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PSOE

El año que vivimos sin gobierno
María Antonia San Felipe 31-12-2016 | 8:00 | 0

Cuando era pequeña, el fin de año siempre me parecía que olía a esperanzas. El futuro era para mí un pedazo de cielo a conquistar, una nueva ventana a la que asomarse para no perder ni una sola oportunidad, la vida era un continuo descubrir, un camino para hacer realidad sueños imposibles. Los niños de ahora también sueñan con el año nuevo, es lo que tiene la edad. Ya se sabe que la inocencia sólo la destruye el transcurrir del tiempo. Hoy, cuando ya no quedan hojas en el calendario, mientras contamos las uvas haremos balance y un poco de nostalgia nos invadirá.
En España éste será recordado como el año que vivimos sin gobierno 315 días y, pese a todo, sobrevivimos al vacío institucional aunque nadie puede negar que hemos encallado el barco en el acantilado de la decepción. Aires nuevos parecían inundar la política española, tiempos de regeneración y de nuevas formas de concebirla con el fin de restaurar la confianza de los ciudadanos en ella. Pues bien, cuando ya no queda año vemos que tampoco queda ilusión. Rajoy, aunque en minoría, sigue teniendo en sus manos el timón de la nación y el PP calienta motores para unas elecciones que pueden llegar a mediados del 2017. Nadie duda que sus perspectivas electorales son hoy mejores que las de sus competidores. Ciudadanos ha perdido toda su frescura, al final todo el mundo prefiere el original a la copia y más cuando ésta amarillea. Incluso la bandera de la lucha contra la corrupción podemos decir que, hoy por hoy, ondea a media asta en el despacho de Rivera.
En la izquierda me pregunto, reconozco que con tristeza, si todavía queda optimismo. De momento, en la mejor tradición de la izquierda andan, PSOE y Podemos, entretenidos en peleas internas mientras se distancian de quienes todavía confiaban en ellos. El PSOE camina a la deriva desde antes de que Pedro Sánchez llegara a ser su secretario general. Si Sánchez no supo sostener a su propio electorado la forma en que se produjo su derrocamiento/dimisión el pasado mes de octubre tampoco ha contribuido a ganarlo. La alternativa de Susana Díaz no parece generar mucho entusiasmo ni entre la militancia ni entre el electorado, aunque sí entre los dirigentes territoriales y cuadros destacados del partido. Esta dicotomía resulta muy inquietante ya que ahondar la brecha entre bases y dirigentes es como avivar las brasas que produjeron el incendio.
En la otra izquierda, parece que la supuesta juventud del proyecto de Podemos ha envejecido tan rápido que ya se han convertido en abuelos. Quienes tuvieron el mérito de remover las conciencias y agrupar en torno a ellos la indignación con un sistema que se había degradado en extremo, han tropezado en la misma piedra. Creían haber inventado otra forma de hacer política desde la fraternidad aparente y el twitter compulsivo. Pero ahora, sin haber cumplido las expectativas que se trazaron, las críticas a la cúpula dirigente y al líder se consideran deslealtades al proyecto común y por tanto son materia de purga como toda la vida han hecho los aparatos de los viejos partidos. No hay nada más viejo que el uso de puñales dentro de las organizaciones políticas para conseguir el poder.
Del mundo, de la globalidad, el balance de 2016 es realmente escalofriante. Un excéntrico Trump ha llegado a la Casablanca, Putin está ganando posiciones en el tablero estratégico de Oriente Próximo y en Siria se muere sin que a nadie le preocupe. Y en este escenario la ultraderecha crece en Europa alimentando los nacionalismos frente al proyecto comunitario y a la solidaridad internacional. Muchos de los grandes (Cohen, Prince, Bowie, Michael…) nos han dejado. Así que aunque se ha discutido la concesión del Nobel a Bob Dylan, yo me pregunto como él: “¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista, antes de poder ver el cielo?”. Pues bien, como la respuesta está en el viento, yo les deseo que el 2017 simplemente nos regrese a la esperanza.

 

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El suicidio
María Antonia San Felipe 05-11-2016 | 8:07 | 0

El pasado sábado Rajoy veía caer el último obstáculo para acceder por segunda vez a la presidencia del gobierno. La abstención de la mayoría de los diputados socialistas obró el prodigio. El triunfo de unos sentencia la derrota de otros. Por eso, al tiempo que un Rajoy ufano salía del hemiciclo, el PSOE, su tradicional adversario, ardía en su propio incendio. El rescoldo durará tiempo, siempre hay voluntarios para avivarlo. Un vistazo a las redes sociales es suficiente para advertir la dimensión de la herida dentro del PSOE, las descalificaciones entre partidarios de una u otra postura, de uno u otro líder superan la cordialidad y el respeto.
          En este clima compareció Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole. Parecía un hombre dolido, herido por otros y, por sí mismo, vencido. Cuando la situación anímica es de fragilidad es aconsejable tomar distancia para sobreponerse. Nadie supera de golpe las decepciones y menos cuando los puñales son tan próximos y recientes. Es lo que tiene el poder, aparecen amigos que nunca lo fueron. Sánchez no hizo autocrítica, reconocer los propios errores es más doloroso que identificar a quienes te han abandonado, engañado o maltratado. Resultó candoroso que Sánchez reconociera ante la audiencia que hay poderes económicos que tratan de condicionar el poder político, grupos de presión inmisericordes en defensa sólo de sus intereses. En fin, algo que los ciudadanos saben sin pretender aspirar a la presidencia del gobierno. A estas alturas nadie ignora que los gobiernos mandan poco pero, muchos saben, que un gobierno decente intenta, cuando menos, contrapesar la influencia y la supremacía de esos tentáculos más omnipotentes que los estados. Si hemos llegado hasta aquí ha sido precisamente por no poner límites a esos poderes que nadie elige y que nos han sumergido en una crisis en la que unos engordan y otros sobreviven.
          Pedro Sánchez dejó claro que va a competir en unas primarias para regresar a la Secretaría General del PSOE y lanzó un mensaje a Susana Díaz para que comparezca en la carrera sin ocultarse detrás de sus peones. El problema es que la cosa es más complicada que un duelo entre narcisos competidores cuyas diferencias políticas desconocemos porque han reducido el debate a un problema de poder y no de proyectos.
El PSOE hace tiempo que arrastra dos problemas endémicos, el primero es ideológico y el segundo es de liderazgo. Desde hace tiempo la socialdemocracia europea transita sin rumbo claro. La crisis económica lo ha hecho más evidente al carecer de una alternativa potente a las políticas neoliberales impuestas. Se han aceptado las políticas de austeridad que no están impulsando el crecimiento en toda Europa y de aquellos polvos vienen estos lodos. El expresidente Zapatero en mayo de 2010 se rindió a las exigencias de Merkel, modificó el artículo 135 de la Constitución (con el apoyo de Sánchez) y los votos del PP. Al no convocar elecciones por haber incumplido su programa, socialdemócratas y conservadores aparecieron como aliados y el electorado dejó de percibir las diferencias entre la izquierda hegemónica y la derecha tradicional. Ahí cristalizó la desconexión con el electorado. A esta circunstancia se une el problema de liderazgo que hubiera sido menos relevante si la fuerza ideológica del partido lo hubiera acompañado, pero Pedro Sánchez no ha conseguido en este tiempo establecer sintonía con el votante tradicional del PSOE de ahí sus menguados resultados. Los ciudadanos que permanecieron fieles ya no votaban con la alegría de antaño y eso propició el nacimiento del 15-M y de Podemos.
          A estos dos problemas hay que unir ahora el desengaño y la indignación que la deriva actual ha producido. Si el acuchillamiento público entre dirigentes y militantes continua, el PSOE puede pasar a la irrelevancia. Pedro Sánchez ya nos ha mostrado sus debilidades. Susana Díaz ha acreditado ser más diestra con la espada que con las ideas. Lamento repetirme pero los dos son protagonistas del desastre. Enzarzados en la pelea de gallos están más cerca de romper el PSOE que de convertirse en su vanguardia ideológica. Suicidarse es una forma romántica de morir pero sería demoledor para un partido con tanta historia. Esperemos que el PSOE albergue todavía más inteligencia que rencor.

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El cadáver de su enemigo
María Antonia San Felipe 29-10-2016 | 8:05 | 0

Cuenta la historia reciente que, un día como hoy, el 28 de octubre de 1982 el PSOE concitó las esperanzas de cambio de más de 10 millones de españoles que le otorgaron 202 diputados. El triunfo fue la demostración inequívoca de que el partido que fundó Pablo Iglesias en 1879 había conseguido una espectacular sintonía con la mayoría de los españoles. En aquel tiempo, las filas del PSOE se llenaban de ciudadanos procedentes tanto de la universidad como del taller o la fábrica, había abuelos con historia y jóvenes, muchos jóvenes, mujeres y hombres, impelidos todos por una necesidad de cambio. Es innegable, incluso para sus adversarios, que los socialistas asentaron nuestro estado del bienestar y modernizaron este país. Contemplando lo que queda del PSOE resulta imposible no sentir un ramalazo de nostalgia y una sobredosis de decepción.
            Sin duda, mañana sábado cuando Rajoy consiga la investidura como presidente del gobierno muchos revivirán ese pasado, menos los más jóvenes que ni siquiera lo recordarán. La fractura del PSOE con su electorado es una evidencia. De esa falta de sintonía no se ha hecho reflexión alguna y la pérdida de respaldo y credibilidad social la ha incrementado el tiempo sin remedio. En las elecciones de 2011, el PSOE logró 7 millones de votos, perdió más de 4 millones respecto a las últimas elecciones que ganó Zapatero. En 2015 añadió a la pérdida otros 2 milloncitos más. En las elecciones del 20 de diciembre obtuvo 90 diputados, el peor resultado desde la restauración democrática. Los 85 diputados de junio fueron el demoledor balance de su alejamiento de la ciudadanía y la constatación de la escasa fortaleza ideológica del proyecto presentado. Ante la histórica debacle debieron asumirse responsabilidades y producirse dimisiones a la altura de la tragedia. La excusa de que un nuevo partido, Podemos, surgido de la indignación del 15-M produce un escenario distinto que “roba” los votos del histórico PSOE no es suficiente para justificar la tragedia. Como en el juego de las sillas, cuando un espacio electoral queda desatendido, alguien lo ocupa. Este es el catón de la política.
           Todo indica que las nuevas generaciones de dirigentes del PSOE se han hecho viejos sin serlo. Proceden, la mayoría, de la escuela de Juventudes Socialistas. Quienes escalan en tan selecto club se curten por igual en oratoria, intrigas palaciegas, control de asambleas y redes clientelares, instrumentos muy útiles en las organizaciones políticas. Por el contrario, nada saben de las dificultades del mundo laboral o del día a día de una sociedad que se transforma a gran velocidad y en la que crece la desigualdad al mismo ritmo que las nuevas tecnologías que revolucionan el mundo. Hace un tiempo la savia del PSOE se nutría del tejido social, se alimentaba de sus latidos y no de estrategias de marketing y de eslóganes sin contenido ideológico. Hay algo que no cambia en la historia, la fuerza de las ideas siempre ha sido la que ha transformado la sociedad y los líderes, cuando de verdad lo son, se convierten en instrumentos a su servicio y no al contrario. Quizás el PSOE lleva mucho tiempo viviendo de las rentas del pasado mientras la ciudadanía ha dejado se sentirse reflejada en la descolorida oferta socialista.
           El infame e interminable espectáculo que está ofreciendo el PSOE resulta deplorable en un partido construido sobre el principio de la fraternidad, sin olvidar que las consecuencias de los enfrentamientos se adivinan catastróficas. No va a ser suficiente pedir perdón como creen algunos. Ese es sólo es un gesto hipócrita y gratuito para intentar conmover sin reconocer errores. Una cortina de humo que no puede ocultar tan ingentes desatinos. Algunos creen que la tormenta pasará y el electorado volverá por donde solía. Ya veremos. De momento, tras un balance gubernamental lamentable y sitiado por la corrupción, Rajoy ganó las elecciones aun perdiendo tres millones de votos. Mañana, sin mancharse, mientras él es elegido presidente, un PP triunfante verá pasar ante sus ojos el cadáver del PSOE, hasta entonces, su mayor enemigo.

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El dilema
María Antonia San Felipe 22-10-2016 | 8:08 | 0

Los casi cinco millones y medio de votantes que tuvo el PSOE en las elecciones de junio observan con asombro el inesperado espectáculo que les está ofreciendo el partido al que apoyaron. También los militantes contemplan la indiscutible división y en esa guerra de pasiones y sentimientos transitan entre la indignación y la desesperanza. Las últimas semanas han sido un viaje por el corazón de las tinieblas buscando la luz al final de un túnel que, se decida lo que se decida en el Comité Federal del domingo, va a dejar al PSOE como una arquitectura que se resquebraja tras un terremoto y que puede desplomarse si se produce una réplica del seísmo.
         Ya no cabe preguntarse si, tras el 26 de junio, debió dimitir alguien por el desastroso resultado electoral. Tampoco es tiempo de valorar si tras el NO al primer debate de investidura de Rajoy, en el que todos estaban de acuerdo, debió pedirse la cabeza de Rajoy, manteniendo el NO si el presidente del PP no daba un paso atrás. Cualquier hipótesis en ese sentido es ahora ciencia ficción. El PSOE se ha colocado a sí mismo en una situación tan insólita que cualquiera que sea la decisión de su Comité Federal va a resultar muy complicado restablecer la sintonía con su electorado.
          Si la resolución del PSOE fuera votar en bloque No a Rajoy, lo más probable es que no hubiera ni debate de investidura sino directamente elecciones. La parte buena para el PSOE es que la mayoría de su electorado y de sus militantes no se sentirían defraudados aunque posteriormente si quedarían decepcionados. ¿Por qué? Porque todo indica que, pese a los obscenos cánticos de Francisco Correa en la Audiencia Nacional sobre el reparto de comisiones millonarias en la sede del PP, Rajoy volvería a ganar con mayor porcentaje y más diputados. No hay que engañarse, en el PP ni se avergüenzan de la corrupción que se está juzgando ni tienen miedo a nuevas elecciones. Muertos de risa, sin quitar ojo al espectáculo, esperan tranquilos y unidos que finalice la función protagonizada por, hasta ahora, su adversario más directo.
          Si por el contrario el PSOE se inclina, como parece, por la abstención está claro que Rajoy será investido presidente sólo unos meses antes que si hubiera terceras elecciones. Esta decisión supone que, dada la debilidad del PSOE, no está ahora en posición de pedir condiciones del calado que hubiera podido exigir con anterioridad. Por eso muchos pueden interpretarlo como una rendición incondicional ante su perpetuo contendiente, lo que dejaría a sus votantes desencantados, descorazonados o indignados según el grado de identificación con el partido.
La parte positiva, que no mejor, de esta decisión es que, sin más compromisos que permitir la investidura, podrían ejercer una oposición exigente ganando tiempo para reconstruir el partido. Para ello, debieran firmar un armisticio interno que serenase los ánimos de los militantes para después elegir un nuevo líder, hombre o mujer, capaz no sólo de restañar las heridas sino de propiciar un debate ideológico que reoriente el rumbo del PSOE y lo reconcilie con un electorado a fecha de hoy totalmente desilusionado.
          En cualquiera de los dos casos, es decir, perdiendo por tercera vez las elecciones de forma más estrepitosa que la anterior o permitiendo la investidura, el PSOE tendrá que refundarse armándose de valor e ideas. La tarea exige de tanta generosidad interna como inteligencia y de ninguna de ambas cosas anda sobrado el actual PSOE. Reconozco que mi análisis puede estar totalmente equivocado pero creo que quienes han hundido al PSOE en el desastre no van a sacarlo de él. Algunos debieran abandonar sus cargos devolviéndolos a los militantes ya que, siendo todos necesarios, nadie es imprescindible. El PSOE ha hipotecado su presente pero el futuro siempre está por escribir.

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El incendio
María Antonia San Felipe 08-10-2016 | 8:00 | 0

En la sede central del PP y en Moncloa reina la tranquilidad. Si alguna  preocupación había por el inicio del macrojuicio sobre la corrupción de la trama Gürtel el PSOE les ha devuelto la calma tras la hecatombe de su último Comité Federal. Una vez comprobado que la corrupción no les pasa una factura tan elevada como creían y dado que su principal competidor, el PSOE, ha decidido achicharrarse en la hoguera de las vanidades, sus temores se han tornado en jugosas expectativas.
           El conflicto interno del PSOE surge, aparentemente, por la posición del partido respecto de un posible nuevo debate de investidura de Mariano Rajoy. A estas alturas es muy probable que los diputados socialistas no tengan siquiera la oportunidad de votar. Cualquier observador percibe que la nueva perspectiva del PP pasa por propiciar nuevas elecciones que incrementen su número de diputados. No es extraño que ésta sea su mejor opción, alegarán que no hay garantías de gobernabilidad ni aun en el caso de que una abstención socialista diera la presidencia a Rajoy. El PP tiene ahora enfrente a un PSOE descabezado, dividido, sin rumbo claro y que se ha acuchillado públicamente en una guerra interna por el poder de un partido ya muy debilitado electoralmente. El error estratégico del PSOE para sucumbir a esta pelea interna es evidente. Ni era el momento ni las formas empleadas han transcurrido por los caminos de camaradería y fraternidad que se supone a quienes se llaman compañeros. En cada uno de los bandos enfrentados ni todos son héroes, ni todos son villanos pero todos son culpables del despropósito.
           A muchos les gustaría regresar al pasado para evitar lo ocurrido. El problema, como todo en la vida, es que lo hecho, hecho está. Ahora toca recoger los restos del naufragio para intentar que la llama del socialismo perdure y reflote con el tiempo. La tarea es complicada sobre todo porque muchos no están por el armisticio. En ambos bandos hay quienes han decidido retirarse a sus cuarteles de invierno para rearmarse. Es decir están a la espera de una mejor ocasión para conseguir sus objetivos, cuando lo que debieran hacer las partes enfrentadas es deponer las armas para empezar de cero.
           El camino va a ser largo y el trayecto plagado de dificultades. Hay retos ideológicos que completar en una Europa cada vez más débil, más oxidada democráticamente y más alejada de la ciudadanía. Por otro lado estaría el problema del liderazgo y este aspecto es tan complicado como crucial. Si hubiera terceras elecciones tendrán que improvisar un candidato a la presidencia del gobierno. En este clima, tan complicado resulta encontrar un mirlo blanco que acceda a pilotar el avispero que es hoy el PSOE como seducir a los votantes tras el incendio de Ferraz.
           Para el liderazgo a largo plazo la cosa sigue siendo complicada. Creo que ninguno de los que han participado en las trincheras de este combate está legitimado moralmente para recomponer la unidad, elemento imprescindible para dar fortaleza a un partido ante su electorado. Tanto Pedro Sánchez como Susana Díaz son víctimas de sus respectivas ambiciones y de sus constatados enfrentamientos por esa causa. Ni el órdago intempestivo de Sánchez ni asumir la capitanía del motín contra secretario general por parte de Susana Díaz ha dejado impolutos a ninguno. Si Sánchez está debilitado, Susana Díaz se ha quemado en el incendio. Es muy difícil que pueda sellar heridas quien es vista por los partidarios de Sánchez como la inspiradora de su caída y, al contrario, por quienes consideran a Sánchez y su ejecutiva causantes de la pérdida de rumbo y de votos del PSOE. Creo sinceramente que los liderazgos fuertes se forjan en sintonía con la sociedad no en las intrigas de los aparatos de los partidos, estando más atentos al sentir de la calle que a las trincheras internas de la organización. El testigo debe tomarlo quien borre de la memoria de los electores tan descarnado enfrentamiento. Se precisa de alguien, con suficiente trayectoria y bagaje intelectual y humano, que pueda reconciliar al electorado socialista con sus ideales históricos. El PSOE es un partido con una historia muy vinculada a las aspiraciones colectivas de este país, por eso en el corazón de militantes y votantes sólo queda una esperanza: que lo que no mata, fortalece. El tiempo lo dirá.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.