La Rioja

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El Estado Islámico da la estocada a la Tabacalera riojana

 

El Estado Islámico también ha golpeado en Tabacalera. Días después de que Altadis comunicara con secretismo y alevosía el cierre en La Rioja de su fábrica centenaria, que –si nadie lo remedia– dejará en la calle a casi 500 familias, el ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, se reunió en Madrid con el presidente de la filial de Imperial Tobacco, Juan Arrizabalaga. «Me han explicado que las causas se deben a una caída de ventas en los mercados tradicionales a los que va destinada la fabricación que se hace en Logroño, y una gran parte sí que iba a Oriente Medio, pero desconozco si exactamente está vinculado a eso», afirmó Soria.

Pero si el ministro del ramo o su gabinete de comunicación hubieran repasado la prensa internacional de los últimos meses (The Guardian, The Telegraph, Daily Mail, Independent…) o, incluso, la página web oficial de Imperial Tobacco, no albergarían duda alguna. La multinacional británica ya avisaba en la primavera del 2015 de que «el deterioro de la situación política y de seguridad en Irak», parte de cuya superficie está bajo el dominio del Califato del ISIS, estaba generando fuertes caídas en la venta de tabaco, muchas de cuyas cajetillas se fabrican en El Sequero.

Hasta Alison Cooper, consejera delegada de Imperial Tobacco, reconoció el pasado 3 de noviembre, sin ir más lejos, las dificultades que el negocio encontraba en Irak y Siria, y no sólo por problemas logísticos y de reparto de la mercancía.

Y es que la prohibición de fumar impuesta por el Estado Islámico a sangre y fuego en los vastos territorios bajo su dominio –no hay sino recordar la destrucción pública de paquetes de cigarrillos por parte de yihadistas del ISIS en ciudades como Raqa (Siria)– ha sido el remate a una crisis que la industria tabaquera arrastra durante la última década.

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La guerra riojana del soldado Camilo José Cela

El escritor gallego combatió junto al Regimiento de Infantería de Bailén nº 24. Herido en el Frente de Aragón en 1937, regresó a Logroño, donde estuvo un mes hospitalizado en la Escuela de Artes y Oficios, actual Esdir

 

Camilo José de Cela, de quien en este 2016 se cumplen cien años de su nacimiento, mantuvo una estrecha relación con La Rioja hasta su muerte, vínculo que brotó de los avatares que el escritor sufriría durante la Guerra Civil, y que quedaron inmortalizados en su novela ‘Mazurca para dos muertos’. El alzamiento rebelde le pilló a Cela estudiando en Madrid, con apenas 20 años y enfermo de tuberculosis. El 5 de octubre de 1937, el escritor gallego consiguió escapar a la zona sublevada y, de inmediato, se alistó en el ejército franquista.

Destinado días después a Logroño, ingresó en el Regimiento de Infantería de Bailén nº 24, que tenía su cuartel en General Urrutia. Como buena parte de los militares del citado acuartelamiento, el soldado Camilo marchó al Frente de Aragón, con Gallur como cuartel general, hasta que a finales del mismo mes de octubre resultó herido de gravedad en la sierra de Alcubierre, en los Monegros. Así lo narraba él mismo: «Sentí un golpe seco en la nuca y me quedé sin conocimiento, la metralla de una granada de piña se me clavó en el pecho… después me fui despertando… me dio un vómito de sangre, eché sangre por la boca, no mucha…».

La Industrial, cárcel y hospital

De inmediato, fue evacuado Camilo José Cela de la zona de combate e ingresado en el hospital militar habilitado en la Escuela Industrial de Artes y Oficios de la capital riojana, actual Esdir. Este edificio también sirvió de cárcel para más de un millar de presos políticos, sobre todo al principio de la contienda fratricida, hasta que a partir de febrero de 1937 las sacas, los fusilamientos y los traslados a campos de trabajo fueron vaciando sus instalaciones. Un mes permaneció Cela hospitalizado en la popular ‘Industrial’ hasta que el 21 de noviembre recibió el alta médica. Aún convaleciente y enfermo de tuberculosis, apenas pesaba 62 kilos pese a su metro ochenta de estatura. Poco tiempo después, fue declarado «inútil total para el Servicio Militar» por el Tribunal Médico Militar de Logroño. En su ‘Mazurca para dos muertos’, el Nobel de Literatura recordaba así su hospitalización:

«Tres margaritas (enfermeras carlistas) visitaron la sala n° 5, en una cesta llevaban los regalos. –Soldadito, te voy a condecorar con un escapulario del Sagrado Corazón para que te preserve de todo mal, mira lo que dice: «Detente, bala, el Corazón de Jesús está conmigo». El artillero Camilo se puso pálido, se le escapó todo el color de la cara. –No, no, muchas gracias, condecore usted a otro, se lo ruego, se lo pido por favor, yo llevaba uno prendido con un imperdible en la guerrera y aún no hace un mes me lo sacaron por la espalda, se lo digo con todo respeto, señorita, pero para mí que el Sagrado Corazón es gafe».

El 30 de marzo de 1938, instalado ya en La Coruña, Cela se ofreció al comisario general de Investigación y Vigilancia para ingresar en el cuerpo y, de esta forma, poder aportar al «Glorioso Movimiento Nacional» relevantes «datos sobre personas y conductas, que pudieran ser de utilidad».

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Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando

 

Tal día como hoy (23 de enero de 2016) de hace 500 años fallecía en la villa cacereña de Madrigalejo Fernando II de Aragón, más conocido con el ‘Rey Católico’, monarca que también lo fue de Castilla, Sicilia, Nápoles, Granada y Navarra. Junto a Isabel I de Castilla, formó Fernando II quizá la unión matrimonial más influyente de nuestro acervo histórico, bajo la marca registrada de los Reyes Católicos, de la que decían nobles y plebeyos que «tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando».

Fue precisamente en esa transición entre la Edad Media y el Renacimiento cuando sus católicas majestades pusieron las bases de la España moderna, pese a estar enzarzados en mil disputas, guerras, traiciones y ambiciones de poder. De hecho, su nieto Carlos V llevaría a «las Españas» a la cima de los reinos que imperaban en el Mundo. Intenso fue el vínculo que los Reyes Católicos mantuvieron con las tierras que hoy conforman La Rioja, dado su carácter fronterizo entre Castilla, Navarra y Aragón, su codiciada situación estratégica y, también, como paso obligado de Camino a Compostela.

El mismo año que Cristóbal Colón descubrió América, los Reyes Católicos visitaron Nájera y Logroño e instauraron una relación que el emperador Carlos y su hijo Felipe II se encargarían de consolidar a lo largo del siglo XVI. Una década antes, entre 1483 y 1484, Fernando y, sobre todo, Isabel establecieron su corte permanente en Santo Domingo de la Calzada, lugar privilegiado desde el que vigilar muy de cerca los movimientos de Juana ‘La Beltraneja’ –rival de la reina al trono castellano–, quien negociaba su enlace con el heredero navarro Francisco Febo.

La estancia a orillas del Oja redobló la vocación jacobea de la pareja real, que impulsó la Ruta a Santiago y dejó como legado el hospital de peregrinos, cuyo proyecto arrancó en el año 1500.

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La ignorancia no es excusa

“Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse”.
(François de La Rochefoucauld)

 

A tenor de los innumerables casos de corrupción que brotan como setas en el panorama político e institucional español, y de los que, una vez descubiertos, nadie quiere hacerse responsable, habría que recordar que existe un principio de Derecho que los romanos enunciaban en latín como “Ignorantia juris non excusat”. Traducido al castellano, la frase es bien simple: “La ignorancia no exime del cumplimiento de la ley”.

Siempre ha alegado la infanta Cristina, tras destaparse el escándalo del ‘caso Nóos’, que nunca supo lo que firmaba y, que si lo hacía, era por su absoluta confianza para con su esposo, Iñaki Urdangarin. O sea que, pese a su licenciatura en Ciencias Políticas y máster en Relaciones Internacionales en Nueva York, Cristina de Borbón y Grecia era ignorante de que, como argumenta la Justicia, pudo beneficiarse del desvío de fondos públicos, además de fraude fiscal. ¡Qué desperdidiciu de currículum!

Ignorancia alegaba también Rodrigo Rato en varios de los casos en los que se halla inmerso en calidad de investigado –eufemismo de imputado–, pese a haber ejercido los cargos de vicepresidente económico del Gobierno y director gerente del Fondo Monetario Internacional. Y si él, que fue responsable de la economía mundial, no lo sabía, ¿cómo puede saberlo un españolito de a pie?

¿Y qué decir de Mariano Rajoy? Sobre Bárcenas el presidente del Gobierno en funciones afirmó estar “convencido de que nadie podrá probar que no es inocente”; de Francisco Camps, aseguró que “siempre estaré detrás de ti, o delante, o a un lado”; sobre Alfonso Rus, protagonista del último escándalo de corrupción ‘popular’, le declaró su amor: “Yo te quiero, Alfonso (Rus), coño, te quiero”. Y algo parecido ocurre con Jaume Matas, Rita Barberá, Carlos Fabra…

Sin embargo, preguntado ahora por la prensa por aquellos mismos nombres, “Esas personas que ustedes citan…”, el presidente alega ignorancia, como si nada fuera con él, como si no se enterara de nada. Lo dicho: “Ignorantia juris non excusat”.

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La Villanueva fue el barrio de la cerámica en la Baja Edad Media

Las últimas excavaciones arqueológicas corroboran la importancia de la zona que ahora quiere rehabilitar el Ayuntamiento de Logroño

 

Acaba de aprobar el Ayuntamiento de Logroño la denominada ‘Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado de La Villanueva’, cuyo plan opta a la convocatoria de fondos Feder, destinados por la Unión Europea a zonas urbanas con unas necesidades específicas de regeneración. Este proyecto municipal pretende desarrollar alrededor de una veintena de actuaciones en el barrio más deprimido de la capital riojana, agrupadas todas ellas en cuatro grandes líneas: 1) rehabilitación, regeneración y renovación urbana de la zona; 2) fomento de la movilidad urbana sostenible; 3) apuesta por la eficiencia energética y 4) mejora del uso y la calidad de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). El barrio de la Villanueva nació alrededor del siglo XII, bajo el impulso del Fuero otorgado por el rey Alfonso VI en el año 1095; se trataba de un arrabal extramuros del casco urbano, levantado al Este de la actual Rodríguez Paterna, calle que discurre en paralelo a lo que eran las defensas.

Los últimos estudios arqueológicos realizados entre las calles Hospital Viejo y la Brava, y que se han plasmado en el libro ‘Arqueología en la Villanueva’, corroboran que la zona gozó de una febril actividad industrial en los siglos XIII, XIV y XV, con la presencia varios alfares que fabricaban cerámica de calidad. «En la Baja Edad Media, la Villanueva era como una especie de ‘polígono industrial’ donde han sido localizados los restos de una instalación alfarera, así como documentado dos hornos, una pileta de arcilla, vertidos de desechos y numerosas transformaciones y reparaciones mientras estuvo en funcionamiento a lo largo de tres siglos», según asegura la arqueóloga María Milagros Martínez González, autora del volumen publicado por el Instituto de Estudios (IER) y el Ayuntamiento capitalino. Los judíos, buenos clientes

Mal llamada Judería

En el siglo XIII, los alfares de la Villanueva se dedicaron a la producción de cerámica común, sobre todo útiles de cocina y despensa, si bien la calidad y la oferta fueron ampliándose con el paso de las décadas hacia piezas vidriadas, esmaltadas y otras de imitación a las que se confeccionaban en Gran Bretaña. En el vertedero de la calle Hospital Viejo también se han encontrado fragmentos de hannukas, lámparas usadas en la ‘Fiesta de las luces’ judía, lo que no quiere decir que estos objetos fueran elaborados por hebreos que allí residían. De hecho, el barrio lleva más de cien años envuelto en una falsa polémica sobre si fue cobijo mayoritario de población sefardí, hasta el punto de que fue erróneamente denominado como «la Judería».

El hallazgo en siglos anteriores de otras hannukas, unido a que la zona está articulada en torno a siete calles –número clave en la cultura hebrea– y algunas otras pistas equívocas hicieron creer que allí se encontraba la Judería logroñesa que, en efecto, existió en Logroño en la Baja Edad Media. Sin embargo, según explica la doctora Milagros González, «los judíos, por lo general, no se dedicaban a este tipo de actividad, pero sí eran buenos clientes de estos alfareros, que posiblemente fueran mudéjares, según la documentación manejada». Apunta también la arqueóloga riojana que otro motivo de confusión sobre la presunta Judería proviene de la existencia de una calleja, entre San Gil y San Roque, llamada de la Matanza, y que pudo llevar al historiador Domingo Hergueta en 1909 a relacionar dicha rúa con el violento ataque sufrido por la comunidad hebrea en 1391. No obstante, al quedar acreditado que, en el siglo XVI, allá mismo tenía su propiedad una familia riojana de apellido Matanza, es más que probable que la calle Matanza fuera un antropónimo –algo corriente en la época– y no el recuerdo de aquel brote antisemita. El hecho de que no haya pruebas de la existencia de un barrio judío en la Villanueva no quiere decir que la comunidad hebrea no tuviera cierta relevancia en Logroño.

La Rúa de las Tiendas

Desde el año 1290, se manejan documentos sobre la presencia sefardí en la villa e, incluso, del motín antihebreo ya mencionado de 1391, que dejó a la comunidad muy diezmada. En el año 1488 los Reyes Católicos instaban al corregidor Juan de Luján «a buscar un barrio en el que recoger a los judíos», lo que demuestra que en aquella época la población sefardí se encontraba muy dispersa por la ya ciudad de Logroño, si bien cuatro años más tarde (1492), Isabel y Fernando decretaron la expulsión de la Península Ibérica. Los padrones confeccionados a mediados del siglo XV señalan que de las quince familias judías que se avecindaban en Logroño, tan sólo cinco aparecen afincadas en la Villanueva, mientras que el resto tenía su residencia en la Rúa de las Tiendas. Esta rúa es la actual la calle Mayor, en el tramo comprendido entre las actuales Cadena y Sagasta, donde se concentraba buena parte del comercio, que sí era regentado por población hebrea. No obstante, sigue sin aparecer certeza alguna que acredite fehacientemente dónde estaban radicadas la aljama y la sinagoga logroñesas, de que las que sí existe constancia documental.

 

 

La prolongación de las siete calles paralelas de la Villanueva hacia lo que hoy es avenida de Navarra tuvo ya lugar cuando la muralla avanzó desde Rodríguez Paterna hasta la altura de la calle del Ochavo, la más estrecha de la ciudad, un callejón que todavía hoy une las calles del Horno y Los Baños. Es más, la arqueóloga Milagros González acaba también de publicar en la revista ‘Belezos’ un artículo que corrobora que la calleja del Ochavo es el último vestigio que queda del paseo de ronda de la muralla. Incluida ya la Villanueva dentro de las defensas de la ciudad, industrias molestas como la alfarera fueron trasladadas al entorno de la calle Ollerías a partir del siglo XVI. Con posterioridad, este barrio ganaría una enorme relevancia, como lo demuestran pocos edificios blasonados que aún quedan en pie.

 

Mª Milagros Martínez. Arqueóloga

«Los mudéjares pudieron estar al frente del alfar de Hospital Viejo»

La arqueóloga Mª Milagros Martínez González (Logroño, 1972), licenciada en Humanidades por la Universidad de La Rioja, ha publicado una de las últimas investigaciones llevadas a cabo en el mal llamado barrio de la Judería, y que se han plasmado en el libro ‘Arqueología en la Villanueva’ (IER-Ayuntamiento de Logroño), resumen de su tesis doctoral.

–¿Qué aportan las excavaciones arqueológicas realizadas en la calle Hospital Viejo?

–El alfar encontrado en esta zona de la Villanueva hizo posible la fabricación, entre los siglos XIII y XV, de hasta 35 formas distintas de cerámica, como platos, cuencos, copas, jarros, botellas, ollas, candiles, huchas… Todos los elementos hallados se han convertido en herramientas de datación e identificación claves para futuras prospecciones.

–Pero también definen cómo era la vida en Logroño durante la Edad Media, ¿no?

–En efecto. La excavación arroja mucha más luz de la que ya había sobre la evolución de la Villanueva, cuál era el ajuar doméstico que empleaban los vecinos…

–¿Cuál es el origen del barrio?

–Nace sobre el siglo XII como un arrabal extramuros en el que se asentaron artesanos que realizaban actividades molestas y nocivas para la salud. Cuando, a principios del siglo XVI, el barrio quedó dentro del recinto amurallado, la industria alfarera se trasladó a otra zona del casco urbano, junto a la actual calle Ollerías.

–¿Qué relación tenían los judíos con este alfar?

–Posiblemente fueran buenos clientes. Es más que probable que el alfar de la calle Hospital Viejo de Logroño estuviera en manos de artesanos mudéjares, ya que al menos el nombre de unos de ellos, Mahoma, aparece en un documento del siglo XV.

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Y la Villanueva sigue a la espera

 

Olvidado ya el sempiterno plan director de Álvaro Siza para la Villanueva -aunque no lo quieran reconocer-, acaba de presentar el Ayuntamiento de Logroño la denominada Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado, un proyecto que incluye 21 actuaciones y 10,5 millones de presupuesto. Bienvenida sea cualquier iniciativa que contemple la mejora del barrio más depauperado de la ciudad, sobre todo tras años y años de inacción municipal y de palabrería huera.

Resulta insólita, no obstante, la grandilocuencia con la que esta batería de actuaciones ha brotado en el devenir logroñés, casi por sorpresa, y más al cobijo de los fondos FEDER, que la Unión Europea destina para zonas urbanas con necesidades urgentes de regeneración. Se ufana el equipo de gobierno de su ambiciosa apuesta por la rehabilitación, la regeneración y la renovación urbanas de la Villanueva, por el fomento de la movilidad sostenible y la eficiencia energética y, como guinda del pastel, por la mejora del uso y la calidad de las TIC (las tecnologías de la información y la comunicación, hablando en plata). Las intenciones no pueden ser mejores.

Es evidente, sin embargo, que cuando alguien lleva tiempo enfermo y alicaído –como le ocurre a la Villanueva–, de poco le sirven mariscadas y botellas de champán para recuperar la salud o una camisa de seda, un traje de Armani o un exclusivo abrigo de buen paño con los que pisar de nuevo la calle. En primer lugar, el médico deberá prescribirle el tratamiento adecuado: fármacos eficaces, una alimentación conveniente y el tiempo necesario para recobrar la normalidad. Tiempo habrá para disfrutar de comilonas en estrellados fogones o de lucir ropa de lujo. Primum vivere, deinde philosophari. Esperemos que el nuevo plan no acabe como aquella frase de Quevedo: «Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir».

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