No nos merecen

Se van a reír, pero tras darle muchas vueltas al asunto y rebuscar entre la desconfianza y la indignación que nos invade desde hace tiempo con esta situación que nos ha tocado soportar, me he dado cuenta de que nuestros representantes públicos –todos, no sólo los políticos– sí que sirven para algo. Para algo positivo, quiero decir.

Quizás no se hayan dado cuenta porque la constante sensación de tremendo hastío que nos consume no nos deja opciones al pensamiento optimista. Pero inténtenlo. Ya verán.

Yo he descubierto que nuestros representantes públicos sirven para subirnos la autoestima. A nosotros. Porque si empieza una a pensar no encuentra más que ocasiones para asumir que los ciudadanos valemos mucho. Mucho más que ellos.

Pese a que en la inmensa mayoría de las veces nos tratan como si fuéramos ovejas que se desplazan arreboladas por un perro pastor que no da razones sino órdenes, nosotros nos damos cuenta de eso. No somos tan ciegos como creen. Y lo sabemos.

A pesar de que en muchas ocasiones nos venden cuentos rocambolescos para justificar comportamientos ilegales, inmorales y corruptos, nosotros nos damos cuenta de la realidad que no nos quieren contar. Y lo sabemos.

Aunque en muchas ocasiones nos regalan el oído para intentar llevarnos por los vericuetos que ellos desean, nosotros nos damos cuenta de cuál es el camino real y más efectivo. Y lo sabemos.

Por eso les digo que es recomendable desprendernos de esa pátina de inutilidad que nos comunican a diario para admitir que que al menos a veces nos dan un solo motivo para seguir aguantándolos. Y es que nos hacen darnos cuenta de que somos buenos, mucho mejores que ellos. Menos es nada.

Envidiables

Siempre me ha fascinado el universo estadounidense. Siempre he sentido una debilidad por la cultura yanqui. No se crean, entiendo que muchas de las cosas que Estados Unidos hace o tiene, como país y como colectivo, no son positivas.

Más allá de la inexplicable –para mí– ausencia de un sistema sanitario universal o del insufrible trato que reciben los colectivos sociales más desfavorecidos, los estadounidenses gozan de una virtud que alimentan cada vez que pueden. Se llama liderazgo. Y aunque hay muchas ocasiones en las que abusan de él, hay otras en las que su ejercicio despierta en mí un cierto halo de envidia que no puedo remediar.

La semana pasada fue uno de esos momentos. La forma en la que el país asumió el brutal ataque en el maratón de Boston y la increíble reacción unánime de la población, primero para una colaboración extrema tanto con los afectados –heridos y familiares– como con la investigación policial –se recibieron cientos de fotografías, vídeos y testimonios para ayudar en las pesquisas–.

Hasta ahí, normal. Cualquiera lo hubiera hecho. Pero es que ellos, luego, no omitieron ningún dato. Lejos de intentar manejar el pánico ciudadano, la polícia, los servicios de emergencia, los representantes políticos (alcalde de Boston, gobernador de Massachussets y presidente Obama) mantuvieron al tanto a la población en todo momento. Las noticias, las alertas, lo que iba sucediendo se conocía al instante. Y eso daba lugar a una confianza, a una sensación de protección y seguridad –dentro de la tragedia– que era envidiable.

Y si además se le suma el incansable esfuerzo –algo de testarudez ya demostraron para encontrar a Bin Laden, aunque fuera once años después del 11-S– por cazar a los culpables, aún más.

Escrachados todos

Soy hija de la democracia, jamás viví en mis carnes el acoso a la libertad de la dictadura. Para mí, la libertad de expresión es natural, no lo he visto nunca como un derecho adquirido sino como uno consustancial a la persona. Pero los últimos tiempos me hacen dudar.

Porque no comprendo (perdonen mi incapacidad) qué mecanismos tiene el ciudadano de expresarse cuando considera que algo no es justo. Se supone que cada cuatro años el ciudadano tiene la opción de decidir lo que quiere para su ciudad, su región y su país. Dejando aparte la calidad de nuestro sistema democrático (cuyo análisis daría para tres o cuatro periódicos enteros), es tremendo que el ciudadano sólo tenga esta opción cada cuatro años para manifestar su opinión.

Está visto que molesta que se alce la voz para protestar. Es lo que está pasando con los escraches. Si bien no defiendo ni justifico que se acose a nadie para exponer un argumento, lo que tampoco es de recibo es que se equipare a los defensores de los desahuciados con los proetarras. El acoso es reprobable, e incluso punible, pero la comparación es intolerable. No vale que se recurra a una banda de asesinos de los que todos hemos sido víctimas para arrebatar la razón a un grupo de ciudadanos cabreados con el sistema. Más que nada porque, mientras tanto, escrachadores y escrachados se quedan de nuevo en la anécdota y no solucionan el problema de fondo, que es muy grave.

Si la posición que queda es atribuir a los escrachadores la condición de filoetarras o fascistas e impedir que un pleno municipal sea público para evitar protestas incómodas, es que este país va aún peor de lo que nos creíamos. Porque restringen el derecho al pataleo a la tertulia tabernaria, y eso trae reminiscencias de regímenes inquietantes.

No como a ellos

Los chipriotas, en las filas de los bancos. /EFE

Hace tiempo que ya ni sé en qué país vivo. Eso sí, cada vez tengo más claro lo que mi país no es. Primero empezaron diciéndome que España no era Grecia, porque no nos tenían que rescatar, nuestros bancos tenían una solvencia decente y nuestros representantes públicos no estaban estafando a las arcas públicas. No como los griegos.

Luego me contaron que España no era Portugal, que no teníamos que reducir tanto el déficit, que no acabaríamos sufriendo tan leoninos recortes, que no tendríamos que pagar por los servicios sanitarios ni se nos reducirían los subsidios por desempleo. No como los portugueses.

También me insinuaron que España no era Irlanda, que nuestro gasto público no era tan gigantesco, que la protección social estaría garantizada y que la educación y la sanidad serían pilares intocables. No como para los irlandeses.

Llegaron incluso a venderme que España no era Uganda. O al menos eso le dijo Rajoy a su ministro de Economía para animarle durante una reunión del Eurogrupo. La razón, que España era la cuarta potencia europea. No como los ugandeses.

También me explicaron que España no era Italia. Que nuestros políticos no estaban implicados en mastodónticos casos de corrupción, que tampoco tenían paraísos fiscales y que nuestra organización estatal y autonómica no vivía en permanente caos. No como los italianos.

Ahora vuelven a la carga y me venden que España no es Chipre. Que jamás tocarán mis ahorros, que nunca pagaré los rescates europeos y que la Unión Europea no me pondrá al borde del abismo. No como a los chipriotas.
Pero no acabo de verlo claro, porque no sé si por solidaridad o por qué, me siento como todos esos ciudadanos europeos. Aunque España no sea como esos otros países. Aún.

Año nuevo, vida vieja

Apenas dos semanas de margen le he dejado al nuevo año para asumir alguna sorpresa, alguna novedad, alguna historia distinta. Ya saben, eso de los propósitos del año que estrenamos. Pues nada.

Acabamos el 2012 con el filo de la navaja acechando sin descanso nuestra ya maltrecha economía y la amenaza perdura. Finalizamos el catastrófico 2012 con las más oscuras previsiones de empleo de organismos estatales e internacionales y la cosa, lejos de  abrirse en un claro, se va tornando cada vez más en un penumbroso e infinito abismo.

Despedimos el año con las luchas intestinas entre las diversas administraciones estatales y autonómicas y lo comenzamos con las acusaciones de provocación y tensión forzada que unos y otros se lanzan como una tupida cortina de maloliente humo. Culminamos
el ejercicio pasado con indignantes descubrimientos de inmoralidades perpetuas en las entrañas de la política patria, y nos despertamos en el nuevo con más hallazgos de corrupción, más apropiaciones dramáticas y más sinvergüenzas sueltos.

Agotamos el 2012 con la trágica visión de honrados ciudadanos que perdían sus hogares entre papeles, contratos y chanchullos de desalmados trajeados y nos asomamos al 2013 con nulas soluciones para un problema que no tiene visos de aclararse, dadas las pesimistas opiniones de la ciudadanía en la pasada encuesta del CIS.

Así las cosas, yo, que en el año entrante me había propuesto aprender idiomas, hacer deporte y ponerme a dieta, haré como el resto del país: nada. No vaya a ser que uno de los propósitos dé resultados un día y me salga del guion establecido.

Sin regalos, con conciencia*

Les voy a contar un secreto. Durante este 2012 he realizado un descubrimiento tremendo. Patidifusa me hallo aún, pues no soy capaz de articular pensamiento sin que se me pase la misma idea por mi aturullada cabeza. Y es que cuesta desprenderse de esas cosas que desde muy niña le meten a una en la cabeza, eso que algunos llaman aún valores y que más que valores son tesoros por lo poco que se prodigan en las personas que nos rodean.

No acabo yo de encontrar sentido a aquellas palabras que ya han perdido casi su significado por lo difícil que resulta encontrarlas a nuestro alrededor. Respeto, educación, sinceridad, honradez (esta última llevo lustros sin paladearla), rectitud, pero sobre todo conciencia, que engloba esto y más. Son casi sensaciones prácticamente extintas en el espectro público, pero también, lo que es más lamentable, del privado, de ese que esconde trapos sucios y purulentos prestos para salir y dañar indiscriminadamente.

Por eso, este año prefiero quedarme sin escribir carta a los Reyes Magos. Porque la petición ya la he hecho. No quiero regalos, ni cosas. Lo que más deseo este año nuevo es conciencia. De la buena, de esa que te martillea el cerebro cuando has cometido un error, de esa que no se amilana ante una lágrima vacua de sentido, de esa que te permite pasear con el bolsillo vacío pero con la cabeza alta, de esa que no desaparece tras una hipócrita visita a la iglesia, de esa que permite dejar el orgullo en la caja de la que nunca debió salir, de esa que te deja dormir a pierna suelta y de un tirón, de esa que me inculcaron mis padres. Los dos. Con tesón. Para todos aquellos que la han perdido. O se la han dejado olvidada en algún rincón oscuro. O la han vendido al mejor postor.

* Esta columna salió publicada el pasado miércoles 2 de enero en Diario LA RIOJA. Tiene una dedicatoria especial: para Eliseo y Concha.

Sainete a la navarra

Sin que sirva de precedente, hay algo que agradecer a un político. No es que haya cumplido alguna de las promesas que hizo en campaña (no caerá esa breva) ni que haya destinado su nómina a la beneficencia. La razón del agradecimiento es mucho más peregrina. Pero nos ha dado un soplo de aire distinto. Rancio, pero distinto.

Hasta hace cuatro días casi nadie conocía el nombre de Santiago Cervera. Hoy está en boca de todos, por patán. Resulta que el dirigente navarro del PPse ha convertido en escarnio público por un asunto de lo más extravagante (por no usar otro apelativo). La semana pasada fue detenido por la Guardia Civil por estar relacionado en un presunto delito de extorsión al presidente de Caja Navarra, del que era abiertamente enemigo por razones que sólo ellos comprenden (cosas del poder y del dinero).

El rocambolesco caso se gestó en la Red a través de sendos correos electrónicos. A Cervera se le instaba a recoger un sobre con supuesta documentación secreta sobre tejemanejes ilegales de Caja Navarra; al presidente de la CAN se le pedía un jugoso ‘aguinaldo’ chantajista. El caso es que el primero entró al trapo y el otro denunció. La resolución de la historia se saldó con la asunción de responsabilidad, inmediata dimisión de Cervera (rara avis en nuestra política) y posterior imputación amén de la consiguiente mofa del respetable ante semejante ridículo.

Sin valorar si el exdiputado cayó en una burda trampa o había extorsión por medio, asunto que dirimirá la justicia, la dimisión es lo justo: por corrupto o por pardillo. Aunque lo mejor del caso es que durante unos días este sainete ha postergado a la crisis, y sólo eso ya es de agradecer.

Cuarto poder sin poder

Hoy me van a permitir que exhiba un poco de corporativismo. Y es que resulta preocupante la creciente tendencia en la que los periodistas estamos entrando sin sonrojo. Más allá de despidos masivos y de restricciones laborales en empresas, es tremendamente preocupante las situaciones que los periodistas estamos permitiendo. Chirría que, salvo contadas excepciones, el periodismo se esté convirtiendo en una mera labor de relaciones públicas, sea del color político dirigente, sea de las empresas líderes de cada sector, sea de los ídolos poderosos del deporte o de las estrellas cinematográficas del momento.
Si bien es cierto que la dependencia económica de los medios de comunicación es un obstáculo difícilmente salvable, hay cosas que aún se pueden pelear. Hay situaciones que no se deben permitir, sea quien sea el que pague.

No sé si se seguirá repitiendo aquel mantra que escuchamos en la facultad. Aquel que decía que la prensa es el cuarto poder, no por el poder intrínseco sino por su capacidad de controlar al poder, por su habilidad para destapar acciones impúdicas de los que ostentan los cargos públicos. No de una forma agresiva, sino inquisitiva. No de manera grosera, sino responsable.

Pero esto está cambiando. O ha cambiado. No se puede tolerar que haya ruedas de prensa sin preguntas; no se puede permitir que un partido político imponga el editorial de un periódico;no se puede admitir que un entrenador de fútbol se encare con un periodista porque lance una pregunta incómoda… Sé que en los tiempos que corren es complicado luchar contra lo establecido, pero para eso estaba el periodismo, ¿o no?

De prisa y responsabilidad

Más allá de pérdidas personales, pocas vivencias deben de ser tan duras como que a uno le arrebaten su casa. La compra de una vivienda conlleva una gran ilusión porque lleva aparejadas independencia y responsabilidad, madurez y establecimiento personal. Por eso, su pérdida va más allá de lo material. Y ahora, con miles de desahucios efectivos y en marcha, los políticos se caen del guindo y admiten que el tema inmobiliario es un problema. ¿En serio? ¿Ahora? Y las prisas les acucian para tomar medidas que volverán a ser chapuceras e insuficientes. Por una razón: porque no reparten responsabilidades.

Y es que más allá de asumir que los deudores tienen parte de culpa en sus desahucios (a nadie se le forzó a acudir al notario), mucho mayor es la de los bancos que, ejerciendo de expertos asesores, recomendaron pagos inasumibles a gente que, en muchos casos, no comprendía que firmaban una pesada sentencia casi de por vida.

Alguno dirá que los bancos no son hermanitas de la caridad y buscan ganar dinero. De acuerdo. Pero lo que no puede tolerarse es que hayan estafado. Y lo hicieron desde el momento en el que no tuvieron a bien advertir a sus clientes de los límites. Porque igual que cuando uno va al médico porque le duele el estómago y se fía del facultativo que le receta una u otra cura, el que va al banco (que no suele ser licenciado en Económicas) se fía de lo que le dicen allí sobre cuánto debería gastar en una vivienda. Y eso, señores, no lo hicieron. O, al menos, no lo hicieron bien.

Por eso, no estaría de más que obligaran a los bancos a asumir su parte de responsabilidad que, si bien no es completa, sí que es importante. Más que nada, para que al repartirla la cuenta se pague a escote. Por una vez.

Ejemplo del bueno

Juguetitos nada baratos

A veces resulta angustiante ver las noticias. Y lo digo como periodista, aún amante de esta profesión tan vibrante como descorazonadora. Mientras día sí día también vemos inquietantes imágenes de personas que pierden sus hogares por culpa de los desahucios que llevan a cabo los bancos rescatados con dinero de esos mismos desahuciados –dolorosa ironía–, día sí día también contemplamos el rostro que gastan algunos ejemplares de la sociedad.

Los penúltimos se supieron ayer. Lo malo es que serán eso, penúltimos porque seguirá habiendo casos de escasa solidaridad a diario.

Ayer se hizo público el gasto que ha supuesto la nueva web del Senado (¡por favor, que alguien me explique cuál es la función real de la Cámara Alta y, ya puestos, de su web!). Medio millón de euros. Habrá quien defienda este desembolso por eso de las nuevas tecnologías y estar más cerca de los ciudadanos y blablablá.

Y luego se da a conocer que en nueve meses ¡treinta diputados! han perdido o averiado su iPad (que pagamos todos). Hagan sus cálculos. Si ponemos que un iPad cuesta unos 600 euros, la cuenta da sinceramente pena.

Es sangrante y hasta repulsivo. Ya sé que con esas cantidades no se alivia la deuda pública ni se evita la subida de impuestos ni se solucionan los problemas económicos del país. Es cierto. Pero también es verdad que estos individuos, que son los que nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, son los que ejemplifican a diario un despilfarro que no nos podemos permitir. Y que tampoco queremos. Deberían dar ejemplo, pero del bueno. De inmediato.

La Rioja

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