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Conceptos autoconocimiento

¿Hablar de mis padres en terapia? ¡3 premisas!
Mercedes Garcia-Laso 28-04-2017 | 7:22 | 0

En terapia, o al menos en la que yo hago, hay que trabajar con la infancia de la persona (a diferentes profundidades según el caso, eso sí). No se trata de revolver por revolver sino que el cambio y el avance personal pasa por entender un poco por qué somos cómo somos y por reparar heridas que incluso desconocemos.

En este proceso, a muchos de nosotros nos es difícil hablar las cosas malas de nuestros padres por sentirnos, por ejemplo, unos desagradecidos con todo lo que nos han dado. Por eso, yo les explico a mis pacientes y clientes tres puntos, tres premisas.

Y hoy se me ha ocurrido dejarlas en un minimapa con los siguientes propósitos: para optimizar el tiempo en consulta dada mi veloz locuacidad (así, en vez de explicarlo yo, lo leemos juntos); como resumen práctico que quizá pueda servir a quienes se están formando en psicoterapia; para compartir con otros compis mi particular visión y así poder debatir y pensar juntos; y para que cualquier lector en general pueda curiosear sobre de qué va, en parte, esto de hacer terapia;)

Ahí van entonces mis 3 premisas para el trabajo en  terapia con los padres de nuestra infancia:

1. Casi todos los padres lo quieren hacer bien. Otra cosa es que metan la pata o que las circunstancias no se lo permitan (ejemplo: pobreza que obliga a priorizar la obtención de alimento frente al cuidado adecuado del niño; hospitalizaciones del bebe; o situaciones muy estresantes y/o dolorosas en la familia).

Todos los papás meten la pata ¡y no pasa nada porque esto es inherente a la constitución del ser humano! Cuando sí pasa, claro, es cuando es excesivo. Y siempre siempre es consecuencia de sus propias heridas, historias y circunstancias ¡lo que no lo justifica, por supuesto, cuando hay actuaciones negligentes e incluso malvadas!

2. En terapia no trabajamos con los padres reales, objetivos, sino con los que nuestro niño interiorizó. Averiguar qué pasó es importante. Pero lo es más conectar con lo que nuestro niño sintió y/o con lo que no se permitió sentir.

3. Tampoco es cuestión de culpabilizar sino de limpiar. Y esto en la mayoría de los casos lleva a terminar el proceso con un amor mucho más auténtico hacia nuestros padres.

Finalizando…

Nuestra manera de pensar, sentir y actuar se forma en la infancia, siendo las primeras relaciones las que modulan de forma radical la genética. Y si trabajamos desde ahí, podemos aprovechar la plasticidad neuronal, con la que contamos hasta que fallezcamos, para crear nuevas conexiones neuronales y por lo tanto nuevas formas de pensar, sentir y actuar más adaptativas (es decir, que conlleven un menor sufrimiento).

(Mercedes GarcíaLaso, tu psicólogo en Logroño y autora del libro Minimapas para Tormentas, 2ª edición)

3 premisas para facilitar el hablar padres terapia

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Entiende tus conflictos: ¿conoces a tu Perro de arriba y a tu Perro de abajo?
Mercedes Garcia-Laso 21-02-2017 | 7:51 | 2

Os he comentado ya en alguna ocasión que dentro de nosotros hay como diferentes personajes. Un ejemplo de esto, que a todos nos es familiar, es el diablo y el ángel que aparecen en cada hombro del correspondiente personaje de dibujos animados. Pero hay muchísimos más (cuando el corazón tira para un lado y el cerebro para otro, etc.)… en realidad todos los que nos queramos imaginar, construir, a partir de nuestras contradicciones y/o partes inexploradas de nosotros mismos.

Hoy comenzaremos con dos personajes utilizados por la Gestalt y que en mi experiencia son sumamente útiles hagas, o no, terapia. Navegantes, os presento al “Perro de arriba” y al “Perro de abajo”.

Perro de arriba vs. Perro de abajo.

El Perro de Arriba es esa parte de nosotros que parece un padre (o un profe) autoritario, exigente y que se cree perfecto. Que nos está todo el día diciendo “tienes que” (tienes que ponerte a dieta; tienes que ponerte con los papeles; tienes que ser bueno). Que nos riñe porque estamos todavía muy lejos de determinado objetivo (ya sea de conseguir algo en el ámbito laboral; o de corregir un “defecto” de nuestra personalidad; o de cualquier otro cosa). Que es como un juez o un censor, todo el rato diciendo “mal, mal ¡mal!”.

Y el Perro de Abajo es ese personaje interno que es como un niño caprichoso, perezoso, rebelde, encantador de serpientes, autocomplaciente que se dice “todo está bien” para sólo centrarse en él y en los efectos a corto plazo. Es decir busca la satisfacción inmediata (las “ganas de” helado, por ejemplo), tira pelotas fuera, va de víctima, y seduce y hace síntomas para conseguir lo que quiere.

Se me ocurre, por otra parte, compararlos con el ángel y el demonio que comentábamos en el primer párrafo; con un profesor tirano y un niño mimado; con la hormiga y la cigarra de la fábula etc. Sin embargo, cada persona ha de ir investigando sus propias construcciones: por ejemplo, a mí me sirve visualizar a mi Perro de Arriba como una Srta Rotemmeyer o una estricta profesora de ballet.

Conflictos, guerra interna.

Los dos Perros son manipuladores, se necesitan mutuamente y nos encierran en un círculo vicioso absurdo. Ejemplo:

  • Perro de arriba: Deberías hacer esto.
  • Perro de abajo: Ay, no qué pereza ya lo haré mañana!
  • Perro de arriba: Vamos inútil, muévete! ¡todo el mundo hace cosas menos tú!
  • Perro de abajo: Es que no puedo, no me concentro…

Y a veces diremos “a la mierda todo, lo haré mañana”; otras terminaremos sintiéndonos tan mal que objetivamente no podremos hacer nada; y otras lo haremos pero pagando un precio ( ejemplo, dolores musculares por el sobre esfuerzo).

Lo importante, no obstante, es:

Primero, que exploremos cómo son en concreto, estos dos personajes en nosotros. En general al Perro de Arriba se le suele identificar fácil en el discurso de algunas personas. Mientras que suele costar más ver las estrategias del Perro de Abajo para salirse con la suya: puede utilizar el cuerpo (cansancio, sueño, pereza, somatizaciones); “justificaciones” y otros pensamientos; olvidos y despistes (no sabía si ir a esa cita y, mira tú por dónde, se me olvida); comportamientos impulsivos (estoy de exámenes, salgo a tomarme sólo una cerveza y me lío, llegando a las mil). Un ítem sencillo para diferenciarlos que me ayuda a diferenciar el de Arriba del de Abajo es el esfuerzo.

Y segundo que los pongamos a dialogar, no desde la mente sino interpretando, sintiendo, los dos papeles como si fuéramos actores. Por eso es mucho más fácil con la ayuda de un terapeuta pero también puedes hacer un trabajo interesante tú sólo cogiendo dos muñecos, por ejemplo.

No se trata de resolver el conflicto (que sería lo ideal, es decir, integrar, llegar a acuerdos) sino de flexibilizarlo y abrirlo (sentir lo que ocurre, poner palabras y relacionarlo con tu historia). Y esto ha de guiar el ejercicio aunque aparentemente se quede “pequeño”.

Ambos tienen partes sabias.

Tanto mi Perro de Arriba como mi Perro de Abajo tienen partes sabias. El primero si lo escucho con atención, me suele decir cosas coherentes y me proporciona disciplina, pues en el fondo fondo suele querer ayudar. El segundo me aporta disfrute y las cualidades de la cigarra.

El problema llega con el exceso.

El problema, como siempre, llega con el “exceso” (que incluye la rigidez). En el Perro de Arriba por la impaciencia, la estrechez de miras y la excesiva exigencia: si le obedezco, por ejemplo, me hago daño en la espalda como la hormiga del dibujo (es algo real, a parte las somatizaciones de protesta del perro de abajo); y si no le obedezco, siento culpa (además de su frecuente afición por el “doble vinculo”… pero esto os lo explico otro día).

Y en el Perro de Abajo este “exceso” viene de mano de la inercia, la pereza, puede que de los restantes “pecados capitales”, de la necesidad de “aplacar el malestar ya”, del “yo-mi-me-conmigo”… Si lo obedezco perjudico mi salud comiendo demasiadas chuches, por ejemplo; y si no le obedezco, se las arregla para boicotearme mis proyectos.

Solución:

Aprender a escucharme. Ahí es nada, jeje!

(Mercedes GarcíaLaso, tu psicólogo en Logroño y autora del libro Minimapas para Tormentas).

La hormiga estaría dominada  el perro de arriba y la cigarra se dejaría llevar por el de abajo.

(Flickr Apastor85)

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¿Por qué en tu vida se repite siempre la misma historia? (Heridas y estilos de afrontamiento).
Mercedes Garcia-Laso 23-01-2017 | 8:40 | 0

¿Nunca te has preguntado por qué parece que vivas en el Día de la Marmota? ¿Por qué sufrimos siempre por lo mismo? ¿Por qué hacemos de un dolor natural un sobre dimensionado sufrimiento? ¿O por qué no conseguimos que nuestra vida sea algo menos desastrosa?  ¿O por qué nos acusan una y otra vez, y diferentes personas, de hacer daño a la gente? En el #minimapa de hoy comenzaré a dejaros un acercamiento a posibles respuestas a estas importantes preguntas. Empecemos.

1. Conformación de nuestra personalidad

El niño llega a este mundo con ciertas características y predisposiciones, que pueden tener origen genético, o en lo acontecido en el embarazo o vete tú a saber. Así vemos que hay bebes más pachorros, otros más sensibles, etc. Aunque sin olvidar que esto también está afectado desde el minuto cero por el entorno (ejemplo: un niño que llora en el hospital y ya se le asigna la etiqueta de llorón, o incluso de “manipulador”). Pero bueno, sea como fuere, hay, por ejemplo, bebes más sensibles que van a vivir peor que la mamá se vaya a trabajar afectándoles a la configuración de su personalidad en mayor medida que a otros.

He puesto el ejemplo de la mamá que se va a trabajar para subrayar que no es que la mamá tenga que hacer algo mal, no. Simplemente es que la vida provoca siempre heridas (y son lo que en la especie humana nos mueve al desarrollo). Otra cosa es que haya heridas mucho más profundas que otras por el mal hacer del entorno.

Entonces, que me enrollo, es la interacción características del niño y entorno, lo que configura nuestro cerebro creando un software de percibir, sentir, pensar y actuar, que conservaremos, y repetiremos, con más o menos variaciones durante toda la vida. Para simplificar lo llamaremos personalidad.

Como explicamos en el #minimapa Identificaciones, cogemos este rasgo del abuelo; este otro, pero en su contrario, de papá; la voz de la conciencia de mamá se convierte en mi Pepito Grillo etc. Y por eso los hermanos pueden llegar a ser tan diferentes (por su historia y características cogen cosas diferentes para conformar su manera de ser).

2.  Heridas.

En la parte nuclear de este software, que hemos llamado personalidad, están nuestras heridas y  las maneras específicas con las que nos las hemos arreglado para salir adelante con ellas, formando, ambas cosas, un “programa” que, además de hacernos sufrir, se repite y se auto-perpetúa. Nos fue útil en nuestra infancia, ya que fue la manera que encontramos para sobrevivir; el problema es que continuamos repitiéndolo cuando ya no sirve.

La mayoría de los síntomas psicológicos están relacionados con este “programa”. También esa historia que siempre se repite en nuestra vida. Incluso algunos problemas físicos que sufrimos (ver minimapa Lo psicosomático). A este respecto es interesante leer a la controvertida Alice Miller… a mi entender carece de rigor pero me gustó las preguntas que despertó en mí (ejemplo: ¿será verdad que algunas madres no enferman porque trasmiten sus heridas a sus hijos?)

De niños pudimos sufrir algún tipo de  situación de abandono, de traición, de abuso, de subyugación, de exclusión en el cole, de fracaso escolar…  o  alguien importante nos hizo creer que el mundo era un lugar peligroso, o que eras incompetente para ser autónomo, o que eras imperfecto y no merecías amor, o simplemente no recibiste cariño de verdad…  tal vez se esperaba que fueras el mejor y te enseñaron que cualquier otra opción era un fracaso… incluso pudiste “sufrir” de ser muy mimado y ahora tienes dificultades por aceptar los límites reales de la vida. Todas estas situaciones pueden dejar, de una u otra manera, heridas que condicionan enormemente nuestra historia de vida pasada y futura.

El gran problema es que en la mayoría de nosotros todo esto, o al menos la parte más nuclear, permanece en el inconsciente.

3. Estilos de afrontamiento

Continuemos un poco más por esta capa externa de la cebolla. Ante las heridas que acabamos de comentar, aparecen tres estilos de afrontamiento: uno puede rendirse ante la herida, o  escapar de ella (evitarla), o contraatacar (sobrecompensar). Veamoslo con los ejemplos de Juan, Luis y Pedro, cuya herida principal tiene que ver con que de niños se sintieron imperfectos, avergonzados y poco queridos.

Juan tiene 18 años y va al instituto. No te mira a los ojos y cuando habla apenas se le oye. Siempre se compara desfavorablemente con los demás. Sale con una chica que siempre lo critica y su mejor amigo también es muy crítico con él. Su expectativa de que las personas sean críticas se ve confirmada a menudo.

Juan se ha rendido a su sentimiento de impefección. Y cuando nos rendimos, distorsionamos la perspectiva de las situaciones de tal manera que nos confirman nuestra herida. Reaccionamos con desmesurados sentimientos cada vez que ésta se activa y seleccionamos -parejas y situaciones que la refuerzan. Rendirse significa que la persona organiza su vida de tal modo que continúa repitiendo los patrones de la infancia (revive una y otra vez la herida infantil).

Luis tiene 40 años y le encanta socializar por los bares. Se siente más cómodo en relaciones amistosas fortuitas. Su mujer, obsesionada con las apariencias, quería un hombre como él para tener un matrimonio tradicional de cara a la galería, ignorando la verdadera intimidad.

Luis intenta todo el rato huir de sus sentimientos de imperfección (evita la intimidad y bebe). Con el escape, evitamos pensar en nuestra herida y rehuimos sentirla. Evitamos situaciones que podrían activarla (incluso nos podemos llegar a creer que “las fiestas son de frívolos” cuando en realidad nos dan miedo). Y cuando la herida asoma un poco, recurrimos para taparla al alcohol, drogas, comer en exceso, limpiar compulsivamente o nos volvemos unos trabajadores infatigables. De hecho, nuestros pensamientos, sentimientos y conductas funcionan como si esta herida no existiera.

Es natural escaparse porque lo que activa la herida es demasiado doloroso. La desventaja es que a largo plazo volvemos a caer en las mismas conductas negativas (incluidas adicciones), en las mismas relaciones autodestructivas, nuestra vida se vuelve muy pobre (renunciamos a sentir), y a menudo acabamos haciendo daño a los que nos rodean. Centramos nuestra existencia en evitar el sufrimiento (no sentir la herida infantil) y en consecuencia nos perdemos la vida.

Pedro tiene 32 años y  es corredor de bolsa. Aparentemente es una persona segura, de hecho es un poco engreído y muy crítico con los demás. Crea situaciones donde él está por encima de los demás y emplea casi toda su energía en ganar prestigio.

En realidad, Pedro se siente superior para experimentar lo contrario de lo que sintió en la infancia. Fue un niño al que sus padres infravaloraban y se pasa toda su vida intentando mantener a raya ese niño.

Cuando contraatacamos o sobrecompensamos, intentamos compensar la herida infantil convenciéndonos a nosotros y a los demás de que lo contrario es verdad. Nos aferramos a esa imagen con desesperación.

Si de pequeño fui muy controlado, trataré de no sentirme dependiente de nadie; si fui considerado débil o inseguro, trataré de mostrar fortaleza; si fui abusado, trataré de abusar o maltratar a otros, si fui considerado incapaz, trataré de mostrar méritos y logros.

Los que utilizan el contraataque pueden parecer saludables. De hecho, algunas de las personas que más admiramos, como las estrellas de cine o líderes políticos o financieros, pueden ser de las que contraatacan.

Pero los contraataques aíslan. No se preocupan por las personas que perjudican durante el proceso ni por las repercusiones que pueden tener sus acciones. Finalmente, las personas próximas los dejan o toman represalias. Además van en la dirección contraria de la verdadera intimidad. Pueden llegar a perderlo todo, incluyendo a alguien a quien amaban; sólo por el riesgo de mostrarse vulnerables.

No aprenden a enfrentarse a las derrotas, ya que no asumen la responsabilidad de sus fracasos ni reconocen sus limitaciones. Sin embargo, cuando hay un contratiempo importante, el contraataque se hunde, la armadura se agrieta y se sienten muy deprimidos.

En fin, vemos que Juan, Luis y Pedro afrontan una herida similar de formas radicalmente diferentes. Sin embargo es imprescindible señalar que la mayoría de las personas utiliza una combinación de rendición, evitación y sobrecompensación.

El próximo día más, navegantes ;)

(Mercedes García Laso, tu psicólogo en Logroño para atravesar tormentas).

Película El Día de la Marmota como metáfora de cómo repetimos por nuestras heridas y estilos de afrontamiento.

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Hoy te explico por qué eres así y cómo se puede cambiar ;) (identificaciones)
Mercedes Garcia-Laso 23-05-2016 | 8:55 | 0

Por qué soy así? ¿por qué actuó como actuó? ¿por qué pienso, siento, me relaciono, de la manera que lo hago? ¿por qué me gusta A y no B? ¿por qué acabo casi siempre con parejas en el fondo muy similares? ¿por qué parece que siempre se repite la misma historia?

Hoy os voy a dar una pista (en realidad, la clave) al respecto: yo soy sólo un conjunto de identificaciones. Don’t panic, os explico:

Una identificación es, por ejemplo, cuando de repente me digo: “osti, pero si estoy haciendo como mi madre!”. Es decir, es considerar propio algo que en realidad he tomado del otro.

Pues bien, todo lo que soy yo proviene de fuera: mi personalidad con todas sus características; mis deseos, sueños e ilusiones; cómo me veo a mí mismo y al mundo; cómo me protejo; mis códigos morales etc.

Y es que el niño según sus predisposiciones (genética) va incorporando determinados aspectos de su entorno para configurar su cerebro. Cojo aquel rasgo de papá; éste de mamá, pero le doy la vuelta y adopto el opuesto; las expectativas ante mi nacimiento también, por supuesto; lo que pasó en casa en mi infancia (mejor dicho, la película que se hizo mi yo-bebe de aquello); ideas locas como mi necesidad de ser instrumento de la felicidad de otro; el ser del Real Madrid de toda la vida etc.

Muchos de ellos son contradictorios entre ellos (por eso, muchos de nuestros conflictos, y también que a veces nos parezca que nos habitan diferentes personas) y la inmensa mayoría inconscientes.

El niño no elije lo que toma o no toma, ni tampoco lo que le sucede ni sus reacciones internas a ello. Pero luego la vida es un avanzar en responsabilizarse del hardware y software de uno porta, como resume espléndidamente la frase de Sartre “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Pero ojo, este responsabilizarse no es un mandato más que añadir a nuestra lista de “tengo que”, sino que se trata de la opción de tomar las riendas de la vida de uno, dejar de ser un autómata e ir creciendo en libertad.

Para ello, hay que ir conociéndose. Es decir, progresar en el camino de las desidentificaciones (que nunca serán completas), cuestionándome lo que antes ni me plantaba y atendiendo en particular a las que me hacen daño; y descubrir cosas en mí que ni imaginaba.

Lo que pasa es que el camino asusta ya que el suelo de nuestras certezas parece desaparecer bajo nuestros pies y hay que ser un poco Cristobal Colon para dejar lo de siempre y lanzarse a las Américas.

Me he dejado el apellido a “ir conociéndose”, pues para mí le es inherente, pero es mucho mejor explicitarlo: el auto-conocimiento es siempre autocompasivo. Es decir, la clave para una vida más plena es a la vez que me voy conociendo y voy conociendo lo que me pasa, voy aprendiendo a acoger con respeto, y la ternura que me  sea posible, lo que voy encontrando de mí  no me gusta, que me hace sufrir.

Todo en mí tuvo una razón de ser, todo en mí tiene su luz y su sombra, y todo en mí conforma el sistema que soy y que me ha traído hasta este ahora. Cuanto más conozca este todo, menos me apegaré a determinadas partes y más libre volaré.

~Mercedes García-Laso, tu psicólogo en Logroño para atravesar tormentas.

(Elliana Esquivel)

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Comienza el año diferente (el proceso de apertura)
Mercedes Garcia-Laso 07-01-2016 | 11:15 | 0

Se acabaron las fiestas y se amalgama el “uy, por fin!” con el “no, no, no quiero volver a la mina… encima con cuesta de enero incluida!”. El año pasado os dejé unas notillas para esto último (ver aquí) así que hoy os voy a proponer algo diferente.

Muchos os hacéis propósitos al comenzar el año… para el cuerpo (dejar de fumar, hacer ejercicio, adelgazar…), para la mente (estudiar inglés…), para lo profesional, para el ocio (ahorrar para un viaje en septiembre…) etc. Pero… qué pasa con el alma? ¿se os ocurre, simplemente en este momento mientras leéis estas letras, algún propósito para cultivar el alma?

Para daros alguna pista sobre ello, este mini-mapa lo voy a dedicar a dejaros unas pinceladas sobre la clave del crecimiento personal: el proceso de apertura.

Tengo la costumbre de andar por los caminos
mirando a la derecha y a la izquierda
y de vez en cuando mirando para atrás…
Y lo que veo a cada instante
es lo que antes nunca había visto,
y me doy buena cuenta de ello.
Sé sentir el asombro esencial
que tiene un niño si, al nacer,
de veras reparase en que nacía…
Me siento nacido a cada instante
a la eterna novedad del mundo.
(Fernando Pessoa)

Vivimos protegidos en nuestra zona de confort… en ese lugar que, por desagradable que sea, conocemos y donde sabemos manejarnos… en ese pequeño mundo que nos hemos construido y que creemos real… con nuestra particular manera de ver la realidad, al otro y a nosotros mismos. Y permanecemos ahí porque vivimos a la fuga, a la fuga de determinadas sensaciones que nos dan pavor.

Cada uno tiene las suyas propias pues hay gente que, por ejemplo, no huye de un cierto tipo de melancolía, que incluso la busca, pero es en realidad para tapar lo que verdaderamente le asusta. Hay, sin  embargo, dos asuntos de los que todos tratamos de escapar: uno es la incertidumbre de nuestros supuestos pilares básicos; y el otro es de ver cosas de las que sólo intuir su posible existencia y forma nos provoca tal pánico que ni podemos sentirlo (aunque luego resulta que si nos atreviésemos a mirar, nos daríamos cuenta de que el supuesto fantasma a veces es sólo la rama de un árbol rozando la ventana de la habitación).

Sabios y expertos están de acuerdo en que el camino de la aceptación es el camino de una vida plena. Pero frecuentemente se olvida indicar que la auténtica aceptación implica necesariamente apertura, apertura hacia fuera y hacia dentro. Aceptar no sabiendo que llevas unas gafas de color rosa no es aceptar, es autoengaño (con todos los peligros que esto conlleva… como pasar un semáforo en rojo por no distinguir el rojo del verde).

Al abrirnos nos escuchamos a nosotros mismos y a la vida… tomamos consciencia de lo no sabíamos de nosotros mismos, descubriendo así los soles que esconden las temidas tinieblas… y vemos en el día a día posibilidades antes ni siquiera imaginables.

Primer paso para ir comenzando esta apertura –y con esto finalizo hoy–: estar lo más atento que pueda a lo que perciben mis sentidos. Hasta la próxima, navegantes, y un 2016 de belleza y avances!

No todo es días de sol,
y la lluvia, cuando escasea, se pide.
Por eso tomo la infelicidad y la felicidad
con naturalidad, como quien no se extraña
de que haya montañas y llanuras
y de que haya rocas y hierbas.

Lo que si hace falta es ser natural y sereno
en la infelicidad o la felicidad,
sentir como quien mira,
pensar como quien anda,
y cuando se va a morir, acordarse de que el día muere,
y que el poniente es hermoso y es hermosa la noche que queda…
Y que si así es, es porque es así.
(Fernando Pessoa)

~Mercedes García-Laso, tu psicólogo en Logroño para atravesar tormentas.

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Sobre el autor Mercedes Garcia-Laso
Psicóloga clínica, experta en pequeñas y grandes dificultades: en terapia su escucha hace ver. Nº1 en el PIR; discapacidad ≥65%; libro #Minimapas para Tormentas. Garcialaso.com.