familias se vive en soledad y que aunque cada uno siente su mal íntimamente, al generalizarse tanto, ese dolor se comparte y trasciende lo individual hasta convertirse en un tormento colectivo. En estos casos lo mejor es la terapia de la comprensión, la solidaridad y la cercanía. Compartir el destino alivia el peso que cada uno soporta.

Pero no, de ninguna de estas cosas se habló en la reunión de muditos del PP, un silencio cómplice invadió la sala, nadie rompió el guión. Lo verdaderamente importante es conservar el poder, es tal el pánico que a ello van a entregar sus esfuerzos con todos los medios disponibles que son muchos, como bien sabemos. Ahora los cuatrocientos supuestos líderes, que aplaudieron a Rajoy sin contarle la realidad de este país, nos van a prometer el paraíso quizás porque ellos se han afanado en construir el infierno.

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Mudos y ciegos
María Antonia San Felipe 25-01-2014 | 1:51 | 0

         

            El íntimo deseo de muchos gobernantes es que el pueblo soberano permanezca mudo y ciego y si ha de oír algo que sea solamente a los portavoces del poder y a sus emisarios mediáticos. Un pueblo que vive engañado es más dócil y aguanta mejor las penitencias impuestas por la arbitrariedad gubernamental. El problema es que hemos llegado a un punto que, incluso con los ojos cerrados, vemos con claridad lo que está pasando con esta maldita crisis propiciada por los poderes económicos para acabar con aquellos modelos de sociedad que habían conseguido, en las últimas décadas, recortar las desigualdades con un reparto un poquito más equilibrado de la riqueza.

          Esta semana la ministra del Empleo se ha gastado millón y medio de euros en contarles a muchos jubilados que su pensión ha subido 65 céntimos o poco más de un euro. Un gasto muy necesario ahora que se suprimen médicos y maestros o se cierran guarderías. Por su parte Rajoy y sus muchachos no tienen otra preocupación más relevante que dilucidar si la infanta Cristina de Borbón y Grecia hace el paseíllo a pie, a caballo o en coche hasta presentarse a declarar ante el juez Castro, obligada por las circunstancias y por las leyes del reino de España.

          Mientras ellos se entretienen, hemos conocido el informe de Oxfam Intermón explicando que el 1% de las familias más poderosas acapara el 46% de la riqueza del mundo y que en España, las 20 personas más ricas poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de su población más pobre. Los datos no nos cogen por sorpresa, lo sabemos y vemos a nuestro alrededor situaciones personales y familiares en el límite de la resistencia y vulnerando los principios que preservan la dignidad humana. El problema, como siempre, es de redistribución de la riqueza para cimentar una sociedad más equilibrada. Sorprende que ante el inicio del Foro Mundial de Davos haya sido el papa Francisco el que haya puesto el dedo en la llaga de la hipocresía política. Ha recordado algo que debiera inspirar la acción de cualquier gobierno democrático, propone adoptar “decisiones, mecanismos y procesos encaminados a una mejor distribución de la riqueza, la creación de fuentes de empleo y la promoción integral del pobre, que va más allá de una simple mentalidad de asistencia”.

          Resulta difícil no suscribir estas palabras pero, a mi juicio, el problema de fondo radica en otro aspecto que también denuncia Oxfam y no es otro que el secuestro continuado de la democracia en beneficio de unas élites económicas que no entienden otro principio que no sea el atesoramiento de la riqueza mundial. ¿Para qué cumplir las leyes si es más rentable burlarlas comprando a quien sea necesario? O, en su caso, los gobernantes modifican las leyes poniendo el estado a su servicio y aquí paz y después gloria. Por eso si queremos cambiar las cosas debemos preguntarnos: ¿si los ciudadanos corrientes somos numéricamente más por qué nos pueden?, ¿no vivimos en democracia? Ya comprendo que esta afirmación parece tan inocente como romántica, el horizonte nunca se alcanza aunque camines hacia él, pero sin verlo nunca nos pondríamos en marcha. Pues eso, que algo ha de hacer la sociedad para cambiar las cosas. Hasta ahora han conseguido domesticarnos con el miedo al futuro y creen que nuestro silencio es asentimiento a los desmanes sociales que se están perpetrando. La gente no tiene miedo a hacer sacrificios para conseguir avances colectivos de la sociedad en la que viven, lo que causa no disgusto sino irritación, es comprobar que la factura de la crisis no la pagan los causantes de la misma sino los ciudadanos de a pie mientras que a otros muchos se les ha obligado a vivir de la caridad y de los contenedores de basura. No propongo incendiar el sistema pero creo que ha llegado la hora de organizar las cosas desde el punto de vista de los intereses de la mayoría. A lo mejor si no han entendido  nuestro mensaje es sólo porque todavía no hemos alzado la voz.

 

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.