La Rioja

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El Buffalo Bill riojano
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Marcelino Izquierdo | 23-06-2013 | 10:46

 

VÍCTOR SOTO Y MARCELINO IZQUIERDO

 

Como otros tantos miles de riojanos, el capitán Elías Sáenz –nacido en Ausejo en 1879– emigró al nuevo continente en los albores del siglo XX. Sin embargo, su aventura vital no transcurrió como la de cualquier otro paisano: se proclamó campeón del Mundo de Tiro, recorrió toda Sudamérica con exóticos espectáculos deportivo-circenses, ingresó en la masonería, regresó a España durante la Guerra Civil para combatir a los sublevados y, ya en el exilio, desapareció en la Patagonia en 1941.

Elías Sáenz Pérez vio la luz en el municipio riojabajeño de Ausejo el 20 de julio de 1879, hijo de Florencio –guardia civil de profesión– y de Lucía. Alistado como voluntario en la Guerra de Cuba, tras el desastre colonial del 98 volvió a La Rioja, donde contrajo matrimonio con Clara Ruiz Aguirre Tuesta (Logroño, 1879). En España nació Ángela (Logroño, 1903), su primera hija, y tres años más tarde partió con su familia rumbo a Argentina.

Aunque el ausejano ejercía el empleo de chófer, desde muy joven se aficionó a las armas y tomó parte en numerosos torneos de tiro, primero en España y después en América.

Ya en Buenos Aires, del matrimonio Sáenz-Ruiz nacieron Visitación (1906), Florencio (1910), María Luisa (1913, Martín (1916) y, en Avellaneda –ciudad del entorno del gran Buenos Aires–, las dos últimas: Delia (1917) y Elena (1922).

Guerra de Melilla

La vida del capitán Elías fue un no parar. En la capital bonaerense organizó y comandó la expedición de emigrantes argentinos que regresaron a la madre patria como voluntarios en la Guerra de Melilla. Por esa causa en 1920 se hallaba de paso en Logroño, con domicilio en Rodríguez Paterna nº 21. Una década después, volvería a la ciudad, alojándose en la calle Villamediana s/n.

Según narraba en varias cartas a la Junta Directiva de Tiro Nacional, Elías Sáenz ganó el Campeonato del Mundo de Tiro al Blanco –posiblemente en 1904–, título que le fue retirado por problemas de reglamento, según él «muy injustos». «Hago constar que el nombre de ‘Capitán Sáenz’ fue dado como seudónimo artístico por las empresas de los teatros donde actué con mis hijas en la América del Sur, pues tuve que recurrir a estos medios para ganar el pan de mis 6 hijos», explica Elías Sáenz Pérez en una carta enviada al presidente en Logroño de la Junta Directiva de Tiro, con fecha de 21 de abril de 1920, para que la remitiera a la central de Madrid.

Pero su experiencia con las armas le sirvió para ganarse el corrusco. Bajo el eslogan de ‘El Capitán Sáenz y sus hijas. Campeones Mundiales de Tiro al Blanco’, el emprendedor ausejano entró en el mundo de la farándula, del show-business, con un espectáculo deportivo-circense que recorrió Sudamérica. Eso sí, bien acompañado por sus dos hijas mayores, Ángela y Visitación. Un Buffalo Bill español con una puntería endiablada.

Maestro masón ‘Sagasta’

Pero, además de una vida azarosa, Sáenz Pérez guardaba un gran secreto: era miembro, y destacado, de la masonería. Así lo explica Eduardo R. Callaey Arancibia, miembro de la Academia de Estudios Masónicos de Buenos Aires: «Sabemos, por su ficha de afiliación, que provenía de la Logia Acacia n° 401 de la Gran Logia Filial Hispano Argentina, que su nombre simbólico era ‘Sagasta’, que era maestro masón y que en 1932 solicitó su ingreso a la Logia ‘Res Non Verba’ de Buenos Aires»,

Precisamente, el ensayo del investigador Eduardo R. Callaey se presentó en el XI Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española, celebrado en Logroño en el año 2006, bajo el título ‘La masonería española en la época de Sagasta’. El symposium fue coordinado por José Antonio Ferrer Benimelli, uno de los mayoría expertos mundiales de la masonería, y alentado por la Fundación Sagasta.

Aunque al estallar la Guerra Civil, Elías Sáenz se encontraba trabajando en la ciudad argentina de Mar del Plata, en junio de 1937 se embarcó en Montevideo, rumbo a Valencia, con el objetivo de apoyar la causa republicana. Contaba ya con 58 años. A bordo del buque ‘Alsina’, Sáenz salvó la vida de 26 españoles confinados en Sao Paolo, y que iban a ser repatriados a la zona rebelde.

En agosto, al poco de llegar a la capital del Turia, «es nombrado capitán instructor de la Escuela de Tiro de Valencia; luego es enviado a Manzanares, donde se une como oficial adjunto al Estado Mayor del XX Cuerpo de Ejército y, finalmente, se hace cargo de la Escuela de Tiro de Barcelona», escribe Callaey.

Tras la victoria de Franco, el riojano regresó a América con una misión muy concreta: recaudar fondos con los que rescatar a los refugiados masones, perseguidos por Franco y atrapados en medio de la II Guerra Mundial. Durante dos años, recorrió Argentina de norte a sur, cubriendo más de 4.000 kilómetros.

Según Callaey, el desanimado capitán Sáenz «asistió al triste espectáculo de la creciente indiferencia al problema de los refugiados, al poco interés de la opinión pública y a las divisiones internas en el seno de los propios republicanos exiliados». La última carta del aventurero riojano estaba fechada el 9 de junio de 1941, en el café Español de Comodoro Rivadavia, ciudad de la Patagonia argentina. Nada más se supo de él, pues su rastro se perdió camino de Punta Arenas, en el extremo sur de Chile Tenía 62 años.

 

 

Fascinación por el lejano Oeste

La fascinación por el llamado Oeste americano y su conquista, tal vez una de las últimas grandes epopeyas humanas, ha sido siempre abundante. Las historias heroicas de hombres y mujeres luchando contra un entorno natural y humano hostil sigue atrapando a los espectadores.

Aunque parezca extraño, ese mundo de desiertos, ganadería extensiva, avances tecnológicos, ambición y búsqueda de riqueza caló pronto en la vieja Europa, tal vez ansiosa de acción y emociones fuertes con cierta carga emocional y de justicia, apartando la vista de otras ‘aventuras’ coloniales menos justificables y mucho más cruentas (aunque en el territorio por conquistar norteamericano tampoco faltaron las masacres).

A la espera de la llegada de los ‘western’ al cine, hecho que ocurrió en 1903, con ‘Asalto y robo de un tren’, de Edwin S. Porter, fueron la literatura y, curiosamente, el circo, los encargados de promocionar y difundir los tópicos del salvaje Oeste en Estados Unidos, primero, y Europa, después.

El riojano Raúl Eguizábal recoge en su libro ‘El gran salto. La asombrosa historia del circo’, que fue Buffalo Bill (cuyo nombre real era William F. Cody) el primero en inaugurar un espectáculo ecuestre y de tiro basado en sus vivencias. Fue en 1883, bajo el nombre de ‘Wild West, Rocky Mountain and prairie exhibition’, cuando nació el germen.

El éxito fue rotundo, sobre todo tras la incorporación, en 1885, de figuras como Calamity Jane y Toro Sentado, junto a sus más fieros guerreros, reconvertidos a la industria del espectáculo. Sus carreras imposibles, sus ejercicios de tiro peligrosos, como quebrar de un disparo un cigarrillo sujeto en los labios de una persona, y su parafernalia salvaje sellaron un éxito inmediato. En 1887, Buffalo Bill dio el salto a Europa para actuar ante la reina Victoria. En un par de años, protagonizó más de 300 representaciones y vendió 2,5 millones de entradas. La ‘troupe’ de Buffalo Bill llegó a España en 1890 con un éxito meteórico en Barcelona. Y siguió llenando hasta 1906, cuando abandonó Europa.

No tardaron en salirle imitadores. Y, pese al paso del tiempo, los espectáculos con reminiscencias del salvaje Oeste no remitieron. El ‘Capitán Sáenz’ fue uno de sus más destacados seguidores. Aunque bajo su indumentaria de indomable forajido se escondiera un humilde vecino de Ausejo.