La Rioja

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Fecha: noviembre, 2012
La Caja abre su primera sucursal
Marcelino Izquierdo 26-11-2012 | 9:00 | 0

 

“Riojano, la Caja ya está funcionando, acércate y abre una libreta, aunque sea con una peseta, porque el fin principal de estas instituciones es recoger el pequeño ahorro y mediante una recta y austera administración, hacerlo fructífero en obras benéficas. Todos los que tengan libreta abierta en la Caja ayudarán a la provincia en su obra benéfica y serán sus hijos o seres más queridos los que se beneficiarán de ella». Con estas palabras comunicaba la Caja Provincial de Ahorros de Logroño, a la prensa de hace casi 63 años, la apertura de su primera oficina en pleno Espolón de la capital.

En realidad, la Caja se había creado el 22 de septiembre de 1949, por acuerdo de la Excelentísima Diputación Provincial de la provincia de Logroño, con un fondo dotacional de 500.000 pesetas. Ocurrió cuando el prestigioso arquitecto Agapito del Valle era presidente de la Diputación (ocupó el cargó en el decenio 1946-1956). Sin embargo, la primera sucursal no se puso en marcha hasta el 2 de enero de 1951, en la planta baja de la Diputación Provincial, actual Palacete del Gobierno de La Rioja. En la posguerra, las cajas provinciales de ahorros eran muy apreciadas por la gente corriente, puesto que su labor social y benéfica generaba una gran vinculación con la tierra en la que operaban. Tras el éxito de la oficina logroñesa, la primera sucursal fuera de la capital tuvo como destino Agoncillo, el 7 de diciembre de 1952. De ahí, la red se extendió rápidamente como una tela de araña

Treinta años después, aprobado el cambio de nombre de la provincia, la denominación de la entidad cambió a Caja de Ahorros de La Rioja, mientras que en 1985, y en aras al marketing, pasó a denominarse Caja Rioja.

Un siglo antes

Como toda entidad que se precie, había tenido la Caja sus antecedentes muchos años atrás. El 17 de abril de 1839, en los estertores de la I Guerra Carlista, La Rioja vio nacer una Caja Provincial de Ahorros, con idéntico reglamento que la Caja de Ahorros de Madrid, si bien tan sólo funcionó hasta finales de verano. También en 1893 el Ayuntamiento de la capital, presidido por el marqués de San Nicolás, fundó la Caja de Ahorros Municipal de Logroño. Desde la inauguración hasta el último día del siglo XIX se habían abierto 833 libretas.

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Tejero, bufón de astracanada
Marcelino Izquierdo 25-11-2012 | 8:00 | 1

 

España lleva años inmersa en una farsa teatral disparatada y chabacana. En realidad, nunca ha podido, querido o sabido librarse de ese pestilente tufillo, mezcla entre astracán y naftalina. Quizá después de la Transición el aire fresco ventiló durante algún tiempo los armarios infectados de caspa, vulgaridad y superchería. Pero fue un espejismo; mejor dicho, varias ráfagas de ambientador en espray con olor a labanda.

Desde que José María Aznar, el trilingüe, comenzó a hablar catalán en la intimidad hasta que el molt horonable Artur Mas denunció una persecución tan execrable como la que sufrió Mandela durante el apartheid, este país que unos denominan ‘españaunagrandeylibre’ y otros ‘elestadopresor’ riza, todavía más, el rizo de la astracanada. Sobre todo en los últimos años, cuando la impostura del nacionalismo –periférico y centralista– se ha radicalizado a causa de la ruina económica que nos anega. Como pontifica el sabio refranero castellano, «casa donde no hay harina todo es tremolina».

Y, para colmo, en la recta final de unos simples comicios autonómicos, planteados como un trascendental, único e irrepetible plebiscito identitatio, aparece por el escenario el ‘espadón’ Antonio Tejero, para denunciar ante la Justicia, y el 20-N, al aherrojado ‘Arturo Mas’ por «conspiración y proposición para la sedición». Como un bufón de teatro de feria, el golpista de ‘sesientencoño’, con un lenguaje trasnochado, acusa de «pecadores» y de conspirar en un «contubernio» felón a los taimados catalanes. No obstante, si Franco no era totalitario sino autoritario, a lo mejor Tejero Molina no es golpista sino salvapatrias.

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La gran historia de la muy noble y muy leal ciudad de Logroño de Albia de Castro
Marcelino Izquierdo 23-11-2012 | 2:00 | 1

Se cumplen en este 2012 los 440 años del nacimiento de Fernando Albia de Castro, considerado el primer historiador que desenterró el pasado de Logroño y cuya obra de referencia lleva por título ‘Memorial y discurso político por la muy noble, y muy leal ciudad de Logroño’ (1633). Las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII, durante las que transcurrió la vida de Albia (Alvia firmaba él), supusieron para la ciudad un periodo de cierto esplendor en todos los sentidos, gracias a la pujanza de nobles e hidalgos, al Camino de Santiago, a la imprenta, al favor de la Casa de Austria o a la Diócesis de Calahorra y su Tribunal del Santo Oficio.

Nacido en la capital de La Rioja, Fernando Albia de Castro fue bautizado en la parroquia de Santiago el Real el 25 de agosto de 1572. Era el segundo hijo de Andrés de Albia, un alto funcionario del rey Felipe II de origen vasco, que contrajo matrimonio en Logroño con Isabel de Castro. De aquel enlace nacieron tres hijos: Jerónima, Hernando o Fernando y Andrés. Siendo todavía un niño, el futuro historiador marchó a la ciudad universitaria de Salamanca para cursar estudios superiores, lo que sin duda consiguió con aplicación y aprovechamiento. De hecho, en el año 1616 Albia desempeñaba en Lisboa –por aquel entonces territorio español– los cargos de veedor general de la Real Armada y Ejército del Mar Océano y de la gente de guerra y galeras del Reino de Portugal, al tiempo que publicaba la obra ‘Verdadera Razón de Estado. Discurso Político’.

Y es que fue en la capital lusa donde transcurrió gran parte de la vida y del oficio de Albia de Castro, dedicados –al igual que su padre– a la intendencia militar, precisamente en una época en la que la Marina patria afrontaba la competencia de otras naciones que buscaban en las Américas las riquezas que habían hecho de España el gran imperio de la época.

 

Vínculado a La Rioja

Sin embargo, nunca perdió el escritor riojano el vínculo con su tierra. Cuenta el historiador José Simón Díaz, que prologó el facsímil que sobre el ‘Memorial…’ de Logroño se publicó en dos ocasiones a lo largo del siglo XX, que a Albia de Castro «el empleo también le deparaba ocasión de dar salida a determinados productos del campo riojano y en el Archivo Municipal logroñés se conserva un legajo de cartas, puramente comerciales, que acreditan cómo en los almacenes del buen veedor nunca escaseaba el pimentón ni otros artículos de su tierra». También escribió Albia de Castro, entre otras obras, ‘Aphorismos e Exemplos Politicos e Militares’ (1621), ‘Panegirico genealogico y moral del Excelentmo. Duque de Barcelos’ (1628) y, estando en tierras portuguesas, el ya mencionado ‘Memorial y discurso político por la muy noble, y muy leal ciudad de Logroño’.En la introducción, el propio autor justificaba el libro: «…por hijo de V.S. y la obligación, que cada uno tiene, según dice Platón, de servir a su patria, naciendo más para ella, que para su bien particular, recoger en este Memorial…».

Pese a ver la luz en 1633, el volumen de Albia tardó casi tres años en ser presentado de manera oficial en la ciudad natal del autor. Fue el día 14 de enero de 1636, según consta en  el Libro de actas de 1634-1636, que se conserva en el Archivo Municipal de Logroño:  «Estte dia entró en este aiuntam[iento] el Sr. D. Andrés de Albia canonigo de santiago y en n[ombre] del S. don fer[nando] de albia su her[mano] caballero del abíto de … [en blanco en el original] dio una carta y con ella un libro de quartilla con las armas de la ciu[ dad] dorado y otro 100 de impression q[ue] contienen las grandes bittorias desta ciu[dad] contra el ejerçito de françesses y su grau lealtad, noble\:a y antiguedad y otras cossas curiosas y memorables de q[ue] se le dieron las gracias y se mando dar rresp[uesta] a la carta y q[ue] por mano de los Señores don fran[cisco] barrón y [francisco de] laredo se entregue al Sr. don Andres y q[ue] el libro se ponga en el archivo y los demas de impress[ion] se rrepartan entre los caballeros rregidores y cabildos y Personas lustrosas de la çiu[dad]». Ante la ausencia de nuevas monografías históricas sobre Logroño, dos siglos después hubo de  reimprimirse el ‘Memorial’ (1843).

 

 

Un intelectual entre Tácito y Maquiavelo

Además de ‘Verdadera razón de Estado’ y el ‘Memorial…’ logroñés, Albia de Castro también escribió, al menos, las obras ‘Aphorismos y exemplos políticos y militares’ (1621), ‘Observaciones de Estado, y de Historia sobre la vida y servidos del Señor de Villeroy’ (1621), ‘Panegirico genealogico y moral del excelentmo. dvque  de Barcelos’. (1628), y ‘Pedaços primeros de vn discvrso largo en las cosas de Alemania, España, Francia. En forma de Epitome’ (1635). Mantuvo Albia de Castro cordiales relaciones con su buen amigo y paisano Francisco López de Zárate, el ‘Caballero de la rosa’, famoso poeta y dramaturgo. El alto cargo logroñés fue un respetado pensador político, adscrito a la rama del tacitismo, un movimiento que había surgido en el Renacimiento con el historiador y político romano Cornelio Tácito como referente. El tacitismo aceptaba los postulados radicales de Maquiavelo –«el fin justifica los medios»–, si bien atemperándolos con la ineludible virtud moral que legitima la «verdadera razón de Estado».

 

Esplendor de la muy noble ciudad de Logroño en los siglos XVI y XVII

«En el siglo XVI la calle Portales era conocida como la Herbentia y convergía en su extremo este en la puerta Nueva de la muralla, junto a la casa que levantaron los Jiménez de Enciso (palacio de los Chapiteles). Además, en la concurrida vía se enclavaban algunas de las construcciones de mayor relevancia, como la Iglesia de Santa María de la Redonda. Junto a su cabecera terminó por instalarse la institución civil más importante, el ayuntamiento, al menos desde la segunda mitad de la centuria y, al oeste del edificio eclesiástico una gran plaza desde 1572, en la que se pretendieron celebrar festejos y desfiles militares, además del mercado, función ésta que terminó por prevalecer sobre las demás», así describe la doctora en Historia María Teresa Álvarez Clavijo cómo era el Portales de Logroño a finales del XVI.

La villa, que durante la Edad Media había crecido al amparo del Fuero de 1095 y aprovechando la inercia de la Ruta Jacobea, entró en el Renacimiento con el impulso de ser reconocida como ciudad. Fue el rey castellano Juan II quien le concedió el título en 1431, a los que añadió el 20 de julio de 1444 los de ‘Muy Noble y Muy Leal’. Poco a poco Logroño se consolidó como una importante plaza en el S. XVI, pese a que el poder eclesiástico mantenía Calahorra como bastión del norte peninsular. Los Reyes Católicos, unidas ya las tierras de Castilla y Aragón, visitaron Nájera y Logroño el mismo año  que Colón  descubrió América, mientras  el emperador Carlos V juró los fueros de la ciudad en 1520.

 

 

El apoyo a Carlos V

Precisamente, el respaldo logroñés al joven monarca en la guerra de las comunidades y la victoria –tras sufrido asedio– ante las tropas franco-navarras comandadas por Asparrot se ganaron el corazón de la Casa de Austria. De hecho, Regresó Carlos V en 1523, de cuya época todavía se conserva la puerta del Revellín.

De otro lado, parte del poder  que atesoraba la Diócesis de Calahorra fue trasladado a Logroño en 1570 a través del Tribunal de la Inquisición, desde donde dictaba la ley del Santo Oficio en lo que hoy serían País Vasco, Navarra y La Rioja. Cuarenta años después, el Auto de fe de Logroño (1610), que juzgó el caso e las brujas de Zugarramurdi, constituyó uno de los hitos en la España del siglo XVII.

Aunque las clases sociales logroñesas se mantenían ancladas en los estereotipos de nobleza, hidalguía, campesinado o artesanos, poco a poco fue surgiendo una pequeña burguesía incipiente, que se iría desarrollando en siglos posteriores.

La riqueza de las tierras riojanas, proveniente de la agricultura (vino, frutas, cereales, lana, carne…), pronto encontró en Logroño su enclave comercial y de servicios. La población creció gracias a la llegada de familias vascas, navarras y montañesas que buscaban en el Valle del Ebro empleos de futuro. Mancebos de comercio, colonos, mozos de casa, canteros, entalladores, sastres, oficiales, herreros y los más diversos aprendices aumentaron el censo de la ciudad, que ya en los siglos XVI y XVII era la más poblada de lo que hoy es la Comunidad Autónoma de La Rioja, con alrededor de 7.000 vecinos.

 

Entre el arte y la imprenta

Fue una época en la que no sólo la industria y el comercio se desarrollaron como nunca lo habían hecho hasta entonces, sino que, además, quedaron apuntalados otros oficios directamente vinculados con la cultura y el arte. Se trataba de imagineros y pintores –el más destacado fue el logroñés Juan Fernández de Navarrete ‘El Mudo’, pintor real de Felipe II– o escultores de la talla de los hermanos Guyot, Juan de Beogrant, Arnao de Bruselas, Juan de Lorena o Damián Forment.

La imprenta era otra de las señas de identidad logroñesa, desde que Arnao Guillén de Brocar instalara su taller en la actual plaza Martínez Zaporta. Hasta el siglo XIX fue la ciudad un referente de la edición tanto en España como Hispanoamérica, con impresores como Miguel de Eguía o Juan de Mongastón.

No es extraño, pues, que Albia de Castro viera el interés de que su ciudad, en evidente expansión, contara con un compendio histórico.

 

Las mujeres  logroñesas del año 1572

Gracias al inventario de los dibujos realizados por Roger Gaignières –caballerizo del influyente duque Guisa–, han llegado hasta nuestros días los primeros grabados de las ‘diferentes’ mujeres logroñesas, tal y como eran en el año 1572. Estas y otras imágenes, que ahora conserva la Biblioteca Nacional de Francia, fueron recopiladas por el coleccionista Henri Bouchot, que las publicó ya a finales del siglo XIX en París (1891).

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Cuando los desahucios nos empujan
Marcelino Izquierdo 18-11-2012 | 8:00 | 1

 

«Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable»

 

Conocí a José Agustín Goytisolo en plena Transición, durante un acto literario celebrado en la Universidad Autónoma de Bellaterra. Muy a su pesar, le pedimos que nos recitara ‘Palabras para Julia’, poema popularizado por Paco Ibáñez y por la película ‘Españolas en París’, del director jarrero Roberto Bodegas. Al principio se resistió un poco pero, ¿cómo podía mantener su negativa ante cientos de estudiantes entregados? Meses después, descubrí que Goytisolo tenía su residencia en la calle Mariano Cubí, a pocos pasos de la mía, en el barcelonés barrio de Sant Gervasi. A veces lo veía pasear por la Bonanova, ensimismado en sus versos, discreto y austero. Cuando veinte años después supe que José Agustín Goytisolo se había arrojado desde su ventana a la calle Cubí, de inmediato surcaron mi memoria aquellas palabras… «que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso».

Algo parecido me está sucediendo estas últimas semanas, cuando leo en la prensa que cada vez son más las personas que ya no pueden volver atrás porque la vida les ha empujado como un aullido interminable. Son gente corriente, con sus anhelos y sus miserias,  aunque todos ellos con una patología común: el desahucio.

El desahucio se ha convertido en la España del siglo XXI en una grave enfermedad que se extiende de forma tan vertiginosa como la peste negra en la Europa medieval. Sin embargo, los físicos y los galenos –llamémosles políticos– debaten, para no ponerse nunca de acuerdo, sobre si aplicar cuidados paliativos no demasiado onerosos o si dejar en las manos de Dios la suerte del moribundo.

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Enrique Paternina, el pintor jarrero que inspiró a Pablo Picasso
Marcelino Izquierdo 16-11-2012 | 12:00 | 0

 

Uno de los objetivos de la sexta edición de ‘La Rioja Tierra Abierta’, que acoge la ciudad de Haro hasta el 13 de octubre, no es otro que el de rescatar del olvido la vida y la obra de uno de los pintores riojanos –jarrero por más señas–  más destacados del siglo XIX: Enrique Paternina García-Cid. Pese a su amplia producción y, sobre todo, a la influencia que tuvo en artistas de renombre mundial como Sorolla, Zuloaga y Picasso, hoy en día Paternina no está incluido ni en la relación de jarreros ilustres que la página sobre la ciudad riojalteña tiene colgada en Internet Wikipedia, y eso que es bastante extensa.

Aunque desde hace décadas se apuntaba que una obra de Paternina, ‘La visita de la madre’, inspiró el cuadro de Pablo Picasso ‘Ciencia y caridad’, recientes estudios del Museo Picasso de Barcelona corroboran la tesis.

El Torreón Medieval de Haro acoge una exposición sobre Paternina que está dividida en dos partes: la primera, entre marzo y junio, incluye la primera etapa del artista, la más realista, mientras que durante el siguiente trimestre, de junio a octubre, se centrará en la influencia de las vanguardias. El consejero de Educación y Cultura de La Rioja, el también jarrero Gonzalo Capellán, asegura que el legado pictórico de Enrique Paternina es «uno de los tesoros culturales menos conocidos de Haro», pintor al que se pretende hacer «dialogar con los pintores con los que conversó en vida» en la segunda parte de la exposición. Para ello, además de reunir la mayor parte de la obra de Paternina, también contará con cuadros de otros pintores coetáneos como Sorolla o Zuloaga.

La Fundación Hogar Madre de Dios de Haro, depositaria de la mayor parte de la obra, colabora en la muestra del Torreón Medieval, lo que permite que la mayor parte de la obra pictórica de Enrique Paternina salga por primera vez para ser contemplada por el público. De hecho, Fundación Caja Rioja ha realizado una fuerte inversión para restaurar muchos de los cuadros que ahora lucen en ‘La Rioja Tierra Abierta’.

Enrique Paternina García-Cid nació en Haro (1866) en el seno de una familia adinerada, no por parte de su primer apellido –aunque era primo del bodeguero Federico Paternina–, sino de la rama materna García-Cid, que poseía enormes terrenos en la comarca.

Haro, Orduña, Madrid

Paternina cursó los estudios primarios en su ciudad, aunque desde muy niño su familia le envió al colegio de segunda enseñanza de Orduña. Pronto destacó con el lápiz y el pincel, y a los 15 años ganó el primer premio de dibujo de figura en la localidad vizcaína. Su carrera estaba encaminada. Apenas cumplidos los 19, Enrique se trasladó a Madrid para ingresar en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, donde estudió dos años. Allí conoció a un paisano suyo, Baldomero Sáenz –un interesante pintor que murió de forma trágica y prematura–, con el que viajó a Italia en el verano de 1887, acompañado también por el artista aragonés Mariano Barbasán.

«Mientras Paternina y Sáez tenían posibles para costearse el viaje, Barbasán estaba becado por la Diputación de Zaragoza, que era la forma en la que los jóvenes talentos españoles visitaban Roma para formarse», explica el profesor riojano Jorge Dóniga, que forma parte del comité científico que ha preparado la exposición.

Tras recorrer el país transalpino junto a su compañero Baldomero Sáenz, Paternina se instaló en Roma y formó parte de la Asociación Artística Internacional de Roma, (1888). Allí pintó su obra más célebre, ‘La visita de la madre’, óleo con el que obtuvo las segundas medallas de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1892, de la Exposición Artística de Bilbao de ese mismo año, así como de la III Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona de 1896.

‘Ciencia y caridad’, de Picasso

Y fue en la Ciudad Condal donde el joven Pablo Picasso conoció el cuadro de Paternina. De hecho, el genio malagueño se inspiró en ‘La visita de la madre’ cuando realizó el cuadro ‘Ciencia y caridad’ (1897), obra esencial en su período formativo, según la tesis defendida en una exposición de investigación que llevó a cabo el Museo Picasso de Barcelona en noviembre del 2010. José Ruiz, padre del pintor malagueño, propuso el tema a su hijo y llegó a posar como modelo para el doctor de ‘Ciencia y caridad’.

Malén Gual, conservadora del Museo Picasso, califica la obra de esencial en la etapa de formación del pintor andaluz, influido por «el realismo social predominante en los medios más conservadores de la segunda mitad del siglo XIX y que sigue la tradición de las obras presentadas en las exposiciones de bellas artes de la última década del siglo». A medida que Picasso fue madurando, se alejó de aquel realismo social y emprendió la carrera artítica que todos conocemos.

Pero volvamos con Paternina. Tras el éxito de ‘La visita de la madre’, el jarrero su regreso a España –donde recibió el título de caballero de la Orden de Ca rlos III– y vivió entre Sevilla, Haro, Bilbao, pintando y cuidando su hacienda, esto último cuando no le quedaba más remedio. Fue su etapa más costumbristas, con obras como ‘Las cigarreras’.

Viaje a París

«Uno de los viajes que más influyó en Paternina fue el que realizó a París –argumenta Dóniga–, donde se convenció todavía más de la belleza y de las posibilidades pictóricas del paisaje. Los últimos años de su vida transcurrieron en su ciudad natal, donde descendió su ritmo de trabajo como pintor, al tiempo que tuvo que dedicar más tiempo a gestionar sus tierras y sus acciones.

 

Entrevista con Jorge Dóniga,
experto en Paternina

‘La obra de Enrique Paternina (1860-1917) en la colección de la Fundación Hogar Madre de Dios de Haro (La Rioja)’ es el título de tesina –embrión de la futura tesis doctoral– que el profesor de Historia del Arte Jorge Dóniga leyó el pasado septiembre en la Universidad de La Rioja.
– ¿Quién era Paternina?
– Era un terrateniente, un ‘bon vivant’ que se dedicó en cuerpo y alma a la pintura y halló un hueco en mundo el arte.
– ¿Cómo lo definiría?
– Atravesó diferentes etapas. Una primera de realismo social en la que pintó su obra maestra, ‘La visita de la madre’; más tarde se adentró en el costumbrismo, influido por la pintura sevillana, y, finalmente, tras su viaje a París, se centró más en el paisajismo.
– Pero además de pintar, Paternina fue un hombre que marcó tendencia, ¿no?
– Como pintor fue bueno, aunque un escalón por debajo de otros colegas de su época de la talla de Sorolla, Zuloaga y ya no digamos de Pablo Picasso. Sin embargo, su obra y su particular punto de vista sí que influyó en todos ellos de una forma u otra. Paternina era un hombre muy inquieto, que le gustaba estar a la última, y con una visión muy adelantada a su tiempo. Ese es su gran valor, además de algunos cuadros de excelente nivel.
– ¿Por qué don Enrique no ha sido profeta en su tierra?
–Es complicado. Él no vendió nada de su obra, pues hubiera estado mal visto en un terrateniente. Excepto algunos cuadros que regaló o que intercambió con otros pintores, la mayoría de su producción se encuentra en la Fundación Hogar, y no es fácil de ver. Por eso la exposición que se celebrará en el Torreón Medieval será una ocasión única. Además, en los últimos años de su vida  tuvo que dedicarse más a su hacienda que a la pintura.
– ¿Y eso…?
– Posiblemente porque la filoxera mermó el valor de sus terrenos y se vio obligado a ir vendiendo fincas para poder seguir manteniendo su nivel de vida.
– ¿Cómo fue su vida privada?
– Viajó constantemente. Además de a Italia o a Francia, Paternina estuvo a caballo entre Sevilla, Bilbao, Haro… Nunca se casó, aunque mantuvo una relación sentimental con la hija del chatarrero de Haro, una mujer muy bella.

 

 

«Los pobres morían en el hospital; los ricos, en casa»

El periodista extremeño Juan Domingo Fernández, experto en el realismo social de Paternina, afirma sobre ‘La visita de la madre’ –que se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Badajoz– que «la escena se desarrolla en un hospital de beneficencia atendido por monjas de la Caridad, con un ambiente de tristeza y melancolía y el dramatismo que envuelve a la enfermedad y que acarrea la pobreza. Las ropas en tonos pardos de una familia modesta contrastan con el azul del hábito de la monja y con la atmósfera grisácea del hospital. En el siglo XIX los hospitales eran lugares de elevada mortalidad donde sólo ingresaba la gente sin recursos, mientras que los nobles y los burgueses morían en casa, porque tenían sus propios médicos». Ahora, y hasta finales de junio, esta obra maestra puede contemplarse en el Torreón Medieval de Haro.

 

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