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Rey

Cuando sube la marea
María Antonia San Felipe 03-06-2014 | 6:45 | 0

Conocí al rey Juan Carlos I hace treinta años en Calahorra, cuando realizó su primera visita oficial a La Rioja. Yo siempre he sido republicana, así que antes de ir a recibirlo abrí mi caja, en la que guardo mi colección de pins y miré mi bandera tricolor con cierta sensación de pena pero aceptando la cruda realidad. La dejé en su sitio y me fui al Ayuntamiento para recibir a sus majestades en calidad de alcaldesa de la ciudad. Reconozco y confieso que, desde la noche del 23-F, el rey me caía bien. Su temperamento afable es cierto y así lo percibí en todo momento. He declarado, en otras ocasiones, que siendo republicana me sentía, como muchos españoles, juancarlista y, por ello, siempre le he tenido gran consideración y respeto como Jefe del Estado.

Nadie duda a estas alturas que su figura ha sido muy importante en la transición a la democracia de este país junto a la figura de Adolfo Suárez. Pero tengo la sensación, treinta años después, de que el ciclo de una generación que lideró la transición ha concluido en España. El fallecimiento de Suárez y la abdicación del rey marcan el fin de una etapa que alumbró, con el apoyo y la connivencia de todo un pueblo sediento de libertad. A fecha de hoy, esa democracia que creímos perfecta ha quedado tan marchita y deteriorada por los abusos de los resortes del poder que está pidiendo a gritos un cambio profundo en la arquitectura institucional.

En España han ocurrido tantas cosas y tan terribles en los últimos años que no es posible no darse cuenta de que ya nada será como fue, ni nada se hará como se imaginó. La primera etapa del reinado de Juan Carlos I será recordada en los libros de historia con más elogios que la segunda. Dicen que el rey tomó la decisión de abdicar a primeros de año, es posible, pero no es extraño que la haya materializado unos días después de las elecciones europeas cuando se ha constatado, a través de las urnas, el tremendo malestar que alberga la ciudadanía y la falta de respuestas que estaba recibiendo por parte de todas las instituciones del estado. La evidencia, reiteradamente negada, de que la corrupción está desestabilizando nuestra democracia por ausencia de transparencia y por la impunidad con la que los corruptos actúan y son amparados por sus iguales, lo crean o no, está quebrando no sólo el sistema político sino la paciencia del ciudadano que cada vez tiene más dificultades en su vida cotidiana.

Nadie ha hecho tanto en este país porque la causa republicana florezca con fuerza como los propios interesados en mantener la institución de la Corona. Tampoco es la primera vez en la historia de España que la corrupción mina la credibilidad de la institución monárquica. El rey seguramente ha visto, como más claridad que los partidos políticos mayoritarios, que puede venir una ola pidiendo cambios con tal fuerza que resulte imparable. Si varían las mayorías parlamentarias pueden modificarse las leyes y optar por solicitar al pueblo su opinión sobre si quiere vivir bajo una institución anacrónica, como es la monarquía, o si quiere elegir por votación directa al jefe del Estado. La Casa Real ha creído más práctico pasar cuanto antes la corona a Felipe, para que representando a una nueva generación trate de renovar la sintonía con el pueblo soberano, tras encerrar a Urdangarín en el cuarto oscuro del palacio. Tampoco deben los monárquicos, ni el gobierno, ni los partidos mayoritarios rasgarse las vestiduras porque muchos ciudadanos quieran ante esta decisión expresar su opinión en un referéndum y mucho menos quienes han permitido que la corrupción, la sensación de impunidad y la ausencia de transparencia carcoman y debiliten un sistema político que tanto costó construir y que tantos desvelos causó a muchos ciudadanos, incluido el rey.

Personalmente me quedo con el recuerdo de su primera época, cuando yo era más inocente que ahora y a lo mejor él también. Presiento que el rey sabe, por experiencia, que cuando sube la marea no hay quien la pare.

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El tiempo lo dirá
María Antonia San Felipe 15-02-2014 | 11:00 | 2

         

          Por mucho que uno se tape los ojos para no ver, la realidad no cambia por ignorarla. Eso es lo que le pasa a la Casa Real que se resiste a aceptar que las cosas han evolucionado de forma radical en este país en los últimos años. El cambio en la percepción de la realidad política en la mayoría de los españoles es hoy una clamorosa verdad, la crisis nos ha descubierto de forma despiadada el cenagal que habitábamos en los últimos años. Copiando a Muñoz Molina, podemos decir que todo lo que era sólido se ha desmoronado ante nuestros ojos y cómo no, también la monarquía.

          Muchos, incluida yo, hemos sostenido en muchas ocasiones que la disyuntiva entre monarquía o república no era un debate prioritario ya que el juancarlismo estaba, aparentemente, bien asentado en España y otras eran nuestras preocupaciones. Las encuestas demuestran que la credibilidad y aceptación de la institución monárquica están en franco declive y, como en el caso de la desafección hacia la clase política, los verdaderos causantes del deterioro son los propios interesados en contar con el favor de su pueblo. Hoy, son precisamente los jóvenes los más alejados de la actual monarquía. Conocen la democracia y al Rey desde que nacieron, no tienen recuerdos de la dictadura ni del intento de golpe de estado de 1981 y su formación les permite comparar el mundo. Heredar la jefatura del estado, en un país democrático, es un anacronismo histórico que se aceptó en la transición para salvar otras partes del entramado constitucional, político y social que se consensuó en su momento.

          A fecha de hoy, se ha desvelado con claridad que el entorno del Rey vivía en una sensación de impunidad semejante a la de los políticos que retribuían al duque de Palma, con dinero público, por ser vos quien sois. El propio don Juan Carlos ha gozado de la protección y silencio de la prensa, de la complicidad de los dirigentes políticos de los sucesivos gobiernos de la democracia y él no ha estado siempre, por lo que hoy sabemos e intuimos, a la altura de las circunstancias. Envuelto en crisis, el pueblo soberano vive en la amarga incertidumbre del día a día, parado o en la amenaza de estarlo, con sueldo menguado para afrontar un mes infinito, con familiares a su cargo, viviendo de la pensión del abuelo o de la caridad del vecino y sin entender ni compartir lo que está pasando. Nadie cree en los cuentos de hadas y con hartazgo se exige transparencia en la gestión del dinero público e igualdad real ante la ley. Por toda esta realidad asfixiante, la vergonzante y vergonzosa declaración ante el juez Castro de la infanta Cristina, que de pronto ha olvidado el origen de su elevado tren de vida, no va a solucionar el problema ni va a acortar el calvario de la casa del Rey. La estrategia de defensa de sus abogados estará jurídicamente justificada para lograr su absolución pero la insultante amnesia de Cristina de Borbón no apacigua la sangría que ha desgastado irreversiblemente al propio Rey. Rafael Spottorno confesó que este asunto estaba siendo un martirio para la familia real. No es de extrañar porque en palacio, acostumbrados a estar bien protegidos, ni advirtieron que el edificio goteaba hacía tiempo ni que se aproximaba un imparable tsunami.

           Modestamente señalo que si algo de inteligencia queda en los estrategas de Zarzuela debieran comenzar a abrir los ojos ante la realidad que se niegan a admitir. En mi modesta opinión deben plantearse una sencilla disyuntiva, deben elegir entre salvar al Rey o a la Monarquía. Si eligen lo primero que nadie se extrañe que de la mano de Urdangarín y de su enamorada esposa la marea republicana arrase la totalidad del edificio monárquico. Si eligen lo segundo, la abdicación del Rey puede frenar el ciclón, al menos momentáneamente. Que su majestad decida en consecuencia, que la justicia juzgue a la luz de la verdad y que el pueblo se manifieste en libertad. Está claro que pronto algo va a cambiar, aunque eso el tiempo lo dirá.

 

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El martirio del rey
María Antonia San Felipe 11-01-2014 | 11:45 | 0

          Según cuentan sus paladines, en la casa del rey de España este año se ha vivido como un martirio la instrucción del caso Nóos que afecta a la infanta Cristina y a su yerno Iñaki Urdangarín. Es de suponer que Rafael Spottorno, diplomático de profesión y bregado en mil batallas, haya advertido a don Juan Carlos I que ahora su reinado, si no cambian mucho las cosas, inicia su camino hacia el monte Calvario donde no sabemos cuántas cruces serán clavadas en su día. Puede que haya tres crucificados, como en la Biblia, o pudiera ser que directamente sea inmolada la institución monárquica. Pero no nos engañemos, el desenlace final depende más del Rey que de sus súbditos.

          Aunque nació en la noche de reyes, en su 76 cumpleaños no parece que los Magos le hayan renovado su buena estrella. Todo indica que en el palacio de la Zarzuela dejaron un saco repleto de carbón. Es lo que pasa cuando uno se porta mal y no cumple las expectativas que de él se esperan. Ya nos lo decían cuando éramos pequeños. El regalo de los magos de Oriente al rey de España ha sido múltiple y variado. Le han regalado una encuesta que evidencia el punto más bajo de credibilidad de la monarquía desde su restauración en 1975. En la celebración de la Pascua Militar, el rey de España hizo un discurso, cuyo contenido nadie puede recordar porque todo el mundo estaba más pendiente de si podría concluir la lectura de las frases que le habían escrito para la ocasión. Podemos decir que don Juan Carlos se mostró a los ojos de los españoles con tanto grado de vulnerabilidad como la institución que representa.

           El último regalo, se lo sirvió en bandeja el juez Castro, instructor del caso Nóos, imputando a su hija Cristina Federica de Borbón y Grecia, aunque en realidad el auto de 227 páginas es un obsequio envenenado de la Fiscalía y de la Audiencia Provincial de Palma que, en su afán de proteger el linaje real, han obligado al magistrado a fundamentar con tal detalle el auto que, en vez de una imputación para citarle simplemente a declarar, casi parece la antesala de una condena. Es el riesgo que entraña utilizar los resortes del poder para intentar vulnerar el sacrosanto principio de igualdad ante la ley. Está claro que muchas veces es peor el remedio que la enfermedad y en este caso podemos decir que si no se hubiera tratado de desprestigiar al magistrado y a los inspectores de la Agencia Tributaria, con la complicidad del ministro Montoro, para evitar simplemente que la infanta Cristina declarase ante el juez es posible que a estas alturas el caso se hubiera desinflado. Sin embargo, los errores cometidos hacen que la mayoría de los españoles crean que se está tratando de evitar que se conozca la verdad para evitar las consecuencias, civiles o penales, si las hubiere del mangoneo de los duques de Palma con un montón de administraciones públicas que dilapidaban nuestros impuestos para que los infantes vivieran del cuento pero a papo de rey.

          Ya lo he escrito en otra ocasión pero hoy me reafirmo. Nadie ha convertido tantos españoles a la causa republicana como este infante consorte y su aspiración de tener un trabajo muy bien remunerado sólo por ser vos quien sois. Pero los responsables últimos, los que consintieron sus delirios de grandeza, los que pagaron humo a precio de oro, siguen en sus cargos como Rita Barberá o el propio Gallardón o a la espera, como Matas y Camps, de un trato de favor. Con el debido respeto, majestad, la pelota está en su tejado. El futuro de la institución monárquica está hoy en manos de su clarividencia o de su torpeza, de usted depende que se consolide o que desaparezca, recuerde la historia. Piense que mientras usted se debate en sus reales penas, en España crecen la desigualdad y la pobreza, la corrupción apesta y todo ello fomenta la indignación y la incredulidad y eso, no lo dude, sí que es hoy un verdadero martirio para la ciudadanía.

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El País donde nunca pasa nada
María Antonia San Felipe 28-12-2013 | 4:38 | 0

           

          Peter Pan vivía en el País de Nunca Jamás donde los niños eran felices aunque no crecían. Nosotros que año tras año encanecemos, hemos comprobado que vivimos en el país Donde Nunca Pasa Nada. Bueno, perdón, si pasa. Si eres un mendigo te pueden multar por dormir en la fría calle, si eres un trabajador te pueden despedir por un simbólico puñado de euros, si eres un investigador te dejan sin beca y sin ratones de laboratorio, si eres un enfermo de Alzheimer te quitan la ayuda, si eres un anciano te congelan la pensión, si robas para comer te meten en la cárcel, si eres joven te empujan a abandonar tu país, si eres estudiante de familia sin excesivos recursos, olvídate de la beca y por tanto de estudiar e incluso ahora, si eres mujer, gracias al ministro Gallardón, te pueden fastidiar la vida gracias a la nueva ley del aborto que nos traslada directamente a la Edad Media… Ahí tenemos un buen ejemplo de lo que pasa en este país, puedes dejar en la ruina al Ayuntamiento de Madrid y en vez de exigirte responsabilidades simplemente te hacen ministro para que arruine las vidas de muchas mujeres y de muchos padres privándolos de su derecho a decidir.

          Pero tranquilo, porque si eres un perfecto sinvergüenza puedes vivir a papo de rey sin que nadie te despeine el flequillo. Por ejemplo, puedes presidir una caja de ahorros, pegarte una vida de lujo, caviar y yates, quebrar la entidad financiera, engañar a miles de ahorradores, precisar del mayor rescate de la historia de España, que por supuesto va a costa de nuestros riñones y entonces el inefable Ruiz Gallardón te enviará al fiscal para que actúe, no como acusador y defensor a ultranza del interés general de los españoles, sino como abogado defensor del acusado y presunto delincuente. Ahí tenemos a la infanta y a su estupendo esposo protegidos por la fiscalía con más eficacia que por su abogado y para qué hablar de la actuación del fiscal en el caso de la financiación ilegal del PP. En otro país, distinto al País donde Nunca Pasa Nada, si la policía, por orden de un juez, registra durante 14 horas la sede del partido en el gobierno hubieran dimitido desde el conserje al presidente del gobierno, pero en este país nuestro, no sólo no se han ido a casa con las orejas gachas y la vergüenza en la cara sino que no han dicho ni palabrita del niño Jesús, que para eso estamos en Navidad. Ni se han dignado a considerar esa posibilidad y así, camino de fin de año: mienten y mienten y vuelven a mentir los peces (gordos) en el río porque nos toman por tontos para sobrevivir.

         El año 2013 termina y además de no ver la luz al final del túnel (no hay dinero para pagar la factura después de la fallida subasta), tampoco vemos señal alguna de que las cosas vayan a mejorar en 2014. Intuyo que si el balance en términos económicos es desolador, en materia de empleo resulta desesperante, en pérdida de derechos indignante y respecto de ética en los comportamientos públicos es como para pedir una revolución que regenere a todas las instituciones básicas de nuestro sistema democrático. Si todo está contaminado desde las cloacas del poder, si la corrupción no se combate con ejemplaridad por nadie, si los corruptos siguen en sus cargos, si se enmascara al defraudador, si se castiga al mendigo y se encubre al corrupto, si se miente hasta la saciedad al personal con la connivencia de muchos creadores de opinión, entonces es que este país no tiene remedio. El Rey, en su último mensaje, para evitar las risas, no ha dicho que todos somos iguales ante la ley pero sus palabras diciendo que asume “las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad”, resultan escasas a la vista de los comportamientos que hemos visto en torno a su familia. No hay nada más convincente en política institucional que predicar con el ejemplo. Aquí nunca pasa nada pero si pasa algo malo, no preocuparse que el marrón caerá siempre sobre los mismos.

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El pecador, la mamá y el rey
María Antonia San Felipe 28-09-2013 | 9:24 | 0

         

           El hombre que calza las sandalias del pescador en su calidad de sucesor de Pedro, ha confesado, urbi et orbi, que él simplemente es un pecador. Seguramente no hay mayor grandeza en el ser humano que analizarse a sí mismo, con más crudeza que lo haría un enemigo, y luego reconocer la debilidad para ser consecuente con lo que se cree y coherente con lo que se hace. Por eso, la sinceridad de este Papa, ¡me encanta! Lo confieso abiertamente. ¿Qué autoridad mundial, en este universo falso e hipócrita en el que vivimos, aparece ante sus seguidores para confesar que él es tan vulnerable como el resto de los mortales? En España no hay gobernante que lo haga porque consideran que confesar errores y mostrarse débiles les resta autoridad y liderazgo, probablemente porque nunca lo tuvieron. Yo creo todo lo contrario, sólo la verdad aproxima al pueblo y eso es lo que ha conseguido el papa Francisco en su última entrevista que ha dado la vuelta al mundo. Su confesión ha suscitado la complicidad y la comprensión de millones de fieles que tratan de ver en él las esencias básicas del cristianismo primitivo, el que encarnó el propio Jesucristo y del que muchos creen que se ha ido alejando la Iglesia católica en su afán de abrillantar el cetro del poder con la dominación ideológica ejercida durante siglos. Hay más grandeza humana en aquellos que han sido injustamente señalados por el dedo acusador de la tradición católica como pecadores, que en muchos que aparentan ser santos en público, asistiendo a misas y procesiones, pero jamás hacen nada por los que están sufriendo a su alrededor.

            La propuesta del nuevo papa de que la Iglesia debe abrir nuevos caminos por los que transitar en vez de hablar sólo de la homosexualidad, el aborto o el uso de los anticonceptivos habrá levantado ampollas en algunos sectores y a más de uno en la Curia le habrá subido la tensión, el colesterol y hasta la bilirrubina. Seguro que sus palabras han encontrado más eco en los sacerdotes que ejercen sus funciones en barrios marginales, en las misiones, entre las monjas de los hospitales de África o entre los que atienden a españoles víctimas de la crisis en las filas de Cáritas. No sé, ya veremos lo que ocurre con este Papa que confiesa que es un pecador y que no es de derechas. Ya saben que los malos nunca descansan y que él tiene al enemigo dentro de casa, un accidente casual puede ser mortal, así que desde aquí, le deseo larga vida al Papa.

          Si Francisco es un hombre normal, un pecador con sotana, ¿qué me dicen de doña Angela Merkel, la nueva emperadora de Europa, a la que los alemanes llaman mamá? Ahí estaba, tan parecida a cualquier ama de casa haciendo la compra en el supermercado dos días antes de obtener más del 42% de los votos. Terminó la compra y se fue a dar un mitin a Hannover. Todo normal y sencillo, sin estridencias. No pienso como ella, es más, espero que rectifique por el bien de España, pero le reconozco el mérito y el valor. En España se hubiera montado un acto electoral en el supermercado con cientos de cámaras de televisión y de periodistas para lograr una instantánea, seguramente ficticia. Esa es la diferencia, los políticos de raza no se consideran superiores al resto de la gente por administrar un cargo público en su nombre y por eso ganan credibilidad y elecciones. En España, sin embargo, nos gusta mucho aparentar lo que no somos y muchos creen acceder a un puestito político les hace más listos que a los vecinos. Así nos va.

          En nuestro patio, esta semana la noticia es la cadera del Rey. Aunque la dolencia mejora, la imagen de la monarquía se fractura. Si al perro flaco todo son pulgas, al Rey sólo le faltaba la infección de cadera, con la credibilidad en horas bajas, la corrupción instalada en el salón de palacio y la Reina triste por lo que todos sabemos. El terreno es propicio a los rumores que estos días se disparan. Las posiciones se enfrentan entre partidarios de abdicación, regencia o república. La monarquía, como España, atraviesa horas tan bajas que nadie ve cerca la remontada.

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