La Rioja
img
Etiquetas de los Posts ‘

soberbia

Segundo aviso
María Antonia San Felipe 30-05-2015 | 9:02 | 0

Algunos miran al horizonte y confunden la puesta de sol con el amanecer sin darse cuenta de que están atrapados por la anochecida. Digamos que algo así les sucede a muchos líderes políticos. En las últimas elecciones el PP ha perdido más de 2,5 millones de votos y el PSOE, más de 700.000. Estas son las cifras que cada cual analiza cómo le conviene. Que el PP conserva todavía una alta fidelidad entre sus tradicionales votantes es algo innegable, aunque sorprendente con la que viene cayendo, pero el resultado electoral anuncia más un crepúsculo que un renacimiento. Muchos presuntos dioses/diosas han sido derrotados en esta contienda, primer hito de un espectáculo en diferido. Quien mejor ha definido el espectáculo de esta sorprendente primavera ha sido Rita Barberá: -¡Qué hostia… que hostia!, exclamó en la noche de autos, seguramente una locuacidad verbal fruto del caloret que le produjo el escrutinio electoral.
Si nos asomamos a la barandilla del espectáculo veremos que, en el fondo de la sima, han quedado a los pies de los caballos varios iconos de los últimos tiempos. Además de Rita o Maria Dolores de Cospedal se lamen las heridas muchos alcaldes que habían disfrutado de reiteradas mayorías absolutas y que ahora se ven en la oposición o teniendo que pactar con esos locos bajitos que se han postulado por primera vez desde los partidos emergentes. Son inexpertos, pero la mayoría gozan de una lozanía de la que ellos carecen tras dos décadas de gobierno. Son, sin embargo, los novatos los que pueden permitirles llegar al cargo con condiciones pintorescas o bien relevarlos como todo indica que va a ocurrir en Madrid.
Diga lo que diga Esperanza Aguirre, aunque ella no gobierne, volverá a salir el sol cada mañana. Esta señora bien merece un estudio específico de cómo desde la soberbia puede aterrizarse en el ridículo. Vive atrapada en sus propias extravagancias sin advertir que el renacimiento del ave fénix es sólo un mito y ella no parece que pueda contribuir a regenerar la política simulando que ha estado nadando en la ciénaga de la corrupción sin mancharse. Ella, como el presidente riojano, se ha pasado veinte años dando consejos a todos, menospreciando tanto a los de su propia casa como a sus adversarios políticos y, al fin y a la postre, han sido incapaces de relevarse a sí mismos con la generosidad de quien debiera saber de la provisionalidad del poder. Como escribe León Felipe,  en la política debiera estarse de paso, con la maleta preparada: “ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos”, para concluir que, “no sabiendo los oficios los haremos con respeto”. Efectivamente, como señala el poeta, la rutina termina por deteriorar el ejercicio del oficio, en este caso, de una tarea que requiere de un altruismo y una entrega que la costumbre y la vanidad de creerse predestinado para ese cargo, adormecen. Pocos tienen la humildad suficiente para advertir cuándo son más una rémora que un beneficio para su propia organización. En realidad en eso consiste la grandeza de los líderes de verdad, en esa sencillez de la que en la actualidad carecen la mayoría porque se creen tocados por el dedo divino y no ven la realidad que acontece a su alrededor.
Digamos que esto le está pasando a Mariano Rajoy y así se lo ha hecho saber Juan Vicente Herrera. El hasta ahora presidente de Castilla-León le ha dado el mejor consejo: que se mire en el espejo. Muchos han recibido el mensaje claro y nítido del electorado, como consecuencia de ello han anunciado su marcha. Rajoy desde su indolencia, sus frases hechas (que son obviedades cada día pronunciadas con menos talento) y su distancia de la realidad que viven los españoles está llevando a su partido al borde del precipicio. Es libre de dirigirlo hacia la hecatombe e igualmente libre es el electorado que, movilizado y expectante, aguarda y analiza el comportamiento de unos y de otros. Tras las elecciones europeas éste ha sido el segundo aviso. Reflexionen ustedes que el pueblo soberano espera a noviembre para pronunciar su última palabra.

Ver Post >
Huir de sí misma
María Antonia San Felipe 12-04-2014 | 9:59 | 0

          Una puede fugarse del país o huir de la policía pero nunca jamás puede escapar de sí misma. Digamos que eso le ocurre a Esperanza Aguirre a la que su particular histrionismo la atrapa vaya donde vaya y esté donde esté. En un estudiado golpe de efecto abandonó la presidencia de la Comunidad de Madrid, tras designar un sucesor que por algo es condesa y grande de España. Como bien sabemos, ella jamás dio un paso atrás de la primera línea de la política y su empeño en hacerse presente en los medios de comunicación ha sido una constante desde entonces. Esperanza sabe perfectamente que lo que no se ve a menudo en los televisores ni se escribe en el papel couché termina por olvidarse y ella quiere optar a la alcaldía de Madrid aunque, en realidad, lo que de verdad añora es suceder a Mariano Rajoy. No es de extrañar que el episodio con la policía madrileña y el consiguiente espectáculo posterior haya sido visto con satisfacción en Moncloa y en su partido donde un elevado número de correligionarios han disfrutado de lo lindo con el traspiés de doña Esperanza.       

          Como bien hemos recordado estos días, tras el fallecimiento de Adolfo Suárez, no hay peor cuña que la de la propia madera y ella levanta tan encendidas pasiones como indisimulados odios dentro y fuera de su partido. Es cierto que un aparcamiento indebido, en la calle de más tráfico de Madrid, puede considerarse un suceso menor en un país con tantos problemas, pero lo ocurrido define al personaje. No olvidemos que son los detalles, la reacción espontánea ante un hecho no previsto, los que nos muestran el verdadero talante de la persona. Las excusas que dio inicialmente tras su salida de tono ante los agentes nos muestran cómo es ella en realidad y cuál es su concepto de un poder que todavía cree que ejerce. Ha querido ridiculizar la actuación de los agentes acusándolos de machismo y de otras lindezas que no vienen a cuento. Cumplir y hacer cumplir la ley es el juramento de cualquier cargo público en su toma de posesión, así que la ejemplaridad debe ser la norma de actuación y si se comete un error es mucho mejor reaccionar con humildad que con soberbia, pero claro, estas cosas no pasan por la mente de Terremoto Esperanza.

          Imaginemos por un momento que igual comportamiento contra los policías, con huida y persecución incluidas, lo hubieran tenido un dirigente de la marea por la Sanidad Pública, de la Plataforma Antidesahucios o del 15-M. Es fácil imaginar las demoledoras palabras de doña Esperanza. No me cabe duda de que hubieran sido acusados de filoterroristas que ponen en duda la autoridad de la policía y por supuesto que atentan contra el Estado de Derecho, la Constitución, la unidad de España, deteriorando nuestra imagen internacional, el turismo estacional y el amanecer español. Todo ello sin olvidar que sus palabras hubieran sido amplificadas hasta el infinito por un coro mediático que la defiende, haga lo que haga, al tiempo que denigran a quien ose criticarla. Esta es la realidad. Ella, que con tanto denuedo ha buscado el protagonismo de los medios de comunicación, no puede ahora extrañarse de que todos los focos se vuelvan hacia quien busca ser siempre la novia en la boda o el niño en el bautizo, porque toque o no toque ser la protagonista ella siempre está presente.

           Por cierto, su petición de disculpas no es por arrepentimiento sincero sino que es, de nuevo, un movimiento táctico interesado para no malograr sus aspiraciones políticas que permanecen intactas. Está claro que en un país en el que nadie asume responsabilidad alguna y en el que no dimite ni dios ella no va a inmolarse en el altar de la humildad. Como los penitentes en Semana Santa ella recorrerá televisiones y radios para ser aplaudida y reconfortada. No olviden que sobrevivirá a esta y a otras guerras porque si los gatos tienen siete vidas la condesa de Murillo tiene, como mínimo, diecisiete. ¡Buena la tienen en la calle Génova como aparque en doble fila Esperanza!

Ver Post >
¡Ojalá que le vaya bonito!
María Antonia San Felipe 15-03-2014 | 10:30 | 0

         

          Se necesita más grandeza que la mostrada por el cardenal Antonio María Rouco Varela para practicar la humildad que tan reiteradamente predica el Evangelio. No puede decirse que en sus últimos discursos el cardenal haya ejercitado esa virtud cristiana, ni tampoco que sus palabras hayan estado presididas por la generosidad y la concordia que se espera de quien representa a la Iglesia española. En la catedral de la Almudena, creyéndose el centro de la ceremonia, durante el homenaje a las víctimas del mayor atentado terrorista perpetrado en nuestro país, su discurso no se ha caracterizado por mostrar comprensión con la parte humana del desastre ni por la aproximación al dolor ajeno, únicas cuestiones que importaban a los congregados que, por primera vez en diez años, se unían para compartir el infortunio.

          Como siempre, Rouco politizó el sermón practicando un ejercicio de soberbia que, según aprendí en el colegio, era uno de los siete pecados capitales cuya práctica te llevaba directamente al infierno. Su referencia a que los terroristas buscaban “oscuros objetivos de poder” lo sitúan junto a quienes han sostenido, contra toda prueba, la teoría de la conspiración con ETA de por medio. El cardenal se ha colocado junto a los que han protegido más el interés político o su negocio empresarial que la solidaridad con las víctimas. Además lo hace ahora que algunos ya reniegan de la patraña aunque sin pedir disculpas por haber mentido a sabiendas (por cierto, otro grave pecado). Me pregunto, ¿era ese el momento de mencionar esas elucubraciones que tanto han separado a las víctimas y que tan gran dolor les ha causado? Yo creo que era ocasión de arroparlas en su desgracia y nada más.

         En su despedida ante los obispos Rouco se ha permitido el lujo de criticar abiertamente el “nivel intelectual” del discurso político por considerarlo “más bien pobre y afectado por el relativismo y el emotivismo”. Es cierto que la actual clase política goza de poco afecto y escaso prestigio, además de andar enfangada en mil miserias, pero, ¿es el representante de los obispos el más indicado para realizar ese reproche? Yo creo que no, demasiadas cosas que ocultar en su propia casa y mucha lejanía de su propia feligresía que no se identifica con sus extremismos. Es cierto que la política y los políticos necesitan una profunda regeneración, pero la Iglesia también. Lleva meses el nuevo papa Francisco realizando declaraciones sobre la necesidad de que la Iglesia católica practique la humildad para difundir sus creencias y poniendo el acento en los problemas sociales, pero Rouco no ha debido entender el mensaje.

        El arzobispo de Madrid ha situado su discurso, político y no religioso, en la época del nacionalcatolicismo, evoca aquellos tiempos de alianza entre el poder político y el poder eclesiástico. Su referencia al riesgo de quiebra de la unidad de la nación española, es una prueba más y nos traslada a los tiempos en los que la Iglesia y el Estado confundían sus ámbitos de actuación considerando que la comunidad nacional coincidía con la religiosa y, por ello, se resistieron a aceptar el principio de libertad religiosa que aprobó el concilio Vaticano II. Desde la presidencia de la Conferencia episcopal Rouco ha ejercido su poder con mano dura y pretendiendo siempre influir en las decisiones políticas practicando una intolerancia que, en ocasiones, constituye una afrenta hiriente hacia quienes no piensan como él, practican otra religión o simplemente no tienen ninguna. La afirmación del cardenal de que España necesita una nueva evangelización y que, hoy por hoy, es tierra de misión es un balance demoledor de su larga gestión. Quizás  sea yo la equivocada y él simplemente quería reconocer, humilde y públicamente, su estrepitoso fracaso al frente de la Iglesia católica española. En cualquier caso, señor cardenal, desde mi modesta ventana le dejo con su Dios y, en el adiós, le deseo: ¡ojalá que le vaya bonito!

Ver Post >
El chulo del barrio
María Antonia San Felipe 09-11-2013 | 11:09 | 0

          Cuando se actúa desde la chulería se corre el riesgo de sucumbir a la soberbia y de naufragar en la estupidez. Y para que no haya dudas, diré que hablo del ministro de Educación, José Ignacio Wert que cada poco tiempo nos obsequia con actuaciones estelares de tal osadía que una no sabe si reírse de pena o llorar de rabia. En cada decisión que toma rompe algún plato o pisa algún callo, siempre con un objetivo claro: destruir la enseñanza pública o intentar convertirla en residual. Eso sí, don José Ignacio todo lo hace con el aplomo y la falta de tacto del personaje que todos conocemos como “el chulo del barrio”. Estos días se ha derramado una gota que ha colmado el vaso. La publicación de una norma en el Boletín Oficial del Estado, con nocturnidad y alevosía, suprimiendo las becas Erasmus, una vez que la mayoría de los estudiantes han salido para sus destinos, se ha convertido en su última hazaña. Todo indica que la ha perpetrado sin encomendarse ni a dios ni al diablo y por lo que parece ni a sus propios colegas del gobierno ni al presidente al que, por otra parte, poco le importa, refugiado como está en su palacio de silencio.

          La medida la descubrió un estudiante por casualidad, pero cuando saltó la voz de alarma el incendio en la prensa y en las redes sociales ha sido tan inmediato que ha supuesto el rechazo no sólo de los afectados sino incluso de la Unión Europea y, por si fuera poco, de sus propios compañeros de partido y de gobierno, al tiempo que ha levantado una enorme solidaridad en una población cada día más harta del modo en que nos están tratando los chulos del barrio. Cuando vi al ministro Wert anunciar la revocación de la medida tuve la sensación de que, de forma virtual, miles de españoles y de estudiantes Erasmus se habían convertido en Gorgoritos y, metafóricamente, con las estacas en la mano propinaban unos coscorrones en la cabeza del Ogro Dienteslargos al grito de: ¡toma!, ¡toma! y ¡toma! Mientras la ciudadanía coreaba: ¡bien! ¡por fin! ¡bien! No está mal que alguna vez pierda la partida el chulo del barrio. Aunque de verdad, lo que tenía que haber ocurrido es que tras tragarse públicamente el sapo de la rectificación, hubiera dimitido y al no hacerlo, Rajoy  debió cesar fulminantemente tanto a él como a la secretaria de estado, señora Gomendio a la que tanto gusta, como a Wert, insultar a los docentes y a los alumnos como si todos fueran vagos y maleantes que protestan unos porque tienen trabajo y otros porque son pobres y malos estudiantes. Ellos tendrán brillantes expedientes académicos pero escaso tacto como gobernantes y elevada incompetencia como gestores al improvisar ocurrencias cada cuarto de hora y si no, a las pruebas me remito.

          Claro que hablando de tacto, no puedo olvidar el dolor de estómago que me han producido las palabras del ministro De Guindos que para vender la moto de la presunta recuperación económica ha tenido el ingenio de afirmar que “en España se está perdiendo el miedo a perder el empleo”, cuando todo indica que una cuarta parte de la población activa seguirá en el paro durante varios años y cada vez con menos cobertura social. El último sondeo del CIS, como ya sabemos sin necesidad de encuestas, indica que el primer problema que detectan los españoles es el empleo, es decir, la ausencia de él. En España con cinco millones de parados, claro que no hay miedo a perder el empleo, no señor ministro, lo que hay es pánico a quedarse sin él y pavor entre los parados a no encontrarlo jamás. Este es el drama de España. Cuando se viven situaciones tan trágicas y hay tanto sufrimiento en los hogares, sería más prudente que los ministros se comportaran con más comprensión y menos chulería. Rodeados de basura y corrupción como estamos, sería de agradecer que dejaran de insultar nuestra inteligencia y de pisotear nuestra dignidad, que ya está bien de pasear tanta chulería por el barrio.

Ver Post >
Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.