La Rioja
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¿Dos 'Curas Merino'?
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Marcelino Izquierdo | 16-02-2012 | 16:42| 0

Existe cierta confusión entre las figuras históricas del clérigo arnedano Martín Merino y del guerrillero burgalés Jerónimo Merino. A ambos les apodaron en su época el ‘Cura Merino’ y ambos fueron dos personajes destacados en el devenir de la primera parte del siglo XIX español.

Mientras sobre el Merino riojano, nacido en Arnedo para másc señas, sus ‘hazañas’ pueden ser leídas en este mismo blog, de Jerónimo Merino Cob hay que apuntar que nació en 1769 en la localidad de Villovodiano (Burgos) , muy cerquita de Lerma, y que falleció en la ciudad francesa de Alençon en 1844. Jerónimo Merino siguió la carrera eclesiástica desde muy joven, fue párroco de su pueblo y durante la Guerra de la Independencia scontra el francés e convirtió en uno de los más famosos guerrilleros castellanos, alcanzado, incluso, el grado de gobernador militar de Burgos.

Durante el Trienio Liberal (1820-1823) retomó la guerrilla, apoyando la invasión de los «Cien Mil Hijos de San Luis». A la muerte de Fernando VII, tras estallar la I Guerra Carlista, se alistó en el bando que apoyaba a Carlos María Isidro en contra de María Cristina. Cuando el denominado Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto puso fin a la contienda, Jerónimo Merino se exilió en Francia, donde murió en 1844. En la localidad burgalesa de Lerma, cercana a Villoviado, pueden contemplarse varios recuerdos de Jerónimo Merino, como una estatua o su tumba, sin olvidar una ruta turística de gran encanto, que no olvida Covarrubias.

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Enrique López Marín, el riojano que catapultó el ‘género chico’
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Marcelino Izquierdo | 13-02-2012 | 11:00| 0

«Su vida comienza con una incógnita o un error de peso que el propio Enrique López Marín no se ocupó de rectificar. Todas las bibliografías que citan al escritor riojano dicen que nació en 1868, dos años después de la fecha que indica su partida de bautismo, el 19 de noviembre de 1866», asegura Inmaculada Benito, profesora e investigadora del IER
Benito es la responsable de la edición de cuatro piezas cómicas del «género chico» escritas por el literato logroñés López Marín, cuya biografía también analiza en el libro recientemente publicado por el Instituto de Estudios Riojanos.
«Es curioso, pero el expediente académico del Instituto Sagasta señala que el escritor tenía 10 años cuando superó el examen de instrucción primaria, el 28 de septiembre de 1878, cuando, en realidad, le faltaban dos meses para cumplir los 12 años». De igual modo que «su partida de defunción, que he cotejado en el Archivo Histórico de Madrid, informa de que «tenía 50 años» el día de su muerte –11 de marzo de 1919– y no 52, que era su edad verdadera».
Enrique López Marín residió en la capital riojana hasta 1878, año en el que se traslado a Madrid y estudió en el Instituto San Isidro, cuna académica de figuras de la talla de Larra, Baroja, Mihura, los hermanos Machado, Benavente, y dos Nobel de Literatura: Aleixandre y Cela). Con motivo de su fallecimiento, el colaborador de LA RIOJA Isaac Abeytua lo recordaba como un escritor logroñés que adquirió gran fama en Madrid, donde hizo fortuna. También señalaba el parentesco con la familia Insausti, dueña de la Pirotecnia logroñesa, no en vano su madre era Casimira Insausti, hija mayor de la familia, aunque se desconoce porqué se cambió el segundo apellido.
La vinculación con su ciudad natal la mantuvo a través de colaboraciones literarias, como por ejemplo en el periódico satírico logroñés ‘El Zurriago’ (1897).
Con 17 años, según Inmaculada Benito, dejó los estudios y se vinculó a la vida bohemia madrileña. «Frecuentaba tertulias literarias, cafés –en el café Levante compartía mesa con Jacinto Benavente–, teatros, redacciones de periódicos… Su primera obra, ‘Bordeaux: vino de mesa’, la estrenó con 22 años».

Cien obras
La última década del siglo XIX fue la más prolífica de su carrera, pues del periodo 1889-1900 data casi la mitad de su producción dramática (33 obras). «Es un buen ejemplo del teatro que hacía furor en esos años, que son considerados la década de esplendor del «género chico»: obras en un acto, la mayoría de carácter cómico, de no más de una hora de duración, donde la música y los cantables ocupaban una parte muy importante, porque era lo que más le gustaba al público», explica la profesora.
Sus dos éxitos más atronadores son ‘Los africanistas’ (1894) una parodia de ‘El dúo de la Africana’, ambas con música del compositor Manuel Fernández Caballero y, ‘Venus-Salón’ (1899), una revista en colaboración con F. Limendoux, cuya fama propició hasta una cuarta edición reformada con escenas nuevas (1905), que alcanzó más de 600 representaciones en los teatros de la Zarzuela, Lírico y Eslava. También en 1907 López Marín fue secretario del Teatro Real.
Con 29 años dirigió el periódico ‘El diablo mundo’, con una joven redacción: Palomero, Limendoux y Gabaldón. «Sus colaboraciones en prensa fueron continuas, siempre en publicaciones de carácter cómico, satírico, festivo, la más destacada ‘Madrid Cómico’, aunque ya más maduro, dirigió la revista ‘Crónica teatral’ (1908-1909)».

Cuplé ‘Polichinela’

De su labor como dramaturgo en el siglo XX destaca, además de seguir colaborando con músicos tan prestigiosos como Ruperto Chapí o Vicente Lleó (’La Corte del faraón’), escribió la letra de numerosos cuplés. Fueron los teatros Lara y Eslava los que acogieron los títulos más afamados de estos años: ‘El vals de los besos’ (Eslava, 1911), ‘La de los ojos del cielo’ (Lara, 1911), ‘Marido modelo’ (Lara, 1912), ‘El gato rubio’ (Novedades, 1912), ‘En Sevilla está el amor’ (Eslava, 1912), ‘La perdición de los hombres’, ‘El Polichinela’ y ‘La escena del sofá’ (Lara, 1913), ‘La reina de las palomas’ (Lara, 1914) y ‘La dama del velo azul’ (Coliseo Imperial, 1914). Entre las cupletistas que cantaron sus letras la más conocida era la bilbaína Aurora Jauffret, ‘La Goya’.
«Llama la atención –añade Inmaculada Benito– que la partida de defunción señale que su estado civil era el de soltero, pese a que tuvo un hijo, Manuel López Marín, también escritor y periodista. De hecho, compartía el piso con Alejandra Camarillo, de Guadalajara».
El panegírico más sentido lo escribió en el diario ABC su amigo Floridor (Luis Gabaldón): «De noble ingenio, de fácil y elegante pluma, que [se] supo substraer siempre, por su nativo buen gusto, a toda sugestión chocarrera, porque su temperamento atildado y exquisito se rebelaba contra toda manifestación de plebeyez literaria».

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El atentado del cura Merino apuntaló en el trono a la reina Isabel II
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Marcelino Izquierdo | 11-02-2012 | 11:41| 1

Cuando se cumple ahora 160 años del intento de regicidio y posterior ejecución del cura Merino los análisis históricos que se están llevando a cabo refuerzan la tesis de que el Gobierno moderado de Bravo Murillo aprovechó la coyuntura para reforzar la imagen de la reina, ya entonces bastante deteriorada. «Mi celebridad se quedará en las estamperías», aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en la capital de España por regicida. Este sacerdote nacido en Arnedo y apodado el cura Merino intentó asesinar a la reina Isabel II, pero su puñalada sólo pudo herir a la hija de Fernando VII. Muchos quisieron ver en su atentado una conspiración contra la Corona, pero él siempre lo negó.

Atentado en Atocha
El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como ‘La Chata’ y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año. El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.
El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».
Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (…). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.
Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».

Muerte a los enemigos
En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».
Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.

Isabel II y “Paquita”

Desde el momento que accedió al trono, la imagen de la reina Isabel II comenzó a deteriorarse rápidamente: el pueblo había salido muy harto del reinado de su padre, Fernando VII, y de la posterior guerra civil entre isabelinos y carlistas; el matrimonio entre Isabel y su primo Francisco de Asís –al que la gente motejaba como “Paquita”- iba de escándalo en escándalo, al igual que los escarceos amorosos de la exregente María Cristina; la reina había dejado hacer de su capa un sayo a los moderados, no sólo desde un punto de vista de represión política sino, también, con una gestión que frenaba el librecambismo que imperaba en Europa.

La oportunidad de tocar la fibra del ciudadano de a pie, manipulando la imagen de una joven madre herida nada más bautizar a su hija por un loco, no fue desaprovechada por el jefe de Gobierno, Bravo Murillo. La propaganda oficial se encargó de airear el suceso y de colocar a Isabel II como víctima, buena madre, amante esposa y excelente gobernadora. De hecho, cuando en 1854 la revolución conocida como “La Vicalvarada” derrocó el Gabinete moderado, la reina aguantó sobre su trono y no fue hasta la segundo intentona de 1868 hasta su derrocamiento definitivo.

Nacido en Arnedo

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.

Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.

Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.

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El nuevo submarino Cosme García
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Marcelino Izquierdo | 09-02-2012 | 19:43| 0

Vuelve a estar de actualidad el ilustre logroñés Cosme García después de que el presidente del Gobierno regional agradeciera al ministro de Defensa, Pedro Morenés, la decisión de bautizar uno de los submarinos de la Marina española con el nombre del inventor riojano. «Es una manera de perpetuar la historia de este riojano ilustre y de que su legado permanezca en el tiempo. Es una buena noticia», ha afirmado Pedro Sanz. En realidad, la decisión ya era conocida desde la pasada primavera, siendo entonces titular del Ministerio Carme Chacón.

El futuro submarino Cosme García será un sumergible de la clase S-80, que está construyendo la empresa española Navantia en su factoría de Cartagena. Está previsto que el primero (S-81) sea botado en el 2013, con el nombre de Isaac Peral, que entrará en servicio en marzo del 2015; el segundo –S-82 Narciso Monturiol-, en noviembre de 2016; el tercero (S-83), dedicado a Cosme García, se botará en marzo del 2017, junto un siglo después desde que se le dedicara el primero (1917), y el cuarto (S-84) será nominado Mateo García de los Reyes, en homenaje al primer jefe del arma submarina española, y se hará a la mar en mayo del 2018. No es el primer submarino español que lleva el nombre del inventor logroñés. En 1917 el Consejo de Ministros bautizó como Cosme García, a uno de los submarinos de la Armada Española de Clase A adquiridos a Italia. En 1972, el submarino S-32, procedente de la ayuda norteamericana, también paseó la figura del ilustre riojano por el ancho mar.

 

Las características fundamentales de los futuros sumergibles se basan en un nuevo sistema de propulsión de alta tecnología y una gran autonomía bajo el agua. Su cometido básico será el de cumplir las misiones como la proyección del poder naval sobre tierra, la guerra naval especial, la protección de una fuerza desembarcada, vigilancia, protección de una fuerza naval y, por supuesto, la disuasión.

¿Y quién era Cosme García, además de dar nombre a un instituto de la capital?, se preguntarán algunos. Pues un genio de la ingeniería del siglo XIX, un ‘manitas’ que vivió al límite, construyó el primer submarino español, inventó artilugios para la imprenta, las armas o los sellos, y todavía le quedó tiempo para enredarse en líos de faldas. Sin embargo, murió pobre y sin consuelo.

Nacido en Logroño en 1818, Cosme García fue un «manitas» desde niño, al que pronto sus vecinos le pusieron el mote de ‘El Pinche’. Inquieto como pocos, primero se dedicó a arreglar todo tipo de artilugios, fabricó guitarras y bandurrias y regentó un taller de artilugios varios frente a la parroquia de Palacio, aunque muy pronto descubrió su veta de inventor. Pero, como hombre del siglo XIX, se alistó en la Milicia Nacional, fue cazador empedernido y gran aficionado a las faldas.

Buscando fortuna, abandonó su Rioja natal y se trasladó con su familia a Madrid. En la villa y corte trabajó en el mantenimiento de la maquinaria para diversos organismos oficiales y con las patentes de sus inventos amasó una importante cantidad de dinero, que empleó, además de en vivir de forma desahogada, en la inversión para nuevos artilugios. Contratado por Correos, inventó novedosas máquinas para el sellado de cartas, lo que supuso una auténtica revolución en el sistema postal español, y durante casi veinte años el inventor logroñés se benefició de un contrato con Correos para la explotación de la patente. Tiempo después, ya como regente de la Imprenta Nacional, proyectó mejoras en la fundición de los caracteres de imprenta y diseñó las máquinas de timbre de la Casa de la Moneda.

 

Fusiles de repetición

Apasionado de la caza, Cosme García patentó diversos tipos de armas de fuego buscando siempre la ‘piedra filosofal’: sistemas de repetición, su gran sueño, hasta que perfeccionó una carabina de retrocarga que podía disparar más de 3.000 proyectiles sin que fallara el mecanismo y sin necesidad de limpiar el arma. Por desgracia, los 500 fusiles fabricados en Oviedo para armar a dos batallones de cazadores fueron robados durante la Gloriosa de 1868 y empleados por los rebeldes para derrocar al Gobierno que sustentaba a Isabel II.

Sin embargo, Cosme García no fue tan sólo un genio que soñaba con tornillos, piezas y sumergibles, estos últimos su gran obsesión. Fue también un personaje de novela, un hijo de su tiempo marcado por el Romanticismo imperante, por tiempos de trepidantes cambios. Entre planchas, sellos de caucho, cañones y pólvora bullía un tipo emprendedor de irrefrenable osadía en los negocios empresariales y, también, en los líos de faldas. Abandonó a su mujer, Úrsula Porres, y a sus tres hijos y se fue a vivir con la sirvienta, María Egaña, con la que aún tuvo otros dos.

«Vivió rápido y falleció prematuramente a los 56 años, pobre y triste ante la falta de interés hacia su submarino pero, antes de abandonar este mundo, probó su invento, no podía dejar de hacerlo y peleó cuanto pudo para conseguir los recursos necesarios para dar vida a su máquina», afirma el investigador Alejandro Polanco.

 

150 años del ‘Garcibuzo’

Con motivo del 150 aniversario de la presentación de la patente del ‘Garcibuzo’, el primer submarino español, el Grupo Filatélico y Numismático Riojano organizó en octubre del año pasado una serie de actos en homenaje al inventor logroñés Cosme García Sáez. El 25 de abril de 1861, este emprendedor riojano depositó en el Instituto de la Propiedad Industrial de París los planos originales de su sumergible. Esa hubiera sido, sin duda, la mejor fecha para haber anunciado que Defensa bautizaría un nuevo submarino con su nombre. Pero qué le vamos a hacer…

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Del estraperlo al soterramiento ferroviario
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Marcelino Izquierdo | 16-01-2011 | 13:09| 0

En los años 40, los gerifaltes ultimaban el traslado de una estación que era el centro del trapicheo local

Marcelino Izquierdo

Antes de la Guerra (Civil), incluso antes de la República (II), las autoridades logroñesas eran conscientes de que el viejo trazado de la vía del ferrocarril estrangulaba el desarrollo urbanístico de la capital riojana. Llevaban tiempo estudiando el posible traslado, pero el dinero siempre había sido un escollo insalvable. Por fin, el 12 de julio de 1948 el riojano Eduardo González Gallarza, a la sazón ministro del Aire, ponía la primera piedra de la nueva estación de tren. La misma que vimos caer bajo el yugo de la piqueta en agosto pasado -polémica incluida-, y que había sido inaugurada a bombo y platillo el 9 de noviembre de 1958, bajo la advocación del entonces titular del ramo Jorge Vigón.

Ahora que se cumple un año desde que se iniciaran las obras del soterramiento de la vía férrea, no estaría de más reconocer a los próceres que perpetraron tan chapucero traslado (apenas 500 metros hacia el sur) la poca vista que tuvieron.

Pero volvamos a los años 40. En plena posguerra, los gerifaltes de antaño conocían que, además de nudo de comunicaciones (viajeros y mercancías), la estación del tren que ocupaba lo que hoy es Gran Vía era el cuartel general del estraperlo riojano. En sus andenes esperaban la llegada del correo mujeres embarazadísimas que, bajo los sayones, en realidad ocultaban pellejos de vino o aceite; músicos ambulantes que usaban las fundas de los instrumentos para trapichear con jamones y otros embutidos menores, pan blanco o legumbres. En los alrededores, los compinches merodeaban a cualquier hora, pues si los matuteros barruntaban peligro al llegar a la estación, arrojaban la mercancía por las ventanillas para que sus socios las recogieron, lejos de la pareja de la Guardia Civil que patrullaba en los andenes.

Aunque no todo era cambalache. Llegaban cada día a la antigua estación honrados ciudadanos, con sus pesadas maletas; eran viajantes cargados de muestrarios, familias enteras que visitaban a los abuelos o jóvenes que buscaban un futuro en qué creer. Y en la entrada, se ganaban la vida los sufridos porteadores -‘caracoles’ les motejaban-, que llevaban bultos y equipajes a cualquier lugar.

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De militares y señoritos
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Marcelino Izquierdo | 09-01-2011 | 12:51| 0

Llegó casi de tapadillo, envuelto en la polémica y con no pocos detractores. El 4 de marzo de 1904, por Real Decreto publicado por la Gaceta de Madrid –casi casi igual que lo que ha ocurrido hace no mucho con la ley antitabaco–, el gobierno de turno estableció el descanso dominical. Era un día a la semana sin necesidad de acudir al trabajo, con talleres y fábricas sin actividad, con tiendas y comercios con el cartelito de ‘cerrado’. Con estas misma palabras defendía tan ansiada conquista social el editorial publicado por Diario LA RIOJA: «El domingo, al reposo, a descansar, a permitir al cuerpo y al espíritu el tranquilo goce ganado en seis días de esfuerzo perseverante».

El ocio se soltó la melena: más teatro, más bailes populares, más deportes, más casinos y círculos recreativos… todo ello encaminado hacia lo que en los años 10 y 20 sería recordado como la Belle Epoque, que para unos fue muy belle y para otros se convirtió en un calvario de miseria.

Pero no nos adelantemos. En la presente imagen, tomada en Logroño a principios del siglo de las dos aspas, podemos contemplar cómo posa un grupo de caballeros, militares y civiles, vestidos con sus mejores galas, y apoyados sobre una carretas de la intendencia castrense, posiblemente de una pieza de artillería. Y la placa fue tomada en el patio del cuartel del Arma que festeja a Santa Bárbara –aquella vírgen y mártir cristiana de la que solo nos acordamos cuando truena–, recinto que se situaba donde hoy se levanta el Ayuntamiento de la capital riojana.

Malos tiempos
El Ejército, como el resto de la sociedad española, había sufrido demasiado recientemente la humillación de la derrota en las colonias de Cuba y Filipinas, el fatídico 1898, mientras el hambre y el descontento seguían extendiéndose sin remedio a lo largo y ancho del país. El conflicto en el norte de África permanecía en una tensa calma, entre las constantes refriegas que había estallado durante la segunda mitad del siglo XIX y las que estaban por llegar tanto en el Monte Gururú y como en el denominado desastre de Annual.

Por eso, la cúpula militar apostaba por la necesidad de mantener firme la moral de la tropa, a la que también se recurría para sofocar conatos revolucionarios dentro del territorio nacional. Los mandos ordenaron alternar la rígida disciplina castrense con la fiesta, la diversión y el entretenimiento, a lo que el florecimiento del ocio colaboró como una variada propuesta.

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'La Relación' del Auto de Fe de Mongastón cumple 400 años
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Marcelino Izquierdo | 08-01-2011 | 12:59| 0

El 7 de enero del 2010 el círculo ha quedado cerrado 400 años después. Si el Auto de Fe de Logroño de 1610 está considerado como el más importante de cuantos celebró la Inquisición española, no es por mera casualidad sino fruto de la difusión proporcionada por la ‘Relación’ publicada en la capital de La Rioja por el impresor Juan de Mongastón, precisamente con fecha de 7 enero de 1610. Aunque. Además de impresor, durante mucho tiempo se consideró a Mongastón como el cronista (periodismo de calle en en el siglo XVII) del Auto de Fe. Gracias a la ‘La relación de las personas que salieron al Auto de fe…’, un texto descriptivo de cuanto ocurrió hace 400 años en la capital de La Rioja, la intelectualidad española pudo conocer los entresijos de y que culminó con la quema, en el Pozo Cubillas, de once brujas del popularmente conocido como ‘Proceso de Zugarramurdi’. Esta ‘Relación’ ya fue reeditada con los comentarios de Moratín (1811) y sirvió de inspiración al genial Goya para algunos de sus ‘Caprichos’. Pero el hallazgo de una ‘Relación’ casi idéntica, publicada en Burgos por Juan Bautista Varesio un día después que la de Mongastón, orienta la autoría del texto hacia algún alto cargo de la Inquisición y no hacia el impresor riojano, como se creía. Es posible que alguno de los inquisidores, quizá buscando escandalizar al pueblo con las tropelías de la secta brujeril –y que, años después, resultaron falsas-, encendió la mecha de la ulterior voladura del Santo Oficio, ya en 1813.

Esta «Relacion summaria del auto de la fe que los señores doctor Alonso Bezerra Holguin, del Abito de Alcantara, licenciado Ioan de Valle Alvarado, licenciado Alonso de Salazar Frias, Inquisidores Apostólicos en el Reyno de Navarra y su distrito, celebraron en la Ciudad de Logroño, en siete y ocho días del mes de Noviembre, de mil seyscientos y diez años», publicada en la ciudad castellana, es propiedad de la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Se trata de un texto que, a diferencia del de Mongastón, incluye apostillas al margen y los nombres de las personas ajusticiadas y condenadas a la hoguera. Ya en 1912, el estudioso Agustín González de Amezua, en la introducción a la edición crítica de la obra de Cervantes ‘El casamiento engañoso y el coloquio de los perros’, se refiere a esta edición como de una «extremada rareza» por no aparecer citada en ninguna bibliografía. Realiza además una descripción sobre el estado del libro que él vio entonces con detalle sobre un par de páginas deterioradas, el mismo que se encuentra en la UPNA.

Las primeras noticias de Juan de Mongastón, posiblemente de origen francés, se encuentran en Igea, por lo que no sería extraño que aquel fuera su lugar de nacimiento. Ya instalado en Logroño, el impresor riojano publicó obras notables como la Historia de Nuestra Señora de Valvanera (1610), el Auto de Fe de Logroño (1611) o los comentarios al Cantar de los Cantares (1637) en dos tomos. También sacó a la luz libros notables en otros puntos de La Rioja, como los Emblemas de Alciato y Las Eróticas de Esteban Manuel de Villegas, en Nájera, mientras que en 1627 también realizó trabajos en la villa de Haro.

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