La Rioja

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De Manchester a las estrellas

 

Cuando dentro de ocho días el Dolby Theatre hollywoodiense se haga eco del palmarés de los Oscar, sin duda me acordaré de la tarde lluviosa de película que el pasado fin de semana disfruté en un cine logroñés. Acabábamos de contemplar con emoción contenida ‘Manchester frente al mar’ –‘Manchester by the sea’ es el nombre del localidad de Massachusetts donde transcurre y un personaje más de la trama- cuando el obstinado The end cubrió la pantalla prologando los títulos de crédito. Por supuesto, a casi nadie pareció importarle el nombre de los actores, de los guionistas, de los técnicos, de los autores de la música o de las localizaciones de exteriores. La luz de la sala rompió la magia del séptimo arte y el público recogió las cajas vacía de palomitas y las abolladas latas de refrescos y enfiló hacia la salida.

Aún recuerdo cuando vi por primera vez ‘Apocalypse Now’ en el Sahor logroñés, hace ya casi cuatro décadas. Nada más aparecer los créditos finales –“Directed and produced by Francis Ford Coppola”-, al proyeccionista no se le ocurrió mejor idea que apagar la cámara y encender el lucerío. Quedaba así mutilada la obra maestra de Coppola, cuyo verdadero apocalipsis de napalm, muerte y destrucción comenzaba precisamente en ese momento y se prolongaba más de seis minutos.

Pero volvamos a ‘Manchester frente al mar’. Tratando de ubicar a conocidos actores como personajes muy secundarios (Gretchen Mol o Matthew Broderick) o de saber qué maga de las partituras había compuesto la banda sonora -Lesley Barber -, una voz desabrida sonó a mi espalda: “Esta película se va a llevar el Oscar, es rara y lenta”. Es más que probable que Casey Affleck conquiste la estatuilla de mejor actor o que el guión original pelee hasta el final por conquistar la gloria, pero que no se altere mi vecino de butaca, al que seguro le gustan más otros géneros más alegres y musicales. Como sentencia un proverbio alemán, “mira las estrellas, pero no te olvides de encender la lumbre en el hogar”.

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Los mártires riojanos de Japón

Los dominicos logroñeses Alonso de Navarrete y Alonso de Mena fueron dos de los misioneros ejecutados en el país nipón por predicar la fe cristiana

Como en ‘Silencio’, película de Martin Scorsese, los beatos Mena y Navarrete sufrieron martirio en el Lejano Oriente

 

A lo largo del siglo XVII, la religión católica sufrió en Japón un cruel hostigamiento, que dejó miles de mártires. Muchos de ellos habían nacido en el Lejano Oriente, pero también un buen número de misioneros españoles y portugueses fueron víctimas de la intolerancia religiosa. Dos de estos mártires eran riojanos y ambos tienen en Logroño una calle que lleva sus nombres: Beatos Mena y Navarrete.

Sobre uno de estos episodios de crueldad extrema que el catolicismo padeció en el País del Sol Naciente transcurre el eje central de la última película de Martin Scorsese, ‘Silencio’, que narra la desventura de dos jesuitas lusos que viajan a Japón en busca de un misionero que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. El director neoyorkino, autor de obras maestras como ‘Taxi driver’, ‘Toro salvaje’, ‘La última tentación de Cristo’ o ‘Uno de los nuestros’, adapta la novela homónima de Shusaku Endo (1966) –uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX– sobre este negro capítulo de la historia.

El cristianismo desembarcó en Japón a través del jesuita navarro San Francisco Javier en 1549, que en apenas unas décadas impulsó una pujante comunidad religiosa, hasta que cuatro décadas más tarde el gobernador Hideyoshi emprendió una cruzada contra la Compañía de Jesús. Desde los albores del siglo XVII hasta el último tercio del XIX la religión católica fue perseguida, pasó a la clandestinidad y sembró Asia de mártires.

 

Fray Domingo de Salazar

Contribuyó La Rioja a aquella ardua acción evangelizadora con decenas de misioneros y, también, con una figura clave: fray Domingo de Salazar (Baños de Río Tobía, 1525 – Madrid, 1594), primer arzobispo de Manila. Tras adquirir gran experiencia evangelizadora en las colonias americanas, Salazar organizó la infraestructura de la Iglesia católica en amplias regiones de Filipinas, China, Formosa y Japón.

Pese a los horribles tormentos que aguardaban a los misioneros (decapitación, crucifixión, la hoguera, cañas clavadas entre las uñas de los dedos…), muchos fueron los españoles y los portugueses que siguieron alimentando la fe de aquellos nativos, entre ellos los logroñeses Alonso de Mena y Alonso de Navarrete.

Primos carnales y con los mismos apellidos –aunque en sentido inverso–, Alonso de Navarrete y Mena nació en Logroño en 1571, mientras que Alonso de Mena y Navarrete lo hizo en 1578. Ambos recibieron el bautismo en la iglesia Imperial de Santa María de Palacio, cursaron sus estudios eclesiásticos en Salamanca, tomaron los votos de la Orden Dominica y dedicaron sus vidas a predicar la palabra de Dios en el continente asiático.

Con 24 años, fray Alonso de Mena desembarcó en Filipinas en 1602 y pronto se desplazó a Japón. Durante casi tres lustros, y con riesgo de su vida, predicó en las provincias de Omura, Firando y Fixen hasta que fue encarcelado por el emperador Dayfusama en 1619. Tras permanecer cautivo más de dos años en diferentes prisiones niponas, sufrió martirio en la hoguera junto a otros 25 compañeros. Ocurrió en la ciudad de Nagasaki, el 9 de septiembre de 1622.

En cuanto a Alonso de Navarrete y Mena, viajó a Filipinas a finales del siglo XVI, aunque muy pronto se vio obligado a volver a España debido a su estado de salud. Regresó al archpiélago en 1611, tierra en la que fundó una nutrida misión y, al año siguiente, tomó rumbo a Japón.

Tres golpes de catana

Ya en 1617, y de forma voluntaria, se trasladó Navarrete a la región de Omura, la zona de mayor riesgo para el cristianismo, donde al poco tiempo fue apresado por las autoridades niponas. Tres golpes de catana segaron su vida el 1 de junio de 1617, en la isla de Tacaxima. A lo largo del presente 2017 se cumplen 400 años de su martirio.

Sobrino del historiador riojano Fernando Albia de Castro, autor del libro ‘Memorial y discurso político por la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Logroño’ (1633), Alonso de Navarrete es uno de los protagonistas del drama misional ‘Los primeros mártires del Japón’, escrito por el gran Lope de Vega. Sin embargo, a la hora de narrar la muerte de Navarrete, el llamado Fénix de los ingenios se tomó la licencia literaria de permutar los golpes de catana por un gran horno –«como un volcán, que diluvios de fuego exhala»–, en el que el beato logroñés es martirizado.

Éste es el sermón que, imaginado por Lope, pronuncia fray Alonso de Navarrete en ‘Los primeros mártires del Japón’ antes de arrojarse voluntariamente a las llamas: «¡Bárbaros, sin Dios, sin ley! ¿Qué furia infernal os mueve? ¿Qué república se atreve a los retratos de un rey? Como son justos espantos respeto y temor perdido, ansí os habéis atrevido al de Dios y al de sus santos. A quien hundió, ¡oh pueblo ciego! Con prólogos de agua el mundo, y en el diluvio segundo lloverá abismos de fuego, ¿os atrevéis de esa suerte, sin que las nubes, con truenos rasgando sus pardos senos, fulminen rayos de muerte? ¿Del Dios de los elementos echáis al fuego la imagen? ¡Iras de los cielos bajen rompiendo esferas de viento! Mas no se eclipsan las luces en prodigioso castigo, pues que puede Dios conmigo, sacar del fuego sus cruces. Daré espanto a esta Bolonia del infierno con mi fe. Sí, sí, guardado se ve  el horno de Babilonia».

 

 

Retablo en Santa María de Palacio

Tuvieron que transcurrir dos siglos y medio para que Alonso de Mena y Navarrete y Alonso de Navarrete y Mena fueran reconocidos oficialmente por la Iglesia. El Papa Pío IX los beatificó a ambos a la vez el 7 de julio de 1867. Igualmente tendrían que esperar hasta el año 1950 a que el Ayuntamiento de Logroño les dedicara una calle en su ciudad natal y oficiara una procesión en su honor.
Ese mismo año, Santa María de Palacio inauguró un retablo en el baptisterio de la parroquia, recordando las fechas de bautismo, martirio y beatificación. El retablo consta de tres tablas pintadas, con San Juan Bautista y Jesús, en el centro, flanqueados por las imágenes de ambos beatos. Debajo, junto al escudo de la ciudad, figura la siguiente frase de San Pablo: «Estis cives santorum», que quiere decir «sois paisanos de santos».

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El día de la marmota

«Quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia»

 

Con puntual obstinación, la marmota Phil ha vuelto a protagonizar, valga la redundancia, el ‘día de la marmota’. Un año más desde 1887, el simpático animalito ha salido de su madriguera, en la localidad de Punxsutawney (Pensilvania), para pronosticar cual meteorólogo profesional si el invierno alarga su hegemonía o si, por contra, la primavera adelanta su influencia.

Si en la película ‘Atrapado en el tiempo’ era Bill Murray quien vivía/sufría cada mañana un desasosegante déjà vu, ahora parece haber entrado la humanidad en un bucle del que cada vez va a ser más difícil escabullirse. Tras una crisis económica a nivel mundial –todavía no resuelta y con el consiguiente hundimiento de las clases medias– y el rebrote del terrorismo globalizado, es innegable que la intolerancia avanza sin brida alimentando monstruos que parecían más que olvidados.

De la misma forma que el efecto dominó, las fichas van cayendo paulatinamente, empujadas por la anterior, en una cascada interminable: guerras en Oriente Medio, oleada de refugiados, la indiferencia de Europa, masacres yihadistas, nacionalismos excluyentes, ‘brexit’, victoria de Donald Trump… Y lo peor es que aún no hemos tocado suelo.

Pero mientras en la película dirigida por Harol Ramis el bueno de Bill Murray fue aprendiendo de sus propios errores hasta conquistar a la chica de sus sueños,  la sociedad que nos ha tocado vivir parece darle la razón al escritor Benjamín Jarnés: «La historia no es la maestra de la vida: nadie escarmienta».

Por cierto, la frase que encabeza el artículo lleva la firma de Adolf Hitler.

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Comanchería

 

A través de una historia sencilla, sin alharacas ni efectos especiales, que retrata sin ambages esa América profunda abandonada a su suerte por el despotismo del dólar, emerge ‘Comanchería’ como una de esas pequeñas joyas que hacen del cine el séptimo arte. Titulada originalmente ‘Hell or high water’ –algo parecido a ‘Contra viento y marea’–, este wéstern contemporáneo narra, de la brillante pluma del guionista Taylor Sheridan (‘Sicario’) y la eficiente dirección de David Mackenzie, la desventura de dos hermanos (interpretados por Chris Pine y Ben Foster) que atracan bancos para salvar del deshaucio la granja familiar.

A la caza de estos cuatreros del siglo XXI cabalgan sobre su todoterreno un ranger en puertas de la jubilación (magistral Jeff Bridges) y su ayudante (Gil Birmingham), mitad mexicano mitad indio, cuyos diálogos son impagables. La envolvente banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, trufada con una sugestiva selección de música country, hechiza la atmósfera de un territorio comanche tan polvoriento como endogámico, capaz de sacar lo mejor y lo peor del ser humano: la delicadeza del amor filial entre los dos forajidos frente a la violencia que destilan con quienes les tocan las narices.

Pese al paisaje desértico de un país lejano y de sus peculiares moradores, en las antípodas de la vieja Europa, lo que subyace en ‘Hell or high water’ es el pan nuestro de cada día: deshaucios, empleo precario, injusticia, recibos que nunca se terminan de pagar, desigualdad… y esos bancos atracados que, paradójicamente, han coadyuvado en el declive de las clases medias, las mismas clases medias que acaban de ungir a Donald Trump como emperador del mundo y que también aúpan a Marine Le Pen y a Nigel Farage.

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De repente… Trump

 

“Mañana muchos maldecirán mi nombre”

 

Acaba de convertirse Donald John Trump en el 45º presidente norteamericano. ¡Dios salve a los Estados Unidos de América! Y, de paso, al resto del planeta.

La elección del magnate neoyorkino ha sido recibida con estupor e indignación entre las élites intelectuales de su país y, reconozcámoslo, con una mezcla de incredulidad, extravagancia y burla en todo el mundo. Cuando el 16 de junio del 2015 emprendió Trump su carrera hacia la Casa Blanca, muy pocos lo tomaron en serio; igual ocurrió tras su designación contra pronóstico como candidato republicano, con su irracional ascenso en las encuestas e, incluso, una vez confirmada su incontestable victoria en las urnas sobre la demócrata Hillary Clinton.

El humorista David Letterman, a propósito del estrambótico cabello que luce el nuevo inquilino del Despacho Oval, ironizaba durante la campaña: “¿Cómo viajará Trump cuando sea presidente? Obviamente usará el ‘Hair Force One’”. Entre bromas y veras, el cómico Louis CK iba más allá: “Por favor dejen de votar por Trump. Fue gracioso un rato, pero el tipo es Hitler. ¿Tú crees que los alemanes de los años 30 vieron venir eso? Hitler era sólo un tipo hilarante y refrescante con un peinado extraño que decía cualquier cosa”. Visto lo visto, pocos le hicieron caso.

Sin proyecto político alguno, sin preparación ni cultura democrática, sin respeto ni empatía por sus semejantes –ya sean mujeres, mexicanos, musulmanes o chinos–, y con un discurso vago, ramplón y contradictorio, más propio de un niñato consentido que de un estadista con un mínimo de sentido común, Donald toma los mandos de la nación más poderosa de la Tierra. ¡Que Dios o los contrapoderes del Tío Sam nos pillen confesados!

Por cierto, la frase que encabeza el artículo lleva la firma de Adolf Hitler.

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El corsé de la reina Isabel II

 

En el Museo del Romanticismo de Madrid puede contemplarse una singular exposición que, bajo el título de ‘La moda romántica’, propone un viaje al siglo XIX a través de trajes de ambos sexos, que van desde vestidos de gala, levitas, ropas de paseo, fracs, modelos de novia, hasta, incluso, ropa interior. Entre singulares prendas y otros objetos originales, destaca sobremanera la ‘obra invitada’: el corsé que salvó la vida de Isabel II y que se puede contemplar por primera vez. En efecto, el próximo 2 de febrero se cumplen 165 años del atentado que el sacerdote arnedano Martín Merino perpetró contra la hija de Fernando VII.

Aquella tarde de 1852, y con la niña en brazos, acudía la reina a la basílica de Atocha para dar gracias por el nacimiento de su hija Isabel, cuando el cura riojano se acercó a ella, simulando la entrega de un pergamino, y le clavó un afilado estilete. Aunque en el corsé aún se aprecian manchas de sangre real bordeando la puñalada, el ataque de Merino no causó heridas de gravedad, pues la violencia del golpe fue amortiguada por el manto bordado en oro que lucía la reina y, sobre todo, por las ballenas del corsé, que impidieron que la hoja se hundiera todavía más.

Cual reliquia, el corsé permaneció durante casi tres décadas en el Palacio Real, hasta que en 1871 fue donado por el rey Amadeo de Saboya al Museo Arqueológico Nacional, institución que ahora lo ha cedido para la muestra.
Martín Merino y Gómez fue juzgado sumariamente en Madrid, ejecutado a garrote vil cinco días después, quemado su cadáver y esparcidas las cenizas sobre una fosa común. No estaría de más que la VII edición de La Rioja Tierra Abierta, que del 31 de marzo al 29 de octubre se celebrará en Arnedo, recordara a este misterioso personaje que Menéndez Pelayo incluyó en su ‘Historia de los heterodoxos españoles’. La presencia del corsé en la Ciudad del Calzado sería una buena noticia.

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