La Rioja
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Los templarios riojanos que trajeron la Cruz de Cristo
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Marcelino Izquierdo | 10-03-2012 | 10:00| 4

La Rioja tiene algo de mágico. Grial, leyendas, templarios, lignum crucis. El misterio artúrico también sobrevuela esta tierra, una tierra con mucha historia, que con sus escasos 323.000 habitantes y su limitación de recursos ve muy complicado poder investigar y poner en valor buena parte de su ilustre pasado. Hablamos de esa Rioja que, además de las indelebles señas de identidad acuñadas a lo largo de la Historia, desprende un halo de misterio y de leyenda que, si bien parece transportarnos a la Inglaterra del rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda, a la Champaña del escritor francés Chretien de Troyes o al Jerusalén del cruzado rey Balduino, también conserva sus reminiscencias en este pequeña región de 5.000 kilómetros cuadrados.

Hablo de Abalos, Alcanadre, Alesón, Carbonera, Hormilla, Nájera, Navarrete, San Vicente de la Sonsierra, Santo Domingo de la Calzada, Tirgo, Tricio, San Asensio, Villamediana de Iregua… Todas estas localidades, y algunas más, conservan reminiscencias templarias científicamente documentadas, por no hablar de municipios riojanos próximos al cañón soriano de Río Lobos -comarca griálica donde las haya- o de la propia Sierra de la Demanda. Hoy, sin embargo, hablaremos de una iglesia mágica, Santa María de la Piscina, que sirvió como relicario de la Cruz de Cristo, encontrada por un cruzado en Jerusalén, allá por el siglo XII, así como del monasterio najerino de Santa María la Real, fundado por el rey Don García.

El nacimiento de Santa María de la Piscina nos retrotrae al destierro de don Rodrigo Díaz de Vivar, por todos conocido como el Cid Campeador, cuando se adentró en el valle Ebro y atacó el frente militar del rey entre Haro y Logroño. El Cid arrebató el castillo de Haro al conde Diego López con el fin de preparar el gran asalto al castillo de Logroño, en el año 1092 gobernado por el conde García Ordóñez, alférez de Alfonso VI. El Campeador no pretendía combatir a monarca, aunque sí demostrarle cuan poderoso era el temple de su Tizona. Y es que siempre ha habido amores que matan.

Por aquel entonces, Ramiro Sánchez, primogénito del rey navarro Sancho García el de Peñalén -hijo del rey Don García de Nájera-, perdía su reino tras la muerte de su padre durante una sublevación navarra. El Cid, sin embargo, protegió a Ramiro y lo casó con su hija mayor Cristina, de cuyo matrimonio nació García Ramírez. Este monarca, conocido por los historiadores como El Restaurador, recuperaría el reino de Navarra para su estirpe.

Quizá por ello, los cruzados nobles a Tierra Santa, que tenían a Díaz de Vivar como héroe invencible, convencieron a su yerno Ramiro Sánchez para que tomara parte en la segunda expedición de la I Cruzada, que predicó el Papa Urbano II. En el año 1099, durante la toma de Jerusalén, asaltó el infante con su mesnada la zona de la muralla donde hoy todavía está adosada a la Piscina Probática de Salomón, donde encontró un trozo de la Vera Cruz

De regreso a la Península Ibérica, hizo testamento el infante Don Ramiro, una de cuyas copias en latín se conserva en el Archivo Histórico Nacional, procedente de Santa María la Real de Nájera. Era en el mentado testamento en el que dejó a su hijo mayor, García Ramírez, el Reino de Navarra, así como el encargo de levantar una iglesia que protegiera el lignum crucis. Así reza la voluntad del monarca: «Que este templo tome la forma de la Piscina Probática, teniendo por patrona a Santa María. En él serán expuestas las reliquias traídas de Jerusalén y, en especial, el trozo que pertenece a la Santa Cruz». Así lo cumplen su hijo García Ramírez y el abad de Cardeña, Pedro Virila, quienes para el año 1136 lo habían construido.

El historiador Juan García Atienza defiende la tesis de que Santa María de la Piscina no es sino la reproducción de la Piscina Probática del Templo de Salomón, “donde los templarios hallaron el Grial y otras reliquias de conocimiento eterno”.

Un escudo enigmático

Esta piscina fue construida por el rey Salomón, cerca del Templo de Jerusalén, para que los sirvientes lavasen en ella los animales que se presentaban a los sacerdotes para ofrecerlas en sacrificio, según cuenta el Antiguo Testamento. Ya es tiempos de Cristo, el Evangelio de San Juan explica que, junto a la piscina, «yacía una gran muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que estaban esperando se moviese el agua; un ángel del Señor bajaba y quien al agua entraba quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese».

Hoy en día, el templo de Santa María de la Piscina sigue enclavada frente a la aldea de Peciña, término de San Vicente, protegida por la Sierra de Cantabria y encaramada sobre un gran roca, ubicación conforme a los cánones ortodoxos: puerta al mediodía y ábside mirando a Jerusalén. “En la portada luce su escudo de armas -correspondiente al siglo XVI- en el que destacan -según explica García Atienza- nueve flores de lis, cuatro cruces de los Ocho Beatitudes, que adoptaron los templarios como emblema y la vieira jacobea, la concha griálica que contiene el agua bautismal por la que se accede al conocimiento”.

Este grial, en forma de jarra, aparece también en el escudo de la cofradía de disciplinantes de la Vera Cruz -conocidos como los ‘picaos’ de San Vicente– y también como símbolo del monasterio de Santa María la Real de Nájera, fundado por el rey don García tras el milagro del halcón y la paloma y el hallazgo de la virgen y la jarra de azucenas.

Don García y el Santo Grial

Y si Santa María de la Piscina evoca connotaciones griálicas entre la devoción y la mitología, qué decir del monasterio de Santa María la Real, fundado por el rey Don García de Nájera allá por el siglo XI. Cuenta la leyenda que estando el monarca de caza, su halcón se adentró en una cueva mientras perseguía una paloma. El rey entró tras él en la cueva y allí descubrió una imagen de la Virgen iluminada por una lámpara y con una jarra de azucenas a sus pies, prodigio que le llevó a crear el monasterio, en el que se ubica la cueva con la imagen de la Virgen, la lámpara y la terraza o jarra. Esto también explica que fundara la primera orden de caballería hispana, conocida como la Orden de la Terraza o la Jarra, por el recipiente con azucenas que adornaba a la imagen.

Así, ordenó Don García labrar numerosos collares de finísimo oro y otras tantas jarras de azucenas del dorado metal pendientes de ellos. Luego hizo llamamiento de las personas de más calidad de sus reinos y, habiendo ordenado que se juntasen a 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, en la iglesia de Santa María la Real, después de celebrada la misa, para que esta divisa e insignia fuese tenida en más estima, el mismo monarca se colocó el primer collar y jarra de azucenas de él pendiente, y luego lo dio a sus cinco hijos, que fueron los dos Sanchos, que le sucedieron en el reino; el infante Don Ramiro, señor de Calahorra, de Torrecilla de Cameros y de Ribafrecha y sus villas; el infante Don Fernando, señor de Jubera y Lagunilla: y el infante Don Ramón, señor de Murillo y Agoncillo.

La leyenda najerina del halcón y la paloma guarda enormes paralelismos con otras historias de carácter griálico y artúrico que se recuerdan en toda la geografía europea. La mayoría de ellas, independientemente de detalles circunstanciales, concluyen con el hallazgo de una imagen religiosa y, en muchas ocasiones, de cierta jarra, cáliz o recipiente ligado al grial. Incluso la creación de una divisa u orden -la Orden de la Terraza fue la fundada por el rey najerino- semeja a otras órdenes medievales parecidas a los Templarios.

El grial, reliquia paradigmática de cuantas se relacionan con el hijo de Dios, es la copa con la que -según las fuentes evangélicas y las tradicionales- Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía durante la última cena. El rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda buscaron con denuedo el Santo Grial -palabra que deriva de la Sangre Real que Jesús derramó en el cáliz- y son varias las ciudades que aseguran poseerlo.

En España, la tradición más acendrada sitúa el grial en manos de San Lorenzo, diácono de Roma, quien, antes de sufrir martirio en la parrilla, ordenó enviarlo a su Huesca natal. Ya en la Península, peregrinó por el reino aragonés -incluido San Juan de la Peña- hasta llegar a Valencia, en cuya catedral se encuentra hoy en día.

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Franco conspiró contra el obispo de Calahorra
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Marcelino Izquierdo | 03-03-2012 | 11:00| 3

Hace justo ahora 70 años, el obispo de la antigua Diócesis de Calahorra y La Calzada Fidel García firmó su propia sentencia. No fue de muerte, pero casi casi. El 28 de febrero de 1942 don Fidel rubricó la ‘Pastoral sobre algunos errores modernos’ en alemán, un alegato antinazi que no sentó nada bien al régimen del general Franco, que por aquel entonces ansiaba el triunfo de Hitler en la II Guerra Mundial. Aunque fue censurada en España, la pastoral –publicada en la Imprenta Moderna de Logroño (en Duquesa de la Victoria) el 12 de marzo– fue difundida por los aliados a lo largo de todo el mundo, como acredita la investigación que la tesis doctoral de la historiadora calagurritana María Antonia San Felipe defendió hace un año, y que se publicará próximamente.

«Fidel García era un hombre excepcional, brillante orador y muy comprometido con el mundo que le tocó vivir –explica la doctora San Felipe, exalcaldesa de Calahorra y hoy volcada con la historia-. De hecho, empecé a interesarme por su figura por la pastoral Sobre algunos errores modernos, inspirada en la encíclica del Papa Pío XI ‘Mitt brennender sorge’ (con gran preocupación) de 1937, que le enemistó con el caudillo.

Hasta en ‘The New York Times’

La repercusión internacional del desplante eclesial a Francisco Franco, en plena II Guerra Mundial, fue enorme. El arma de la propaganda puede ganar tantas batallas como infantería, la artillería o la aviación. Así, el Foreign Office británico difundió las críticas de don Fidel contra el nazismo (y también contra el comunismo, lo que el Régimen minimizó) a través de la prensa anglosajona -como ‘The New York Times’ estadounidense-, de las que también se hicieron eco movimientos católicos de Francia, México, Argentina, Chile y también llegó a países tan exóticos como Turquía, Sudáfrica o Egipto. Incluso ‘L’Osservatore Romano’, órgano oficial de la Santa Sede, reflejó el atrevimiento del prelado en sus páginas.

Además de la España de posguerra civil, el escrito del obispo riojano causó un enorme disgusto en el III Reich alemán, que protestó a través de su embajador ante el Vaticano. «Es llamativo -explica San Felipe- que el sacerdote Jakob Gapp, beatificado por Juan Pablo II décadas después, fuera condenado a muerte en 1943 en Berlín por alta traición por difundir la Pastoral de Fidel García».

Desde aquel momento, ciertos sectores de la Falange comenzaron a urdir una campaña de desprestigio contra el obispo, haciendo circular rumores y maledicencias sobre sus supuestas debilidades con «mujeres de mala nota». Esta maniobra de descrédito se agravó tras el nuevo pulso de don Fidel contra el Régimen, tras no votar en el referéndum de 1947 sobre la sucesión del caudillo. Así lo atestigua uno de los rumores (leerlo en la imagen adjunta) que se conservan en el Archivo Histórico de La Rioja, de los miles que se mecanografiaron para dejar constancia del control que Franco tenía de cualquier aspecto de la sociedad española y riojana.


Prostitución en Barcelona

Fue en agosto de 1952 cuando se precipitó la celada tendida por sectores ultracatólicos, aprovechando el Congreso Eucarístico celebrado en Barcelona. El Patronato de Protección a la Mujer y la sociedad secreta denominada la Hermandad de la Sagrada Familia de Nazaret llevaron a cabo una supuesta inspección en un piso de Barcelona, donde aseguraban que se practicaba la prostitución, y donde afirmaban que el obispo fue detenido cuando se encontraba en compañía de mujeres y de menores.

«La principal prueba de cargo contra el obispo fue un documento sin firma (leerlo en la imagen adjunta), que contaba hechos totalmente falsos -argumenta María Antonia San Felipe-. Más bien parecía una octavilla para ser difundida y desacreditarle, pues otro informe de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona desmentía esos extremos y situaba a don Fidel en un domicilio en el que había una señora de 27 años y otra de edad avanzada, pero en el que no se mencionaba que hubiera menores ni evidencia alguna de prostitución».

Es preciso explicar que en aquella época, los obispos que viajaban a eventos oficiales no se alojaban en hoteles, sino en pensiones y en casas particulares -mucho más económicas en tiempos de crisis-, la mayoría vinculadas a familias católicas. «No es posible ir más allá de lo que muestran los documentos -añade San Felipe-, pero lo que queda claro en mi tesis doctoral es la fuerza del entramado franquista, que vulneraba la intimidad de personas mediante coacciones y delaciones; una muestra más de la ciénaga de corrupción, no sólo política y económica sino también moral, en la que nadaba el Régimen».

La difusión interesada de estos hechos, nunca probados, precipitó la dimisión del obispo Fidel García, que en 1953 abandonó la sede calagurritana y presentó su dimisión en Calahorra.

El Motín de Calahorra

Fidel García Martínez había nacido en 1880 en una humilde familia de Soto y Amio (León) y cursó sus estudios en el Seminario de Comillas, inaugurado en 1892 por el primer marqués y la Compañía de Jesús. Allí permaneció 14 años hasta su ordenación con las más altas calificaciones. Obtuvo su primer destino pastoral como coadjutor de Trubia (Asturias) y posteriormente en La Felguera. Fidel García dejó el mundo tranquilo y reposado del Seminario para entrar en contacto con la situación social del proletariado de las cuencas mineras de Asturias. Las condiciones de trabajo, la miseria y los problemas de salud que observa le llevan a cuestionar la eficacia de los Círculos Católicos como fórmula de evangelización. Comprometido con el catolicismo social del Papa León XIII, clave a la hora de acercar a la Iglesia a mujeres y niños, mostraba sus dudas sobre la efectividad de la estrategia en los que llamaba «hombres barbudos», mineros muy concienciados con sus condiciones laborales. Tras ganar la oposición a la canonjía magistral de la catedral palentina, llegó esa la capital  en 1910 donde pronto fue nombrado provisor y vicario general del Obispado, delegado general de Capellanías y gobernador eclesiástico.

 

Una década más tarde, Fidel García aterrizó en La Rioja, en medio del clima de decadencia y resignación que vivía la Diócesis de Calahorra y La Calzada, como consecuencia del Concordato de 1851 y del motín de la Ciudad de los Mártires (1892) contra los rumores de traslación de la sede episcopal a Logroño. Llegó en 1921 como administrador apostólico –la Diócesis llevaba 40 años sin obispo “propio” como castigo a su afrenta a los poderes civil y eclesiástico-, pero el prestigio de Fidel García pondría fin al bloqueo. Gracias a su altura intelectual y teológica, fue elegido para representar a España en el XXVIII Congreso Eucarístico Internacional de Chicago (1926), experiencia que marcaría no sólo la resolución del conflicto de la Diócesis, sino que resultó de gran importancia para su evolución personal. Meses después fue nombrado “obispo propio” de la diócesis riojana y en ese cargo permaneció hasta que se retiró en 1953, cansado de sufrir una pertinaz persecución oficial. Murió veinte años después en Logroño. Al obispo García le debe la ciudad el Seminario Diocesano –muy al estilo norteamericano que conoció en Chicago- donde él mismo está enterrado. Como homenaje, el rostro de don Fidel fue elegido por el artista vasco Aurelio Arteta para representar a san Matías, en la pintura mural que decora la cúpula del templo del Seminario.

 

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¿REFORMA LABORAL?
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Marcelino Izquierdo | 02-03-2012 | 16:21| 3

Érase una vez un molinero que trabajaba de sol a sol para dar de comer a su familia. El viejo molino, al igual que los campos de trigo que allí abundaban, eran feudo del señor del castillo. Todo iba bien en el valle hasta que una pertinaz sequía comenzó a agostar el cereal, que cada vez llegaba a la molienda en menor cantidad. Un buen día, el señor del castillo mandó llamar al molinero que, embadurnado en harina, se presentó raudo.
-Mira, Martín, cada vez hay menos trabajo por estos pagos -le explicó el noble-. Son días duros.
-A mí me lo va a contar vuestra merced -le interrumpió-. Tengo dos jóvenes retoños que se ven obligados a buscar leña en el bosque o a ayudar, por la voluntad, a quien lo necesita.
-Bueno, al menos tienen labor.
-Sí, pero de ella ni comen ni pueden vislumbrar futuro.
Compuso el señor del castillo un gesto de astucia.
-Dejarás la molienda y serán tus hijos quienes trabajen.
No se fue Martín muy convencido del castillo, pero como el amo lo ordenaba y era por el bien de los muchachos? Sin embargo, se entristeció mucho cuando supo que sus hijos percibían la mitad de la maquila que él siempre había cobrado.
Y, por fin, tornaron las lluvias. El trigo creció veloz, amarilleó los campos y dio tanto grano, que ni en los silos cabía. Acudió entonces Martín a la fortaleza.
-Ruego a vuestra merced que me permita regresar al molino.
-¿Y qué hago con tus hijos?
-Han vuelto los buenos tiempos, mi señor.
-Ahora tengo cuatro manos por el precio de dos.
-Aún así, no darán abasto?
-Tranquilo, Martín -sonrió el señor-. Por suerte para mí, lo que sobran son manos.

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Riojanos en la División Azul
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Marcelino Izquierdo | 01-03-2012 | 11:43| 0

¿Quién era Santos Ascarza? ¿Por qué Logroño tiene una calle que lleva su nombre? El teniente coronel riojano Santos Ascarza murió en 1943 en Rusia, mientras combatía en la División Azul durante la II Guerra Mundial. Fue el militar español de más alto rango que falleció en combate en la aventura que Franco emprendió en apoyo al III Reich.

«La mayoría de los voluntarios que se alistaron en la División Azul se sintieron engañados. Muchos de ellos fueron obligados, otros buscaban en el frente ruso despojarse de la etiqueta de «rojos» que les habían colocado, y los más marcharon de buena fe, porque creían que iban a combatir el comunismo, pero cuando entraron en combate vieron que los rusos eran personas normales, de carne y hueso, igual que ellos». Así resume el investigador logroñés Francisco Espila la sensación que muchos divisionarios riojanos y sus familias aún guardan sobre aquella aventura española en la II Guerra Mundial.

La División Azul (Blaue Division, en alemán), también conocida como la 250. Einheit spanischer Freiwilliger de la Wehrmacht, fue una unidad formada por voluntarios que apoyó al ejército alemán entre 1941 y 1943, durante la Gran Guerra, en el frente oriental de la URSS.

La inquietud sobre la División Azul le llegó a Espila a través de un veterano de la Guerra Civil española que, después, se alistó voluntario en la campaña rusa. «Siempre me había interesado la Guerra Civil, pero cuando descubrí a este hombre y las cosas que me contaba del frente soviético, decidí ponerme a investigar, ya que no hay casi nada publicado sobre nuestra comunidad». En La Rioja fueron al menos 700 los voluntarios que se alistaron en la División Azul. Se apuntaban en los centros de reclutamiento habilitados en Logroño (cuarteles de General Urrutia y General Franco y en el colegio de Escolapios) y en otras cabeceras de comarca.

«No obstante, -añade Francisco Espila-, es imposible saber cuántos riojanos marcharon a Rusia porque, además de los 700 voluntarios, otros muchos se engancharon a través de sus cuarteles en toda España. El mando más importante que murió en el frente fue el teniente coronel riojano Santos Ascarza».

La peripecia organizada por Franco para congraciarse con Hitler, tras la infortunada cumbre de Hendaya, concluyó con unos resultados devastadores: de los 45.000 divisionarios, más de 5.000 fallecieron, 8.600 resultaron heridos, 2.140 quedaron mutilados y 372 fueron hechos prisioneros por el Ejército de Stalin, de los que pocos regresaron.

En busca de exvoluntarios

«La División Azul ha sido un tema tabú -concluye Espila, que quiere editar su investigación en un libro-. Cuando Hitler cayó, Franco quiso desvincularse del régimen nazi y echó tierra encima. Ya en España, los voluntarios se sintieron engañados: los comunistas no tenían cuernos y rabo, y tampoco sabían nada del holocausto judío».

En el correo divisionriojana@hotmail.com pueden enviar los exvoluntarios interesados o sus familias las experiencias en el frente ruso.

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‘Valbanera’, el barco fantasma de las putas (con perdón)
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Marcelino Izquierdo | 25-02-2012 | 08:00| 9

La historia del vapor Valbanera todavía es hoy la historia de un buque fantasma bajo las aguas del Caribe, pues sus restos todavía permanecen a seis metros bajo el nivel del mar. En Cayo Hueso, los viejos marinos lo conocen como el “buque fantasma de las arenas movedizas” y, también, como el “buque de la putas” (con perdón). Pocos años después de la tragedia del ‘Titanic’ dos buques del armador camerano Martínez de Pinillos, El ‘Príncipe de Asturias’ y el ‘Valbanera’ se hundieron en Brasil (1916) y Cuba (1919), respectivamente, con un balance oficial de 893 fallecidos, aun que la cifra de víctimas mortales superó el millar

Cuando todavía siguen las labores de salvamento en el crucero Costa Concordia, a la deriva en aguas italianas, La Rioja sufrió sus ‘Costa Concordia’ particulares, aunque de ello hace casi un siglo. Se trataba de los vapores ‘Príncipe de Asturias’ y ‘Valbanera’, cuyas tragedias sacudieron España en 1916 y 1919. Pero, ¿cómo puede vincularse el naufragio de dos barcos en aguas americanas a una región de secano como es La Rioja?

El origen de la Naviera Pinillos -que en la actualidad sigue en el negocio del transporte marítimo-, data de 1840, cuando Miguel Martínez de Pinillos y Sáenz de Velasco, nacido en Nieva de Cameros y afincado en Cádiz, se convirtió en armador. En 1883 su hijo Antonio Martínez de Pinillos e Izquierdo modernizó la empresa adquiriendo el primer vapor. La naviera tomó el nombre de ‘Pinillos, Sáenz y Compañía’, que doce años después modificaría por el de ‘Pinillos, Izquierdo y Compañía’. A principios del siglo XX, la emigración española a América creció de forma exponencial -en La Rioja motivada principalmente por la ruina que conllevó la filoxera-, lo que permitió a Pinillos expandir sus líneas regulares a América en las que usaba vapores mixtos de pasaje y carga.

Entre aquellos buques se encontraban el ‘Príncipe de Asturias’ y el ‘Valbanera’, este último el favorito de la familia Pinillos que lo bautizó con el nombre de la patrona de La Rioja, aunque el cambio de la ‘v’ por la ‘b’ bien pudo producirse por despiste del escribiente o del armador, ya que se construyó en Escocia.

 

El Titanic español

El ‘Príncipe de Asturias’, el mayor trasatlántico español y uno de los mayores de Europa, se hundiría dos años después de su botadura, el 5 de marzo de 1916, frente a Isla Bella (Brasil). De los 588 pasajeros que transportaba sólo 143 lograron sobrevivir (57 pasajeros y 86 tripulantes) y entre los fallecidos se encontraban numerosos riojanos que viajaban a América. Años después, se supo que la cifra de muertos debió de ser muy superior, pues el vapor llevaba sus bodegas abarrotadas de inmigrantes clandestinos, en su mayoría judíos que huían de una Europa inmersa en la I Guerra Mundial.

A primeras horas de la madrugada de aquél 5 de marzo, domingo de Carnaval por más señas, el capitán José Lotina ordenó reducir la velocidad y avanzar con pies de plomo, pues había mucha neblina en la región. Sin embargo, la nave colisionó con un banco de coral, que le abrió una brecha de44 metros. En apenas unos instantes, la popa se elevó casi en vertical y el ‘Príncipe de Asturias’ se hundió en menos de cinco minutos. Sólo un bote salvavidas con 17 personas consiguió soltar amarras, mientras que otras 109 escaparon de la muerte agarrados a trozos de madera y flotadores.

Varios supervivientes narraron que el capitán Lotina, aherrojado por el sentimiento de culpabilidad, se suicidó de un tiro en la sien en su puesto de mando, y lo mismo hizo su segundo, Antonio Salazar. Tras el accidente, habitantes de la zona se lanzaron al saqueo sin respetar a nadie ni nada, arramplando con maletas, joyas y todo tipo de enseres. Fue bautizado el ‘Titanic español’.

Lo que pocos sabían era que en el interior del pecio había un tesoro: se hallaban 12 estatuas de bronce, 4.500 toneladas de cobre,1.700 de estaño, 800 de chumbo,45.000 librasesterlinas, en monedas y joyas, y una importante carga de oro diplomático.

El buque fantasma de Key West

La segunda de las tragedias marítimas, ocurrida tres años después al ‘Valbanera’ (9 de septiembre de 1919), todavía se cuenta hoy como la historia de un buque fantasma, pues sus restos aún permanecen seis metros bajo el agua del mar. En Cayo Hueso (Key West), los viejos marinos lo llaman ‘The Ghostship of the Quicksands’ (el buque fantasma de las arenas movedizas). Botado en 1906 en Glasgow, era el clásico vapor británico que transportaba emigrantes y mercancías, la antítesis del lujoso ‘Titanic’. Durante años cubrió la línea regular España-Cuba, con salida en Barcelona y pasando por los puertos de Málaga, Cádiz, Islas Canarias, Puerto Rico, Santiago de Cuba y La Habana, más la extensión a Galveston y Nueva Orleans (EEUU).

La I Guerra Mundial benefició a las navieras patrias, tanto por la necesidad de materias primas como por la seguridad que el pabellón de la neutralidad española ofrecía al pasaje, lo que propició la bonanza de los armadores -Pinillos entre ellos-, y la saturación de viajeros. Ese cúmulo de circunstancias propició la bonanza de los armadores españoles, Martínez de Pinillos entre ellos, y la saturación de viajeros que cruzaban el charco en cada navío. Así, pese a tener una capacidad para 1.200 pasajeros, en julio de 1919 el ‘Valbanera’ embarco 1.600 en La Habana, muchos de los cuales viajaron en cubierta pese al calor tropicar a la epidemia de la denominada ‘gripe española’ (spanish flu). Treinta cadáveres tuvieron que ser arrojados por la borda durante la travesía, por lo que el escándalo fue mayúsculo

Con la pérdida del ancla en el puerto de Santa Cruz de La Palma -lo que era considerado de mal agüero por los marinos-, el ‘Valbanera’ zarpó de Barcelona el 10 de agosto de 1919 rumbo a América, recogiendo pasajeros y carga en cada puerto. Atravesando el Atlántico 1.142 pasajeros y 88 tripulantes y atracó el 5 de septiembre en Santiago de Cuba. Pese a que la mayor parte del pasaje tenía billete hasta La Habana, nada menos que 742 viajeros desembarcaron en Santiago, lo que les salvó la vida. Horas después zarpó hacia la capital con 488 personas a bordo, quizá sin saber que un fuerte huracán comenzaba a emerger en las Antillas.

El barco inexistente

El temporal azotó el vapor en la noche del 9 de septiembre provocando que embarrancara y, después, que volcara, sacudido por el oleaje. No se registró señal alguna de socorro, no hubo supervivientes ni testigos. Sólo la tristeza por el casi medio millar de muertos y la zozobra de las familias que no sabían si sus parientes se hallaban en el banco cuando se hundió.

En La Habana, en las primeras horas de la noche del 9 de septiembre de 1919, algunos pasajeros alcanzaron a distinguir desde las cubiertas del buque “Montevideo” las luces de un vapor con cámara de pasaje, que aguantándose frente al Castillo del Morro, hacía señales con una lámpara Morse. Los vigías del Morro descifraron las señales que emitía el vapor insistentemente: la letra G del código internacional de señales, dos destellos largos de luz seguidos de uno corto: Necesito práctico

Cuando llenan sus estómagos de ron, y la cabeza les da vueltas, los viejos lobos de mar elucubran sobre lo que pudo ocurrir en el ‘Valbanera’. Algunos cuentan extrañas historias del “buque fantasma de las arenas movedizas”, como si de una nueva entrega de la serie cinematográfica ‘Piratas del Caribe’ se tratara. Otras hablan, sin pelos en la lengua, del “buque de las putas” o del “pecio de las putas”, porque aseguran que entre el pasaje se hallaban muchas chicas de mala vida que, quién sabe, pudieron “distraer” a la tripulación.

Aunque la familia Martínez de Pinillos vendió todos sus buques a la Compañía Transoceánica de Navegación en 1921, debido sobre todo a la crisis que siguió a la I Guerra Mundial, dos años después el nieto del fundador, Miguel Martínez de Pinillos y Sáenz, creó la naviera Líneas Pinillos. Al morir Miguel, en 1954, su hija Carmen se hizo cargo del negocio, que reorientó al tráfico de cabotaje con todo tipo de cargas, sobre todo a las Islas Canarias, dejando a un lado las líneas trasatlánticas. La Naviera Pinillos fue adquirida en 1997 por el Grupo Boluda, que sigue teniendo como principal actividad el transporte entre la Península y Canarias.

 La Asociación de Nieva de Cameros posee un enlace con fotos antiguas de la naviera.  https://picasaweb.google.com/108625168136463992624/FotosAntiguasDeLaNavieraPinillos?authuser=0&feat=directlink

 
Investigaciones y misterios
El misterio todavía ronda el naufragio del ‘Príncipe de Asturias’, pues algunos supervivientes aseguraron que el vapor fue torpedeado. La armada inglesa surcaba el Atlántico durante la I Guerra Mundial para vigilar a los buques enemigos y a otros barcos mercantes que transportaban armas, según José Carlos Silvares y Luis Felipe Heide Aranha Moura, en su obra ‘Príncipe de Asturias. Misterio de las Profundidades’ (2006). Gran labor investigadora lleva a cabo desde hace muchos años el experto Fernando García Echegoyen, autor de ‘El misterio del Valvanera’ (1997) además de numerosos artículos y estudios. También destaca el periodista Francisco García Novell, que publicó la novela ‘Naufragio’ (2009) sobre el ‘Príncipe de Asturias’, aunque son otros muchos los trabajos que se han publicado en España y América sobre ambas tragedias.
 
  
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¿Dos 'Curas Merino'?
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Marcelino Izquierdo | 16-02-2012 | 16:42| 0

Existe cierta confusión entre las figuras históricas del clérigo arnedano Martín Merino y del guerrillero burgalés Jerónimo Merino. A ambos les apodaron en su época el ‘Cura Merino’ y ambos fueron dos personajes destacados en el devenir de la primera parte del siglo XIX español.

Mientras sobre el Merino riojano, nacido en Arnedo para másc señas, sus ‘hazañas’ pueden ser leídas en este mismo blog, de Jerónimo Merino Cob hay que apuntar que nació en 1769 en la localidad de Villovodiano (Burgos) , muy cerquita de Lerma, y que falleció en la ciudad francesa de Alençon en 1844. Jerónimo Merino siguió la carrera eclesiástica desde muy joven, fue párroco de su pueblo y durante la Guerra de la Independencia scontra el francés e convirtió en uno de los más famosos guerrilleros castellanos, alcanzado, incluso, el grado de gobernador militar de Burgos.

Durante el Trienio Liberal (1820-1823) retomó la guerrilla, apoyando la invasión de los «Cien Mil Hijos de San Luis». A la muerte de Fernando VII, tras estallar la I Guerra Carlista, se alistó en el bando que apoyaba a Carlos María Isidro en contra de María Cristina. Cuando el denominado Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto puso fin a la contienda, Jerónimo Merino se exilió en Francia, donde murió en 1844. En la localidad burgalesa de Lerma, cercana a Villoviado, pueden contemplarse varios recuerdos de Jerónimo Merino, como una estatua o su tumba, sin olvidar una ruta turística de gran encanto, que no olvida Covarrubias.

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Enrique López Marín, el riojano que catapultó el ‘género chico’
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Marcelino Izquierdo | 13-02-2012 | 11:00| 0

«Su vida comienza con una incógnita o un error de peso que el propio Enrique López Marín no se ocupó de rectificar. Todas las bibliografías que citan al escritor riojano dicen que nació en 1868, dos años después de la fecha que indica su partida de bautismo, el 19 de noviembre de 1866», asegura Inmaculada Benito, profesora e investigadora del IER
Benito es la responsable de la edición de cuatro piezas cómicas del «género chico» escritas por el literato logroñés López Marín, cuya biografía también analiza en el libro recientemente publicado por el Instituto de Estudios Riojanos.
«Es curioso, pero el expediente académico del Instituto Sagasta señala que el escritor tenía 10 años cuando superó el examen de instrucción primaria, el 28 de septiembre de 1878, cuando, en realidad, le faltaban dos meses para cumplir los 12 años». De igual modo que «su partida de defunción, que he cotejado en el Archivo Histórico de Madrid, informa de que «tenía 50 años» el día de su muerte –11 de marzo de 1919– y no 52, que era su edad verdadera».
Enrique López Marín residió en la capital riojana hasta 1878, año en el que se traslado a Madrid y estudió en el Instituto San Isidro, cuna académica de figuras de la talla de Larra, Baroja, Mihura, los hermanos Machado, Benavente, y dos Nobel de Literatura: Aleixandre y Cela). Con motivo de su fallecimiento, el colaborador de LA RIOJA Isaac Abeytua lo recordaba como un escritor logroñés que adquirió gran fama en Madrid, donde hizo fortuna. También señalaba el parentesco con la familia Insausti, dueña de la Pirotecnia logroñesa, no en vano su madre era Casimira Insausti, hija mayor de la familia, aunque se desconoce porqué se cambió el segundo apellido.
La vinculación con su ciudad natal la mantuvo a través de colaboraciones literarias, como por ejemplo en el periódico satírico logroñés ‘El Zurriago’ (1897).
Con 17 años, según Inmaculada Benito, dejó los estudios y se vinculó a la vida bohemia madrileña. «Frecuentaba tertulias literarias, cafés –en el café Levante compartía mesa con Jacinto Benavente–, teatros, redacciones de periódicos… Su primera obra, ‘Bordeaux: vino de mesa’, la estrenó con 22 años».

Cien obras
La última década del siglo XIX fue la más prolífica de su carrera, pues del periodo 1889-1900 data casi la mitad de su producción dramática (33 obras). «Es un buen ejemplo del teatro que hacía furor en esos años, que son considerados la década de esplendor del «género chico»: obras en un acto, la mayoría de carácter cómico, de no más de una hora de duración, donde la música y los cantables ocupaban una parte muy importante, porque era lo que más le gustaba al público», explica la profesora.
Sus dos éxitos más atronadores son ‘Los africanistas’ (1894) una parodia de ‘El dúo de la Africana’, ambas con música del compositor Manuel Fernández Caballero y, ‘Venus-Salón’ (1899), una revista en colaboración con F. Limendoux, cuya fama propició hasta una cuarta edición reformada con escenas nuevas (1905), que alcanzó más de 600 representaciones en los teatros de la Zarzuela, Lírico y Eslava. También en 1907 López Marín fue secretario del Teatro Real.
Con 29 años dirigió el periódico ‘El diablo mundo’, con una joven redacción: Palomero, Limendoux y Gabaldón. «Sus colaboraciones en prensa fueron continuas, siempre en publicaciones de carácter cómico, satírico, festivo, la más destacada ‘Madrid Cómico’, aunque ya más maduro, dirigió la revista ‘Crónica teatral’ (1908-1909)».

Cuplé ‘Polichinela’

De su labor como dramaturgo en el siglo XX destaca, además de seguir colaborando con músicos tan prestigiosos como Ruperto Chapí o Vicente Lleó (’La Corte del faraón’), escribió la letra de numerosos cuplés. Fueron los teatros Lara y Eslava los que acogieron los títulos más afamados de estos años: ‘El vals de los besos’ (Eslava, 1911), ‘La de los ojos del cielo’ (Lara, 1911), ‘Marido modelo’ (Lara, 1912), ‘El gato rubio’ (Novedades, 1912), ‘En Sevilla está el amor’ (Eslava, 1912), ‘La perdición de los hombres’, ‘El Polichinela’ y ‘La escena del sofá’ (Lara, 1913), ‘La reina de las palomas’ (Lara, 1914) y ‘La dama del velo azul’ (Coliseo Imperial, 1914). Entre las cupletistas que cantaron sus letras la más conocida era la bilbaína Aurora Jauffret, ‘La Goya’.
«Llama la atención –añade Inmaculada Benito– que la partida de defunción señale que su estado civil era el de soltero, pese a que tuvo un hijo, Manuel López Marín, también escritor y periodista. De hecho, compartía el piso con Alejandra Camarillo, de Guadalajara».
El panegírico más sentido lo escribió en el diario ABC su amigo Floridor (Luis Gabaldón): «De noble ingenio, de fácil y elegante pluma, que [se] supo substraer siempre, por su nativo buen gusto, a toda sugestión chocarrera, porque su temperamento atildado y exquisito se rebelaba contra toda manifestación de plebeyez literaria».

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El atentado del cura Merino apuntaló en el trono a la reina Isabel II
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Marcelino Izquierdo | 11-02-2012 | 11:41| 1

Cuando se cumple ahora 160 años del intento de regicidio y posterior ejecución del cura Merino los análisis históricos que se están llevando a cabo refuerzan la tesis de que el Gobierno moderado de Bravo Murillo aprovechó la coyuntura para reforzar la imagen de la reina, ya entonces bastante deteriorada. «Mi celebridad se quedará en las estamperías», aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en la capital de España por regicida. Este sacerdote nacido en Arnedo y apodado el cura Merino intentó asesinar a la reina Isabel II, pero su puñalada sólo pudo herir a la hija de Fernando VII. Muchos quisieron ver en su atentado una conspiración contra la Corona, pero él siempre lo negó.

Atentado en Atocha
El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como ‘La Chata’ y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año. El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.
El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».
Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (…). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.
Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».

Muerte a los enemigos
En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».
Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.

Isabel II y “Paquita”

Desde el momento que accedió al trono, la imagen de la reina Isabel II comenzó a deteriorarse rápidamente: el pueblo había salido muy harto del reinado de su padre, Fernando VII, y de la posterior guerra civil entre isabelinos y carlistas; el matrimonio entre Isabel y su primo Francisco de Asís –al que la gente motejaba como “Paquita”- iba de escándalo en escándalo, al igual que los escarceos amorosos de la exregente María Cristina; la reina había dejado hacer de su capa un sayo a los moderados, no sólo desde un punto de vista de represión política sino, también, con una gestión que frenaba el librecambismo que imperaba en Europa.

La oportunidad de tocar la fibra del ciudadano de a pie, manipulando la imagen de una joven madre herida nada más bautizar a su hija por un loco, no fue desaprovechada por el jefe de Gobierno, Bravo Murillo. La propaganda oficial se encargó de airear el suceso y de colocar a Isabel II como víctima, buena madre, amante esposa y excelente gobernadora. De hecho, cuando en 1854 la revolución conocida como “La Vicalvarada” derrocó el Gabinete moderado, la reina aguantó sobre su trono y no fue hasta la segundo intentona de 1868 hasta su derrocamiento definitivo.

Nacido en Arnedo

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.

Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.

Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.

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El nuevo submarino Cosme García
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Marcelino Izquierdo | 09-02-2012 | 19:43| 0

Vuelve a estar de actualidad el ilustre logroñés Cosme García después de que el presidente del Gobierno regional agradeciera al ministro de Defensa, Pedro Morenés, la decisión de bautizar uno de los submarinos de la Marina española con el nombre del inventor riojano. «Es una manera de perpetuar la historia de este riojano ilustre y de que su legado permanezca en el tiempo. Es una buena noticia», ha afirmado Pedro Sanz. En realidad, la decisión ya era conocida desde la pasada primavera, siendo entonces titular del Ministerio Carme Chacón.

El futuro submarino Cosme García será un sumergible de la clase S-80, que está construyendo la empresa española Navantia en su factoría de Cartagena. Está previsto que el primero (S-81) sea botado en el 2013, con el nombre de Isaac Peral, que entrará en servicio en marzo del 2015; el segundo –S-82 Narciso Monturiol-, en noviembre de 2016; el tercero (S-83), dedicado a Cosme García, se botará en marzo del 2017, junto un siglo después desde que se le dedicara el primero (1917), y el cuarto (S-84) será nominado Mateo García de los Reyes, en homenaje al primer jefe del arma submarina española, y se hará a la mar en mayo del 2018. No es el primer submarino español que lleva el nombre del inventor logroñés. En 1917 el Consejo de Ministros bautizó como Cosme García, a uno de los submarinos de la Armada Española de Clase A adquiridos a Italia. En 1972, el submarino S-32, procedente de la ayuda norteamericana, también paseó la figura del ilustre riojano por el ancho mar.

 

Las características fundamentales de los futuros sumergibles se basan en un nuevo sistema de propulsión de alta tecnología y una gran autonomía bajo el agua. Su cometido básico será el de cumplir las misiones como la proyección del poder naval sobre tierra, la guerra naval especial, la protección de una fuerza desembarcada, vigilancia, protección de una fuerza naval y, por supuesto, la disuasión.

¿Y quién era Cosme García, además de dar nombre a un instituto de la capital?, se preguntarán algunos. Pues un genio de la ingeniería del siglo XIX, un ‘manitas’ que vivió al límite, construyó el primer submarino español, inventó artilugios para la imprenta, las armas o los sellos, y todavía le quedó tiempo para enredarse en líos de faldas. Sin embargo, murió pobre y sin consuelo.

Nacido en Logroño en 1818, Cosme García fue un «manitas» desde niño, al que pronto sus vecinos le pusieron el mote de ‘El Pinche’. Inquieto como pocos, primero se dedicó a arreglar todo tipo de artilugios, fabricó guitarras y bandurrias y regentó un taller de artilugios varios frente a la parroquia de Palacio, aunque muy pronto descubrió su veta de inventor. Pero, como hombre del siglo XIX, se alistó en la Milicia Nacional, fue cazador empedernido y gran aficionado a las faldas.

Buscando fortuna, abandonó su Rioja natal y se trasladó con su familia a Madrid. En la villa y corte trabajó en el mantenimiento de la maquinaria para diversos organismos oficiales y con las patentes de sus inventos amasó una importante cantidad de dinero, que empleó, además de en vivir de forma desahogada, en la inversión para nuevos artilugios. Contratado por Correos, inventó novedosas máquinas para el sellado de cartas, lo que supuso una auténtica revolución en el sistema postal español, y durante casi veinte años el inventor logroñés se benefició de un contrato con Correos para la explotación de la patente. Tiempo después, ya como regente de la Imprenta Nacional, proyectó mejoras en la fundición de los caracteres de imprenta y diseñó las máquinas de timbre de la Casa de la Moneda.

 

Fusiles de repetición

Apasionado de la caza, Cosme García patentó diversos tipos de armas de fuego buscando siempre la ‘piedra filosofal’: sistemas de repetición, su gran sueño, hasta que perfeccionó una carabina de retrocarga que podía disparar más de 3.000 proyectiles sin que fallara el mecanismo y sin necesidad de limpiar el arma. Por desgracia, los 500 fusiles fabricados en Oviedo para armar a dos batallones de cazadores fueron robados durante la Gloriosa de 1868 y empleados por los rebeldes para derrocar al Gobierno que sustentaba a Isabel II.

Sin embargo, Cosme García no fue tan sólo un genio que soñaba con tornillos, piezas y sumergibles, estos últimos su gran obsesión. Fue también un personaje de novela, un hijo de su tiempo marcado por el Romanticismo imperante, por tiempos de trepidantes cambios. Entre planchas, sellos de caucho, cañones y pólvora bullía un tipo emprendedor de irrefrenable osadía en los negocios empresariales y, también, en los líos de faldas. Abandonó a su mujer, Úrsula Porres, y a sus tres hijos y se fue a vivir con la sirvienta, María Egaña, con la que aún tuvo otros dos.

«Vivió rápido y falleció prematuramente a los 56 años, pobre y triste ante la falta de interés hacia su submarino pero, antes de abandonar este mundo, probó su invento, no podía dejar de hacerlo y peleó cuanto pudo para conseguir los recursos necesarios para dar vida a su máquina», afirma el investigador Alejandro Polanco.

 

150 años del ‘Garcibuzo’

Con motivo del 150 aniversario de la presentación de la patente del ‘Garcibuzo’, el primer submarino español, el Grupo Filatélico y Numismático Riojano organizó en octubre del año pasado una serie de actos en homenaje al inventor logroñés Cosme García Sáez. El 25 de abril de 1861, este emprendedor riojano depositó en el Instituto de la Propiedad Industrial de París los planos originales de su sumergible. Esa hubiera sido, sin duda, la mejor fecha para haber anunciado que Defensa bautizaría un nuevo submarino con su nombre. Pero qué le vamos a hacer…

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Del estraperlo al soterramiento ferroviario
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Marcelino Izquierdo | 16-01-2011 | 13:09| 0

En los años 40, los gerifaltes ultimaban el traslado de una estación que era el centro del trapicheo local

Marcelino Izquierdo

Antes de la Guerra (Civil), incluso antes de la República (II), las autoridades logroñesas eran conscientes de que el viejo trazado de la vía del ferrocarril estrangulaba el desarrollo urbanístico de la capital riojana. Llevaban tiempo estudiando el posible traslado, pero el dinero siempre había sido un escollo insalvable. Por fin, el 12 de julio de 1948 el riojano Eduardo González Gallarza, a la sazón ministro del Aire, ponía la primera piedra de la nueva estación de tren. La misma que vimos caer bajo el yugo de la piqueta en agosto pasado -polémica incluida-, y que había sido inaugurada a bombo y platillo el 9 de noviembre de 1958, bajo la advocación del entonces titular del ramo Jorge Vigón.

Ahora que se cumple un año desde que se iniciaran las obras del soterramiento de la vía férrea, no estaría de más reconocer a los próceres que perpetraron tan chapucero traslado (apenas 500 metros hacia el sur) la poca vista que tuvieron.

Pero volvamos a los años 40. En plena posguerra, los gerifaltes de antaño conocían que, además de nudo de comunicaciones (viajeros y mercancías), la estación del tren que ocupaba lo que hoy es Gran Vía era el cuartel general del estraperlo riojano. En sus andenes esperaban la llegada del correo mujeres embarazadísimas que, bajo los sayones, en realidad ocultaban pellejos de vino o aceite; músicos ambulantes que usaban las fundas de los instrumentos para trapichear con jamones y otros embutidos menores, pan blanco o legumbres. En los alrededores, los compinches merodeaban a cualquier hora, pues si los matuteros barruntaban peligro al llegar a la estación, arrojaban la mercancía por las ventanillas para que sus socios las recogieron, lejos de la pareja de la Guardia Civil que patrullaba en los andenes.

Aunque no todo era cambalache. Llegaban cada día a la antigua estación honrados ciudadanos, con sus pesadas maletas; eran viajantes cargados de muestrarios, familias enteras que visitaban a los abuelos o jóvenes que buscaban un futuro en qué creer. Y en la entrada, se ganaban la vida los sufridos porteadores -‘caracoles’ les motejaban-, que llevaban bultos y equipajes a cualquier lugar.

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