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PSOE

Tiempo de humildad
María Antonia San Felipe 27-05-2017 | 8:24 | 0

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La humildad es una virtud que se invoca mucho y se practica poco. En política debiera ser práctica habitual pero pasa como con el sentido común, que escasea. Por eso, tras el proceso de primarias que ha vivido el PSOE muchos deben estar haciéndose preguntas en torno al uso de tan escaso bien. Algunos han cometido errores evidentes por no querer ver la realidad. Puede afirmarse, sin margen de error, que los modos con los que Sánchez fue obligado a dimitir marcarían la carrera hacia la secretaría general de un PSOE malherido si los contendientes eran los dos protagonistas del enfrentamiento fratricida. Creo que hubiera habido menos tensión interna y más debate ideológico con otros candidatos, pero en el duelo Susana/Sánchez las posibilidades de que los militantes se decantaran a favor de quien había sido victimizado cotizaban al alza.
          La grandeza de la democracia radica en el voto secreto y por eso Susana y los suyos debieron haber solicitado el voto desde la humildad y no suponiéndose dueños de la victoria. El trago para Díaz ha sido amargo y no lo ha disimulado. El sabor a hiel  es más agudo porque su único sustento programático era que ella ganaba en Andalucía y el mundo, ya se sabe, se rinde a los ganadores. Nadie quiere perder ni siquiera al mus pero ya ven lo que son las cosas, el destino le ha regalado una derrota que no esperaba. Díaz ha encajado un duro revés en su propia casa, la de un PSOE malherido, dividido y sustentado por una militancia enfadada. Se ha equivocado y ahora le toca reflexionar y aprender. ¿Qué habría sido de Susana si en vez de exhibir apoyos de notables hubiera mostrado un variado catálogo de ideas y propuestas que relanzasen el proyecto socialdemócrata en España mirando a Europa? Nunca lo sabremos. Ahora que Susana Díaz ha sido derrotada deberá, desde la humildad, demostrar que también sabe perder, es la única manera que tiene de demostrar la talla política que aparenta.
          A Pedro Sánchez, indiscutible ganador, hay que desearle además de suerte, aciertos. De estos últimos depende no solo su futuro sino el del PSOE. Es cierto que el Sánchez que ha ganado estas primarias no es ni la sombra del que ganó las anteriores. En su mochila, además de dos derrotas electorales, acumula una mochila repleta de decepciones así que hay que suponer que es un líder mucho más experimentado que el primero. Debe enderezar un partido roto y está obligado a sofocar tanta tensión, innecesaria en muchos casos, como se ha acumulado en esta interminable campaña. Es de suponer que ya ha bebido enormes dosis de humildad al quedarse fuera de la política institucional y lejos de quienes le adularon en otros tiempos tras dimitir como diputado. Este también es un bagaje del que puede extraer lecciones, la sabiduría es solo el resultado de la experiencia.
          Seguramente muchos le piden una amplia dosis de venganza interna pero no debe escuchar eso cantos de sirena, pues como en Juego de Tronos: la noche es oscura y alberga horrores. Unidos se vencen mejor los obstáculos y son muchos los que hay que sortear para lograrlo. Sánchez consolidará su liderazgo si aprovecha esta nueva oportunidad para enmendar sus errores del pasado. En vez de dedicarse a las purgas y a venganzas internas sería interesante que se dedicara a mirar hacia afuera. Hay muchos votantes, antes fieles al PSOE y ahora huérfanos o votando a otros partidos, que están dispuestos a volver si ven un partido fuerte, unido y con ideas claras. Muchos esperan que se recuperen las esencias de la socialdemocracia pero no en una vuelta al pasado, sino comprendiendo la evolución de los tiempos en que vivimos y los nuevos retos a los que nos enfrentamos. Las nuevas generaciones tienen otra forma de ver la vida pero comparten con sus mayores algunos principios básicos, como, combatir la desigualdad o profundizar en la democracia y frenar la dictadura económica de la burocracia europea. Es tiempo de humildad y de autocrítica. Es necesario que la fraternidad destierre los insultos, las ideas sepulten los errores y la esperanza regrese al territorio baldío de la izquierda española. El tiempo lo dirá.

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Mirar y ver
María Antonia San Felipe 13-05-2017 | 8:00 | 0

Que mirar y ver no son la misma cosa es algo que sabemos pero que olvidamos con demasiada frecuencia. En Francia se ha frenado a la ultraderecha de Le Pen pero el germen sigue intacto ya que sus principales apoyos han sido cosechados entre la clase obrera que se siente abandonada por sus representantes tradicionales.
           El estrepitoso fracaso del Partido Socialista ha sido tan importante que no es posible predecir sus consecuencias. Habrá que ver si en el escaso tiempo que resta para las elecciones legislativas de junio puede reorganizar a los supervivientes. En Inglaterra, que está ya en campaña electoral, el Partido Laborista puede cosechar desastrosos resultados. No podemos olvidar que tanto Benoît Hamon como Jeremy Corbyn fueron elegidos en las primarias correspondientes y que ambos levantaron grandes pasiones frente a sus rivales pero no ocurrió lo mismo entre sus votantes. Ello indica que no sólo los dirigentes de ambos partidos, sino también sus militantes han caminado por senderos divergentes a sus potenciales votantes. En el caso francés (6,3%) el abismo que se ha abierto bajo sus pies produce el vértigo de un desmoronamiento.
           En España el PSOE está entregado a su propia batalla y sería conveniente que todo el partido (dirigentes, candidatos y afiliados) reflexionasen sobre el proceso en el que están participando. Si miran bien lo que ha ocurrido en el país vecino debieran poner las barbas a remojar. El ambiente en que se está celebrando la campaña electoral interna es de una crudeza extrema, la tensión se vislumbra de arriba abajo y de abajo arriba. No es de extrañar, pues el proceso de primarias nace de un Comité Federal cainita que ha dejado heridas sangrando y mucho resquemor entre la militancia que se siente manejada e incomprendida. Los dos candidatos que han obtenido más avales de la militancia, Susana Díaz y Pedro Sánchez, esgrimen sus razones legítimas pero las afrentas previas que ambos acumulan hacían aconsejable que no fueran los protagonistas de esta carrera en la que el PSOE se juega su supervivencia.
           Susana Díaz esgrime a su favor la fuerza que le da ser la presidenta de Andalucía y representar a la mayor federación socialista, aunque no sea secundada por todos. Cree que puede ganar, tiene apoyos notables y se ha educado en la organización interna del PSOE para llegar a lo más alto. La distribución geográfica de sus avales ha puesto de manifiesto que Sánchez gana en 11 federaciones y Susana en 6. Es decir, que tiene un nivel de rechazo que, quizás, no esperaba.
           Pedro Sánchez se queja de que Díaz tiene a su favor al aparato del partido y, sin duda, sabe de lo que habla porque él lo controló con mano de hierro a través de César Luena. Él ya ha concurrido dos veces a las elecciones con exiguos resultados. Sin embargo, lo sucedido en el Comité Federal del 1 de octubre pasado le ha dado una fuerza de la que carecía tras su segunda derrota electoral. Fue victimizado ante todo el país en una reunión muy poco edificante, lo que significa que del infierno puede pasar al cielo del poder interno. Pedro Sánchez tiene posibilidades de ganar, más de las que creían sus enemigos e incluso sus amigos que se pasaron a la candidatura de Patxi López que, hoy por hoy, tiene menguadas posibilidades.
           Quedan todavía muchos militantes socialistas sin candidato claro, que hubieran preferido otros rostros y más ideas que cuchillos para ganar sus voluntades. Todo es muy incierto, puede ocurrir que quien gane las primarias obtenga su último éxito. Si no se pone en juego algo más que pelea interna, si no se produce una profunda regeneración ideológica que abandone la complicidad con las políticas aceptadas por el PSOE en el año 2010, si no hay un proyecto sincero que devuelva la confianza a los votantes maltratados y excluidos, a los que se lleva tiempo dando la espalda, ese partido ganador, que todos dicen querer, puede convertirse en un partido con más ambiciones que líderes y con más historia que futuro.

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El año que vivimos sin gobierno
María Antonia San Felipe 31-12-2016 | 8:00 | 0

Cuando era pequeña, el fin de año siempre me parecía que olía a esperanzas. El futuro era para mí un pedazo de cielo a conquistar, una nueva ventana a la que asomarse para no perder ni una sola oportunidad, la vida era un continuo descubrir, un camino para hacer realidad sueños imposibles. Los niños de ahora también sueñan con el año nuevo, es lo que tiene la edad. Ya se sabe que la inocencia sólo la destruye el transcurrir del tiempo. Hoy, cuando ya no quedan hojas en el calendario, mientras contamos las uvas haremos balance y un poco de nostalgia nos invadirá.
En España éste será recordado como el año que vivimos sin gobierno 315 días y, pese a todo, sobrevivimos al vacío institucional aunque nadie puede negar que hemos encallado el barco en el acantilado de la decepción. Aires nuevos parecían inundar la política española, tiempos de regeneración y de nuevas formas de concebirla con el fin de restaurar la confianza de los ciudadanos en ella. Pues bien, cuando ya no queda año vemos que tampoco queda ilusión. Rajoy, aunque en minoría, sigue teniendo en sus manos el timón de la nación y el PP calienta motores para unas elecciones que pueden llegar a mediados del 2017. Nadie duda que sus perspectivas electorales son hoy mejores que las de sus competidores. Ciudadanos ha perdido toda su frescura, al final todo el mundo prefiere el original a la copia y más cuando ésta amarillea. Incluso la bandera de la lucha contra la corrupción podemos decir que, hoy por hoy, ondea a media asta en el despacho de Rivera.
En la izquierda me pregunto, reconozco que con tristeza, si todavía queda optimismo. De momento, en la mejor tradición de la izquierda andan, PSOE y Podemos, entretenidos en peleas internas mientras se distancian de quienes todavía confiaban en ellos. El PSOE camina a la deriva desde antes de que Pedro Sánchez llegara a ser su secretario general. Si Sánchez no supo sostener a su propio electorado la forma en que se produjo su derrocamiento/dimisión el pasado mes de octubre tampoco ha contribuido a ganarlo. La alternativa de Susana Díaz no parece generar mucho entusiasmo ni entre la militancia ni entre el electorado, aunque sí entre los dirigentes territoriales y cuadros destacados del partido. Esta dicotomía resulta muy inquietante ya que ahondar la brecha entre bases y dirigentes es como avivar las brasas que produjeron el incendio.
En la otra izquierda, parece que la supuesta juventud del proyecto de Podemos ha envejecido tan rápido que ya se han convertido en abuelos. Quienes tuvieron el mérito de remover las conciencias y agrupar en torno a ellos la indignación con un sistema que se había degradado en extremo, han tropezado en la misma piedra. Creían haber inventado otra forma de hacer política desde la fraternidad aparente y el twitter compulsivo. Pero ahora, sin haber cumplido las expectativas que se trazaron, las críticas a la cúpula dirigente y al líder se consideran deslealtades al proyecto común y por tanto son materia de purga como toda la vida han hecho los aparatos de los viejos partidos. No hay nada más viejo que el uso de puñales dentro de las organizaciones políticas para conseguir el poder.
Del mundo, de la globalidad, el balance de 2016 es realmente escalofriante. Un excéntrico Trump ha llegado a la Casablanca, Putin está ganando posiciones en el tablero estratégico de Oriente Próximo y en Siria se muere sin que a nadie le preocupe. Y en este escenario la ultraderecha crece en Europa alimentando los nacionalismos frente al proyecto comunitario y a la solidaridad internacional. Muchos de los grandes (Cohen, Prince, Bowie, Michael…) nos han dejado. Así que aunque se ha discutido la concesión del Nobel a Bob Dylan, yo me pregunto como él: “¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista, antes de poder ver el cielo?”. Pues bien, como la respuesta está en el viento, yo les deseo que el 2017 simplemente nos regrese a la esperanza.

 

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El suicidio
María Antonia San Felipe 05-11-2016 | 8:07 | 0

El pasado sábado Rajoy veía caer el último obstáculo para acceder por segunda vez a la presidencia del gobierno. La abstención de la mayoría de los diputados socialistas obró el prodigio. El triunfo de unos sentencia la derrota de otros. Por eso, al tiempo que un Rajoy ufano salía del hemiciclo, el PSOE, su tradicional adversario, ardía en su propio incendio. El rescoldo durará tiempo, siempre hay voluntarios para avivarlo. Un vistazo a las redes sociales es suficiente para advertir la dimensión de la herida dentro del PSOE, las descalificaciones entre partidarios de una u otra postura, de uno u otro líder superan la cordialidad y el respeto.
          En este clima compareció Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole. Parecía un hombre dolido, herido por otros y, por sí mismo, vencido. Cuando la situación anímica es de fragilidad es aconsejable tomar distancia para sobreponerse. Nadie supera de golpe las decepciones y menos cuando los puñales son tan próximos y recientes. Es lo que tiene el poder, aparecen amigos que nunca lo fueron. Sánchez no hizo autocrítica, reconocer los propios errores es más doloroso que identificar a quienes te han abandonado, engañado o maltratado. Resultó candoroso que Sánchez reconociera ante la audiencia que hay poderes económicos que tratan de condicionar el poder político, grupos de presión inmisericordes en defensa sólo de sus intereses. En fin, algo que los ciudadanos saben sin pretender aspirar a la presidencia del gobierno. A estas alturas nadie ignora que los gobiernos mandan poco pero, muchos saben, que un gobierno decente intenta, cuando menos, contrapesar la influencia y la supremacía de esos tentáculos más omnipotentes que los estados. Si hemos llegado hasta aquí ha sido precisamente por no poner límites a esos poderes que nadie elige y que nos han sumergido en una crisis en la que unos engordan y otros sobreviven.
          Pedro Sánchez dejó claro que va a competir en unas primarias para regresar a la Secretaría General del PSOE y lanzó un mensaje a Susana Díaz para que comparezca en la carrera sin ocultarse detrás de sus peones. El problema es que la cosa es más complicada que un duelo entre narcisos competidores cuyas diferencias políticas desconocemos porque han reducido el debate a un problema de poder y no de proyectos.
El PSOE hace tiempo que arrastra dos problemas endémicos, el primero es ideológico y el segundo es de liderazgo. Desde hace tiempo la socialdemocracia europea transita sin rumbo claro. La crisis económica lo ha hecho más evidente al carecer de una alternativa potente a las políticas neoliberales impuestas. Se han aceptado las políticas de austeridad que no están impulsando el crecimiento en toda Europa y de aquellos polvos vienen estos lodos. El expresidente Zapatero en mayo de 2010 se rindió a las exigencias de Merkel, modificó el artículo 135 de la Constitución (con el apoyo de Sánchez) y los votos del PP. Al no convocar elecciones por haber incumplido su programa, socialdemócratas y conservadores aparecieron como aliados y el electorado dejó de percibir las diferencias entre la izquierda hegemónica y la derecha tradicional. Ahí cristalizó la desconexión con el electorado. A esta circunstancia se une el problema de liderazgo que hubiera sido menos relevante si la fuerza ideológica del partido lo hubiera acompañado, pero Pedro Sánchez no ha conseguido en este tiempo establecer sintonía con el votante tradicional del PSOE de ahí sus menguados resultados. Los ciudadanos que permanecieron fieles ya no votaban con la alegría de antaño y eso propició el nacimiento del 15-M y de Podemos.
          A estos dos problemas hay que unir ahora el desengaño y la indignación que la deriva actual ha producido. Si el acuchillamiento público entre dirigentes y militantes continua, el PSOE puede pasar a la irrelevancia. Pedro Sánchez ya nos ha mostrado sus debilidades. Susana Díaz ha acreditado ser más diestra con la espada que con las ideas. Lamento repetirme pero los dos son protagonistas del desastre. Enzarzados en la pelea de gallos están más cerca de romper el PSOE que de convertirse en su vanguardia ideológica. Suicidarse es una forma romántica de morir pero sería demoledor para un partido con tanta historia. Esperemos que el PSOE albergue todavía más inteligencia que rencor.

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El cadáver de su enemigo
María Antonia San Felipe 29-10-2016 | 8:05 | 0

Cuenta la historia reciente que, un día como hoy, el 28 de octubre de 1982 el PSOE concitó las esperanzas de cambio de más de 10 millones de españoles que le otorgaron 202 diputados. El triunfo fue la demostración inequívoca de que el partido que fundó Pablo Iglesias en 1879 había conseguido una espectacular sintonía con la mayoría de los españoles. En aquel tiempo, las filas del PSOE se llenaban de ciudadanos procedentes tanto de la universidad como del taller o la fábrica, había abuelos con historia y jóvenes, muchos jóvenes, mujeres y hombres, impelidos todos por una necesidad de cambio. Es innegable, incluso para sus adversarios, que los socialistas asentaron nuestro estado del bienestar y modernizaron este país. Contemplando lo que queda del PSOE resulta imposible no sentir un ramalazo de nostalgia y una sobredosis de decepción.
            Sin duda, mañana sábado cuando Rajoy consiga la investidura como presidente del gobierno muchos revivirán ese pasado, menos los más jóvenes que ni siquiera lo recordarán. La fractura del PSOE con su electorado es una evidencia. De esa falta de sintonía no se ha hecho reflexión alguna y la pérdida de respaldo y credibilidad social la ha incrementado el tiempo sin remedio. En las elecciones de 2011, el PSOE logró 7 millones de votos, perdió más de 4 millones respecto a las últimas elecciones que ganó Zapatero. En 2015 añadió a la pérdida otros 2 milloncitos más. En las elecciones del 20 de diciembre obtuvo 90 diputados, el peor resultado desde la restauración democrática. Los 85 diputados de junio fueron el demoledor balance de su alejamiento de la ciudadanía y la constatación de la escasa fortaleza ideológica del proyecto presentado. Ante la histórica debacle debieron asumirse responsabilidades y producirse dimisiones a la altura de la tragedia. La excusa de que un nuevo partido, Podemos, surgido de la indignación del 15-M produce un escenario distinto que “roba” los votos del histórico PSOE no es suficiente para justificar la tragedia. Como en el juego de las sillas, cuando un espacio electoral queda desatendido, alguien lo ocupa. Este es el catón de la política.
           Todo indica que las nuevas generaciones de dirigentes del PSOE se han hecho viejos sin serlo. Proceden, la mayoría, de la escuela de Juventudes Socialistas. Quienes escalan en tan selecto club se curten por igual en oratoria, intrigas palaciegas, control de asambleas y redes clientelares, instrumentos muy útiles en las organizaciones políticas. Por el contrario, nada saben de las dificultades del mundo laboral o del día a día de una sociedad que se transforma a gran velocidad y en la que crece la desigualdad al mismo ritmo que las nuevas tecnologías que revolucionan el mundo. Hace un tiempo la savia del PSOE se nutría del tejido social, se alimentaba de sus latidos y no de estrategias de marketing y de eslóganes sin contenido ideológico. Hay algo que no cambia en la historia, la fuerza de las ideas siempre ha sido la que ha transformado la sociedad y los líderes, cuando de verdad lo son, se convierten en instrumentos a su servicio y no al contrario. Quizás el PSOE lleva mucho tiempo viviendo de las rentas del pasado mientras la ciudadanía ha dejado se sentirse reflejada en la descolorida oferta socialista.
           El infame e interminable espectáculo que está ofreciendo el PSOE resulta deplorable en un partido construido sobre el principio de la fraternidad, sin olvidar que las consecuencias de los enfrentamientos se adivinan catastróficas. No va a ser suficiente pedir perdón como creen algunos. Ese es sólo es un gesto hipócrita y gratuito para intentar conmover sin reconocer errores. Una cortina de humo que no puede ocultar tan ingentes desatinos. Algunos creen que la tormenta pasará y el electorado volverá por donde solía. Ya veremos. De momento, tras un balance gubernamental lamentable y sitiado por la corrupción, Rajoy ganó las elecciones aun perdiendo tres millones de votos. Mañana, sin mancharse, mientras él es elegido presidente, un PP triunfante verá pasar ante sus ojos el cadáver del PSOE, hasta entonces, su mayor enemigo.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.