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La matanza de Atocha y revuelta en el Instituto Sagasta de Logroño

Como explicaba en mi post anterior, la matanza de Atocha (24 de enero de 1977) supuso un antes y un después en la Transición. Después de conocerse que una banda de asesinos neofranquistas había asesinado a cinco personas, en su mayor parte abogados laboralistas, y herido a otras cuatro, entre ellos el abogado riojano Miguel Sarabia Gil -del que ya escribimos-. Al día siguiente, la indignación de la ciudadanía era absoluta. En Logroño, con anterioridad estaba programado un concierto del cantautor extremeño Luis Pastor, que terminó como el Rosario de la Aurora.
En mi novela ‘Pelotari’ (Ed. Buscarini, 2009, con prólogo de Titín III), hay un capítulo dedicado a lo que ocurrió el día después del atentado terrorista de Madrid. El personaje que lo protagoniza, Gumersindo ‘el Pibe’ Medrano, es un pelotari argentino de padres riojanos exiliados, que vuelve a España durante la Transición:
“Deambulaba Gumersindo, sin rumbo, guareciéndose de la fina lluvia bajo los soportales de la calle General Mola y esquivando bandadas de amas de casa que buscaban, atolondradas, su ganga en las rebajas de enero. Frente al Ayuntamiento, cuatro policías armados custodiaban el edificio, cerrado a cal y canto. «Mucha escolta para tan corta embajada –pensó–. Algo pasará». Tras la cristalera del café Royalti observó cómo varios parroquianos aún aguantaban, horas después, el mus del café. Al fondo de la calle Rodríguez Paterna, la bombilla encarnada del Búho Rojo refulgía como un faro del averno. Detuvo su andar unos instantes, pero uno de los agentes se acercó a él: «Circule, circule», musitó. Con desgana, el Pibe siguió caminando hasta que algo le llamó la atención: varios jóvenes con pancartas y una bandera republicana entraban en el Instituto Sagasta.

Cientos de personas abarrotaban el salón de actos, en un ambiente tenso y expectante, coronado el escenario por una gran pancarta: «Amnistía y libertad». No era un mitin político como Gúmer hubiera pensado en un principio. No. Sino un concierto de Luis Pastor, uno más de esos cantautores que pedían democracia a voces y cuyas canciones-protesta eran el símbolo utópico de una España que quería olvidar su pasado y, sin embargo, que no se atrevía a afrontar el futuro.

–Ten cuidado –un estudiante espigado, perilla troskista, lacios cabellos, pelliza marrón y botas camperas tiró a Medrano de la manga de su cazadora–, esto está infestado de secretas. Se barrunta lío… –el joven portaba en su pechera una encarnada pegatina dela Uniónde Juventudes Comunistas–. Ya sabes, por la matanza de Atocha.

–Pero los asesinos pagarán por su crimen, ¿no? –preguntó Gúmer, que desde que llegó a España había hecho caso a su tía Ángela y tan sólo miraba la política de reojo; pero, en ese ambiente, no se pudo contener.

–¡Qué va! Estamos en el postfranquismo más absoluto, donde los fascistas tienen total impunidad.

–Este… Franco murió hace ya más de un año, ¿no? –Gumersindo observó cómo el estudiante asentía con la cabeza y siguió hablando–. Parece que el gobierno está dispuesto a convocar elecciones, ¿cierto?

–Sí, claro, unas elecciones a las que no podemos presentarnos los comunistas –el muchacho parecía exaltado–. Además, primero hay que depurar las responsabilidades de una dictadura cruel y asesina; luego ya veremos.

–Eso sería un suicidio –Gúmer intentó razonar–. Tenés que enterrar el pasado y construir un nuevo país de tolerancia.

–Eso lo dices porque eres sudamericano.

–He nacido enla Argentina, pero soy tan español como vos. Mis padres eran de aquí y por culpa de Franco tuvieron que huir de España. Jamás pudieron regresar a la madre patria.

El griterío y las primeras notas del concierto ahogaron la plática; la tensión subía de tono con gritos de «¡Asesinos!», «¡Amnistía!», «¡Libertad!» y «¡Muerte a los fascistas!». Gumersindo apenas prestaba atención a la música, muy al contrario su vista recorría detenidamente el salón de actos, depositando la mirada ora en un grupo de ancianos que, puño en alto, tarareaba la internacional entre canción y canción, ora en varios jóvenes que saltaban y gritaban al son de la guitarra de Luis Pastor, ora en una muchacha que alzando su mechero encendido apenas podía contener el llanto, ora en un hombre engabardinado al que sólo le faltaba la placa policial en su solapa para delatar su identidad…

Con los ánimos encrespados, buena parte del público reclamó al cantautor, a voz en grito, que se guardara un minuto de silencio por el asesinato de los abogados laboralistas en la calle Atocha de Madrid, pero Luis Pastor anunció que la autoridad gubernativa había prohibido cualquier acto de protesta, para evitar males mayores.

–¿Qué gobierno es éste que ni si quiera permite recordar a las víctimas de la barbarie fascista? –preguntó el estudiante a Medrano, en medio de un caos de protestas, gritos e intentos de pedir silencio.

–España ya ha vivido una guerra civil devastadora –el Pibe respondió al joven sin perder de ojo a uno de los secretas que les miraba con desconfianza–. ¿No querrás vos que la ira desate otra contienda igual?

–Si hace falta otra guerra para instaurar una democracia popular y sin ataduras, habrá que hacerla.

–España ya ha sufrido cuarenta años de franquismo como para que ahora vengan los estalinistas, que son más franquistas que Franco, a tocar las pelotas.

El muchacho miró al pelotari de arriba a abajo y se alejó, maldiciendo. Gumersindo respiró sin perder de vista la puerta del salón, por la que penetró una gavilla de secretas.

Nuevos compases de la guitarra de Luis Pastor comenzaron a disipar el murmullo, el aire era cada vez más irrespirable, hasta que el artista detuvo su canto y sus manos ahogaron el sonido de las cuerdas. Había comenzado el minuto de silencio, pero nadie lo había anunciado. Todos callaron. La quietud se apoderó del grupo de viejos, de los jóvenes que bailaban, de la muchacha aún bañada en lágrimas, de los secretas que esperaban órdenes de la superioridad. Hasta el radical estudiante de Medicina calló. Sólo en los estertores del minuto, de esos sesenta segundos de rabia contenida, los gritos de «¡Amnistía!» y «¡Libertad!» macularon tan profana oración.

–¡Compañeros! –uno de los organizadores del concierto subió al escenario, muy alterado, tras concluir el mismo–. ¡El instituto está rodeado de grises! ¡Debemos salir con calma y separarnos! ¡No hay que darles pie para que actúen con la violencia que acostumbran!

La salida fue, sin embargo, atropellada y aunque la gente quiso dispersarse, temerosa de tiros al aire que se incrustan en el pecho de los manifestantes o de palizas impunes, los antidisturbios cargaron con inopinada contundencia. Gumersindo se ganó un fuerte porrazo en los riñones que le impidió entrenar durante dos días”.

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Miguel Sarabia, el riojano que sobrevivió a la matanza de Atocha

 

Treinta y ocho años después, todavía recuerdo como si fuera hoy la matanza de Atocha, uno de los puntos de inflexión de la Transición democrática española.

La noche del 24 de enero de 1977 un grupo de extrema derecha –formado por terroristas nostálgicos del dictador Francisco Franco– entró a sangre y fuego en un despacho laboralista de la madrileña calle Atocha. El comando de encapuchados asesinó a los abogados Enrique Valdevira Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco; al estudiante de Derecho Serafín Holgado y al administrativo Ángel Rodríguez Leal; también sufrieron graves heridas a causa de los disparos Miguel Sarabia Gil, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz. Sólo años después supe que Sarabia era logroñés.

Cursaba 1º de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona y residía en un colegio mayor de la Ciudad Condal. Poco antes de las doce de la noche, a la espera de que José María García comenzara su espacio deportivo, los periodistas del programa ‘Hora 25’ informaron sobre la masacre en un escueto flash de alcance. Apenas treinta segundos.

Como una exhalación, pasé a otro cuarto donde varios compañeros jugaban al tute; de inmediato dejaron las cartas sobre la mesa y entre todos buscamos más información en otras emisoras de radio. Hasta la una de la madrugada estuvimos escrutando los arcanos de las ondas. Fue en vano. “Lo habrás soñado”, comentó con una sonrisa en los labios un futuro ingeniero químico. De nuevo en mi habitación, seguí girando el dial –de derecha a izquierda, de izquierda a derecha– hasta que me venció el cansancio.

A las siete y media de la mañana alguien aporreó mi puerta; era el futuro ingeniero químico. En efecto, la matanza de Atocha no había sido sólo un mal sueño. Fue la censura, que aún conservaba el poder omnímodo heredado del Régimen franquista, la que propició con sus artes intimidatorias el silencio radiofónico de la madrugada.

La calle que nunca tuvo

El riojano Miguel Sarabia fue uno de los abogados supervivientes del atentado, pese a haber sufrido graves heridas de bala. Nacido en Logroño en 1926, cursó en Madrid estudios de Derecho. Afiliado en la clandestinidad al PCE, trabajó durante medio siglo en los barrios marginales de la capital de España. Además de asesorar a los trabajadores desde un modesto despacho laboralista, ejerció la docencia en la periferia de la ciudad y fundó en Usera un colegio para niños sin recursos y adultos analfabetos. Sarabia Gil falleció el 21 de enero del 2007 a los 80 años de edad, víctima de una larga enfermedad.

En el año 2010, el entonces concejal de Cultura del Ayuntamiento de Logroño, Carlos Navajas, respaldado por la Ley de Memoria Histórica, anunció que este abogado laboralista tendría su calle en la capital riojana –en concreto la que sigue siendo Milicias–, al igual que cambiarían, entre otras, Calvo Sotelo por Martín Zurbano, Víctor Pradera por La Audiencia, General Sanjurjo por Manuel Bartolomé Cossío, Capitán Cortés por Frontón Beti Jai o plaza Martín Ballestero por Pilar Salarrullana.

Sin embargo –como siempre ocurre–, todo quedó en agua de borrajas. Arranque de rocín y parada de asno.

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El orden de factores… sí altera el producto

 

 “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”

Voltaire

 

El debate entre creencias religiosas y libertad de expresión, que se ha suscitado tras el ataque yihadista contra la publicación satírica francesa ‘Charlie Hebdo’, evidencia que el ser humano continúa sin tener demasiado claras sus prioridades. Cuando hablamos de integrismo, de fanatismo, en realidad nos estamos enfrentando, como diría Winston Churchill, a aquellos que no pueden cambiar de opinión y, además, no quieren cambiar de tema.

Quizá por eso vive Occidente con angustia la posibilidad cierta de que el fundamentalismo islámico multiplique su violencia indiscriminada por todo el mundo, pues se trata de una forma de terrorismo difícil de localizar, más cuando pivota sobre uno o varios tipos, con un arma entre las manos, abducidos por la recompensa de un paraíso –uríes incluidas- que los libere de un mundo que se les muestra hostil.

Días después de la barbarie de París, enterradas ya las víctimas mortales, algunas voces autorizadas comienzan a invocar el respeto hacia las creencias religiosas, poniendo en tela de juicio el valor intrínseco de la libertad de expresión. Hasta el Papa Francisco, en un desafortunado desliz de pecado venial con penitencia, habla de “esperar un puñetazo si oigo hablar mal de mi madre”.

Sin embargo, hay algo que olvidan quienes pretenden anteponer la fe a la libertad en el mundo en que habitan: que la ley está por encima de cualquier creencia, que la religión debe permanecer en el ámbito de la vida privada de las personas y no dedicarse a regir las pautas de la sociedad. Nadie puede tomarse la justicia por su mano en nombre de Alá ni de Marx ni de la Cienciología, y menos portando un kalashnikov.

En este caso, el orden de factores… sí altera el producto.

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La botica monacal de Nájera y el patrimonio ausente de La Rioja

 

Decía mi abuelo que en La Rioja siempre ha habido mucho desprendedor del trigo y recogedor del salvado. ¡Y qué razón tenía!

Después de casi una década mareando la perdiz, el Ayuntamiento de Nájera ha presupuestado para este recién estrenado 2015 –año electoral por excelencia, en el que nada ya nos puede sorprender– un total de 120.000 euros para la instalación de una réplica de la antigua botica del monasterio de Santa María la Real.

La antigua residencia del abad, construida en el siglo XVIII y que en la actualidad es sede del Museo Najerillense, albergó desde 1785 la botica monacal. Esta farmacia pasa por ser una de las más notables y valiosas de España, con sus estanterías de madera noble y filigrana, sus botes y orzas de cerámica blanca, sus albarelos, así como un huerto anexo para cultivar plantas medicinales, secaderos de hierbas y criaderos de sanguijuelas, víboras, lagartos y otros bichos que usaban los ‘alquimistas’ de aquel entonces.

Pero en 1835 llegó la exclaustración de los monjes de Santa María la Real y con ella la confiscación de los bienes eclesiásticos por parte del Estado. El monasterio quedó al albur de la soledad y las circunstancias, mientras que la farmacia en cuestión continuó siendo regentada por el mismo fraile boticario, si bien como boticario civil de Nájera. Sucedió, sin embargo, que, casi un siglo más tarde, sus herederos del monje decidieron vender la singular farmacia a los Laboratorios Cusí en 1921.

Por desgracia, a lo largo de esas décadas perdió La Rioja buena parte de su patrimonio mueble e inmueble por culpa de guerras, accidentes, desastres naturales, especulación, desidia e incultura y avaricia palurda y cortoplacista.

Desde entonces, la botica al completo se encuentra en Cataluña y, más en concreto, en la localidad barcelonesa de El Masnou.

Pero ahora llega lo increíble. Resulta que en el 1996, con motivo de celebrarse en Nájera el Congreso Anual de la Asociación de Ceramología, los Laboratorios Cusí ofrecieron la posibilidad –no muy onerosa, por cierto– de que la botica regresara a su lugar de origen, tras contemplar el Museo Najerillense y el emplazamiento original de la farmacia.

Así las cosas, se entablaron negociaciones entre las autoridades y los responsables de la firma catalana, visitas al Museo Cusí, gestiones varias, pero finalmente la zafiedad impidió que se alcanzara un acuerdo que no parecía demasiado difícil.

 

 

Ya en el año 2005, aprovechando la celebración de La Rioja Tierra Abierta. Nájera Legado Medieval, la ciudad riojalteña acogió una reproducción low cost de la botica que se conserva en el Masnou. Entonces ya se comenzó a hablar de la posibilidad de reproducir la botica, si bien el proyecto no ha llegado a cuajar –si es que al final cuaja– hasta diez años más tarde.

Ahora, dos décadas después, Nájera se gastará diez veces más por la réplica que lo que hubiera costado entonces el original.

¿Por que lo llaman ‘Patrimonio ausente’ cuando quieren decir estulticia?

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De mangantes y caciques

 

Ironizaba el humorista Jaume Perich que “la penicilina se descubrió por casualidad, pero el Napalm no”. Bromas aparte –con perdón de Alexander Fleming–, es evidente que nada es por azar, que todo efecto tiene su causa y que ese axioma puede aplicarse a cualquier ámbito de la vida, corrupción incluida.

Hay quien parece que se ha caído de un guindo y piensa a pies juntillas que la corrupción es una lacra moderna consustancial a la política, si no a nuestra actual democracia. “Con Franco no había corrupción”, pregonan indocumentados y nostálgicos y se quedan tan anchos. Es como decir que con Franco no había paro sin plantearse qué carajo hacían cinco millones de españoles trabajando en Francia, Suiza, Alemania o Latinoamérica y otros diez millones de mujeres “de profesión sus labores”. La dictadura era la corrupción en sí misma, donde el cambalache, el trapicheo, el estraperlo eran moneda de cambio.

Pero vamos a remontarnos siglos atrás. ¿Han pensado alguna vez por qué el Lazarillo de Tormes se escribió en España y no en Suecia o en Austria? Sencillo: porque la picaresca siempre ha estado consentida –incluso bien vista– en esta piel de toro. ¿Es que acaso la corrupción no alcanza a la Europa civilizada? Claro que sí.

La diferencia es que cuando a un político de una democracia acendrada le pillan metiendo la mano en la caja, menospreciando la autoridad de los servidores públicos, mintiendo a sabiendas o legalizando una situación ilegal sin importarle el Estado de Derecho sólo tiene un camino: dimitir.

¿Y por qué allí dimitir se conjuga como un verbo y aquí algunos creen que dimitir es un nombre ruso?, se preguntarán. Porque aquellas sociedades, por lo general, no toleran los comportamientos deshonestos. Por muchas normas que se legislen, por muchos golpes que se den en el pecho nuestros políticos patrios hablando de regeneración democrática, mientras los españoles de a pie continúen respaldando tanto en las tertulias de café como en las urnas a los mentirosos, a los ladrones, a los defraudadores, a los caciques… muy poco habremos avanzado.

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Siempre nos quedará la foto

 

Bajo el título ‘Logroño, imagen latente (175 años de fotografía en Logroño)’, el Ayuntamiento capitalino acoge hasta el 1 de febrero una exposición de daguerrotipos, ambrotipos, ferrotipos, calotipos, albúminas, colodiones, postales, estampas, impresiones en periódicos y revistas… que reúne en 150 instantáneas el pasado de la ciudad.

En un ingente trabajo de recopilación, documentación y restauración a lo largo de las tres últimas décadas, la Casa de la Imagen resume –difícil tarea, sin duda– obras de arte de grandes fotógrafos riojanos y foráneos de lo que un día fue y hoy ya no es; desde la más antigua, una casi irreconocible plaza de San Bartolomé (1864), hasta el recuerdo del primer concejo democrático de la capital riojana (1979), tomada en el Palacio de los Chapiteles. La muestra se completa, además, con el documental titulado ‘La película de nuestra historia’, un bucle visual y sonoro que descubre aspectos inéditos de aquella ciudad provinciana, que hoy es capital de comunidad autónoma, pero que sigue sin sacudirse la vitola de provinciana.

“La fotografía es testigo de la historia y de la evolución de la ciudad, un instrumento que nos ha permitido conocer cómo era Logroño, qué ocurrió y conocer a sus pobladores en otros años y que nos sirve como herramienta a día de hoy para planificar el futuro y promocionar la ciudad fuera de sus fronteras”, ha pontificado la alcaldesa Cuca Gamarra.

Y tiene razón. A este paso, la fotografía no sólo va a ser “testigo de la historia” sino, prácticamente, su única seña de identidad. Desde que Louis Daguerre presentara su invento en el París de 1839, Logroño ha perdido más de la mitad de su patrimonio histórico-artístico, ante la pasividad de la mayor parte de las autoridades que han gobernado desde entonces. La casa del ‘reloj Bergerón’, en Bretón de los Herreros 2, y el edificio de Gran Vía 21 son las siguientes víctimas. Eso sí, quedarán en inmortalizados en papel fotográfico.

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