“Es el precio, estúpido”

Espectadores en un cine de Logroño. /MIGUEL HERREROS

Permítanme que parafrasee la idea que llevó a Bill Clinton a la presidencia de Estados Unidos para expresar algo que no sé si por demasiado obvio o por pura demagogia no he oído tanto como me hubiera gustado.

Resulta que la razón por la que la gente no iba –o va– al cine no es la buena o mala calidad de las películas que se proyectan, ni que las distribuidoras restrinjan los estrenos a las grandes superproducciones ni siquiera que los horarios de proyección no se ajusten a los de los ciudadanos. No, señores, no. Como diría Clinton, «es el precio (economía, espetó él a Bush padre), estúpido».

Y es que iniciativas como la Fiesta del Cine, que se celebró la semana pasada en la mayoría de salas de cine españolas, volvió a contrariar a los gurús culturetas que abogan por una excelencia suprema en la realización cinematográfica para hacer regresar a las masas al cine. No es la falta de calidad lo que resta espectadores a las películas sino el precio de acudir a ellas.

Y eso se atestigua con indudable firmeza cada vez que las salas de cine hacen un esfuerzo por ajustar los precios de las entradas. No voy a entrar en si pierden o no dinero con esta clase de iniciativas, sinceramente porque no lo sé.

No tengo demasiada idea de microeconomía, pero me llega para entender que una docena de espectadores a siete euros por cabeza es menos rentable que trescientos a tres. A la fuerza.

Admito que es ventajista asumir que si la Fiesta del Cine se ‘cronifica’, aumentarán de forma exponencial los espectadores que asisten al cine. Pero lo que es innegable es que el público suele tener siempre la razón. Y su tesis, la de «es el precio, estúpido», es tan aplastante como simple.

A título póstumo

Jura de Suárez como presidente del Gobierno en 1976. /EFE

No aprendemos nunca. Entendemos tarde y a golpes que hay acontecimientos, lugares pero sobre todo personalidades que merecen un reconocimiento, un recuerdo y un homenaje continuo. Pero seguimos sin darnos cuenta de que si bien nunca es tarde, a veces el retraso se vuelve desgarradoramente cruel. Tanto que deja en el olvido durante décadas los logros conseguidos por prohombres a los que nunca se les rindió el tributo debido. Con Adolfo Suárez ha vuelto a suceder. Ha tenido que fallecer el expresidente para que España entera se emocione recordando una época que por dura, difícil y tensa no dejó nunca de ser legendaria.

No tuve la oportunidad de vivir la Transición, ni sus momentos malos (que hubo muchos) ni la incertidumbre que embargó durante meses a buena parte del país. Pero ayer, cuando veía emocionada los fastos fúnebres del primer presidente de la democracia reciente española, me sorprendió la lección que los ciudadanos dieron a sus propios políticos: más allá de destacar un momento de la carrera de Suárez, la inmensa mayoría de los preguntados mencionaban sin atisbo de duda lo que más recordarán del abulense ilustre: su honradez y su valentía. Y eso, en los tiempos que corren, es decir mucho, muchísimo.

Es probable que la historia se repita y no aprendamos nada de Suárez. Seguramente caerá en el olvido su capacidad de diálogo, su tenacidad para conseguir sus objetivos, sus inmensas cualidades como orador, su empeño por dejar atrás el rencor en pos de un sistema democrático… Pero si una centésima parte del espíritu y del liderazgo de Suárez cala en nuestros actuales dirigentes, habrá lugar para la esperanza. Aunque sea a título póstumo.

Herida abierta

Aunque pocos, todavían quedan algunos gestos que nos reconcilian con la raza humana. Otras nos distancian de forma, a veces, irreversible. Ayer volvió a ser uno de esos días raros. De esos que es mejor quedarse con lo positivo, porque lo negativo tiene tan mal cariz que amenaza con tragarse lo bueno y contaminarlo todo sin remedio.

Emociona volver a oír los testimonios de quienes vivieron en primera persona el peor atentado de la historia de España. Vuelven a saltar las lágrimas porque la herida estará abierta de por vida. Llega al alma ver que por fin las asociaciones de víctimas se han zafado de intereses políticos dispares para unirse ante una desgracia que nos sacudió hace diez años.

A la par, resulta ignominioso, ofensivo, repulsivo y todos los adjetivos negativos que acudan a la mente ver cómo todavía hay quien no es capaz de dejar a un lado –repito, tras diez años– las teorías conspiranoicas que hicieron tambalearse la conciencia social de los españoles. Más allá de los réditos electorales y políticos que muchos intentaron llevarse a costa de la sangre de 191 muertos y casi dos mil heridos, lo más doloroso de todo es que la ponzoña de la duda se inmiscuyó en los corazones de mucha gente. Se buscó la división de una forma torticera e interesada. Y se logró.

Aún hoy asistimos a nuevas elucubraciones sobre quién ordenó el ataque, quién trapicheó con los explosivos y quién hizo omisión de sus funciones. Es algo que sólo puede pasar aquí. Si el 11-S movilizó a los Estados Unidos de una forma conjunta y el 15-J hizo lo propio con los británicos, el 11-M logró lo contrario en España. Y esa herida seguimos intentando sanarla. Con más o menos éxito.

Chistes malos

¿Desarme de ETA?. /EFE

Se han puesto muy de moda unas frasecillas chistosas que juegan con el doble sentido de las palabras para hacer la gracia más simple posible de la forma más  ingeniosa. Voy a autoconvencerme de que el teatrillo al que asistimos desde el pasado viernes se enmarca en esta nueva ola de chistes malos.

Porque otra explicación no le encuentro al circo que ha montado el grupito este de verificadores (por cierto, ¿eso dónde se estudia?) que vienen a España a verificar que ETA ya no mata. Pues se habrán roto la cabeza…

No sabía yo que necesitábamos que una gente que no se sabe de dónde ha salido ni quién los ha llamado para hacer algo para lo que pagamos a los Cuerpos de Seguridad del Estado. Por si no había bastante ya con este paripé, el viernes sacan a la luz un vídeo de un par de tipos encapuchados con cuatro pistolitas, unas balas y unos paquetes de explosivos (que más parecen de arroz que de TNT) y nos intentan hacer creer que es el primer paso del desarme voluntario de ETA. Unas risas, oiga.

Por si aún siguiera siendo poco, dos días después nos enteramos que de entregar las armas, nanay. Que se las enseñaron y las volvieron a guardar como diciendo:«Ya nos las quedamos nosotros, no vaya a ser que ustedes se hagan daño…». Y digo yo, que con este nivel de verificación, el grupito también examinaría que los encapuchados eran etarras y no simples mortales que tenían frío.

No me negarán que todo esto, apoyo de Urkullu incluido y pataleta de estos señores porque el Gobierno de España no ayuda (risas mil otra vez), es de chiste. Lo único que ya no hace tanta gracia es que hablamos de una banda terrorista que asesinó a más de ochocientas personas y atemorizó a millones durante décadas. Vamos, lo que digo, de chiste… pero malo.

Meter las narices

La semana pasada las Naciones Unidas, supuesto vigilante de las injusticias del mundo pero que no se distingue precisamente por llegar a tiempo en sus críticas, lanzó una buena regañina al Vaticano. Tampoco llegó a más. La organización supranacional acusó a la Iglesia católica de no proteger debidamente a los menores en su prioritario afán por defender a los culpables de los escándalos de pederastia por encima del bienestar de las víctimas de tan deningrante ultraje.

Apenas tardó unas horas el poderoso estado vaticano en arremeter contra la ONU porque, según argumentaban desde la sede apostólica, las Naciones Unidas cometían injerencia al meterse en un asunto interno de la Iglesia. Vaya, en plata, que la ONUestaba metiendo las narices en un asunto que no le incumbe. Le dijo la sartén al cazo. Que tiene historia la cosa, cuando se presupone que Naciones Unidas está para eso precisamente, para advertir al mundo de sus males. Porque, lo que se dice capacidad efectiva de actuación, mucha no tiene.

En fin, debo estar volviéndome loca o algo peor, porque en los últimos tiempos no oigo más que a curas hablar de temas de lo más relacionados con la confesión católica (modo ironía on).  Ellos deben ser expertos en biología fetal, en psicología femenina, en sociología o en economía doméstica, entre otros temas. Porque no hacen otra cosa que sentar cátedra sobre estos asuntos, y otros muchos, sin dar oportunidad a nadie a discrepar. Lo que ellos dicen es doctrina. Y punto.

Ojo, que me parece muy respetable que la Iglesia católica defienda sus principios y normas. Para eso está. Pero acusar a la ONU de injerencia porque señala los casos de pederastia es no ver la viga en el ojo propio.

Lo mismo de los mismos

Supongo que tendrá que ver con la edad. Ha de ser eso. La edad y el cansancio. Y es que últimamente tengo la sensación de vivir en un déjà vu perpetuo. Desde hace años sigo con especial atención los informativos y las tertulias, supongo que por deformación profesional. Y tengo la inquietante impresión de que llevo lustros escuchando y viendo lo mismo.

Desde hace décadas hay dos protagonistas absolutos en la información que llega a los españoles: el País Vasco y Cataluña. Las ambiciones independentistas de estas dos regiones, por el momento españolas, han suscitado tantos titulares, tantos debates enconados, tantas opiniones contradictorias que han logrado lo que pretendían: aceptar su independicen. Al menos, por mi parte. Y por lo que oigo, de muchas otras personas.

Nunca he entendido esos discursos grandilocuentes de sentimiento diferenciado. No he sido jamás capaz de entender esa necesidad de disgregarse de un todo que siempre nos ha beneficiado más como colectivo por encima de las individualidades. Pero ahora ya me da igual. Si ellos no quieren seguir participando en el todo, perfecto. Adiós y muy buenas. Pero tengan los arrestos suficientes para hacerlo y déjense de amenazas eternas. Lárguense y dejénnos en paz a los que queremos seguir aquí. Eso sí, ni un euro que no sea suyo van a llevarse si se dan el piro. Así que vayan haciendo el petate y prepárense para iniciar el viaje en solitario. Que por mi parte no van a encontrarse ninguna oposición; todo lo contrario, quizás hasta les extienda la alfombra roja para que salgan con más comodidad y rapidez. Igual así de una santa vez dejemos de oír lo mismo de los mismos. Aunque sólo sea por variar un poco la temática.

Risas para todo el año

Ya tengo ganas de que llegue el 9 de noviembre. Ganas no, lo siguiente. Toda tensa estoy ya esperando el momento. Y es que la consulta soberanista de Cataluña va a copar todo el 2014. ¿Que la crisis ya se ha acabado y empieza una inapreciable recuperación? Qué más da, si hay consulta. ¿Que la selección española repite como campeona del mundo de fútbol? Qué más da, si hay consulta. ¿Que de una santa vez se empieza a crear empleo y comienza a bajar el paro? Qué más da, si hay consulta.

Que no se engañe nadie, nada será más importante que la consulta de Cataluña. Tanto da si tiene lugar o si la convocatoria se desvanece. Prepárense para aguantar  todo tipo de proclamas de ambos bandos, sean partidarios o contrarios. Estén listos para acusaciones cruzadas de que si aquel rompe España y este nos oprime como pueblo independiente. Prevéan diatribas de que Europa es una prolongación de los opresores fascistas españoles y réplicas sobre que los catalanes son más españoles que ingleses los escoceses.

No se esmeren en recordar que en plena época de la globalización, unos cuantos recurren a un denso cortinaje de derecho a decidir sobre no sé qué nación histórica para esconder recortes ultrajantes y tajos a las libertades más básicas. Eso tampoco es lo importante. Lo realmente clave es la consulta.

En cualquier caso, acondicionen sus estómagos para la ristra de agujetas que causarán las carcajadas que los sujetos soberanistas les van a provocar. De primeras, ya les cuento algo: si alguien vota no a las dos preguntas propuestas, el voto no vale, es nulo. Es como aquello de que la doble negación significaba aprobación. Pues esto igual. Pero en plan risas. Risas para todo el año.

Aún queda esperanza

El Banco de Alimentos de La Rioja, repleto. /JUSTO RODRÍGUEZ

Dicen que cuando peor van las cosas es cuando se destapa la verdadera esencia de las personas. La buena y la mala. En estos cinco años hemos asistido a tremendas tragedias personales y colectivas, a incendiarias reivindicaciones e inútiles soflamas y, sobre todo, a insultantes chanchullos en los que la podredumbre social más reprobable ha asaltado el día a día insistentemente.

La porquería ha inundado la ética de muchos. Hemos contemplado sin rubor cómo –presuntamente de momento– ha robado desde el primer empresario hasta el último sindicalista, desde el primer ministro hasta el yerno del Rey, desde el primer banquero hasta el último tendero, desde el primer tesorero hasta el último afiliado. Todos han amarrado gananciales en una recesión y una crisis que no sólo menguó los dineros contantes, sino especialmente las conciencias sonantes.

Y seguimos parecido. A excepción de un último reducto de librepensadores justicieros, la sociedad permanece en ese limbo de incredulidad e indignación que nos asfixia al ver cómo se siguen llenando los periódicos y las televisiones con mangantes de guante blanco y defraudadores de mano suelta.

Pero, después de todo, queda esperanza. Emociona comprobar que, pese a toda esa caterva de indeseables que revolotean a nuestro alrededor, hay muchos rostros anónimos, muchas manos desnudas que se mojan, que se vuelcan con los que de verdad peor lo están pasando. A ellos, a todos ellos, hay que agradecer que, por ejemplo, el Banco de Alimentos haya recaudado en La Rioja en tres días más de 150 toneladas de productos. ¡Un 68% más de las previsiones iniciales! Más allá de las alucinantes cifras, gracias por hacernos volver a pensar que aún queda esperanza.

La Gran Recogida de Alimentos en La Rioja

Lo que sale gratis

Son tremendas las injusticias que estamos presenciando últimamente. En esta sociedad de picaresca y pandereta, hay algunas cosas que salen gratis y otras que se pagan con creces. Paradójicamente, las más dolorosas son las que menos precio acumulan. En cambio, los sucesos más anecdóticos suelen acarrear penas que llevan carácter de ejemplarizantes. Llama la atención que estos últimos estén protagonizados por pobres diablos, mientras que detrás de las primeras hay oscuros poderes ocultos que manejan los hilos para salir indemnes de situaciones difícilmente comprensibles.

No deberían salir de rositas los responsables que provocaron la mayor catástrofe ecológica de la historia de España ni deberían ser ensalzados los asesinos múltiples y violadores reincidentes que han escapado antes de tiempo de las redes de la justicia por un tecnicismo. Eso no debería ocurrir en una sociedad que se enorgullece de vivir bajo el Estado de Derecho. Pero lo que sin duda la sociedad no debería permitir es que, mientras millonarios delincuentes rehúyen la acción de la justicia por supuesta prescripción o presunta inexistencia de pruebas, otros desgraciados tengan que sufrir todo el peso de la ley por hurtar en un supermercado, por protestar contra los recortes ante los incitadores de esos ajustes o por no poder pagar unas cláusulas abusivas en sus contratos hipotecarios. O por minucias del estilo.

No me malinterpreten, no defiendo la exención de penas de ningún delito. En absoluto. Pero lo que no puede ser es que la injusticia domine a la justicia por efecto de los poderosos. Hay realidades que no pueden salir gratis. De ninguna manera. Porque si a los responsables les sale gratis, a los demás nos sale a pagar de más.

Genios de la comedia

Nicolás Maduro. /EFE

Aún se me saltan las lágrimas de la risa. De verdad, hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Estoy hasta pensando en cambiar de nacionalidad. Porque todos los expertos dicen que la risa es sana y que soltar carcajadas de vez en cuando suele ser síntoma de buena salud. Así que me planteo seriamente cogerme un avión y plantarme en Venezuela. Porque allí tienen que estar ‘jartaos’ de reír. No me digan, si no, qué otra cosa pueden hacer cuando oyen a su presidente abrir la boca.

Recuerdo cuando el difunto Chávez arengaba a las masas a través de su propio programa de televisión y se metía con los yanquis sin rubor, ya fuera porque los americanos habían comprado armas a su rival industrial o porque le habían inoculado el ¡virus! del cáncer. O el que fuera. Pero la utopía, que un iluminado superara a Chávez en divertidas ocurrencias, se ha hecho realidad.

Con Nicolás Maduro no sólo tenemos un líder político (que también). No, el locuaz bigotudo se ha destapado como un genio de la comedia. Y así, nos hace carcajear con el ‘pajarito’ en el que se encarnó el «Comandante Chávez» tras su óbito. O nos alumbra con unas tronchantes imágenes del mismo revolucionario Chávez estampadas en las paredes del metro donde trabajaban unos operarios.

O, como ahora, nos adelanta por decreto un mes y medio la Navidad. Y digo yo, que puestos a alargar estas fiestas familiares, Maduro debería haber impuesto su duración como perpetua. Que todos los días sean Navidad, las fiestas del amor y de la paz. Más que por otra cosa, porque es lo único que les va a quedar a los venezolanos cuando este señor se decida a dirigir el país y dejarse de chistes. Eso y un páramo. Para llorar, ¿de risa?

La Rioja

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