19 días y 500 noches
- A veces te sientes como si no pudieses describir cómo te sientes. A veces, y aunque puedas escribir bonitas metáforas y versos que te salgan del alma que encubran tus sentimientos, es necesario recrearte en lo que ya hay escrito. Buscar en el baúl de los recuerdos, desempolvar viejas canciones, antiguos versos e historias que te ayuden a sobrellevar la cosa. Siempre me ha gustado mirar atrás, será porque cualquier tiempo pasado fue mejor, (un día prometo una profunda disertación sobre problemas metafísicos) desde luego, el ver que otros han sufrido lo que tú en estos momentos estás sufriendo es un alivio. Un alivio porque sabes que no eres el único que sufres, porque sabes que otros vendrán sufriendo y verán en tus escritos sus sentimientos. A veces es bueno saber que no estás solo, que aunque el camino sea duro, por muchas ostias que te de la vida, siempre habrá algo (o alguien) que te anime a salir hacia delante, porque no todo sale como queremos, porque no queremos todo lo que sale. Hoy, os dejo, aunque tarde ya, con una canción de Joaquín Sabina, “19 días y 500 noches”, la llamaron, es una canción (para mí) preciosa, será porque a veces tengo que aprender a olvidarte en 19 días y en 500 noches. Que la disfruten:
Lo nuestro duró
lo que duran dos peces de hielo
en un güisqui on the rocks,
en vez de fingir,
o estrellarme una copa de celos,
le dio por reír.
De pronto me vi,
como un perro de nadie,
ladrando, a las puertas del cielo.
Me dejó un neceser con agravios,
la miel en los labios
y escarcha en el pelo.
Tenían razón
mis amantes
en eso de que, antes,
el malo era yo,
con una excepción:
esta vez,
yo quería quererla querer
y ella no.
Así que se fue,
me dejó el corazón
en los huesos
y yo de rodillas.
Desde el taxi,
y, haciendo un exceso,
me tiró dos besos...
uno por mejilla.
Y regresé
a la maldición
del cajón sin su ropa,
a la perdición
de los bares de copas,
a las cenicientas
de saldo y esquina,
y, por esas ventas
del fino Laína,
pagando las cuentas
de gente sin alma
que pierde la calma
con la cocaína,
volviéndome loco,
derrochando
la bolsa y la vida
la fui, poco a poco,
dando por perdida.
Y eso que yo,
para no agobiar con
flores a María,
para no asediarla
con mi antología
de sábanas frías
y alcobas vacías,
para no comprarla
con bisutería,
ni ser el fantoche
que va, en romería,
con la cofradía
del Santo Reproche,
tanto la quería,
que, tardé, en aprender
a olvidarla, diecinueve días
y quinientas noches.
Dijo hola y adiós,
y, el portazo, sonó
como un signo de interrogación,
sospecho que, así,
se vengaba, a través del olvido,
Cupido de mí.
No pido perdón,
¿para qué? si me va a perdonar
porque ya no le importa...
siempre tuvo la frente muy alta,
la lengua muy larga
y la falda muy corta.
Me abandonó,
como se abandonan
los zapatos viejos,
destrozó el cristal
de mis gafas de lejos,
sacó del espejo
su vivo retrato,
y, fui, tan torero,
por los callejones
del juego y el vino,
que, ayer, el portero,
me echó del casino
de Torrelodones.
Qué pena tan grande,
negaría el Santo Sacramento,
en el mismo momento
que ella me lo mande.
Y eso que yo,
para no agobiar con
flores a María,
para no asediarla
con mi antología
de sábanas frías
y alcobas vacías,
para no comprarla
con bisutería,
ni ser el fantoche
que va, en romería,
con la cofradía
del Santo Reproche,
tanto la quería,
que, tardé, en aprender
a olvidarla, diecinueve días
y quinientas noches.
Y regresé
a la maldición
del cajón sin su ropa,
a la perdición
de los bares de copas,
a las cenicientas
de saldo y esquina,
y, por esas ventas
del fino Laína,
pagando las cuentas
de gente sin alma
que pierde la calma
con la cocaína,
volviéndome loco,
derrochando
la bolsa y la vida
la fui, poco a poco,
dando por perdida.
La lluvia de los días
El calor del día se fue apagando por la suave brisa del norte. El claro cielo se encapotó de nubes. A pesar de este panorama se estaba bien en la calle.
Cuando dos o tres gotas cayeron, decidimos entrar en casa. Desde hacía varios días, la melancolía inundaba mi cara y a mi cabeza habían vuelto pasajes de mi vida que no creía que fuesen a volver a ella.

Después de colgar el teléfono me dirigí al salón de arriba y puse en la gramola los grandes éxitos de Gardel. Sentado en el sofá me puse a contemplar por la ventana el cielo gris con la luz apagada. Encendí la pipa, cogí la pluma y la libreta y empecé a escribir. Un trueno me sacó de mis pensamientos.
Ella entró por la puerta con una bandeja y dos tazas de café humeante. Se sentó junto a mí. Dejé de escribir y cogí la taza que me ofrecía. Delicioso. Nadie prepara el café como ella: solo y con un chorrito de whisky. Solo ella sabe ya hacerme feliz.
Sintió frío y sacó de un cajón del mueble una pequeña manta con la que nos tapamos las piernas. Yo seguía fumando de la pipa, le cogí la mano y ella posó su cabeza en mi hombro. En la mesita, junto a la taza de café un clavel y una rosa rojos.
Ahora acaricia mi pelo cano. Sigue haciendo el mismo café. Todavía estamos sentados juntos en el sofá viendo atardecer y viendo como el tiempo marchita la rosa y el clavel. Nunca fueron bastante las veces que le dije que la quería. Este camino en el que ella no está me supera, pero ya, nada importa: pronto volveré a probar su café como a mí me gusta.
Ya tengo las maletas hechas, esta tarde cojo el tren y en la última estación estará ella esperándome. Con el traje bueno, el chaquetón, el sombrero, la pipa en la boca y el billete en la mano, sentado en un banco del andén, noté como el calor del día se iba apagando por la suave brisa del norte.

Sobre este blog
Historias de un botijo en alta mar
Jesús Murillo Sagredo- La idea de tener un blog, al principio no me terminaba de converncer. Soy lo que llaman un pato en esto de las tecnologías de internet. Me llamo Jesús Murillo y estudio en la UR Filología Hispánica. Me llaman romántico, será porque lo soy. No me puedo describir, porque como me dijeron un día, soy indescriptible. ¿Mas sonbre mi? Esperad a las sucesivas entradas del blog. Suerte & Justicia; Salud & República.
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