La Rioja

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Fecha: mayo, 2012
Feministas riojanas de hace 180 años
Marcelino Izquierdo 25-05-2012 | 8:19 | 3

Aunque cada 8 de marzo se celebra el Día de la Mujer Trabajadora, quizá el primer movimiento de corte feminista del que tenemos constancia documental en La Rioja ocurrió hace 180 años, el 26 de julio de 1822. Dentro del vasto fondo de la familia Alesón, conservado en el Archivo Histórico de La Rioja, un impreso, bajo el título “Representación que hacen al Rey varias señoras ciudadanas de Logroño”, nada menos que ochenta riojanas exigen al monarca Fernando VII que abandone el Antiguo Régimen y apueste por la vía constitucional. Eran tiempos del Trienio Liberal, que serían aplastados un año después por los Cien Mil Hijos de San Luis.

Esta extraordinario documento, editado por la imprenta logroñesa de Antonio José Delgado, pone negro sobre blanco las peticiones de aquellas mujeres, la mayoría pertenecientes a reconocidas familias liberales, con el colofón de esta lapidaria frase: «Constitución ó sepultarse en las ruinas de la Patria».

De este fervor doceañista nacería, casi una década después, el mito femenino por excelencia de la causa liberal decimonónica española: Mariana Pineda, aquella joven granadina que fue ejecutada bajo la acusación de bordar un estandarte revolucionario.

Tuvieron suerte aquellas las “Marianas Pinedas” riojanas de no acabar sus días en el patíbulo, aunque sí mostraron un arrojo muchas décadas antes de que el feminismo se extendiera por media Europa. Las ochenta rubricaron un manifiesto contra Fernando VII pero, sobre todo, esgrimieron de manera corporativa su condición de mujeres, en una época en la que su papel estaba supeditado al del hombre a imagen de amo y esclava.

En La Rioja bullía en aquella época un fervor por la causa del progreso, que fue semillero de liberales que gobernaron España a lo largo del siglo XIX. Sagasta, Olózaga, Alesón, Zurbano, Santa Cruz, Dulce, todos ellos nombres tan ilustres como apegados al poder. No es de extrañar, pues, que entre las logroñesas firmantes del manifiesto se repitieran estos mismos apellidos, si bien entre todas ellas destacaba Esperanza Escolar, madre del siete veces presidente del Gobierno español, Práxedes Mateo Sagasta.

En 1823, la familia Sagasta sufrió la condena del destierro por sus ideas liberales, obligada a trasladarse a Torrecilla en Cameros, donde tenía parientes. Allí, en el exilio camerano, nació don Práxedes (1825). Veinte años después, la propia Esperanza Escolar colaboraría con el escritor y ministro Eduardo Chao en la reconstrucción de la biografía del logroñés Martín Zurbano, fusilado en 1845 en el convento de Valbuena.

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Cuando el Papa visitó La Rioja
Marcelino Izquierdo 14-05-2012 | 11:47 | 0

Adriano de Utrech, regente de Carlos V, visitó Santo Domingo, Casalarreina, Nájera, Logroño, Alcanadre, Calahorra y Alfaro en 1522

 

 

Muchos sucesos transcurrieron en La Rioja durante las primeras décadas del siglo XVI, aunque quizá el más conocido de todos sea el sitio de Logroño y la derrota francesa el mismo día de san Bernabé. ¿Qué casualidad, verdad? Pero en aquellos tiempos convulsos del Renacimiento fue la región constantemente visitada por reyes, emperadores e, incluso, un Papa. El único Pontífice que, como tal, ha pisado esta tierra. Fue Adriano VI un holandés que disfrutó en nuestra tierra con fiestas y homenajes. Pero, vayamos por partes.

Tiempo atrás, los Reyes Católicos habían visitado Nájera y Logroño casi a la par que Cristóbal Colón descubría América (1492). Tres décadas más tarde, sería el joven monarca Carlos I de España y V de Alemania quien permanecería durante varias e intensas jornadas en este tramo del Ebro. Corría el mes de febrero del Año del Señor de 1520.

Con 19  años –cumplió los 20 una semana después–, el monarca nacido en Gante fue recorriendo pueblos y ciudades en los que prestó juramentos, acató viejas leyes y refrendó fueros. Así lo hizo en Calahorra y Nájera, aunque, sin duda, la promesa que el emperador realizó ante el Fuero de Logroño, en la iglesia de Santa María de Palacio, fue decisivo para que sus habitantes defendieran a sangre y fuego la plaza cuando, meses después, quedó sitiada por las tropas franco-navarras comandadas por el general Asparrot en 1521.

Fue tal la lealtad logroñesa a la causa de los Austria que Carlos V regresaría a La Rioja en 1523, como lo atestiguan las puertas de la muralla del Revellín en Logroño y la de Carlos I en la vecina Nájera. Pero el huésped más singular fue, din duda, el Papa Adriano VI, además de San Ignacio de Loyola,  que atravesó La Rioja en aquellas mismas fechas, si bien todavía como el caballero Íñigo López de Loyola.

Nacido en la ciudad holandesa de Utrecht (1459), Adriano era profesor de Teología en la Universidad de Lovaina cuando Maximiliano de Austria lo eligió como tutor de su nieto Carlos. Durante diez años fue maestro y amigo, hasta el punto de que el también nieto de los Reyes Católicos lo envió en su nombre ante el cardenal Cisneros, regente tras la muerte del rey Fernando de Aragón, y también para vigilar sus derechos sucesorios al trono. Adriano de Utrech se convirtió primero en obispo de Tortosa, más tarde en inquisidor general de las Coronas de Aragón y Castilla y regente de España, tanto al morir Cisneros como cuando el monarca se ausentó, en 1520, para ser investido como cabeza del Sacro Imperio.

En Vitoria se hallaba el 24 de enero de 1522 cuando supo que, 15 días antes, el cónclave de cardenales, reunido en la Ciudad Eterna, le había elegido Papa. Bajo la protección militar del riojano Duque de Nájera, Antonio Manrique de Lara y Castro, hasta hacía unos meses también virrey de Navarra, Adriano VI pernoctó en Santo Domingo de la Calzada, donde visitó la tumba del patrón. En Casalarreina «inauguró la Fábrica e Yglesia de Ntra. Sra. de la Piedad» (Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad), el único monasterio de España inaugurado por un Papa. Ya en el palacio del duque en Nájera, muy cerca de Santa María la Real, fue obsequiado con un «gran banquete» –cuentan las crónicas–, pero tenía prisa el pontífice por zarpar en barco hacia Italia.

Como escribió Blas Ortiz, provisor de la diócesis de Calahorra, que acompañó a Adriano hasta Roma, el Papa pasó por «Logroño, ciudad muy agradable tanto en su interior como por sus bellos alrededores llenos de árboles, hermosos viñedos y otras ricas plantaciones, que el caudaloso río Ebro riega».

Gran fiesta en Logroño

Y sigue explicando en su ‘Itinerarium Hadriani’ que el Pontífice fue recibido «bajo grandes arcos triunfales adornados de guirnaldas» en medio de gran solemnidad y alegría, con música y tronar de artillería. Siempre acompañado por Manrique de Lara, mano derecha del emperador, Adriano prosiguió viaje por Alcanadre y Calahorra, que también le recibió con celebraciones que compitieron en grandiosidad con las anteriores.

En Alfaro, «el duque de Nájera, que venía acompañando al Pontífice desde Santo Domingo, se despidió aquí del Santo Padre, y dejando al servicio de Su Santidad sus trompeteros, volvióse a su ducado», narra Blas Ortiz. Cuando Adriano llegó a Zaragoza, le informaron de que había peste en Barcelona y Lérida, así que permaneció en la capital aragonesa hasta que pudo zarpar desde Tarragona. Tomó posesión en Roma el 31 de agosto y su papado duró hasta el 14 de septiembre de 1523, poco más de un año.

No era la primera vez que el cardenal “Adriano Florencio”, entonces obispo de Tortosa visitaba La Rioja. Meses antes de ser nombrado Papa (el 23 de julio de 1521), ascendió hasta el Monasterio de San Prudencio de Monte Laturce donde intercambió varias reliquias a cambio de un fragmento costal del santo de Armentia, por un dedo de San Juan Bautista “engastado en plata. Por esas fechas el futuro Adriano VI se desplazó hasta Varea, donde bendijo los altares de la Iglesia parroquial, acontecimiento grabado en el templo con la fecha de 1521.

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De Hospital Militar de Logroño a Palacio de Justicia de La Rioja
Marcelino Izquierdo 13-05-2012 | 4:58 | 1

La piqueta se lleva otro edificio centenario de capital de la comunidad autónoma –y van…–, aunque en esta ocasión lo hace para dar vía libre al nuevo Palacio de Justicia, en la zona de Murrieta, del que Logroño está tan necesitado.

Aunque el antiguo Hospital Militar de Logroño fue inaugurado el 10 de abril de 1910, su aventura había comenzado dos décadas antes. Escribió quien fuera cronista oficial de la capital riojana, el añorado compañero Jerónimo Jiménez, que el conjunto de edificios que se levantó en la carretera de Burgos había sido proyectado en el año 1886, cuando el Ministerio de Defensa solicitó al Ayuntamiento de la ciudad los terrenos para levantar el mencionado hospital, una superficie total de 24.000 metros cuadrados, situada al suroeste del casco urbano. La primera piedra, sin embargo, no fue colocada por las autoridades hasta 1896 –¡diez años después!–, y el edificio no se construyó, equipó e inauguró hasta 1910. Y es que todo parece indicar que las 700.000 pesetas de las de entonces, que hacían falta para levantar edificio diseñado por el coronel de Ingenieros Manuel de las Rivas, fueron difíciles de reunir de una sola vez.

Explica el historiador Francisco Bermejo que «el Hospital Militar nació con una capacidad para 170 camas, extensible hasta 300, aunque en la apertura tan sólo se instalaron 80. Cada pabellón estaba destinado a una especialidad, siendo los más amplios los reservados a enfermedades eruptivas y tuberculosis. En cada una de las salas para enfermos –entonces los pacientes compartían pabellón– se habían asignado al menos 10 metros cuadrados por cama y 40 metros cúbicos por enfermo».
El complejo de edificios de la calle Murrieta funcionó durante 71 años con fines asistenciales.

En el año 1981, mediante cesión al Ministerio del Interior, se convirtió en la sede de la XI Zona de la Guardia Civil. Fueron los años del plomo, aquellos tiempos en los que la banda terrorista ETA asesinaba sin parar, y los agentes que actuaban en el País Vasco tenían su base de operaciones en Logroño. De hecho, el primer mando de la Benemérita designado para dirigir la citada zona fue el general Juan Atarés, asesinado por ETA en Pamplona el 24 de diciembre de 1985.

En noviembre del 2001, 27 años después de la llegada de la Guardia Civil, el cuartel cerraba sus puertas y la propiedad retornaba al Ministerio de Defensa.

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Riojanos contra la Inquisición
Marcelino Izquierdo 12-05-2012 | 3:45 | 0

Dos riojanos ilustres, el camerano Manuel García Herreros y el rinconero Juan Antonio Llorente, fueron quienes echaron la tierra que logró enterrar para siempre la Inquisición Española. Fue en el siglo XIX. El primero, lo hizo a través de la ley, como ponente constitucional, a la sombra de las Cortes de Cádiz. El segundo, que conocía bien los entresijos del Santo Oficio, cambió de bando y denunció en Francia las atrocidades cometidas por Torquemada y los continuadores de su atroz obra. Pero La Rioja y la Inquisición ya se conocía de tiempo atrás.

Pocas décadas después de que los Reyes Católicos fundaron la Inquisición española (1478), Calahorra fue elegida sede del distrito de la zona norte en 1521, si bien en 1570 se trasladó a Logroño. Su poder abarcaba el Reino de Navarra, el Obispado de Calahorra y La Calzada, el Señorío de Vizcaya, Guipúzcoa, la jurisdicción del Arzobispado de Burgos por los Montes de Oca a San Vicente de la Barquera (Cantabria) y el Obispado de Tarazona, hasta los límites del Reino de Aragón. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, el Tribunal de la Inquisición de Logroño acaparó un gran influjo político y religioso, respaldado por los Austrias y, después, por los Borbones

El Auto de fe de 1610

El Auto de fe de Logroño, celebrado los días 6 y 7 de noviembre de 1610, fue su proceso más conocido. Puso fin a la causa contra las llamadas brujas de Zugarramurdi con la quema de once personas en la zona conocida como ‘Los Quemados’, junto al Pozo Cubillas. Fue el juicio más importante y sanguinario llevado a cabo en La Rioja. El día anterior a la ejecución, se colocó frente al Ayuntamiento Logroño, el antiguo portalón situado en la calle Portales, frente a Juan Lobo, un gran tablado con sus tribunas, sus bancadas y sus palcos. Una villa de apenas 5.000 vecinos recibió 30.000 visitantes, lo que multiplicó la superchería, desató la psicosis colectiva y alentó el pánico hacia la supuesta secta.

Más de 50 habitantes de Zugarramurdi y Urdax habían permanecido hasta dos años en las cárceles del Santo Oficio en Logroño. Los inquisidores abonaron la creencia de que aquella zona del Pirineo navarro había caído bajo el influjo de una secta satánica que oficiaba rituales y akelarres en cuevas. Tras obtener confesiones bajo tortura, condenaron a la hoguera a los once que se negaron a confesarse brujos; seis de ellos fueron quemados vivos y otros cinco en efigie (una escultura de madera por cada uno de ellos, junto a sus restos mortales).
Meses después, el inquisidor más escéptico de los tres, Alonso de Salazar y Frías, fue encargado por el Tribunal para que siguiera investigando el caso. Este canonista de origen burgalés y formación salmantina viajó al valle del Baztán para interrogar a los sospechosos. Los lugareños, ignorantes, temerosos de la condenación eterna y de los castigos del Santo Oficio, se acusaban de brujería los unos a los otros por decenas, incluso por cientos. Ocho meses después, Salazar regresó a Logroño con 1.802 confesiones de brujería y 5.000 inculpaciones.

Paradójicamente, la Inquisición terminaría por disuadirse a sí misma de las viejas creencias demoníacas debido al trabajo exhaustivo de Salazar, «el abogado de las brujas», un adelantado a su tiempo que demostró que «no hubo brujos ni brujas hasta que se habló de ello». La decisión de apaciguar al pueblo atemorizado y, al tiempo, no socavar el poder del Santo Oficio sería eficaz: perdón y silencio, no más hogueras como las de Logroño. Y así fue como España dejó de quemar falsos brujos, gentes inocentes, un siglo antes que en el resto de Europa, pues en Alemania e Inglaterra miles de infelices siguieron ardiendo a manos de los demonios de este mundo.

La difusión mundial del Auto de fe llegó de la mano del impresor Juan de Mongastón, quien publicó en Logroño una auténtica crónica periodística: ‘Relación de las personas que salieron al Auto de fe…’ . El texto sirvió de fuente de inspiración para literatos como Leandro Fernández de Moratín que, entre comedia y comedia, escribió sobre este extraordinario horror. También el artista aragonés Francisco de Goya se inspiró en el Auto de fe y en las brujas de Zugarramurdi, para pintar obras como ‘El Akelarre’ o ‘El Gran Cabrón’.

La ‘leyenda negra’

En los siglos XVII y XVIII, el antiguo Palacio de la Inquisición de Logroño era un edificio imponente, de notable importancia histórica y arquitectónica, que se encontraba junto a calle del Norte, muy cercano al exconvento de Valbuena y al Cubo del Revellín. De hecho, cuando el ilustrado asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos realizó sus viajes por España (1790 y 1810), destacó de Logroño su edificio inquisitorial. Sin embargo, durante la Guerra de la Independencia el tribunal sufrió graves daños y, tras la posterior la abolición  del Santo Oficio, cayó en ruinas. La manida ‘Leyenda negra’ española, que rozó su máximo esplendor en el reinado de Felipe II, impulsada por Inglaterra y los Países Bajos, enemigos del imperio, fue agrandada por ilustrados y afrancesados en los siglos XVIII y XIX. Uno de ellos fue el rinconero Juan Antonio Llorente, que publicó desde dentro los desmanes de la Inquisición. Pero al tiempo que Llorente socavaba con sus arengas y escritos la fama del Santo Oficio, el camerano García Herreros lanzaba una carga de profundidad contra la Inquisición en plena Guerra de la Independencia.

El 22 de enero de 1813, tras largo debate, las Cortes de Cádiz aprobaron la abolición del Tribunal de la Inquisición por 90 votos a favor y 60 en contra. De la brillante intervención de García Herreros, entresacamos estos párrafos: «…No es compatible ni con la soberanía ni con la independencia de la Nación. En los juicios de la Inquisición no tiene influjo alguno la autoridad civil, pues se arresta a los españoles, se les atormenta, se les condena civilmente, sin que se pueda conocer ni intervenir en modo alguno la potestad secular; se arreglan además los juicios: se procede en el sumario, probanzas y sentencias por las leyes dictadas por el Inquisidor General. ¿De qué modo ejerce la Nación la soberanía en los juicios de la Inquisición? De ninguno. El Inquisidor es un soberano en medio de una nación soberana o al lado de un príncipe soberano, porque dicta leyes, las aplica a los casos particulares y vela sobre su ejecución…». Y, como colofón, el camerano argumentó: «Es evidente la incompatibilidad de la Constitución política de la Monarquía, que ha restablecido la soberanía e independencia de la Nación, la libertad civil de los españoles y la facultad justa de enunciar sus ideas políticas, con el Tribunal de la Inquisición, que a todo se opone».

Punto y final

La Inquisición fue abolida por Napoleón y por el rey José I (1808-1812), restaurada cuando Fernando VII recuperó el trono en 1814; de nuevo abolida en el Trienio Liberal y, con el regreso del absolutismo, aunque no fue formalmente restablecida, la Inquisición volvió a actuar de facto bajo la fórmula de las Juntas de Fe. Quedó definitivamente abolida el 15 de julio de 1834, por la regente María Cristina de Borbón, en la minoría de edad de Isabel II. Era ministro de Gracia y Justicia Manuel García Herreros.

 

Manuel García Herreros Ministro de Gracia y Justicia
La rúbrica que puso fin al Santo Oficio

Nacido en San Román (1767), en el seno una familia de labradores, Manuel García Herreros viajó siendo muy joven a México. Sin embargo, pronto se percató de que su vocación no avanzaba por la senda de los negocios, aunque sí por el de las leyes, por lo que se doctoró en Derecho por la Universidad de Alcalá y fue designado procurador general del Reino (1803). Elegido diputado por Soria para las Cortes Constituyentes de Cádiz –San Román pertenecía por aquel entonces a esa provincia–, destacó por su vehemencia revolucionaria y su altura jurídica. Era tal la defensa de sus argumentos que fue apodado ‘El Numantino’.  De regreso desde las Cortes gaditanas a Madrid, fue elegido magistrado de la Audiencia de la capital española y, poco después, ministro de Gracia y Justicia (1813). Tras la vuelta de Fernando VII al trono –posiblemente el rey más nefasto de la Historia de España– fue procesado por su pensamiento liberal y condenado a 8 años de cárcel en el penal de las islas Alhucemas. La revolución de Rafael del Riego (1820) le devolvió la libertad y, meses después, la cartera de Gracia y Justicia (8 de abril). Este camerano inquieto ocupó también los cargos de regidor de Madrid, consejero de Estado y ministro de la Gobernación durante el Trienio Liberal. Sin embargo, la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis (1823) para rescatar al monarca absolutista le obligó a exiliarse en Francia durante la Década Ominosa. De regreso a España, tras la muerte del Fernando VII, fue prócer del Reino, consejero de Estado y ministro de Justicia. Falleció a los 70 años, en plena I Guerra Carlista (1837).

 

 

Juan Antonio Llorente Clérigo y apóstata
El inquisidor que apostó por cambiar de bando

Juan Antonio  Llorente fue un erudito, político y eclesiástico apóstata riojano, al que el gran Marcelino Menéndez Pelayo definió como «canónigo volteriano, escritor venal y corrompido… dos veces renegado, como español y como sacerdote», en su magistral obra ‘Historia de los heterodoxos españoles’ . Natural de Rincón de Soto (1756), Juan Antonio Llorente desempeñó la labor de inquisidor hasta que, influido por las ideas ilustradas, cambió de bando. Exiliado en Francia, publicó ‘Histoire critique de l’Inquisition espagnole’ (1817 y 1818), cuatro volúmenes muy explícitos de cómo se las gastaba el Santo Oficio. Su ‘Carta al señor Clausel de Coussergues sobre la Inquisición española’, como adenda a la citada ‘Historia crítica…’ constituyó un auténtico best-seller en la Europa del siglo XIX, traducida al inglés, alemán, italiano y holandés, si bien en España fue prohibida por Fernando VII. En esa obra, el rinconero hizo primer balance histórico de las víctimas del Santo Oficio y que cifraba –entre los años 1481 y 1788– en un total de 34.382 presos quemados en la hoguera, 17.690 ‘quemados en estatua’ (reos fugados o fallecidos) y 291.450 condenados a reclusión. Si bien es cierto que, según las últimas investigaciones, Llorente pudo inflar las cifras, su obra fue un mazazo definitivo para el Santo Oficio. Tras el pronunciamiento de  Riego, el riojano apoyó el nuevo estado liberal, al tiempo que era expulsado de Francia por sus actividades como carbonario. Tuvo un papel relevante durante el Trienio Liberal, hasta que falleció en Madrid en 1823.

 

Podéis ver el vídeo aquí   

 

Resumiendo

¿Qué era la Inquisición?
Una institución judicial creada por el Pontificado en la Edad Media, con la misión de localizar, procesar y sentenciar a los culpables de herejía.

Los orígenes
Surge en el siglo XII, en el sur de Francia, en respuesta a la doctrina albigense, época en la que el Papa Inocencio III lanzó una feroz cruzada contra los seguidores de la «herejía».

Nacimiento oficial
La Inquisición se constituyó en 1231, bajo el mandato del Papa Gregorio IX. El cargo de inquisidor fue confiado casi en exclusiva a franciscanos y dominicos, debido a su mejor preparación teológica y a su supuesto rechazo de las ambiciones mundanas.

El Santo Oficio
Alarmado por la difusión del protestantismo, en 1542 el Papa Pablo III estableció en Roma la Congregación de la Inquisición, conocida como el Santo Oficio.

La Inquisición española
Fue fundada en el año 1478, a propuesta de los Reyes Católicos, como un instrumento en manos del Estado, más que de la Iglesia. El apoyo de la monarquía al Santo Oficio, sobre todo de Felipe II, repercutió en la religión, la política o la cultura. Torquemada, el primero y más exacerbado gran inquisidor, ejecutó a miles de supuestos herejes.

Auto de fe
Era el sermo generalis o Auto de fe, que, en realidad, se trataba de la escenificación de las sentencias y los castigos para quienes confesaban o eran declarados culpables. Consistía en una ceremonia pública al final de todo el proceso.

Los perseguidos
Aunque en sus comienzos dedicó más atención a los albigenses y a otras herejías, más tarde las víctimas del Santo Oficio fueron brujas, adivinos, judíos, moriscos, falsos conversos…

El final
La Inquisición quedó oficialmente suprimida en 1834, con la firma de García Herreros, aunque el primer aviso lo recibió en las Cortes de Cádiz (1813), también por parte del mismo político de San Román de Cameros.

 

 

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La viuda riojana del Titanic
Marcelino Izquierdo 07-05-2012 | 9:33 | 0

En la noche del 14 al 15 de abril de 1912 se hundió el transatlántico más lujoso del mundo, pero nacía uno de los mitos del siglo XX. Cien años después, el naufragio del Titanic sigue instalado en el imaginario colectivo de medio mundo, sobre todo gracias a la película de James Cameron en las nuevas generaciones. Pero si la historia de amor de la camerana María Josefa Pérez de Soto, primero con Víctor Peñasco y, después, con el riojano Juan Barriobero hubiera llegado a oídos del cineasta canadiense, quizás el argumento de su filme más oscarizado no sería el mismo, según escribió el profesor logroñés Bernardo Sánchez en varios artículos.

Víctor Peñasco y Castellana, ‘gentleman’ de profesión, era el rico heredero de una de las grandes fortunas españolas y nieto de José Canalejas, primer ministro de Alfonso XIII. Contrajo matrimonio en Madrid con María Josefa Pérez de Soto, otra agraciada joven de familia pudiente en una boda de ensueño. Él tenía 24 años; ella, sólo 22.

Aunque nacida en Madrid, María Josefa era hija de una de las familias más representativas y con mayor arraigo en los Cameros, como son los Vallejo, pues la mayoría de sus antepasados eran de Soto, aunque también de Treguajantes y de Viguera.

Año y medio de luna de miel

La pareja partió hacia una interminable luna de miel, en un viaje por toda Europa que iba durar año y medio. Los pipiolos estaban acompañados por dos criados, Eulogio y Fermina, y disfrutaron del mar en Biarritz, jugaron en el casino de Montecarlo, acudieron a la Ópera de Viena, visitaron la Torre de Londres, fueron pasajeros del mítico ferrocarril Orient Express y probaron los manjares más exquisitos en el Maxim’s parisino. Durante la  luna de miel, Víctor y Josefa habían fundido la nada despreciable cantidad de 670.000 euros actuales.

Antes de partir desde España, la madre de Víctor Peñasco ya le había advertido: «Id en todo lo que queráis, menos en barco». Pero en la capital francesa se encontraron con la propaganda del Titanic y no pudieron resistirse. Como al más lujoso buque del mundo aún le quedaban varios días para zarpar, enviaron al criado para que adquiriera los pasajes en otro barco. Estaba completo y en el Titanic, sin embargo, todavía quedaba algún camarote de lujo.

Embarcaron, por fin, acompañados de su sirvienta, Fermina, mientras Eulogio permanecía en París para tener coartada. El sirviente se encargaría de enviar a España una postal cada día: «Hoy hemos ido a Versalles», «otro día a Notre Dame», «anoche estuvimos en la Ópera Garnier»…

Ocho españoles figuraban en el libro de pasajeros del Titanic, de los que todos viajaban en segunda clase, excepto “nuestro” matrimonio y su doncella, acomodados en la lujosa primera clase. Así lo confirma Elena Ugarte, sobrina de la pareja y miembro de honor de la Asociación Internacional Titanic. Ugarte lleva muchos años tratando de recuperar las historias personales de todos los pasajeros del transatlántico, entre ellas la de su tía, la camerana María Josefa: «Una historia que no quiso contar hasta muchos años después de que sucediera».

El Titanic inició su viaje inaugural en Southampton (Inglaterra), el 10 de abril de 1912, con destino a Cherburgo, Queenstown y  a Nueva York. Pero a las 23.40 horas del día 14 el buque colisionó contra un iceberg, al sur Terranova, y se hundió a las 2.20 del 15 de abril. Murieron 1.517 personas. En el su libro ‘Los diez del Titanic’, Javier Reyero, Cristina Mosquera y Nacho Montero reconstruyen las vidas de los protagonistas del naufragio.

«Mi tía estaba ya en la cama y mi tío todavía estaba desvistiéndose –relató Josefa a su sobrina Elena Ugarte-. De pronto, oyeron un ruido enorme, que no le gustó nada a mi tío. Salió del camarote y se dirigió a cubierta, donde se encontró con un marinero al que le preguntó qué pasaba y dónde estaban los chalecos salvavidas. El marinero simplemente se echó a reír. Volvió al camarote, recogió a Josefa, que, sólo tuvo tiempo de ponerse un chal por encima del camisón, así como a la doncella».

Enseguida el caos se apoderó del Titanic. Los pasajeros gritaban, corrían, se peleaban… Y es que no había botes salvavidas para todos… La preferencia, para las mujeres y los niños; luego, los pasajeros de primera; después, los de segunda y, por último, los de  tercera clase. “Mi tía recordaba a un oficial sacando una pistola y disparando al aire para tratar de poner orden». Josefa y su doncella entraron el bote número 8, pero  cuando Víctor Peñasco se disponía a embarcar vio a una mujer con un niño en brazos y le dejó. “Mi tía Josefa ya no volvió a ver a su esposo”.

La condesa de Rhodes relató el episodio días después a la revista ‘New York Herald’: “La señora Peñasco (María Josefa) empezó a gritar el nombre de su marido. Fue terrible. Le pasé el timón a mi prima y me puse acurrucada junto a ella, tratando en lo posible de consolarla. Pobre mujer. Sus sollozos ablandaron nuestros corazones y sus palabras eran imposibles de entender debido a su tristeza (…) Cuando el terrible final llegó, utilicé lo mejor de mí misma para intentar distraer a la señora española y que no oyese los agonizantes sonidos de los que se ahogaban en el mar».

Nunca más se supo de Víctor Peñasco ni de su cadáver, pese a que la doncella fue a buscarlo entre los supervivientes recogidos por el vapor ‘Carpathia’ y, después, entre los cadáveres que llegaban en otros barcos que atracaban en Nueva York.

Comprar un cadáver

Perdida toda esperanza, María Josefa y la familia Peñasco comenzaron a plantearse el día después. Había una ingente herencia de por medio y, además, la joven camerana tendría derecho a rehacer su vida cuando el tiempo fuera curando sus penas. Sin embargo, las leyes no estaban de su parte. Por aquel entonces, la legislación norteamericana determinaba que si el cuerpo del finado no aparecía, era imposible declarar la muerte oficial hasta 20 años después del suceso. O sea, que ni la pobre Josefa podría casarse hasta que no cumpliera los 43 ni podría ser heredera de los bienes de su marido.

Ante tal tesitura, la familia Peñasco y la viuda decidieron comprar un cadáver con el que deshacer el entuerto y pagaron mucho dinero por ello. Meses después del hundimiento del Titanic, localizaron uno de los muchos cuerpos que aparecían flotando en las costas atlánticas. La doncella Fermina reconoció el cuerpo como el de Víctor Peñasco y con ello consiguió que el condado de Halifax (Canadá) expidiera el certificado de defunción. Los restos fueron inhumados en el camposanto de la ciudad, pero en aquel cementerio no existe ninguna tumba a nombre de Víctor Peñasco…

Rehizo su vida Josefa Pérez de Soto, quien volvió a casarse en 1919 con el riojano de Entrena Juan Barriobero y Armas Ortuño y Fernández de Arteaga, barón del Río Tovía. El matrimonio tuvo tres hijos. Juan Barriobero, llegó a ser diputado y senador en Cortes, oficial mayor del Consejo de Estado y director general de Comunicaciones. Murió en 1947.  

Josefa alcanzó los 83 años, pues falleció en 1972, mientras que la doncella Fermina Oliva, también superviviente del Titanic, vivió hasta los 98 años. Varios de sus descendientes han vuelto a tener contacto con los Cameros tras haber adquirido recientemente una casa en la zona y recibidos en el Solar de Tejada, según confirma Tomás Rubio de Tejada y Fernández, canciller del Solar de Tejada y presidente de su Junta de Probanza.

 

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