La Rioja

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Perdón con contrición
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Nuria Alonso | 08-12-2014 | 10:59| 0

Cómo cambian las cosas en cuatro días! Muy nerviosos deben de estar algunos cuando de un día para otro pasan de la negación constante a la asunción de culpa y posterior ruego de perdón. Hemos sido testigos de varias situaciones como las descritas, aunque bien es cierto que deberían multiplicarse por mil.

Hace cosa de semana y media fue el propio presidente del Gobierno el que sorprendía a la clientela pidiendo perdón por la desvergüenza de los políticos corruptos. Y este pasado domingo era el arzobispo de Granada el que con la frente en el suelo rogaba a los parroquianos perdón por los desmanes pedófilos de algunos sacerdotes.

El sacramento católico del perdón (que viene muy al pelo de lo que vivimos) dice que para que se consume hay que hacer examen de conciencia y contrición (o arrepentimiento), confesar la culpa para pedir perdón y cumplir la penitencia impuesta. De momento, a lo primero hemos asistido de forma parcial (sólo confiesan porque les han pillado), la petición de perdón también es incompleta (lo hacen por reclamación popular) y lo tercero, la penitencia, de momento es una fantasía, no sucede en ningún caso.

Porque con pedir perdón no basta. La penitencia debería obligar a reparar el daño cometido para que los futuros tentados por el ‘pecado’ se replanteen la comisión del mismo: da igual si hablamos de corrupción económica o de menores. En el primer caso, la devolución del dinero incautado por los corruptos sería un comienzo. En el segundo, el daño es casi irreparable. Pero el intento por subsanar semejantes comportamientos repugnantes también se consideraría un inicio. Aunque parezca nimio.

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Intención y tentación
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Nuria Alonso | 17-11-2014 | 11:39| 0

Estoy convencida de que el ser humano es bueno por naturaleza. Lo que pasa es que la tentación, que es muy perra, llega luego y la lía. Y en condiciones. Verán.

He sido testigo de un acontecimiento que me tiene perpleja. En un descuido en la calle, una amiga perdió hace un par de semanas un monedero. Nada importante en su interior. Cuando la dueña se dio cuenta de su pérdida, acudió adonde creyó haber extraviado la cartera con el convencimiento de que no volvería a verla jamás.

Su sorpresa fue mayúscula cuando vio que en el banco anexo a dicho lugar lucía un papel en el que se podía leer:«He encontrado un monedero en este banco. Ha sido depositado en la oficina de Objetos Perdidos de la Policía Local». Maravillada por la grandeza moral (aún debe de quedar algo) del ciudadano anónimo que halló la cartera, mi amiga se dedicó a llamar a diario a dicha oficina, se pasó por allí en varias ocasiones y se mantuvo alerta. Pero, misteriosamente, dos semanas después, la cartera sigue desaparecida.

Semejante situación estrambótica sigue desconcertando a mi amiga. No logra entender cómo es posible que alguien se tomara la molestia de poner un cartel para anunciar el hallazgo e indicar que lo llevaría a Objetos Perdidos para que luego la cartera no haya aparecido. El caso es que ella, que es bienpensante por naturaleza, cree que algo ha tenido que suceder para que la historia no tenga el final feliz anunciado.

Yo, que no tengo tanta esperanza en el género ciudadano, le repito que es una cuestión de humanidad pura y dura: seguro que la intención primaria fue devolver el artículo encontrado, pero es que la tentación de quedarse con algo ajeno era muy grande. Si no, pregúntenle a Granados. O a Blesa. O a tantos otros.

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Anestesiados
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Nuria Alonso | 17-11-2014 | 11:38| 0

Vivimos en una anestesiada indiferencia hacia la actualidad que, por desgracia, nos rodea. Y es comprensible. Si no fuera así, si nos indignáramos con lo que sucede a nuestro alrededor como la situación requiere, nuestro raciocinio habría expirado hace tiempo. Nos mecemos en una pausada nube que nos fuerza a  desviar la mirada de vez en cuando porque sería una tortura fijar los ojos continuamente en toda la podredumbre que nutre las noticias de la jornada.

No hay límite a la desvergüenza en este país. Y lo peor de todo es que nadie se atreve a vaticinar cuándo la corrupción dejará de ser nuestro desayuno diario.

Dicen algunos que no todos roban. Que es una minoría la que delinque. Si bien estoy de acuerdo con dicha afirmación, también es hora de puntualizar que no eso no basta. Porque aunque es verdad que es el corrupto el que debe pagar sus fechorías, los que las toleran (por mirar hacia otro lado o por no mostrar los arrestos necesarios para frenarlo) deberían como mínimo asumir una parte de responsabilidad aunque solo fuera por estética moral.

Pero no, eso no ocurre. Nunca. Ni en los mejores sueños de los más optimistas. En este país en el que los más ricos y poderosos son prácticamente intocables, sobre todo si han caído en las redes de la corrupción, y que los más desfavorecidos son los paganos de todas las imposiciones económicas, nadie dimite. Ya ni siquiera nadie se escandaliza. Da igual que hayan robado ocho que ochocientos mil. Los caraduras siguen calentando poltronas mientras los curritos continúan pillándose los dedos. Porque están (estamos) anestesiados. El problema vendrá cuando esa anestesia, que no es infinita, se difumine. Y entonces, el despertar será aún más terrible.

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Avestruces
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Nuria Alonso | 17-11-2014 | 11:36| 0

Prolifera entre nuestros políticos un curioso principio. Dice algo como ‘miente (o calla) que algo queda’. Y es que en cuanto surge cualquier tipo de polémica, sea del tipo que sea, nuestros políticos optan por mutar en avestruces. Mentir o callar (o decir medias verdades, en su defecto) es siempre su primera opción. Aunque luego se les vea el plumero y se vean obligados a salir a la palestra para informar de aquello que intentaron ocultar.

No me refiero sólo a temas de corrupción o delictivos. Para eso está la justicia. Hablo de las cíclicas polémicas que la vida va suscitando. La última, el ébola.

No logro comprender por qué se afanan en mentir o decir medias verdades cuando luego la realidad, que suele ser muy inoportuna, les estalla en la cara.

Una de las máximas de la comunicación de crisis es decir siempre la verdad en cuanto se tenga la información. La razón es simple: de esta manera es más fácil liderar la estrategia de comunicación y, cuando lideras la estrategia de comunicación, hay menos lugar para las sorpresas desagradables. O al menos, más capacidad de reacción.

Pues aquí no aprenden. Nunca. Estoy segura de que la ciudadanía hubiera agradecido que cuando saltó la noticia del contagio de Teresa Romero, alguien relevante hubiera dicho sin ambages y de forma unívoca que había habido un fallo y que se solucionaría  cuanto antes en lugar de balbucear y acusar. Nadie es perfecto, todos lo sabemos, y por eso, la sinceridad se aprecia. Como eso no se hizo en su momento, se han tenido que dar explicaciones en demasiadas ocasiones, con el consiguiente (otra vez) hastío de la población que vuelve a sentirse engañada. Engañada por avestruces.

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Dando la nota
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Nuria Alonso | 17-11-2014 | 11:35| 0

No deja de sorprenderme hasta qué punto puede llegar la estulticia humana. No termino de decidir si se debe a una epidemia sobrevenida en los últimos tiempos o es algo que va en la genética pero percibo en demasiadas personas una perseverante tendencia a dar la nota, a hacerse significar, a querer figurar. Aunque sea para hacer el ridículo.

En el mismo día de este verano tuve la desventura de cruzarme con tres grupos de especímenes que me dejaron anonadada. Paseaba por una bella a la par que decadente urbe italiana cuando me crucé en cosa de quince minutos con un grupete de independentistas catalanes, un puñado de forofos futboleros y una pareja de recalcitrantes republicanos.

Ya les adelanto que no intercambié palabra con ninguno. Alguno de ustedes se preguntará cómo sabía entonces las preferencias de los encontradizos. Porque lo llevaban todo encima. En sus atuendos, digo.

Aquellos catalanes, como unos nueve, llevaban todos a juego la camiseta amarilla que recordaba la Diada del año pasado, aquella en la que se empezó a fraguar la ridícula consulta de Mas. Toda la prenda, eso sí, plagada de lemas separatistas. Los amantes del fútbol vestían camisetas oficiales de equipos balompédicos con ese aire de ‘ni se te ocurra tocarla’. La dupla republicana lucía unos ¡pendientes! elaborados con las gomitas de moda que componían con su colorido la bandera republicana.

Ya les digo que no hizo falta hablar con ninguno para saber de qué pie cojeaba cada uno. Es lo que tiene la libertad de vestimenta, aunque no deja de sorprenderme que también el atuendo tenga que decir de dónde somos, qué queremos y por qué luchamos. Como si no tuviéramos bastante con oírnos.

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Echar cuentas
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Nuria Alonso | 24-09-2014 | 11:09| 0

Harta de escuchar las cifras que suponen los continuos casos de corrupción, me he decidido a echar cuentas de lo que han perdido las arcas públicas, o sea, todos nosotros.

Con sólo los cuatro casos de mayor repercusión, ya me hacen chiribitas los ojos. El más sangrante, por la cantidad en juego, es el caso de los falsos cursos de formación, cuyo fraude estiman las fuentes autorizadas que supera los ¡2.000 millones de euros! Casi nada. Después, los tejemanejes del clan  Pujol podrían haber supuesto 1.500 millones de euros. A continuación, los ERE de Andalucía, que la juez Alaya ha cifrado en 855 millones. Los guarismos del caso Gürtel son más difusos por la complejidad de la trama, pero los medios fijan la cantidad volatilizada entre 120 y 200 millones de euros.

Así las cosas, sólo estos cuatro casos sumarían un montante defraudado de al menos 4.500 millones de euros. No sé ustedes, pero a mí semejantes cantidades se me escapan y lo veo mejor en números más pequeños.

Con ese dinero desaparecido, se podrían construir 725 kilómetros de autovía (un kilómetros cuesta de media 6,2 millones); se podría triplicar el presupuesto de toda La Rioja en el 2014 (1.263 millones este año);se podrían colocar 250 aeropuertos como el de Agoncillo (a 18 millones cada uno); casi se podría duplicar la inversión científica de toda España durante un año (sólo recibe 6.146 millones); se podrían levantar 45 ciudades deportivas como la actual del Real Madrid (costó 100 millones) o incluso se podría pagar a siete millones de españoles el sueldo mínimo interprofesional (645 euros al mes).

Les reto a echar cuentas y a pensar a quién le compensa que se hable menos de corrupción y más de la independencia de Cataluña, de la reforma electoral o de otras cortinas de humo parecidas.

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Cuestión de espera
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Nuria Alonso | 24-09-2014 | 10:44| 0

Pocas cosas me hacen sentir más orgullosa de ser española que el formidable sistema sanitario que vela por nuestra salud, siempre salvando los recortes. No se rían, que lo digo en serio. Piensen, por ejemplo, la que ha liado Obama en Estados Unidos para apenas sacar adelante una cobertura médica de mínimos. Aquí no. Nosotros disfrutamos de los mejores profesionales (salvo deshonrosas excepciones), de los mejores servicios y de la mejor atención. Y gratis. O eso parece. Pero aunque siempre he defendido la sanidad pública como uno de esos bienes de interés general que no podemos dejar caer, a veces la realidad empieza a difuminar ese orgullo.

Les cuento: tengo una conocida que lleva dos meses con un dolor constante en el costado. Ella, como yo, prefiere acudir a la sanidad pública y seguir a rajatabla sus protocolos. Así que en un mes y medio ha estado ¡cuatro! veces en Atención Primaria, amén de una en Radiología. Tras no tener  diagnóstico ni tratamiento efectivo, su médico de familia se ha rendido y la ha enviado al especialista. Hasta ahí, lo normal.

Pero cuando pide ver al especialista, la primera cita disponible es a dos meses vista. Sorprendida, pide explicaciones. La respuesta: «Es lo que hay». Lo más apabullante, es la recomendación (procedente del propio personal sanitario): «Si no, vete a Urgencias».
Ante semejante situación (demasiado habitual por desgracia), le quedan tres opciones:esperar a su cita, con la alternativa de que su dolor se esfume milagrosamente;esperar en Urgencias para ser tratada de una dolencia molesta pero no urgente, contribuyendo al sostenido colapso de este servicio; o esperar mientras ahorra para poder pagarse una consulta privada. En cualquier caso, es una cuestión de espera.

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Agosto
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Nuria Alonso | 02-09-2014 | 10:44| 0

El mes de agosto permite realizar algunas actividades que en otros meses serían prácticamente impensables. Se puede aparcar en prácticamente todas las ciudades de interior de España. Igualmente se puede circular por las carreteras de estas ciudades de interior con la segura tranquilidad de que no habrá atascos que ralenticen su marcha. En agosto también se puede disfrutar casi en solitario de una inmensa sala de cine, con su aire acondicionado correspondiente. Y seguro que tendrá menos dificultades que en otros meses para encontrar mesa en ese restaurante coqueto que tanto le gusta.

En agosto también se puede salir a la calle con una vestimenta digamos estrafalaria, porque se encontrará con menos transeúntes que en otras épocas. O incluso también apañar los últimos chollos de las rebajas de verano sin aglomeraciones en los comercios.
Ya ven que agosto es un mes propicio para muchas cosas. Excepto para una: ponerse enfermo. Procuren aguantar esa descomposición hasta que llegue septiembre, intenten dejar la jaqueca para el inicio del curso escolar o traten de apartar ese terrible dolor en el costado hasta la próxima hoja del calendario.

Háganme caso porque si no, se arriesgan a visitar una consulta médica y encontrarse con algún señor (o señora, que esto no distingue de géneros) desparramado en la silla que les fusilará con una mirada asesina por haberle jeringado su ratito de ocio en el trabajo. Ese que deberían dedicar a atender (según la RAE: «Tener en cuenta o en consideración algo») a la gente –que no suele acudir al médico por gusto– en lugar de ahuyentarla (según la RAE:«Hacer huir a una persona o a un animal»).

No digo yo que no haya buenos profesionales (que los hay) pero, visto lo visto, en agosto deben de estar todos de vacaciones.

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Ni un solo momento
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Nuria Alonso | 02-09-2014 | 10:46| 0

Pujol, durante sus vacaciones. /EFE

Me van a perdonar pero no tengo tiempo. Ni lo tendré jamás. Resulta que de aquí a cuando me jubile, dentro de unos treinta o cuarenta años, no voy a encontrar un solo segundo para hacer mi declaración de la renta y pagar mis impuestos.

Oigan, no se me rebelen, que no seré la primera. El señor (si puede considerársele como tal) Jordi Pujol no ha encontrado en treinta y cuatro años un solo minuto para rendir cuentas a Hacienda (ni a la española ni a la catalana) sobre su fortuna oculta en paraísos fiscales. Así se las gastan algunos.

Miren que me parece grave eso de defraudar al fisco o escamotear herencias a hermanas, pero lo más vergonzante, lo más indignante y lo más humillante de todo este escándalo –que tiene pinta de que sólo acaba de empezar– es el argumentario que ha empleado el que fuera ‘Molt Honorable’ (qué ironías se gasta la realidad) para excusar su presunto delito.

¡Pobrecito! Ha tenido tanto trabajo, ha empleado tanto esfuerzo en vender eso de que España ens roba y en intentar que su amada Cataluña se convierta en una nación que no ha encontrado un momento para regularizar el dinero que tenía en el extranjero. Manda collons! Encontrado está claro que no ha encontrado, lo que no sabemos es si siquiera lo ha buscado.

Y como en las grandes dinastías mafiosas, los hijos del ex ‘Molt Honorable’ no podían ser menos y tampoco han encontrado –siempre presuntamente– un segundo para ser honrados.

Así que, vistos los acontecimientos y lo que se avecina, ya les comento que yo no tengo un hueco libre hasta dentro de treinta ocuarenta años. Se lo digo por adelantado.

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Doble rasero
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Nuria Alonso | 31-07-2014 | 11:20| 0

Restos del avión derribado en Ucrania. /AFP

Las relaciones internacionales se nutren fundamentalmente de pulsos de fuerza para ver quién resiste más o quién baja antes la mirada. Siempre ha sido así. Sobre todo cuando son gigantes los que se enfrentan. Luego la sangre no suele llegar al río porque hay demasiados intereses (económicos principalmente) en juego. Así que unos y otros pugnan por mostrar fortaleza cuando lo que está en juego en realidad son fortunas, que al fin y al cabo es lo que importa.

No puede ser más esclarecedor en este aspecto lo que está ocurriendo estos días por el derribo del avión malasio en territorio ucraniano. Rusia se lava sus manos ensangrentadas mientras Estados Unidos y la Unión Europea advierten pero no actúan. Y es que el poderoso dedo de Putin es el que envía el gas que llega a gran parte de Europa y es su consentimiento el que deja millones en las cuentas de medio Occidente.

La pregunta retórica es si la ridícula contención en la que se han instalado los líderes europeos y estadounidense sería la misma si el responsable del derribo hubiera sido un país sin tantos recursos. ¿Alguien puede creer que Estados Unidos y la Unión Europea habrían mantenido la misma actitud si los atacantes tuvieran pasaporte albanés, nicaragüense o nepalí, por poner un ejemplo?

La mal llamada diplomacia internacional se limita a monetizar los conflictos, centrándose sólo en argumentos económicos para así apartar a las verdaderas víctimas del que debería ser el centro de la atención. Es ese repugnante doble rasero el que deja sin justicia las tropelías de los todopoderosos y castiga sin piedad las faltas de los débiles. Y es que este mundo se mueve así, a dos velocidades, con doble rasero.

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Sobre el autor Nuria Alonso
Es periodista de Diario LA RIOJA desde el 2004. Ha cubierto información local, deportiva y cultural. En la actualidad es editora de la sección de Culturas y Sociedad y Edición.