La Rioja

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¿Cuándo y cómo nacieron en Logroño las fiestas de San Mateo?

 

Fue en septiembre de 1956 –hace cuatro días, vamos– cuando los sanmateos de toda la vida fueron rebautizados por las autoridades del régimen imperante como Fiestas de la Vendimia. Lo que en principio parecía una inocua exaltación del vino de Rioja, santoral incluido, ocultaba en el fondo la sibilina intención de imprimir una pátina doctrinal y política a una feria cuyos orígenes se extravían en el tiempo.

Pisado de la uva, desfile de carrozas, reinas y damas de honor escogidas entre la burguesía y aristocracia locales, folklore patrio y patriotero, cultura de páramo y saldo, juegos florales y poéticos de rima fácil y grandilocuente…

Sin embargo, habría que remontarse varios cientos de años para encontrar las auténticas raíces mateas. Aunque los primeros documentos de las fiestas datan del siglo XII, Logroño –como villa que era merced al Fuero concedido por Alfonso VI en el año 1095– atesoraba la potestad de celebrar feria anual. Y seguro que la ejerció.

Gracias a su situación estratégica como vado y posterior puente sobre el caudaloso Ebro, pronto tomaron las ferias logroñesas singular relieve comercial y lúdico. En un principio, coincidían las citadas ferias con las jornadas de acción de gracias en las que los vecinos agradecían al Cielo la cosecha recolectada.

Ya en la Edad Contemporánea, fueron el rey Fernando VII (1818) y su hija Isabel II (1845) quienes otorgaron mayor esplendor a las ferias de la capital, que modificaron sus fechas de primeros de septiembre por la tercera semana del mes. Y dado que no podía haber jolgorio sin santo protector en esta ciudad tan católica, apostólica y riojana, se fijó el 21 de septiembre como día mayor, festividad de San Mateo, un recaudador de impuestos que acabó siendo patrón de los mercaderes.

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La Historia, en versión del nacionalismo catalán

 

Afirma el hispanista Henry Kamen que «al igual que Franco creó una historia falsa para su España una, grande y libre», quienes «controlan el dinero» en Cataluña llevan años manipulando el pasado para alimentar el afán separatista. Es cierto que los sentimientos –como los miedos– son libres y que cada uno puede ser afecto o no a una causa, a una idea o a una bandera. Sin embargo, cuando esos sentimientos están andamiados en hechos que nunca ocurrieron –o, al menos, no como se cuentan–, o en el odio al vecino, aunque éste siempre se comportara con corrección, la legitimidad pierde peso específico.

El independentismo catalán ha querido vender que en 1714, hace tres siglos, se produjo «un choque entre Estados», cuando el Estado Catalán ni existía entonces ni había existido antes; habla de una «política de terror», cuando en aquella guerra civil la barbarie no fue monopolio de un solo bando; denuncia también «violaciones masivas de mujeres», cuando tal suceso no ocurrió, lo que Kamen califica como «mentiras oficiales».

Arrimando el ascua a su sardina, el separatismo catalán ha querido poner como ejemplo a Escocia –que en un referéndum legal votó por seguir perteneciendo a Reino Unido–, aún a sabiendas de que la historia y la realidad de ambos territorios son diametralmente opuestas. Para empezar, Cataluña gestiona un autogobierno del que ya quisiera haber gozado Edimburgo. En cuanto a la historia, ahí están las bibliotecas o Google sin ir más lejos.

Pese a todo, España tiene un problema con Cataluña que no se resolverá dejándolo que se pudra. Mirar hacia otra parte u ocultar la cabeza en un agujero no hará sino pertimitir que las posturas se radicalicen más y más. Cualquier solución pasa por el diálogo.

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Los Hermanos Maristas de Logroño inician el curso escolar… 1923-1924

 

Comenzaba el curso 1923-1924 en el colegio San José de Logroño, regentado por los Hermanos Maristas. Por aquel entonces, el centro educativo ocupaba el número 9 de la calle del Mercado, actual Portales, y era uno de los más afamados de la capital riojana, justo cuando cumplía las bodas de plata desde su apertura.

Los Hermanos Maristas habían abierto su primer colegio logroñés el 15 de septiembre de 1898 en la calle de la Villanueva –ahora Rodríguez Paterna–; eran cuatro aulas en una casa alquilada en las que, a final de curso, estaban matriculados 130 alumnos de Primera Enseñanza. Sin embargo, como las instalaciones no reunían las condiciones adecuadas, la congregación pronto buscó acomodo en el colegio Nuestra Señora de Valvanera, en la mencionada calle Mercado, que acababa de cerrar sus puertas. Estamos en la primavera de 1901.

Hasta el 21 de noviembre de 1927, el colegio San José permaneció en la calle Portales, fecha en la que abrió sus puertas el edificio proyectado por el arquitecto Agapito del Valle en la entonces calle Zurbano –hoy Calvo Sotelo–, que ha funcionado hasta el año 2007, y cuyo futuro todavía se debate entre la ruina y la ruina.

Publicidad en prensa

Durante las primeras décadas del siglo XX, San José fue ampliando sus instalaciones en la calle del Mercado y su oferta educativa hasta alcanzar los seis cursos de Bachillerato y un distinguido internado. En la prensa local de la provincia, incluido Diario LARIOJA, la publicidad insertada por los Hermanos Maristas no dejaba lugar a dudas a su propuesta docente: «Gabinete-Museo de Física, Química e Historia Natural; capilla espaciosa para las funciones de culto; dormitorio de los internos, grande, cómodo y bien ventilado; y patio de recreo extenso, con magnífico frontón recién restaurado».

Pero, claro está, San José no era el único centro de ‘campanillas’ que reforzaba las asignaturas de Bachillerato para que los alumnos pudieran examinarse con garantías en el Instituto de Enseñanza Media –actual IES Sagasta–. El colegio de San Antonio –laico, pese a su nombre–, sito en la esquina de la plaza Alférez Provisional con la calle Portales, también ofertaba el oro y el moro: «Clases especiales de caligrafía, dibujo, francés, inglés, alemán y árabe».

El colegio San José de la calle del Mercado (Portales), donde estudiaba el alumno que muestra la imagen, siguió abierto como externado de Educación Primaria, para las familias más modestas, bajo el nombre Nuestra Señora de Valvanera. Años después, se construiría un nuevo edificio detrás de Correos, que hasta no hace mucho albergó COU Valvanera.

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¡Qué poco saben estos chavales!

 

Ahora que comienza el curso académico, no estaría de más recordar que el rendimiento de los alumnos españoles de 15 años sigue ligeramente por debajo de la media de los países de la OCDE en Matemáticas, Comprensión Lectora y Ciencias, según el último Informe PISA. En concreto, España tiene 8 puntos menos que la media en Cultura, 5 puntos en Ciencias y 10 en Matemáticas.

No es extraño, pues, que ciertos adultos sigan pontificando –con un rigor científico escalofriante– que los chavales de ahora no saben ni la mitad de lo que ellos estudiaron en la escuela: «Machichaco en Vizcaya, Ajo en Santander, Peñas en Asturias, Estaca de Bares, Ortegal y Finisterre en La Coruña…». ¡Cuánto se aprendía entonces!

Habría que puntualizar que el Informe PISA no es el vademécum de la excelencia educativa, pues deja fuera de su evaluación otras competencias directas y trasversales que son vitales en el aprendizaje del alumno, aunque es evidente que a la enseñanza española todavía le queda mucho margen de mejora.

Dicho esto, si bien los escolares de nuestro país han escalado en las últimas décadas hasta los parámetros medios bajos de la OCDE, ¿qué dejamos para los mayores? Sí, me refiero a esos padres, tíos, abuelos o solteros con y sin compromiso a los que aún se les llena la boca defendiendo la escuela de antaño: «¡Entonces sí que estudiábamos!».

Pues resulta que esos adultos obtienen las peores notas de toda la OCDE en Lectura y Matemáticas, según un reciente estudio, similar al Informe PISA. De hecho, los españoles de edades comprendidas entre los 16 y los 65 años están 21 puntos por debajo de la media de la OCDE y 19 puntos de la Unión Europea. Nada menos que 15 puntor peor que los actuales estudiantes.

Es raro, ¿verdad?, porque con lo que aprendieron…

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Estanislao del Campo, el riojano que plantó cara al golpista Sanjurjo

MARCELINO IZQUIERDO y JOSÉ RAMÓN FRÍAS

 

Hoy, 7 de septiembre, se cumple el 125 aniversario del nacimiento de Estanislao del Campo, cenicerense ilustre al que le tocó vivir sus últimos años en una España difícil y convulsa, entre la II República y la antesala de la Guerra Civil, que sólo su repentina muerte le impidió sufrir. Siendo rector de la Universidad de Sevilla y vicepresidente de la Diputación hispalense, Del Campo plantó cara al golpe de Estado que el general Sanjurjo encendió en la capital andaluza en 1932.

Estanislao Regino del Campo López nació en Cenicero el 7 de septiembre de 1889, hijo de Estanislao y Paula. Tras sus primeros pasos por la escuela de su pueblo, ya becado por la Fundación Bastida, cursó el Bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Logroño (actual IES Sagasta). Con posterioridad, Del Campo se trasladó a Madrid, en cuya Universidad Central cursó estudios de medicina, licenciatura que culminó con premio extraordinario en 1913, obteniendo meses  después el grado de doctor.
En 1914, el galeno cenicerense se presentó a las oposiciones, logrando el número uno de su promoción, lo que le permitió elegir una vacante de profesor de Fisiología en la Facultad de Medicina de Cádiz.

Estudios en París y rector

Pensionado por el Ministerio, Estanislao profundizó en sus estudios en el Instituto Maroy de París y, de regreso a España, con apenas 28 años, obtuvo por oposición la Cátedra de Fisiología de la Universidad de Sevilla.

En 1931, Del Campo se convirtió en el primer rector del campus sevillano elegido por sufragio directo del Claustro y de los órganos académicos. El nuevo rector democratizó las instituciones colegiadas de la universidad (juntas de facultad, junta de gobierno y claustro central), permitiendo su ingreso en los mismos a profesores auxiliares, alumnos y a la primera mujer que formó parte de los órganos de representación de una universidad. Se trataba de María del Rosario Montoya Santamaría, profesora de la Facultad de Ciencias, un ejemplo que no volvería a repetiría hasta casi medio siglo después.

Además de la docencia, Estanislao comenzó una fulgurante carrera política, siendo designado en 1931 vicepresidente de la Comisión Gestora de la Diputación sevillana y concejal del Ayuntamiento de la ciudad, cargos en los que permaneció hasta su fallecimiento en 1934.

 

La ‘Sanjurjada’

Pero el principal acontecimiento que marcó la vida de este riojano ilustre se produjo en 1932. El 10 de junio, el general navarro José Sanjurjo se sublevó en Sevilla contra el Gobierno y declaró el estado de guerra en toda la región andaluza. En la conocida como ‘Sanjurjada’, las tropas golpistas ocuparon los centros neurálgicos de la región, controlaron las comunicaciones y detuvieron a altos cargos, como gobernador civil, alcalde y varios concejales.

Ante esta situación, Estanislao del Campo, vicepresidente de la Diputación, tomó las riendas del poder republicano, en ausencia de su presidente,  y promovió la creación de un Comité de Salud Pública, al más puro estilo revolucionario. Erigiéndose en orientador del pueblo de Sevilla, el rector publicó una proclama en la que conminó a jefes y oficiales del Ejército para que depusieran su actitud, así como a los soldados para que desobedecieran a los que querían llevarlos a un movimiento sedicioso. La asonada militar no triunfó, Sanjurjo fue encarcelado y el prestigio de Del Campo creció en el terreno político.

La actitud del rector ante la ‘Sanjurjada’ fue un gran ejemplo para el republicanismo, si bien nunca alardeó de ello: «No tiene mi proceder nada de extraordinario, he hecho lo que cualquier republicano que se hubiese encontrado en mi caso, cumplir con el más elemental deber de quien desempeña un cargo público, el de defender a la República».
Con tan sólo 44 años, Estanislao del Campo falleció el 4 de enero de 1934 en Sevilla –víctima de una meningitis tuberculosa–, donde fue enterrado con honores académicos.

Impulsor de la cultura y del proyecto de Estatuto de Autonomía andaluz

En las décadas de los años 20 y 30 del siglo XX, Estanislao del Campo destacó en la cultura, la docencia, la intelectualidad y la política. Pese a haber nacido en La Rioja, fue uno de los más fervientes impulsores del proyecto de Estatuto de Autonomía andaluz, colaborando con Blas Infante. El Estatuto, sin embargo, no llegó a entrar en vigor por la reticencia de alguna provincia y, posteriormente, por el estallido de la Guerra Civil.  En 1933, el cenicerense apoyó, junto a otros intelectuales y artistas como Joaquín Romero, Federico García Lorca, Francisco Bamés o Pedro Salinas, la fundación del Conservatorio Estatal de Sevilla. Aquella propuesta de Eduardo Torres y Ernesto Halffter decantó, con el paso de los años, en la actual Escuela Superior de Arte Dramático de Sevilla.

‘Residencia Universitaria Rector Estanislao del Campo’

Durante muchos años, las autoridades nacionales, provinciales y locales se olvidaron de este insigne hijo de Cenicero, hasta que una vez extinta la dictadura franquista, el nuevo Ayuntamiento democrático de Cenicero puso el nombre del Dr. Estanislao del Campo a una de las arterias principales de la ciudad, en concreto la Carretera de Logroño, en el tramo que va desde el puente hasta la Cooperativa Santa Daría. Pero los reconocimientos, si bien demasiadas décadas después, no llegarían tan sólo de La Rioja

La impronta dejada en el mundo académico y en el pueblo sevillano y andaluz por Estanislao del Campo, tras sus 14 años como catedrático y tres como rector, fue relevante y significativa. Así, el 14 de junio del 2007, siendo Miguel Florencio Lora rector de la Universidad de Sevilla, el campus hispalense inauguró su residencia oficial para estudiantes, que bautizó con el nombre de ‘Residencia Universitaria Rector Estanislao del Campo’. La residencia está situada dentro del casco urbano de Sevilla, junto al estadio Benito Villamarín, y cuenta con una amplia oferta de servicios para los estudiantes.

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La trágica historia de los Balcanes se repite en Ucrania

 

El conflicto de la antigua Yugoslavia estalló en el corazón de una Europa que creía haber olvidado el horror en carne propia. Cuatro décadas y media después de sepultar los fantasmas de la II Guerra Mundial, regresaron al Viejo Continente conceptos como limpieza étnica, genocidio y campo de concentración. Fueron muchas las razones que desencadenaron una contienda tan intrincada como la que arrasó los Balcanes entre 1991 y el 2001, y en la que se vieron implicadas repúblicas ‘hermanas’ que, directamente, llevaban décadas de odio enquistado.

Sin embargo, el papel de la Unión Europea –que actuó como detonante al reconocer las independencias de Eslovenia y Croacia de manera precipitada– se tornó aún más lamentable tras su manifiesta incapacidad de frenar la guerra en sus propias fronteras. Mucha de esta responsabilidad habría que achacársela al entonces todopoderoso canciller alemán Helmut Kolh, que prendió la mecha por puros intereses económicos y políticos.

Coqueteando con la idea peregrina de su antecesor político –hoy defenestrado– y correligionario de la CDU, la canciller Angela Merkel lleva tiempo alentando a la UE para monopolizar su influencia en Ucrania. Tras un nuevo aspaviento de voracidad comercial, el Gobierno de Berlín comenzó a saborear el exquisito pastel, hasta ahora en la órbita rusa, sin calcular las consecuencias. Y ya no me refiero al bloqueo de Moscú a la agricultura europea –Bruselas se ha disparado 28 balas en todos y cada uno de sus pies–, sino a la guerra, aunque no esté declarada oficialmente, que crece y crece en Ucrania.

No digo que esa zona de la antigua URSS pueda quedar arrasada por un conflicto tan cruel como el que sufrió los Balcanes en los 90, pero el prólogo de ambos relatos se parece, y mucho.

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