La Rioja

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Hooligans

«El patriotismo es la virtud de los depravados» (Oscar Wilde)

 

Define el diccionario de la RAE el término hooligan como «hincha británico de comportamiento violento y agresivo». Era Edward Hooligan, allá por 1877, un tipo canalla, borrachín y pendenciero, que todos los fines de semana armaba la marimorena – en versión inglesa, claro– en su barrio del sur de Londres, cuando su hígado y su escaso cerebro estaban bañados en cerveza. Fueron tan sonadas sus ‘hazañas bélicas’ que el apellido quedó muy pronto vinculado a cualquier hecho violento que salpicara calles, pubs o parques de la capital británica.

Cuentan también que, al arrancar el siglo XX, una familia irlandesa de apellido Hooligan sembraba el terror en los campos de fútbol londinenses. El padre, la madre y su caterva de retoños se dedicaban a insultar ruidosamente a cuantas aficiones se enfrentaban a los equipos en los que jugaba alguno de los miembros del clan. La franquicia Hooligan, por desgracia, acabó extendiéndose por el planeta y adaptándose a cada lugar con apelativos como ultras, barras bravas, tiffosi o torcidas.

Tras el frenazo que supuso la tragedia de Heysel, que en 1985 dejó 39 muertos y 500 heridos, ha ido reflotando con fuerza de manera intermitente hasta llegar a la actual Eurocopa de Francia. Ingleses y rusos, sobre todo, están dejando un rastro de asquerosa y execrable sinrazón, amparados en un patrioterismo futbolero que, en resumen, no esconde sino una realidad mucho más peligrosa: la intolerancia.

Thomas Mair, asesino de la diputada laborista Jo Cox, no deja de ser un hooligan llevado a la máxima expresión de la crueldad, un intolerante fanático del Brexit que, envuelto en la ‘Union flag’, odia hasta la muerte a quienes no piensan como él.

Pese a todo, el Brexit triunfó respaldado por millones de hooligans, que prefirieron apostar por la cerrazón y el ombliguismo cateto.

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‘Discorso di Logrogno’

 

 

Cuando apenas queda un lustro para conmemorar el V centenario del Sitio de Logroño y el Voto de San Bernabé –del que hoy celebramos su festividad por todo lo alto–, bueno sería recordar cómo el viento fresco del Renacimiento comenzó a soplar en esta zona del valle del Ebro, en los albores del siglo XVI, cambiando el destino de un villorrio medieval alrededor de un puente por el de una próspera ciudad. Diez años antes de la gesta de 1521, el pensador e historiador Francesco Guicciardini  fue nombrado embajador de la República de Florencia en la Corona de Aragón, que entonces gobernaba Fernando el Católico.

La importancia estratégica de la ahora capital riojana, en relación al conflicto que Navarra mantenía con castellanos y aragoneses y que desembocó en la conquista del reino pamplonés, obligó al diplomático italiano a residir en Logroño durante largas temporadas. Seguro que Guicciardini rindió visita a Viana, donde pocos años antes había perdido la vida y estaba enterrado César Borgia, protagonista de ‘El príncipe’ (1513), obra cumbre de su paisano y amigo Nicolás Maquiavelo.

Pero entre los servicios políticos a su república y la curiosidad por el arte y la cultura de la zona, Francesco Guicciardini todavía tuvo tiempo de redactar uno de los muchos ensayos políticos y filosóficos que publicó a lo largo de su vida y que, en honor a la ciudad que le dio cobijo, tituló ‘Discorso di Logrogno’ (1512). Alejado de la vorágine del Cinquecento fiorentino, el entonces joven filósofo pudo juzgar desde la lejanía, y con mayor independencia, los conflictos que afloraban en la ciudad toscana. En su ‘Discorso di Logrogno’, Guicciardini ofrece una visión escéptica y desencantada de la política y de la capacidad humana para intervenir en la realidad. ¿Les suena?

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Cuando Logroño era renacentista

El siglo XVI marcó un antes y un después en la ciudad. La riqueza de los campos riojanos, del vino y de la lana, hizo de Logroño un centro de servicios, de comercio y de exportación con Flandes y propició el desarrollo económico de nobles, hidalgos y burgueses

 

El siglo XVI marcó para Logroño un antes y un después, y no sólo por el sitio de 1521, la victoria sobre las tropas de André de Foix y el voto de San Bernabé. El Fuero de Alfonso VI (1095) y la inercia del Camino de Santiago hicieron posible que la transición entre la Edad Media y el Renacimiento fuera apuntalando la progresiva importancia de un villorrio, que tuvo su origen en el primitivo puente sobre el Ebro, hasta convertirlo en una ciudad próspera y en plena ebullición de ideas, negocios y dinero.

Fue el rey Juan II, padre de Isabel la Católica, quien en 1431 concedió a Logroño el título de ciudad, a los que añadió 13 años más tarde los de ‘Muy Noble y Muy Leal’. No es extraño, pues, que los Reyes Católicos visitaran Logroño en 1492.

«A comienzos del siglo XVI la ciudad estaba sumida en un intenso proceso constructivo que afectó a los grandes edificios religiosos y a la arquitectura civil. La ampliación de las murallas iniciadas en 1498 permitió a los vecinos ocupar rápidamente los nuevos espacios abiertos con bodegas o casas, más o menos humildes, pero que consiguieron dotar a Logroño de un desarrollo y unas dimensiones tales, que no fueron superadas hasta que en el siglo XIX se procedió al derribo de las defensas», explica María Teresa Álvarez Clavijo, doctora en Historia y gran experta en La Rioja del siglo XVI.

Partiendo de la base de que todavía falta mucho por investigar y aún más por excavar y analizar, no es fácil saber cómo era, exactamente, la vida cotidiana del Logroño renacentista, aunque sí podemos hacernos una idea bastante aproximada.

 

 

La muralla defensiva

Antes de 1521, el casco urbano estaba protegido por una muralla, que por el norte miraba al Ebro en paralelo al río, unos metros más allá de la Rúa Vieja. El castillo, con su torreón, resguardaba el puente de piedra. Las defensas continuaban por la avenida de Viana hasta doblar hacia el sur. Si hasta hace pocas décadas se pensaba que la muralla transcurría por la actual avenida de Navarra, investigaciones posteriores sitúan su paseo de ronda a la altura de la calle Ochavo. En un giro de casi 90 grados, las defensas proseguían su perímetro (de ahí su nombre) por los muros de Cervantes, del Carmen y muro de la Mata, se prolongaban por Bretón de los Herreros y regresaban de nuevo hacia el norte, a la altura del final de la calle Laurel, por una rúa denominada Terrazas y que hoy correspondería a la travesía de Laurel. No sería hasta después del año 1522 cuando el contorno de las murallas comenzaría a ampliarse hasta el Revellín, donde se levantarían la puerta de Carlos V y el Cubo, zona en la que hoy se representa el sitio contra los franceses.

Dado que la villa medieval tuvo su razón de ser en el Ebro, no es extraño que su estructura urbana haya quedado para siempre vinculada a su cauce. Si el primer caserío brotó en la misma orilla, con el paso del tiempo sus calles más importantes fueron alejándose del río en paralelo, siempre mirando al sur, incluso en el siglo XXI: San Gregorio, Rúa Vieja, Mayor, Herrerías, Portales, Espolón, Gran Vía, Duques de Nájera o, ahora, los barrios de más allá de la circunvalación. En pleno Renacimiento, la calle Mayor estaba dividida en tres tramos, de este a oeste, denominados La Costanilla, La Losada y Rúa de las Tiendas, mientras que la calle Herrerías comenzaba a reivindicarse con notables edificios levantados por familias y apellidos ilustres, como los Tejada (Monesterio) o los Anguiano (Taberna de Herrerías).

«La calle Portales era conocida como la Herbentia y convergía en su extremo este en la puerta Nueva de la muralla, junto a la casa que levantaron los Jiménez de Enciso, conocido como el palacio de los Chapiteles. Además, allí se enclavaban algunas de las construcciones de mayor relevancia, como la iglesia de Santa María de la Redonda. Junto a su cabecera se instalaría el ayuntamiento (Juan Lobo), al menos desde la segunda mitad de la centuria y, al oeste del edificio eclesiástico una gran plaza desde 1572, en la que se pretendieron celebrar festejos y desfiles militares, además del mercado, función ésta que terminó por prevalecer sobre las demás», argumenta la doctora Álvarez Clavijo.

 

 

Vivienda y sepulcro

La abundancia de los campos riojanos, sobre todo el vino y la lana, permitió a Logroño convertirse en el centro neurálgico de servicios, comercio y exportación a Flandes de esta zona del valle del Ebro. Las gentes más adineradas levantaban primero sus casonas, no exentas del lujo y la cultura inherentes al Renacimiento, y buscaban después un lugar sagrado en el que descansar para siempre. Eso propició la construcción de nuevos templos y monasterios, así como la ampliación de iglesias medievales para poder habilitar en ellas capillas y panteones.

La ebullición económica atrajo a cientos de familias en busca de sustento, lo que pobló la ciudad de colonos, comerciantes, impresores, canteros, herreros, sastres, artesanos y un buen número de aprendices. Si bien no se ha hallado una documentación que corrobore los datos exactos, se calcula que Logroño pudo rondar los 8.000 habitantes a finales del siglo XVI, casi el doble que en la centuria anterior, a pesar de que las epidemias de peste diezmaron el vecindario en 1519, en 1564 y en 1599. Al arrancar el siglo XVII, la ciudad estaba más que consolidada, con el inequívoco respaldo de Casa Austria y la puesta en marcha del Tribunal de la Inquisición en 1570, que tendría su momento cumbre en noviembre de 1610 con el Auto de fe contra las brujas de Zugarramurdi.

 

 

Visitas reales, imperiales y papales

Si la visita de Isabel y Fernando el mismo año del descubrimiento de América fue importante para Logroño, el respaldo del joven emperador Carlos V y la Casa de Austria fue vital para las décadas venideras del siglo XVI. El monarca flamenco entró en la ciudad el 13 de febrero de 1520 y juró sus fueros ante el altar mayor de la parroquia de Santa María de Palacio. Tras la gesta del sitio y victoria sobre los franceses, regresaría el rey Carlos en 1523 para agradecer la fidelidad y valentía de los logroñeses. Incluso el papa Adriano VI disfrutó de la ciudad en aquellos años (1522), visitando Palacio, La Redonda, San Gil y la iglesia de Varea

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Fuenmayor y la rojigualda

 

Fue Antonio Valdés y Fernández-Bazán un riojano atípico, sobre todo porque nació en Burgos capital, aunque Fuenmayor lo tenga en su acervo histórico como hijo adoptivo y él mismo «siempre se consideró hijo de Fuenmayor».

Ministro de Marina y capitán general de la Armada durante el reinado de Carlos III, bajo su mandato nacieron expediciones científicas tan destacadas como la de Antonio de Córdoba al estrecho de Magallanes, la de Alejandro Malaspina con las corbetas Descubierta y Atrevida, así como la de Cosme Damián Churruca al frente de los bergantines Descubridor y Vigilante.

Pese a una vida dinámica e itinerante, siempre guardó Valdés un fuerte vínculo con La Rioja, no en vano su madre pertenecía a la familia Fernández-Bazán, una de las más hacendadas de la villa fuenmayorense. Una estatua, obra de Dalmati y Narvaiza, recuerda su figura en el centro del pueblo. Sin embargo, pese a los notables méritos que atesora, su nombre no aparece en los callejeros de la comunidad autónoma, todavía trufados de reminiscencias franquistas o de ilustres desconocidos.

Y no será por falta de patriotismo. Porque Valdés y Fernández-Bazán es, por decirlo así, el «inventor» de la rojigualda. Sucedió que Carlos III ordenó al riojano de adopción cambiar el distintivo blanco de los Borbones en los barcos de la Marina para diferenciarlo del usado por la armada francesa, bajo la misma dinastía. A imagen del antiguo reino de Aragón, surgió un estandarte –con dos listas rojas y una tercera amarilla de doble ancho entre ambas–, que lució desde entonces en los buques de guerra. La rojigualda terminaría convirtiéndose en la enseña nacional, aunque no fue oficializada hasta 1843.

Por cierto, este año se cumplen dos siglos de la muerte de Antonio Valdés y Fernández-Bazán en 1816. A ver si alguien se acuerda.

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La farola paranormal

 

Hace varios meses que comenzó a inquietarme una de las farolas que ilumina –por decir algo– mi itinerario de regreso a casa. Cuando salía de mi trabajo, ya de madrugada, caminaba entre penumbras por la única acera de la calle de la Vía, tratando de sortear los pivotes metálicos allí colocados por el Ayuntamiento para que ningún vehículo pueda aparcar a dos ruedas.

Una noche, al pasar junto a una de las farolas de brazo adosadas al grupo de viviendas Virgen de la Esperanza, su luz dejó de iluminar. No le di importancia al principio, acostumbrado al tenebrismo cotidiano, pero el prodigio se manifestaba madrugada tras madrugada. Llegar a la altura de la maldita luminaria y perder ésta su fulgor era todo uno. Mientras ascendía la rampa que desemboca en República Argentina, observaba de reojo por si la bombilla seguía apagada y, ante mi asombro, la claridad regresaba en todo su esplendor. Llegó a tal punto mi mosqueo que pensé en poner en conocimiento de Iker Jiménez y su ‘Cuarto Milenio’ un fenómeno tan paranormal… hasta que en uno de estos paseos me detuve durante unos minutos.

Comprobé entonces que la lámpara no lanzaba ningún mensaje encriptado, sino que la bombilla se encendía y se apagaba a ritmo de avería. Simplemente.

El pasado lunes, viendo que la farola había dejado de parpadear, supuse que los técnicos municipales habían reparado la instalación. «Por fin», pensé. Sin embargo, al llegar a República Argentina lo comprendí. Todas las luces del barrio refulgían como el sol, hasta aquella lámpara de la calle Najerilla, que parecía condenada a las tinieblas del averno.

Y es que volvemos a estar en campaña electoral, y eso se nota en la iluminación, en la limpieza y hasta en la amabilidad de los políticos, aunque sean locales.

PD. Dos semanas después, la farola ha vuelto a fallar. Por el momento, el resto de la luminaria del barrio sigue fiel a los principios fundamentales de la propaganda electoral, pero la lámpara de marras ha salido rebelde.

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Un submarino para Logroño

 

Fue Cosme García uno de esos héroes del Romanticismo que pasó por el mundo sembrando ingenio y cosechando desengaños. Ni tuvo suerte mientras deambuló por el convulso siglo XIX español ni gloria cuando dejó de sufrir, con 55 años, en 1874. Así definía un periódico local a este insigne riojano: «Don Cosme García era un logroñés neto, hombre franco, alegre, de gran talento natural, músico, aventurero, ingenioso: sabía de todo, valía para todo y atravesaba la vida derramando ideas, ratos de placer, y sin conseguir una posición ni dinero».

Pese a haber sido el inventor del primer submarino español que navegó bajo las aguas –y ahí están las patentes y las actas oficiales para corroborarlo–, durante décadas fueron Nacis Monturiol e Isaac Peral quieres disfrutaron de los laureles del éxito. Incluso en su tierra sigue siendo Cosme García ese perfecto desconocido que da nombre a un instituto. Ni calle tiene en su ciudad natal, como otros tantos prohombres de esta tierra tan ingrata.

Hace tiempo que inquietos paisanos de don Cosme persiguen un sueño hasta ahora imposible: que Logroño luzca en su patrimonio escultórico la reproducción del ‘Garcibuzo’, que así fue bautizado el ingenio. Proyecto los ha habido, y presupuestos incluso, pero todo quedó siempre en agua de borrajas. No es de justicia que mientras Cartagena encumbra a Peral y Figueras a Monturiol, la capital de La Rioja siga mirando para otro lado.

La idea surgió esta semana, en el ‘III Ciclo de riojanos y hechos ilustres a través de la historia y el arte’ celebrado en el Ateneo, y partió de Joaquín Gómara, expresidente de Amigos de La Rioja: abrir una suscripción popular –a la que están invitadas instituciones públicas y entidades privadas– que sufrague la réplica del primer submarino español.

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