Fahrenheit 451, aquí y ahora

 

Sabía perfectamente Ray Bradbury que ‘Fahrenheit 451’ no era una simple novela de ciencia-ficción, pese a ser catalogada como una de las grandes obras maestras del género. Su en apariencia extraño título no es sino el dígito de la temperatura a la que arde el papel de los libros en la escala Fahrenheit, lo que equivaldría a nuestros 233 grados centígrados. ‘Fahrenheit 451’ –llevada años después al cine de forma magistral por François Truffaut– fue el arma que Bradbury blandió para poner en solfa la caza de brujas del «Macarthismo» imperante en 1953 –en cualquier otro género la obra no hubiera pasado la censura-, así como la quema de libros durante la Alemania nazi o el holocausto nuclear en Hiroshima y Nagasaki.
Aquellos bomberos que Bradbury describió quemando libros –¡genial paradoja!– por el bien común representan el alargado brazo del poder imperante. Ese poder que, cuando se aleja demasiado del ciudadano al que en teoría sirve, pone en peligro todos los avances alcanzados por la Humanidad. Es la historia cíclica que el genial escritor de Illinois resumió en esta frase de ‘Fahrenheit 451’: «Pero incluso cuando teníamos los libros en la mano, mucho tiempo atrás, no utilizábamos lo que sacábamos de ellos. Proseguimos impertérritos insultando a los muertos. Proseguimos escupiendo sobre las tumbas de todos los pobres que había muerto antes que nosotros».
Tal vez la desaparición de Bradbury no sea sino una señal más de rebeldía –pese a sus 91 años–, de hastío por el fanatismo y la incultura a las que el mundo actual está siendo arrastrado por quienes manejan los hilos.
¿Alguien sabe, por favor, a cuántos grados Fahrenheit arde la intolerancia?

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