La Rioja

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Por prometer que no quede

 

En cierta ocasión, siendo presidente del Consejo de Ministros, recibió Práxedes Mateo Sagasta una de tantas cartas ciudadanas que llegaban a su despacho oficial. Sin ambages, el remitente solicitaba al político riojano que le tocara el gordo de la Lotería de Navidad, pues necesitaba ese dinero de manera imperiosa.

Tras las chanzas de rigor con su secretario y otros colaboradores, ordenó don Práxedes archivar la misiva, que quedó varada junto a miles de sobres más en un desván de la Presidencia. Pero hete aquí, ¡oh casualidad!, que semanas después se enteró Sagasta de que al osado pedigüeño le había sonreído la fortuna con el segundo premio.

Hombre dotado de un enorme sentido del humor, el gran estadista nacido en Torrecilla le envió al sujeto cuatro letras preñadas de retranca: “Estimado señor: dado que el gordo de Navidad ya estaba comprometido desde hace meses, únicamente he podido conseguir para usted el segundo premio. Si es que mantiene su interés por obtener el primero, le aconsejo que, al año que viene, remita su solicitud con suficiente antelación. Un cordial saludo, Práxedes Mateo Sagasta”.

En esta anécdota quedan reflejados algunos de los políticos que nos gobiernan, capaces de prometer lo imposible o de vender su alma al diablo con tal de seguir anclados al sillón. Sabido es, como afirmaba Giulio Andreotti, que “el poder quema mucho… al que no lo tiene”. Sin embargo, lo que sin duda fue una jocosa broma por parte del ingeniero y periodista camerano, nuestros próceres lo practican sin ningún rubor, convencidos de que la memoria del votante es frágil

Pero, ¡ojo!, ni estamos en el siglo XIX ni la gente –con lo que lleva viendo y sufriendo durante los últimos años- está por la labor de comulgar con ruedas de molino.

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Ollora, aldea abandonada

TEODORO LEJÁRRAGA

GUARDIÁN DEL MONASTERIO DE SUSO

 

Junto a una ladera y unas praderas, existe una pequeña iglesia derruida, que sólo conserva una triste espadaña y, a su alrededor, pequeños fragmentos de piedras de unas casas derruidas. Una aldea conocida como Ollora u ‘Orolla’, que así aparece el nombre en documentos antiguos. Una aldea que pertenecía a municipio de Pazuengos, junto a otra muy cerca del pueblo, también abandonada y conocida como Villanueva.

Ollora aparece como nombre tras una donación del monasterio de San Millán de la Cogolla en el año 944 por el conde Fernán González, donde aparece ya el señorío del abad emilianense sobre la hacienda monasterial de Pazuengos y Ollora.  De esta  pequeña aldea existía una romería en la que se acudía una vez al año al monasterio de Suso, costumbre que se remonta al siglo XI, años de esplendor espiritual del pequeño cenobio. Del pueblo de San Millán de la Cogolla dista Ollora alrededor de 5 kilómetros.

El monasterio de San Millán de Yuso, en los siglos XVII y XVIII, fue centro muy importante administrativo, económico y social, y eran muchos los pueblos que pagaban sus rentas al monasterio. Ollora también cumplía con sus rentas para el granero y la bodega de San Millán y sus diezmos en aquellos siglos. En el año 1717, Juan de Frades, vecino de Ollora, pidió al padre abad que librarse a los habitantes del lugar de la vejaciones del ‘merino de Pazuengos’, a quien acusaron de no obrar cristianamente ni como debía a favor de los pobres y de no administrar recta justicia, pues abusaba con frecuencia de las multas. Probados los cargos y acusaciones, el merino fue destituido.

Los Murubes

La casa de los Murubes procede de la anteiglesia de Galarza, en Arechavaleta (Guipuzcoa). Esta familia llegó en el siglo XVIII a San Millán de la Cogolla y también a Ollora, siendo sus miembros herreros y armeros. Lucas Murube (El Paluca) nació en 1761 en Ollora. Viajó a Sevilla con unos tíos, a Los Palacios y Villafranca, y a sus 18 años abrió en la localidad andaluza una pequeña fabrica de seda, objetos de hierro y armas, que comenzó a comercializar. En Los Palacios caso Lucas con María Álvarez Saldaña Baquero, con la que tuvo 14 hijos. Más tarde, aparecería Murube como escribano público y secretario del Ayuntamiento de Los Palacios y en 1803 obtuvo una Real Célula de su Majestad Carlos IV. El apellido Murube se extendió por buena parte de esa comarca sevillana.

En la actualidad un discípulo del prestigioso doctor logroñés Ramón Castroviejo, Juan Murube del Castillo, catedrático de Oftalmología de la Universidad de Alcalá de Henares, conserva su árbol genealógico de Lucas Murube, El Paluca de Ollora.

Ollora, junto a Pazuengos y otros pueblos limítrofes, contó en 1869 con un licenciado en medicina y cirugía de San Millán de la Cogolla, de nombre Leandro Lejárraga, a la postre padre de la muy ilustre escritora María de la O Lejárraga.

En los años 60 y 70 del siglo XX, las gentes de la aldea de Ollora emigraron a otras ciudades próximas,  como el caso de Lázaro, quien se trasladó a Logroño. Aquí una memoria suya y de su aldea abandonada, dice así:

 

¿Dónde están? Preguntan los muertos,

Ya no se oyen rezar Padrenuestros,

Ni las esquilas de los mansos corderos,

Las pisadas suaves de los ancianos abuelos.

Preguntad a los jóvenes que allí posan muertos.

Del silencio en la aldea, todo está quieto.

Ve tú, Lázaro bueno, ponte el ánima,

Date un rodeo, brinca la tapia el cementerio.

¿Ya vienes? ¿Qué hay de nuevo?

Nada de nada, la casa de padre destartalada,

La escuela sin tejas, la casa de Dios profanada,

Ni santos, ni Cristos, ni las campanas que

Ángel, el sacristán, de madrugada tocaba,

la taberna de Perico, con zarzas y endrinos,

la fuente la Tabanca sin agua.

¿Es posible que esto suceda?

Anda, corre, vuela lejos de la Aldea,

pregunta dónde fue el cura, el maestro, la lechera,

¡y mi único hijo! Ya comprendo,

Se casaría con la tahonera

¿Y el perro de Lanas que un día ladró?

A ladrones de fuera?

Ya vuelve Lázaro, a todos buscó

Todos fueron hallados.

El cura y el maestro en la ciudad

Bien cuidados, la tahonera y su hijo

Con un coche lujoso para el pan comerciado

¿Y el herrero? Con traje blanco levanta la mano,

Y luego el brazo a cientos de hombres que

van caminando.

Los zagales, perros y gatos, con cascabeles,

correas y trapos, por los parques de paseo

sin miedo a los cantos.

¡Mira! ¡Mira! Allí viene uno.

Es un buen mozo, ¿qué haces parado?

El hijo de Eugenio.

Por dónde vienes, muchacho?

Vengo por la Dehesa de Suso,

el camino de Santandrés me da miedo

A vosotros que estáis muertos

callado, bajito rezo:

Esta tierra de Dios, brillante como un lucero.

Aquellos cariños de madre,

el respeto al cura y maestro,

los cánticos celestiales en la ciudad…

está todo muerto. A nuestras mozas

las violan, nuestros pisos han asaltado,

y el pobre tío Gonzalo… en el fondo del

Ebro.. ahogado.

Por eso vuelvo a la Aldea, quiero

morirme en el pueblo, junto a vosotros,

en el camposanto viejo para que todos

juntos resucitar en el cielo.

 

(Tarsicio Lejárraga, 1973)

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Accidente mortal en Pradillo

 

Era un domingo de junio. Un domingo cualquiera. Montado en un Seat 600 de segunda mano, subía junto a mi padre al pueblo de Islallana. Allí, en un bar que flanqueaba la carretera hacia Soria, me esperaban un ‘Sanitex’ y un puñao de cacahuetes. Contento y feliz.

Pero al alcanzar el desvío hacia Alberite, un coche se nos cruzó a enorme velocidad; el conductor hacía sonar el claxon desaforadamente, mientras uno de los pasajeros agitaba un pañuelo blanco por fuera de la ventanilla.

–¿Qué pasa, papá?

–Algún accidente, no sé… o un enfermo grave.

Mi padre apenas tuvo tiempo de explicarse. Como si de una alocada carrera se tratase, una caravana de vehículos enfilaba rumbo a Logroño con la funesta bandera blanca –qué paradoja– ondeando al viento. Dimos la vuelta en un camino de tierra y regresamos a la ciudad, donde el rastro nos llevó al Hospital Provincial, junto al Puente de Piedra

Lo que allí vimos nunca se me olvidará: cientos de personas se arremolinaban en las puertas del centro sanitario, en medio de un trasiego de camillas con muertos y heridos. Casi de inmediato, mi padre me tapó los ojos y me llevó a casa, a pocos metros del horror.

El 6 de junio de 1965, doce jóvenes riojanos –sólo tenían entre 16 y 20 años– se dejaron la vida en el trágico accidente de Pradillo. Otros 32 resultaron heridos. La tragedia se desencadenó cuando uno de los autobuses que llevaban a cientos de chicos y chicas a la que debía ser una alegre jira campestre en El Rasillo, se despeñó por un escarpado barranco.

Al día siguiente, más de treinta mil personas acudieron a las exequias, en una procesión de silencio y lágrimas que tardó una eternidad en cruzar el Puente de Piedra, camino del cementerio.

Medio siglo después, todavía recuerda Logroño una de sus páginas más tristes y negras.

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El esplendor de Nájera durante los siglos XII y XIII

 

Nájera disfrutó durante el último tramo del siglo XII y las primeras décadas del siglo XIII una época dorada de su historia. La muerte de Sancho Garcés IV en Peñalén, allá por el año 1076, supuso el principio del fin del Reino de Nájera que había vivido su momento cumbre con Sancho III El Mayor y con su hijo don García, fundador del monasterio de Santa María la Real. Pareciera que a Nájera se le apagara el esplendor.

Sin embargo, la elección de Sancho III de Castilla El Deseado, y la muerte de su esposa, Blanca de Navarra, en Nájera, darían a la entonces villa riojana una segunda oportunidad de atesorar poder y riqueza. No sería la última. Tres personajes tuvieron gran importancia en este reverdecer najerino: el rey Alfonso VIII, hijo de Sancho III y Blanca de Navarra y vencedor de las Navas de Tolosa; Diego López de Haro, impulsor de la Casa Haro; y Diego de Villar, médico real y uno de los mejores cirujanos medievales de la Península Ibérica.

Antes incluso de ser coronada, Blanca Garcés de Navarra dio a luz al primogénito de Sancho III El Deseado, que reinaría como Alfonso VIII (1158-1214). Aunque todo apunta a que Alfonso nació en Soria, el hecho de que su madre falleciera meses después de sobreparto y fuera enterrada en Nájera –su maravilloso sepulcro, joya del Románico, puede contemplarse en Santa María la Real– le vinculó fuertemente a la villa y a La Rioja en general. Como sólo contaba tres años cuando murió su padre, se designó para el rey-niño un tutor ente los Castro y un regente entre los Lara, las familias más influyentes de la época en el reino de Castilla.

 

 

Sin embargo, el artificioso equilibrio entre dos linajes enfrentados por el poder culminó en una guerra civil, contienda que el mismo Alfonso pondría fin cuando pudo empuñar una espada. Alfonso, que dotó a los najerinos de nuevos privilegios, contrajo matrimonio con Leonor de Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, la gran reina trovadora europea. Él fue quien impulsó la Cruzada hispana que culminó con la victoria en la batalla de las Navas de Tolosa (1212).

Por su parte, Diego López II de Haro, apodado El Bueno o El Malo, según quien contara la historia, había nacido en Nájera alrededor de 1152, hijo de Hijo de Lope Díaz I de Haro, conde de Nájera y fundador de la dinastía, y de la condesa Aldonza. A lo largo de su vida, logró don Diego reunir un vasto territorio bajo su dominio, el más importante de la nobleza castellana durante el siglo XIII, compuesto por La Rioja, Castilla La Vieja y Trasmiera, Asturias de Santillana y de la Bureba, Vizcaya y Álava, el Duranguesado, además de otras ciudades del norte de la Península.

Uno de sus biznietos, Diego López V de Haro –con quien algunos le confunden-, convirtió en villa la aldea marítima de Bilbao el 15 de junio del año 1300.

La Casa de Haro tomó el apellido de ciudad jarrera tras haberle sido concedido a Diego López (1075–1124) el señorío de la villa de Haro por parte de Alfonso VI de León, si bien la primera constatación escrita data de 1117, en la cual aparece su hijo Lope Díaz: «Donus Didacus Lópiz de Faro». Titulares del señorío de Vizcaya entre los siglos X y XIV, origen del posterior territorio histórico y provincia vasca de Vizcaya y fundadores de Bilbao, los Haro también «prestaron» los motivos heráldicos a los escudos de este territorio vascongado.

López II de Haro jugó un papel fundamental en el meteórico ascenso de la Casa Haro, linaje que atesoró gran relevancia en la sociedad política y militar del Reino de Castilla y, posteriormente, en el de Castilla y León a lo largo de la Edad Media.

Después de años de filias y fobias con Alfonso VIII –primero en favor de León y después en favor de Navarra-, a partir de 1204 el rey y el noble najerino sellaron la paz y comenzaron a cultivar una sincera amistad que, años después convertiría a López de Haro en ‘mano derecha’ del monarca. De hecho, cuando Alfonso VIII impulsó una cruzada contra el Islam, junto al resto de los reyes cristianos peninsulares, no dudó en designar a don Diego alférez real. Es más, Alfonso VIII tenía previsto otorgar la tutela de su hijo Enrique a López de Haro, pero la muerte del noble riojano lo hizo imposible.

“Murió Diago López, fillo del conde D. Lop, martes en XVI días de septiembre, era MCCLII”. Así de escueto era el párrafo con el que los ‘Anales toledanos primeros’ confirmaban el fallecimiento de Diego López de Haro, que le sorprendió en Burgos el 16 de septiembre de 1214. Hace de ello nada menos que ocho siglos. El alférez del ejército cristiano en la batalla de las Navas de Tolosa murió casi a la par que el rey. Las sepulturas de don Diego y de su esposa, doña Toda Pérez de Azagra –labradas en el siglo XIII–, pueden contemplarse en el claustro de los Caballeros de Santa María la Real.

El tercer personaje en discordia es Diego de Villar, un reconocido cirujano nacido en Villar de Torre (1160). Hijo de una familia desahogada, aprendió el arte de la sanación en los hospitales que cruzaban el Camino de Santiago, tanto en el del monasterio de San Millán de la Cogolla como en el de Santa María de Nájera, Profundizó sus estudios de medicina en Toledo, centro del saber cristiano, árabe y judío, donde practicar atrevidas operaciones, al tiempo que se empapaba de ciencias como la alquimia, al estilo de la época.

Este ilustre riojalteño fue médico de cámara del rey Alfonso VIII, a su hija la reina Berenguela y al futuro Fernando III El Santo, curó a príncipes y monarcas, entre ellos al emir moro de Sevilla y Diego López de Haro. Aunque algunos historiadores afirman que Diego de Villar murió en 1215 y está enterrado en Toledo, lo cierto es que un documento del rey Fernando, fechado en 1222, le concede unas prebendas en el valle del río Cárdenas, lo que pone en duda esa tesis. Es más que probable que antes de fallecer, el eminente médico riojano llegaría conocer al primer poeta en lengua castellana: Gonzalo de Berceo.

Conferencia pronunciada en la sala de Fundación Caja Rioja de Nájera, bajo la organización de la Asociación Filatélica, Numismática y de Coleccionismo de Nájera y comarca (ACONA)

 

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El riojano Navarrete ‘El Mudo’ fue el primer restaurador de Van der Weyden

No quiso el cielo que hablase, / porque con mi entendimiento /

diese mayor sentimiento / a las cosas que pintase. / Y tanta vida les di /

con el pincel singular / que como no pude hablar / hice que hablasen por mí

(Lope de Vega)

Hasta el 28 de junio expone el Museo del Prado la muestra titulada ‘Rogier van der Weyden’ donde pueden contemplarse en todo su esplendor las pocas pinturas que pueden atribuirse con seguridad al artista de Tournai (Bélgica), hijo de un fabricante de cuchillos y cuyo verdadero nombre era Rogier de la Pasture (h.1399-1464). Entre estas obras maestras, destacan sobremanera ‘El Calvario’ –que acaba de ser restaurado– ‘El Descendimiento de la Cruz’ y el ‘Tríptico de Miraflores’.

En 1567, Felipe II ordenó llevar ‘El Calvario’ al monasterio de El Escorial, donde Maestre Giles restauró las uniones abiertas de la tabla, y Juan Fernández de Navarrete la deteriorada pintura. Navarrete el Mudo, nombre artístico por el que era conocido este ilustre pintor riojano, también plasmó en lienzo una copia de ‘El Calvario’ que «contentó mucho al rey» –detalla el historiador Padre Sigüenza–, quien la envió a El Bosque de Segovia. El año anterior, Fernández de Navarrete ya había restaurado ‘El Descendimiento’ de Weyden, así como el ‘Noli me tangere’ de Tiziano.

La destreza mostrada en la conservación del extenso patrimonio pictórico de Felipe II y el talento expresado en cuadros como el ‘Bautismo de Cristo’ (Museo del Prado) le valieron al artista logroñés –que aprendió a manejar los pinceles en el monasterio de La Estrella de San Asensio– ser nombrado pintor del rey en 1568, frente a otros grandes maestros de la época como Sánchez Coello, Luis de Morales o El Greco.

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El triunvirato de las Azores y el actual avispero integrista

 

E l 14 de febrero del 2003, el entonces ministro de Asuntos Exteriores francés, Dominique de Villepin, pronunció una frase lapidaria ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: «Con una intervención militar en Irak, ¿no correríamos el riesgo de agravar las fracturas entre las sociedades y entre los pueblos, fracturas, precisamente, de las que se alimenta el terrorismo?».

Un mes más tarde, tropas de Estados Unidos y Reino Unido, con el ferviente seguidismo del Gobierno español, invadió Irak con el objetivo de desmantelar la amenaza atómica que, presumiblemente, ocultaba el dictador Sadam Hussein. «Créanme, estamos haciendo lo correcto. Actuamos de acuerdo con nuestras creencias y nuestras convicciones (…). El régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva», afirmaba el presidente José María Aznar.

No hace falta recordar que las tan manidas «armas de destrucción masiva» jamás aparecieron. La Guerra de Irak, que se prolongó durante ocho años y medio, acarreó –y vuelvo a citar las predicciones de Villepin en el 2003– «consecuencias incalculables para la estabilidad de esa región ya herida y frágil, reforzaría el sentimiento de injusticia, agravaría las tensiones y abriría la puerta a nuevos conflictos».

Ahora, doce años más tarde, nos echamos las manos a la cabeza con la desaforada barbarie del Estado Islámico y de Al Qaeda, recordamos con estupor el aniversario de la masacre del 11-M y las decenas de atentados que han sacudido los cinco continentes, al tiempo que sentimos en nuestra espalda el miedo y el fétido aliento del terrorismo fundamentalista.

Además de perseguir sin tregua la violencia integrista en cada rincón de la Tierra, el triunvirato de las Azores (Bush, Blair, Aznar) debería explicar por qué azuzó inopinadamente el avispero de los horrores.

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