La Rioja
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La copia de la verdad. Álbum fotográfico de Benito Francia
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jcuarteronoesta | 02-08-2018 | 17:50| 0

La administración española en el S.XIX podía suponer para los empleados públicos unos destinos de lo más exótico, que en muchos casos sólo se habrían imaginado de niños cuando leían, bajo la luz tenue de las velas, novelas de Mayne Reed o posteriormente cuando se quedaban boquiabiertos con las descripciones exuberantes de la pluma de Emilio Salgari. Uno de estos destinos alejados a priori de cualquier conexión con suelo riojano son las islas Filipinas. Allí a más de 11.800 km de su Alberite natal desempeñó, en diversos puestos, su cometido el doctor Benito Francia y Ponce de León.
Benito Francia se marchó a Logroño a estudiar Bachillerato donde coincidió y trabó amistad con Miguel de Vilalnueva Gómez, quien se convertiría en Ministro de diferentes gobiernos liberales y Presidente de las Cortes. Villanueva desempeñó un papel muy importante en la carrera administrativa de Benito Francia, ya que cuando las cosas le iban bien al político se traducían en ascensos de la función pública para Benito. Su destino principal fue Filipinas, casi 20 años (1887-1897), donde desempeñó diversos cargos médicos, hasta convertirse en la máxima autoridad sanitaria de la colonia. Los médicos también se ponen malos, así que vio debilitarse su estado de salud por diversas enfermedades tropicales para las que los jóvenes de Alberite no estaban muy preparados y también presenció todos los problemas coloniales que conducirían a la independencia filipina en 1898, como todos ustedes saben. A su vuelta a la Península ocupó varios puestos políticos como Gobernador Civil de Lugo, Orense, Navarra y Tarragona, en esta última vivió su particular art. 155 cuando en 1905 se suspendieron las garantías constitucionales en Cataluña.
Pero en este post sobre Benito Francia no nos interesa su actividad política o médica. Nos interesa su carácter ilustrado que le llevó a escribir diversos libros de temática filipina, y su afición fotográfica que propició que comprase 100 fotografías japonesas de albúmina realizadas entre 1877 y 1890 por el fotógrafo Kusakabe Kimbei. Imágenes de un lirismo y exotismo que tendría que impactar y ejercer un efecto casi mesmérico a las personas que las contemplaron en la lejana Península Ibérica del último tercio del XIX.
Los japoneses tienen un ideograma en escritura Kanji que denominan “Shashin” con el que designan el noble Arte de la Fotografía. Su traducción literal vendría a significar: “Copia de la verdad”. Una realidad muy alejada de la realidad que se vivía en la Rioja de hace 150 años.
La imagen corresponde a una de esas albúminas coloreadas a mano de Kusakabe Kimbei. Se aprecia un puente colgante de bambú sobre el Río Fujikawa.img_7550

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Das Unbekannte Autol
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jcuarteronoesta | 14-03-2018 | 15:06| 0

6f7c91df-d136-46ee-bf9e-d4edb170612cLas guerras a parte de ser muy inoportunas, pueden coger a uno en el lugar más peregrino. Más o menos es lo que le sucedió al fotógrafo alemán Kurt Hielscher. A Hielscher le sorprendió el estallido de la I Guerra Mundial en nuestro país. Había venido de viaje en 1913, cuando el verbo viajar tenía un significado más completo y rotundo que el que poseen en la actualidad nuestras vacaciones al litoral o el placebo de los fines de semana en parajes domesticados durante el siglo XX. Kurt Hielscher definía España en el prólogo de Das Ubenkannte Spanien como un museo al aire libre, y teniendo en cuenta esa consideración plasma en sus fotografías un territorio y un paisaje que se convierten en una escenografía: La España inédita, la España ignota que espera ser conocida, esa España Vacía todavía embrionaria que muestra sus carencias y sus retrasos con el mundo urbano de los albores del siglo pasado. Sus imágenes parecen hacer buena la cita de Bigas Luna: “Con la fotografía acaricio el tiempo”. Contemplando el legado visual de Hielscher se puede rozar con la yema de los dedos esa España paralizada en albumina y colodion. Unos paisajes herrumbrosos que amenazan ruina física y personal, pero con una alegría que extraña desde la perspectiva de la abundancia en la que vivimos. Unos personajes que todavía no han sido doblegados al yugo homogeinizador del Occidente que resultó tras las dos contiendas mundiales. Sorprende la cantidad de burros y jumentos que aparecen junto a sus propietarios vinculados a actividades agrícolas y la mirada curiosa de los niños que eran retratados por primera y quizá única vez en su existencia.
Hielscher se hallaba en España desde finales de 1913. El motivo de su viaje no está claro del todo y se da por buena la explicación de encontrarse en un viaje académico o de profundización de estudios. Tras las hostilidades iniciales de la IGM decide quedarse por aquí para evitar cualquier tipo de movilización militar en su Alemania natal. Las tasa de mortalidad entre los soldados combatientes en la contienda hacía que a las personas con cierto sentido de la realidad se le rebajasen los sentimientos patrióticos. Sin Apenas medios para subsistir, se dedica a recorrer toda España con su máquina fotográfica ICA con un objetivo Zeiss. Las más de las veces se desplaza caminando e instala talleres ambulantes de revelado. Vive del fruto de su trabajo, vendiendo las fotografías que realizaba a lo largo de su oficio nómada. En el prólogo de Das Ubekannte Spanien cuenta que recorrió más de 45.000 km y realizó más de 2.000 fotografías durante sus correrías. En 1922, habiendo ya vuelto a Berlín y tras una exposición de las imágenes más representativas de su trabajo, publicó un libro que recogía 304 de las fotografías en las que plasmó a través de sus ojos y su objetivo esa España desconocida que hacía honor al título del libro. El volumen gozó de un éxito considerable y se sucedieron varias ediciones en las que el título de las fotografías se reproducían en varios idiomas. Hielscher se dio cuenta de que había un nicho de mercado en este tipo de libros de fotografía, así que emprendió un periplo por varios países de esa vieja Europa de entreguerras, que se debatía entre las anticuadas estructuras decimonónicas y las nuevas vanguardias. Él se decantó por mostrar un mundo que languidecía bajo los nuevos vientos del progreso. Italia, Austria, Alemania, Rumanía y, sobre todo, Yugoslavia se convirtieron en nuevas escenografías en las que se mezclaba la monumentalidad de sus grandes edificios con otras imágenes más íntimas, con más interés narrativo y de análisis social.
La Hispanic Society interesada en todas las manifestaciones artísticas vinculadas a España compró en los años 20 la práctica totalidad de las imágenes que tomó Hielscher, unas 1600. Es una lástima que la institución creada por Archer Huntington no las tenga todavía digitalizadas. Nos tenemos que conformar con las 304 fotografías publicadas en Das Ubenkannte Spanien y con el lote adquirido no hace muchos años por el Museo del Traje. De las 304 fotografías solo hay dos vinculadas a La Rioja, sendas imágenes de Autol. Una del Picuezo y la Picueza; y otra mostrando una de las diversas formaciones rocosas de formas caprichosas que embellecen el municipio riojabajeño, rematado por un castillo que el alemán no supo ver, y eso que se aprecia una pared que hoy ya ha desaparecido fruto del paso inexorable del tiempo y la erosión. A los pies de la peña rocosa se distinguen un padre y un hijo que camino de sus tareas en el campo posan con su burro. Autol es una de las pocas localidades de las que aparecen dos fotografías en su libro ya que, al tener que elegir tan solo un 15% del total de imágenes que captó, Hielscher prefiere elegir una solo cliché por municipio.
Esperemos que la Hispanic Society, o cualquier rastro de las mañanas de los domingos nos ofrezcan más bellas imágenes con las que acariciar el tiempo detenido de esa Rioja congelada que vivía con distanciamiento las carnicerías de la primera línea de frente, en la que si no hubiese estado realizando fotografías se encontraría Kurt Hielscher.
La imagen se trata del cerro en la que se levantan los escasos restos del Castillo de Autol. Está tomada directamente de una de las ediciones de los años 20 de Das Ubenkannte Spanien

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Fanny Workman, pedaladas y sed en la Rioja de finales del Siglo XIX.
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jcuarteronoesta | 21-02-2018 | 16:35| 0

fannyFanny Workman, Fanny Bullock de soltera (1859-1925) fue una pionera. Le venía de familia, no en vano uno de sus ascendientes se embarcó en el Mayflower y celebró en 1621 la primera comida de acción de gracias con los indios Wampanoag en la Colonia de Plymouth. Su posición acaudalada, ya de nacimiento, se vio fortalecida cuando contrajo matrimonio con William Hunter Workman. Así que se pudo dedicar a satisfacer todas aquellas inquietudes que le inclinaban de una manera peligrosa hacia el viaje y la aventura en un sentido amplio. Alpinista, montañera, exploradora, escritora de viajes, sufragista, ciclista y voz que denunciaba las injusticias que se cometían contra las mujeres a lo largo y ancho del planeta. Fue una mujer atípica que trascendió el molde la feminidad del último tercio del siglo XIX y de los albores del XX. Tuvo un hijo y una hija a los que dejó en manos de ayas y cuidadoras para seguir haciendo lo que más le gustaba: experimentar esa excitación que comprende todo viaje, toda expedición a territorios ignotos, a espacios en blanco que rellenar en un mapa. Claro que todos los caminos que se desvían de vivir según lo establecido tienen su lado trágico, conllevan renuncias y sacrificios personales difíciles de comprender en la sociedad victoriana. Su hijo murió cuando se encontraba en la India y no llegó a la boda de su hija. Se convirtió en la segunda mujer que habló en la Royal Geographic Society, la primera fue Isabella Bird Bishop y mantuvo durante 28 años el récord de ascensión en altura femenino tras hollar cima en el Pinnacle Peak de 6978m en 1906, aunque ella creía que medía más. Dos años más tarde Annie Smith Peck logró subir al Huascarán peruano, afirmando que superaba los siete mil metros. Fanny Workman se resistía a ceder su récord de altura, así que no dudó en contratar al Service Geographique de L ́Armée Française para que midiese de manera científica el Huascarán. Se gastó 13.000 dólares. Los aparatos de precisión empleados por los ingenieros galos le dieron la razón y consideraron que la altura total del Huascarán era de 6788m.
Antes de estas hazañas y de lograr varios récords con sus ascensiones en Asia, sus aventuras eran más modestas. En 1899 se trasladó a vivir a Alemania. Con la excusa de una convalecencia de su marido acabaron mudándose a Dresde, la misma Dresde que acabaría reducida a escombros y cenizas en la II Guerra Mundial. El señor Workman se restableció milagrosamente de sus dolencias, tanto que hay quien piensa que en realidad eran una burda excusa para trasladarse a Europa, y comenzaron a viajar y subir picos. Fue una de las primeras mujeres que superó la dificultad técnica de una ascensión difícil como es la del Matterhorn o la icónica del Montblanc, la primera no europea en lograrlo. Pero lo que nos interesa es su idilio con la bicicleta. Desde 1888 a 1893 emprendió una serie de excursiones, más o menos largas, cerca de Alemania. En 1895 decide poner en marcha un proyecto más ambicioso: recorrer la Península Ibérica en bicicleta junto a su esposo. 4500 KM durante cuatro meses, portando una carga de 9,1 kg por personas. Con unas jornadas medias de 72Km al día, aunque podían llegar a los 130 en algunos días excepcionales. El resultado de su periplo por España y Portugal fue un libro de xxx páginas titulado: Sketches Awheel in modern Iberia, firmado por ambos, aunque se tiende a subrayar un mayor peso en la prosa de Fanny. Ya al final de su viaje, en el último capítulo del libro nos narra su paso por el valle medio del Ebro. Abandona Burgos, pasa por Logroño y se detiene sedienta en Alfaro, bajo el sol justiciero de La Rioja Oriental. Hay que tener en cuenta para valorar su hazaña ciclista: la calidad de las bicicletas de la época, la escasez de caminos transitables y el atuendo con el que se desplazaba Fanny Workman, siempre vestida con su sempiterna falda. Prenda que no desapareció ni en sus ascensiones al Karakorum. Los Workman nos dejaron este testimonio por su paso por La Rioja.
“Los caminos de ese día estaban flanqueados por grandes campos de trigo dorado que onduleaba mecido por el viento del verano, el cereal todavía permanecía intacto por las hoces que habían de segarlo. A una hora cercana a mediodía alcanzamos Logroño, a la orilla del Ebro.

Varias horas después de abandonar Logroño el paisaje se convierte tan desolado y desértico como no se puede encontrar en otra parte de España. Las colinas parecían como si hubieran sido desgarradas por una convulsiones espasmódicas de la naturaleza o asoladas por el fuego. El paisaje de arcillas rojas y arenisca había sufrido las cicatrices de las crecidas invernales del río. Florecían algunas plantas ahora abrasadas por la dureza pétrea de un verano sofocante. El calor que irradiaba la superficie reseca actuaba como un horno conforme el terreno se endurecía y estas extensiones yermas se inclinaban.
Coronada la cima de un repecho de esta región se encuentra la ciudad de Alfaro. Como otras muchas ciudades construida sobre la rocas rojizas, presenta un aspecto exterior similar al de la colina sobre la que se aposenta. Alcanzamos Alfaro pasadas las dos de la tarde y como nuestras cantimploras estaban vacías buscamos agua para rellenarlas. No vimos ningún indicio de agua corriente, así que intentamos encontrar una posada o un restaurante, pero sin éxito. Al final, en la desierta plaza de la “Catedral” descubrimos el rótulo: “Bebidas” sobre un portal con cortinas bajo una arcada, así que entramos.
Reinaba la oscuridad, casi nocturna, habitual en el interior de los hogares españoles las tardes de verano. Pedimos “gaseosa”, el somnoliento propietario mandó a un chico a la bodega a que nos trajese. Mientras tanto le pedimos que nos rellenase nuestras cantimploras con agua. Nos contestó que no tenía y que no recibiría un nuevo abasto hasta las tres de la tarde. También nos comentó que no había agua potable en la ciudad para tomar, y que toda la había debía ser traída desde lejos en barriles, desde los que era distribuida a los habitantes, lo que se hacía cada tarde.
En esta región desértica escasean hasta las casa de los peones camineros, así que nos vimos obligados a viajar hasta la próxima ciudad sin nada con lo que aliviar nuestra sed. La cual quince minutos después, bajo el sol inmisericorde, era más grande de lo que nunca jamás había sido.
Ni un sólo árbol fue avistado en todo el camino, ni un solo objeto que proporcionase una sombra, a excepción de los muros de una casa que había sido destruida en la guerra carlista, como otros muchos vestigios de posadas y granjas desperdigadas por Castilla, León, Navarra y Aragón, quemadas durante ese tiempo y nunca reconstruidas.
A nuestra llegada a Tudela sobre las cuatro, antes de ponernos a buscar alojamiento, paramos en un modesto restaurante en la plaza, donde se anunciaban helados. La mujer que nos atendió apenas sabía si estaba más sorprendida por nuestras bicicletas o por nuestra capacidad para terminar nuestros helados de leche”.
Fanny y William vivieron una de esas tardes de canícula veraniega de La Rioja Baja, una de esas sobremesas en las que las chicharras, junto a la narración de las etapas del Tour, amenizan las siestas de unas tardes que parecen eternas, claro que ni ella ni su marido podían sospechar del desarrollo que iba a experimentar el ciclismo en los siguientes cien años. El sol no se apiadó ni de la señora que se hizo una foto leyendo un manifiesto sufragista en una de las elevadas cimas del Karakorum que acababa de conseguir.
En la imagen puede contemplarse a Fanny Bullock con su flamante bicicleta

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Sobre el autor jcuarteronoesta
Al igual que Dostoievski, en algún momento pensó que la belleza salvaría el mundo