La Rioja

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‘Lucille’, Aznar y B. B. King

No arrancó ayer el día demasiado bien que digamos. De madrugada conocimos la muerte de B. B. King, allá en Las Vegas. Patriarca del blues y pieza clave en la música popular del siglo XX, King se nos fue a los 89 años, abrazado a su amada guitarra ‘Lucille’.

En Logroño, mientras tanto, aún reverberaban los acordes que Chucho Valdés había desgranado con las teclas de su mágico piano la noche anterior en el teatro Bretón, así como el tono guiñolesco de José María Aznar llamando Jesús a Pedro Sanz. Un fallo lo tiene cualquiera, por supuesto, sin embargo es lo que arrastra la añoranza de la eterna juventud, quizás rememorando cuando un novato inspector de Hacienda conoció a Jesús Sanz, padre del actual presidente de La Rioja y por aquel entonces alcalde de Igea.

Pero volviendo al irrepetible bluesman, en el invierno de 1949 tocaba en un club de Arkansas cuando una pelea entre dos tipos desató el pánico entre el público. En el fragor del rifirrafe, los improvisados púgiles derribaron un barril con queroseno, encendido para mitigar el frío. Las llamas se apoderaron del local en un santiamén y todos, músicos incluidos, huyeron despavoridos. De pronto, se percató King de que su guitarra seguía dentro e, inopinadamente, volvió al infierno para rescatar la Gibson acústica. Supo después el músico de Misisipi que la riña había tenido su origen en una mujer llamada Lucille y, desde entonces, B. B. King bautizaría todas las guitarras de su carrera con el nombre de ‘Lucille’ en recuerdo de aquella estupidez inmadura que a punto estuvo de costarle la vida.

«La noche me confunde», debió de disculparse Josemari ante su anfitrión Pedro –¿o era Jesús?–, mientras evocaba cómo, con apenas 25 años, aterrizó sin bigote en la capital riojana y se marchó dos años y medio más tarde con el mostacho bien frondoso.

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Donde cae el sol de la cultura, hasta los enanos proyectan grandes sombras

 

Hay nombres y acontecimientos que deambulan por el pasado histórico y cultural riojano con más pena que gloria. Pocas tierras habrá, de hecho, en esta Europa acomplejada y macilenta, que maltraten con tanta desidia su pasado, sin duda fiel reflejo de la indolencia con la que La Rioja aborda su presente y la miopía con la que atisba el futuro. Cui prodest?

No son buenos tiempos para casi nadie, excepto para ciertos privilegiados que cada vez lo serán más. Por delante de nuestras narices desfilan cada día, con altanera marcialidad, la pobreza, el hambre, la corrupción, el desempleo, la explotación, el desahucio, la impunidad, el maltrato, la banalidad, la injusticia… Y nosotros permanecemos a un lado y al otro del cortejo, flanqueando esta desalmada procesión, dejándonos anestesiar por el olor del incienso y el boato de quienes manejan los hilos. Es más, nos comportamos como abúlicos espectadores que se resignan al panem et circensesaunque el panem cada día resulta más escaso-, incapaces de mover un dedo, ni siquiera de susurrar un ¡ya basta! sotto voce.

En medio de este panorama tan aciago, en el que son tantas y tan urgentes las necesidades, ¿qué importa la historia?, ¿qué importa la cultura? Desde luego, muy poco a quien tiene la sartén por el mango. En la tierra donde desciende el sol de la cultura, hasta los enanos proyectan grandes sombras. Quizá por ello estamos obligados a seguir hurgando en nuestro pasado, el cercano y el lejano; rescatando a quienes se salieron de la norma e hicieron de La Rioja y del mundo en general mejores lugares.

El acervo de un pueblo nunca puede ser sepultado por el acerbo de la estulticia.

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Un riojano en el búnker de Hitler

 

En 1993, arrumbada la URSS y el bloque comunista, el todopoderoso KGB desclasificó millones de papeles secretos. Entre los documentos celosamente guardados por el servicio de espionaje soviético salieron a la luz aquellos que avalaban la tesis oficial de Occidente sobre la muerte de Adolf Hitler, y que descartaban fantasiosas teorías sobre la inmortalidad del führer. En su libro ‘Los últimos días de Hitler’ (1947), Hugh Trevor-Roper narraba cómo el dictador alemán se suicidó con cianuro y descerrajándose un tiro en la sien junto a Eva Braun, con la que había contraído matrimonio apenas dos días antes en su búnker de Berlín. Ocurrió el 30 de abril de 1945, hace ahora 70 años.

Apoyando a las tropas germanas, un grupo de españoles defendió el búnker del führer poco antes del desenlace final, cuando las tropas aliadas ya combatían en Berlín casa por casa. Se trataba de la ‘Unidad Ezquerra’, dirigida por el oficial aragonés de las SS Miguel Ezquerra y compuesta, en su mayoría, por antiguos combatientes de la División Azul. Entre ellos se encontraba un riojano: Carmelo León Barragán. No sería extraño que Ezquerra y León Barragán se conocieran en Logroño en 1942, cuando ambos partieron hacia el frente ruso para luchar junto al Ejército nazi, puesto que la capital riojana fue el centro de reclutamiento más importante del segundo reemplazo de la Blaue Division.

En 1975, Ezquerra escribió ‘Berlín, a vida o muerte’, en el que el autor fantaseaba sobre su acceso al búnker del führer, su encuentro a solas con Hitler y la condecoración que éste le concedió. Los historiadores ponen en cuarentena este episodio, no así el papel jugado en la batalla de Berlín por esta gavilla de españoles, entre los que se encontraba el logroñés Carmelo León Barragán.

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Martín Zurbano da la vuelta al mundo gracias a ‘The New York Times’

 

El rotativo estadounidense ‘The New York Times’, quizás el diario más prestigiosos del mundo, acaba de publicar un reportaje en el que selecciona las que, en su opinión, son las doce mejores calles de Europa. En la exclusiva lista figuran nada menos que la rue de Charonne de París, la Grosser Mursitalden de Berna, Rüdesheimer Strasse de Berlín, la Ripa di Porta Ticinese de Milán, la Pimlico Road de Londres, la Rua Nova do Carvalho de Lisboa, Itfaiye Caddesi en Estambul, The Akerselva River de Oslo, Kärntner Strasse y Graben and Kohlmarkt de Viena y la Krymska de Praga, a las que se unen otras dos vías españolas: la calle 31 de agosto de San Sebastián y la de Zurbano en Madrid.

El periodista norteamericano Andrew Ferren -que equipara la calle Zurbano con la emblemática la Park Avenue neoyorkina- destaca de la vía madrileña, además de su enclave en el centro de la capital del reino, sus aceras jalonadas por casas palaciegas, hoteles de lujo y con encanto, deliciosos restaurantes, tiendas exclusivas o sus verdes jardines.

Ha querido la casualidad –o no, quién sabe- que ‘The New York Times’ esté divulgando el nombre del logroñés Martín Zurbano por los cinco continentes gracias a que el Ayuntamiento del Foro le incluyera en su callejero, allá por el siglo XIX, en una zona de la ciudad, además, en la que figuran otros riojanos ilustres: Sagasta, Salustiano de Olózaga, Bretón de los Herreros o el Príncipe de Vergara (Espartero).

También en el siglo XIX dedicó Logroño una de sus arterias principales al general Zurbano. No obstante, sin saber muy bien por qué, su nombre fue retirado de la placa en 1937 y sustituido por el de Calvo Sotelo.

Vivir para ver

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Por prometer que no quede

 

En cierta ocasión, siendo presidente del Consejo de Ministros, recibió Práxedes Mateo Sagasta una de tantas cartas ciudadanas que llegaban a su despacho oficial. Sin ambages, el remitente solicitaba al político riojano que le tocara el gordo de la Lotería de Navidad, pues necesitaba ese dinero de manera imperiosa.

Tras las chanzas de rigor con su secretario y otros colaboradores, ordenó don Práxedes archivar la misiva, que quedó varada junto a miles de sobres más en un desván de la Presidencia. Pero hete aquí, ¡oh casualidad!, que semanas después se enteró Sagasta de que al osado pedigüeño le había sonreído la fortuna con el segundo premio.

Hombre dotado de un enorme sentido del humor, el gran estadista nacido en Torrecilla le envió al sujeto cuatro letras preñadas de retranca: “Estimado señor: dado que el gordo de Navidad ya estaba comprometido desde hace meses, únicamente he podido conseguir para usted el segundo premio. Si es que mantiene su interés por obtener el primero, le aconsejo que, al año que viene, remita su solicitud con suficiente antelación. Un cordial saludo, Práxedes Mateo Sagasta”.

En esta anécdota quedan reflejados algunos de los políticos que nos gobiernan, capaces de prometer lo imposible o de vender su alma al diablo con tal de seguir anclados al sillón. Sabido es, como afirmaba Giulio Andreotti, que “el poder quema mucho… al que no lo tiene”. Sin embargo, lo que sin duda fue una jocosa broma por parte del ingeniero y periodista camerano, nuestros próceres lo practican sin ningún rubor, convencidos de que la memoria del votante es frágil

Pero, ¡ojo!, ni estamos en el siglo XIX ni la gente –con lo que lleva viendo y sufriendo durante los últimos años- está por la labor de comulgar con ruedas de molino.

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Ollora, aldea abandonada

TEODORO LEJÁRRAGA

GUARDIÁN DEL MONASTERIO DE SUSO

 

Junto a una ladera y unas praderas, existe una pequeña iglesia derruida, que sólo conserva una triste espadaña y, a su alrededor, pequeños fragmentos de piedras de unas casas derruidas. Una aldea conocida como Ollora u ‘Orolla’, que así aparece el nombre en documentos antiguos. Una aldea que pertenecía a municipio de Pazuengos, junto a otra muy cerca del pueblo, también abandonada y conocida como Villanueva.

Ollora aparece como nombre tras una donación del monasterio de San Millán de la Cogolla en el año 944 por el conde Fernán González, donde aparece ya el señorío del abad emilianense sobre la hacienda monasterial de Pazuengos y Ollora.  De esta  pequeña aldea existía una romería en la que se acudía una vez al año al monasterio de Suso, costumbre que se remonta al siglo XI, años de esplendor espiritual del pequeño cenobio. Del pueblo de San Millán de la Cogolla dista Ollora alrededor de 5 kilómetros.

El monasterio de San Millán de Yuso, en los siglos XVII y XVIII, fue centro muy importante administrativo, económico y social, y eran muchos los pueblos que pagaban sus rentas al monasterio. Ollora también cumplía con sus rentas para el granero y la bodega de San Millán y sus diezmos en aquellos siglos. En el año 1717, Juan de Frades, vecino de Ollora, pidió al padre abad que librarse a los habitantes del lugar de la vejaciones del ‘merino de Pazuengos’, a quien acusaron de no obrar cristianamente ni como debía a favor de los pobres y de no administrar recta justicia, pues abusaba con frecuencia de las multas. Probados los cargos y acusaciones, el merino fue destituido.

Los Murubes

La casa de los Murubes procede de la anteiglesia de Galarza, en Arechavaleta (Guipuzcoa). Esta familia llegó en el siglo XVIII a San Millán de la Cogolla y también a Ollora, siendo sus miembros herreros y armeros. Lucas Murube (El Paluca) nació en 1761 en Ollora. Viajó a Sevilla con unos tíos, a Los Palacios y Villafranca, y a sus 18 años abrió en la localidad andaluza una pequeña fabrica de seda, objetos de hierro y armas, que comenzó a comercializar. En Los Palacios caso Lucas con María Álvarez Saldaña Baquero, con la que tuvo 14 hijos. Más tarde, aparecería Murube como escribano público y secretario del Ayuntamiento de Los Palacios y en 1803 obtuvo una Real Célula de su Majestad Carlos IV. El apellido Murube se extendió por buena parte de esa comarca sevillana.

En la actualidad un discípulo del prestigioso doctor logroñés Ramón Castroviejo, Juan Murube del Castillo, catedrático de Oftalmología de la Universidad de Alcalá de Henares, conserva su árbol genealógico de Lucas Murube, El Paluca de Ollora.

Ollora, junto a Pazuengos y otros pueblos limítrofes, contó en 1869 con un licenciado en medicina y cirugía de San Millán de la Cogolla, de nombre Leandro Lejárraga, a la postre padre de la muy ilustre escritora María de la O Lejárraga.

En los años 60 y 70 del siglo XX, las gentes de la aldea de Ollora emigraron a otras ciudades próximas,  como el caso de Lázaro, quien se trasladó a Logroño. Aquí una memoria suya y de su aldea abandonada, dice así:

 

¿Dónde están? Preguntan los muertos,

Ya no se oyen rezar Padrenuestros,

Ni las esquilas de los mansos corderos,

Las pisadas suaves de los ancianos abuelos.

Preguntad a los jóvenes que allí posan muertos.

Del silencio en la aldea, todo está quieto.

Ve tú, Lázaro bueno, ponte el ánima,

Date un rodeo, brinca la tapia el cementerio.

¿Ya vienes? ¿Qué hay de nuevo?

Nada de nada, la casa de padre destartalada,

La escuela sin tejas, la casa de Dios profanada,

Ni santos, ni Cristos, ni las campanas que

Ángel, el sacristán, de madrugada tocaba,

la taberna de Perico, con zarzas y endrinos,

la fuente la Tabanca sin agua.

¿Es posible que esto suceda?

Anda, corre, vuela lejos de la Aldea,

pregunta dónde fue el cura, el maestro, la lechera,

¡y mi único hijo! Ya comprendo,

Se casaría con la tahonera

¿Y el perro de Lanas que un día ladró?

A ladrones de fuera?

Ya vuelve Lázaro, a todos buscó

Todos fueron hallados.

El cura y el maestro en la ciudad

Bien cuidados, la tahonera y su hijo

Con un coche lujoso para el pan comerciado

¿Y el herrero? Con traje blanco levanta la mano,

Y luego el brazo a cientos de hombres que

van caminando.

Los zagales, perros y gatos, con cascabeles,

correas y trapos, por los parques de paseo

sin miedo a los cantos.

¡Mira! ¡Mira! Allí viene uno.

Es un buen mozo, ¿qué haces parado?

El hijo de Eugenio.

Por dónde vienes, muchacho?

Vengo por la Dehesa de Suso,

el camino de Santandrés me da miedo

A vosotros que estáis muertos

callado, bajito rezo:

Esta tierra de Dios, brillante como un lucero.

Aquellos cariños de madre,

el respeto al cura y maestro,

los cánticos celestiales en la ciudad…

está todo muerto. A nuestras mozas

las violan, nuestros pisos han asaltado,

y el pobre tío Gonzalo… en el fondo del

Ebro.. ahogado.

Por eso vuelvo a la Aldea, quiero

morirme en el pueblo, junto a vosotros,

en el camposanto viejo para que todos

juntos resucitar en el cielo.

 

(Tarsicio Lejárraga, 1973)

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