Europa está cambiando

Ya no volveremos a verlo. /REUTERS

Me van a perdonar, pero ando algo triste esta semana. Es que no sé si voy a llevar bien la despedida de ese pequeño gran homme que era Nicolas Sarkozy.

No se me revolucionen que no es que comulgue con sus propuestas de austeridad y todas esas mandangas. Para nada. Es que una es una romántica patológica y no veo yo muy partidario al monsieur Hollande ese a mantener esa relación tan especial con la señora Merkel. Esas miradas acarameladas ante los socios incumplidores, esos susurros cariñosos en plena cumbre europea, esos guiños de comparecencia pública… ¿Dónde ha quedado l’amour?
Sí, ya sé que más profunda pena tendrá Angela. Pobrecilla ella, que ahora se tiene que manejar sin su adorado Nicolas. ¿Dónde volveremos a ver esas políticas de recortes sin fin? ¿Volveremos a tener un dúo tan bien avenido y tan fotogénico?

Y ya ni les cuento lo de las escenitas con la Bruni. Porque dirán lo que quieran, pero la nueva primera dama francesa, con todos mis respetos, una tal Valérie Trierweiler, no dará tanto juego como la maniquí italofrancesa. No desprende la señora de Hollande ese glamour frívolo de la cantante, ni tendremos nuevo bebé en el Elíseo, ni volveremos a comparar su trasero con el de nuestra insigne Princesa (sic).

El caso es que tras perder al seudogracioso Berlusconi, ahora llega el momento de echar de menos al cómico Sarko (y a sus alzas en los zapatos). Será la Merkel quien decida al nuevo sucesor de Sarkozy, al menos en su corazón. Todo sea que elija a nuestro Mariano y nos empiece a dar un respiro, que falta nos hace. Así que, Mariano, ya sabes, postúlate, que Europa está cambiando.

Hasta los de fuera

 

Una Cristina "iluminada". /AFP

Yo soy muy de Messi, muy de Quino el de Mafalda y muy del dulce de leche. Vaya, que me gusta Argentina. O me gustaba. Porque ya me está dejando de gustar. Y es que no me gusta que me roben. Y miren que últimamente me estoy acostumbrando a esta maldita práctica. Por desgracia. Mal que me roben mis propios gobernantes, pero que ya vengan los de fuera a quitarnos el pastel, pasa de castaño oscuro. Y en definitiva es lo que ha hecho la presidenta argentina.

Lo que peor me sienta es que Cristina Fernández de Kirchner haya expoliado (porque sería expropiación si estuviera dispuesta a pagar un ‘justiprecio’ por la empresa YPF) una empresa española para ocultar de alguna manera su nefasta gestión de la crisis económica de su país. Hace años se estudiaba en los colegios españoles que Argentina era uno de los países más ricos del mundo, tanto en recursos naturales como en fértiles tierras de cultivo. No en vano se conocía al país andino como la ‘despensa del mundo’.

Algo habrá pasado para que su presidenta tenga que expropiar una empresa española, que ha invertido miles de millones de euros en el desarrollo de las zonas petrolíferas. Lo llamativo es que casualmente (me encantan estas casualidades) la expropiación llegue ahora, justo unas pocas semanas después de que Repsol YPF anunciara que había encontrado uno de los yacimientos de petróleo más abundantes de su historia para que a la Kirchner se le haya ocurrido coger lo que no es suyo.

Todo sea que el resto de empresas extranjeras que han invertido en Argentina decidan coger lo que sí es de ellos y dejar el país para no volver nunca. Si sirve de algo, a mí nunca dejará de gustarme Messi.

Respeto para el burro

Sería hasta divertido si no fuera porque siempre quedamos los mismos a los pies de los caballos. Hay polémicas vacías, que no requieren una atención más allá de lo anecdótico. Pero algunos se empeñan en buscar problemas, como si tuviéramos pocos ya.  Resulta que el aún presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha puesto a España y su gestión de la crisis como modelo a no seguir en absoluto. Para ello, echa mano del argumento fácil de lo mal que lo han hecho los socialistas en España para arengar a los suyos en contra de un voto de izquierdas que, según las encuestas, puede dejarle fuera del Elíseo.

Y aquí alguno se ofende porque estima que nos falta al respeto. Y

Sarkozy, en su salsa. /EFE

se enredan en acusaciones vacuas que no nos hacen favor alguno. Pero aquí nadie dice que entre ellos se han atizado de lo lindo, de igual manera que lo ha hecho Sarkozy, poniendo como ejemplo nefasto a Grecia. Se ve que los griegos no deben de merecer el mismo ‘respeto’ por el que algunos claman ahora.

Seamos claros. Si bien es cierto que a nadie le gusta que le coloquen las orejas del burro de la clase, Sarkozy no ha hecho otra cosa que ejemplificar –de forma algo burda, de acuerdo– la mala gestión de la crisis de la que hemos ‘disfrutado’ en estas latitudes.

Seguramente será casualidad que los países que más dificultades están pasando por la recesión sean los que han estado gobernados por ejecutivos de izquierdas. Pero en política, como en el amor y en la guerra, todo vale. O eso dicen. Y Sarkozy ha lanzado un arma que siendo algo ‘faltona’ no deja de ser cierta. Les voy a decir una cosa. A mí me importa poco lo que diga el señor Sarkozy. Me importa mucho más lo que no dicen –o no reconocen– los que tengo en casa. Todos ellos.

Leyes innecesarias

. /Fotolia

No deja de sorprender que con la creciente exposición pública a la que todos nos sometemos a diario –amén de las redes sociales–, se tengan que regular algunas prácticas que deberían cumplirse ‘per se’ sin que hubiera una ley por medio.

Y es que más allá de que Rajoy haya cumplido con celeridad una de sus promesas electorales sobre la transparencia informativa de las administraciones públicas, llama la atención que haya que reglar algo que debería ser inherente a un cargo público. Con hasta dieciséis páginas, cuando seguramente sobraría con una frase. Ya recogía Plutarco en su día la manida frase que Julio César le dedicó a su esposa: «A la mujer del César no le basta con ser honrada, sino que además tiene que parecerlo». Y miren si ha llovido desde entonces, pues ni eso ha calado.

¿Ven realmente necesario decirle a un cargo público que se espera de él honestidad y transparencia? Es como si a un médico se le tuviera que explicar que no tiene que herir a sus pacientes, o a un cocinero que no puede escupir en la comida que sirve. De locos, ¿no?

Pues no, aquí, visto lo visto, es imprescindible. Empiezan ahora a conocerse detalles de la futura ley como que los cargos públicos sólo podrán recibir regalos de cortesía (todos sabemos de dónde vienen estos lodos); que las actuaciones de los altos cargos estarán guiadas por la buena fe, la no discriminación y la responsabilidad; o que el cargo público que haga un uso indebido de las pecunias públicas tendrá que dar cuentas a la Justicia.

Entiéndanme, que lo lamentable no es la ley en sí, sino los comportamientos pasados –y presentes– que han obligado a redactar semejante escrito. Me parece a mí.

Sensibilidad

En el asunto del aborto hay una posición por cada persona. Y no voy a polemizar, pero sí creo necesario que haya un poco de sensibilidad. Sensibilidad para hablar y para emitir determinados juicios de valor. La semana pasada oíamos al ministro Gallardón unas declaraciones que levantaron polvareda. En plata, afirmó que muchas mujeres recurren al aborto porque sufren ‘violencia de género estructural’. Como de primeras tengo buena fe voy a asumir que Gallardón se refería a la tremenda presión social, familiar y laboral que supone para una mujer un embarazo no deseado. Y asumía el ministro que ellas optan por el aborto por ser lo más accesible. Es cuestión de puntos de vista.

Supongo que, como en botica, habrá casos para todos los gustos. Pero lo que no admito, porque no me lo creo y además no es de justicia, es que su correligionaria Esperanza Aguirre añadiera al día siguiente que la falta de responsabilidad masculina acentuaba el problema. O sea, que las mujeres abortan porque los hombres no quieren pasar por el altar. No es cierto, señora Aguirre.

Las mujeres llevamos décadas luchando (sin lograrlo) por la igualdad, de salarios, de tareas, de asunción de derechos y deberes. Y también por la libertad sexual. No todas las mujeres están pensando constantemente en pasar por el altar, señora Aguirre. Destierre, por favor, esa estampa de las féminas, que nos hace flaco favor. Respete, como hacemos las demás, las opciones de vida y de familia que eligen las mujeres. Aunque no esté (estemos) de acuerdo. En pleno siglo XXI deberíamos apartar los debates estériles y retrógrados e incidir en la ayuda que muchas valientes deberían recibir cuando escogen formar una familia en condiciones difíciles. Pero también cuando escogen no hacerlo.

Un poco de frivolidad

Meryl Streep y Jean Dujardin. /AFP

Me encanta el mes de febrero. Es el mes más corto y el más frívolo (además de frío). Y es que en este glorioso mes se arremolinan dos citas de lo más atractivo. Dos fechas que hacen soñar a los mortales con la brillantina de los grandes eventos. Aunque sólo sea por un instante.En unas fechas de juicios escandalosos, déficit truculento, recortes gubernamentales, cierres empresariales y duques presuntos se agradece un poquito de frivolidad. Y es que los Goya primero y los Oscars después dan un respiro a esta actualidad tan llena de drama, tragedia y mangantes.

Da gusto llegar el lunes al trabajo y compartir entre risas el último desacierto de vestuario de la actriz más supuestamente elegante, el esmoquin más desempolvado de la alfombra roja de Hollywood o el joyero completo que porta la joven promesa del celuloide.
Es un día en el que la calidad de las películas premiadas sólo concita el interés de los que ganan y de los sesudos críticos que han acertado/fallado sus elaboradas quinielas.

Porque hay momentos en los que la frivolidad del glamour cinematográfico es lo único que resulta entretenido. Por eso, se agradece que el foco de atención se centre en el diseñador más arriesgado, el chascarrillo más comentado del presentador o la borrachera más disparatada del actor de moda.

Que aunque el cine no sirva más que para eso, al menos deja por un momento un sabor de boca agradable, divertido, luminoso incluso. Así que, por favor, déjenme seguir deslumbrada un poco más por las candilejas de ese negocio tan frívolo. Hasta que acabe el mes. O sea, mañana.

Poniendo el acento

Algunos ejemplos.

Cuando nos lo proponemos somos de lo más cantamañanas. Disfrutamos de uno de los idiomas más bellos que existen, cuyos matices son peculiarmente evocadores. Pero nos empeñamos en cargárnoslo en cuanto tenemos ocasión. Todos, ya sean los académicos, los medios o los hablantes.

De repente, por moda, esnobismo o política (que es más grave), desaparecen tildes, surgen extranjerismos imposibles o nacen ciudades que antes tenían otros nombres. Por ejemplo, hemos de escribir los apellidos y nombres propios vascos, catalanes o gallegos tal y como se escriben en dichas lenguas. ¿Por qué? ¿Acaso somos todos vasco, catalano o gallegoparlantes?

Ojo, que a mí me parece perfecto que cada uno use y potencie la lengua que le dé la gana. Pero que no me obliguen a mí, por favor.
¿Alguien me explica por qué el duque de Palma ha perdido la tilde de su apellido? ¿Será que además de la vergüenza la imputación se ha llevado el acento? ¿O por qué rayos tengo que preguntar por Lleida u Ourense para llegar a Lérida u Orense de toda la vida? ¿O por qué oscuro motivo no es igual un José María nacido en Soria que un Josep Maria de Tarragona?

Y es que por la misma razón, deberíamos decir Nu York, Paguí o Doichland en lugar de Nueva York, París o Alemania. Comprendo que el idioma español está vivo y tiene que actualizarse o si no, morirá irremediablemente. Pero la actualización tiene que servir para enriquecerlo, no para confundir a los hablantes. Porque si ya es difícil saber de lo que hablamos, no pongamos más obstáculos (que no handicaps) para hacerlo, al menos correctamente. O intentarlo.

Yo sí pirateo

Bonita estampa nos mostraron los medios de comunicación con la detención del ‘gordito’ de Megaupload. Quien más quien menos (no me lo nieguen) se dijo: «Otro friki de la informática que cae». Pero el tema va más allá. Y es que la dicotomía entre libertad y pirateo es tan vieja como Internet, aunque nadie sepa cómo solventarla. Cuando la Web llegó a las masas, a nadie se le ocurrió que el ‘todo gratis’ pudiera engullirlo todo. Pero pasó. Y como nadie se planteó cómo adaptar su negocio susceptible de ser pirateado a la revolución de la Red, ahora vienen los lamentos.

Porque el primer paso, el de asumir que el negocio ya cambió, aún no ha llegado. La gente no paga ¡siete euros! por ver una película en el cine si puede verla gratis, en casa, en pijama y a la hora que quiera. Igual pagaría 1 euro, pero siete… Algo tan obvio como eso, que está en la base de Megaupload –y de tantas plataformas–, es lo que está destrozando negocios. Pero, mientras algunos lo anticiparon (Spotify, iTunes…); otros se autocomplacían con un modelo que agonizaba entre cifras estratosféricas. 

Asumiendo que la creación debe tener un precio, porque si no desaparecerá, lo que no es de recibo es que el creador sea quien menos cobre y que el distribuidor se lo lleve ‘calentito’. Y es que acortar líneas de distribución, que es la verdadera revolución de Internet, exige imaginación, riesgo e innovación. Pero de eso, nada.

Así que mientras la solución sea que yo pague un canon por cada dispositivo de almacenaje que compre, sea o no para material privado, o que yo subvencione a ciertos creadores con mis impuestos, yo piratearé. Sin ánimo de lucro, pero con ánimo de resarcirme. Aunque sea en una mínima parte.

Sin nombre

./Fotolia

Este año ha empezado con malas noticias para nuestros bolsillos. Subida de impuestos, alza de precios de materias primas, congelación de salarios y negociaciones de convenios a la baja… pero además nos hemos desayunado este inicio de año con algún que otro jeta más, que presuntamente se ha llevado calentitos algunos millones que no le correspondían ni por asomo.

Siempre se nos dijo lo malo que era robar y lo derechito que ibas al infierno si lo hacías. Sí que había atenuantes en aquellas parábolas que nos contaban en el colegio: que si era para dar de comer a unos hijos hambrientos, el pecado era menor. Malo, pero menos. Por el contrario, lo que no se decía porque quedaba implícito era que el que robara por pura avaricia, teniendo de antemano la vida solucionada, debería pagar pena doble por su pecado.

Debería, así pues, ser equilibrado el castigo para aquellos que aun no teniendo necesidad sino sólo vicio, roban a manos llenas para escarnio de cuentas públicas y vergüenza ajena. Al igual que supuestamente pagan más impuestos los que más tienen, también deberían cobrarse penas progresivas para los ricos que roban por puro pasatiempo. Yo incluso pondría penas ejemplares para aquellos banqueros que se autoimponen primas millonarias tras llevar a la ruina el banco que dirigen. O para aquellos políticos que se dejan regalar trajes a medida porque ‘no les llega’ para irse al Zara más cercano. O para aquellos aristócratas que necesitan crear fundaciones sin ánimo de lucro para malversar presuntos fondos públicos.

No doy nombres. Porque no se me permite escribir insultos. Les dejo a su criterio los apelativos a estos ‘sin nombre’.

Magos, no millonarios

Los Reyes Magos. /Fotolia

Como buena española que se precie, voy a ejercer mi derecho a personalizar ese vicio tan castizo que nos otorga la capacidad de erigirnos en seleccionador nacional de fútbol o presidente del Gobierno o economista de primera línea cuando la situación lo requiere. O sea, cuando las cosas dan miedo.

Así que yo voy a lanzar una propuesta que, para variar, poco va a solucionar los quebraderos de cabeza de nuestros dirigentes políticos en cuanto a la prima de riesgo y el déficit, pero que sí restará preocupaciones al bolsillo de nuestras majestades… los Reyes Magos (¿qué se creían?¿Que me refería a los de la Zarzuela? Ellos ya tienen solucionada la papeleta).

No se crean que mi propuesta es fruto de un sesudo análisis de macroeconomía. Para nada. Es cuestión de sentido común. Resulta que Melchor, Gaspar y Baltasar tienen que rascarse bien el bolso para ‘apoquinar’ por esos caprichos epifánicos cuando al día siguiente de su llegada, ¡al día siguiente!, empiezan las rebajas en todos los sitios excepto en Madrid y Murcia este año, que parece que ya han espabilado y han adelantado el momento de los chollos una semanita.

En estos días en los que las noticias económicas sólo surten de bofetadas a la clientela, alguien podía haber pensado que también los Reyes Magos padecen la crisis. Que son Magos, pero no millonarios. Y tanto que se oye que hay que aumentar el consumo para que la economía deje de dar sustos, podríamos adelantar una semana las rebajas para que los Magos de Oriente puedan adquirir sus presentes sin que tengan que dejar un riñón para sufragar dichos caprichos. Supongo que muchos comerciantes lo agradecerían, aunque sólo fuera por maquillar un poco las cuentas.

La Rioja

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