La conexión riojana del asesinato de Prim

 

Aquel 27 de diciembre de 1870 España estaba lista para afrontar un acontecimiento histórico: la llegada de Amadeo de Saboya para ser coronado rey. Su mentor, Juan Prim, a la sazón presidente del Consejo de Ministros, tenía previsto viajar al día siguiente a Cartagena para recibir al monarca italiano que debía instaurar una nueva dinastía. Esa misma tarde, la berlina que trasladaba al general Prim desde Congreso fue tiroteada y su ilustre ocupante, herido de muerte. Nadie pagó por ello. Una década más tarde, el sumario quedó desactivado por «falta de pruebas». Varios riojanos se vieron envueltos en uno de los magnicidios más misteriosos de la Historia de España.

Nada menos que 142 años después, la Comisión Prim del Departamento de Criminología de la Universidad Camilo José Cela, presidida por el jefe del mencionado Departamento, Francisco Pérez Abellán, y compuesta por profesores universitarios, catedráticos, antropólogos forenses, criminólogos y juristas, acaba de confirmar que el político y militar catalán no falleció a consecuencia de las heridas recibidas en el atentado de la calle del Turco, sino que fue estrangulado en su propia residencia, el palacio de Buenavista.

Sobre las siete y media de la tarde de autos, Juan Prim se disponía a abandonar las Cortes tras defender sus últimas propuestas sobre el futuro rey. Esa misma tarde, el jefe de Gobierno había rechazado la invitación de la Logia Masónica para asistir a la cena del solsticio de invierno, prevista en un hotel de la calle del Arenal. Nevaba sobre Madrid. Los dos leones, que cuatro años antes había esculpido el maestro Ponzano con el bronce fundido con los cañones capturados al enemigo en la Guerra de África -donde Prim había labrado parte de su gloria-, eran testigos mudos de la escena. Al carruaje también subieron en la Carrera de San Jerónimo los diputados cameranos Práxedes Mateo Sagasta y Feliciano Herreros de Tejada; sin embargo, antes de que la berlina partiera, ambos recordaron haber olvidado algo, bajaron a tierra y dejaron al líder progresista tan sólo con sus ayudantes Nandín y Moya.

 

Rumores sobre Sagasta

Esta casualidad, apuntó en un principio a Sagasta como posible implicado en el magnicidio, aunque no fueron sino chascarrillos de taberna que no duraron mucho tiempo. De hecho, al ilustre torrecillano, que posteriormente ejercería hasta siete veces como presidente del Gobierno de España, le quedaba expedito el camino para liderar el progresismo español Sin embargo, aunque nunca se pudo demostrar ante los tribunales, fueron otros prohombres de la España eterna a quiénes señaló la vox populi.

Pero volvamos a la berlina de Prim, sobre quien el hispanista Iam Gibson publicó hace meses una novela bajo el mismo título. Cuando el coche avanzaba por la calle del Turco sin escolta alguna, cayó en una emboscada. Una lluvia de disparos acribilló la berlina, atrapada sin poder ni avanzar ni retroceder, le hirió el hombro, el brazo y el pecho. Trasladado urgentemente al palacio de Buenavista, cuyas escaleras subió a pie, su muerte se anunció de manera oficial el 30 de diciembre. «Prim recibió varias heridas que, andado el tiempo, serían calificadas por el doctor Alfonso de la Fuente Chaos de poco graves, pero al parecer murió de las mismas el día 30», explica el criminólogo Francisco Pérez Abellán.

Según periódicos y libros de historia, dos fueron los principales acusados: José María Pastor, jefe de escolta Francisco Serrano –«el general bonito», a ojos de Isabel II–, y el comandante Solís y Campuzano, mano derecha del duque de Montpensier, que durante décadas conspiró por ceñir la corona. De hecho, Montpensier gastó buena parte de su fortuna en financiar La Gloriosa revolución de 1868 –que destronó a Isabel II– y, al parecer, al menos tres intentos –el último con éxito– de asesinar a Prim.

Las investigaciones realizadas durante este 2012 a la momia de Prim apuntan la existencia de un surco en el cuello por garrote a lazo, lo que quiere decir que el militar de Reus no falleció por los impactos encajados. Incluso se apunta al propio general Serrano como autor material del estrangulamiento, en la cama en la que Prim estaba convaleciente, si bien este extremo todavía no está avalado científicamente, y es difícil que algún día se demuestre.

 

Riojanos de Santa Eulalia

Un delator señaló a Solís como financiador de la operación e, incluso, la Justicia comprobó el pago de grandes sumas de dinero a un tal Juan Rodríguez López, alias José López, natural de la Santa Eulalia, localidad de la entonces provincia de Logroño. El también riojano Ruperto Merino, personaje del círculo de confianza del comandante Solís y Campuzano, pidió al tal López que viaja a Madrid para un «trabajo revolucionario» por el que percibiría buen dinero. A Merino y a López les acompañó otro paisano, Martín Arnedo. En principio, López y Arnedo se pensaron muy mucho tomar parte en una aventura tan misteriosa, pero finalmente se decidieron por la necesidad de peculio en tiempos de mucha hambre Todos permanecieron en la capital del imperio en labores de vigilancia y escolta, hasta que, un mes antes de que se produjera el magnicidio, fueron detenidos por un complot que fue abortado.

Además de que el sumario judicial fue archivado de manera incomprensible una década después, a varios de estos «testigos incómodos» para Montpensier se les perdió la pista para siempre. Algunos fallecieron en extrañas circunstancias.

 

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La Rioja

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