Las lagrimas de Santa Cristina
- Cuando era niño, me gustaba escuchar los cuentos y leyendas que me contabas mis abuelos. La tónica que adquiría cada tarde de sábado, me transportaba en el tiempo muchos años atrás, pero siempre a corta distancia, siempre alguna historia sobre Corporales. Mi abuela era por lo general la que me contaba historias fantásticas o relacionadas con algún santo o cosa parecida; Al contrario, mi abuelo siempre ponía ese punto realista contándome más que leyendas, su vida en forma de cuentos que me contaba antes de ir a dormir.
- Ahora, como me dijo un profesor, ya no queda tiempo para ver las flores y los románticos nostálgicos nos conformamos con el recuerdo, siempre vivo de rimas y leyendas, que una vez más, la tradición oral ha hecho presentes hasta hoy. La lluvia, como un post anterior, es hoy objeto de mi post. Me gusta ver la lluvia caer desde la ventana de mi habitación, me relaja con una música lenta de fondo. Cuando cae poco, me gusta bajar por Portales hasta el ayuntamiento. Logroño está bonito cuando llueve. La estampa que se produce es indescriptible para un romántico como yo. Logroño renace cada vez que llueve.
- Cada vez que estoy en Corporales y llueve, mi abuela siempre dice lo mismo, “mira como cae, esto es Santa Cristina, que está triste y llora”. ¿Por qué? preguntaba mi voz de niño. Hace mucho tiempo, un poco más arriba de la era de Sampol, había una ermita dedicada a Santa Cristina, donde vivía un ermitaño. El paraje desde donde se alzaba el pequeño templo, asemejaba como un tapiz verde. Subiendo más arriba, en la cumbre de Sampol, se ve el San Lorenzo, hermoso manto blanco cubre la escarnecida roca de la cima del santo patrón de Ezcaray. Los azules que tiñen el cielo no deslucen ni por un momento, los algodones celestes ni siquiera osan hacer acto de presencia. Bajando la mirada se alcanza la población de Corporales, mas allá Grañón y su cerro, villa del camino Santo Domingo, Villarta y Quintana, a lo lejos los días claros, las peñas de Cellorigo. Esta pequeña ermita, albergaba nada más que la imagen de Santa Cristina, a la que devotamente subían de Corporales a honrar y venerar el primer fin de semana de mayo. El ermitaño, santo varón aguantaba los fríos inviernos de la Demanda y los sosegados veranos del norte. Pero todo se pasa y este buen hombre feneció en la promesa de guardar la ermita y fue a encontrarse con Dios. Mientras, la ermita seguía inerte, un pequeño filón de roca gris en el verdor de los campos de mayo, que no ha medio mes tornarán a amarillo. Pero lo que no se cuida perece y los inviernos son duros en la montaña. Un año de grandes nevadas, hizo que el tejado se venciese y esta quedase al descubierto. Noticia hay que alguno subió por la imagen, pero al ir a cogerla no se pudo con ella. Tras las nevadas de enero, las lluvias de marzo llegaron y el deshielo hizo que las piedras en ruinas terminasen de vencerse y así la ermita, con una pared sana que hacía de dique al agua que venía de monte cayó, arrastrando la imagen por el lecho del rio. Lo que no pudo el hombre piadoso, pudo la madre natura. Y la talla de Santa Cristina bajó rio abajo hasta derivar en el imponente cauce, aunque hoy seco, del rio Oja que da nombre a la comunidad. El pausado paso de las aguas llevo a la imagen poco más allá, parándose caprichosa a merced de las aguas en un lado, cerca, casi en la puerta de la ermita de las Abejas, de Santo Domingo. El buen hombre que de ésta ermita se hacía cargo, al ver la imagen la limpió y la llevo al interior del templo. Si algún día pasáis por allí, entrad a ver la imagen de la santa. Un trueno me sacó de mis pensamientos. “¿ves Jesús? Santa Cristina, está llorando, porque no está en Corporales.” Sonreí a mi abuela, “lo sé abuela, lo sé” y quedé confuso mirando por la ventana aquel túmulo de piedras donde un día descansó la imagen de Santa Cristina, que hoy llora por no poder estar en Corporales.
- Sé que hay cosas peores que la lluvia, pero cada vez que llueve no puedo evitar sonreír y acordare de la historia que me contaba mi abuela. Si en Corporales lloraba Santa Cristina; Logroño llora porque estoy triste, y cada vez que lloro, la ciudad también llora, y Logroño renace y yo renazco de mis propias cenizas, rescoldos de experiencias pasadas, de momentos idos que llevo en el corazón.

La lluvia de los días
El calor del día se fue apagando por la suave brisa del norte. El claro cielo se encapotó de nubes. A pesar de este panorama se estaba bien en la calle.
Cuando dos o tres gotas cayeron, decidimos entrar en casa. Desde hacía varios días, la melancolía inundaba mi cara y a mi cabeza habían vuelto pasajes de mi vida que no creía que fuesen a volver a ella.

Después de colgar el teléfono me dirigí al salón de arriba y puse en la gramola los grandes éxitos de Gardel. Sentado en el sofá me puse a contemplar por la ventana el cielo gris con la luz apagada. Encendí la pipa, cogí la pluma y la libreta y empecé a escribir. Un trueno me sacó de mis pensamientos.
Ella entró por la puerta con una bandeja y dos tazas de café humeante. Se sentó junto a mí. Dejé de escribir y cogí la taza que me ofrecía. Delicioso. Nadie prepara el café como ella: solo y con un chorrito de whisky. Solo ella sabe ya hacerme feliz.
Sintió frío y sacó de un cajón del mueble una pequeña manta con la que nos tapamos las piernas. Yo seguía fumando de la pipa, le cogí la mano y ella posó su cabeza en mi hombro. En la mesita, junto a la taza de café un clavel y una rosa rojos.
Ahora acaricia mi pelo cano. Sigue haciendo el mismo café. Todavía estamos sentados juntos en el sofá viendo atardecer y viendo como el tiempo marchita la rosa y el clavel. Nunca fueron bastante las veces que le dije que la quería. Este camino en el que ella no está me supera, pero ya, nada importa: pronto volveré a probar su café como a mí me gusta.
Ya tengo las maletas hechas, esta tarde cojo el tren y en la última estación estará ella esperándome. Con el traje bueno, el chaquetón, el sombrero, la pipa en la boca y el billete en la mano, sentado en un banco del andén, noté como el calor del día se iba apagando por la suave brisa del norte.

Sobre este blog
Historias de un botijo en alta mar
Jesús Murillo SagredoLa idea de tener un blog, al principio no me terminaba de convencer. He de reconocerlo, no me manejo muy bien con los ordenadores, aunque poco a poco veo mis progresos. Me llamo Jesús Murillo y estudio Filología Hispánica en la Universida de La Rioja. Me llaman romántico, será porque lo soy. No me puedo describir, porque como me dijeron un día, soy indescriptible. ¿Mas sobre mi? Esperad a las sucesivas entradas del blog.
Ui Ueri Ueniversum Uivus Uici, o lo que es lo msimo: con la verdad, mientras viva, habré conquistado el universo
Suerte & Justicia; Salud & República
Últimos comentarios
- En estos primeros días de septiembre... 15 comentarios Jesús Murillo Sagredo David Jesús Murillo Sagredo David Jesús Murillo Sagredo
- Perdone amigo Mario, por llamarle Eduardo 12 comentarios Jesús Murillo Sagredo Melun Jesús Murillo Sagredo Melun Jesús Murillo Sagredo
- Que cuando vienen del campo... 14 comentarios Jose Azcona Jesús Murillo Sagredo Jose Azcona Jesús Murillo Sagredo JOSE AZCONA
- ¡Oh capitán, mi capitán! 7 comentarios Jesús Murillo Sagredo mallafre Jesús Murillo Sagredo Carlos Emparan García de Salazar ana
- El último vals 8 comentarios Jesús Murillo Sagredo Luisa Jesús Murillo Sagredo Luisa Jesús Murillo Sagredo
Mis tags
Categorías
Enlaces
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
