La Rioja

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¡Que viene el lobo!

 

Érase una vez un pastor que cuidaba el rebaño en los alrededores de su aldea. Aburrido de contemplar a sus ovejas, un día sí y otro también, buscó divertimento en la broma. «¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!», gritó con todas sus fuerzas, hasta que los vecinos llegaron al prado con la lengua fuera. «Ja, ja, ja, habéis caído como alevines», se mofó el pastor. Y como la chanza le hizo gracia, la repitió cuantas veces le vino en gana, con idéntico resultado: campesinos asustados yendo y viniendo a la carrera. Una mañana, sin embargo, el lobo atacó al ganado por sorpresa. El pastor se desgañitó hasta quedarse afónico: «¡Que viene el lobo! ¡El loboooo! ¡En serio, que viene el lobo!». Pero como los aldeanos estaban ya cansados de las alharacas del paisano, nadie acudió en su ayuda y el lobo pudo zamparse cuantas ovejas quiso.

Moraleja: «A un mentiroso no se le cree ni cuando dice la verdad».

¿Que a cuento de qué viene esta fábula de Esopo? Muy sencillo. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, se ha sacado un triple de la chistera con el que pretende ‘desreformar’ la Constitución o, lo que es igual, dejar como estaba el artículo 135 de la Carta Magna antes de que el expresidente Zapatero pactara con Rajoy la supeditación absoluta del país al ‘rey mercado’.

Es curioso porque, cuando está en la oposición, el PSOE siempre se rasga las vestiduras y clama por denunciar el Concordato, por eliminar los recortes sociales, por no plegarse a los sinsentidos de Bruselas, por abjurar del capital… Pero cuando el Partido Socialista tiene el mando, cuando vuelve a tocar poder, si te he visto no me acuerdo. Una cosa es tener sentido de Estado y otra muy distinta hacer tabla rasa de sus señas de identidad.

Me temo que a los socialistas, después de mentar tantas veces el nombre del lobo en vano, les suceda igual que al pastor de Esopo.

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El Auto de fe de Logroño, en el British Museum de Londres

 

Bajo el título ‘Witches and wicked bodies’ (brujas y seres diabólicos), el prestigioso British Museum de Londres recorre la importancia que las brujas y la brujería atesoran en la Historia del Arte, desde la cerámica clásica de la Antigua Grecia, pasando por el Renacimiento, hasta los estertores del siglo XIX. Dibujos y grabados de Durero, Delacroix, Burne-Jones, Jan van der Velde o Dante Gabriel Rossetti se unen a los que Francisco de Goya inmortalizó en su época mas negra, y en el que las brujas de Zugarramurdi y el Auto de fe de Logroño del año 1610 acaparan el protagonismo.

La muestra, que puede contemplarse en la capital británica hasta el próximo 11 de enero, está andamiada en el núcleo principal de la exposición que se desarrolló hasta octubre pasado en la Scottish National Gallery of Modern Art de Edimburgo, capital de Escocia.

Y es que Goya abordó el universo de las brujas con un estilo único e inimitable, preñado de seres grotescos –sobre todo mujeres–, de una variopinta mitología macabra y de actos horrendos contra niños y animales; sin embargo, sus obras emanan una desconcertante hermosura.

Por que, además de plasmar tanto el mundo de la brujería como la desaforada represión del Santo Oficio, el maestro aragonés emboscó en sus grabados una crítica mordaz contra los problemas políticos, religiosos o sociales que le tocó sufrir, a caballo entre los siglos XVIII y XIX.

En el grabado ‘Hilan delgado’, número 44 de la serie ‘Los caprichos’ (1799), tres viejas alcahuetas están tejiendo con un huso –una de ellas porta una escoba–, mientras una urdimbre de bebes asoma al fondo, tal vez los niños que han ayudado a abortar. El pintor de Fuendetodos relata de forma subliminal un mensaje que, según el profesor Edith Helman, se resume así: «Hilan delgado, y la trama que urden, ni el diablo la podrá deshacer».

Goya y Fernández de Moratín

La exposición londinense cuelga también ‘Escena de brujería’, pluma y tinta con acuarela que, aunque lleva la firma de ‘Goya’, está atribuida a Luis Paret y Alcázar (c. 1780).

Y es que en éstas y en otras muchas obras de Francisco de Goya y Lucientes sobre las brujas y la Inquisición sobrevuela del Auto de fe de Logroño (1610).

Según Julio Caro Baroja, la lectura de la ‘Relación del auto de fe de Logroño…’ -Publicada por Mongastón, en la capital riojana (1611)-, y cuya edición critica fue publicada por Leandro Fernández de Moratín en 1811, influyó de modo decisivo en las pinturas negras del genio aragonés.

Siempre se ha alegado que ‘Los caprichos’ goyescos se realizaron una década antes que la edición de Moratín, pero, ante la evidente similitud entre la obra del intelectual ilustrado madrileño y los dibujos del pintor aragonés, Helman –al igual que Caro– sostiene que «Moratín le habría dejado a Goya su comentario con el texto del auto cuando el pintor terminaba sus últimas estampas para la colección de los Caprichos».

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Navarros y riojanos, primos hermanos

 

L a Región riojana es uno de los Estados soberanos de la Federación Española. La soberanía reside en el pueblo, del cual emanan todos los poderes. El pueblo se compone del conjunto de los ciudadanos», proclamaba el título I de la Constitución Republicana Federal del Estado Riojano, que vio la luz en Haro el 23 de abril de 1883.

El historiador Francisco Bermejo presentó el jueves en Logroño la edición facsímil de esta singular Carta Magna –que incluye todo su articulado tal y como salió de la imprenta–, cuyo texto ya ha cumplido 130 años de existencia. Edita así Bermejo la segunda entrega de su ‘Colección Documentos Riojanos’, que arrancó en junio pasado con los ‘Escritos de Santa Coloma’, germen del provincialismo riojano allá por 1812.

Sin embargo, pese a la lejanía en el tiempo, aquella Constitución riojana –que nunca fue aprobada por parlamento ni ejecutivo alguno– emanaba, como la de 1978, un espíritu abierto que hoy, en pleno siglo XXI, se está desvaneciendo a marchas forzadas. Y si no, lean, lean: «Todos los ciudadanos son iguales ante la ley. No existirá en el Estado (Riojano) ningún privilegio de lugar, de nacimiento, de persona, de riqueza, ni de familia» (Artículo 9), equidad que era refrendada en el Artículo 26: «Españoles y extranjeros gozarán de los mismos derechos».

Pero quizá el párrafo más chocante de esta Constitución Republicana es el que acredita el carnet de ciudadanía: «(Son riojanos) todos los nacidos, dentro o fuera de La Rioja, de padres riojanos, que no hayan acreditado su voluntad de serlo de cualquier otro Estado de la Federación Española, o de un país extranjero. Los españoles que lleven un año de residencia en territorio riojano, los extranjeros que cuenten tres y los navarros por razones de reciprocidad».

Así que navarros y riojanos, primos hermanos… Vivir para ver.

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¿Que 55.000 euros no son nada? ¿Señora Mato?

 

De la trama Gürtel que salpicó a Ana Mato y que ha desembocado –ébola de por medio– en su dimisión, ya escribí en este mismo Crisol el artículo ‘Yo, por la pasta, ¡Mato!’. Año y medio después, de las muchas frases que estos últimos días ha suscitado el cese en diferido de la ministra de Sanidad, hay dos que me han llamado poderosamente la atención.

La primera la pronunció Mariano Rajoy en el debate que sobre regeneración política -permítanme que esboce una sonrisa- celebró el Congreso. El presidente del Gobierno de España remarcó que, según el auto del juez Ruz, Ana Mato figura como participe a título lucrativo en el caso Gürtel y, por tanto, «queda fuera de toda duda» que «ignoraba la comisión de tales delitos».

Pero, vamos a ver: ¿Es que Ana Mato no era capaz de preguntarse de dónde salían los viajes exclusivos que ella misma disfrutaba, los bolsos de Louis Vuitton o quién pagó los fiestones –con 4.680 euros de confeti incluidos– de sus hijos? ¿Ni tan si quiera vio el Jaguar S. Type 4.0 V8 aparcado en su garaje?

¡Que mide casi cinco metros de largo, carajo!

Si es verdad que Mato no se enteraba de nada, ni de la aparición de ‘un pedazo de buga’ de lujo en su aparcamiento, ¿cómo pudo ser nombrada ministra?

La otra frase procede de nuestro presidente autonómico, para quien el gesto de Mato le «honra, sin haber cometido ningún delito», ya que dimitió «simplemente por las manifestaciones que hace el juez de considerar que ha podido beneficiarse de una cantidad, que tampoco es excesiva de 55.000 euros, sin que conociera la procedencia».

¿Que no son excesivos 55.000 euros? ¡Ni aunque hubieran sido mil! Desde luego, a un receptor del salario mínimo interprofesional le harían falta casi siete años de su trabajo para poder reunir esta cantidad «tan poco excesiva».

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La Rioja tiene un himno

 

Nació en Zarratón, un pequeño pueblo de La Rioja Alta, el 2 de diciembre de 1909, y murió en Logroño, todavía joven, hace ahora 45 años. Se llamaba Eliseo Pinedo López. A algunos, este nombre sólo les sonará a una calle de la capital, pero lo que muchos no saben es que Eliseo Pinedo fue el compositor del ‘Himno de La Rioja’.

Y fue en Zarratón –topónimo cuya etimología parte del sustantivo castellano cerro y no del zarra euskera (Çerratón se escribía en la Edad Media)– donde tuvo el primer maestro; su padre, Pedro Pinedo, creó una escuela de música en su propia casa, de la que nació una orquesta de cuerda. 

La partitura volvió a llamar a la puerta del niño Eliseo, cuya familia trasladó su residencia a Haro y en la capital jarrera estudió con el organista de la parroquia de Santo Tomas, otra de las joyas olvidadas de esta tierra. En Madrid obtuvo de manera brillante el título de compositor en el Real Conservatorio Superior de Música y, de regreso a La Rioja, en cuerpo y alma se dedicó a la composición, a la enseñanza y a la investigación del folclore regional.

Febril carrera la suya. Fue director de la Banda de Música y del Orfeón de Tudela, de la Coral A.R.P.A. de Haro, de la Banda de la Diputación de Logroño, fundador de la Orquesta de cámara ORIA e impulsor de la Academia de música, que sería germen del Conservatorio de Música de La Rioja.

Además de componer zarzuelas, pasodobles, pasacalles o piezas clásicas de reminiscencia popular, en el verano de 1965 alumbró la obra que dos décadas después sería oficializado como ‘Himno de La Rioja’. Y es que la música de Pinedo une a los riojanos bajo una melodía que salió de su corazón.

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El gasto secreto de sus señorías

 

A mi primo Ernesto, a punto de hundir la cuchara en un apetitoso plato de lentejas con chorizo, le dio un vuelco el corazón cuando el timbre de su casa resonó dos veces. Con el paladar ensalivado como un perro Pávlov cualquiera, abrió la puerta. Era el cartero blandiendo un certificado con el siguiente membrete: ‘Agencia Tributaria’. Nuevo vuelco al corazón, más violento si cabe sobre todo por ser autónomo. Con manos temblorosas, mi pariente rasgó el sobre y extrajo una requisitoria que le conminaba a explicar ciertas «operaciones con terceros no declaradas».

Atribulado, mi primo tuvo el impulso de telefonear a Hacienda, pero el reloj ya pasaba de las dos de la tarde y, siendo viernes, no hallaría respuesta a su desazón hasta la semana siguiente. Su cabeza caviló y caviló hasta rozar el miedo, que –como es sabido– va por libre, aunque no halló la causa del inquietante requerimiento fiscal.

Ernesto se presentó el lunes, con la untada, en la Agencia Tributaria y allí supo que Hacienda había detectado un pago sin declarar superior a 3.000 euros. Cuando le facilitaron la razón social del supuesto proveedor, cayó en la cuenta: la maldita factura correspondía a la reforma de su cocina, obras que no guardaban ningún vínculo con su actividad laboral. «Como usted es autónomo, a los ordenadores que cotejan las facturas se les enciende la luz cuando detectan un pago sin su correspondiente contraprestación. No se preocupe, que en un pispás lo solucionamos», le explicó la funcionaria de turno.

Y mi primo Ernesto todavía se está preguntando cómo es posible que la Administración hile tan fino con los asfixiados autónomos y demás españolitos mortales y, sin embargo, sea incapaz de esclarecer en qué gastan diputados y senadores –a veces de manera poco honesta– los dineros que todos pagamos de nuestro bolsillo.

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