La Rioja

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El Instituto Práxedes Mateo Sagasta y el que asó la manteca

 

Cuando, en plena campaña electoral de las locales y autonómicas, la candidatura logroñesa de Ciudadanos propuso trasladar el IES Práxedes Mateo Sagasta al antiguo colegio de Maristas, parecía una boutade de políticos desnortados, que siembran dilemas donde no los hay y, sin embargo, son incapaces de ver los problemas reales de la gente corriente. La petición del partido naranja planteaba mudar el instituto con más solera de la ciudad al viejo centro de los Hermanos Maristas y ubicar en las instalaciones del Sagasta un centro cívico, una biblioteca, el Archivo Provincial y otras oficinas de servicios como la Agencia de Desarrollo Económico. ¿Y por qué no la perrera municipal?

Ni el que asó la manteca, vamos.

Pero la sorpresa fue mayúscula cuando la formación que a nivel nacional encabeza Albert Rivera insistió en incluir este dislate en el acuerdo de investidura, suscrito con un Partido Popular, desesperado por seguir tocando poder. ¡Anda que no tienen problemas y necesidades mucho más prioritarias Logroño, La Rioja y sus sufridos moradores! En vez insuflar cordura, aire fresco y cambio tranquilo –habría mucho que discutir sobre el significado intrínseco de ‘cambio tranquilo–, C`s  parece tener muy clara, al menos en esta comunidad autónoma, su línea programática: “Un problema para cada solución”.

Y, ojo, si el PP secunda la moción, será cómplice de la misma paradoja.

Este tipo de extravagancias, sin embargo, suelen ser fruto de la bisoñez política de sus progenitores o de cierta impericia. ¿O no? Porque, bien pensado, ¿no resulta extraño que, muchos años después de adquirir Maristas por un potosí, ahora se pretenda recuperar un colegio en ruinas de propiedad privada y un terreno inmobiliario muy jugoso en pleno centro de la ciudad?

Como preguntaría Séneca, cui prodest?

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Tomen nota, políticos logroñeses: El mejor alcalde, el Rey

Y no lo tenía fácil. Ha transcurrido un año desde que Felipe VI recogiera el cetro entregado por su padre, que más que cetro parecía un caramelo envenenado, dada la deriva que la corona española había tomado en los últimos años. Al ‘escándalo Urdangarin’ comenzó a sumarse una retahíla de desgracias y nefastas decisiones –rubias y elefantes incluidos– que empujaron a la monarquía a un callejón de intrincada escapatoria. Pero hete aquí que, 365 días después, ni los españoles ni los políticos de turno perciben a los Reyes como un problema de urgente resolución, y así lo corroboran los sondeos del CIS, pese a que subrayan que todavía queda mucha labor por hacer.

Varias son las causas que han contribuido a esa especie de normalización institucional –de la que tan necesitada está España–, en la que no abundan ni los monárquicos contumaces ni republicanos acérrimos, aunque habría que hacer hincapié en cuatro de ellas: diálogo, transparencia, honestidad y tolerancia cero con la corrupción. Esta última razón quedó especialmente apuntalada cuando, días atrás, a Felipe VI no le tembló la voluntad a la hora de desposeer a su hermana Cristina del título de duquesa de Palma.

Buena nota deberían tomar de las medidas auspiciadas por el Trono los políticos que acaban de ser ‘coronados’ por las urnas. Es verdad que el monarca no ha tenido que someterse al veredicto de ciudadanía, pero sí ha entendido como nadie su mensaje claro y nítido. Llegan tiempos nuevos, tiempos de cambio, porque así lo exigen los españoles y los riojanos y, por ahora, parece que el renovado gobierno municipal de Logroño no ha acabado de asimilarlo tomando decisiones exentas de diálogo y transparencia.

Tomen nota, señores políticos, de lo que dijera el gran Lope de Vega: “El mejor alcalde, el Rey”.

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El Centro de la Cultura del Rioja nace con cuatro años de retraso

 

Décadas llevaba Logroño reclamando a gritos la apertura de un museo del vino que mostrara a sus visitantes la historia y el acervo en torno al Rioja y, sobre todo, desde que el mundo de la enología irrumpiera con brío en el sector turístico español. Por desgracia para la DOC Rioja, denominaciones con menor calidad y tronío nos llevan ya lustros y lustros de ventaja. Entonces, ¿viene a cubrir el Centro de la Cultura del Rioja esa asignatura pendiente de la ciudad? Veamos.

Como preámbulo, no deja de ser triste que un edificio tan singular como la Casa de la Virgen haya estado toda una legislatura infrautilizado y muerto de risa por el único pecado de tener su origen en la Corporación Municipal anterior. Ni más ni menos. Cuatro años después, deprisa y corriendo, el CCR se ha querido poner en marcha al calor de las urnas a través de un proyecto errático, cortoplacista y de consumo interno o, lo que es lo mismo, de autopropaganda.

Lo que capital necesitaba con urgencia no era un winebar, no era una sala de cata, no era una tienda de vinos, no era un escenario con copa incluida. No. Entre otras cosas, porque el sector privado ya cubre esa oferta, y con creces, en un radio de menos de un kilómetro alrededor. Lo que Logroño sigue esperando es un museo de calidad, de titularidad pública, que contribuya a dinamizar el tan olvidado Casco Antiguo y los vínculos de la ciudad con la enología y su cultura. ¿De verdad creen que un peregrino se va a gastar seis euros de su ajustado presupuesto en una visita?

El Centro de la Cultura del Rioja nunca debió concebirse como un negocio –ni privado ni público-, sino como coadyuvante imprescindible de dos sectores en alza, el turístico y el enológico, con el objetivo de generar negocio a hosteleros, restauradores, comerciantes, servicios…

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San Bernabé y el patrimonio menguante de Logroño

 

Celebra Logroño las fiestas de San Bernabé con alharacas y folclores varios, recordando la victoria contra el invasor francés de 1521. Alrededor del Revellín, de las iglesias de San Bartolomé, Palacio y Santiago el Real y de los exiguos restos que de la muralla que aún sobreviven, desfilarán asediadores y defensores de aquella ciudad renacentista, para solaz del pueblo y de ellos mismos. Y está bien que vecinos y forasteros rememoren aquel hito histórico que coronó al apóstol chipriota como patrón de la capital riojana.

Pero, al tiempo que las nuevas huestes del galo Asparrot y del riojano Antonio Manrique de Lara y Castro –II duque de Nájera– patrullan por arterias y plazas del Casco Antiguo, bueno sería no olvidar que apenas quedan vestigios de aquel entramado defensivo. Según las fuentes históricas, Logroño reforzó su muralla medieval meses antes del ataque de Francisco I, fuentes que hablan del castillo y del foso situado frente al actual Puente de Piedra, del paño defensivo que flanqueaba la torre de San Bartolomé y del resto de muros y torreones que circunvalaban el núcleo urbano.

Recompensó el emperador Carlos V el sacrificio de los logroñeses, además de con las tres flores de lis y otros títulos que de comer no dan, con millones de maravedíes con los que reconstruir sus dañados parapetos, entre ellos la actual Puerta del Camino o Arco del Revellín, inaugurado en 1524.

Hoy, sin embargo, poco queda de lo que fue. Las piedras del castillo, ignominiosamente arrancadas por el Ayuntamiento hace tan sólo 15 años, dormitan en el Parque de Servicios, mientras metros y metros de muralla continúan ocultos bajo tierra, por voluntad municipal, impidiendo que puedan lucir sus señas de identidad.

Y es que folclore, historia y patrimonio deberían ir unidos de la mano.

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Los supervivientes de Pradillo

El 6 de junio se han cumplido 50 años del accidente de tráfico que costó la vida a doce jóvenes riojanos

 

Aquella mañana del 6 de junio de 1965 calentaba el sol como si ya fuera verano. Convocados por Acción Católica, cinco mil jóvenes riojanos se habían congregado en el Espolón para disfrutar de una jornada festiva que arrancó con una misa al aire libre, presidida por el obispo Del Campo y de la Bárcena. Finalizado el oficio, chicos y chicas llenaron más de 80 autocares rumbo al Camero Nuevo y, tras almorzar en Torrecilla, la caravana regresó al asfalto con El Rasillo como fin de trayecto. En un pispás, sin embargo, la alegría se tornó en tragedia y el Día de la Juventud acabó en jornada de luto. Un trágico accidente segó las vidas de 12 jóvenes de entre 16 y 22 años, dejó heridos a varias decenas más y marcó las vidas de familiares y supervivientes. Hace de aquello 50 años.

Así relataba el terrible suceso el atestado de la Guardia Civil de Tráfico: «A las 12.20 del mediodía del pasado domingo, en el kilómetro 259,400 de la carretera nacional III, el autocar de matrícula LO-7398, propiedad de la empresa ‘Arribas, S.A.’, conducido por Federico Ibáñez, circulaba en caravana con 44 viajeros hacia El Rasillo. Su velocidad era moderada, de 35 kilómetros por hora. Al llegar a una curva hacia la izquierda, en el término de Pradillo de Cameros, el autocar entró ceñido a su mano derecha, arrollando la totalidad de los pretiles discontinuos anteriores al puente. El vehículo cayó al vacío desde una altura de ocho a diez metros, quedando ‘de espaldas’ sobre un hoyo del terreno».

Armando Angulo, de Fuenmayor, fue uno de los organizadores de la excursión, por eso ocupaba el asiento del copiloto del autobús que iba detrás del siniestrado: «Fue tremendo. Vi cómo el vehículo rozaba los pretiles, el peso le venció y se despeñó por el terraplén. Bajé con un megáfono para intentar que la gente que iba en otros autocares no perdiera la calma. Muchos jóvenes comenzaron a descender por el barranco sin importarles el peligro que corrían. Fueron muy valientes, unos héroes. También llegaron vecinos de Pradillo para colaborar en el rescate».

El silencio era tal que dejaba escuchar los lamentos de las víctimas, izadas a hombros por los voluntarios hasta el arcén. «Un compañero me confesó llorando que se le había muerto uno de los chavales en los brazos», añade Armando, que casi no puede contener las lágrimas.

 

 

El fotógrafo Teo Martínez -cuyas imágenes acompañan estre reportaje, por deferencia suya y de Cámara Oscura- se enteró de la tragedia cuando tomaba el vermú en el bar Siglo XX, en Ingeniero Lacierva. «Vi coches y varias ambulancias por Vara de Rey, llamé a un amigo y bajamos a Pradillo con su ‘Dos Caballos’». Apenas le dio tiempo de tomar varias instantáneas, porque regresaron cuanto antes a la capital. «Lo del Hospital Provincial era de pánico. La gente no sabía si sus familiares estaban sanos, muertos o heridos. Sacaban una camilla de un coche y una multitud se asomaba para ver si lo conocían», recuerda Teo.

A diferencia de Angulo, Ignacio García viajaba en el autocar anterior. «Por el cristal de atrás vimos una enorme polvareda tras la curva, pero no supimos de qué se trataba hasta minutos después de aparcar en El Rasillo. Los que iban en los primeros vehículos ya estaban preparando la comida cuando llegó el mazazo. Estábamos destrozados. Tuvimos que permanecer en el pueblo durante horas hasta que nos dejaron regresar. Íbamos rezando el Rosario. Ya en Logroño, las iglesias permanecieron abiertas hasta la madrugada para que la gente pudiera buscar consuelo».

«De lo que más me acuerdo es de la unión, del compañerismo, de la solidaridad», explica Eugenio de la Riva, que no pudo acudir a la excursión, pero que en cuanto supo lo ocurrido se puso manos a la obra.

Al día siguiente, treinta mil personas acudieron a las honras fúnebres, que comenzaron en La Redonda y concluyeron en el camposanto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hitler, Perón, Stalin, Chávez… ¿Y Franco?

 

Además de cultura democrática, muchos de nuestros próceres también adolecen de una mínima cultura general. O, al menos, eso parece. Tras el revolcón electoral –que no tsunami– del 24M, políticos de primera línea como Esperanza Aguirre, Yolanda Barcina, Rafael Hernando o Ana Palacio -yo de esta señora, tras las mentiras del 11-M y la Guerra de Irak, tiene delito- han vuelto a agitar el fantasma del miedo. Poco les ha importado que a los concejales o diputados autonómicos, contra los que han disparado sus flechas untadas de ponzoña, hayan sido elegidos por el pueblo soberano, el mismo pueblo que–por cierto– les ha encumbrado a ellos a lo largo de años y años.

Cuando estos profesionales de la política comparan a sus adversarios con Adolf Hitler, Juan Domingo Perón, Iósif Stalin o Hugo Chávez están provocando un daño irreparable al país que habitan y a la sociedad que les tolera. En primer lugar, porque banalizan sin ambages a horrendos monstruos del género humano, monstruos que cargan en sus conciencias –si es que algún día la tuvieron– con millones y millones de crímenes y violaciones de los derechos humanos. En segundo término, porque siembran la zozobra entre las gentes y entre los mercados por puro egoísmo partidista o personas, lo que sin duda perjudica más que beneficia a «su amadísima» España.

Y, en tercer lugar, porque meter en el mismo saco a Hitler, a Perón, a Stalin y a Chávez demuestra que los únicos libros de historia que tienen en sus casas los utilizan para calzar la mesa del comedor o embellecer el mueble-bar.

Resulta curioso, además, que a la hora de denunciar los excesos de regímenes dictatoriales o populistas, estos mandamases nunca se acuerden del general Franco, que gobernó España bajo un sistema totalitario, y eso que lo tienen mucho más cerca en el tiempo y en el espacio… incluso, yo diría que en el subconsciente.

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