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Caperucita o Robin Hood
María Antonia San Felipe 06-09-2014 | 10:14 | 0

Comienza el curso y tengo la impresión de que de nuevo estamos perdidos en la frondosidad de un bosque encantado que nos es adverso y en el que no sabemos si aparecerá el lobo feroz para devorarnos como a Caperucita o si al final emergerá Robin Hood para protegernos de los excesos del malvado sheriff de Nottingham. En fin, que yo, como posibilidad remota en el mundo de los sueños, me quedo con Robin Hood porque al menos tendremos la posibilidad de pelear.

Con la llegada del verano nos fue anunciada la deseada recuperación económica entre heraldos y clarines enviados desde el palacio de la Moncloa. Ya en septiembre todo indica que el crecimiento es tan tenue y tan incierto todavía que está más próximo al espejismo producido por calores y fiebres veraniegas que por la realidad. Ya saben, se acercan elecciones y hay que sacar a la calle los fuegos de artificio. Estos días hemos sabido que las grandes economías de la eurozona, incluida Alemania, ralentizan también su crecimiento con lo que resulta difícil pensar que podrán actuar de locomotoras del resto de países. El dato del paro de agosto sigue desanimándonos aunque nos cuenten milongas, crece en 8.070 personas y se han producido casi 98.000 bajas a la Seguridad Social. Es decir, que estamos estables, no nos morimos pero seguimos dentro de la UVI sin saber hasta cuándo durará la incertidumbre.

Los datos que acaba de hacer públicos la OCDE no hacen sino ratificar lo que ya sabemos en el pueblo llano y ello sin necesidad de estudios económicos ni estadísticas complejas: que el empobrecimiento de los españoles es generalizado (salvo aquellos que tienen sus magras cuentas en Suiza o en Andorra burlando al fisco). Según el organismo internacional los salarios en España han descendido a un ritmo del 2,1% anual y se ha llegado a tal extremo que, de proseguir la rebaja podría originar estrecheces económicas graves a las familias, sin olvidar la negativa repercusión en el consumo interno. Es decir, que una vuelta de tuerca más y se confirmará lo que también sospechamos: a este paso ni teniendo trabajo se va a poder vivir dignamente, sin obviar, la inseguridad  y la ansiedad personal que supone tener empleos tan precarios que son de días o de horas. Hay un dato de los facilitados por la OCDE, que también resulta ilustrativo,  antes de la crisis uno de cada tres nuevos contratos eran fijos (32,9%), pero ahora lo son uno de cada cuatro (24,5%). Las cifras de desempleo no parece que vayan a mejorar en el medio plazo aunque se materialice el crecimiento en porcentajes ligeramente superiores al actual. Esta evidente realidad debiera ser una llamada de atención suficiente para modificar la política económica y social pero no parece que, tras la peregrinación a Santiago de Compostela de Rajoy y Merkel, estén pensando en aliviar nuestras mochilas del sufrimiento que han producido a las clases trabajadoras que son las que soportan el sistema y a ellos. En realidad nada ha cambiado a nuestro alrededor, seguimos rodeados de mentiras y palabras que significan lo contrario de lo que aparentan los que las pronuncian.

Creo sinceramente que la combinación de altos índices de paro, empobrecimiento general, corrupción por doquier y elevadas dosis de mentiras son una bomba de relojería de consecuencias todavía no calculadas ni por la Unión Europea ni por la OCDE ni por la miopía del gobierno de Rajoy. Sería bueno comenzar a releer las enseñanzas que nos brinda la historia. Estamos ante un tiempo nuevo y no verlo es un error. La política no puede ejercerse contrariando demandas básicas de una población cada día más crítica, más contrariada y más plural. Yo, como he dicho al principio, no quiero ser Caperucita, es más prefiero que, como en Fuenteovejuna, todos seamos Robin Hood y a los de arriba sólo nos quedaría recordarles cómo acabó la película. Repartamos la riqueza que produce este país de forma más equitativa y enviemos a las mazmorras a los que han expoliado España.

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El refugio de los canallas
María Antonia San Felipe 30-08-2014 | 1:29 | 0

Tengo que confesar que, pocos días después de que Jordi Pujol se autoinculpara y tras conocerse pormenores de la fortuna y negocios del clan familiar, lo primero que me vino a la cabeza fue la película Senderos de gloria. Recordé el diálogo en el cual el coronel Dax (Kirk Douglas), ante una orden temeraria e injusta, le espeta al general una frase de Samuel Johnson, de contenido inolvidable: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Una sentencia pronunciada por un inmejorable Kirk Douglas, que hirió el orgullo del altanero general francés. La película rodada por Stanley Kubrick en 1957, está basada en una novela de Humphrey Cobb escrita en 1935 e inspirada en hechos reales que él mismo investigó. En Francia se estrenó en 1975 y en España en 1986, cuando Franco llevaba ya once años en el Valle de los Caídos. Ya sabemos que en España hay cosas que siempre nos llegan con notable retraso. Las autoridades nos cuidan para que no sepamos las verdades hasta pasado mucho tiempo, cuando ya son historia, no vaya a ser que se nos active la inteligencia y decidamos amotinarnos contra los poderes establecidos.

            Con lo de Pujol ha pasado lo mismo, nos lo han contando cuando han querido. Por lo visto nos protegían a nosotros, no a los Pujol. No querían darnos un disgusto no fuera a ser que pusiéramos en duda la eficacia de un sistema democrático que tanta sangre, sudor y lágrimas nos costó conseguir. Los que creíamos que la corrupción sistémica era cosa de las dictaduras y de los totalitarismos, de uno u otro signo, hemos sido sorprendidos en nuestra buena fe al descubrir, de pronto, la materia de la que está hecho el poder. Hemos aprendido a fuerza de soponcios y sobresaltos continuos que el poder algunos no lo añoran para cambiar el país al que dicen servir sino, como ya he dicho en otras ocasiones, para forrarse. Todo indica que lo de los negocietes del clan, lo del 3% de comisión y otros asaltos a las arcas públicas con simuladas adjudicaciones legales, todo ello presuntamente (no vaya a ser que ahora a la cárcel vayamos la que esto escribe y usted que me lee), es algo que todos sabían y nadie contaba. Como con la primavera, el dinero llegó a los bancos de Andorra y todavía hoy, 34 años después, no sabemos cómo ha sido.

            Todo resulta indignante porque este patriota de pacotilla pretendía ser una especie de héroe del catalanismo como otros intentan serlo del españolismo y todos se han forrado a costa de nuestra buena fe e invocando el nombre de la patria. Reflexionemos: si no se hubieran realizado grandiosas y costosas obras como aeropuertos sin aviones, lujosos edificios sin contenido o recalificados los terrenos de los amigos tampoco nos veríamos como nos vemos y, por supuesto, ese puñado de patriotas de pacotilla no tendrían cuentas en Suiza, ni mansiones de lujo, ni los dinerales que un sueldo público, por elevado y digno que sea, no proporciona.

            El otro día se reunieron en la Moncloa, Artur Mas y Mariano Rajoy para hablar de sus respectivas patrias. El primero lleva el fracaso pegado a los talones y el segundo, gracias al primero, puede seguir pronunciado reiteradamente la palabra España para ver si olvidamos a Jaume Matas, Bárcenas, Camps, Carlos Fabra, los sobres con dinero negro y otros asaltos al dinero público perpetrados siempre en nombre de España. Ha llegado la hora de conocer toda la verdad sin esperar a que el tiempo nos la descubra, porque todavía hoy desconocemos el tamaño real de la ciénaga aunque en esta democracia imperfecta, un día u otro, el pastel se descubre. La mejor manera de parar la gangrena es arrebatarles nosotros la bandera de las manos para que no nos despisten con ella. Es indudable que en España todavía hay políticos honestos y buena gente que trabaja por el interés general, esos deben ser nuestra esperanza. Hay que conseguir que nos gobiernen gente de comprobada capacidad de servicio y para ello es preciso modificar el sistema electoral. Es la única forma de conseguir que un nutrido grupo de falsos patriotas abandonen su refugio y nos devuelvan la bandera por haberla manchado con deshonor.

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Ya lo dijo Einstein
María Antonia San Felipe 09-08-2014 | 10:37 | 1

Ya demostró Einstein, y nadie le ha desmentido, que el tiempo y el espacio no son absolutos sino relativos respecto al observador que los mide. Aplicando la teoría de la relatividad a nuestra querida España, podemos deducir sin temor a equivocarnos que los mismos datos producen en quien los escucha distintos efectos según el punto de observación en que se sitúen. Analizando los últimos datos de desempleo facilitados por el gobierno, si hacemos caso a Einstein, podemos deducir que las mismas cifras producen diferentes reacciones y conclusiones diversas. El mes pasado se descontaron 29.841 parados respecto a junio, es decir un 0,6% menos y una bajada interanual del 5,9%. ¿Es mucho o es poco?, como diría Einstein, depende. Si estuviéramos en una tasa de desempleo muy baja estos porcentajes serían espectaculares, pero como es elevadísima, se trata de un minúsculo oasis en un inmenso desierto.

La desproporcionada reacción de entusiasmo de Rajoy y su gobierno nada tiene que ver con la que se escucha a pie de calle. En general, el empleo que se crea es estacional, a tiempo parcial y cada vez peor pagado. El que lleva mucho tiempo llamando a las puertas de las empresas sabe que cada día que pasa tiene menos posibilidades de encontrar un empleo que le permita vivir. No hay que perder la esperanza, sí, pero parece que ésta vive demasiado lejos y tendrá que pasar mucho tiempo antes de alcanzarla y, claro, como diría Einstein, el tiempo no corre igual para el que espera un empleo que para la corte de charlatanes que nos repiten que la crisis ha llegado a su fin. No van a pasar igual el verano Mariano Rajoy, que tras los últimos datos se cree el Cid Campeador, que el parado de 55 años que se ha quedado sin prestaciones ni que el joven que espera en septiembre hacer las maletas rumbo a un subempleo en Alemania o en la vendimia francesa.

Hay otro dato de esta semana que pone de manifiesto la distancia cada vez mayor entre el político convencional y la calle. Los últimos datos del CIS certifican el desplome en intención de voto de los dos partidos políticos que han gobernado España desde el advenimiento de la democracia y el avance de una nueva fuerza, Podemos, que parece consolidarse contra todo pronóstico de analistas y supuestos expertos y que está captando votos de todos los estratos sociales. Mariano Rajoy cree que si se consolida el crecimiento económico todos los desaguisados perpetrados contra el estado de bienestar y el inmenso pecado de corrupción de su partido les serán generosamente perdonados por un electorado temeroso de lo que pueda llegar. No se da cuenta de que el crecimiento no sólo es todavía imperceptible, sino que no hay garantías de su permanencia. Ahí tenemos a Italia que acaba de certificar de nuevo un crecimiento negativo. Por su parte el PSOE acaba de renovar su liderazgo aunque el resto de su estructura territorial, las poderosas baronías, siguen inmutables. Si su electorado, cada vez menos fiel, no observa cambios radicales, percibe titubeos contra la corrupción y no vislumbra otra forma de hacer política es posible que inicie, en vez de la remontada que esperan, el descenso a la marginalidad.

Pedro Sánchez, en su proclamación, apuntó que en esta crisis el problema no ha sido la economía sino la política la que ha fallado. En esa consideración lleva toda la razón, la vocación transformadora que debe tener la política se convirtió en un instrumento protector de los poderes económicos. Objetivamente han sido la falta de regulación, la ausencia de controles y el sometimiento de la clase política a la especulación organizada y al enriquecimiento ilícito, los que hicieron que los ciudadanos se sintieran traicionados por sus representantes. Hoy la calle demanda a gritos cambios sustanciales en el sistema, no quiere destruirlo pero sí regenerarlo radicalmente. La historia enseña que si los cambios no se propician desde arriba, éstos se acabarán consiguiendo desde abajo. Mensaje a los de arriba: caminen por las calles.

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El martillo pilón
María Antonia San Felipe 08-03-2014 | 1:30 | 0

          Cada vez que un dirigente de la Comisión Europea abre la boca para referirse a España, aunque haya una previa enumeración de alabanzas, ya intuimos que lo siguiente será colocarnos una diplomática “recomendación”. En realidad ya sabemos que se trata de una orden a la que, más pronto que tarde, Mariano y sus muchachos darán sumiso cumplimiento. Mientras, a los ciudadanos nos invade la sensación de que, de repente, nos han dado un golpetazo en la cabeza con un martillo pilón y nos quedamos como si nos hubiera atropellado el tren en una historieta de Mortadelo y Filemón: remostados contra el suelo y sin ver la luz al final del túnel.

          Según el comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn, España va mejor, pero… necesita profundizar en la moderación salarial y aumentar su productividad para conseguir mejorar la competitividad. En definitiva, lo que plantea es una nueva rebajita salarial y una vuelta de tuerca más a la reforma laboral hasta que sintamos los grilletes en los huesos. Para animarnos un poco, el señor Rehn ha dado como dato positivo el descenso en un 0,04% del desempleo porque se trata -dice- de un cambio de tendencia. Cuando los éxitos en materia de empleo se miden no ya en décimas sino en centésimas, es decir, cuando seguimos estando como estábamos, no es extraño que crezca el pesimismo sobre la velocidad de la recuperación. Si a esta enclenque mejoría añadimos que todo indica que la previsión de déficit público no se va a cumplir y que tenemos al lince de Montoro ocupado en esconder bajo las alfombras del ministerio el exceso de gasto público, ya me dirán si está el patio para fiestas. Lejos de la realidad que nuestros ojos ven se encuentra el presidente del gobierno, Mariano, el héroe del Cabo de Hornos que para amplificar estos imperceptibles triunfos se ha organizado un Foro en Bilbao con lo más granado de la economía mundial para anunciar el fin de la recesión en España. Mientras, su ministra de Desempleo, doña Fátima, reza a su asesora la Virgen del Rocío mientras suenan clarines y trompetas para anunciar que hay 1.949 parados menos que el mes pasado. Un éxito demasiado exiguo para tanto festejo y muy poca sensibilidad ante el tremendo drama que vive España.

           Lo único cierto es que la incredulidad se ha instalado en la ciudadanía. Según el último barómetro oficial del CIS, un 42% de los españoles considera que el año que viene la situación económica seguirá igual y un 28,6 que será peor, sin olvidar que un 87% cree que la realidad actual es mala o muy mala. No es de extrañar, pues el gobierno es desmentido cada día, señal inequívoca de que nos engaña.  Una tomadura de pelo fue aquella ocurrencia de Montoro de que los salarios no bajaban sino que estaban moderando su incremento, palabras que han sido ridiculizadas por el propio Banco de España que acaba de anunciar que los salarios caen el doble de lo que dice la estadística oficial. Ahora se han inventado un nuevo contrato con tarifa plana como fórmula para combatir el paro. Ya verán como cuando leamos la letra pequeña comprobaremos que por el precio de un trabajador se van a poder contratar a dos, es decir que, como en los mercadillos, se ofertarán dos al precio de uno. Este es el futuro que se nos ofrece en España y que Europa promociona con la excusa de la competitividad. Los españoles teníamos enormes esperanzas puestas en esa federación de naciones que iba a ser la Europa de las personas y no de los mercaderes. Hoy sabemos que es la Europa de los especuladores, que se muestra débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Mi conclusión es sencilla, no hay mal que cien años dure: saldremos adelante, pero nuestro reto pasa por replantearnos el futuro. Tenemos que decidir si vamos a tolerar resignadamente que nos arrebaten nuestros derechos y nos roben todos nuestros sueños o si, por el contrario, estamos dispuestos a luchar por ellos.

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Salvados
María Antonia San Felipe 01-03-2014 | 10:15 | 0

 

          Sentada frente al televisor creí haber perdido el sentido de la realidad, pensé si no estaría viendo un programa de ficción o una broma de mal gusto de algún periodista desalmado. Cuando iba a frotarme los ojos me pareció que Mariano me hablaba desde el otro lado de la pantalla, se acercaba tanto el plano que tuve la sensación de que estaba sentado en mi sofá, a mi lado. Entonces, sin pestañear siquiera, me preguntó:

         -¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?

         Al darme cuenta de que la frase era del gran Groucho Marx supe que no estaba soñando, sino que estaba viendo el debate del Estado de la Nación mientras que Mariano relataba a todos los españoles sus aventuras como capitán de esa nave maltrecha que se llama España. Mientras, yo repasaba mentalmente todos los datos que nos ofrece la realidad cotidiana: paro, exclusión social, comedores de Cáritas, de Cruz Roja, jóvenes emigrantes, salarios cada vez más bajos, contratos de días y horas, recortes de todos nuestros derechos, servicios públicos colapsados que se sostienen gracias al buen hacer de los profesionales,…Recordé también que tenemos la mayor deuda de los últimos cien años, incrementada en 24 puntos desde que Mariano tomó el timón de la nave. ¡Que no se desanime nadie!, estamos casi como en el desplome de 1898, cuando nuestra deuda llegó a superar el 100% de nuestro PIB, pero no pasa nada, salvo que nuestra fragilidad es tal que cualquier turbulencia puede hundir la nave, sin olvidar, que, según la Comisión Europea, ni vamos a cumplir el objetivo de déficit ni se va a frenar el desempleo hasta dentro de varios años.

          Según  el capitán Rajoy, gracias a su pericia marinera, hemos doblado el Cabo de Hornos con éxito. Ya saben ustedes que atravesar este punto, al sur de la Tierra de Fuego y en la unión de los océanos Pacífico y Atlántico, tiene un toque legendario, casi épico, que elevaba a la categoría de héroes a aquellos primeros navegantes que luchaban contra un mar tan enfurecido que parecía la antesala del infierno. Si los marineros que lo surcaban con éxito tenían ganado el derecho a ponerse un aro en la oreja para demostrar su gallardía, está claro que Mariano ha querido colgarse un medallón de oro a costa nuestra. No olvidemos que, condenados a galeras y sudando la gota gorda, somos los ciudadanos los que hemos remado contra viento y marea, para sostener la nave sabiendo que mientras, en los camarotes de primera, las corrupciones que rodean el poder, hacen que otros atraviesen la tempestad viviendo a papo de rey.

          A estas alturas, ya sabemos quienes van a pagar la factura de la reparación de la maltrecha nave España. No obstante, pretendiendo estar en la realidad, Mariano añadió: “es una gran noticia que ya no caminemos hacia la ruina”. Tuve la sensación de que el señor presidente rememoraba otra frase de Groucho Marx: “aprendan de mí, que he pasado de la nada a la más absoluta miseria”. Digamos que estamos ahora en ese punto, nadando en la miseria económica, política y moral, rodeados de corrupción por todas partes y sin ningún propósito de la enmienda. Seguramente los ciudadanos acabaremos salvando la nave España pese a la impericia de nuestros gobernantes, pero mientras, la distancia entre la realidad y la ficción es infinita. Continuo viendo en la pantalla del televisor la parodia de debate parlamentario y pienso en lo enfadados que algunos están con el periodista Jordi Évole por su programa del 23-F. ¡No se juega con las cosas de comer!, argumentan. Bueno, pues con ellas juegan cada día desde el poder, nos mienten en la cara, nos damos cuenta y en vez decirnos la verdad y pedirnos disculpas, nos siguen engañando mientras les aplaudimos, les perdonamos y hasta les votamos. Yo prefiero que nadie me salve, con mentiras, de la realidad que niegan.

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