
Al gastrónomo, como a la pareja de “Casablanca”, siempre le quedará París. Por eso, y porque es un magnífico y cortito paseo, sube la Rue Royal hasta la iglesia de La Madelaine y no le da ninguna pereza, una vez pasado frente al viejo Maxim´s , torcer a la izquierda y encontrarse con el Foubourg Saint- Honoré, eje de las boutiques de moda del Gran París. Luego, subiendo con toda calma la calle por la acera de los pares, disfrutando de las vitrinas y de sus contenidos, pronto llegará al núm. 112 y allí es precisamente donde Epicuro le espera. “El Rest. Epicure” (112-Rue Foubourg Sain- Honoré- Tfno: 33 1 53 43 43 40). Y no se extrañen, porque sí, efectivamente, además de un templo gastronómico, “Epicure” es el restaurante del Hotel Bristol, en cuyos fogones ese extraordinario chef llamado Erich Grechón les sorprenderá, aún sin proponérselo, con algunas de sus exquisitas preparaciones, como por ejemplo esa maravillosa lubina asada sobre legumbres grillé, que sólo por probarla merece la pena hacer una visita a su restaurante, preparado para que, en su interior si el tiempo lo exige o en su magnífico jardín de estilo francés cuando la primavera avanzada rompe definitivamente el invierno parisino, el comensal disfrute de una verdadera cocina francesa, servida a la francesa y presentada como sólo los franceses, cuando pueden y quieren, saben hacerlo. Un consejo, si tienen la suerte de visitarlo no dejen de probar ese postre bisscuit, mi-cuit de chocolate, porque seguro que me lo agradecerán y si no tienen prisa (y mi consejo es que si la tienen no vayan), pasen un rato hablando con Marco Pelletier, un sommelier que “más a más” es un extraordinario connaisseur de las posibilidades vinícolas de las diferentes regiones tanto del exágono francés, como de España. Y que ustedes lo disfruten con salud
Cuando el gastrónomo paraba en Niza solía hospedarse en el Hotel Negresco, y digo solía porque raro será, aunque nunca puede decirse de esta agua no beberé, que tras la última experiencia repita alojamiento. Al Negresco, inaugurado en 1913, los cien años empiezan a notársele y lo que antes era lujo y boato, hoy se ha convertido en un rancio abolengo a veces más incómodo que confortable. Todo pasa y todo queda, que decía el poeta. Pero que el gastrónomo no vaya a hospedarse allí, no quiere decir que no visite el hotel, y la culpa, bendita culpa, la tiene ese “Rest. Chantecler” (37, Promenade des anglais. Tfno: 33-4-93166400) que sigue siendo un magnífico lugar donde disfrutar de un ambiente verdaderamente creado para gourmets y gourmands. Y mientras disfruta su “Dry” buñuelesco e incomparable, El Chantecler, con su savoir faire tradicional, le seguirá extasiando enseñándole esos magníficos a la par que increíbles tapices de Aubusson, que desde hace más de seis siglos forman parte del mejor patrimonio de la tapicería francesa. Y así, lo mismo que esas maravillas cuelgan de sus paredes, el gastrónomo podrá ir disfrutando viendo esas otras maravillas que el magnífico equipo de cocina del restaurante va sirviendo a los afortunados comensales que han tenido la suerte de reservar mesa y cartera con tiempo suficiente. Y por eso, porque conoce la exquisitez de los productos de temporada tras su paso por las hábiles manos del Chef, es por lo que el gastrónomo se permite recomendarles “Les croustillants de tête de veau aux feuilles de roquette”, un plato este que sinceramente no lo encontrarán en otro sitio, confeccionado de forma tan sublime y con elementos tan sencillos como los de una simple tête de veaux. Un increíble placer


Con un cierzo helador y una lluvia pertinaz y molesta, el gastrónomo decide quedarse a comer en su tierra y así, cogiendo la carretera hacia Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada, sigue Valle del Oja arriba hasta que llega a Ezcaray, villa esta de rancio abolengo, espíritu de la colmena y a la que, ya el 
