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Puigdemont

Fascistas
María Antonia San Felipe 11-11-2017 | 7:34 | 0

ariza-justiniano

Estábamos ciegos hasta que Puigdemont y quienes le apoyan nos han abierto los ojos. Desde su acomodado exilio ha proclamado a toda Europa que el fascismo ha vuelto, que en España el franquismo ha resucitado. No puedo dejar de escuchar estas afirmaciones sin sentir un escalofrío, ya que la acusación no solo se refiere al gobierno de Rajoy, destacado generador de independentistas, sino a todo el que disiente de ellos. Ahora muchos ciudadanos, incluso los que pasaron por las cárceles y combatieron el franquismo para conseguir las libertades democráticas, también son fascistas.

Desconcertados se sienten hoy muchos viejos luchadores por las libertades de este país. Entiendo al antiguo secretario general del PCE, Francisco Frutos, preocupado por la actitud de quienes se proclaman de izquierda mientras alientan al independentismo que ignora a los no nacionalistas y se proclama “traidor al racismo identitario que estáis creando”. A esta preocupación se ha unido Borrel y líderes históricos de Comisiones Obreras como Julián Ariza que ha recordando que costó mucho conquistar la democracia y, por respeto al sufrimiento pasado, “hubiera sido necesario evitar el insulto de compararla con el franquismo”. Conmueve la opinión de Justiniano Martínez, un sindicalista, preso político del franquismo, torturado en la cárcel, al que “algunos pijos” “llaman burgués y fascista, mientras asisten a huelgas pagadas por patrones y gobiernos”. Justiniano denuncia a estos revolucionarios de coche oficial a los que sería conveniente recordar que para conseguir las instituciones democráticas y restaurar la Generalitat, hubo huelgas de semanas, cajas de resistencia para pagar salarios no cobrados mientras “hoy se hacen huchas para los responsables de la corrupción del tres per cent”.

Justiniano grita apenado: “No me hablen de libertades quienes solo las han disfrutado”. Es doloroso ver como se está banalizando la dureza del franquismo y la crudeza de su represión comparándola con la situación actual. Puigdemont asegurando en Bruselas que en España se tortura a políticos independentistas nos está insultando a todos. Su afirmación de que “Cataluña solo ha prosperado cuando se ha gobernado ella misma”, no solo niega la historia sino que es la prueba del supremacismo insolidario que promueve, un ultranacionalismo tan sectario como el supuesto autoritarismo que denuncia.

Este discurso de que España no es una democracia que sostiene el independentismo está calando al coincidir con el de esa nueva izquierda que considera que el régimen del 78, así lo denominan, fue en realidad una estafa a los españoles. La Transición no fue de color de rosa, hubo muertos y detenidos, hubo consensos y también renuncias. El éxito fue conseguir la democracia con una constitución homologada, por eso entramos en la Unión Europea. El fracaso vino después cuando, lograda la estabilidad, la enfermedad de la corrupción y la incapacidad para frenar los abusos especulativos del poder deterioraron el sistema. En los años de bonanza a nadie escandalizaron estas cosas hasta que llegó la crisis y nos expoliaron los derechos. A partir de ahí nos instalamos entre la decepción y la indignación. Todavía no hemos salido de nuestro asombro ni erradicado la corrupción. No es justo echar la culpa de lo que somos hoy a esos luchadores del antifranquismo que nos trajeron la democracia. Por el contrario, en su memoria, tenemos la obligación de perfeccionarla.

No creo que sean los nacionalismos quienes nos iluminen el camino. Hace falta mucha generosidad, desterrar el enfrentamiento e instaurar el diálogo. Las personas son la prioridad porque cuando una familia no llega a fin de mes, cuando una anciana no puede pagar la luz, cuando el autónomo cierra, cuando una mujer es maltratada o un trabajador explotado no importa el lugar donde nacieron. Volvamos a lo importante y olvidemos las supuestas revoluciones de autoafirmación identitaria que patrocinan las élites para su bienestar que nunca será el nuestro.

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Después de la batalla
María Antonia San Felipe 28-10-2017 | 12:39 | 0

ana-gabriel-y-puigdemontEstamos instalados en el vértigo que produce la incertidumbre. Cuando escribo estas líneas para mi encuentro semanal con todos ustedes, aunque se divisa el humo del incendio, nadie sabe cómo terminará el conflicto catalán pero hay cosas que sí sabemos.

Sabemos que ocurra lo que ocurra el fracaso huele a desastre. Los ciudadanos lo sabemos desde el principio ya que los platos rotos los vamos a pagar, como siempre, la mayoría social de este país integrada por trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y, no lo olvidemos, un importante porcentaje de españoles (y catalanes) en riesgo de exclusión social o directamente pobres. No resulta sencillo comprender cómo hemos llegado hasta aquí, pero sí conocemos que hasta este punto nos han traído una ristra de irresponsables que han liderado la travesía sin mirar más allá de sus propios intereses. La irresponsabilidad política en toda España es muy barata, con culpar a los otros y hacerse las víctimas algunos esperan que se les perdone lo imperdonable.
Hay un poco de hartazgo en la gente, pero el hastío no debiera sofocar nuestro compromiso social. Tras sufrir una penosa crisis económica que se ha solventado sobre nuestros riñones y a costa de nuestros derechos ahora nos han instalado en este punto de no retorno. En la incertidumbre hay una única verdad que pase lo que pase las heridas, los daños colaterales, las pérdidas de empleo, es decir, la factura va ser nuestra.

Sorprende que a lo largo de esta crisis se hayan agitado muchas banderas, convocado en las plazas públicas las emociones identitarias mientras se han ocultado los problemas sociales. Los independentistas de izquierda o los herederos de los anarquistas catalanes de la CUP no hablan de la factura social en términos de empleo y de ruptura de la convivencia que la secesión unilateral va a acarrear. Se habla de un nuevo Estado en el que, como en las utopías del siglo XIX, todo será de color de rosa. Pero el sueño, por legítimo que sea, no alcanza a solventar los problemas de muchos catalanes que, en torno al 20% como en el resto de España, no están de ánimo para manifestarse porque tienen el frigorífico con telarañas. Pero no, de esto no se habla.
Los nacionalismos son en esencia insolidarios por eso no entiendo como hay una supuesta izquierda que pueda creer que una República catalana será más igualitaria que la democracia española. No puedo entender que para conseguirla pacten con la burguesía que siempre va a tener una supremacía económica y probablemente política. No entiendo que quieran levantar fronteras en vez de derribarlas, pues el internacionalismo siempre ha sido una seña de identidad de esa izquierda que no son. No entiendo que quieran abandonar Europa salvo que quieran unirse a los ultranacionalistas que pretenden dinamitarla. Como explicó el poeta alemán Bertolt Brecht, rememorado estos días por Nicolás Sartorious, “el nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba”.

Entiendo más a Puigdemont, al fin y al cabo, con su temeraria hazaña pretende defender a los suyos y conseguir la gloria. De sus predecesores en la Generalitat, en la memoria colectiva, solo queda honorable el histórico Josep Tarradellas que, tras su regreso del exilio, fue consciente de la clase de político que era Jordi Pujol, hace tiempo sepultado por la corrupción. De los fracasos de Artur Mas habrá tiempo de hablar si consideramos que Puigdemont es su mayor éxito.

Cuando esto escribo, no sé si habrá Declaración Unilateral de Independencia y a renglón seguido activación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Me gustaría que ninguna de ambas cosas sucediera pero lo cierto es que pueden ocurrir las dos al mismo tiempo. Desde el amor a España y a Cataluña invoco al sentido común de Rajoy y Puigdemont. Las consecuencias son imprevisibles pues los daños siempre se evalúan después de la batalla.

Nota: este artículo fue escrito el miércoles 25 de octubre. La peor previsión se ha cumplido. Hoy sabemos el desenlace y la tristeza que produce una situación incontrolable. Por muy bien que se hagan las cosas el desgarro social tardará décadas en superarse.

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Principio de incertidumbre
María Antonia San Felipe 14-10-2017 | 8:00 | 3

puigdemont-junqueras-forcadell¿Cómo se gestiona la frustración? Después de liderar, como Moisés, el camino hacia la tierra prometida, tras haber hecho creer a sus seguidores que el sueño estaba a punto de hacerse realidad, ¿cómo se cuenta la verdad? Puigdemont bajó el martes del monte Sinaí. Tras haber evaluado las fugas de empresas señeras y la ausencia de apoyos internacionales decidió, ante los ojos asombrados de quienes le seguían desde la calle, romper las tablas de la ley, de su propia ley, en el centro del hemiciclo del Parlament de Calaluña. Tras la larga caminata los suyos quedaron atónitos. Según las imágenes se quedaron boquiabiertos e incluso se pronunció la palabra traidor. Tras la rocambolesca sesión parlamentaria, pensé: ¿cómo van ahora Puigdemont y Junqueras a gestionar la decepción que su irresponsable actitud ha generado entre quienes les han acompañado, de buena fe, en este camino que termina en una gran mentira con apariencia de verdad?

Tras el discurso de Puigdemont nadie sabía si se había proclamado la independencia para suspenderla a los ocho segundos o si se había suspendido la mentira hasta que un mago saque su varita mágica y la transforme en verdad. Después en otro ditirambo parlamentario, cuyos precedentes se desconocen, firmaron una declaración de independencia pero nada se votó, con lo que les gusta votar. En el Parlamento, que es donde se votan las declaraciones y se adoptan las resoluciones, no hubo votación porque en el parlamento de mentira que gobierna Forcadell solo se vota para vulnerar la ley, ya sea propia o ajena. Así que al final de la función nadie estaba seguro de nada. El independentismo de Puigdemont y Junqueras se instaló en el principio de incertidumbre (del físico Heisenberg), también conocido como principio de indeterminación por la dificultad que entraña conocer el valor de la posición y la cantidad de movimiento de una partícula.

Los únicos que sabían dónde estaban eran los anticapitalistas de la CUP que respiraban un monumental cabreo tras haber creído que yendo de la mano de la burguesía liberarían al pueblo de la opresión. En fin, que entre dos millones de catalanes, que teóricamente votaron, el disgusto tiene que ser monumental porque como se dice por aquí, para este viaje no hacían falta alforjas.

Si el tema no fuera tan serio yo diría que estábamos viendo una película cómica entre el Gordo y el Flaco y el camarote de los hermanos Marx, un delirio de despropósitos. Querer transformar esta ridícula caricatura del vértigo que les ha producido el salto al vacío y el miedo a las leyes burladas en una generosa y sincera oferta de diálogo con el Estado español no deja de resultar llamativa viniendo de estos magos de la manipulación. El mal está causado y en estos momentos lo peor de las rencillas, incluso del enfrentamiento, no se está produciendo entre catalanes y el resto de españoles sino entre los propios catalanes. Por eso la situación asusta y conmueve.
Este es el fracaso de quienes ignoran que la política no es un juego de naipes ni una competición de orgullos sino una vocación de servicio y de subordinación al interés común, quedan pocos políticos que miren lejos (Borrell, es uno de ellos), pero si quedan debieran relevar a muchos de los que nos han conducido a esta encrucijada jalonada de miserias.

¿Y ahora qué hacemos?, pues creo que se impone volver a empezar. Ya he criticado severamente los errores que nos han traído hasta aquí y la ceguera de Rajoy y su partido. Pero, en medio de este despropósito, ahora no queda otro camino que la legalidad constitucional. Puigdemont todavía quiere ser mártir de la causa que ha traicionado, tiene que salvar la cara y de ahí no va a moverse. Rajoy no merece el apoyo que pide pero España y Cataluña, sí. Restablecida la legalidad, confío que sin recurrir a la violencia, sería muy higiénico para la democracia que cada cual cargue con sus responsabilidades que no son pocas. En octubre han ondeado muchas banderas pero ninguna ha curado la herida abierta. No perdamos la cordura, la esperanza está en ella.

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La niebla
María Antonia San Felipe 23-09-2017 | 8:00 | 0


puigdemont-rajoyHay una niebla que lo cubre todo, hace días que la bruma es tan intensa que desasosiega. No hay forma de ver el sol, todo lo oculta la incertidumbre. Mientras se agitan patrias y se esgrimen banderas como si fueran lanzas se esconden los auténticos problemas y se camuflan las impúdicas vergüenzas que nos sonrojan como personas.

            En estos días de penumbra regresa la reflexión recurrente sobre si son primero los ciudadanos o las patrias, si son antes las personas o los territorios. Las leyes se enfrentan a sentimientos y la insumisión a la democracia. Crece la intolerancia. El horizonte dibuja un fracaso aunque se revista de esperanza. No conozco algarada que no deje huella, no hay desobediencia que no deje marca. Digan lo que digan en España y en Cataluña hay una herida que supura y sangra.
           Mientras nos afanan en estas guerras que enfrentan a familias y a pueblos, a amigos y a gobiernos o a ciudadanos con sus representantes nos olvidamos de las auténticas miserias que acechan a las personas. No acertamos a ver la brecha social que crece a nuestro alrededor porque solo miramos lo que quieren que veamos. Aunque no lo cuentan, lo único que crece es la desigualdad. Cada vez hay ricos más ricos y una creciente legión de pobres y empobrecidos. Entre 2011 y 2015 se han contabilizado 58.000 nuevos ricos y 1,4 millones de pobres. En España, el patrimonio que administra un 0,4% de la población supera en valor el 50% del PIB, mientras las rentas bajas se desploman y 5,4 millones de contribuyentes ingresan ya menos de 6.000 euros al año. El trabajo que se oferta es efímero y mal pagado con lo que llegar a fin de mes tiene tintes de epopeya. Contemplamos esta evolución, consecuencia de una crisis financiera, como si fuera una ley del destino. Se acepta como irremediable lo que antes se consideró intolerable. Ante la resignación no hay manifestaciones, solo silencio.
           El Banco de España reconoce que de los 60.000 millones de euros que se dedicaron a salvar a la banca no vamos a recuperar ni un tercio, aunque se dijo lo contrario, pero de este tema solo hemos escuchado un atronador silencio. Los juicios sobre la Gürtel, el 3% de mordidas en Cataluña y la larga lista de sinvergüenzas que han corrompido las instituciones sigue creciendo, lo que demuestra que toda la corrupción que intuíamos y nos fue negada, es tan verdad que debiéramos gritar de ira, pero solo se escucha el silencio. No pueden quejarse los secesionistas de que en España haya más corruptos que en Cataluña, en esta materia el reparto de estafadores está equilibrado.
          Por eso en vez de tratar de salvar personas, redistribuir riqueza y proteger derechos básicos, se reivindican patrias y se agitan enseñas. Las banderas aglutinan sentimientos pero también cubren vergüenzas y hay demasiados iluminados que ocultan tras ellas las auténticas dimensiones de sus fracasos políticos.
          En estos momentos de agitación pasional, interesadamente acelerados, resulta difícil diferenciar Estado y Gobierno. Es hoy necesario defender la legalidad constitucional, que no es igual que defender al gobierno, porque es la esencia de nuestra democracia. No hacer nada, despreciar el problema, ha sido el pecado de Rajoy pero la insumisión o la desobediencia no son el camino, ni tampoco una declaración unilateral de independencia que parece ser adónde vamos. Negando el diálogo han abonado el enfrentamiento. Veo a Puigdemont declarar la independencia desde un balcón. Un gesto efímero con pretensión de perdurar en la memoria colectiva.
          El desastre ha llegado ya demasiado lejos. Cansados de tanto cuento, no olvidemos que los gobiernos de Rajoy y de Puigdemont, carcomidos ambos por su propia corrupción y por su prepotencia ciega, son astillas de la misma madera aunque agiten distintas banderas. Ambos buscan ser los héroes de sus pueblos así que no los alentemos, porque cuando amanece el día la mayoría camina, con sus problemas a cuestas, abriéndose hueco entre la corrupción y el paro, la decepción y el miedo.

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El tsunami
María Antonia San Felipe 16-09-2017 | 7:51 | 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.