COMER EN ROMA (II)

Aprovechando que es el último sábado de Julio y para empezar las vacaciones de Agosto con buen pie, el gastrónomo va a tirar la casa por la ventana llevándoles a “cenar” (yo creo que es más espectacular) al que tiene fama de ser el mejor restaurante de Roma (y posiblemente de Italia) y que no es otro que el restaurante “La Pérgola” (Vía Alberto Cadlolo 101. Tfno: 00 39 06 35 091) uno de los restaurantes del Hotel Rome Cavalieri. Y Para empezar, y si piensan hacerme caso, reserven mesa junto a una ventana, desde donde, les doy mi palabra que podrán contemplar una de las mejores vistas panorámicas nocturnas de la Ciudad Eterna. Pero vamos a lo nuestro: el barco “La Pérgola”, que es un tres estrellas Michelín, está gobernado, por un chef alemán, que se autodenomina europeo, aunque haga cocina italiana y que se llama Heinz Beck. Pero vamos a lo nuestro y permítanme que les recomiende un primer plato imprescindible. ¿Pasta? Pasta. Pidan ustedes unos fagotelli a la carbonara (los fagotelli de “La Pérgola” son unos pequeños cuadraditos de una pasta tan fina que hasta puede leerse a través de ella, rellenos de muselina de queso) y tengan por seguro que si son amantes de la pasta y de la carbonara, les puedo asegurar que nunca encontrarán nada más exquisito. De pescados y carnes no les hablo pero sí me van a permitir que les hable de un postre que es una verdadera ambrosía y que no es otra cosa que una esfera hueca (tamaño pelota de tenis) hecha de líquido de frambuesas, congelada con nitrógeno líquido y rellena de frambuesas naturales. Simple, pero no olviden que son los placeres más sencillos los que son el refugio de los espíritus más complicados. Y si han cenado bien, antes de marcharse, convenzan al director de sala, para que les enseñe la increíble bodega donde más de cincuenta mil botellas les despedirán como se merecen. Y es que todo en La Pérgola es extraordinario y cuando digo todo, supongo que se imaginan a lo que me refiero

COMER EN SANTANDER

Recuerda el gastrónomo, que ya en otra ocasión les ha hablado de ese magnífico programa turístico y gastronómico que se llama “Cantabria infinita”. No voy a repetirlo (para más señas, el 18 de agosto del año pasado les hablé de ello). Hoy el gastrónomo quiere hablarles de unos de los mimbres que componen ese cesto. Se trata de uno de los grandes fogones de Santander. El restaurante “El serbal” ( Calle Andrés del Río, 7. Tfno: 942 222 515), en el que desde el día de su inauguración y adelantándose a las modas, se le viene posibilitando al cliente que haga de su comida, un entretenido juego de diferentes degustaciones. Verán, me explico: todo empieza, con el servicio de pan, momento este en que el restaurante propone al gastrónomo cinco o seis tipos diferentes de pan para luego jugar con el aceite pasando a ofrecer seis tipos diferentes de aceites, en afortunada sustitución de la mantequilla. Pero la cosa no acaba ahí, porque si le gusta seguirles el juego, yo les recomendaría que probarán, si les gusta la carne, su “Pichón en cinco cocciones (asado, frito, tar-tar, confitado y helado)” o su “Degustación de tres bacalaos (pil-pil, club ranero y ajo arriero), si prefieren el pescado, reservando un huequito para su postre de chocolates variados que siempre resulta para el gastrónomo una tentación demasiado fuerte, para dejarla pasar de largo. Pero es que ahí no acaba todo, porque en la misma línea “El Serbal” ofrece a sus clientes el café, (colombiano, árabe, africano, brasileño…) y todo hecho delante de la mesa, sin trampa ni cartón y servido por un equipo de comedor que sabe unir simpatía con profesionalidad y eficiencia. Muy recomendable, sinceramente y además y gracias a la autopista, lo tenemos a tiro de piedra. Centren el tiro: “Cantabria infinita”, Santander, Puerto Chico y “El Serbal”

COMER EN MILÁN

El gastronómada, tiene que reconocer que Milán, no es ni con mucho su ciudad italiana, aunque resulte ser una de la que más veces ha visitado. Ironías de la vida. La realidad y perdonen la osadía es que fuera de El Duomo , la galería Vittorio Emanuele y la Escala, Milán le deja un poco frío, aunque tiene que reconocer que gastronómicamente esa frialdad no es para tanto. El gastrónomo recuerda que hace ya demasiados años, el restaurante donde solía parar con más frecuencia era “Bagutta”, en el 14 de la Vía Bagutta. Era “Bagutta”, un obligado lugar de encuentro de artistas y mecenas donde además, se comía bien, sin grandes aspavientos, pero muy correctamente. Hoy todavía existe y aunque a mitad de camino entre el restaurante y la trattoría hay que reconocerle que el que tuvo, retuvo. El siguiente puerto donde fondeó con asiduidad el gastronómada, fue en el restaurante “L’assassino”, que estaba y sigue estando en el Palazzzo Recalcati, en el casco antiguo y donde cenar las noches de verano, en su patio interior, con las estrellas por techo y rodeados de la belleza de este “palazzo milanese” del siglo XVIII perfectamente restaurado, resulta fuente inagotable de recuerdos. Tranquilo y señorial L’assassino ofrece una cocina tradicional milanesa, con algunos toques de modernidad nada extravagante. Pero hoy, el gastronómada que ya no está para perderse por cascos antiguos en busca del rincón perdido, tiene resuelto el capricho gastronómico sin salir del hotel. Se trata de “La veranda” (Via Gesù 6 – Tfno: +390277088), uno de los dos restaurantes del hotel “The four seasons”, donde con toda sencillez y como el que no hace nada del otro mundo, les recomiendo que coman unos sencillos espagueti con pomodoro, basilisco y parmesano regiano a voluntad y un “Barbacarlo” tinto lombardo para acompañar. Nada más, pero…..¡nada menos!

CUANDO COCINAN LOS ANGELES

Hoy el gastrónomo está emocionado y contento. Emocionado porque desde hace unos días está ojeando “Hoy cocino yo”, un magnífico libro de cocina, con innumerables recetas adaptadas a personas con discapacidad intelectual y que “además ha conseguido ser, un proyecto solidario, en el que jóvenes, cocineros profesionales y educadores se han involucrado para demostrar que, con los apoyos necesarios y un proceso de aprendizaje adecuado es posible adquirir destrezas culinarias imprescindibles para llevar una vida autónoma” (1) y contento porque precisamente han sido seis de las mejores espadas riojanas, los que han sabido batirse en los fogones de la ternura, Diego Arechinolaza, Francis Paniego, Ignacio Echapresto, José Félix Rodríguez, Ventura Martínez y Juan Ángel Rodrigálvarez. ¿Alguien da más? ¡Enhorabuena a todos! Enhorabuena y gracias por enseñarnos a cocer un huevo, a freírlo, a hacer una tortilla y a cocinarlo a baja temperatura. A hacer patatas fritas, patatas a la importancia y galletas de bacalao sobre crema de patatas. A cocinar un arroz con tomate, unos rollitos de salmón y un arroz con leche. A preparar una ensalada de pasta, una pasta con hongos y mascarpone y una pasta con carne. A disfrutar cocinando una brocheta de verduras y unas verduras en conserva, para terminar con unas deliciosas fresas con chocolate. Por todo lo cual y si es cierto aquello que decía Fernand Point que no se puede cocinar bien si no se pone en ello el corazón , el gastrónomo augura un completo éxito entre los fogones a todos esos ángeles de gorros tan blancos como sus almas. Compren el libro, es un consejo que me agradecerán, se llama “Hoy cocino yo”.
(1). El texto entrecomillado, está copiado directamente del prólogo

LA COSTA AMALFITANA

Si se está en Nápoles, no hay que dejar de visitar el Museo Arqueológico, pero tras visitarlo, hay que visitar Herculano, y si se visita Herculano, ¡¿cómo no ganar?! que no es perder, un día en Pompeya y, como es lógico, puestos ya… la visita de la costa amalfitana se hace imprescindible. La Costa amalfitana o Costa de Amalfi es un tramo de costa bañada por el mar Tirreno, situado en el golfo de Salerno, en la que todos los municipios que integran la costa, Ravello, Positano… etc. fueron declarados en 1997 Patrimonio de la humanidad, pero bueno, a lo que vamos, miren, si ustedes tienen la suerte de estar por allí, háganme caso, desvíense de su ruta una docena de metros y visiten un pueblito encantador que se llama Sant’Agata sui Due Golfi y cuando ya estén allí búsquense cualquier excusa para ir a pasar un buen rato entre los manteles del restaurante “Don Alfonso 1890” (11 corso Sant’Agata- Tfno: 39 08 15 330226) donde tanto Alfonso Iaccarino, como Ernesto, como toda la familia Iaccarino, estoy completamente convencido que harán todo lo posible por hacerles pasar un rato de lo más agradable, con su conversación, con su servicio, con su bodega o con sus platos siempre cocinados con los mejores productos de temporada. Y si quieren ir sobre seguro, aunque mi recomendación es que hagan caso a Alfonso (habla un perfecto castellano), pueden empezar con uno de sus clásicos: “la zeppola di astice” (especie de pastelito de bogavante), para seguir, si tienen la suerte de coincidir con la temporada, con un increíble risotto al limón, con oricios y huevas de salmón, que puede ser el extraordinario preludio de ese postre memorable que es su helado de anguila. ¡Ah! y por beber no pasen cuidado, desde los mejores Vega Sicilia, hasta los Neros d’Avola sicilianos, les están esperando en su espléndida bodega. Pásenlo bien y no le cuenten al gastrónomo que han ido, para que no se muera de envidia.

COMER EN NÁPOLES

 

Al gastrónomo no le hace especial gracia la polenta, ese cereal típico del norte de Italia, aunque si no hubiera más remedio que comerla se decidiría por la “polenta gialla” (polenta amarilla), la que se hace con harina de maíz. Y es por esta afición a la polenta por lo que los italianos del sur llaman cariñosamente “polentoni” a sus compatriotas del norte, los cuales, en justa revancha, llaman “terroni” a los del sur, que viene a querer decir algo así como “campuzos”. Bueno, pues es rodeado de los “terroni” de Nápoles con los que el gastronómada se encuentra más a gusto, como más en su ambiente,  aunque quizás sólo sea porque Nápoles, desde que Alfonso V, allá por 1442 le arrebató su dominio a la dinastía angevina y la integró en el  reino de Aragón. Y es por eso, porque para el gourmet Nápoles es más que un restaurante, por lo que en esta ocasión el gastrónomo les va a recomendar una “soirée” diferente. Háganme caso: vayan a hospedarse al hotel “Vesuvio” (Vía Partenope 45- Tfno: 39 081 7640044) y pidan en el momento de hacer la reserva que les den una de las habitaciones que dan frente al “Castello dell’ovo”. Luego, para comenzar una noche de lo más placentera, bajénse a partir de las ocho al hall del hotel y mientras el arpista pulsa música napolitana, pidan al barman que les prepare un “Negroni “Vesuvio” y cuando les apetezca, salgan de hotel, crucen la calle, sólo cruzarla, y piérdanse en el dédalo de restaurantes de pescado que encontrarán a orillas del mar, entre el hotel y el “castello”. No necesitan más: Una buena “triglia” (salmonetes), preparada de la forma menos sofisticada posible, un chardonnay siciliano (Tasca d’Almerita por ejemplo), un Tiramisú, un expreso italiano, el castello a su derecha y frente a usted toda la belleza del golfo de Nápoles. ¿Alguien da más?

COMER EN SAN SEBASTIAN (I)

 

Recuerda el gastrónomo que desde hace muchos años la Bella Easo ha sido uno de sus lugares predilectos para esconderse entre el revolar de los manteles. Todo empezó, hace ya casi medio siglo, cuando en un 850 blanco que sudaba subiendo Lizárraga el gastrónomo se acercaba hasta aquel Juanito Kojua del Barrio Viejo, donde el menú se repetía indefectiblemente. Sopa de pescado (la más cercana a la bullabesa que nunca he comido), y unas cocochas al pil-pil, de aquellas cocochas que eran cocochas, cortadas de aquellas merluzas que eran merluzas. Hoy el gastrónomo no suele parar por ahí y tras pasar Anoeta, coge la carretera que sube a Igueldo, deja Rekondo, del que otro día hablaremos a la izquierda y, monte arriba, como a eso de un par de kilómetros, llega a una entrada asfaltada a mano derecha que da paso a una de las glorias gastronómicas de España. Es el restaurante “Akelarre” (Paseo Padre Orkolaga 56- Tfno: 943 311209- San Sebastián) en el que Pedro Subijana, un hombre tan encantador como “cordón bleu” y que no tiene más estrellas Michelín porque no le caben en la fachada, le espera. Visitar Akelarre es sinónimo de darse todo un gustazo disfrutando del bien comer y de esa otra cosa que tanto añoramos los gastronómadas y que es sentirte como en tu casa nada más atravesar las puertas del restaurante. Si les gusta ver el mar mientras comen, no se olviden de reservar una mesa junto a los ventanales y si lo que les gusta es el caviar no dejen de probar su “Huevo con caviar sobre puré de coliflor y mantequilla de cebollino”, pero aunque no venga en la carta y no sea un plato muy vasco, si tienen suerte de que ese día haya, por favor, se lo pido por favor, díganle a Pedro que les dé unos callos al estilo de cómo los que hacía su abuela. Háganme caso, prueben esos callos y luego hablamos.

PECES DEL EBRO

El gastrónomo no es que piense que como escribió don Jorge “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, es que está por asegurarlo y por eso hoy, que estamos a tres días de que la ciudad de Logroño celebre otro San Bernabé, no quiere dejar pasar esta ocasión sin contarles sus recuerdos; recuerdos que datan de cuando en las aguas del Ebro, sin llevar gafas de submarinista, se podía bucear y ver el lecho del río, o de cuando, de madrugada, acompañaba a Juanito “El Manco” a mover la orilla de la margen derecha del río y luego a descargar los peces que poblaban las redes en las cestas anchas de mimbre, o de aquellos tiempos en los que el gastrónomo, de la mano de su abuelo Amaranto, ayudaba a freír los peces en una bajera de la Rua Vieja para que Amelivia, y Manel, y Cholo, y Berger, y Perea, y Almazán, y Barrón, y Yabar, y Garrigosa, y Ochagavía, y tantos y tantos otros, los fueran repartiendo entre los logroñeses. Eran otros tiempos. Hoy las cosas han cambiado. Hoy el Ebro parece bajar de luto y ya no se pueden comer sus peces por el más elemental principio de higiene. Hoy se fríen truchitas y con truchitas se conmemora la fiesta del patrono. Pero el gastrónomo no quiere ser derrotista y lo mismo que todo lo anterior ya perdido le entristece, también reconoce que aún hoy, en la Cofradía, como hace más de cien años, un grupo de cofrades se esfuerza en mantener sus tradiciones lo más cercanas de lo que fueron y si no hay peces, pues truchas, y si ya no pueden desayunar sus migas en Las Cubanas, pues las desayunan en El Moderno, que hemos de reconocer tampoco es mal sitio para, con el permiso de Mariano, entrar a saco. El gastrónomo no estará el día de la Fiesta del Santo en Logroño, hay demasiados recuerdos que le atenazan la garganta pero, desde donde esté, tengan por seguro que a eso de medio día se beberá un traguillo de vino que, mezclado con algunas lágrimas, le ayudarán a tragar ese ¡Viva San Bernabé! que estará luchando por salir de su garganta. Abuelo, te quiero.

LOS 50 DE LA FAMA

Hoy el gastrónomo está contento. Revolviendo entre los siempre desordenados papeles de su mesa ha encontrado la lista de los cincuenta mejores restaurantes del mundo, lista que capitanea esa maravilla de la buena mesa que dicen es el Celler de Can Roca y en el que el gastrónomo todavía no ha tenido ocasión de perderse y todo por esa manía de no visitar, ni aquí ni fuera de aquí, ningún restaurante donde tengan varios meses de lista de espera para atender a sus clientes. (Grrrrr.). Manías de viejo, sin duda. Pero como no todo deben ser lágrimas, suspiros y lamentos, también el gastrónomo les confiesa su satisfacción porque, en este mismo recuadro semanal, sí que les ha hablado de sus experiencias en al menos dos de los que aparecen en la lista en lugar destacado: el Steirereck vienés (puesto núm. 9) del que les hablé el 20 de abril y El’Arpege parisino (puesto núm. 16) del que lo hice el 11/8/12. No vamos excesivamente bien, pero tampoco nos quejamos. El Celler, varios años segundo en la lista de oro, por fin este año ha desbancado de su trono al famoso Noma danés, al que no debe de haber ayudado mucho el problema, accidental sin duda, de intoxicación alimentaria tenido por allá entre Marzo y Abril. Queramos o no, un golpe de mala suerte que sin duda ha beneficiado a nuestro Celler, del que, en honor a la verdad debo decir que, de todas formas y con buena o mala suerte, ya llevaba tres años pisándole los talones. Y para concluir, permítanme que copie y pegue unas líneas de Toni Masssanés: “Le hemos preguntado a Joan, el hermano mayor, el chef, el investigador y maestro de cocina, el arquitecto de las creaciones culinarias, el alfa de la constelación rocallosa: “Si El Celler de Can Roca fuera uno de tus platos, ¿qué plato sería?”. Y nos ha respondido lo que reproducimos íntegramente: el Cordero (de raza ripollesa) con pan con tomate. Y es que no olvidemos que la felicidad se encuentra entre la humildad y la sencillez. No es la primera vez que lo escribo

COMER EN ROMA

Hoy el gastrónomo se siente contento porque sabe que su sugerencia, caso de ser seguida por el lector, tiene la “matrícula de honor” asegurada. Cierren los ojos por un momento y piensen que estamos en Roma y que, admirando todo lo admirable que la Ciudad Eterna nos ofrece, paseando tranquilamente llegamos hasta “La fontana di tritone” en la “Piazza Barberini”. Detrás de ella y si todo lo hemos hecho bien, debemos encontrarnos con el Hotel Bernini y, si todo va como debiera, mirando su fachada de frente, la calle que nace a su izquierda debiera de ser la “Vía de San Nicola de Tolentino” y allí, justo allí, les recomiendo que terminen su paseo turístico para dar comienzo al recorrido gastronómico de uno de los más encantadores restaurantes de La Ciudad de las Siete Colinas: “Rte. Tullio (Vía di San Nicola da Tolentino, nº 26- Tfno. 39-64745560)

Bueno, pues si atravesamos sus puertas y nos sentamos, si es que algunas de sus mesas, siempre ocupadas por políticos, artistas o empresarios, están libres, el gastrónomo les asegura que podrán disfrutar  de una verdadera cocina romana y todo a  menos de cien metros de la conocida Vía Vénetto. Y para disfrutar juntos de este momento, permítanme que les aconseje pedir lo mínimamente imprescindible para hacer a su cocina los honores que se merece. Comencemos con un “antipasti de Carciofi (alcachofas) a la romana (imprescindible). Para luego probar, aunque sólo sea por probar, sus obligatorios “parpadelle di lepre” (liebre). Y como principal un ligero plato de “Mazzancolle (langostinos), hecho a la manera de la casa. De verdad. No hace falta ni postre. De ahí al spresso y del  spresso a una grappa de Chardonnay. No nos hará falta más y si nos lo hiciera es que algo que no ha funcionado bien. En serio

 ¿Precio? (recordando que es cosa de necios confundir valor y precio): 50 euros. Sin pasarse en las bebidas.
La Rioja

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