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Sánchez

El incendio
María Antonia San Felipe 08-10-2016 | 8:00 | 0

En la sede central del PP y en Moncloa reina la tranquilidad. Si alguna  preocupación había por el inicio del macrojuicio sobre la corrupción de la trama Gürtel el PSOE les ha devuelto la calma tras la hecatombe de su último Comité Federal. Una vez comprobado que la corrupción no les pasa una factura tan elevada como creían y dado que su principal competidor, el PSOE, ha decidido achicharrarse en la hoguera de las vanidades, sus temores se han tornado en jugosas expectativas.
           El conflicto interno del PSOE surge, aparentemente, por la posición del partido respecto de un posible nuevo debate de investidura de Mariano Rajoy. A estas alturas es muy probable que los diputados socialistas no tengan siquiera la oportunidad de votar. Cualquier observador percibe que la nueva perspectiva del PP pasa por propiciar nuevas elecciones que incrementen su número de diputados. No es extraño que ésta sea su mejor opción, alegarán que no hay garantías de gobernabilidad ni aun en el caso de que una abstención socialista diera la presidencia a Rajoy. El PP tiene ahora enfrente a un PSOE descabezado, dividido, sin rumbo claro y que se ha acuchillado públicamente en una guerra interna por el poder de un partido ya muy debilitado electoralmente. El error estratégico del PSOE para sucumbir a esta pelea interna es evidente. Ni era el momento ni las formas empleadas han transcurrido por los caminos de camaradería y fraternidad que se supone a quienes se llaman compañeros. En cada uno de los bandos enfrentados ni todos son héroes, ni todos son villanos pero todos son culpables del despropósito.
           A muchos les gustaría regresar al pasado para evitar lo ocurrido. El problema, como todo en la vida, es que lo hecho, hecho está. Ahora toca recoger los restos del naufragio para intentar que la llama del socialismo perdure y reflote con el tiempo. La tarea es complicada sobre todo porque muchos no están por el armisticio. En ambos bandos hay quienes han decidido retirarse a sus cuarteles de invierno para rearmarse. Es decir están a la espera de una mejor ocasión para conseguir sus objetivos, cuando lo que debieran hacer las partes enfrentadas es deponer las armas para empezar de cero.
           El camino va a ser largo y el trayecto plagado de dificultades. Hay retos ideológicos que completar en una Europa cada vez más débil, más oxidada democráticamente y más alejada de la ciudadanía. Por otro lado estaría el problema del liderazgo y este aspecto es tan complicado como crucial. Si hubiera terceras elecciones tendrán que improvisar un candidato a la presidencia del gobierno. En este clima, tan complicado resulta encontrar un mirlo blanco que acceda a pilotar el avispero que es hoy el PSOE como seducir a los votantes tras el incendio de Ferraz.
           Para el liderazgo a largo plazo la cosa sigue siendo complicada. Creo que ninguno de los que han participado en las trincheras de este combate está legitimado moralmente para recomponer la unidad, elemento imprescindible para dar fortaleza a un partido ante su electorado. Tanto Pedro Sánchez como Susana Díaz son víctimas de sus respectivas ambiciones y de sus constatados enfrentamientos por esa causa. Ni el órdago intempestivo de Sánchez ni asumir la capitanía del motín contra secretario general por parte de Susana Díaz ha dejado impolutos a ninguno. Si Sánchez está debilitado, Susana Díaz se ha quemado en el incendio. Es muy difícil que pueda sellar heridas quien es vista por los partidarios de Sánchez como la inspiradora de su caída y, al contrario, por quienes consideran a Sánchez y su ejecutiva causantes de la pérdida de rumbo y de votos del PSOE. Creo sinceramente que los liderazgos fuertes se forjan en sintonía con la sociedad no en las intrigas de los aparatos de los partidos, estando más atentos al sentir de la calle que a las trincheras internas de la organización. El testigo debe tomarlo quien borre de la memoria de los electores tan descarnado enfrentamiento. Se precisa de alguien, con suficiente trayectoria y bagaje intelectual y humano, que pueda reconciliar al electorado socialista con sus ideales históricos. El PSOE es un partido con una historia muy vinculada a las aspiraciones colectivas de este país, por eso en el corazón de militantes y votantes sólo queda una esperanza: que lo que no mata, fortalece. El tiempo lo dirá.

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PSOE: todos pierden
María Antonia San Felipe 01-10-2016 | 7:51 | 0

No hay cosa peor que las guerras fratricidas, por eso los romanos no festejaban esas victorias ya que lo cierto y verdad es que todos perdían en ellas. Al observar la guerra abierta en el PSOE he recordado el comienzo de Ana Karenina, “todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Digamos que la familia socialista se está autodestruyendo públicamente y a su manera, es decir, compitiendo por aparentar quien ama más a su partido mientras las puñaladas de todos lo desgarran sin remedio.
          El estallido interno del PSOE ha dejado atónito al país pero sobre todo a sus votantes y militantes. Nadie puede negar que el asunto viene de lejos. La pérdida de sintonía con su propio electorado es una realidad constatada por las sucesivas derrotas con una fidelidad de voto cada día más menguada. Hasta ahora el PSOE ha ido disimulando sus carencias sin atreverse a afrontarlas y sin ser capaz de aglutinar un proyecto que lo diferencie con claridad de otras opciones algo que, por otra parte, está ocurriendo con la socialdemocracia europea que ha sucumbido a las recetas insolidarias en lo económico y regresivas en lo social de la élite que gobierna el mundo.
           La llegada de Pedro Sánchez a la Secretaría General se produce tras un sonado batacazo electoral del PSOE en las elecciones que ganó Mariano Rajoy en 2011. La legitimidad de Sánchez radica en su triunfo en las elecciones primarias, es decir, cuenta con el apoyo mayoritario de la militancia. Es algo inédito y saludable en democracia pero, como vemos, no suficiente para ganar el favor del electorado. Se advertía, sólo con leer la prensa, que su relación con los líderes territoriales no era muy fluida pero tras las elecciones del 20 de diciembre quedó absolutamente claro. El Comité Federal de 28 de diciembre condicionó la actuación del Secretario General e incluso cuestionó su liderazgo para las negociaciones de cara a intentar conseguir la presidencia. Tras las elecciones del 26 de junio, con empeoramiento de los resultados electorales, la guerra interna se recrudeció de forma evidente. Como en este país no hay costumbre de dimitir tras las derrotas, por sonoras que sean, Sánchez siguió adelante. No hubo autocrítica. El Comité Federal apoyó su “no es no” para la investidura de Rajoy, aunque las voces críticas arreciaron un día sí y otro también. El espectáculo no resultaba gratificante, esa es la verdad. El descalabro del PSOE en las elecciones vascas y gallegas no ha propiciado la asunción de responsabilidades ni la autocrítica por parte de la dirección del partido. Sólo ha habido un intento de fortalecer su posición parapetándose en la militancia frente a los llamados “barones” críticos capitaneados por la presidenta andaluza Susana Díaz, que pretende sustituir a su secretario general.
          Mientras todo esto ocurre, Sánchez advierte que la mayor parte de la militancia no quiere que el PSOE se abstenga para facilitar un gobierno de Rajoy que, aún ganando elecciones en Galicia, sigue siendo un partido envenenado por la corrupción sistémica de su organización.  Por su parte, los barones temen que en unas nuevas elecciones el descalabro socialista sea mayor y el partido roce la marginalidad. A un mes de que concluya el plazo para convocar nuevas elecciones y tras casi un año sin gobierno, Sánchez decide atrincherarse tras la militancia, invocando la democracia que olvidó con otros. Con la excusa del no a Rajoy plantea la realización de unas elecciones primarias a contrarreloj para ser refrendado como líder y un Congreso. Mientras Rajoy y el PP se frotan las manos, Sánchez olvida que si algo espanta a los votantes son las peleas internas de los partidos y unas primarias siempre producen, aunque se niegue, desgarros internos y tensiones públicas. Este es el punto débil del órdago de Sánchez. Es probable (o quizás no, nunca se sabe), que Sánchez, tratando de aparecer como víctima y sin realizar ninguna autocrítica, gane el favor mayoritario de los militantes, pero habrá debilitado a su partido y propiciando su descalabro. La lucha es tan cruda y los métodos tan rastreros que gane quien gane esta batalla todos pierden y el que más un PSOE histórico que anda necesitado de inteligencia y generosidad y sobrado del narcisismo de sus dirigentes que sólo serán líderes cuando lo demuestren.

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Sí, porque sí
María Antonia San Felipe 03-09-2016 | 8:13 | 0

Rajoy llegó el martes al Congreso viajando entre la pereza y la desgana. En otras palabras compareció en la sede de la soberanía popular porque no le quedaba más remedio. Le hubiera gustado dejar pasar el cáliz del debate de investidura, como ya lo hizo cuando despreció el anterior encargo del Rey, ya que era un fracaso anunciado. Así que, Mariano llegó a pasar la tarde mientras la ciudadanía transitaba por su quehacer diario ajena, de hartura y enfado, a lo que sucedía en el Congreso.
           Está claro que Mariano sigue viviendo en el pasado, es el genuino representante de un tiempo que ya no existe. A estas alturas todavía no ha asimilado lo que ha ocurrido en los últimos cinco años en España. Mariano no admite que el sistema político español ha sufrido una fuerte conmoción, quiere pasar de puntillas por una verdad incontestable y es que tras años de abusar de los resortes de nuestra democracia, de pervertir muchos de los engranajes del sistema con una corrupción económica y ética que lo ha carcomido hasta sus pilares, hemos llegado al callejón en el que estamos. Mariano quiere que todo sea como antes, cuando dos partidos se turnaban en el gobierno sin apenas sobresaltos, pretende olvidar que son ellos, los partidos de siempre, quienes nos han traído hasta aquí y que él tiene una inmensa dosis de responsabilidad en la indignación amarga de los nuevos tiempos.
           Mariano ni puede ni quiere cambiar y nadie en su partido cuestiona en público sus ingentes errores. Él sueña con retroceder a la mayoría absoluta que las urnas le han negado por dos veces y aspira a unas nuevas elecciones por si a la tercera va la vencida. Mariano, en realidad, desprecia el pacto con su nuevo socio Albert Rivera, no cree en él, sabe que es un papel mojado que no tiene intención de cumplir pero que le sirve para aparentar que hace algo para evitar las terceras elecciones. Sabe que gobernar en minoría es más complicado que pasar el rodillo en las votaciones trascendentes del Congreso. Gobernar pactando, acordando, cediendo y aceptando propuestas de otros es demasiado cansado para quien cree que el poder le corresponde porque sí.
          Esta es la razón por la que Rajoy compareció en el Congreso sin ofrecer nada nuevo, salvo el tedio. Su único argumento es simple: -Yo, o el caos. Cuando, en realidad, el caos lo ha originado él. No llegó al Congreso ofreciendo un programa de gobierno transversal que pueda aglutinar voluntades a cambio del apoyo explícito o de la abstención. Simplemente quiere que lo aclamen como único garante del bien de España, cuando su balance es demoledor. Gracias a él está a punto de quebrarse España, nunca el riesgo de independencia de Cataluña ha estado tan próximo. Por otro lado, sus tímidos éxitos económicos no pueden ocultar la inmensa corrupción en la que se han movido ni el destrozo al estado del bienestar, a la sanidad, a la educación, a la hucha de las pensiones o al hecho histórico de que la deuda pública supera el 100% del PIB.
           Si hubiera realizado una oferta al PSOE de enmendar este rumbo, de derogar la reforma laboral o la LOMCE o hubiera dado paso a otro candidato de su partido, limpio de corrupción, quizás Sánchez hubiera tenido más difícil justificar su voto negativo. Pero no, pide una genuflexión sin condiciones. Soy el más votado y lo merezco, ese es su lema y no va realizar concesión alguna. Mariano Rajoy quiere elecciones para ver si por aburrimiento lo consigue. Rajoy exhibió en el Congreso su experiencia como su principal valor. Hay que reconocer que su mochila está llena de trucos y por eso sabe que los novatos pueden acabar mordiendo el polvo, fagocitados en su propia ansiedad. Rajoy está culpabilizando a los demás de que haya nuevas elecciones cuando ése y no otro es su verdadero objetivo. Sabe que la abstención del ciudadano enfadado y desencantado es su principal aliado, los adictos no fallan. Por eso, ha pasado el verano tranquilo, pasará el otoño y resurgirá en Navidad.

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El genio de Rajoy
María Antonia San Felipe 06-08-2016 | 8:00 | 0

Hay que reconocer que Rajoy está a punto de convertirse en el genio inmutable de la política española contemporánea. Si se tratara de una disciplina olímpica este año hubiera obtenido la medalla de oro sin lugar a dudas ni rival posible. Nunca en la historia democrática contemporánea, ni seguramente en la historia antigua ni medieval ni siquiera moderna, nadie hubiera sobrevivido tanto tiempo rodeado de corrupción y escándalos simplemente permaneciendo impasible, quieto, distante y ajeno.
Mientras las llamas queman a sus contrincantes en la hoguera de los fracasos, él se fuma un puro y, mientras humea, contempla el espectáculo en la tranquilidad de que no hay mal que cien años dure. Lo dicho, Mariano es un genio de la quietud. Sin parecerse siquiera a Maquiavelo, sin aparentes dotes de liderazgo y careciendo del encanto de los líderes tocados por el dedo de los dioses, perdura en el tiempo mientras sus adversarios, incluido José María Aznar, se estrellan en su propia ansiedad.
Yo, que lo he considerado durante tanto tiempo el don Tancredo español por excelencia, estoy por fundar el club de fans “Marianistas en acción por omisión”. Nunca no hacer nada obtuvo mejores resultados. Mariano es un indudable admirador de Einstein y de su teoría de la relatividad del tiempo. Lo que a los ciudadanos nos parece eterno a él le parece un suspiro, por eso siempre espera mientras los demás, desesperan.
Aunque los casos de corrupción que afectan a su partido se multiplican como los peces en las piscifactorías, ha optado por una solución muy práctica y nada fatigosa: no hacer nada. Al final el tiempo es el mejor aliado del olvido. Sin embargo, la mancha es tan extensa que parece un mapamundi. Bárcenas, Rato, Soria, Camps, Barberá, alcaldes, diputados, senadores, embajadores, ministros,… En fin, un número indeterminado pero abultado de ladrones, estafadores y vividores del erario público forman parte de un limbo incierto que muchos recuerdan, a muy pocos importa y a muchos menos repugna, a juzgar por los resultados electorales. El olvido y la inacción han tenido recompensa. Ya se lo dijo Mariano a los impacientes: tranquilos, que cuando llueve, siempre escampa. Nosotros a lo nuestro, a conservar el poder que nos corresponde.
El 20 de diciembre, el PP ganó las elecciones de forma exigua y aunque el pánico cundió en las filas populares Mariano habló alto y claro: no hagáis nada, sólo hay que esperar. Pasó de aceptar el encargo del Rey, mucho lío y esfuerzo para no conseguir nada que el transcurrir del tiempo no le fuera a dar. Sólo pronunció una frase: soy el ganador y me corresponde gobernar. Lo suyo es de justicia, lo demás es de ambiciosos y vendepatrias. Los que se pusieron a hacer algo, fracasaron. Mariano les ganó de nuevo.
Tras las segundas elecciones, que él deseaba más que nadie, el partido de Mariano se creció en los resultados. Se han pasado un mes sin hacer nada, como si fueran vacaciones. Mientras en la calle la decepción, el hastío y la mala leche crecían ante la posibilidad de unas terceras elecciones, por fin, el rey le ha encargado formar gobierno.  Mariano ha dicho si, pero no, ya veremos. La calle está histérica pero él está tranquilo. Si hubiera terceras elecciones de nuevo saldrá ganando porque en la izquierda muchos no quieren volver a votar y eso le favorece. A estas alturas el hartazgo de la calle puede hacer que Rivera no sólo no cuestione su liderazgo, que no lo cuestiona, sino que lo vote favorablemente y que Sánchez, atrapado, se abstenga.
Es decir, imperturbable en el centro del ruedo político, con la frialdad indiferente del enterrador, Mariano engullirá a Rivera. De Sánchez ya se encargarán sus barones. Mariano con poco esfuerzo, tras la quietud del verano, antes o después, obtendrá la presidencia. Así que no se alteren, el transcurrir del tiempo y nuestra impaciencia son sus mejores aliados y nuestros mayores enemigos. Los llantos vendrán después.

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Jugar con fuego
María Antonia San Felipe 02-04-2016 | 9:29 | 0

A veces tengo dudas de si el 20 de diciembre pasado los españoles fuimos a las urnas o si por el contrario compramos un boleto de lotería, que por cálculo de probabilidades lo normal es que no toque y a lo mejor por eso todavía no tenemos gobierno. Aquel día votamos lo que votamos y ahora los partidos no pueden decirnos que no les gustó nuestra libre elección. Sería inaudito que pretendieran hacernos creer que la repetición de elecciones es algo natural porque no lo es y en España ya tenemos suficiente madurez democrática como para consentir la broma de que los que nos equivocamos fuimos nosotros.

Ha pasado la Semana Santa y Rajoy sigue tumbado en el sofá esperando el fracaso de los otros mientras él vive aislado de la realidad, ignorando la decadencia de su partido, su corrupción y su necesidad de regeneración. Por eso Aznar le ha insinuado que hay que renovar los liderazgos situándolo así en el tiempo de la historia. Rajoy, experto en dejar pasar el tiempo, corre el riesgo de convertirse en un aciago recuerdo.

Por fin, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se han reunido en un clima aparentemente más amable. Iglesias ha querido superar la paletada de cal viva del debate de investidura con sonrisas y renunciando a un puesto que, como bien sabemos, nunca tuvo: la vicepresidencia del gobierno. Él se lo guisó y él se lo ha comido, aparenta así querer un acuerdo. Está claro que Iglesias maneja los mundos virtuales con maestría y parece un prestidigitador cargado de golpes de efecto. Veremos qué ocurre, aunque también él sabe que está en situación de mayor debilidad que hace tres meses, el conflicto interno con Errejón no sólo pesa en lo personal sino en la fuerza de su propia organización.

Por su parte Sánchez, como sabemos, une a su mal resultado electoral la enorme presión de la presidenta andaluza Susana Díaz y de otras baronías ansiosas de administrar los restos del naufragio. Si Sánchez consigue la presidencia del gobierno los conflictos internos se aparcarán y quizás sea una manera de pacificar y de reorientar un PSOE tan confundido como el resto de la socialdemocracia europea. El mayor empeño de Sánchez es tratar de conseguir la cuadratura del círculo con su pacto con Ciudadanos y tendiendo la mano a Podemos, veremos si este reto es su mayor éxito o su mayor fracaso. Ahí reside el misterio.

El problema es que la suma de Ciudadanos y PSOE (130) no da y la de PSOE y Podemos (161), siendo mayor, tampoco. Alguno tiene que mover su posición en base a un acuerdo de mínimos sobre cuestiones que los tres comparten y entre todos tienen que superar los obstáculos, salvo que Rajoy, que es el que está más sólo, porque ha sido incapaz de intentar acuerdo alguno, se decida a permitir un gobierno sin él. Lo cierto es que tras la renuncia de Rajoy son: PSOE, Podemos y Ciudadanos los que tienen nuestro destino en sus manos. España está plagada de problemas mientras nos tienen entretenidos con estos fuegos de artificio. No podemos permitirnos el lujo de estar casi un año sin un gobierno con apoyo parlamentario suficiente para iniciar cambios urgentes y necesarios.

Deben sentarse en una mesa presidida por la sensatez y de ella debe salir un gobierno, si no es de coalición deberá ser propiciado por la abstención de Ciudadanos o de Podemos. Si finalmente se inicia la negociación a tres va a ser complicado romperla, salvo que todos nos estén engañando y estén preparando la escenografía de unas nuevas elecciones. Al final va a ser el miedo a perder lo que tienen el que, hoy por hoy, puede abrir las puertas a un acuerdo. Si habrá gobierno ni ellos lo saben, pero que no se olviden de que los ciudadanos cabreados pueden volver a votar lo mismo, situándolos en igual encrucijada o castigar al que les haya defraudado. No hay mayor riesgo que jugar con fuego.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.