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Urdangarín

El tiempo lo dirá
María Antonia San Felipe 15-02-2014 | 11:00 | 1

         

          Por mucho que uno se tape los ojos para no ver, la realidad no cambia por ignorarla. Eso es lo que le pasa a la Casa Real que se resiste a aceptar que las cosas han evolucionado de forma radical en este país en los últimos años. El cambio en la percepción de la realidad política en la mayoría de los españoles es hoy una clamorosa verdad, la crisis nos ha descubierto de forma despiadada el cenagal que habitábamos en los últimos años. Copiando a Muñoz Molina, podemos decir que todo lo que era sólido se ha desmoronado ante nuestros ojos y cómo no, también la monarquía.

          Muchos, incluida yo, hemos sostenido en muchas ocasiones que la disyuntiva entre monarquía o república no era un debate prioritario ya que el juancarlismo estaba, aparentemente, bien asentado en España y otras eran nuestras preocupaciones. Las encuestas demuestran que la credibilidad y aceptación de la institución monárquica están en franco declive y, como en el caso de la desafección hacia la clase política, los verdaderos causantes del deterioro son los propios interesados en contar con el favor de su pueblo. Hoy, son precisamente los jóvenes los más alejados de la actual monarquía. Conocen la democracia y al Rey desde que nacieron, no tienen recuerdos de la dictadura ni del intento de golpe de estado de 1981 y su formación les permite comparar el mundo. Heredar la jefatura del estado, en un país democrático, es un anacronismo histórico que se aceptó en la transición para salvar otras partes del entramado constitucional, político y social que se consensuó en su momento.

          A fecha de hoy, se ha desvelado con claridad que el entorno del Rey vivía en una sensación de impunidad semejante a la de los políticos que retribuían al duque de Palma, con dinero público, por ser vos quien sois. El propio don Juan Carlos ha gozado de la protección y silencio de la prensa, de la complicidad de los dirigentes políticos de los sucesivos gobiernos de la democracia y él no ha estado siempre, por lo que hoy sabemos e intuimos, a la altura de las circunstancias. Envuelto en crisis, el pueblo soberano vive en la amarga incertidumbre del día a día, parado o en la amenaza de estarlo, con sueldo menguado para afrontar un mes infinito, con familiares a su cargo, viviendo de la pensión del abuelo o de la caridad del vecino y sin entender ni compartir lo que está pasando. Nadie cree en los cuentos de hadas y con hartazgo se exige transparencia en la gestión del dinero público e igualdad real ante la ley. Por toda esta realidad asfixiante, la vergonzante y vergonzosa declaración ante el juez Castro de la infanta Cristina, que de pronto ha olvidado el origen de su elevado tren de vida, no va a solucionar el problema ni va a acortar el calvario de la casa del Rey. La estrategia de defensa de sus abogados estará jurídicamente justificada para lograr su absolución pero la insultante amnesia de Cristina de Borbón no apacigua la sangría que ha desgastado irreversiblemente al propio Rey. Rafael Spottorno confesó que este asunto estaba siendo un martirio para la familia real. No es de extrañar porque en palacio, acostumbrados a estar bien protegidos, ni advirtieron que el edificio goteaba hacía tiempo ni que se aproximaba un imparable tsunami.

           Modestamente señalo que si algo de inteligencia queda en los estrategas de Zarzuela debieran comenzar a abrir los ojos ante la realidad que se niegan a admitir. En mi modesta opinión deben plantearse una sencilla disyuntiva, deben elegir entre salvar al Rey o a la Monarquía. Si eligen lo primero que nadie se extrañe que de la mano de Urdangarín y de su enamorada esposa la marea republicana arrase la totalidad del edificio monárquico. Si eligen lo segundo, la abdicación del Rey puede frenar el ciclón, al menos momentáneamente. Que su majestad decida en consecuencia, que la justicia juzgue a la luz de la verdad y que el pueblo se manifieste en libertad. Está claro que pronto algo va a cambiar, aunque eso el tiempo lo dirá.

 

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El martirio del rey
María Antonia San Felipe 11-01-2014 | 11:45 | 0

          Según cuentan sus paladines, en la casa del rey de España este año se ha vivido como un martirio la instrucción del caso Nóos que afecta a la infanta Cristina y a su yerno Iñaki Urdangarín. Es de suponer que Rafael Spottorno, diplomático de profesión y bregado en mil batallas, haya advertido a don Juan Carlos I que ahora su reinado, si no cambian mucho las cosas, inicia su camino hacia el monte Calvario donde no sabemos cuántas cruces serán clavadas en su día. Puede que haya tres crucificados, como en la Biblia, o pudiera ser que directamente sea inmolada la institución monárquica. Pero no nos engañemos, el desenlace final depende más del Rey que de sus súbditos.

          Aunque nació en la noche de reyes, en su 76 cumpleaños no parece que los Magos le hayan renovado su buena estrella. Todo indica que en el palacio de la Zarzuela dejaron un saco repleto de carbón. Es lo que pasa cuando uno se porta mal y no cumple las expectativas que de él se esperan. Ya nos lo decían cuando éramos pequeños. El regalo de los magos de Oriente al rey de España ha sido múltiple y variado. Le han regalado una encuesta que evidencia el punto más bajo de credibilidad de la monarquía desde su restauración en 1975. En la celebración de la Pascua Militar, el rey de España hizo un discurso, cuyo contenido nadie puede recordar porque todo el mundo estaba más pendiente de si podría concluir la lectura de las frases que le habían escrito para la ocasión. Podemos decir que don Juan Carlos se mostró a los ojos de los españoles con tanto grado de vulnerabilidad como la institución que representa.

           El último regalo, se lo sirvió en bandeja el juez Castro, instructor del caso Nóos, imputando a su hija Cristina Federica de Borbón y Grecia, aunque en realidad el auto de 227 páginas es un obsequio envenenado de la Fiscalía y de la Audiencia Provincial de Palma que, en su afán de proteger el linaje real, han obligado al magistrado a fundamentar con tal detalle el auto que, en vez de una imputación para citarle simplemente a declarar, casi parece la antesala de una condena. Es el riesgo que entraña utilizar los resortes del poder para intentar vulnerar el sacrosanto principio de igualdad ante la ley. Está claro que muchas veces es peor el remedio que la enfermedad y en este caso podemos decir que si no se hubiera tratado de desprestigiar al magistrado y a los inspectores de la Agencia Tributaria, con la complicidad del ministro Montoro, para evitar simplemente que la infanta Cristina declarase ante el juez es posible que a estas alturas el caso se hubiera desinflado. Sin embargo, los errores cometidos hacen que la mayoría de los españoles crean que se está tratando de evitar que se conozca la verdad para evitar las consecuencias, civiles o penales, si las hubiere del mangoneo de los duques de Palma con un montón de administraciones públicas que dilapidaban nuestros impuestos para que los infantes vivieran del cuento pero a papo de rey.

          Ya lo he escrito en otra ocasión pero hoy me reafirmo. Nadie ha convertido tantos españoles a la causa republicana como este infante consorte y su aspiración de tener un trabajo muy bien remunerado sólo por ser vos quien sois. Pero los responsables últimos, los que consintieron sus delirios de grandeza, los que pagaron humo a precio de oro, siguen en sus cargos como Rita Barberá o el propio Gallardón o a la espera, como Matas y Camps, de un trato de favor. Con el debido respeto, majestad, la pelota está en su tejado. El futuro de la institución monárquica está hoy en manos de su clarividencia o de su torpeza, de usted depende que se consolide o que desaparezca, recuerde la historia. Piense que mientras usted se debate en sus reales penas, en España crecen la desigualdad y la pobreza, la corrupción apesta y todo ello fomenta la indignación y la incredulidad y eso, no lo dude, sí que es hoy un verdadero martirio para la ciudadanía.

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El infante republicano
María Antonia San Felipe 13-04-2013 | 10:47 | 0

 

          De pronto, en España y sin que la clase política (siempre huyendo de la realidad) haya contribuido a ello, el debate sobre monarquía o república ha llegado a la calle de forma natural y me pregunto: ¿a quién se debe el incremento inesperado del número de republicanos en nuestro suelo patrio?, ¿quién ha sido el paladín de esta causa que parecía olvidada en aras del pragmatismo y de la costumbre? Pues ya lo saben, nunca un infante consorte y una falsa princesa lograron convertir en republicanos a tantos monárquicos. Tal como lo veo si ahora hubiera que elegir presidente de honor de la plataforma por el advenimiento de la III República española yo propondría para el nuevo cargo a Iñaki Urdangarín y de madrina a la princesa Corinna. No hay que minimizar la enorme contribución que han tenido en el asunto el expresidente valenciano Francisco Camps, la alcaldesa Rita Barberá, el expresidente balear Jaume Matas o el exalcalde de Madrid y hoy ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. En realidad son ellos y solamente ellos, los que burlaron las normas de contratación administrativa para comprar a Urdangarín humo a precio de oro de 24 kilates, al fin y al cabo el encausado lo único que vendía era el brillo de su glamuroso título de infante consorte y con mucha suerte para él, los dirigentes políticos derrocharon el dinero público de nuestros impuestos por fotografiarse a su lado. Esa es la verdadera estafa y una vez más las víctimas somos nosotros. Por tanto lo sorprendente no es la imputación de la infanta sino que ninguno de ellos esté encausado a estas alturas de la película.  

          Ocurra lo que ocurra con la infanta Cristina, sea procesada o no y absuelto o condenado el matrimonio, lo cierto es que ya nada será como fue. El período en que la monarquía en España, con la complicidad de la prensa, quedaba al margen de todo control político y ciudadano ha terminado. En la memoria de las nuevas generaciones Juan Carlos I ya no es aquel joven rey que frenó el bochornoso golpe de estado de febrero de 1981 y ganó el afecto de millones de españoles sino alguien que, en circunstancias muy difíciles para su pueblo, está cometiendo torpezas como la cacería de Botsuana, su relación entrañable con la princesa Corinna instalada a todo lujo y a cargo del erario público en El Pardo y con una herencia en cuentas suizas de la que no ha dado nunca explicaciones ni a los españoles ni a la hacienda pública. Hoy es evidente el desencanto progresivo con la Corona y cada vez más españoles se preguntan si no es mejor elegir Jefe de Estado cada cuatro años en vez de sostener una institución anacrónica. Hoy por hoy, la herencia política de la Transición ha sido dilapidada de tanto invocarla.  

          Las últimas encuestas señalan dos cosas: la caída en picado del crédito de la Casa del Rey y de los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, que no suman juntos el 50% de la intención de voto. Ambos datos no tienen precedentes. Es urgente que en vez de aparentar que no se han enterado y esconderse en los salones palaciegos para pactar componendas, sus señorías salgan a la plaza pública a escuchar a la soberanía popular. Nuestro sistema político ya no da más de sí. En este país en el que resulta más probable que uno vaya a la cárcel por protestar contra la injusticia que por forrarse en la ciénaga de la corrupción ya no es tolerable que las más altas instituciones del estado hagan como que no ven el basurero en el que viven. En política hay que aprender a asumir responsabilidades, a dimitir y a rendir cuentas y no a forrarse en el ejercicio de un cargo público y hacerse encima el ofendido si es descubierto. Como nos ha enseñado José Luis Sampedro, ese gran español que acaba de dejarnos, en la historia nada se ha conseguido porque hayan querido los de arriba sino por la persistencia en lograrlo de los de abajo. Los de arriba no necesitan cambios porque ellos tendrían que irse los primeros, así que es hora de que los de abajo les ayudemos a encontrar la salida.

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Inocentes, pero no imbéciles
María Antonia San Felipe 29-12-2012 | 12:46 | 0

 

Hoy es día de inocentes y no tengo duda de que es nuestro día, el de los que somos un poco idealistas y tendemos a pensar que todo el mundo es bueno. Este año fatídico nos ha dejado especialmente irritados los nervios porque finalmente hemos aprendido qué se entiende en España por responsabilidad. De pequeños nos repetían que debíamos ser responsables de nuestros actos y que la igualdad supone que a todos nos aplican la misma vara de medir.

Pues bien, si usted es cajera de supermercado u operario en una cadena de montaje que cobra 900 € al mes, se le exige responsabilidad en la tarea que le han asignado y si comete un error en su modesto trabajo de 40 horas a la semana en horario partido, le echan un chorreo monumental, se lo descuentan del sueldo o le envían a la puñetera calle para que aprenda a asumir responsabilidades. No obstante, si usted es miembro del Consejo de Administración de una Caja de Ahorros, de esas que han estado al servicio del poder político en cada Comunidad Autónoma, pongamos que hablo de Madrid y de Bankia, y cobraba 300.000 € al año o más, no debe preocuparse si después de haberla llevado a la quiebra y estafado a miles de ahorradores le piden explicaciones porque siempre podrá usted alegar que no se enteraba de nada, que era un simple invitado y que la culpa es del maestro armero o de Perico el de los palotes y que su único cometido consistía en comprobar mensualmente que el ingreso en su cuenta se había producido para poder seguir actualizando su tren de vida y reírse de los incautos que invierten sus ahorros en la Caja provincial. Además, qué feliz era usted y los miembros del Consejo de Administración acompañando a políticos y presidentes de gobiernos autonómicos, que los habían nombrado para tan lucrativo cargo, a inaugurar inversiones “propiciadas” por la Caja de toda la vida. Su única responsabilidad consistía en servir al que les había nombrado en una ceremonia de adulación realmente entrañable aunque ahora finjan que jamás les conocieron. Si las cuentas eran desastrosas, usted no era responsable de nada y nada deben exigírsele porque usted era un elemento decorativo que se sentaba periódicamente en la silla de un Consejo de Administración en el que hablaban del tiempo y de las vacaciones a cargo, por supuesto, de la caja y sus ahorradores.

¿Va a comparar usted, por ejemplo, el ineficiente trabajo de la cajera del supermercado a la que no le cuadra la caja porque es una inútil con la pulcritud y el encanto que el mago Urdangarín ponía en su interés por multiplicar los panes y los peces con unas generosas fundaciones llenas de glamour y que tenían como única finalidad captar fondos para su peculio particular? Vamos, anda, este hombre sí que tenía encanto y no la Mari Puri del super que no sabe ni siquiera dónde está Suiza y mucho menos una cuenta opaca para evadir al fisco a manos llenas.

Pues sí, señores, esta es la lección que nos deja el año 2012. Por nuestro bien y sólo por él, nos han exigido sacrificios colectivos, nos han subido los impuestos, nos han bajado los salarios (eso se llama ahora mejorar la competitividad), nos han impuesto el copago en medicamentos, nos han recortado hasta las cejas y nos han salido hasta pupas de tanta resignación colectiva. Todo este esfuerzo nos lo han pedido apelando a nuestro sentido de la responsabilidad aunque veamos cada día que en este país ni Dios la asume, nadie paga por lo que ha hecho, ni va la cárcel, ni devuelve el dinero ni se avergüenza de los desmanes cometidos. Sorprende tanta diligencia en desplumarnos de nuestros derechos y tanta laxitud con las corrupciones de todo tipo. Está claro que los tiburones se protegen pero una cosa es que nos consideren unos inocentes ilusos y otra que nos tomen por imbéciles. Pese a todo: FELIZ AÑO 13.

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Lo que el rey sabe pero su yerno no
María Antonia San Felipe 16-12-2011 | 10:05 | 3

      El Rey es rey, pero intuye a los españoles, porque Juan Carlos I no sólo conoce la historia, sino que seguramente ha aprendido de ella. El Rey es consciente de que cuando su abuelo Alfonso XIII sufrió ataques de antiparlamentarismo y se alejó progresivamente de lo que sentían la mayoría de los ciudadanos de su Reino, la institución entró en picado con tanta rapidez que, como todo el mundo sabe, se acostó monárquica y se levantó republicana una mañana de abril de 1931. Alfonso XIII, salió de España, como él mismo declaró a ABC, consciente de que no contaba con el amor de su pueblo. Por eso don Juan Carlos, que había sido elegido por Franco para heredar su dictadura, supo, nada más perder de vista al padrino, que su primera tarea consistía en recuperar el amor de ese pueblo que en su día perdió su abuelo. Presintió, con meridiana claridad, que España no podía quedar fuera de la que siempre fue su posición europea En el año 1975, fecha en que se restauró la monarquía en su figura, toda Europa gozaba de regímenes democráticos alejados de los totalitarismos que surgieron en los años treinta. Ni España debía quedar aislada ni él podía ser un apestado en Europa tras la tragicomedia protagonizada en 1981 por militares golpistas, añorantes de una dictadura anacrónica que había pervivido vulnerando los derechos fundamentales de los ciudadanos. Pocos dudan que su comportamiento el 23-F convirtió a muchos republicanos en juancarlistas, aunque no en monárquicos. Así, con la tolerancia y aceptación de muchos republicanos la monarquía constitucional arraigó en una sociedad, hambrienta de democracia, que aparcó sine die la discusión sobre el tipo de jefatura del estado más conveniente a los españoles.

     El Rey sabe todo esto y también sabe que la historia enseña que, en un tris, la tortilla puede dar la vuelta si la imagen de la monarquía continúa su deterioro. Don Juan Carlos tampoco desconoce que heredar las jefaturas del estado es una reminiscencia anticuada y obsoleta en los tiempos que corren y que si el ciudadano se siente defraudado con el papel de la monarquía puede, soberanamente, optar por tener un Jefe de Estado elegido democráticamente como en Francia, Alemania o los EEUU. Que el Rey sabe todo esto es evidente, pero parece que su yerno, el deportista guapo y alto que todas las madres soñaban para sus hijas, no sabe nada de los riesgos que conlleva el abuso de una posición relevante en la mentalidad y en la paciencia, cada día más irritada, del vulgo. Urdangarín llegó a palacio y decidió utilizar su posición de advenedizo de la casa real para engordar fortuna y patrimonio. Su frase preferida en materia de negocios era: -Si yo estoy, los demás entrarán. Y entraron, claro que entraron. Nadie debe sorprenderse, este es un país en el que se buscan padrinos para todo y especialmente para forrarse a costa del erario público.

     Si la Casa Real ha dicho que no considera ejemplar el comportamiento de Urdangarín y que éste deberá defenderse por sus propios medios, es porque el propio Rey así lo cree y si esa es la consideración de su majestad, fíjense ustedes como debe ser la nuestra. El yerno, antes ejemplar y hoy repudiado, se ha convertido en una bomba de relojería que corre el riesgo de dinamitar la imagen del Rey, pero sobre todo la de su sucesor, menos legitimado y querido que don Juan Carlos. Debiera tener cuidado Urdangarín de contar, por boca de su abogado, que está indignado y que la ejemplaridad la da la ley. A estas alturas de la película, todos sabemos que hay cosas que son legales en este mundo hipócrita y materialista pero que son un escándalo, una vergüenza o una inmoralidad sin paliativos. Puede que Urdangarín no sepa distinguir, pero su suegro sí y por ello es consciente de que si no frena la hemorragia a tiempo, la ciudadanía puede libremente decidir que la Jefatura del estado no se hereda y que prefieren gritar: ¡viva la República! Esto es lo que el Rey sabe pero su yerno no.

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