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regeneración política

Entre la cantidad y la calidad
María Antonia San Felipe 03-08-2012 | 6:23 | 3

La decepción de la ciudadanía con la clase política es ya una realidad difícil de ocultar, aunque para conseguir esta marca olímpica no hay que pasar por alto los continuados esfuerzos, el pertinaz entrenamiento y la denodada entrega a la consecución del objetivo que han puesto en los últimos años los propios afectados por el creciente descrédito. Las últimas encuestas reflejan el desapego de los votantes hacia los dos grandes partidos españoles y muchos nos preguntamos cómo es posible que hayamos llegado a este punto en un país que depositó tantas esperanzas en su reciente democracia. A nadie se le escapa que hay algunos sectores reaccionarios muy interesados en desacreditar el ejercicio de la política y su papel como elemento transformador de la sociedad, generalmente son los mismos que creen que los españoles necesitamos alguien que nos guíe con mano dura, como tiempo atrás lo hizo la lucecita del Pardo. Es evidente que hay grupos de poder a los que nunca convenció que el pueblo soberano fuera el protagonista de sus propios destinos y por ello agitan una campaña contra todo lo que huela a política mientras esperan agazapados el regreso al pasado.

 Vale, esto ya lo sabemos, pero si es un obviedad, ¿por qué la propia clase política está permitiendo que se degenere un sistema democrático que tanto nos costó conseguir?, ¿cuáles son las razones por las que las cúpulas de los partidos mayoritarios viven tan ajenos a la realidad de la calle?, ¿por qué ya no entienden los mensajes de sus propios y, en general, fieles votantes? Sería largo y prolijo analizar el problema pero, a mi entender, una de las razones fundamentales de la pérdida de sintonía radica en que siempre esperan que su fiel votante, o el defraudado votante del otro, los elija a ellos ante el temor de que gobiernen los contrarios. Los partidos, cada día más difusos ideológicamente, creen que la identificación con un ideario general es razón suficiente para conservar el aprecio de su votante tradicional. El conflicto se produce cuando llega la deserción, cuando el ciudadano se considera utilizado y huye en desbandada hacia la abstención y proclama a los cuatro vientos su indignación con una clase política desnortada, que se ha dotado de privilegios a sí misma, que protege al corrupto cuando es de los suyos, que vive más preocupada por conservar su cargo que por la defensa de los que dice representar, que cree que el cargo es para toda la vida, que no pisan el suelo real en el que habitan sus conciudadanos y que carece de liderazgo social (porque a algunos sólo los conocen su padrinos del partido).

 Ante esta situación sólo cabe una profunda regeneración de la política en España, una recuperación del noble valor de su ejercicio: menos oropeles y más transitar a pie de calle, menos coche oficial y más altruismo y generosidad personal, más preocupación por ganar el afecto del votante que el de la cúpula del partido, más sencillez, más sentido común, más proximidad y menos ejercicio subvencionado de la política. Aprovechando el río revuelto hemos oído estos días a la presidenta de Madrid o al de La Rioja, afirmar que sobran políticos en España (aunque por supuesto ellos no, porque son imprescindibles). Reducir el inmenso problema del descrédito de la clase política a un problema de cantidad es no entender la cuestión o querer ejercitar maniobras de distracción. La crisis de nuestro sistema político no es sólo de cantidad sino de calidad democrática y de liderazgo. Los partidos políticos deben transformarse radicalmente, al menos, espero que la izquierda lo haga, abriendo las puertas a la participación real, arbitrando canales plurales de debate, no sofocando las opiniones diversas porque no siempre, como hemos visto, los dirigentes llevan razón, mejorando el sistema de selección de los candidatos en vez de primar únicamente la adhesión inquebrantable al jefe de turno,… Estamos en un momento de profundos cambios, el reto es colectivo aunque el compromiso sea individual. Es tiempo de reivindicar una democracia más plena, aunque ésta sólo será posible si la sociedad se une para construirla, al fin y al cabo la soberanía es nuestra.

 

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Atrapados
María Antonia San Felipe 11-05-2012 | 8:30 | 0

 

No había que ser un lince para darse cuenta de la que se nos avecinaba, la pasada semana les hablaba de “lo que estaba por venir” y como han podido comprobar lo que temíamos ha llegado y de nuevo el pánico se ha instalado entre nosotros. Hace menos de un mes, un dirigente de la UE explicaba que probablemente los ciudadanos europeos no estaban preparados para aceptar que sus gobiernos acudieran de nuevo a salvar la banca con dinero público y por eso en los últimos tiempos nos han estado mentalizando para que de nuevo, como una fatalidad irremediable, lo aceptemos. Hace tiempo que nos han enseñado que nuestros amigos, hijos, sobrinos y cuñados se pueden quedar en la fila del paro o tener que pedir ayuda a los allegados para que no los echen del piso por impago, pero que es imposible dejar caer a los bancos porque lo que se hunde es el barco colectivo en el que todos viajamos. Esta es la cruel verdad del capitalismo inhumano y voraz que hemos construido y que amenaza con llevarse por delante nuestra propia dignidad colectiva y nuestra estabilidad como nación.

No es de extrañar que vivamos en una creciente depresión colectiva, no me refiero a la depresión económica que es evidente, sino a la que se mide por la cantidad de ataques de nervios que se propagan cada mañana por toda España al escuchar las noticias. A estas horas todos nosotros, a través de nuestro maltrecho estado, somos ya accionistas de Bankia sin haberlo siquiera deseado y encima, pongámonos todos a rezar (con fe o sin ella), para que todo salga medianamente bien. Les propongo que realicen una novena a su santo predilecto, para que esto que denominan pomposamente la reforma del sistema bancario no se nos lleve a todos por delante. No se olvide que por detrás va a seguir la penitencia a costa de nuestra inagotable paciencia. Hay que reconocer que ni los denominados analistas de la cosa ni tampoco la clase política saben leer  nuestro estado de ánimo, ellos leen las encuestas en una clave y los ciudadanos lo hacemos en otra. Así por ejemplo, la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas ha sido analizada bajo la premisa simplista de: el PP pierde un poco en intención de voto y PSOE apenas sube. A renglón seguido el CIS nos dice que ningún líder político aprueba, que tanto la acción del gobierno como la de la oposición cosechan suspensos estrepitosos y por si fuera poco Rajoy inspira poca o ninguna confianza al 72% de los ciudadanos y Rubalcaba al 80%. Por tanto, a mi modesto entender, el nivel de enfado es estrepitoso, la credibilidad mínima y la desesperación creciente. No obstante, la ciudadanía está dispuesta a seguir votando porque cree en el sistema democrático, pero está exigiendo un cambio de actitudes en la forma de hacer política de manera urgente y nadie parece escuchar el mensaje. Después de todo lo que el país lleva aguantando el enojo sube de tono cuando los hechos demuestran, cada día, que en España la corrupción económica y moral ha sido un virus que ha infectado una gran parte del sistema y que en ella han sucumbido muy variados personajes agazapados tras la bonanza. El saqueo de las cajas de ahorro es un buen ejemplo que ahora pagamos con sangre, sudor y lágrimas. Urgen las medidas económicas pero también urge la regeneración política y las formas de ejercerla, apremia tanto recuperar la confianza de los mercados como la de los ciudadanos. Si la clase dirigente se conforma con el dato ramplón de que unos suben y los contrarios bajan en las encuestas vamos por mal camino, ahí tienen a Grecia. Los españoles no podemos salir corriendo como Rodrigo Rato, nosotros estamos atrapados en la dura realidad y el desamparo puede llevar a muchos a soñar con salvadores. ¡Ojo al dato!

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