Helados a 20 duros
- La otra mañana, con esto de los calores veraniegos adelantados a una primavera esquiva, vino a nuestra conversación el tema de los helados. Recordé con sumo agrado a aquel hombre que en los veranos de mi infancia venía a Corporales (mi pueblo) a vender tan exquisito manjar. En un pueblo pequeño todo se sabe, y cuando en la tranquilidad de las seis de la tarde de un sábado de verano se oían en la plaza unas joticas navarras, corríamos a casa gritando: ¡Abuela! ¡Abuela! ¡Corre! ¡El heladero! ¡Veinte duros!. Al entrar en casa mi padre con su faria leyendo La Rioja, mi abuelo viendo la pelota y mi madre y mi abuela sentadas con el café se volvían hacia mis grandes ojos a punto de estallar de emoción. Cuando salía de casa notaba más cerca el canto navarro que invitaba al helado.
- Era una furgoneta blanca donde ponía “HELADOS” en diversas grafías y colores, con un dibujo de Snoopy con un helado. Alrededor de la ventana se formaba un remolino de 6 u 8 chavales entre los que estaba yo. Siempre nos contaba alguna historia, preguntaba por la familia y si no me había portado bien me quedaba sin premio. Y cuando la cara sonrosada del caballero de pelo blanco se despedía hasta el sábado siguiente, nosotros quedábamos sentados con las piernas cruzadas, con el remolino en el pelo, la rodilla pelada, la camiseta “blanca” de algodón y una pantaloneta corta. La bici, esperando impaciente a que acabásemos para correr con ella mil aventuras.
- Si todos los sábados la clientela del señor José éramos los infantes del pueblo, recuerdo que el sábado anterior a las fiestas de Agosto, se agolpaba una mujer de cada casa para comprarle una barra o dos de helado y los barquillos para el postre de la comida de Gracias. Era aquel, momento de reunión. Las mujeres esperando su turno hablaban de la semana, mientras nosotros seguíamos degustando la merienda del sábado.
- Debo confesar que cuando hoy escucho una jota navarra no puedo evitar sonreír y acordarme de aquel hombre de cara rojilla y pelo blanco que me llamaba Jesusín y nos vendía helados a veinte duros.
Sobre este blog
Historias de un botijo en alta mar
Jesús Murillo SagredoLa idea de tener un blog, al principio no me terminaba de convencer. He de reconocerlo, no me manejo muy bien con los ordenadores, aunque poco a poco veo mis progresos. Me llamo Jesús Murillo y estudio Filología Hispánica en la Universida de La Rioja. Me llaman romántico, será porque lo soy. No me puedo describir, porque como me dijeron un día, soy indescriptible. ¿Mas sobre mi? Esperad a las sucesivas entradas del blog.
Ui Ueri Ueniversum Uivus Uici, o lo que es lo msimo: con la verdad, mientras viva, habré conquistado el universo
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Raquel dijo
Esto me trae taaaaantos recuerdos de la infancia...
Mi bici blanca, las chozas en el pueblo, las postillas en la rodilla, los helados en la plaza y la felicidad que da la ignorancia...
no me quiero poner nostálgica.
remuás.
Jesús Murillo Sagredo dijo
Dicen, querida, que la nostalgia, es un regalo que se nos da en los años postreros. Bien es cierto que hay que recordar todo eso, sonreir, vivir y tirar pa`lante. Recordar es bueno y bonito.
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