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Rajoy

El reto
María Antonia San Felipe 25-07-2015 | 8:48 | 0

En el esplendor de la noche, cuando la luna está llena, tienes la impresión de poder tocarla con la mano aunque se encuentre a 384.000 kilómetros. Una tontería de distancia si pensamos que mucho más lejos se encuentran los gobiernos de Barcelona y Madrid estando mucho más cerca. Ellos hablan pero no se escuchan, sólo se vigilan. Parece que se han retado a un duelo, dándose las espaldas avanzan diez pasos con los revólveres cargados para dispararse. Quizás sólo uno de ellos gane pero también pudiera ser que se destruyan mutuamente. Lo único seguro es que seremos todos nosotros, catalanes y españoles de a pie, los que saldremos perdiendo.

El supuesto líder catalán, Artur Mas, lleva tanto tiempo dando vueltas a la rotonda de sus delirios que en el mareo del pánico ha conseguido una muleta para no desplomarse. Así que Oriol Junqueras actúa de lazarillo y juegan a repartirse las uvas trampeando como en el cuento. Dado que el padre primigenio de la independencia catalana, el exhonorable Jordi Pujol no puede actuar de padrino, por encontrarse malherido y expuesto al insulto en el centro de la plaza de Cataluña, Artur Mas y su lazarillo han tenido que recurrir a lo que denominan la sociedad civil para presentarse en público con cierta pulcritud. Deben considerar que, tras el saqueo pujolista y de sus élites, los profesionales de la política están tan desprovistos de credibilidad que precisan de savia nueva. Han recurrido a un expolítico de la izquierda ecologista, Raúl Romeva y al antiguo entrenador del Barça, Pep Guardiola y se han reunido, vestidos de fiesta, en el Museo de la Historia, tratando de pasar a ella como los forjadores de una patria catalana independiente de España. Han cuidado todos los detalles, como en una boda. La proclama no deja lugar a error, “vamos a por todas”, “lo haremos, aunque España no quiera. Cuando tengamos todo el plan de desconexión con España hecho, declararemos la independencia”. De Europa no dicen nada, porque Europa no nació para levantar fronteras sino para ignorarlas.

Al otro lado del escenario encontramos al supuesto líder del gobierno español. Rajoy como siempre ni se inmuta. Aquí nunca pasa nada hasta que el incendio llega a las puertas de Moncloa, como con Bárcenas. Según el presidente nadie debe preocuparse porque su gobierno “está preparado para cualquier problema que pueda surgir en el futuro”. No sabemos si se refiere a que al final de la película siempre llega el séptimo de caballería o está ensayando algún truco de magia. Lo cierto es que este serial comienza a ser un despropósito, hay una crisis del modelo de estado y por eso hace tiempo que debiera haberse cogido el toro por los cuernos. No se soluciona un problema diciendo que no existe, la desidia puede terminar en gangrena y ambos están jugando con fuego. Rajoy cree que haciéndose el duro ante Mas gana terreno ante sus votantes y el catalán tras haberse echado al monte piensa lo mismo respecto a los suyos. Lo cierto es que ambos sacan beneficio de este desastre. Ambos creen que aludiendo a los sentimientos podrán ocultar el fracaso de sus gobiernos en materia económica y social, en eso ambos han aplicado iguales fórmulas propiciando una enorme quiebra social. Nadie dice toda la verdad, en realidad ningún partido lo hace. Estamos en un baile de máscaras y al final del mismo veremos qué rostro nos muestra cada uno.

Los catalanes en las urnas van a tener, no sé si la última palabra, pero si una voz importante. Si triunfan los partidos secesionistas, tendrán un arma de difícil desactivación y si ganan el resto de partidos, algunos respirarán aliviados pero no habrá terminado ahí la batalla porque la sociedad catalana seguirá dividida y probablemente la del resto de España también. Hace tiempo que pienso que en vez de odios es mejor impulsar reencuentros. Es malo gobernar desde las vísceras. No olvidemos que, salvo las élites económicas, en Cataluña y en el resto de España el problema más común entre la gente es conseguir llegar a fin de mes.

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El ruedo ibérico
María Antonia San Felipe 25-04-2015 | 9:17 | 0

No es fácil explorar los rincones de la mente humana, pero no hay que ser un lince para deducir qué pensamientos invadieron la de Rodrigo Rato al ser detenido. La mano del policía de Aduanas sobre su cuello para ayudarle a introducirse en el coche fue para él la clara señal del calvario que le esperaba. Probablemente el funcionario en el desempeño de su trabajo utilizó el protocolo habitual, pero para don Rodrigo de Rato y Figaredo, apodado “el artífice del milagro económico español”, ese gesto era la humillación más ostentosa que jamás le habían infligido. Don Rodrigo se sintió como el toro en medio de la plaza cuando, después de una estocada fallida, es dirigido por un peón hacia las tablas para que el maestro utilice el descabello produciendo de forma rápida su desplome y la muerte súbita arranque el aplauso del público para que gozoso el torero inicie la vuelta al ruedo. Aunque él conoce mejor que nadie sus pecados financieros y sus arquitecturas contables para defraudar, también sabe que el gobierno y su partido necesitan redimir sus graves errores ofreciendo a la opinión pública un trofeo. Intuye que han tomado una decisión: sacrificando a alguien muy querido pretenden lavar el baldón de la corrupción que les persigue, que les está comiendo por los pies como Saturno devorando a sus hijos.

Ahora no tiene dudas. Rodrigo sabe que su suerte está echada, es víctima de su propia ambición, de su codicia pero también de una venganza. El cóctel de tan sutiles ingredientes es un explosivo de gran potencia, una bomba de largo alcance. Tras la estocada de Bankia el otrora tiempo poderoso don Rodrigo, al que las sombras de su modo de vida perseguían desde antes de instalarse en la cúpula del Fondo Monetario Internacional, ya sabía que se había iniciado su descenso a los infiernos. Los insultos de los preferentistas, el uso de las tarjetas opacas de Cajamadrid, los pagos sospechosos de la banca Lazard ya lo habían dejado malherido y solo. Sus amigos ministros, presidentes de comunidades autónomas (como el de La Rioja), importantes cargos de la administración del PP, altos ejecutivos de la banca, es decir, todos aquellos que durante años contribuyeron a crear su mito, hace ya tiempo que ni siquiera le cogían el teléfono. Era consciente de que le estaban dejando caer pero hoy sabe que van a acabar con él para salvarse ellos. Sabe que el descabello, el escarnio público, ha sido planificado por el presidente del gobierno Mariano Rajoy. Ahora Mariano lo ha convertido en el cortafuegos que le proteja del incendio que la corrupción está produciendo en sus votantes. Quién se lo iba a decir a él que era el listo, que el débil y pusilánime Rajoy iba a terminar con su leyenda.

Rato que sabe de política y de venganzas palaciegas no tiene dudas de la que se le viene encima. Lo intuía, pero al sentir la mano del policía en la nuca comprendió que ningún paracaídas iba a amortiguar su caída. Está solo y es un apestado. No va a encontrar alivio para sus desgracias porque, a poco listo que sea, sabe que ese pueblo español, al que dijo servir pero al que tanto desprecia, no se lo va a perdonar fácilmente. Es difícil comprender por qué un hombre que lo tenía todo se traicionó a sí mismo queriendo más y obteniéndolo a costa del engaño, la defraudación, las influencias y, sobre todo, creyéndose impune. Es un vivo ejemplo del capitalismo especulativo que en su época dorada sembró de cizaña las entrañas de la economía española. Se creía un coloso, admirado y envidiado, ejemplo de los trepas que pueblan los partidos en toda España. Sus pies eran de barro y estaban anclados en el fango. Los ciudadanos que están pendientes de ver si llegan a fin de mes no lo sabían pero él, que en una ronda de copas se gasta el salario mínimo interprofesional, sí conocía que podía estar sobrepasando los límites de la legalidad y, con seguridad, de la ética que predicaba en sus discursos ministeriales. Puede que logre poner a buen recaudo su dinero pero es evidente que no su honor. Él decidió hace tiempo dilapidar su exitosa fama, eligió su destino, se abrazó a la codicia y de eso nadie puede ya salvarlo, pero ¿salvará él a Rajoy?

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Seres humanos normales
María Antonia San Felipe 18-04-2015 | 10:12 | 0

“Cuando los dioses quieren castigar a los pueblos, les envían reyes jóvenes” ha declarado María Dolores de Cospedal el día en que se cumplían ochenta y cuatro años de la proclamación de la II República española. Es de suponer que en el palacio de la Zarzuela los nuevos reyes de España, Felipe VI y Leticia, habrán agradecido a la secretaria general del PP tan sinceras y oportunas palabras ahora que están lanzados a la reconquista del corazón de los españoles. Se trata de una de esas frases que, junto a la del despido en diferido de su querido tesorero Luis Bárcenas, ayer ciudadano ejemplar y hoy maldito sinvergüenza, harán historia. Aunque María Dolores no se refería a sus majestades sino a políticos que se sitúan al alza en las encuestas, está claro que su slogan va a la cabeza de las ocurrencias nerviosas de la campaña electoral.

No obstante, seré sincera. A mí lo que de verdad me ha causado una profunda emoción es la alusión de Mariano Rajoy a los gustos de los “seres humanos normales”. Ahora el presidente del gobierno se dedica a la clasificar a las personas en dos grupos claramente diferenciados. El punto de vista de la clasificación es consecuencia de la miopía política y el déficit democrático de quienes se consideran administradores y detentadores por ley natural de un poder que, en realidad, otorga el pueblo y no los dioses. Pues bien, según el don Tancredo español (Rajoy) existen dos clases de personas: “los seres humanos normales”, al estilo Rodrigo Rato y el resto, es decir, la mala gente. La principal cualidad de los “humanos normales” es que quieren que gane el PP porque es lo normal, lo que los dioses desean, lo que manda la razón. Eso es lo que aconseja la costumbre ancestral porque se garantiza que no se varíe el orden natural de las cosas basado en que unos mandan y otros acatan sumisos y obedientes. Claro que este pensamiento hunde su origen en los tiempos del cólera, es decir, cuando la gente no leía a seres humanos, como el recientemente fallecido nobel de literatura Günter Grass que ya decía que “el deber de un ciudadano es mantener la boca abierta”. Seguramente ni Grass ni Eduardo Galeano, ambos símbolos del compromiso crítico con la sociedad actual, son seres humanos normales porque su anormalidad consiste en situarse como ciudadanos en la vanguardia, es decir, por encima de la resignación en la frontera del compromiso y de la rebeldía.

La simplificación y la simpleza de Rajoy es palmaria porque sitúa en la anormalidad a quienes manifiestan su intención de no votar al PP. Considera anormales las conciencias críticas de ciudadanos que, incluso habiéndolos votado, se rebelan ante quienes aducen su larga experiencia gubernamental como su mayor mérito. Y lo hacen  cuando es evidente que han protegido y ocultado la corrupción que les permitió acceder a un poder que, tienen que tener claro, es un préstamo temporal que otorga la ciudadanía siendo libre de cambiar su voto y su compromiso cuando le plazca. Yo no quiero ser de esa clase de seres humanos normales a los que se refiere Rajoy, prefiero la anormalidad de los que militan entre el inconformismo y la rebeldía. Hay una verdad, una lección innegable que nos ha enseñado la historia: sólo a contracorriente se han conseguido los derechos y libertades de los que hoy todavía disfrutamos. Por cierto, que nadie dude que sólo desde esa conciencia crítica y reivindicativa, sostenida en el tiempo conseguiremos conservarlos.

 

 

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Tiempos de silencio
María Antonia San Felipe 11-04-2015 | 9:56 | 0

No se distraigan con tontadas, dedíquense a lo importante. Ya lo ha dicho Rajoy en el Comité Nacional del PP, no hay que perder el tiempo en fruslerías que a nadie interesan. Pero veamos, ¿qué es lo importante? Seguramente para la mayoría de españoles lo importante es que sus hijos, hermanos, primos y cuñados encuentren empleo; que se dote de más medios a la sanidad pública y se frene el creciente proceso de privatización; que la enseñanza pública se fortalezca, que se modere la carga de autónomos y pymes y otras muchas cosas que alivien y mejoren la vida de quienes están sufriendo con más crudeza la crisis en carne propia. Sin olvidar, sobre todo y por encima de todos los todos, la importancia del tamaño de la corrupción que asfixia este país y cuya erradicación pasa por reconocer públicamente el inmenso pecado/delito cometido con las rodillas clavadas en el suelo y devolviendo el dinero y los sobresueldos a las arcas públicas.

Pero no, a nada de esto se refiere Rajoy cuando habla de lo importante. El actual reto del presidente del gobierno es ganar las elecciones, conservar el poder que consiguió en el año 2011 y que se asienta en el gran poder municipal y autonómico que se disputará de nuevo el 24 de mayo. Es decir, que para la más genuina representación del don Tancredo español, la prioridad ahora pasa por prolongar el bienestar de los  suyos y de su partido y para ello es necesario permanecer inmutable en lo más alto del pedestal político. Como todo va fenomenal no es preciso cambiar nada, dice Rajoy. Los más de cuatrocientos cargos públicos del PP, palmeros mudos y obedientes, han sido enviados por todos los senderos de España a predicar la buena nueva de que la crisis ya es historia. El sol brilla mientras guardan las navajas y las disputas internas hasta después de las elecciones cuando se hará recuento de las bajas producidas en la batalla.

La gran farsa de la reunión transcurrió siguiendo un guión muy anticuado y sin ninguna novedad ni reconocimiento de errores ni, por supuesto, propósito de la enmienda. Todos muy sonrientes, vestidos de domingo mientras la procesión desfila por dentro y anticipa que muchos de los mudos aplaudidores de Rajoy pueden ser desbancados de sus cargos en breve. Hubo largos aplausos a la unidad del partido, una cualidad reiteradamente invocada: unidos somos más fuertes (no olvidemos que los ciudadanos también). Un claro reconocimiento de que la unidad está rota y no hay desplome porque la amalgama del poder todavía sella las grietas. Que no hubiera ni una sola voz crítica, discrepante o que serenamente pusiera el dedo en la llaga de la corrupción o advirtiera, como acaba de señalar el CIS, que la inmensa mayoría de los españoles no ve el meteórico despegue económico, simplemente porque la débil recuperación no es suficiente para reducir el desempleo a niveles anteriores a la crisis. Nadie le dijo a Rajoy que los ciudadanos observan atónitos cómo desde el actual gobierno se les mira con una displicencia que se asemeja al desprecio. Nadie le explicó a don Tancredo cómo se sobrevive sin sobresueldos, sin cobertura de desempleo o con empleos de días o de horas. La realidad de España nos enseña que el infortunio de muchas familias se vive en soledad y que aunque cada uno siente su mal íntimamente, al generalizarse tanto, ese dolor se comparte y trasciende lo individual hasta convertirse en un tormento colectivo. En estos casos lo mejor es la terapia de la comprensión, la solidaridad y la cercanía. Compartir el destino alivia el peso que cada uno soporta.

Pero no, de ninguna de estas cosas se habló en la reunión de muditos del PP, un silencio cómplice invadió la sala, nadie rompió el guión. Lo verdaderamente importante es conservar el poder, es tal el pánico que a ello van a entregar sus esfuerzos con todos los medios disponibles que son muchos, como bien sabemos. Ahora los cuatrocientos supuestos líderes, que aplaudieron a Rajoy sin contarle la realidad de este país, nos van a prometer el paraíso quizás porque ellos se han afanado en construir el infierno.

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El “caloret”
María Antonia San Felipe 07-03-2015 | 10:43 | 0

Todavía no ha llegado la primavera y ya se percibe el “caloret”, que diría Rita Barberá, tan oportuna siempre, pues mientras hablamos de su metedura de pata no nos ocupamos de las tramas corruptas de la Valencia oficial. Todo indica que este año calorcito va a haber. Los distintos procesos electorales que se inician en marzo y concluyen en diciembre traerán mucho calentamiento ciudadano, mucho sofocón político y, a buen seguro, más de uno puede terminar achicharrado en la propia hoguera de su vanidad. De momento las últimas encuestas propician nervios extremos, en unos más que en otros, como siempre.

            Pasado el debate del estado de la Nación hemos comprobado que todo sigue igual, el medidor de optimismos y pesimismos de los españoles sigue estable, ya que en ambos casos la esperanza es lo último que se pierde. Eso debe pensar Mariano Rajoy después del fracasado combate en la trinchera parlamentaria. Ya se sabe que en política el que más tiene que perder es el que está en el poder y todo indica que el partido del gobierno no va incrementar sus apoyos electorales sino que puede perder una gran parte del inmenso poder institucional que tiene en toda España. Que la aparición de Podemos ha roto el tradicional panorama político es evidente, pero para el PP la consolidación y el más que probable crecimiento de Ciudadanos, puede convertirse en un serio peligro para un partido que hasta ahora recogía en solitario los votos de un amplio abanico ideológico. En España lo tradicional ha sido el fraccionamiento de la izquierda, algo muy conveniente para una derecha monolítica, pero ahora con una UPyD en franco retroceso, por la miopía política y el exceso de protagonismo de su líder Rosa Díez, Ciudadanos emerge como un imán para los votantes que se sitúan en el centroderecha.

           Andalucía va a ser la primera prueba de fuego para Rajoy a lo largo de este año. En la tierra de Celia Villalobos, la vicepresidenta del Congreso de los Diputados, que prefiere jugar con su tableta al Candy Crush mientras habla el presidente del Gobierno, va a ser difícil convencer a los andaluces de que ellos son lo primero. En las pasadas elecciones andaluzas el PP fue la primera fuerza política pero todo indica que no van a revalidar esa marca. Podemos y Ciudadanos asoman con fuerza, veremos con cuanto respaldo, ya que no es lo mismo responder a la pregunta de un encuestador que ejercer el derecho al voto. Pero es evidente, aunque no se sepa nada de demoscopia, que cuando una tarta se reparte las porciones son más pequeñas según crece el número de comensales.

          Podemos decir que a Rajoy la semana pasada ni los dioses ni las hadas de los cuentos que nos relató en la tribuna del Congreso le fueron favorables. Para frenar la sangría de votos se fue a Sevilla y allí decidió responder al primer ministro griego Alexis Tsipras que le había acusado de torpedear el acuerdo con la Troika, una postura de sobra conocida y ejercida en clave de política interior. Aunque hay muchos interesados en presentar como un fracaso la posición griega hay quienes piensan, como el premio Nobel Paul Krugman, que el nuevo gobierno griego no ha doblado las rodillas y “que la gran batalla sobre el futuro todavía no se ha librado”, de momento han ganado tiempo. Por tanto, el tiempo dará o quitará razones. El hecho es que fue escuchar a Rajoy afirmar que él no era responsable “de la frustración que ha creado la izquierda radical griega que prometió lo que no podía cumplir” y entrarme la risa. Consejos vendo y para mí no tengo. A estas alturas es imposible olvidar que Rajoy, sabiendo cuál era la situación de España en 2011, prometió tres millones y medio de empleos, bajar los impuestos, proteger la sanidad pública, en fin, un programa falso que ha incumplido de principio a fin ante la inmensa decepción de sus votantes y el asombro general por la chulería con la que ha ejercido el poder con la gente corriente, no con los poderosos o los corruptos. Lo dicho, sin necesidad de termómetro se nota “caloret”, mucho “caloret”.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.