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Puigdemont

Waterloo
María Antonia San Felipe 31-03-2018 | 8:47 | 0

puisgdemont-alemaniarajoy-y-puigdemontSiempre pensé que la elección de Waterloo, por parte de Puigdemont para fijar su gobierno en el exilio, era un mal presagio. Claro que quienes no ven la realidad es difícil que se dejen influir por lo esotérico. No sé si el culebrón del procés descarrila o se recrudece pero lo cierto es que, pese a la gravedad, el asunto resulta agotador.

Así que aquí estoy de nuevo en medio de la penitencia. La detención de Puigdemont el domingo de Ramos nos ha pillado por sorpresa, ya nos habíamos acostumbrado a verlo viajando por los exilios como a Superman por la galaxia. Aunque ni él ni sus amigos huyen, como proclaman,  del fascismo español sino de sus propios actos. Lo único cierto es que no han sido capaces de asumir su propia responsabilidad. Sabían que estaban vulnerando gravemente las leyes de un estado democrático pero les importó un bledo. No lideraban una lucha heroica contra una dictadura que tiene leyes ilegítimas que justifican rebelarse. No es el caso. Ellos se muestran como víctimas, se presentan como los defensores de la libertad mientras los otros son los represores o los amigos de los verdugos que no les dejan votar en referéndums ilegales al tiempo que ellos obvian la libertad de quienes no secundan ni su estrategia ni sus objetivos.

Este problema debió haberse solucionado hablando y pactando, haciendo de la política algo grande y no un mezquino conflicto de intereses. Tanto Rajoy como Puigdemont (y quienes les aplauden) eludieron entenderse porque ambos se fortalecían fomentando el desprecio hacia los otros. Pero, ni Rajoy es España, ni Puigdemont es Cataluña aunque ambos simbolicen el naufragio de la política. En medio de este fracaso el secesionismo decidió, tan libre como irresponsablemente, vulnerar la Constitución y el Estatut, forzando la máquina  y olvidando que nadie está por encima de la ley. Una vez que el asunto llegó a los tribunales hay que interpretar que los jueces defienden al Estado y no a Rajoy. Yo me pregunto, si estamos en un estado de derecho con división de poderes ¿puede ahora intervenir la política para forzar decisiones judiciales? Yo creo que no.

Habrá que hablar, sí, pero sin interferir en la labor de los jueces. Es decir, más allá de las mutuas mezquindades.
Habrá que buscar una salida, espero que con mejores interlocutores. Pero una vez que la política se ha rendido a los jueces y éstos han iniciado los procedimientos, ¿pueden ahora, unos y otros, decir que todo era una broma, que todo era de mentirijillas? ¿Pueden el gobierno o el Parlament decir quién sale o entra en prisión? ¿Puede acusarse de injustos a los jueces antes de que dicten sentencia?  ¿Puede hacerse, borrón y cuenta nueva? No me gustaría nada ser juez de tan graves imputaciones pero si lo fuera, tampoco me gustaría que nadie me presionara desde ningún ámbito. Si en esta democracia mejorable ciertos delitos deben regularse de otro modo o hay leyes que no nos gustan habrá que cambiarlas en los parlamentos pero, mientras la Constitución y el Estatut estén vigentes, corresponde al poder judicial, no a los políticos ni mucho menos a las barricadas callejeras, dirimir los conflictos en ese marco y no en otro futuro.

Mientras seguimos en un callejón sin salida y el Parlament de Cataluña continúa manteniendo la farsa del procés y cuestionando la democracia española desde la libertad que ésta les otorga, el expresidente fugado ha recibido la primera visita tras su detención. No han acudido los embajadores ante Puigdemont sino Bernd Lucke, el cofundador del partido antieuropeo y xenófobo de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD). Asustan las relaciones del secesionismo con la ultraderecha europea, salvo que nos estén mostrando su verdadera cara quienes niegan el supremacismo que practican. Como quería Puigdemont el procés es ya como un saltamontes que recorre Europa. El tiempo nos dirá si, como Napoleón, él también ha descubierto en la Alemania democrática su Waterloo.

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El merengue
María Antonia San Felipe 10-02-2018 | 6:56 | 0

rivera-rajoy¿Cómo va a prestigiarse la política si se promete una cosa y se hace la contraria, si se enuncian loables principios y se actúa contra ellos? Como ejemplo, pensemos en la corrupción o la desigualdad social. Las bocas se llenan de palabras para combatirlas pero los hechos evidencian lo contrario. El resultado es que crecen los sobornos tanto como la pobreza, las comisiones tanto como los recortes. Ocultando la verdad, nos venden la mentira como un valor político de primer orden. Ya saben: -Todo es mentira, menos alguna cosa- Mariano Rajoy, dixit. Tras el engaño, como valor y como principio viene la hipocresía como virtud. Y ahí estamos, entre la mentira y la hipocresía, entre la apariencia y la realidad, como en el viejo tango “vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos” (unas más que otros).

¿Estamos hartos?, parece que no. Tanto hemos tragado que nos hemos acostumbrado. Si predicar con el ejemplo es importante, en política debiera ser imprescindible. La solución es complicada porque quienes debieran cambiar las cosas no están por la labor, ni siquiera quienes dijeron que venían a cambiar el sistema que consideraban en declive se han demostrado eficaces transformadores. Hablaré de los nuevos. Según Rivera, “El caso PP no tiene fin, es un partido que se descompone por la corrupción”, pero sostiene al Gobierno sin grandes sobresaltos pese a los aparentes desencuentros. La estrategia parece darle réditos, al menos en las encuestas, pero su actitud no deja de ser un contrasentido. Iglesias soñaba con mantener a los ciudadanos en un clima de revolución reivindicativa permanente, la realidad le ha mostrado las dificultades y las disidencias internas sus propias contradicciones. La lucha intestina, como bien sabe el PSOE, desgasta más a quien la vive que los errores al contrario. Del proclamador de repúblicas virtuales, del mago Puigdemont no digo nada porque la irresponsabilidad es infinita. Como resumen de todos ellos diré que si en cuestión de predicamentos tenemos muchos líderes (o que se llaman líderes), en lo de dar trigo la cosa es otro cantar.

El ministro de Educación, en su estrategia de despiste, dice que los docentes de la enseñanza pública debieran, como los médicos, superar una especie de MIR educativo de dos años de duración que garantice su correcta preparación para la función que van a desempeñar. Viendo a nuestros gobernantes no es de extrañar que muchos ciudadanos, hastiados de incompetencia y de engaños, hayan pensado que quienes debieran pasar por un período de prueba de aptitud severa son muchos políticos en ejercicio. Hay quienes ni llevando numerosos trienios en la gobernanza progresan adecuadamente por mucho que controlen sus partidos con mano férrea a fin de escalar o perpetuarse en los cargos ellos y sus amigos.
 Según el último CIS, los españoles no aprueban a ningún político de los de primera fila. Un balance desolador para un país plagado de problemas y falto de soluciones. El más valorado es Albert Rivera y se queda en el 4 de nota final, le sigue Pedro Sánchez (3,68) y cierran la clasificación Mariano Rajoy (2,87) y Pablo Iglesias (2,54), solo falta Puigdemont, ignoro si porque no han preguntado por él o porque rompe la tabla por abajo. El presidente del Gobierno que, según publica estos días la prensa, es el político que, desde la Transición, más tiempo lleva en el gobierno de España (4.903 días, 13 años y cinco meses), pese a su baja puntuación, continúa líder en las encuestas aunque con riesgo de despeñarse porque su socio Rivera, al que detesta, le está vampirizando los votantes. Como a Rajoy no hay que juzgarlo por lo que hace sino por lo que deja de hacer, nos pide paciencia porque vamos, según él, por el buen camino. A mí me da la risa porque aunque nos atropelle un tren él seguirá inmutable, como en Cataluña que ha dejado que los jueces le resuelvan la papeleta. Me gustaría que quedara una esperanza y que aunque él siga sin hacer nada los españoles hagamos algo.

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Tiempo de traiciones
María Antonia San Felipe 03-02-2018 | 9:28 | 0

puigdemont-mensajesCuando el argumento del procés nos tenía agotados y a punto de desconectar el interés retorna de nuevo. ¡Que hagan lo que quieran! -pensaba el resto de España- ya tengo bastante con el pan nuestro de cada día. Y es que el reto independentista siendo uno de los problemas más graves que ha vivido la democracia española desde 1978 ha terminado por agotarnos. Muchos pensábamos que finalmente la cruda realidad traería el entendimiento. Pero la cordura no parece el camino elegido sobre todo porque la hipocresía y la mentira son, desde el principio, la esencia de este largo desencuentro que ha cavado una trinchera entre los propios catalanes.

 Ciudadanos  ganó el 21-D pero los independentistas suman mayoría absoluta, algo que dejó asombrados al resto de españoles confiados en que muchos votantes cambiarían de opinión. Pletórico, el tripartito secesionista estaba feliz y obligado a entenderse para no desanimar a sus respectivas clientelas que han demostrado una fidelidad que para sí querrían otros partidos que, como el PP, se han estrellado. Pero para confesar que la independencia no es posible, que todo era mentira hace falta más altura de miras que la que han demostrado. Sin embargo, las diferencias entre ellos son notables y la estrategia de Puigdemont, que ha rentabilizado más la fuga que Junqueras la prisión, ha terminado por desbaratar su ficción.  Se detestan y se necesitan tanto como detestan y necesitan al Estado pero no pueden decirlo públicamente porque llevan demasiado tiempo mintiendo sobre su unidad. Lo ha expresado muy bien el exvicepresidente del gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba al afirmar que algunos, dentro del PDCat y de Esquerra, esperaban que fuera el Estado el que les quitara de en medio a Puigdemont, aunque todo ello tuviera un precio.

Cuando la tensión es extrema los chispazos pueden saltar sin pretenderlo. El Tribunal Constitucional ha sido claro sobre la imposibilidad de una investidura virtual y ello ha llevado al nuevo presidente del Parlament, a suspender la sesión frustrando las expectativas de los creyentes del pro. La tarde del martes fue un calvario para los más radicales, otra nueva decepción a sumar a la frustrada república catalana. En un movimiento social que se alimenta de emociones y que niega la realidad, que confunde el supremacismo nacionalista con la lucha por la democracia y la libertad, no investir al fugado que representa para ellos la encarnación de un sueño liberador de cadenas solo tiene un nombre: traición. ¡Traición!, ¡traidores!, son las palabras que sonaron en el parque de la Ciudadela cuando los convocados por la ANC, Omnium Cultural y las organizaciones de la CUP intentaron tomar el Parlament peleando con los Mossos, sus mossos, que tuvieron que proteger a otros diputados a los que en vez de traidores llamaron fascistas. ¡Qué panorama!

Me acordé, como muchos, del diputado-showman Gabriel Rufián y su tuit sobre las “155 monedas de plata” insinuando que Puigdemont era un traidor, un Judas a la causa cuando decidió convocar elecciones y se arrepintió al leer al valiente Rufián que nada tenía que perder, ni siquiera la chulería. Estos días, acusan a Esquerra de traición y él calla. Todo en la tarde del martes resultó inquietante, pero el miércoles amaneció con sobresalto. Los mensajes intercambiados entre Puigdemont y Comín pasarán a la historia del procés: todo ha terminado, los nuestros nos han sacrificado, el ridículo es histórico. Y lo es, Puigdemont se siente derrotado pero Mariano, que no tiene solución a un problema que él también ha creado, debiera actuar con menos torpeza de la que acostumbra. Aunque Puigdemont parezca un excéntrico, una especie de Mortadelo en Bruselas al que sigue Filemón, para los creyentes del procés es un héroe, una suerte de capitán Trueno que ha sucumbido acuchillado por enemigos y traidores. No lo duden, solo la fe transforma fracasos en éxitos, cobardes en valientes y sueños en esperanzas. Ni el final está escrito ni las sorpresas han terminado.

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Pararse a pensar
María Antonia San Felipe 16-12-2017 | 10:11 | 0

eduardo-mendoza“Casi siempre es tarde cuando nos ponemos a pensar las cosas”, con esta opinión el escritor barcelonés Eduardo Mendoza concluye su último ensayo recién publicado. Tras concluir la lectura de ¿Qué está pasando en Cataluña?, repaso la irracionalidad en la que vivimos estos días y el panorama me parece desolador.

El profesor Jordi Borrell, director del Instituto de Nanotecnología de la Universidad de Barcelona, acaba de demostrar que el cerebro también puede menguar de repente. Ha llamado a Miquel Iceta, candidato del PSC, “ser repugnante” que tiene “los esfínteres dilatados”. Unos comentarios denigrantes y homófobos que retratan al personaje. El actor Toni Albà, humorista de TV3, ha dedicado un poema, de ínfima calidad y extremo mal gusto, a la candidata de Ciudadanos. Según él, una tal Inés: “Se disfraza en la gruta,/en demócrata se transmuta,/sueña que votos escruta,/y grita ¡míos! la mala puta”. Ni puta gracia tienen estos ripios que ahora dice que no son para Inés Arrimadas.

Un joven subido a un tanque del Ejército Español amenaza a Puigdemont y a Pablo Iglesias afirmando que “aquí estamos, buscando soluciones a los problemas de España”, “70 toneladas de puro amor y pura democracia”. El académico Pérez-Reverte se burla del diputado de Esquerra, con su “a Rufián le pegaban en el colegio o temía que le pegaran”, una forma de banalizar el acoso escolar.

Rodrigo Lanza, conocido militante antisistema, ha sido encarcelado como presunto autor de la paliza propinada a Víctor Láinez y que finalmente acabó con su vida. La discusión política, que terminó en la brutal agresión, se inició al observar el antisistema los tirantes con la bandera de España que llevaba la víctima.

Este es el clima de enfrentamiento y degradación de la convivencia en el que estamos inmersos sin que nos paremos a pensar dos veces lo que decimos, lo que divulgamos en las redes sociales o lo que hacemos. Damos prioridad a las emociones, nos puede el pálpito afectivo e ignoramos la voz de la inteligencia. Olvidamos, el razonamiento y la reflexión pausada para reprocharnos luego a nosotros mismos cómo no fuimos capaces de pensar antes de hablar, antes de actuar, antes de romper el vínculo de la amistad, antes de que los daños sean irreversibles.

Me invade, como a Eduardo Mendoza, un cierto desaliento. El escritor, desde la perspectiva que le da la distancia, observa el terremoto producido en la convivencia y lamenta no ver la salida “porque se ha llegado muy lejos sin saber ni cómo ni para qué. A menudo da la impresión de que ambas partes desearían poner fin a una tensión que ya no beneficia a nadie, que desgasta a sus protagonistas, desacredita al conjunto del país y causa unas pérdidas económicas, reales, visibles y muy difíciles de corregir a corto plazo”. Si en algún tiempo hubo dos Españas, también hay dos Cataluñas en pleno hervor. Hay riesgo de que ambas se desborden sin remedio al alcanzar el punto de ebullición, que más bien parece el punto de fisión. Ya no hay tiempo para el asombro, el camino recorrido no se desanda mirando atrás, porque no se puede borrar lo acontecido.

El odio florece y el ruido es tal que nadie escucha. Las mentiras han jalonado el camino, aunque es obvio que la dimensión de los embustes de los impulsores del procés ha sido inmensa aunque ahora quieran ocultarla. La campaña electoral se está desarrollando en las trincheras emocionales. Si no se superan los odios aflorados el desastre se consumará. Solo hay un modo de superar el enfrentamiento, comenzar a tolerarse. Tras de leer estos días La ciudad de los prodigios, que Eduardo Mendoza publicó en 1986, me he preguntado si en la situación actual le habrían concedido el Premio Ciudad de Barcelona o lo hubieran lapidado en plaza Cataluña. Una trágica remembranza. Comparto con él la desazón de que puede ser demasiado tarde, que los errores de ayer cubran de niebla el mañana. Confío, sin esperanza, en que entierren el odio y todos se pongan a pensar.

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Fascistas
María Antonia San Felipe 11-11-2017 | 7:34 | 0

ariza-justiniano

Estábamos ciegos hasta que Puigdemont y quienes le apoyan nos han abierto los ojos. Desde su acomodado exilio ha proclamado a toda Europa que el fascismo ha vuelto, que en España el franquismo ha resucitado. No puedo dejar de escuchar estas afirmaciones sin sentir un escalofrío, ya que la acusación no solo se refiere al gobierno de Rajoy, destacado generador de independentistas, sino a todo el que disiente de ellos. Ahora muchos ciudadanos, incluso los que pasaron por las cárceles y combatieron el franquismo para conseguir las libertades democráticas, también son fascistas.

Desconcertados se sienten hoy muchos viejos luchadores por las libertades de este país. Entiendo al antiguo secretario general del PCE, Francisco Frutos, preocupado por la actitud de quienes se proclaman de izquierda mientras alientan al independentismo que ignora a los no nacionalistas y se proclama “traidor al racismo identitario que estáis creando”. A esta preocupación se ha unido Borrel y líderes históricos de Comisiones Obreras como Julián Ariza que ha recordando que costó mucho conquistar la democracia y, por respeto al sufrimiento pasado, “hubiera sido necesario evitar el insulto de compararla con el franquismo”. Conmueve la opinión de Justiniano Martínez, un sindicalista, preso político del franquismo, torturado en la cárcel, al que “algunos pijos” “llaman burgués y fascista, mientras asisten a huelgas pagadas por patrones y gobiernos”. Justiniano denuncia a estos revolucionarios de coche oficial a los que sería conveniente recordar que para conseguir las instituciones democráticas y restaurar la Generalitat, hubo huelgas de semanas, cajas de resistencia para pagar salarios no cobrados mientras “hoy se hacen huchas para los responsables de la corrupción del tres per cent”.

Justiniano grita apenado: “No me hablen de libertades quienes solo las han disfrutado”. Es doloroso ver como se está banalizando la dureza del franquismo y la crudeza de su represión comparándola con la situación actual. Puigdemont asegurando en Bruselas que en España se tortura a políticos independentistas nos está insultando a todos. Su afirmación de que “Cataluña solo ha prosperado cuando se ha gobernado ella misma”, no solo niega la historia sino que es la prueba del supremacismo insolidario que promueve, un ultranacionalismo tan sectario como el supuesto autoritarismo que denuncia.

Este discurso de que España no es una democracia que sostiene el independentismo está calando al coincidir con el de esa nueva izquierda que considera que el régimen del 78, así lo denominan, fue en realidad una estafa a los españoles. La Transición no fue de color de rosa, hubo muertos y detenidos, hubo consensos y también renuncias. El éxito fue conseguir la democracia con una constitución homologada, por eso entramos en la Unión Europea. El fracaso vino después cuando, lograda la estabilidad, la enfermedad de la corrupción y la incapacidad para frenar los abusos especulativos del poder deterioraron el sistema. En los años de bonanza a nadie escandalizaron estas cosas hasta que llegó la crisis y nos expoliaron los derechos. A partir de ahí nos instalamos entre la decepción y la indignación. Todavía no hemos salido de nuestro asombro ni erradicado la corrupción. No es justo echar la culpa de lo que somos hoy a esos luchadores del antifranquismo que nos trajeron la democracia. Por el contrario, en su memoria, tenemos la obligación de perfeccionarla.

No creo que sean los nacionalismos quienes nos iluminen el camino. Hace falta mucha generosidad, desterrar el enfrentamiento e instaurar el diálogo. Las personas son la prioridad porque cuando una familia no llega a fin de mes, cuando una anciana no puede pagar la luz, cuando el autónomo cierra, cuando una mujer es maltratada o un trabajador explotado no importa el lugar donde nacieron. Volvamos a lo importante y olvidemos las supuestas revoluciones de autoafirmación identitaria que patrocinan las élites para su bienestar que nunca será el nuestro.

el-abrazo

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.