La Rioja
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Fecha: enero, 2014
EL PODER DE LA LENGUA EN EL MUNDO DEL VINO
Antonio Remesal 22-01-2014 | 8:50 | 0

Importancia del conocimiento y la expresión en inglés para la venta de vino.

En una cata en la que participe hace un tiempo, en la que se comparaban nuestros vinos con los de los principales rivales de los mercados exteriores, se atribuía el éxito en penetración de los vinos de un determinado país, a un factor absolutamente ajeno al producto. Me estoy refiriendo al idioma de su procedencia. Países de habla inglesa, competidores directos de Rioja, como Sudáfrica o Nueva Zelanda, tenían más facilidad para colocar su vino, no solo en estados anglófonos, sino también en el resto. Es el poder del idioma.

Y es que el inglés se ha convertido en la lengua global de los negocios. Su relevancia no solo es debida al número de personas que la hablan en todo el mundo, sino también porque es la más utilizada en la política, en las relaciones diplomáticas, en la investigación científica, en la tecnología, en las publicaciones escritas, en Internet, así como, por las empresas en sus relaciones comerciales. Teniendo en cuenta práctica y empleo, existen listas en las que colocan los idiomas por orden de importancia. En estas listas, como ya imaginan, el primero está el inglés. Su fuerza radica en que es el idioma más utilizado, que estudian más personas y que se habla en alguno de los países más avanzados, como Estados Unidos, Canadá, Reino Unido o Australia. El español es según el ranking la lengua que se posiciona en segundo lugar. En Estados Unidos se ha convertido en el segundo idioma, no solo hablado, sino también estudiado. Personalidades del mundo científico, de la cultura o de la política presumen de defenderse en Español. Nuestra lengua común, el castellano, es ya un argumento de venta nada despreciable. El chino mandarín debe su trascendencia al número de personas que lo hablan, si bien su área de influencia es únicamente China (20% de la población mundial) y países orientales limítrofes. Habida cuenta del creciente mercado que se genera en esta área, muchos de los que, de uno u otro modo, tienen intereses comerciales en estos países se vuelcan en el conocimiento de esta lengua, con lo que el Chino, ahora mismo, es la segunda lengua más estudiada después del inglés. Árabe, ruso, alemán, japonés, hindi, portugués o italiano son lenguas de menor peso bien porque están menos extendidas, cohabitan con el inglés como lengua oficial, o se hablan en áreas con economías más débiles. Adicionalmente, los mercados en los que se habla el Árabe o el hindi no resultan interesantes para la exportación de vino, por las limitaciones en el consumo de alcohol de las religiones mayoritariamente practicadas allí. Mención aparte merece el Francés, idioma fundamental en el mundo del vino, origen de multitud de términos vitivinícolas que se utilizan sin, o con apenas, modificación en diferentes idiomas, no solo en el español. Pero habida cuenta que los mercados de habla francesa no son de importancia capital para los vinos españoles, su relevancia queda más bien limitada a estudiantes que quieran aprender los métodos de elaboración en Francia.

Con el proceso de internacionalización en que están inmersas la mayoría de las bodegas y con cada día mayor numero de visitas de fuera de nuestras fronteras, hablar idiomas se ha convertido en una necesidad, facilitando las comunicaciones y por tanto el acceso al gran Mercado Global. Conocer una lengua extranjera (principalmente el inglés) es imprescindible, para los comerciales y personal en contacto directo con el cliente y, muy útil para bodegueros, viticultores, enólogos, directores técnicos o gerentes. En la empresa privada se es consciente del beneficio de contar con personal cualificado con un perfil de idiomas. No así, en algunas Administraciones cuyo planteamiento, tanto educativo, como de la estrategia organizativa y con los Recursos Humanos, es anteponer las lenguas vernáculas a las extranjeras, e incluso, a la excelencia profesional o la experiencia. Se convierten así las lenguas cooficiales al castellano, en instrumentos de discordia, que, paradójicamente, separan, marginan y apartan, lo opuesto a su, per se, propósito principal: favorecer las relaciones entre las personas.

Clara esta la importancia y valor añadido que el manejo de los idiomas supone en la comunicación, lo mismo se trate de recibir a un visitante en una bodega, comentar una cata o entrar en negociaciones de venta. En estos casos no basta con chapurrear, porque hasta con el lenguaje internacional de los signos podemos hacernos entender en un momento dado. Otra cosa muy distinta es negociar, discutir, argumentar, defender, explicar con profundidad, con el argot correspondiente, hacer que nuestro interlocutor se sienta cómodo y convencido, para lo cual es necesario un conocimiento amplio de la lengua y de la jerga propia del negocio. Es aquí donde el inglés, lengua utilizada en los principales mercados a los que se dirige el Rioja, se impone por goleada, definitivamente, “el inglés nos lleva a todas partes”. Ahora más que nunca, cuando el objetivo, según Lecea, presidente del Consejo Regulador, es comercializar en los próximos años el 50% del Rioja fuera de España.

LIBROS EN INGLÉS CON RIOJA Y EL VINO COMO ESCENARIO
The finest wines of Rioja and Nortwest Spain. Jesús Barkín, Luís Gutierrez y Víctor de la Serna
The wine Region of Rioja. Ana Fabiano
Talking about wine: Rioja/Hablando de vino: Rioja (Edición bilingüe). Antonio Remesal Villar

 

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ENTRE CALDOS Y BORBOTONES
Antonio Remesal 14-01-2014 | 8:45 | 0

Vidas profesionales paralelas: cocineros y enólogos. 

Muchas cosas tienen en común el oficio de enólogo y el de cocinero. Son profesiones ambas, que el buen gusto y la sensibilidad son requisitos imprescindibles para conseguir un buen resultado. Son labores que requieren dedicación, paciencia, orden, disciplina y pasión. Lo mismo el cocinero que el enólogo, si trabajan por cuenta ajena, deben ser vistos por el empresario como una prolongación de él mismo. Deben entender que tipo de producto se quiere ofrecer al público al  que va dirigido. De su desempeño va a depender fundamentalmente el éxito del negocio.

 

Pero lo que distingue a estos quehaceres de otros, es que requieren de un espíritu artístico. Cada vino y cada plato son creaciones únicas. Con un mismo propósito: los productos alimentarios resultantes deben estar ricos. La ética es también fundamental en ambas ocupaciones, al fin y al cabo se trabaja con insumos y siempre se puede tener la tentación de “dar gato por liebre”.

 

Yo diría, por otra parte, que ambos han sido oficios al  alcance de cualquiera. En toda casa hay un experto en cocina, la madre. No conozco a ninguna madre que no sepa cocinar. No sé si viene en los genes, pero tan pronto tienen un hijo, hasta la que menos imaginas, se transforma. Sin haber cocinado nunca, empiezan preparando biberones y al poco tiempo hacen las mejores croquetas del “condado”. Con lo de hacer vino pasa más o menos lo mismo: hasta no hace muchos años todo el mundo que tenía viñas hacía su cosechero, unos buenos otros mejores.

 

Pero aunque existen similitudes entre la cocinera de su casa y el que hace vino para su propio consumo, cuando destacan por su buen hacer, el proceso y evolución muy a menudo difieren. Los chef de más mérito son nuestras madres. Y nadie les pone medallas. Como no sea aquella de los años 70 de “+ que ayer pero – que mañana”. Hacen las mejores croquetas, bacalao al pil pil, patatas a la riojana, callos o patitas de cordero, pero hay queda la cosa. Los de casa, alguna vez, decimos “que rico estaba el cocido”, los de fuera “deberías poner un restaurante”, lo que ninguna madre hace, por que lo suyo es alimentar a la familia, que a nadie le falte de “na”, y agradecer que no haya quejas, ya no digo que alguien alabe su comida. Refiriéndome ahora a los que en su pueblo hacen el mejor vino, la trayectoria se repite a menudo. Empiezan vendiendo unos garrafones, de ahí a embotellarlo, si la cosa va bien, se deciden a etiquetar, aumentan la producción, amplían la bodega o hacen una nueva, terminando alguno, cargado de galardones. Todo eso si no se le rompe el botijo por el camino, lo cual, hasta hace pocos años, casi nunca ocurría, ya que aparte de aprender a hacer vino de su padre, éste les enseñó que para no tropezar, había que adecuar el paso a la carga y las dificultades.

 

Saben los cocineros y enólogos que quieren hacer carrera, que no vale apalancarse y conformarse con las recetas del abuelo. Es necesario estar cualificado, al corriente de las nuevas técnicas enológicas o gastronómicas, informado de las tendencias del mercado, ser un buen comunicador y dominar idiomas. En definitiva, químico, ingeniero, especialista en marketing y relaciones públicas, a la vez.

 

La formación reglada no ha sido el único medio de acceder a las profesiones. La mayoría de los enólogos lo hemos hecho formándonos en materias afines. Mediante acreditación de un rodaje previo, hemos obtenido la habilitación para ejercer como tales por la autoridad competente (RD 595/2002). También, muchos de los cocineros famosos actuales empezaron como pinches, perfeccionando su técnica mediante el estudio y experiencia en diferentes cocinas, lejos de los centros culinarios más prestigiosos.

 

Coinciden también las profesiones de enólogo y cocinero, en que en ambas la tecnología ha entrado de lleno, permitiendo mejorar los procesos y conseguir  nuevos productos. De controlar el grado y poco más, hemos pasado a utilizar variables como, por ejemplo, el potencial redox u oxigeno disuelto. Las novedades técnicas, que han entrado en la cocina, han supuesto la consecución de gustos, texturas y aromas hasta hace poco desconocidas, con presentaciones que son autenticas obras de arte. Ambas también gustan de utilizar una jerga cercana al esnobismo o la cursilería. Mentamos aromas a frutas y flores que ni siquiera reconoceríamos a la vista, y los cocineros no se cortan para llamar a un par de huevos fritos,  “preludios de ave de corral”.

 

Desde hace, digamos veinte años, en España, en otros países antes, las profesiones de enólogo y chef, tienen gran proyección mediática, están rodeadas de glamour y son de lo más renombrado. Estamos, por consiguiente, ante ocupaciones con muchas cosas en común, cuyas creaciones, cuando van juntas consiguen la máxima satisfacción. Porque decididamente,  el vino se hace para acompañar a la comida y, ni imaginar podemos, una mesa que se precie en la que el vino no este presente.

 

Nota: He recurrido a la riqueza del castellano que permite utilizar el masculino refiriéndose a ambos géneros. Cocineros por cocineras y cocineros y enólogos por enólogas y enólogos.

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Sobre el autor Antonio Remesal
Ingeniero Agrónomo y enólogo. He trabajado en la empresa privada en ámbitos muy variados de la ingeniería. Actualmente en la Administración, en el sector del vino, con el que me siento absolutamente comprometido. Escribo sobre viticultura y enología y, de paso, sobre lo que tercia…Autor del libro “Talking about wine: Rioja”, primer libro monográfico sobre Rioja escrito en inglés.