Los falsos valores en el mundo de Las Artes.

No es cierto lo que se oye afirmar que el público rebaja el arte; es el artista el que puede envilecer al público. En todos los tiempos en que el arte vino a menos, cayó por culpa de los artistas. Friedrich von Schiller.  

 

A finales del año pasado, más concretamente la primera semana de noviembre, tuve la oportunidad de visitar la 51ª bienal de Venecia, cuando se perfilaba su cierre. He de confesar que, independientemente de las razones que en múltiples ocasiones me han “obligado” a desplazarme hasta esa irrepetible ciudad, el hecho en si de poder estar unas horas en ella ya compensa con creces el viaje. Más, si como en este caso tenemos como complemento un acontecimiento cultural de la magnitud de la Bienal: miel sobre hojuelas.

Pero también he de ser sincero si les digo que jamás tomaría la decisión de fijar mi residencia en esta ciudad. Sus atractivos canales y sus estrechas e históricas calles son un inigualable marco de consumo para el turismo. Pero sus casas, cuyos sótanos  sumergidos inspiran la más lúgubre de las situaciones, soportan una de las mayores colonias de ratas existentes en el mundo. Ratas que, en días de crecida de las aguas, suelen hacer acto de presencia utilizando los sumideros y, de manera especial, las conducciones sanitarias.

Lo siento, he desviado mi atención del verdadero objetivo de este artículo. De modo que, dejaremos para mejor momento la histórica Venecia y nos ceñiremos al arte que se desprende de su bienal.

En la visita pude descubrir, una vez más, que el mundo del arte es cada vez más endogámico. Algo muy ajeno al común de los mortales. Y no porque, generalmente, el artista no intente comunicar con el espectador a través de sus creaciones. Objetivo primordial de cualquier manifestación artística. Sino porque, sencillamente, no “llega” el mensaje. Parece como si existiera un muro infranqueable, un triángulo de las Bermudas que todo se lo traga, entre los nuevos creadores, sus obras y los previsibles admiradores/receptores de sus creaciones.

Las obras que realizan, cuya calidad creativa no me cuestionaré jamás, pretenden superar esa barrera, sin conseguirlo. Y no me cuestionaré jamás el valor de una creación artística, porque soy de los que sostienen que en la obra de cualquier artista no es admisible la crítica. Una obra de arte no es ni buena, ni mala. Simplemente, alcanza, o no, la sensibilidad del espectador.

Una de las razones primordiales de la situación denunciada es, repito, el endogámico mundo que lo sustenta. Desde los propios creadores, celosos por demás de sus creaciones, pasando por los marchantes, escasos y mal avenidos, hasta llegar a los críticos, probablemente los máximos responsables de que el arte, en el sentido más amplio de la palabra y en cualesquiera de sus facetas, sea tan desconocido para el hombre de la calle.

Es difícil encontrar, salvo en el mundo de los economistas y, de manera muy especial, en el de la Judicatura, un lenguaje tan pretencioso y concientemente enrevesado como el que los críticos, pretendidos “expertos” del mundo del arte, utilizan. Tal vez eso, el hacer ininteligibles sus opiniones, sea lo que habitualmente desconcierten al hombre de la calle.

Pero aún hay algo más determinante en el mundo del arte que nos obliga a desconfiar de él. La evidente subordinación a unos intereses económicos, casi siempre muy por encima del auténtico valor artístico. ¿Cuántas veces nos hemos preguntado por qué aquella obra, de rasgos  incomprensibles, imposible de encontrarle una ubicación en nuestro catálogo personal del buen gusto, o simplemente en aplicación del pragmatismo que nos impone el sentido común, se encontraba expuesta en aquel museo que nos habíamos animado a visitar, incluso, en un destacado lugar  del mismo?

O, ¿por qué unos pintores tienen la “inmensa fortuna” de ser reconocidos, y sus obras expuestas en los mejores museos y galerías del mundo cuando, por ejemplo, al pasear por los centros históricos de cualquier gran ciudad, podemos encontrarnos decenas de otros artistas, con sus obras tiradas por los suelos, exhibiendo una indiscutible calidad que, al entender de la mayoría que las contemplan, superan con facilidad lo visto en las deseadas paredes de esos museos y galerías?

Por toda respuesta, los santones de “la cosa” le dirán que: “es posible que no todos están donde merecerían. Pero que no hay sitio para todos, y algunos han de ser los elegidos”. O se despacharía con un irrelevante: “así es la vida”. Pero la triste realidad es que no siempre están las mejores obras en los museos, sino aquellas que han sido tocadas por la varita de “la fortuna”.

Durante un cierto tiempo, hace ya algunos años, tuve la oportunidad de vivir de cerca la expansión que se produjo en el mundo de la pintura y, en menor escala, también, en el resto de las disciplinas que abarcan el mundo de las artes plásticas. Visité con frecuencia los museos y galerías, y acudí con cierta regularidad a las subastas que se realizaban en las más conocidas salas, como las internacionales Sotheby’s y Christie’s, o las madrileñas Durán y Fernando Durán, entre otras.

Ello me permitió descubrir cómo se fabrica un “artista internacional”, a partir de los acuerdos entre galerías, marchantes y críticos, con la natural cooperación o, en el mejor de los casos, de la indiferencia del propio artista que no era, necesariamente, el mejor de los elegibles. Bastaba con que todos ellos se volcaran con un artista y su obra, en ocasiones bastante mediocre, para reconducir el “mundo del arte” hacia los intereses concretos de quienes lo manejan, y viven de ello.

Es más. He sabido de artistas en la élite mundial, ayudados en ocasiones por sus marchantes y algún célebre crítico, pujar, de manera indirecta naturalmente, por sus propias obras, con un doble objetivo: mantener su cotización o, en el peor de los casos, crear el precedente de un precio de salida para la siguiente subasta de sus obras, a celebrar no antes de pasados seis meses, o un año.

Esto, finalmente, ha provocado una triste consecuencia, que sin duda sería aplicable a cualquier otra disciplina de la creación, incluso, como mayor rigor, como es el caso de la literaria. Lo que habitualmente se nos ofrece “en el mercado del arte” ni es lo mejor, ni tampoco lo más representativo y, en ocasiones, probablemente, sí lo menos deseable.

Es lo que deciden, por mor de una serie de de circunstancias entrelazadas, los “santones” que controlan el sector. Llegándose en algunos momentos, especialmente en el mundo de las artes plásticas, a alcanzar el calificativo de burla para con el espectador/comprador. Tanto en lo que se nos muestra, como en el valor artístico que se le da, y en el valor crematístico que se nos solicita.

Quizás la conclusión final que puede derivarse de todo lo dicho es que el mundo de la creación y de las Bellas Artes sería más auténtico, más genuino y asequible a todos en general, si dejara de ser manipulado en pro de unos intereses bastardos muy alejados de lo que significa la calidad.

En lo que se refiere a mi mundo, el literario, sé de autores de renombre, y tengo colegas en la común actividad del escribir, a los que las editoriales, sabedoras de cómo vender “el producto”, les “aconsejan” sobre qué deben escribir, les marcan las pautas de los contenidos, y hasta cuál debe el número aconsejable de palabras – 250.000 – que debe contener la novela en cuestión. Huelga volver a insistir en el estado de putrefacción que se respira en el mundo de los premios literarios.

Es deprimente, pero difícilmente conseguiremos un texto literario de interés y calidad, si al autor le limitamos hasta el número de palabras que debe utilizar al desarrollarlo. Peor será aún el trato dado a los personajes quienes, limitados en el tiempo y en el espacio, tendrán serias dificultades de desarrollar con ciertas garantías literarias su paso por la novela.

Lo que finalmente resulta incuestionable es que cualquier actividad que se desarrolle en el mundo de la creación, si no se dispone de la autenticidad, ni la libertad para utilizarla, jamás conseguiremos un mínimo de la calidad deseable. Pero si, extrañamente, una incomprensible contradicción: la desproporcionada valoración “artística” que de ellas se hacen.

 

Felipe Cantos, escritor.

 

 

Cebrián, El País y la locura contagiosa.

Vivimos en un mundo en que un loco hace muchos locos, mientras que un hombre sabio hace pocos sabios. Georg Cristoph Listenberg

 

Hacer escasos días tuve la oportunidad de leer las manifestaciones realizadas por un seudo intelectual, un insufrible sujeto llamado Juan Luis Cebrián, que de ser ciertas harían dudar a cualquier ciudadano si el susodicho se encuentra en su sano juicio, o pretende que los demás acabemos por perderlo definitivamente.

No voy a negar que el personaje en cuestión no es santo de mi devoción y que, sin duda, se me verá el plumero a lo largo y ancho de este pequeño texto. Pero son tantas, tan desafortunadas y contradictorias sus intervenciones en la vida pública española, amén del enorme efecto mediático que gracias a su periódico, El País, tiene sobre nuestras vidas, que bien merece que desde toda posible tribuna se le recuerde que todavía quedan españoles, y muchos, que lejos de haber perdido el juicio, en pro de no se sabe bien qué bastardos intereses, nos reconocemos como descendientes, y herederos, de una civilización, por lo que se ve, muy alejada de los “ideales” que el citado Cebrián exhibe. Si es que pueden llamarse ideales a lo que ha movido y, por lo general mueve a este sujeto.

En su declaración vino a decir algo así como que renegaba de La Reconquista realizada por nuestros antepasados, pues este hecho no había permitido que la civilización musulmana -el Islam – inundara toda nuestra cultura.

Dejando a un lado las ventajas (¿) que el personaje en cuestión pueda haber encontrado en una civilización que en lo referente a las libertades y progreso de sus integrante quedó anclada y perdida hace varios siglos, salvo, claro está, para sus dirigentes y “admiradores” como el señor Cebrián, este debería saber que la historia se escribe después de que se producen los acontecimientos, y que estos,  generalmente, no están en la mano del hombre el cambiarlos, sino, simplemente asumirlos, tratando de acomodarse a ellos.

De modo que de nada sirve el “lamentar”, sabe Dios por qué y con qué fin, aunque teniendo en cuenta lo que está cayendo cuesta poco imaginarlo, que la historia sea lo que es y no lo que el señor Cebrián desearía. Mal que le pese, los procesos históricos son imparables e irreversibles y al hombre sólo le queda la posibilidad de actuar como notario. Desde esa perspectiva poco más que añadir y, seguramente, por sí sola ni tan siquiera es merecedora de estas líneas.

Sin embargo, en el contenido de esa declaración se encuentran las graves contradicciones que sustenta la filosofía en la que “navegan” el señor Cebrián, y de manera especial su periódico, El País. Su falta de racionalidad, coherencia y objetividad – que no de objetivos -, en defensa de intereses nada claros – ¿o tal vez demasiado claros? – vienen a desembocar con inusitada frecuencia en un desequilibrio que, sin duda alguna, provoca la pérdida de rumbo del propio medio y, lamentablemente, de sus lectores. Es tal el cúmulo de contradicciones en sus postulados que en una misma página pueden defender una posición y la contraria. Y todo ello sin que el “avispado” lector de El País parezca, o quiera darse cuanta. 

Durante los últimos años, al menos desde que este que escribe sigue de cerca las informaciones que nos ofrece el citado periódico, han venido defendiendo de manera claramente partidista los postulados nacionalistas, apoyando la idea de que aferrarse y defender la matriz, o el ombligo, como ustedes prefieran, es además de justo, razonable. Aunque para ello haya que despedazar sin contemplaciones una nación milenaria y solidificada, precisamente, gracias a esa Reconquista que el señor Cebrián tanto maldice.

Y ahora, contraviniendo aquel postulado, que no los intereses que le son propios al señor Cebrián y su periódico, el “inteligente” sujeto, cuyo aspecto bien pudiera confundirse con el de cualquier pequeño imán, o muhadin,  nos dice, defiende y lamenta que por culpa de cuatro “desaprensivos” – don Pelayo, Fernando III, Alfonso X, Jaime I, o los mismísimos Reyes Católicos, entre otros – con su lamentable actitud y desafortunadas decisiones impidieron que dos civilizaciones entroncaran y se fundieran para dar origen a una nueva que se extendiera, como una sola voz, por toda Europa, o vaya usted a saber hasta donde. ¿Cabe mayor contradicción en un mismo personaje – y en el medio que controla – cuando manifiesta con el labio superior la defensa de un nacionalismo endogámico, mientras que con el labio inferior aboga por la fusión de una Alianza Universal de Civilizaciones?

Verdaderamente algunos han perdido el rumbo – por no hablar de la cordura – aunque con ello les vaya extraordinariamente bien en todas las demás parcelas de su vida, excepto la mental. Mi animoso y bien intencionado consejo es que visiten al psiquiatra. Especialmente porque es muy posible que, demostrada la  capacidad de contagio de este cúmulo de estupideces, termine por convertirse en una epidemia. 

No desearía terminar esta pequeña columna sin formularle una pregunta, que se me resiste, al inefable Juan Luis Cebrián. Según su leal saber y entender, si los acontecimientos históricos se hubieran producido según sus expresados deseos, ¿estaríamos ahora donde está el Islam, o el Islam estaría donde estamos nosotros?

Creo innecesario decirle al ínclito Cebrián en donde les gustaría, y les gusta encontrarse a la mayoría de los españoles. Incluidos los incondicionales lectores del diario que tan “sabiamente” manipula y controla.

 

Felipe Cantos, escritor.

El Rey Progre (que no Leal/r); la ?encantada princesa? (que no la Princesa Encantada), y el Príncipe Besugo (que no Sapo). ¡Ah!, y el valido Rasputón (que no Rasputín).

No sabía que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos. Antoine  de Saint-Exupéry

 

Verán, hace días que tuve la oportunidad de escuchar un cuento – dicen que infantil, pero yo tengo mis dudas – que por las características del relato que contiene no he podido resistirme a transcribírselo a ustedes.

Ya que el cuento me fue transmitido de forma verbal, en la más pura tradición, es muy posible que en mi relato se produzcan errores, por olvido o, incluso, elementos que puedan asemejarse a algo, o a alguien. Les aseguro que, como dicen los clásicos, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Este es el relato: Érase una vez un Rey, muy alejado de las tradiciones monárquicas, del que se decía que por una incomprensible, algunos lo calificaban de contradictoria vocación  genética heredada, era muy progre, casi de izquierdas. Si es que en aquel tiempo se podía calificar como tal a aquellos que no pertenecían a la clase dirigente. Su valido, Rasputón, (que no Rasputín, como pudiera pensarse), del que después hablaremos, llegó a calificarlo como “el rey más republicano de la historia monárquica” (¿).

Con el Rey, en el palacio, vivían, entre otros, el Príncipe Besugo (que no Sapo), su hijo heredero. No se conoce con certeza de qué heredad se trataba, a tenor de las terribles circunstancias que rodeaban el futuro del reino, y de sus propias vidas.  El sobrenombre de Besugo le había sido dado porque a diferencia de cualquier otro príncipe, que al ser besado por su amada doncella se convertían de sapo en Príncipe, este, por inexplicables razones que nunca nadie pudo aclarar, se convirtió, al ser besado por su amada, de príncipe en besugo.

Cuenta la leyenda que pese a que, el Príncipe Besugo (que no Sapo), desde su más tierna juventud no dejó de besuquear con cuantas doncellas de su reino, o de los reinos limítrofes, encontró a su paso, únicamente el contradictorio hechizo pudo ser roto cuando apareció en su vida la “encantada princesa” (que no la Princesa Encantada). Y así permaneció, convertido en besugo para el resto de su vida.

Mientras tanto, con la boda, la “encantada princesa” (que no la Princesa Encantada), aportó a la vida de palacio, hasta aquel entonces razonablemente sobria, elegante y discreta, su corte personal de bufones y titiriteros que, lejos de llevar las nuevas tendencias culturales e intelectuales hasta el palacio, consiguieron introducir la chabacanería, arropada por una inequívoca progresía, tan del gusto de “su majestad”, hasta límites jamás pensados. Por los pasillos de palacio corrían rumores que la vulgaridad y el mal gusto de la “encantada princesa” (que no Princesa Encantada) era de tal magnitud que hasta se permitía hacer chistes soeces sobre ella misma y la hueste de bufones, bebedores de potingues perniciosos,  que alardeaban de ser buenos amigos y conocedores de las intimidades de la “encantada princesa” (que no Princesa Encantada).

El Rey Progre (que no Leal/r) parecía no darse cuenta de lo que sucedía en palacio, en tanto que su popularidad y el cariño de su pueblo se iba desvaneciendo a pasos agigantados. “Su Majestad” parecía haber olvidado que el pueblo llano, en su mayoría, le había aceptado y adoptado más por sus cualidades humanas, perfectamente definidas al inicio de su reinado, que por tradición monárquica alguna. Eran seguidores de “su Rey”, como tal, no monárquicos de convicción.

Pero el desorientado monarca tenía un problema mayor en su reino: su valido Rasputón (que no Rasputín). Este sujeto, de aspecto repulsivo – larguirucho, desgarbado y cheposo, cuyo pérfido rostro quedaba enmarcado por dos impresionantes cejas circunflejas sobre unos ojos inexpresivos y una nariz aguileña, se había ganado a pulso tal sobrenombre. De él se decía que era lo más parecido a un putón verbenero, incapaz de decir a nadie que no, salvo aquellos que reprochaban sus actos, con tal de mantener su privilegiada posición en la corte del Rey Progre.

Entre todos ellos, unos por acción y otros por indolencia y omisión, habían dejado el reino en manos de intrigantes oscurantistas cuyo único objetivo era medrar a la sobra del Rey Progre, sin la menor preocupación por un pueblo que veía como poco a poco lo que, en tiempos, fuera un reino fuerte y respetado, se estaba convirtiendo en pequeños reinos, al estilo de los taifas musulmanes, tan admirados por Rasputón.

 

Tengo que confesarles que el cansancio hizo mella en quien tan interesante cuento me estaba contando – un noble anciano conocedor por demás de la vida y obra de todos y cada uno de los personajes de este cuento – no pudiendo evitar dos prolongados bostezos. Hube de darme por aludido. Pero no deseando perderme el final del cuento le rogué que, antes de caer en los brazos de Morfeo, cuanto menos, me resumiera el final del interesante cuento.

Está bien, me respondió. Lo cierto es que es un cuento malhadado y puede que su final no te guste. Pero allá va. Este cuento, a diferencia de todos cuantos hayas podido escuchar a lo largo de tu vida, continuó, tiene un triste final. Al contrario que en todos los demás, los personajes acabaron sus vidas lamentando su triste final. El Rey Progre (que no Leal/r) terminó sin reino que reinar. Eso sí, pudo postularse como presidente de todas y cada una de las infinitas repúblicas surgidas al albur de sus torpezas.

En cuanto al Príncipe Besugo (que no Sapo), acabó, como tal, el resto de sus días junto a su amada, la  “encantada princesa” (que no Princesa Encantada), convertida de nuevo en plebeya y, ambos,  viviendo del cuento. Y no precisamente de los derechos de este.

En cuanto a Rasputón, abandonado a su suerte por los intrigantes oscurantistas, trató, sin éxito, de competir con el Rey en la consecución de alguna de las presidencias a las repúblicas por él creadas. Acabó en un centro de salud mental, creo que en aquellos tiempos se llamaban manicomios, dedicado como un poseso a escribir y rescribir la historia eternamente.  

En cuanto al pueblo llano y honrado, y esta es la moraleja final del cuento, como siempre que en su camino se cruzan personajes de la calaña de Rasputón y similares, no hubo oportunidad para las celebraciones, para la felicidad, ni para las perdices. Sólo le quedó la posibilidad de asumir los males provocados por los desaprensivos, e iniciar un largo caminar para conseguir reencontrar sus raíces étnicas. Como me lo contaron, yo se lo cuento a ustedes.

 

Felipe Cantos, escritor.

 

El deseable intento de para el tiempo.

Mi alma no intenta ser inmortal, pero si agotar el reino de lo posible. Pindaro.

 

Desde mi dormitorio escuche una dulce música de inequívoca inspiración irlandesa. Me sentí atraído hacia ella como el oso al olor de un pastel de manzana recién salido del horno. Sin apenas darme cuenta recorrí los veintidós escalones que permiten alcanzar la zona de dormitorios en la planta noble de la casa. La música había conseguido atraparme de tal modo que casi me arrastraba, permitiéndome localizar con toda facilidad el lugar de donde procedía. Como un misil tierra-tierra, programado para un único y sólo objetivo, me dirigía inexorablemente hacia ella. Una vez en la primera planta observé como a través de la puerta de la biblioteca, que se encontraba ligeramente entreabierta, las seductoras notas de la balada que acompañaban a la dulce voz de Enya se expandían con la clara intención de propagarse por toda la casa. No había duda que la melodía era consciente de su poder, permitiéndose con elegante desfachatez hacerse perdonar su intromisión en el relajante silencio de la mañana. Su fuerza inspiradora y la belleza que de ella emanaban penetraban de tal modo en mi interior que consiguieron conmoverme hasta lo más profundo de mi alma. Terminé de abrir las entrecerradas puertas correderas hasta conseguir el suficiente espacio para poder penetrar en el interior de la biblioteca. Durante un cierto tiempo permanecí junto al quicio de la puerta sin atreverme a perturbar aquel momento, quieto, absorto e hipnotizado por la melodía, dejándome acunar por los compases de unas notas musicales que conozco de memoria, pero que cada vez que las escucho me resultan seductoramente nuevas. Sólo el intervalo entre el final de la pieza y el inicio de la siguiente me permitió recuperar la conciencia y conseguir que bajara de la encantadora nube en la que me encontraba. Recargado mi espíritu, decidí continuar con mi labor dejando que la música continuara, sin saber bien de quién había sido la maravillosa idea de ponerla para después marcharse, sin más. Ciertas músicas, como estas, parecen estar programadas para localizar el alma y alcanzarla de lleno. Y no tengo la menor duda que aún sin auditorio humano, ni oído que preste su atención, la casa, la nuestra tiene alma, se merecía tal deferencia. Pero, apenas había girado sobre mí mismo para abandonar la biblioteca cuando en el escaso silencio producido por el impasse musical, escuché un suave sollozo, como un lamento. Deshice el camino andado y traté de localizar de dónde provenía aquel preocupante sonido. Tras la imponente mole del sofá de cuatro plazas que preside el frontal de la biblioteca, frente a la chimenea, se encontraba el pequeño Philip-Marcel, el sexto de mis hijos, de escasos siete años. - Philip, cariño, ¿qué te sucede?

¡Nif, nif! Fue el sonido que, provocado por su húmeda nariz,  pude escuchar. Después de volver a sorberse la moca dos o tres veces más, pareció ser capaz de controlar sus emociones, provocadas no sé bien por qué, o venidas de Dios sabe de dónde, y poder articular algunas palabras. Pero aún tardó algunos minutos en conseguirlo, provocando en mí una innecesaria preocupación.

Finalmente, como todo en esta vida, aunque en ocasiones no lo deseemos, nos llega.  -Bien, enano, ¿estás ya en condiciones de contarle a este, tu progenitor, qué es lo que te ha puesto en ese lamentable estado?, le pregunté, tratando de darle a mis palabras un tono de optimismo que en lo más profundo de mi ser no sentía en aquellos momentos.

Hubo de pasar una larga hora desde que el “joven” Philip, como lo llama Magali, la asistenta ecuatoriana que ayuda en casa, abandonara la biblioteca algo más tranquilo, para que yo pudiera recuperarme de mi estado de estupefacción. Las palabras del “joven” Philip me obligaron a permanecer aquel largo rato reflexionando sobre la breve, pero sustancial conversación, que durante algunos minutos mantuvimos en la biblioteca. - Sabes, papá, me respondió, yo no quiero ser grande. Yo no tengo ganas de crecer. “Natural”, me dije para mis adentros, sin deseo alguno de interrumpirle. “Entre otras razones, pequeño pillo, porque no hay mejor estado en esta vida que el de un niño en edad de jugar y nulas responsabilidades, mascullé”. Él pareció adivinar mi pensamiento. - No es porque tenga miedo por mí, no, continuó. Sí me gusta crecer y hacerme mayor. Sobre todo, remarcó con cierto énfasis, mientras me lanzaba una retadora mirada, porque cuando sea grande, como tú, podré hacer lo que quiera.  ¡Humm!, susurré por toda respuesta. ¿Para qué desencantarle, explicándole que las reglas del juego establecidas en nuestro mundo no permiten a nadie ser libre de manera definitiva? Siempre habrá ataduras y dependencias en otras instancias más altas. ¿Cómo explicarle que, por muy arriba que te encuentres y por libre que uno se sienta, siempre habrá alguien un poco más arriba y un poco más libre, por encima? Y en el caso de que no sea así, aún peor. Seguramente deberemos responder ante algo mucho más severo y complicado que otro adversario con el que constantemente nos encontramos, en esta absurda guerra de competencias que nos hemos impuesto los hombres: nuestra conciencia. Seguramente no lo hubiera entendido. ¿O sí?

Para el caso era lo mismo, ya que al tratar de mostrarle su contradicción en el deseo que tanto le perturbaba, fue su respuesta  la que produjo mi estupefacción. Él se negaba a crecer con aquella obstinación, porque entendía que su adaptación a este mundo y el inevitable crecimiento que en él se producía constantemente – los días se le hacían cortísimos – era el que provocaba el envejecimiento de sus padres, y los seres mayores a los que él quiere. No pude evitar una indulgente sonrisa al descubrir, seguramente sin que el “joven” Philip tan siquiera se lo planteara, la sorprendente teoría que sobre la balanza del universo él tenía: unos, inexorablemente, deben envejecer, para que otros crezcan y ocupen su lugar.

De manera que aquello había provocado un estado de cierto terror en él. Parecía sentirse culpable de algún modo.

Ha pasado algún tiempo y el “joven” Philip ha recuperado parte de la tranquilidad perdida en aquel momento. Entre obligaciones escolares, mucho deporte y el reparto racional de su tiempo en diferentes frentes que son de su agrado, parecen haber hecho el milagro. No ha vuelto a manifestar de manera tan evidente aquella perturbadora sensación que le embargaba.

Sin embargo, a punto de cumplir sus ocho años, en más de una ocasión, cuando cree estar sólo y que no le observa nadie, especialmente yo, suele encerrarse en la biblioteca para, sentado en el sofá, con las piernas encogidas y los brazos rodeándolas, en una postura cercana a lo fetal, dejarse seducir por esa música que le transporta de manera intimista hacia sus orígenes y recuperar algo de ese tiempo que tan rápido se nos va. Aún a costa de retrasar su incorporación al mundo de los “adultos” y con la firma decisión de ofrecernos a los demás unos minutos más de existencia.

 

Felipe Cantos, escritor. 

 

 

¿Quién se cree usted que es, ?señor? presidente?

La libertad consiste, no sólo en el derecho concedido, sino en el poder dado al hombre para ejercitarla.

 

 

Hasta ahora, las iniciativas tomadas por el inquilino de la Moncloa, dicen que presidente de esta sufrida España (¿), además de desconcertantes se han mostrado, en su mayoría, ineficaces e, incluso en algunos casos, peligrosas. Sólo han servido, en cuestiones aisladas, para resolver pequeños y puntuales “problemas” que no respondían, en ningún caso, a grandes demandas sociales y, mayoritaria y lamentablemente, haciendo oídos sordos a multitudinarias manifestaciones, desenterrar el “hacha de guerra” y volver a colocar a media nación frente a la otra media.

Hay una parte de la ciudadanía, incluido el propio señor Zapatero, que parece querer olvidar  que “al presidente”, al igual que sucediera con todos los que le precedieron, se le eligió para que, respetando las reglas del juego de la democracia y, principalmente, la Constitución, que juró defender y miserablemente ha traicionado, se pusiera al frente del ejecutivo para gobernar la nave del estado. No para “hacer de su capa un sayo”.

Debo confesar que, personalmente, prefiero hablar de administrar que de gobernar. Después de todo, ¿qué es lo que debería ser un buen político/gobernante, sino un buen administrador? Creo que con eso nos bastaría y, en cierto modo, acabaría con los, en estos tiempos, trasnochados y obsoletos conceptos de las ideologías y de las tendencias políticas que, sin duda, tuvieron una indiscutible  vigencia en el pasado. Pero no hoy. 

Ahora bien, sea como fuere, la realidad de los acontecimientos ha superado a la ficción más imaginativa, alcanzando cotas hasta hace poco inimaginables. Pretender establecer como normal, para ser digerido por la ciudadanía, que donde había unas leyes claramente definidas se nos diga ahora que su interpretación está sujeta a los vaivenes de un “presidente” según su conveniencia es, cuanto menos, surrealista. Ello, sin entrar a analizar, en el ámbito de lo penal, las últimas actuaciones del señor Zapatero y sus colaboradores.

Siempre han existido, y existirán, personajes que, dominados por  una extraña e incomprensible paranoia, deciden convertirse en salvadores del mundo, sin que nadie se lo pida. Por esa razón, es fácilmente comprensible que los que utilizamos como guía y bandera, para caminar por esta vida, el “sentido común”, no entremos en el juego de estos “iluminados” y sus disparatados proyectos.

 Si en su caminar político el señor Zapatero está dispuesto a autoinmolarse, llevándose por delante toda la historia y cultura de una nación milenaria, violando toda la normativa existente, incumpliendo todos lo juramentos realizados y traicionando los más sagrados principios, amén de ultrajar los derechos de quienes han sufrido el azote terrorista en sus propias carnes, agraviando la memoria de los casi mil muertos, es muy dueño de hacerlo. Sin duda alguna la historia se lo demandará. Pero lo que no puede pretender es que comprendamos tal aberración y, aún menos, que le apoyemos y acompañemos en la “aventura”.

La meridianas claridad con la que la Constitución y el resto de leyes, desgraciadamente manejadas por él a su antojo – Fiscalía (Conde-Pumpido); Audiencia Nacional (El recién incorporado Garzón) y otros – poniendo de manifiesto la ilegalidad de sus actos desde que llegara al poder, han quedado completamente eclipsada con su  decisión de autorizar y establecer de manera oficial las conversaciones y negociaciones con la banda terrorista ETA. Negociaciones que, por otro lado, no tendría porque sorprendernos si se realizaran dentro del marco institucional como, pese a las enormes dificultades que estas conllevan, fueron intentadas por gobiernos anteriores, con el fracasado resultado ya conocido.

La gran diferencia entre esta ocasión y las precedentes, y por ende la tragedia de la misma, es que, pese a las insistentes declaraciones negativas del titular del ejecutivo y sus adláteres – poco creíbles dado el historial de mentiras desde que se hicieran con el poder – en esta ocasión se tienen por negociadas y aceptadas las reivindicaciones de los terroristas. Al menos estos, contradiciendo la necedad del ejecutivo, con su presidente a la cabeza, manifiestan con toda claridad que sus objetivos siguen siendo los mismos. ¿De qué han servido entonces los casi mil muertos y el sufrimiento de sus familias? ¿Para qué demonios hemos soportado estoicamente el azote terrorista todos estos años?

Pero si incomprensible resulta el inicio de unas negociaciones que de continuo se niegan como tal, – según el ejecutivo, no hay nada que negociar, por tanto, pregunto yo, ¿para qué reunirse entonces? – más irracional resulta que pretenda hacerlo en nombre de todos los españoles y de las victimas, sin que en ningún momento fuera  elegido para ello.

Además, en el supuesto de que hubiera la mínima posibilidad de negociar con ETA, ¿quién garantiza que la banda respetará los acuerdos? ¿En serio cree el “señor presidente” que ETA ha llegado hasta aquí, en su sangriento camino, para acabar con una mano delante y otra detrás?

De llevarse a cabo la propuesta presentada por Rodríguez Zapatero, sibilina donde las haya, en su comunicado del inicio de las negociaciones, con esas palabras del “respeto a la voluntad de los vascos” – imagino que como en Cataluña al margen del resto de los españoles -  ¿En serio piensa que una banda, como ETA, asumirá, después de matar sin escrúpulos a, casi, mil personas, el resultado que salga de las urnas, si este no le fuera favorable? ¿Estaría el “señor presidente” dispuesto a garantizar de algún modo que ETA respetaría los resultados, de serles estos negativos?

“Señor presidente”, salvo sus incondicionales, ni la ley, ni la opinión pública en general le ha dotado de poderes para tomar en su nombre semejante decisión. Tampoco es usted la personificación de la Constitución. Desgraciadamente, tratándose de quien tiene la sagrada obligación de defenderla, más bien todo lo contrario.

De modo que no logro entender en nombre de quién y bajo qué normativa se subroga usted el derecho de decidir, por si sólo, lo que es un derecho inalienable de todos los españoles.

 ¿Quién se cree usted que es, “señor presidente”?

 

Felipe Cantos, escritor.

 

El respeto a la soberanía de un país en el seno de la UE vs. La balcanización de España.

La verdad, la ley, el derecho, la justicia dependerían de algunos cientos de traseros que se levantan contra millones que se quedan sentados.

 

Decía Bernard Groethuysen que “los hombres valen lo que valen sus derechos. Lo que hace de un hombre un hombre es al mismo tiempo lo que le dan sus derechos.”

Soy de los que consideran que, en función de esos derechos, el hombre debe hacer siempre un esfuerzo por entenderse con sus semejantes, incluso a riesgo de ceder parte de ellos, siempre que no pierda un ápice de su dignidad.

No estoy a favor de una defensa a ultranza de los postulados que uno pueda mantener, pese a que el defensor pueda considerarse en plena posesión de la verdad. No creo que nadie haya conseguido jamás tal grado de perfección. Por ello, nada me congratula más que poder entender con facilidad a aquellos que, en determinadas circunstancias, no consiguen que sus mensajes, si es que los tienen, me alcancen. Siempre realizo verdaderos esfuerzos por acercarme a sus razonamientos. Pero, en ocasiones, aún habiendo optado por alejarme de mis propios postulados, esto ha resultado imposible, además de frustrante.

Ello me ha llevado a una conclusión: un hombre puede llegar a ceder en sus postulados y aceptar perder parte de sus derechos a favor de los demás. Pero jamás perder el horizonte de su dignidad. Dignidad que debería estar impresa a fuego en lo más profundo de su cultura. Cuando eso suceda, es evidente que se habrán traspasado todas las líneas rojas y se encenderán todas las alarmas.

Los acontecimientos que se están produciendo en estos últimos meses en España, de manera muy especial en la nueva situación de  Cataluña y, naturalmente, en la enquistada Euskadi, sobrepasan todos los límites establecidos. Sorprende que en un país, en el que en principio todo parecía encontrarse en orden, una minoría, muy minoritaria, de ambiciosos políticos, sorprendentemente dirigidos por el propio presidente de la nación quien, no lo olviden, para acceder al cargo juró – evidentemente en falso- defender la constitución, estén manipulando y cambiando a una adormecida e indolente sociedad, como si nada fuera con ellos. Instituciones Publicas, con la Institución Monárquica a la cabeza; empresas privadas; cualificados profesionales independientes, algunos de ellos – como los deportistas de élite – mostrando en cuantas ocasiones le son propicias su “sentir” cuando defienden la camiseta de su país, en momentos tan determinantes como los actuales no hacen la más mínima manifestación de aceptación, o repulsa ante todo lo que está sucediendo.

Por ello, la Unión Europea se equivocaría de pleno, salvo que en su seno se tomara la grave decisión de apartar a España del grupo de socios, si considerara que es un problema que atañe única y exclusivamente a un país determinado, porque el cáncer pudiera estar dañando no sólo la soberanía del propio país que lo padece, sino a todos y cada uno de los países que conforman la Unión.

Soy plenamente consciente de que antes de apelar a las conciencias – y a la colaboración – europeas, deberán ponerse en marcha todos los recursos democráticos de los que dispone la soberanía de un país. Pero todo ello deberá darse en el necesario juego de las inevitables alternancias de los partidos políticos. Yo puedo entender que, por respeto a la soberanía de un país, se pueda aceptar que un gobierno llegue al poder bajo la sospecha latente de un atentado terrorista que, el citado gobierno, no desea investigar; que el presidente que juro defender la constitución que lo amparó y lo permitió llegar al poder, sea el diseñador y principal artífice de su destrucción; que se pueda “comprender” y tolerar que su política exterior no sea lo suficientemente acertada, provocando, y preparando para el futuro, problemas de difícil solución; que su política económica se aleje de manera brusca y rápida de las coordenadas establecidas – ya se especula con la posibilidad de expulsar a España de la “zona Euro” – perjudicando de manera notable al conjunto social al que pertenece, incumpliendo con las propias reglas de juego establecidas en su momento, llegando, incluso, a verse de manera regular en los tribunales de justicia para solventar sus desvaríos; que su política de inmigración sea el semillero de futuros conflictos imprevisibles; que por mor de las inevitables transformaciones que en toda sociedad se producen cada determinado tiempo, lo que comenzó siendo aceptado como un estado, se convierta en “dos”, “cuatro”, o “veintiuno”, siempre y cuando sea producto de la decisión soberana de los ciudadanos de ese país; que en su política de administrar la justicia lo más destacable sea la politización de todos los estamentos, claramente controlados por el ejecutivo; que en su política de justicia social y policial, por entender que en ello le van en juego sus intereses de votos, acepte poner el estado de derecho a los pies de una banda terrorista representada por una asociación ilegalizada por la justicia y declarada fuera de la ley por todas las instituciones internacionales. Todo ello y más, insisto, es posible “entender” dentro del  juego de eso que llamamos democracia.

Pero lo que ya no logro entender es la indiferencia europea ante lo que está sucediendo en Cataluña: la llamada de los nacionalistas a votar atacando, físicamente, a las demás formaciones políticas que no coinciden con sus postulados. Equivocados, o no, el voto de los ciudadanos debe provenir de la reflexión que le permite el sagrado derecho de poder escuchar todas y cada una de las propuestas que se ofrecen. Cuando eso no es posible y el ciudadano vota dirigido por la conminación y la ignorancia, cuando no por el miedo, el resultado de esas elecciones queda ilegalizado de facto.

Es muy posible que, independientemente de lo poco que se pueda esperar de la iniciativa directa de las Instituciones Europeas, haya que realizar un gran trabajo de información por parte de los grupos que se han visto privado de sus derechos. Sin duda, para evitar futuras situaciones iguales, o peores, en el seno de la propia Unión Europea, se hace inevitable la creación de un sólido informe que recoja todo lo que está sucediendo en Cataluña.

Si estando en el camino de dar forma y solidificar la nueva Constitución Europea no somos capaces, como verdaderos europeos, de enfrentarnos seriamente a situaciones como las sucedidas en Cataluña, y por extensión hace años en Euskadi,  ¿de qué Europa, de qué Unión estamos hablando?

¿Hasta dónde la soberanía de un país de la Unión Europea puede ser respetada e inviolable? ¿Hasta dónde la Unión Europea puede tolerar que en su seno se produzcan situaciones xenófobas, racistas y de abuso de poder institucional, fácilmente identificables?

¿Hará falta, sin necesidad de remontarse a lo sucedido en la Alemania nazi, recordar lo sucedido hace escasos años en los Balcanes, dando origen a los dramáticos acontecimientos ya conocidos?

 

Felipe Cantos, escritor.

¡De eso nada!

Aquí estoy, yo soy quien lo hizo, vuelve tu espalda hacía mí. Virgilio.

 

Nunca he logrado entender como pudo llegarse  a la conclusión de que un pueblo, una nación una sociedad tiene en su seno los políticos, y cualquier otro impresentable personaje, que se merece.  ¿Quién demonios se atrevió a acuñar semejante majadería?

Bien es cierto que, como consecuencia del equívoco y lamentable planteamiento en la distribución de los votos, en cualquier reconocida democracia puede darse, de hecho se da, irónicas situaciones en donde no siempre el más votado, ni el mejor, puede resultar finalmente el que termine haciéndose con el poder.

Pero si bien hemos de aceptar como jurídicamente legal semejante situación, en función de las reglas establecidas, jamás las reconoceré como legítimas, igualmente apoyado en esas reglas que permiten hacerse con el poder a grupúsculos que puede no alcanzar más allá del 35% de los votos de los ciudadanos. Aún menos reconocerles como tales y asumirlos como propios.

De manera que en ningún caso estoy por la labor de aceptar que un impresentable y mal político, elegido sabe Dios por qué circunstancias ajenas a la lógica y al sentido común, es tan mío y, haga lo que haga, soy merecedor y responsable de él, como los que le han votado. ¡De eso nada!

Estoy dispuesto a asumir, qué duda cabe, que las reglas de juego que nos hemos impuesto en esta sociedad nuestra, aunque imperfectas, han de ser respetadas para que un mínimo orden sea posible. Pero bajo ningún concepto a aceptar que la responsabilidad emanada de las decisiones de esas mayorías/minoritarias, cuyas decisiones, por lo general carentes de la mínima reflexión, son igualmente mías. Como decía en el encabezamiento de este artículo, repito: ¡de eso nada!

No llegaré al extremo, como pensaba un buen amigo mío ya fallecido, que le era imposible ser demócrata en el sentido más amplio de la palabra. Decía, no carente de razón, que le resultaba incomprensible que el voto de un doble licenciado en Económicas y Empresariales, con veinticinco años de experiencia profesional a su espalda, era su caso, tuviera el mismo valor que el de, con todos los respetos, un joven empleado de los servicios de limpieza del ayuntamiento, recién inmigrado y legalizado por mor de los intereses de un determinado partido. “Imposible, añadía, que pueda ser tan reflexivo y formado como el mío.”

Pero si, cuanto menos, procuraré no asumir las consecuencias negativas de las malas decisiones de terceros que, pensando sabe Dios con qué parte de su cuerpo, deciden encumbrar al poder a personajes de dudosa catadura moral e indiscutible  indigencia intelectual. Incluso a iluminados por cualquier “dios menor”.  

Por esa razón, a quienes se les llena la boca de repetir constantemente  que lo que está sucediendo en nuestra maltratada España es responsabilidad de todos, y que todos tenemos lo que nos merecemos le diré, una vez más que ¡de eso nada! Allá quien les hayan votado. A los demás sólo nos restará aceptarlo, pero jamás sentirnos complacidos, ni mucho menos cómplices.

Durante las escasas horas que precedieron a las últimas elecciones generales del 2003, repetí, rogué, solicité a cuantos tuve la oportunidad, que dejaran aparcado el corazón y el hígado, entre otras cosas porque la verdad de lo sucedido estaba por descubrirse – hoy así se confirma – y reflexionaran fríamente sobre el sentido de su voto. Que bajo ningún concepto lo cambiaran, fuera este el que fuera, como consecuencia de lo sucedido. Lo sucedido ya no tenía solución. Pero las consecuencias de cambiar su voto podrían ser aún peores.

Algunos reaccionaron. Pero, a la vista está, la inmensa mayoría cambió el signo de su voto y el resultado de las elecciones, y por ende el rumbo, hasta ese momento razonablemente correcto, de España.

El tiempo ha venido a confirmar lo que pensaba. Jamás puede ser bueno anteponer el instinto – no me atrevería yo a decir que los  sentimientos – a la razón. La situación de España es, cuanto menos compleja. Pero sobre todo desconcertante. Los racionales problemas que habitualmente preocupan a un país han pasado a un segundo plano, para dejarnos desbordar por otros, sacados del baúl de los recuerdos que parecían, y deberían, haber sido superados hace muchos años.

De manera que pese a no perder de vista el repetido tópico “el hombre es el único animal que tropieza dos (y tres, y cuatro, y…) veces con la misma piedra”, desde esta tribuna deseo apelar al sentido común de cuantos de una manera reflexiva han podido constatar que las consecuencias de una decisión, inspirada por cualquier otra motivación que no sea la razón, generalmente son nefastas.

Por ello, me permitiría pedirles que tengan muy presente que en los próximos meses se sucederán diversos convocatorias que les “invitarán” a reencontrarse consigo mismos y reparar, en la medida de lo posible, por ejemplo Cataluña, los daños causados por un voto irreflexivo. Sin duda, nuevas alternativas con un ideario más que razonable, caso Ciudadanos de Cataluña, serán propuestas para tener muy en cuenta ante las avejentadas, maleadas y corruptas formaciones ya conocidas por todos.

En cualquier caso, sea cual sea la decisión que en su momento tomen, si les rogaría a los irreflexivos e indolentes de turno, que suelen votar aconsejados por cualquier parte de su cuerpo – corazón, hígado, estómago e, incluso, bolsillo – a excepción de la cabeza que, a la vista de los resultados posteriores, asuman  de pleno su responsabilidad y no pretendan a posteriori, colocarnos a todos en el mismo “saco” repitiendo eso de que “tenemos los políticos que nos merecemos”. Ellos serán quienes se los merezcan.

Que cuanto menos asuman su responsabilidad, aunque todos nos veamos obligados a aguantar la vela. A los demás sólo nos quedará el triste recurso de armarnos de santa paciencia y aceptar “democráticamente” la situación, repitiendo hasta la saciedad que: ¡¡De eso nada!!

 

Felipe Cantos, escritor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Vale!: ?Cataluña is not Spain?. ¿Y después qué?

¿De qué le sirve a un hombre obtener la independencia de su tierra si a cambio pierde la suya?

 

Pues si. Si alguien no lo remedía, por ejemplo el Tribunal Constitucional, en el supuesto de que el Partido Popular, u otra entidad, estén por la labor de presentar un recurso a tal instancia, se ha iniciado el desgarramiento de España. La aprobación del nuevo texto, una nueva Constitución disfrazada de Estatuto Catalán, por una pírrica mayoría/minoritaria – 35% del censo electoral – ha dado el pistoletazo de salida que, sin duda alguna, la totalidad de los nacionalismos irracionales tratarán de aprovechar en estampida.

Dejando al margen, si finalmente es aplicado, las consecuencias políticas y sociales, a mi entender sumamente negativas, que la aprobación del nuevo estatuto va a provocar en Cataluña, y por extensión a España, en todos los ordenes de nuestra cotidiana vida, he tratado de acercarme a algunos de los más exacerbados defensores, evidentemente votantes del impresentable texto ¿legal?, para conocer de primera mano cómo se sentían después de su aprobación.

He de confesar que durante años he realizado un ejercicio de diálogo permanente con estos defensores de una nacionalidad inventada a golpe de imaginación y fantasía y, siempre, de grandes mentiras. Algunos de ellos, hasta ahora, buenos amigos. Otros, no tanto. Incapaces de concretar en qué fundamentaban sus constantes reivindicaciones, de manera especial el derecho de independencia, todos ellos exponían un sinfín de injustificadas vaguedades que, peligrosamente y a falta de otros argumentos, venían a converger en la “matriz”, en la raíz catalana. En más de una ocasión me he visto obligado a recordarles que cuando anteponemos la “madre” a la razón estamos acercándonos peligrosamente al fascismo.

Entre otros tantos falaces argumentos, a falta de conocer bien su propia historia, he escuchado hasta el hartazgo la falsa  cantinela de que mientras Cataluña trabaja para todos los demás, estos duermen plácidamente la siesta. Por lo que los catalanes, naturalmente, tenían todo el derecho del mundo a sentirse perjudicados. Incluso, estafados.

Lo cierto es que, en su fuero interno, y pese a la “encomiable” labor realizada por el sibilino nacionalismo durante los últimos treinta años, todos reconocían no tener la más mínima esperanza de que, jamás, las circunstancias pudieran derivar en una situación tan cercana a sus postulados. Era, y algunos han tenido la valentía de admitirlo, un “bonito” ejercicio de política-ficción.

Lamentablemente, gracias a un traidor irresponsable en el Gobierno de España, la traición a su juramento de defender la Constitución como Presidente es incontestable, lo que parecía, al decir de los interesados, política-ficción se ha convertido, igualmente, en una incontestable realidad.

Varios acontecimientos de todo lo sucedido en estos días me han dejado un desagradable sabor en lo más profundo. Pero dos destacan de manera excepcional. El primero y más terrible es que, al amparo de la nueva situación, algunos de mis polémicos interlocutores durante años, han tratado de justificar la falta de libertad que se ha vivido, y se vive permanentemente, en ese “nuevo país” y, descorazonadoramente, las agresiones recibidas por miembros de otras formaciones políticas, cuando intentaban exponer sus tesis. Por esa razón me refería más arriba a lo “buenos amigos, hasta ahora”. En eso, lamentablemente, sí debo afirmar que se han producido cambios importantes.

El segundo de los hechos es, por el contrario, una tremenda ironía. Nada parece haber cambiado en la mentalidad de quienes hace mucho tiempo vienen tratando de justificar reivindicaciones independentistas. Ahora, a la luz de la nueva situación, continúan, igualmente, siendo incapaces de exponer las “grandes ventajas” que le reportará a su vida cotidiana, como ciudadano de a pie – otra cosa será para la clase política dominante – la aprobación de un Estatuto/Constitución, terriblemente intervencionista en la vida del ciudadano, intencionado prolegómeno de una independencia que se presenta difícilmente inevitable.

Aún así, dada la forma en que ha sido realizado el trámite para la aprobación del Estatuto de Cataluña, repleto de irregularidades y de ilegalidades inconstitucionales, y probablemente jurídicas, tengo una liguera esperanza de que la situación pueda ser reversible.

Pese a todo, con ratificación del “infumable texto”, o con el rechazo del mismo por el Tribunal Constitucional, seguiré considerando la nula consistencia de sus argumentaciones y la falta de sentido común a quienes, como ciudadanos “independentistas catalanes” de a pie,  vienen apoyando tales postulados. Ninguno a sabido, jamás, decirme, salvo vaguedades, en que le beneficiará cambio tan importante en sus vidas. Por eso, continuaré haciéndoles la misma pregunta que, durante años, ninguno ha sabido responderme con claridad: ¿Independencia? ¡Vale! ¿Y después qué?

¿De qué le sirve a un hombre obtener la independencia de su tierra si a cambio pierde la suya?

 

Felipe Cantos, escritor.

La inapelable balanza.

La filosofía está escrita en ese basto libro que continuamente se ofrece a nuestros ojos: el universo. Galileo Galilei.

 

Esta mañana me levanté con lo vena filosófica. Ya saben, esa profunda sensación que en algunos momentos de nuestra vida, sin saber bien cómo, ni por qué, comienzas a cuestionarte casi todo, para acabar no entendiendo prácticamente nada. Algunos, aunque no lo crean, somos capaces de adentrarnos en la profundidad de las cosas en cuanto las tostadas tardan algo más de lo normal en salir de la tostadora. Sin embargo, en esta ocasión, la luz se me encendió de manera directa, clara, como una repentina revelación que no me atrevería a calificarla de divina. ¡Válgame Dios! No quisiera que  alguien pudiera tacharme de sacrílego.

Intuitivamente, mientras las provocadoras tostadas continuaban allí, al sol que más calienta – bien es cierto que la mañana no era de lo más agradecida – me acaricié la cara comprobando con estupor que la barba que ayer había rasurado con autentico primor hacía de nuevo su aparición de una manera casi brutal. “Pinchas, papi, me habían anunciado mis hijos al marcharse al colegio”. Pese ello, torpe de mi, no fui capaz de entender su claro mensaje.

No, no, no desvarío. Naturalmente que estoy al corriente de que el inevitable proceso, y obligación, de una barba es el de crecer y crecer sin posibilidad alguna de detenerse. Más de treinta años llevo comprobándolo sin que, hasta la fecha, haya podido hacer nada por cambiar esa situación. Lo que sucede es que durante la mayor parte de ese tiempo, seguramente más de veinticinco años, me serví de las modernas maquinitas eléctricas para hacerle frente “al problema”. La razón era simple y llanamente: ¡terror! Si, terror a las afiladas cuchillas de las maquinitas convencionales.

No se pueden ustedes imaginar lo que suponía para mí la sola idea de verme como me despellejaba vivo durante el inevitable proceso de adecentamiento mañanero, al deslizar, o más bien arar mi cara con una hoja de aquellas llamadas Palmera. ¡Augg! Aún hoy me pone los pelos como escarpias. Incluidos los de la barba. El expresivo video de Robin Williams descarnándose hasta quedarse en los huesos me parecía un juego de niños. Claro que era porque le sucedía a él, y no a mí.

Pero retomemos lo de la mañana filosófica. El tacto de mis dedos sobre mi barbuda cara me llevó a la conclusión de que todo en esta vida se rige por lo que yo denomino la “Ley de la balanza”. Es preciso que todo lo que sucede, para que todo esté en su sitio, físico o emocional, termine equilibrando la gran balanza de la vida.

Verán. Yo, antes, al afeitarme con la tranquilizadora maquinilla eléctrica conseguía con suma rapidez un afeitado razonablemente correcto, pero, sin duda, efímero. Me veía obligado a repetir inexorablemente ese ejercicio todas las mañanas. Cuando cambié a las temidas cuchillas, para no aburrirles no me extenderé en las razones, porque no vienen al caso, – eso si, bastante más  modernizadas – observé sorprendido que, además de no dejarme la cara en el camino, salvo pequeños jirones las primeras veces, el efecto del rasurado era infinitamente mejor y, sobre todo, más duradero.

Pero, sorprendentemente, en el devenir de estos últimos cinco años  de heroicos y “varoniles” afeitados, he podido comprobar como todo ha ido retornando a su lugar natural. La barba que cedió ante los embates de una más agresiva cuchilla, liberándome de la obligación diaria de combatirla, ha dado por finalizada su condescendencia y fluye con la misma intensidad, si no mayor, que antaño, obligándome, pese a continuar haciéndolo con las terroríficas cuchillas, al afeitado diario, si deseo estar ante los demás mínimamente adecentado.

Pero lo más temible de todo es haber llegado a la conclusión de que la balanza de la vida, sea en lo físico o en lo emocional, funciona en todo nuestro universo, para que este esté equilibrado. Es igual lo que hagas o te propongas: las leyes de la balanza se impondrán más tarde o temprano. Son necesarios gestos amables, para compensar los agresivos; gente indeseable, para reconocer a los que merecen nuestro respeto; pobres de solemnidad, para que existan los ricos; amores maltratados, para reconocernos y reconocer los buenos; situaciones extremas, para sentir el placer de la felicidad cuando la recobramos y, sin dejar a un lado los tópicos universales como la noche y el día, o la vida y la muerte, así hasta el infinito. Si, cierto. Admito que puede resultar desalentador, más para un tipo enfermizamente optimista como yo. Pero las reglas del juego nos vienen marcadas y de nada servirá el grado de participación que tú, o tú, o yo mismo, le imprimamos a nuestros deseos y acciones. El resultado, a la larga, será aquel que nos ha tocado jugar en el infinito universo al que pertenecemos.

De modo que, aunque uno se lo proponga y crea que lo consigue, de nada servirá cuanto haga a lo largo de su existencia. El resultado final será aquel que deba ser. Coincida este, o no, con nuestros deseos.

Ven como yo sabía que me había levantado con la vena filosófica.

Hasta siempre,

 

Felipe Cantos, escritor.

  

 

 

 

 

 

 

Las ?cualidades? de un buen gobernante.

Como los políticos nunca creen lo que dicen, se sorprenden si alguien lo cree. Charles de Gaulle.

 

Hace días tuve la terrible sensación de haber estado perdiendo la mayor parte de mi vida. ¿O quizás todo lo contrario? No, no vayan a creer que me estoy quedando con ustedes. En todo caso, lo que estoy es un poco desconcertado. Verán, siempre creí, durante cuarenta años, ¡o más!, vamos, desde que tengo uso de razón, que para conseguir llegar a ser un gran personaje, de esos que mandan y viven bien, a costa de todos los demás, claro, hacía falta, amén de unas apreciables “cualidades humanas”, muy por encima de las del común de los mortales, una imprescindible y sólida formación intelectual y académica e, inexcusablemente, una gran ambición en la que apoyar todo el resto de la estructura. Después, creía, debería trabajar todo lo que fuera necesario hasta conseguir llegar a eso que llaman “la cima” y, condición “sine qua non”, un contradictorio binomio formado por la mínima ingenuidad y la mayor cantidad de falta de escrúpulos. Aunque no fuese más que por aquello de que los demás ambiciosos se tomaran en serio tu “candidatura”. Saber que estás, y que estás seria y decididamente dispuesto a dar la batalla, es imprescindible para ahuyentar adversarios. ¿O son enemigos?

He de confesarles que nunca he sentido la menor tentación de convertirme en uno de esos personajes, ¡qué peligro tienen!, que pretenden, por encima de cualquier otra cosa, convertirse en líderes y guías de todos nosotros. ¡Uff, qué horror! Bastante tengo con poder ser mi propio guía y, si me dejan, ayudar en lo posible el caminar de mis hijos.

Lo cierto es que no tengo claro si mi desinterés pudiera haberse cimentado en mi falta de formación. Decididamente creo que no, pues sin llegar a ser un erudito, considero que me encuentro en condiciones de mantenerme con cierta dignidad entre los razonablemente aceptables. También pudiera ser que mis “cualidades humanas” no dieran para alcanzar grandes objetivos. Eso es muy probable, yo diría que, casi, seguro. Pero de lo que no tengo duda alguna es de mi escasa ambición por aparecer como un iluminado, salvador del mundo.    

Pero, miren por dónde, yo estaba absolutamente equivocado. Y la verdad, no sé si alegrarme por ello. Pero, cuanto menos, si me ha provocado el deseo de tratar de analizarlo con ustedes, por aquello de si me pudieran echar una mano en mi desconcierto.

Ahora resulta que para llegar a eso que llaman “arriba” es suficiente con tres sencillos “valores”, aparentemente al alcance de todos los mortales: ser, simplemente, un “buen hombre”. Perdón, corrijo, mejor aún, parecerlo. Exhibir una gran sonrisa. No vayan a creer que no es importante. Probablemente todo lo contrario: yo me atrevería a decir que es condición de vital importancia, en los tiempos que corren. Aunque esta no sea ni la más atractiva, ni la más inteligente. Basta con que sea, digo, la más exhibida. Tampoco importa si es un poco bobalicona e, incluso, algo estúpida. Lo importante es que esté ahí, permanentemente. Les aseguro que no es fácil. Y por último, ser un fanático, un adicto a los cuentos clásicos de Perrault, de los Hermanos Grimm y, a mayor abundamiento por la riqueza de la prosa y, probablemente, por su calidad literaria, de Hans Christian Andersen.

Así que, atrapado por mi frustración, se me han derrumbado como un castillo de naipes todos los esquemas sobre los que durante años había construido mi filosofía de vida. Porque, díganme ustedes sino cómo debo sentirme al saber que yo siempre he cumplido y aún cumplo los tres requisitos. ¡Soy, el candidato perfecto!

Verán. En palabras de Machado “soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. Así mismo, si me lo propongo, tengo una sonrisa que para qué les voy a contar – como decía el clásico, “no se la salta un gitano” -. Y, para colmo, desde pequeñito lo que más me ha gustado es que me cuenten y, especialmente, contar cuentos infantiles. Los de Calleja son mi especialidad. Vamos que soy lo que vulgarmente se dice un cuentista.

De modo que, ahora que me encuentro defraudado y cabreado a tope, tengo que admitir mi torpeza por no haber decidido nunca a presentarme a presidente de gobierno, allí donde hubiera hecho falta. Fuera cualidades de estadista; fuera cualidades democráticas; fuera sentido de estado y de gobierno; fuera las dotes de organización y capacidad negociadora y un equilibrado sentido de la autoridad. En síntesis, fuera todo aquello que debería conformar la figura de un líder, con mayúsculas. Y adelante con la simpleza, adelante con la falta de escrúpulos y el cambalache – bonito tango y qué actual, ¿verdad? -, adelante con la mínima formación y todo aquello que consigue diferenciar al más capaz del menos.     

¿Para qué?, si todo lo que un “estadista a la moda” debe hacer es sonreír todo el día ante las cámaras de los reporteros, como si le hubiera dado un “aire”, mientras, en un mundo en plena ebullición y dificultades mil, él se dedica a repetir ante cualquier foro, nacional e internacional, que se vea obligado a escucharle los clásicos cuentos de Hadas y dragones que, como tales, siempre terminaran bien.

Claro que tal vez, meditándolo bien, yo, salvo las “cualidades” antes descritas, además carezca de alguna otra que había pasado por alto, como es: un buen talante. Eso sí, para hacer con él lo que me venga en gana, que para eso es mío.

No, decididamente no creo que yo tenga las cualidades necesarias para alcanzar tan “alto honor”. A no ser que, tal vez, pueda equilibrar mis deficiencias, mejorando un poco mi dominio de la lengua de Shakespeare y logre decir algo más que “yes”, sin saber si me acaban de preguntar si pertenezco al lobby gay, o si mi dimisión, o mi divorcio están próximos.   

 

Felipe Cantos, escritor.

La Rioja

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