La Rioja

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Caciques

Hace 130 años, la Real Academia Española de la Lengua incluyó el término ‘cacique’ en su Diccionario, que tiene su raíz en  una palabra homónima que denominaba a los jefes de algunas tribus amerindias. En la metrópoli española, cacique sirvió para definir la «intromisión abusiva de una persona o una autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o influencia», figura política que se consolidó durante la Restauración borbónica. El camerano Sagasta –cuya figura se analiza todos los veranos en su Torrecilla natal– se convirtió en paradigma del caciquismo. Sin embargo, hay que decir en su descargo que el clientelismo sagastino se enfrentaba nada menos que a una oligarquía medieval que, directamente, gozaba de derecho de pernada.

En pleno siglo XXI, olvidado el sistema feudal –aunque no en todas las cabezas–, la figura del cacique no tendría mucho sentido. Si bien en el pasado las grandes fortunas, casi por mandato divino, controlaban a su antojo vidas y haciendas, se supone que hoy en día la clase política sólo busca el bienestar del común o, como diría Aznar, «el interés general».

Ningún concejal, alcalde o diputado –según declaman ante las Sagradas Escrituras cuando juran (o prometen) el cargo– llega a la res publica para enriquecerse, medrar o defender sus intereses particulares; muy al contrario, aseguran ingresar en política como vocación de servicio ciudadano.

Quizá por ello no se entienden ciertos modos caciquiles que esgrimen demasiados cargos electos, pues el tamiz de las urnas nunca puede tomarse como patente de corso. Por si no les queda claro, los políticos no son dueños de nada, sino simples gestores de los dineros que manejan; ni financian estaciones ni autovías ni invitan al lunch por las fiestas patronales ni siquiera a un Cacique con Coca Cola a sus correligionarios.

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El odio comprimido en 140 caracteres

 

Ocurre que cuando se observa el mundo tan sólo a través de las redes sociales, la realidad suele llegar aún más distorsionada de lo habitual. Lejos de toda realidad informativa, a dos mil kilómetros de distancia, el televisor del hotel apagado por voluntad propia y con la famélica referencia de una sesión nocturna de Twitter, mi visión de lo que ocurría en España era, más que sesgada, desasosegante. Pendiente de la actualidad, de la última noticia, siempre sumergido entre periódicos, teletipos digitales, blogs o noticiarios radiofónicos y televisivos, lo que más me ha llamado la atención de Twitter como monopolio es el odio que destilan muchos de sus mensajes.

El odio comprimido en 140 caracteres.

Y es que el anonimato, a veces, y la lejanía, siempre, hacen aflorar los instintos más bajos del ser humano. En realidad, las redes sociales son tan inocuas como cualquier otro canal de comunicación; es su uso espurio el que las contamina, el que de verdad repele.

Escribió Baudelaire que el odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida. La adicción al alcohol lo convierte en un profesional de la botella, incapacitado para cualquier otro empleo o cometido. Es lo que sucede con estos odiadores profesionales, que exhiben en la Red sus frustraciones, quizá porque reflejan en quienes creen sus enemigos la inquina que les genera su propia imagen.

Para Tennessee Williams, el odio es un sentimiento que sólo puede existir en ausencia de toda inteligencia, mientras que Daudet lo definía como la cólera de los débiles.

Jamás podré odiar a estos odiadores profesionales porque, primero, no tengo tiempo y, segundo, porque les daría más importancia de la que atesoran.

Eso sí, me aburren soberanamente.

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Pedro López Morales, un banquero riojano del siglo XIX

Pedro López Morales fue uno más de aquellos riojanos que, en pleno siglo XIX, buscaron fortuna lejos de su tierra. Muchos fracasaron, otros hallaron empleos con los que subsistir y alimentar a duras penas a sus familias, y una minoría triunfó en el mundo de los negocios. Éste fue el caso de López Morales, quien nació en Aguilar del Río Alhama hace ahora doscientos años (8 de agosto de 1814).

Con apenas 24 años, este joven riojabajeño se trasladó a Córdoba para instalar allí un comercio de paños, aunque bien pronto vio en la actividad financiera mayor porvenir que en el ámbito textil. Poco a poco, el negocio del emprendedor aguilareño fue creciendo, hasta que en 1857 se convirtió en la única banca que se desarrolló en la ciudad andaluza. Incluso, cuando la crisis económica que sufrió España en 1866 arrasó con la mayor parte de las entidades de ahorro e inversión, la Banca de Pedro López supo capear el temporal con una estructura económica equilibrada, liquidez y un alto grado de autofinanciación. Igual que ahora, vamos.

Según el gran historiador Claudio Sánchez Albornoz, mientras la firma Crédito Comercial y Agrícola de Córdoba amasaba un capital de 900.000 reales, la sociedad del banquero riojano contaba con nada menos que 3.860.000 reales, que dos años después había aumentado a 5.040.000.

Cuando López Morales cumplió los 70 años años –extendido el negocio por Andalucía–, se convirtió en el socio mayoritario de una sociedad regular colectiva junto a sus hijos junto con sus hijos Manuel, Francisco y Rafael López Amigo, cuya razón social fue denominada Banca Pedro López e Hijos (1885). Esta entidad de ahorro e inversión siguió desarrollándose durante décadas, hasta que en el año 1956 fue adquirida por el Banco Popular.

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‘Le tambour de Logrono’ que redobló en París

MARCELINO IZQUIERDO y VÍCTOR SOTO

Tres obras de teatro y varios grabados recuerdan la gesta del tamborilero Matreau en la toma de Logroño de 1823

Tras los pactos alcanzados por la Santa Alianza, el ejército francés, bajo el nombre de los Cien Mil Hijos de San Luis, invadió España en abril de 1823 para defender el modelo absolutista por el que abogaba el rey Fernando VII. El Trienio Liberal había llegado a su fin de manera abrupta y por la fuerza de las armas. El rápido triunfo de las tropas comandadas por el duque de Angulema fue objeto en Francia de una enorme exaltación, más en un país que todavía se estaba recuperando de la caída y posterior muerte de Napoleón Bonaparte, y al que aún escocía la derrota infligida por los españoles durante la Guerra de la Independencia.

En este contexto de euforia, se publicó en el país vecino un buen número de creaciones literarias –la mayoría piezas dramáticas y poemas–, que ensalzaban el valor de los militares galos. Al menos tres de estas obras de teatro publicadas en París se hicieron eco de la gesta protagonizada por el joven Matreau, un tambor de tan sólo 14 años que fue pieza clave en la toma de la capital riojana. Los títulos de estas obras son ‘L’arc de triomphe’ (1823), de MM. Carmouche y Emile Vander-Burch; ‘Le Pont de Logrono ou le Petit tambour, suivi de la Prise du Trocadéro’ (1824), escrita por Jean-Guillaume-Antoine Cuvelier de Trie y Henri Franconi; ‘Le Tambour de Logrono ou jeunesse et valeur’ (1824), de Pierre-Adolphe Capelle y Paul-Auguste Gombault.

Según la historiografía gala, la toma de la plaza logroñesa tuvo gran valor estratégico en la victoria relámpago de los Cien Mil Hijos de San Luis, orlada, además, por un hecho heroico de un joven soldado.

 

La toma de la ciudad

La capital riojana estaba defendida por 700 hombres a pie y 200 jinetes, acantonados tras muralla. Cómo las tropas francesas no podían vadear el Ebro de forma masiva –pues hubieran sido aniquiladas por el fuego enemigo–, el mando envió a los ‘voltigeurs’ (saltadores), que se hicieron dueños del puente y lograron abrir la primera de las puertas que defendía el castillo –situado al principio del actual Puente de Piedra–. Sin embargo, la segunda puerta seguía cerrada a cal y canto.

Fue entonces cuando un tambor tan de apenas 14 años, llamado Matreau, consiguió abrir el último portón desafiando los disparos de los logroñeses. Sin dejar de redoblar con sus baquetas, Matreau señaló el camino a sus compañeros que, no sin esfuerzo, tomaron la plaza.

La hazaña de Matreau quedó inmortalizada, no sólo en el teatro sino, también, a través de numerosos grabados, litografías y dibujos –en blanco y negro y en color–, la mayoría idealizando el castillo y el puente de Logroño. Incluso, alguno de estos dibujos sirvió de decoración en platos, jarrones y vajillas enteras de la época.

El drama teatral ‘Le Pont de Logrono ou le Petit tambour, suivi de la Prise du Trocadéro’ se inspiró en dos hechos reales –la toma de Logroño y la llegada de las tropas de Angulema al Trocadero de Cádiz–, todo ello aderezado con la amistad entre un francés y un español que se conocían desde la Guerra de la Independencia, el amor, la traición o las acciones militares.

Por lo que respecta a ‘Le Tambour de Logrono’, narra de una manera muy sencilla el regreso a casa de un soldado galo y el recibimiento triunfal que se le dispensa después de conocerse en Francia su acto de valor en la capital riojana. Antes de que el texto fuera impreso, la obra había sido representada ante la familia real, en el palacio de la duquesa de Berri, el 30 de diciembre de 1823.

 

 

Un culebrón con final feliz a la sombra del Arco del Triunfo

‘El Arco del Triunfo’ es uno de esos cuadros teatrales de fondo romántico y musical tan del gusto de la época. La escena comienza en los Campos Elíseos, a la sombra del Arco, que se prepara para recibir a la armada triunfante. Deschamps, un burgués parisino, decide casar a su hija Denise con Lagrenade, un veterano granadero que ha salvado la vida en España gracias a la intervención de un  tambor del Ejército. Denise, por su parte, aspira a desposarse con Charlot, a punto de llegar con la tropa vencedora.

Charlot se encuentra con su amada, que le comunica que no podrá casarse por exigencia de su padre. El joven entra en cólera y decide batirse con Lagrenade. Como era previsible, en el momento del duelo, ambos se reconocen: Charlot Matreau es el joven salvador de Lagrenade. Éste último renuncia a la boda, pero el padre de Denise sigue empeñado en negarle la mano de Denise, hasta que aparece el coronel Saint Ernest para ponderar las hazañas del tambor: «Sí, amigos, éste es Charles Matreau, que se distinguió durante toda la campaña y que se cubrió de gloria en Logroño». Y pronto se lanza a una canción con versos como «sobre nosotros, desde lo alto de la fortaleza,/ cien cañones vomitaban muerte./ Los jefes prudentes reprimen el valor./ Solo, batiendo su tambor,/ Matreau avanza gritando ‘adelante’», hasta que logra «sobre la muralla, mostrarse sin miedo». Tras ponderar el valor del pequeño, el coronel le trasmite la buena nueva: el príncipe le ha nombrado caballero de la Legión de Honor. Con el título, el corazón del padre de Denise se ablanda y el culebrón acaba teniendo un final feliz.

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¿De verdad merece Barack Obama el Premio Nobel de la Paz?

 

Al principio, Obama lo tuvo fácil. Llegó a una Casa Blanca devastada por la pésima gestión de su antecesor, George W. Bush, quizás uno de los más nefastos presidentes en la historia de los Estados Unidos. Atrás quedaban la segunda guerra de Irak, el conflicto de Afganistán, la crisis económica que brotó de las ‘hipotecas basura’, la execrable prisión de Guantánamo…

Pero, a medida que avanzaba el mandato de Barack Obama, muchas de sus promesas –implícitas y explícitas–, muchas de las expectativas, creadas bajo el aura de un político rompedor, comenzaron a diluirse. Desde que el antiguo senador por Illinois aposentara sus reales en el despacho oval, a finales del 2008, la violencia no ha cesado en la yihad afgana, la violencia sectaria se ha multiplicado en Irak, la herrumbre se apodera de los grilletes de Guantánamo y Oriente Medio está más incendiado que nunca…

En el haber de Obama, sin duda, pesan las medidas que andamiaron la salida de la recesión de su país, una política social más justa que la que proponen los republicanos y un talante internacional menos prepotente del que le gustaría al Tea Party. Este talante, sin embargo, no impidió la ejecución sin juicio previo de Osama Bin Laden en Abbottabad (Pakistán, 2011) ni su respaldo sin fisuras a la matanza de civiles que el Ejército israelí perpetra en Gaza.

Cuando el Comité Noruego concedió al presidente norteamericano el Premio Nobel de la Paz 2009, no sólo le regaló un caramelo envenenado sino que, además, le hizo un flaco favor.

Días atrás, Obama defendió sin ambages el «derecho de Israel a defenderse», ante la ofensiva terrestre lanzada por Netanyahu contra Gaza. A día de hoy, la cifra de muertos palestinos roza los 1.500. ¿Cuántos cadáveres más necesita Obama para frenar la masacre por las buenas o por las malas?

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La muralla de Santo Domingo de la Calzada apunta ruina

 

Día a día, la muralla de Santo Domingo de la Calzada avanza hacia la ruina. Se hunde, vamos. Una de las ciudades más simbólicas del Camino de Santiago, que tiene en el turismo jacobeo un nada desdeñable nicho de negocio y de empleo, contempla cómo parte de su patrimonio corre el peligro de venirse abajo. Hace tiempo que los ‘testigos’ de yeso, estratégicamente situados entre las grietas de la fortificación para alertar de sus movimientos, se resquebrajaron.

Argumenta el alcalde, Javier Azpeitia, que antes de actuar en la muralla es necesaria la elaboración de un plan director, lanzándole así el ‘muerto’ a la Consejería de Educación, Cultura y Turismo. Pero mientras Ayuntamiento y Gobierno de La Rioja marean la perdiz, uno de los torreones de la avenida de Burgos amenaza con derrumbarse de un momento a otro. Y no es el único.

Para colmo, el recinto amurallado calceatense está incluido en el Plan Nacional de Arquitectura Defensiva –dependiente de la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales–, aunque, por ahora, tal honor y privilegio, en la práctica, resulta tan útil como tener un tío en La Habana.

Lo cierto y verdad es que durante los últimos años nada se ha avanzado en la protección del lienzo que no se hubiera proyectado en la pasada legislatura y, de hecho, atrás quedan los estudios y los trabajos de rehabilitación supervisados por Mayte y Pedro Álvarez Clavijo.

De anteriores presupuestos municipales, se deduce que las partidas destinadas a adquirir y rehabilitar cada torreón rondó los 200.000 euros anuales, cifra más que asumible por las tres administraciones e, incluso, en solitario por el Ayuntamiento, si mostrara verdadera voluntad política de afrontar la recuperación de esta parte del patrimonio de la ciudad.

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