La Rioja

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El nuevo submarino Cosme García
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Marcelino Izquierdo | 09-02-2012 | 19:43| 0

Vuelve a estar de actualidad el ilustre logroñés Cosme García después de que el presidente del Gobierno regional agradeciera al ministro de Defensa, Pedro Morenés, la decisión de bautizar uno de los submarinos de la Marina española con el nombre del inventor riojano. «Es una manera de perpetuar la historia de este riojano ilustre y de que su legado permanezca en el tiempo. Es una buena noticia», ha afirmado Pedro Sanz. En realidad, la decisión ya era conocida desde la pasada primavera, siendo entonces titular del Ministerio Carme Chacón.

El futuro submarino Cosme García será un sumergible de la clase S-80, que está construyendo la empresa española Navantia en su factoría de Cartagena. Está previsto que el primero (S-81) sea botado en el 2013, con el nombre de Isaac Peral, que entrará en servicio en marzo del 2015; el segundo –S-82 Narciso Monturiol-, en noviembre de 2016; el tercero (S-83), dedicado a Cosme García, se botará en marzo del 2017, junto un siglo después desde que se le dedicara el primero (1917), y el cuarto (S-84) será nominado Mateo García de los Reyes, en homenaje al primer jefe del arma submarina española, y se hará a la mar en mayo del 2018. No es el primer submarino español que lleva el nombre del inventor logroñés. En 1917 el Consejo de Ministros bautizó como Cosme García, a uno de los submarinos de la Armada Española de Clase A adquiridos a Italia. En 1972, el submarino S-32, procedente de la ayuda norteamericana, también paseó la figura del ilustre riojano por el ancho mar.

 

Las características fundamentales de los futuros sumergibles se basan en un nuevo sistema de propulsión de alta tecnología y una gran autonomía bajo el agua. Su cometido básico será el de cumplir las misiones como la proyección del poder naval sobre tierra, la guerra naval especial, la protección de una fuerza desembarcada, vigilancia, protección de una fuerza naval y, por supuesto, la disuasión.

¿Y quién era Cosme García, además de dar nombre a un instituto de la capital?, se preguntarán algunos. Pues un genio de la ingeniería del siglo XIX, un ‘manitas’ que vivió al límite, construyó el primer submarino español, inventó artilugios para la imprenta, las armas o los sellos, y todavía le quedó tiempo para enredarse en líos de faldas. Sin embargo, murió pobre y sin consuelo.

Nacido en Logroño en 1818, Cosme García fue un «manitas» desde niño, al que pronto sus vecinos le pusieron el mote de ‘El Pinche’. Inquieto como pocos, primero se dedicó a arreglar todo tipo de artilugios, fabricó guitarras y bandurrias y regentó un taller de artilugios varios frente a la parroquia de Palacio, aunque muy pronto descubrió su veta de inventor. Pero, como hombre del siglo XIX, se alistó en la Milicia Nacional, fue cazador empedernido y gran aficionado a las faldas.

Buscando fortuna, abandonó su Rioja natal y se trasladó con su familia a Madrid. En la villa y corte trabajó en el mantenimiento de la maquinaria para diversos organismos oficiales y con las patentes de sus inventos amasó una importante cantidad de dinero, que empleó, además de en vivir de forma desahogada, en la inversión para nuevos artilugios. Contratado por Correos, inventó novedosas máquinas para el sellado de cartas, lo que supuso una auténtica revolución en el sistema postal español, y durante casi veinte años el inventor logroñés se benefició de un contrato con Correos para la explotación de la patente. Tiempo después, ya como regente de la Imprenta Nacional, proyectó mejoras en la fundición de los caracteres de imprenta y diseñó las máquinas de timbre de la Casa de la Moneda.

 

Fusiles de repetición

Apasionado de la caza, Cosme García patentó diversos tipos de armas de fuego buscando siempre la ‘piedra filosofal’: sistemas de repetición, su gran sueño, hasta que perfeccionó una carabina de retrocarga que podía disparar más de 3.000 proyectiles sin que fallara el mecanismo y sin necesidad de limpiar el arma. Por desgracia, los 500 fusiles fabricados en Oviedo para armar a dos batallones de cazadores fueron robados durante la Gloriosa de 1868 y empleados por los rebeldes para derrocar al Gobierno que sustentaba a Isabel II.

Sin embargo, Cosme García no fue tan sólo un genio que soñaba con tornillos, piezas y sumergibles, estos últimos su gran obsesión. Fue también un personaje de novela, un hijo de su tiempo marcado por el Romanticismo imperante, por tiempos de trepidantes cambios. Entre planchas, sellos de caucho, cañones y pólvora bullía un tipo emprendedor de irrefrenable osadía en los negocios empresariales y, también, en los líos de faldas. Abandonó a su mujer, Úrsula Porres, y a sus tres hijos y se fue a vivir con la sirvienta, María Egaña, con la que aún tuvo otros dos.

«Vivió rápido y falleció prematuramente a los 56 años, pobre y triste ante la falta de interés hacia su submarino pero, antes de abandonar este mundo, probó su invento, no podía dejar de hacerlo y peleó cuanto pudo para conseguir los recursos necesarios para dar vida a su máquina», afirma el investigador Alejandro Polanco.

 

150 años del ‘Garcibuzo’

Con motivo del 150 aniversario de la presentación de la patente del ‘Garcibuzo’, el primer submarino español, el Grupo Filatélico y Numismático Riojano organizó en octubre del año pasado una serie de actos en homenaje al inventor logroñés Cosme García Sáez. El 25 de abril de 1861, este emprendedor riojano depositó en el Instituto de la Propiedad Industrial de París los planos originales de su sumergible. Esa hubiera sido, sin duda, la mejor fecha para haber anunciado que Defensa bautizaría un nuevo submarino con su nombre. Pero qué le vamos a hacer…

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Del estraperlo al soterramiento ferroviario
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Marcelino Izquierdo | 17-02-2012 | 18:08| 0

En los años 40, los gerifaltes ultimaban el traslado de una estación que era el centro del trapicheo local

Marcelino Izquierdo

Antes de la Guerra (Civil), incluso antes de la República (II), las autoridades logroñesas eran conscientes de que el viejo trazado de la vía del ferrocarril estrangulaba el desarrollo urbanístico de la capital riojana. Llevaban tiempo estudiando el posible traslado, pero el dinero siempre había sido un escollo insalvable. Por fin, el 12 de julio de 1948 el riojano Eduardo González Gallarza, a la sazón ministro del Aire, ponía la primera piedra de la nueva estación de tren. La misma que vimos caer bajo el yugo de la piqueta en agosto pasado -polémica incluida-, y que había sido inaugurada a bombo y platillo el 9 de noviembre de 1958, bajo la advocación del entonces titular del ramo Jorge Vigón.

Ahora que se cumple un año desde que se iniciaran las obras del soterramiento de la vía férrea, no estaría de más reconocer a los próceres que perpetraron tan chapucero traslado (apenas 500 metros hacia el sur) la poca vista que tuvieron.

Pero volvamos a los años 40. En plena posguerra, los gerifaltes de antaño conocían que, además de nudo de comunicaciones (viajeros y mercancías), la estación del tren que ocupaba lo que hoy es Gran Vía era el cuartel general del estraperlo riojano. En sus andenes esperaban la llegada del correo mujeres embarazadísimas que, bajo los sayones, en realidad ocultaban pellejos de vino o aceite; músicos ambulantes que usaban las fundas de los instrumentos para trapichear con jamones y otros embutidos menores, pan blanco o legumbres. En los alrededores, los compinches merodeaban a cualquier hora, pues si los matuteros barruntaban peligro al llegar a la estación, arrojaban la mercancía por las ventanillas para que sus socios las recogieron, lejos de la pareja de la Guardia Civil que patrullaba en los andenes.

Aunque no todo era cambalache. Llegaban cada día a la antigua estación honrados ciudadanos, con sus pesadas maletas; eran viajantes cargados de muestrarios, familias enteras que visitaban a los abuelos o jóvenes que buscaban un futuro en qué creer. Y en la entrada, se ganaban la vida los sufridos porteadores -’caracoles’ les motejaban-, que llevaban bultos y equipajes a cualquier lugar.

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De militares y señoritos
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Marcelino Izquierdo | 17-02-2012 | 17:58| 0

Llegó casi de tapadillo, envuelto en la polémica y con no pocos detractores. El 4 de marzo de 1904, por Real Decreto publicado por la Gaceta de Madrid –casi casi igual que lo que ha ocurrido hace no mucho con la ley antitabaco–, el gobierno de turno estableció el descanso dominical. Era un día a la semana sin necesidad de acudir al trabajo, con talleres y fábricas sin actividad, con tiendas y comercios con el cartelito de ‘cerrado’. Con estas misma palabras defendía tan ansiada conquista social el editorial publicado por Diario LA RIOJA: «El domingo, al reposo, a descansar, a permitir al cuerpo y al espíritu el tranquilo goce ganado en seis días de esfuerzo perseverante».

El ocio se soltó la melena: más teatro, más bailes populares, más deportes, más casinos y círculos recreativos… todo ello encaminado hacia lo que en los años 10 y 20 sería recordado como la Belle Epoque, que para unos fue muy belle y para otros se convirtió en un calvario de miseria.

Pero no nos adelantemos. En la presente imagen, tomada en Logroño a principios del siglo de las dos aspas, podemos contemplar cómo posa un grupo de caballeros, militares y civiles, vestidos con sus mejores galas, y apoyados sobre una carretas de la intendencia castrense, posiblemente de una pieza de artillería. Y la placa fue tomada en el patio del cuartel del Arma que festeja a Santa Bárbara –aquella vírgen y mártir cristiana de la que solo nos acordamos cuando truena–, recinto que se situaba donde hoy se levanta el Ayuntamiento de la capital riojana.

Malos tiempos
El Ejército, como el resto de la sociedad española, había sufrido demasiado recientemente la humillación de la derrota en las colonias de Cuba y Filipinas, el fatídico 1898, mientras el hambre y el descontento seguían extendiéndose sin remedio a lo largo y ancho del país. El conflicto en el norte de África permanecía en una tensa calma, entre las constantes refriegas que había estallado durante la segunda mitad del siglo XIX y las que estaban por llegar tanto en el Monte Gururú y como en el denominado desastre de Annual.

Por eso, la cúpula militar apostaba por la necesidad de mantener firme la moral de la tropa, a la que también se recurría para sofocar conatos revolucionarios dentro del territorio nacional. Los mandos ordenaron alternar la rígida disciplina castrense con la fiesta, la diversión y el entretenimiento, a lo que el florecimiento del ocio colaboró como una variada propuesta.

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‘La Relación’ del Auto de Fe de Mongastón cumple 400 años
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Marcelino Izquierdo | 08-01-2011 | 16:42| 0

El 7 de enero del 2010 el círculo ha quedado cerrado 400 años después. Si el Auto de Fe de Logroño de 1610 está considerado como el más importante de cuantos celebró la Inquisición española, no es por mera casualidad sino fruto de la difusión proporcionada por la ‘Relación’ publicada en la capital de La Rioja por el impresor Juan de Mongastón, precisamente con fecha de 7 enero de 1610. Aunque. Además de impresor, durante mucho tiempo se consideró a Mongastón como el cronista (periodismo de calle en en el siglo XVII) del Auto de Fe. Gracias a la ‘La relación de las personas que salieron al Auto de fe…’, un texto descriptivo de cuanto ocurrió hace 400 años en la capital de La Rioja, la intelectualidad española pudo conocer los entresijos de y que culminó con la quema, en el Pozo Cubillas, de once brujas del popularmente conocido como ‘Proceso de Zugarramurdi’. Esta ‘Relación’ ya fue reeditada con los comentarios de Moratín (1811) y sirvió de inspiración al genial Goya para algunos de sus ‘Caprichos’. Pero el hallazgo de una ‘Relación’ casi idéntica, publicada en Burgos por Juan Bautista Varesio un día después que la de Mongastón, orienta la autoría del texto hacia algún alto cargo de la Inquisición y no hacia el impresor riojano, como se creía. Es posible que alguno de los inquisidores, quizá buscando escandalizar al pueblo con las tropelías de la secta brujeril –y que, años después, resultaron falsas-, encendió la mecha de la ulterior voladura del Santo Oficio, ya en 1813.

Esta «Relacion summaria del auto de la fe que los señores doctor Alonso Bezerra Holguin, del Abito de Alcantara, licenciado Ioan de Valle Alvarado, licenciado Alonso de Salazar Frias, Inquisidores Apostólicos en el Reyno de Navarra y su distrito, celebraron en la Ciudad de Logroño, en siete y ocho días del mes de Noviembre, de mil seyscientos y diez años», publicada en la ciudad castellana, es propiedad de la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Se trata de un texto que, a diferencia del de Mongastón, incluye apostillas al margen y los nombres de las personas ajusticiadas y condenadas a la hoguera. Ya en 1912, el estudioso Agustín González de Amezua, en la introducción a la edición crítica de la obra de Cervantes ‘El casamiento engañoso y el coloquio de los perros’, se refiere a esta edición como de una «extremada rareza» por no aparecer citada en ninguna bibliografía. Realiza además una descripción sobre el estado del libro que él vio entonces con detalle sobre un par de páginas deterioradas, el mismo que se encuentra en la UPNA.

Las primeras noticias de Juan de Mongastón, posiblemente de origen francés, se encuentran en Igea, por lo que no sería extraño que aquel fuera su lugar de nacimiento. Ya instalado en Logroño, el impresor riojano publicó obras notables como la Historia de Nuestra Señora de Valvanera (1610), el Auto de Fe de Logroño (1611) o los comentarios al Cantar de los Cantares (1637) en dos tomos. También sacó a la luz libros notables en otros puntos de La Rioja, como los Emblemas de Alciato y Las Eróticas de Esteban Manuel de Villegas, en Nájera, mientras que en 1627 también realizó trabajos en la villa de Haro.

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