La Rioja

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¡Qué bien huele el amoniaco! O algo huele a podrido en España

 

Los estudiantes no podían disimular su nerviosismo. Era la primera vez que el profesor de Química había elegido el laboratorio del instituto para realizar su examen. Sentada en círculo alrededor de las mesas atestadas de probetas, tubos de ensayo y serpentines, la clase guardó silencio cuando don Evaristo –conocido por los chavales como ‘Evaristo que te han visto’– llamó al primer alumno por orden alfabético. Al tercero que le tocaba el turno era Marino Barco del Río, ‘Grumete’ para los amigos.

–A ver, señor Barco, dígame algo sobre el amoniaco.

‘Grumete’ se rascó la mollera y, con el tartamudeo de quien no tiene ni idea, balbuceó:

–Pues el amoniaco es una cosa…

–¿Una cosa? –Don Evaristo enarcó las cejas–. ¡Será un líquido!

–Bueno, sí. Es un líquido… que moja, es de color transparente y, además, huele muy bien –el examinado se creció en banderillas.

–¿¡Que huele muy bien!? –aulló el docente–. A ver, Del Cura, traiga el frasco del amoniaco.

Rosario del Cura, ‘sor Charito’ la motejaban, entregó el recipiente a su compañero. Con parsimonia, Marino extrajo el tapón de cristal, olisqueó los efluvios del NH3 y, con chulería, se reafirmó:

Pues a mí me huele muy bien.

También les huelen de maravilla a Rato y a Blesa los enjuagues de Caja Madrid y Bankia, y ya no digamos al clan Pujol los múltiples chanchullos que les salpica, tanto en el ‘Estado opresor’ como en variopintos paraísos fiscales. Tampoco le olía raro a Ana Mato ver aparcado un Jaguar de casi cinco metros de largo en la plaza de garaje de su entonces marido. ¿Y qué decir de Rajoy? Al presidente nada le huele mal. Ni huele ni recuerda. ¿Cómo es posible que haya olvidado los nombres de su amigo Rato –«esa persona de la usted habla»–, del tesorero Bárcenas –«Luis, sé fuerte»»–, de ‘Paco’ Camps, de Jaume Matas, de…?

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Ni ilustres ni conocidos dan nombre a las calles de Logroño

 

Recorriendo el casco urbano de Logroño, el paseante avezado puede observar la cantidad de calles que el Ayuntamiento sigue dedicando a perfectos desconocidos y, todavía, a un buen número de golpistas que llevan engrosando el callejero local desde los oscuros tiempos del Régimen.

La calle de Primo de Rivera, don Miguel, está dedicada a un dictador que detentó el poder siete años tras alzarse en armas contra el Gobierno. Víctor Pradera fue un político carlista fusilado en Pamplona, sin ningún vínculo con La Rioja. El general Sanjurgo murió en un accidente aéreo dos días después del 18 de julio cuando volaba a Burgos para asumir el mando del Golpe de Estado. Antonio Sagastuy, requeté y concejal sedicioso logroñés, tuvo la mala suerte de ser uno de los primeros caídos en combate del bando franquista. El mérito de Jorge Vigón es haber sido el ministro de Franco que inauguró la estación del tren en 1958. Y así seguiríamos con Yagüe, Martín Ballestero, Calvo Sotelo, Capitán Cortés…

Mientras tanto, hay decenas de logroñeses y riojanos ilustres que, sin embargo, no gozan de tal privilegio, y eso que lo merecen mil veces más. Veamos: el retórico Marco Fabio Quintiliano, Santa Oria, Santo Domingo de Silos, el filósofo jesuita Rodrigo de Arriaga, el músico García Fajer ‘el Españoleto’, el historiador Martín Fernández de Navarrete, el político Manuel García Herreros, el militar Martín Zurbano, el compositor Pedro Albéniz, el general Domingo Dulce, el científico Mariano de la Paz Graells, San Ezequiel Moreno, el pedagogo Manuel Bartolomé Cossío, el compositor Santiago Lope, la cantante Lucrecia Arana, el matemático Sixto Cámara, el violinista Celso Díaz, el cabo Suceso Terrero…

Recorran Pamplona, Zaragoza o Palencia, y se darán cuenta de que allí no olvidan a sus hijos.

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La gesta de los ‘Urbanos’ de Cenicero contra Zumalacárregui cumple 180 años

 

Hace 180 años Cenicero sufrió, valga la paradoja, una de las páginas más gloriosas de su historia. Fue durante la I Guerra Carlista, cuando las milicias liberales que combatían el carlismo, conocidas como ‘Urbanos’ defendieron la torre de la iglesia de la localidad frente a las tropas de Zumalacárregui. Y no sólo salvaron Cenicero de las garras absolutistas sino que, además, consiguieron que el general en jefe del ejército carlista volviera a cruzar el Ebro buscando otros objetivos en las tierras del norte.

Podríamos describir los sucesos que ocurrieron en la ahora ciudad riojalteña, los días 21 y 22 de octubre de 1834, cuando los leales de Carlos María Isidro –hermano de Fernando VII y pretendiente al trono de la reina-niña Isabel II– asediaron la torre de la iglesia parroquial de San Martín. Sin embargo merece la pena leer la crónica que para la historia dejó Manuel Olarte Caballero, comandante de los milicianos:

“La Milicia Urbana de Cenicero, de unos 40 hombres, resistió bizarramente durante 26 horas seguidas a las tropas de Zumalacárregui, de unos 5.000 soldados. Hubo escenas patéticas. Los carlistas obligaron a Doña Benita Hernáez, que tenía dos hijos encerrados en la iglesia, para que les intimidase a la rendición obteniendo a cambio perdón; doña Benita les conminó a resistir con estas palabras: “Hijos míos: me obligan a que os diga que entreguéis las armas, pero yo os aconsejo que os defendáis hasta el último aliento; y si me traen por delante con vuestras hermanas, matadnos antes que rendiros”. Sus hijos conmovidos la obligaron a encerrarse con ellos. Los Urbanos de Cenicero, con solamente 1.800 cartuchos, resistieron desde las once de la mañana hasta el anochecer del día 21 en la puerta de la iglesia, con algunos agujeros como troneras. Zumalacárregui tomó el fortín por la noche, obligando a los urbanos a encerrarse en la Iglesia formando otro débil parapeto, desde dónde siguieron contestando con cartuchos y tejas durante toda la noche. Zumalacárregui hastiado de sus infructuosos resultados decide dar fuego a la iglesia quemando altares, órgano, imágenes etc. utilizando para avivar el fuego mobiliario de las casas de Cenicero. Tratando de endurecer los efectos del fuego echaron en él cuanto pimiento molido y sin moler había en el pueblo. No murió ni uno solo de los encerrados en la torre, único lugar que se salvó de las llamas gracias a un aire castellano que inclina las llamas a la parte opuesta de la torre. El balance de las fuerzas carlistas fue de unos 60 muertos y más de 80 heridos. A las once del día 22, tras 26 horas de lucha, Zumalacárregui abandona Cenicero ante el temor de la llegada de auxilio, diciendo: “Bien merecen esos valientes ser premiados, si cosa mía fuera, no echaría en olvido su heroísmo”».

Tal fue la repercusión de la gesta que la propia reina otorgó a los valientes defensoras otras tantas medallas de oro en forma de estrella y a los doce más distinguidos, la cruz individual de Isabel II. Para aliviar a los urbanos cenicerenses, cuyas casas habían sido saqueadas por las huestes de Zumalacárregui. Se abrió una suscripción suscrición en toda España y parte del extranjero.

 

La Estatua de la Libertad

En homenaje de los defensores Urbanos, cuyo 180 aniversario es recordado por los vecinos de la ‘ciudad muy humanitaria’ -título que conquistaría por el heroico comportamiento de sus vecinos en el accidente ferroviario de 1903-, Cenicero cuenta con dos monumentos de los que está muy orgullo.

La Estatua de la Libertad es una figura realizada a escala de la Frédéric Auguste Bartholdi proyectó en Nueva Cork; fue erigida en el año 1897 y en ella están grabados los 71 nombres de los defensores de la torre. Obra del escultor Niceto Cárcamo, la ‘Libertad’ cenicerense fue fundida en Barcelona y costeada por las aportaciones populares, en las que tuvo mucho que ver la familia liberal que por aquél entonces encabezaba Práxedes Mateo Sagasta. En 1936, nada más estallar la Guerra Civil, el monumento fue retirado y ‘encarcelado’ durante toda la dictadura, hasta que en el año 1976 el Ayuntamiento la reinstaurada en la plaza de Cantabrana sobre un nuevo pedestal esculpido por el tándem Dalmati-Narvaiza.

El segundo de los monumentos es un bajorrelieve levantado en uno de los laterales de la parroquia de San Martín, también obra de Dalmati y Narvaiza, inaugurado en 1984 con motivo del 150 aniversario de los ‘Hechos de La Torre’.

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Santa María la Real de Nájera, el monasterio que rescató Garrán

Santa María la Real cumple mañana 125 años de su declaración como monumento histórico-artístico

 Cuenta la leyenda que estando de caza el rey Don García, se adentró su halcón en una cueva mientras perseguía una paloma. Cuando el monarca najerino accedió al interior, descubrió con asombro que el halcón y la paloma flanqueaban una imagen de la virgen, iluminada por una vela y con una jarra de azucenas a sus pies. Este milagro empujó a García Sánchez III de Navarra a fundar en su ciudad el monasterio de Santa María la Real, cuyo templo sería consagrado el 12 de diciembre del 1052.

Si este prodigio fue la génesis del monasterio, puede decirse que Santa María la Real volvió a nacer el 17 de octubre de 1889, fecha en la que fue declarado monumento del patrimonio histórico-artístico de España. Con motivo del 125 aniversario de la efeméride, la Asociación Filatélica, Numismática y de Coleccionismo de Nájera y comarca (ACONA) presentó un sello conmemorativo en el Claustro de los Caballeros del monasterio.

Un siglo negro

Desde su fundación y hasta los albores del siglo XIX, Santa María la Real mantuvo un convivencia normal hasta la Guerra de la Independencia, bajo la custodia de los monjes cluniacenses. Los combates y el expolio de fuerzas invasoras y patriotas diezmaron el patrimonio mueble e inmueble del monasterio, que sufrió su siglo más negro. Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, las Guerras Carlistas, la indiferencia de las autoridades, expolios varios, la venta de objetos religiosos por parte de la jerarquía eclesiástica y del propio clero y otros desastres y accidentes dejaron la joya najerina al borde del abismo.

 

 

Por suerte, junto a las buenas intenciones de la Comisión de Monumentos de La Rioja, el historiador local Constantino Garrán preparó en 1885 un riguroso informe, que convenció al Gobierno –presidido por el camerano Práxedes Mateo Sagasta– para que, a través de una Real Orden, declarara el monasterio monumento nacional, a lo que también contribuyó la llegada de los padres Franciscanos en 1886.

Abogado, académico, bibliotecario y archivero, Garrán mantuvo su contumaz beligencia en defensa de Santa María la Real y, así, en 1892 publicó la obra ‘El Real Monasterio de Santa María la Real de Nájera’.

Y ya en el siglo XX, Constantino Garrán escribió en LARIOJA varios artículos en los que seguía denunciando los desmanes patrimoniales que proliferaban en Nájera.
Llegados su últimos días, el erudito pidió ser enterrado en el Claustro de los Caballeros, pero se le negó.

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De la calle de la Imprenta a la plaza Martínez Zaporta

 

Cien años contemplan la plaza de la Imprenta –actual Martínez Zaporta–, cuyos vecinos celebran durante estos días la efeméride con un nutrido programa de actos lúdicos. El 31 de octubre de 1912, Francisco Martínez Zaporta –primogénito de Facundo, fundador del periódico LARIOJA– solicitó al Ayuntamiento de Logroño la construcción de «una casa y un salón teatro» en las calles de la Imprenta y Marqués de San Nicolás, sobre los planos realizados por el arquitecto Quintín Bello. Don Facundo había muerto un año antes.

La familia Zaporta, que desde 1889 regentaba LA RIOJA, llevaba años buscando nuevas instalaciones para el diario, después de haberlo fundado en la Casa del Correo –donde hoy está el Ateneo Riojano– y, un año después, trasladarlo a la calle Sagasta.

El ambicioso proyecto contemplaba la nueva sede del periódico –oficinas, redacción y talleres–, viviendas, bajos comerciales, un café y un teatro que, en principio, iba a llamarse ‘Gran Teatro Zaporta’. Y es que la familia Martínez Zaporta era tan aficionada al mundo de la escena que, desde su vivienda, accedía a los palcos del que acabaría llamándose Moderno a través de un pasadizo.

De hecho, un año antes de la inauguración de la plaza y del edificio en su conjunto, ya levantó el telón el Teatro Moderno con la  la obra ‘La noche del sábado’, de Jacinto Benavente, representada por la compañía de Francisco Fuentes. Fue el 18 de septiembre de 1913, aprovechando las fiestas de la vendimia riojana.

Al año siguiente, el periódico LARIOJA se trasladó desde la cercana calle Sagasta hasta la recién creada plaza de la Imprenta e, incluso, inauguró una nueva rotativa procedente de París. Y allí permaneció el diario desde el 30 de diciembre de 1914 hasta el 30 de enero de 1968, fecha en la que se trasladó a su sede actual de la calle Vara de Rey.

Café Moderno

El Café Madrid, que abrió en 1916, se convirtió en una segunda ‘oficina’ para los empleados del periódico y para los logroñeses en general. Con el paso del tiempo, el establecimiento fue cambiando de nombre y de clientela: regentado por Zacarías Bezares, en 1925 pasó a denominarse Novelty y dos años después se hizo cargo Federico Sánchez; después fue Oriental y durante la Guerra Civil adquirió el actual de Café Moderno, bajo la administración de don Mariano, abuelo del actual propietario, Mariano Moracia.

En aquella zona de la ciudad, a principios del siglo XVI, había abierto su taller el francés Guillén de Brocar, uno de los mejores impresores en la España del Renacimiento. De ahí que la calle fuera bautizada por Imprenta y ese mismo título heredó la nueva plaza en 1914. Hace cien años.

Sin embargo, el 12 de junio de 1935 las autoridades descubrieron la placa de su nuevo nombre, en honor a Francisco Martínez Zaporta, que había fallecido 19 años antes. Además de director de LARIOJA, como político impulsó la Caja Vitícola y salvó las vides riojanas de la filoxera.

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El obispo Fidel García fue víctima de un burdo complot de prostitución urdido por Franco

La historiadora María Antonia San Felipe desmenuza en ‘Una voz disidente del nacionalcatolicismo’, libro publicado por la Universidad de La Rioja, la cacería y la venganza de la que fue víctima el prelado de la diócesis de Calahorra y La Calzada durante la Dictadura

«El régimen franquista hizo todo lo posible por arrinconar a Fidel García, pero como el obispo de Calahorra y La Calzada no dimitía montó una farsa, con la prostitución como fondo, para poder desacreditarlo». Así resume María Antonia San Felipe su tesis doctoral, cuyo núcleo duro acaba de publicar la Universidad de La Rioja bajo el título ‘Una voz disidente del nacionalcatolicismo: Fidel GarcíaMartínez, Obispo de Calahorra y La Calzada (1880-1973)’. En presencia del vicerrector de Investigación de la UR, Miguel Ángel Rodríguez, y del director de la tesis, el profesor José Miguel Delgado Idarreta, San Felipe presentó el volumen de 640 páginas, que disfruta de su puesta de largo el viernes, 17 de octubre, en el Ateneo Riojano. Al acto acudirá el teólogo Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor del prólogo.

–Ocho años de trabajo por fin tiene su recompensa impresa.

–Han sido años muy intensos. Como primer fruto, a finales del 2008 se publicó el libro ‘El obispo Fidel García (1880-1927): la Diócesis de Calahorra y La Calzada tras el Concordato de 1851’, pero aún quedaba por salir a la luz el meollo de la tesis, la biografía de don Fidel desde la Segunda República hasta el Concilio Vaticano II. Ha sido un trabajo difícil, pues muchas veces he tenido que moverme por archivos que no poseían fuentes primarias o por otros de fuera de España, ante la imposibilidad de consultar aquellos archivos que sí podían tenerlas.

–Biografiar a un obispo, a priori, puede parecer algo aburrido. Sin embargo, no ha sido el caso.

–Para mí ha supuesto una gran aventura, pues al tiempo que ahondaba en la vida de Fidel García en paralelo he ido repasando la historia del catolicismo español, y viendo cómo se alejaba de la línea a nivel internacional, debido a su posicionamiento de apoyo absoluto a la dictadura.

Un obispo disidente

–¿Cómo valoraba la Iglesia en su conjunto el respaldo que la jerarquía española daba a Franco?

–Fue muy mal recibido y muy criticado, tanto en Europa como en América, lo que no ocurría en algunos sectores de su propia diócesis.

–Pero don Fidel había respaldado el golpe de Estado…

–En 1936, como el resto de obispos españoles, apoyó la sublevación militar aunque no la alentó; también suscribió, si bien con reticencias, la Pastoral Colectiva de 1937 que supuso el aval de la jerarquía católica española al régimen.

–Los primeros signos de disidencia en el seno de la jerarquía surgen tras la Guerra Civil.

–Efectivamente, y llegaron de la mano del obispo de la diócesis riojana. La publicación de la ‘Pastoral sobre algunos errores modernos’, un alegato antinazi firmado el 28 de febrero de 1942, fue muy mal recibido por el régimen de Franco, que ansiaba el triunfo de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Aunque la pastoral fue censurada en España, su texto se difundió por todo el mundo. El Foreing Office británico distribuyó más de 6.000 copias por la prensa anglosajona y los movimientos católicos adscritos a la resistencia gala la hicieron circular por Francia. Las palabras de don Fidel tuvieron eco en EEUU, México, Argentina, Turquía, Sudáfrica… Es llamativo que el sacerdote Jakob Gapp, beatificado por Juan Pablo II en 1996, fuera condenado a muerte y ejecutado en Berlín por alta traición, sólo por difundir la pastoral.

–Pero los desencuentros del obispo no habían hecho más que empezar.

–En efecto. Al terminar la Segunda Guerra Mundial la Iglesia española comenzó a denunciar el nazismo, pero para entonces Fidel García era ya un disidente para Franco, disonancia que se materializó aún más al no acudir a votar en el referéndum de 1947 sobre la sucesión.

–¿Un disidente dentro de la jerarquía católica?

–Franco tenía fijación personal con el obispo Fidel García. En un país que se declaraba católico no podía eliminarse tan fácilmente a un representante de la Iglesia sin provocar un conflicto con el Vaticano, así que se orquestó una cacería, iniciada desde la Falange, que hizo circular rumores sobre sus relaciones con «mujeres de mala nota». En realidad las denuncias estaban en manos del propio dictador.

Falso montaje en un prostíbulo de Barcelona

–Los rumores no cesaron.

–Nunca, pero como el obispo de Calahorra y La Calzada no dimitía, el Gobierno ordenó montar una farsa para poder desacreditarlo. Y aquí, más que una investigación histórica el caso se convirtió en una investigación policial. En 1952 don Fidel fue víctima del Patronato de Protección a la Mujer de Barcelona, infiltrado por la sociedad secreta la Hermandad de la Sagrada Familia de Nazaret. Esta hermandad, que contaba con una amplia red de confidentes y, sobre todo, de mujeres muy vulnerables, supuestamente inspeccionó un piso de Barcelona donde aseguraba que se practicaba la prostitución clandestina con menores. Y es allí donde este Patronato afirmaba haber encontrado al obispo.

–Lo que, evidentemente, era falso.

–¡Claro! El documento utilizado por la ciénaga moral del franquismo como  principal prueba de cargo contra el obispo describe hechos que nunca ocurrieron; más parece una octavilla de propaganda que un informe oficial. El documento en cuestión no sólo no está firmado por nadie, sino que los responsables policiales a los que quisieron implicar en el caso cesaron poco después.

–Y don Fidel acabó tirando la toalla…

–La difusión interesada de estos hechos, nunca probados, forzó la dimisión del obispo, que en 1953 se recluyó en el monasterio jesuita de Oña. La prensa católica internacional se hizo eco de esta dimisión.

–¿Por qué el obispo nunca defendió su inocencia?

–No quiso dar pábulo a un montaje tan burdo; era un hombre de una altura moral e intelectual increíble; el falso escándalo lo llevó como una penitencia.

–¿Hizo algo el Vaticano en apoyo de Fidel García?

–Él siempre estuvo arropado por los jesuitas, pero el hecho de que fuera invitado al Concilio Vaticano II, cuyas intervenciones fueron las más brillantes de toda la delegación española, dice mucho del apoyo que tuvo desde Roma.

–Sin embargo, la venganza tuvo su efecto.

–A corto y medio plazo, el objetivo de los enemigos de Fidel García se cumplió y el obispo fue recluido durante años entre los muros del olvido. Por eso era importante rescatar su memoria, demostrar la falsedad de las acusaciones y sacar a luz a uno de los intelectuales más preclaros de la Iglesia Católica del siglo XX. Si monseñor Tarancón fue el protagonista religioso de la Transición, don Fidel lo fue de la primera parte de la dictadura.

 

 

«La persecución nazi contra los católicos alemanes y holandeses originó la pastoral»

«La singularidad de Fidel respecto a sus contemporáneos españoles radica en que, mientras sus compañeros en el episcopado callaban y consentían legitimando el régimen de Franco –disfrutando de los privilegios que otorgó a la Iglesia católica–, él decidió elevar la voz y se convirtió en una voz discordante en las tranquilas aguas del nacionalcatolicismo”.

«Su preocupación por la persecución que los nazis ejercieron contra los católicos alemanes y holandeses fue el origen de su ‘Pastoral sobre algunos errores modernos’».

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