12 Jul 2008

Para no olvidar: Una de mucho bueno (y 2)

A ver si me pongo al día con las historias de vinos…

Como les decía, la tarde de aquel primer sábado de junio tocaba el evento que servía como segunda justificación de mi escapada a Nueva York. En planes desde hacía tiempo estaba el gran jeebus anual con motivo de los cumpleaños casi simultáneo de varios ilustres enochalados neoyorquinos. Este año tanta gente había aceptado la invitación que hubo que mover la fiesta de su habitual sede, el apartamento de Brad Kane, a lo de SFJoe, que es mucho más grande y mejor dotado para mayor público.

Con lo que no contamos fue con que irían más de veinte personas. Pero nada, que al final nos bandeamos y la celebración fue todo un éxito. Presente estaba Kane, junto a Chris Coad y su esposa, Lisa Allen, quien era una de las festejadas. También estaban el Dr. K, Josh Raynolds, Michel Abood. El verdadero Jay Miller, Joe Dressner y su esposa Denysel Louis, Eden Blum y su marido y un montón de personajes más, algunos de los cuales veía yo por primera vez en mi vida.

Se bebió alguito.

Comenzamos con el Larmandier-Bernier, Brut Naturel Premier Cru “Terre de Vertus”, Champagne NV, profundamente mineral de una forma patentemente marina. Brillantemente limpio y puro, con tremendo agarre cítrico-mineral. Bien seco e implacablemente enfocado. Rico, rico, rico.

Acto seguido (y no se imaginan cuan seguido; estos jeebus tienden a ver las botellas aparecer a velocidades vertiginosas) apareció el Edmond Vatan, “Clos de la Néore”, Sancerre 2006, un vino vibrante, vital, con una nota de yodo encima de fruta de hueso y cítricos apretados. Acojonante mineralidad, como de costumbre. Eso sí, lo noto bastante abierto de hilvane. Quizás no sea de tan largo plazo como es habitual con Vatan.

A toda máquina continuamos con un François Cotat, “Les Monts Damnés”, Sancerre 1989. La broma era que ésta botella, si era fraudulenta, era el fraude más burdo de la historia. Sobre la añada que ostensiblemente ponía en la etiqueta había una pegatina como de Dymo que ponía 1989. Pero no, SFJoe, de cuyo haber salió este ejemplar, nos explicó que lo compró directamente en el domaine y que, al parecer, se les habían agotado las etiquetas del 89, por lo que tuvieron que improvisar, dejando como única constancia de la auténtica añada del vino la marca en el corcho.

Vamos, que aquí teníamos otra que, si fraudulenta, era una obra de arte de esos menesteres. La describí como “un bonbón de madreselva”. Precioso vino, cremoso y opulento, pero a la vez con un aspecto de delicadeza que lo hace sumamente atractivo.

El Robert Denis, Touraine “Azay-Le-Rideau” 1989 me hizo plasmar una nota que, vista retrospectivamente, resulta irrisoriamente contradictoria. Digo que es “como ver un bloque de granito explotar”, pero a la vez lo describo como “implacablemente cerrado; bello en su severidad”. No sé, a la vez explosivo y retraido… ¿Será posible?

Había yo traido de Chelsea Wine Storage una botella de aquella caja del Movia, Rebula, Brda, Gorincka, Eslovenia 2004 que compré tras mi cumpleaños del 2007 por lo sorprendentemente excelente que me encontré este vino. Quería ver en qué andaba y resultó ser, al menos en opinión de Josh Raynolds y un par más de lso presentes, “la revelación blanca de la noche”. Una botella excelente, la verdad. Aromas de maíz, membrillo, manzana dorada y arena. Boca sedosa, pero con excelente agarre. Largo, con dejes de naranja y humo entre su mineralidad final.

Otro salido de mi casillero en Chelsea fue el J. Moreau, “Les Clos”, Chablis Grand Cru 1995. Creo que esta botella la compré en la tienda de la desaparecida Cadierno Corporation, cuando vivía en Puerto Rico. Muchas tardes de sábado excelentes pasé en aquella Cava de Cadierno, donde uno podía abrir los vinso que compraba y compartirlos con amigos en cómodas mesas. Habré probado este chablis, lo tendrían a buen precio y decidiría guardarlo, para encontrármelo en Nueva York una década después… O algo así va la historia.

Sorprendentemente fresco y no bullshitoso para chablis de negociante. Vamos, que hasta sí parece grand cru y todo… Ostras, beurre blanc, manzana, naranja, limón persa… Se deja beber. Hasta podría acusársele de tener garra y persistencia.

Alguien me señaló que probara el José Pariente, “Varietal Verdejo”, Rueda 2007. Aparentemente lo consideraba lo máximo de Rueda, etc. Yo respondí con mi sonsonete de siempre, que si Blanco Nieva Pie Franco y no hay más ná, etc., etc. Este en particular me lo daña un aroma de fruta de la pasión bastante forzado, que borra cualquier otra traza de carácter. Por lo demás, aparte de monótono, es limpio y persistente. De hecho, esa persistencia es lo que tiene de particular este vino, pues se queda un buen rato, en su maracuyez crónica.

Un Inwood Estates, Palomino-Chardonnay, Dallas Texas 2005 fue la novedad extraña de la noche y resultó bastante terrible. Huele al pie de manzana de McDonald’s (olor que se me quedó marcado indeleblemente en la memoria desde la niñez y que no hay manera de hacerme olvidar, aún si hace décadas que no entro en uno de los susodichos antros comistrágicos), a bombones de banana, paja y merenguitos azucarados. Asqueroso. No provoca a echárselo en la boca, pero yo lo pruebo, por lo de dizque ser “justo”. Fofo, caliente, torpe. Uno de esos que te hacen pensar que quizás esto de las regiones vitivinícolas emergentes debiéramos repensarlo mejor.

Para quitarme este desastrillo de la memoria lo más pronto posible, el Dr. K me echa en la copa un poco de Moët & Chandon, Brut “Cuvée Dom Pérignon”, Champagne 1990 que sí que está bueno y me recuerda que las grandes marcas tiempo atrás eran mucho más que fashionismo pendejo. Dom Pérignon era Dom Pérignon y se respetaba. Aquí un vino que, aunque es opulento y no se anda con timidez en cuanto a ciertos aspectos pasteleros, tampoco sacrifica en lo más mínimo la elegancia y la precisión. Cremoso, vibrante y perfectamente enfocado—un vino del que me sería imposible cansarme.

Refrescado por el Dom, decidí entrarle, antes de pasar a tintos, a otra champaña, que había aportado yo mismo, el Fléury, Rosé de Saignée, Champagne NV. Anticlímax absoluto después del noble anterior. Aquí hay voluptuosidad y dulzor frutal fácil, pero al final resulta demasiado trivial y olvidable. Seguí de largo pronto y cambié la copa para entrarle al Marcel Lapierre, Morgon 2006, que es pura frambuesa y fresa con una vivísima vena granítica. Limpio, auténtico y larguísimo. Luego pasé a un Fourrier, “Les Gruenchers” Vieille Vigne, Chambolle-Musigny Premier Cru 2001 que no podía estar más lejos de su momento. Completamente cerrado, dando señas vagas de frutas rojas y fina mineralidad. Pero ahora mismo no quiere trato con nadie.

En otro orden de ideas completamente, me dí de frente con una maravillosa botella del Château Giscours, Margaux 1971. Anís, hierro, pimienta, lavanda, cáscara de naranja, cedro, nuez moscada y ciruela roja. Muy presente, de hecho, vivaz. Un margaux de cuerpo medio, jugoso, fresco y sumamente elegante, con excelente estructura. Cierto agarre tánico aún en el final.

Un Joseph Roty, “Cuvée de Très Vieilles Vignes”, Charmes-Chambertin Grand Cru 1992 me sale al encuentro y se cree que es un Saint-Emilion de la parte llana de esa zona, lo que no es particularmente bueno, a mi ver. Huele a tomate, cenicero, cereza, arándano y tierra negra, con un asuntito de fondo que no deja de hacerme pensar en morcillas. En boca es rústico y bastante tímido de entrada, aunque largo. Raro vino.

Eché yo mano a mi mochila, que estaba a un lado de la sala. En Chelsea me había entrado una peculiar indecisión sobre qué traer a la fiesta y había comenzado a echar al saco botellas muy dispares, sin particular lógica más que el que se encontraran en cajas cercanas en mi colección. Siendo como soy y viendo que éramos suficientes, me decidí a abrirlo absolutamente todo, a ver si por lo menos con algo ponía la pica en Flandes.

Primero abrí una botella con cierto significado sentimental, pues me la había regalado el mismísimo Don Giacinto Brovia cuando visité su cantina hace unos años. Medió dos botellas de este vino con una expresión enigmática en la cara. Era su experimento de vinificación “al estilo del otro bando”, o sea, con madera nueva, etc. Se trataba del Brovia, “Solatio Brovia”, Dolcetto d’Alba 2003 y es triste decirlo, por lo mucho que tiende a gustarme todo lo que hace este magnífico elaborador piamontés, pero qué va… Huele a mantequilla de maní, ciruela rostizada y eneldo, mucho eneldo. Grande, redondo, fofo y goloso en boca. Me resulta incomprensible. Y creo que no fuí el único en la concurrencia con esta impresión.

No dejando que se discutiera mucho este dolcetto, abrí un Charles Joguet, “Les Varennes du Grand Clos”, Chinon 1997. Al verlo en mis cajas recordé lo leido hace unos meses en Le goût et le pouvoir de Jonathan Nossiter y quise calibrar opiniones sobre vinos más recientes de Joguet.

El atractivo aroma de éste me remontó a otra época de mi vida, a navidades pasadas en Alemania, cuando servían vino caliente con especias y naranja, aquel Glühwein que mataba el frío inmediatamente. Está aquí junto a toronja rosa, cereza, ciruela e incienso. Ligero en boca, pero especiado y sorprendentemente suculento en el medio. Muy pulido. Quizás, entre tanta exuberancia aromática, es en ese pulido que emerge el fallo, pues se le siente quizás menos estructurado de lo que debiera ser. Al final te suelta una nota perfumada que recuerda a potpourri.

El Dr. K había traido con él a Alex, un amable muchacho, también ruso, que trabaja con él y se ha vuelto entusiasta del vino. Alex había traido a la fiesta una botella de Château Léoville-Poyferré, Saint-Julien 1998.

Sí, ése

.

Anjá. El de Michel Rolland. El que me engañó de jovencísimo por lo accesible y sabroso que estaba y con el que se me rompió el corazón al enterarme de que una de mis propiedades favoritas de todo Burdeos ahora se encontraba bajo la nefasta influencia del consultor superestrella.

El gentil Dr. K andaba atrás de ver un poco de comedia. Como el pródigo Latin Liquidator había vuelto a casa, era justo que el pródigo Latin Liquidator soltara una pataleta lúdico-crítica como en los buenos tiempos.

Y es que me la puso fácil, porque esto es un esperpento maderístico I-M-P-E-R-D-O-N-A-B-L-E. Huele hueco. Podía bien estar oliendo una barrica nuevecita que no ha tenido nunca nada que ver con vino. Creo conocer bien a Léoville-Poyferré. Durante los últimos veinte años he probado un montón de añadas, en circunstancias distintas, y declaro sin que me quede nada por dentro que sencillamente no es esto. No tiene nada que ver con esta horriblemente enmaderada, fofa y caliente imitación de Napa.

Bueno, imitación de Napa actual. Porque si hubiesen intentado hacer algo del Napa de otra época, quizás lo hubiese aceptado. Pero no. Duele pensar que uno de los más nobles terroirs bordeleses haya sido reducido a producir algo de tal vulgaridad.

Pero hablando de Napa de verdad, cuando una botella de Château d’Armailhac, Pauillac 1998 que saqué de la mochila me salió fatalmente cocinada, abrí inmediatamente un Chappelet, Cabernet Sauvignon “Signature Series”, Napa Valley 1995 que me sirvió para recordar la magia californiana de otros tiempos, que ya casi nunca se da. Aroma penetrante de eucalipto con una nota de whisky sureño (no alcohol, sino más bien el olor de las viejas barricas de bourbon) que sirven como preludio a frutas negras puras, notas térreas, yodo y una vainilla discreta, pero presente. Todo está sumamente bien integrado. El vino, en boca, es corpulento y un poquito rústico, pero sin dejar de poseer una cierta gracia. Muy sabroso, a su manera, y bien largo.

Me disculparán que hasta ahora no haya mencionado nada sobre la comida, pero en realidad no apunté. La velada incluía que cada invitado aportase algo de comer. Yo, como ya no tengo cocina propia en Manhattan, puse los quesos, entre ellos una deliciosa torta de la Serena (con los restos de la cual SFJoe prepararía, añadiendo hongos chanterelle negros, una magnífica tortilla de desayuno a la mañana siguiente). De que comí, comí, y bastante hubo de delicioso. Pero fallé al no anotar los pormenores de cada plato.

Una última de las mías. La botella la adquirí en Les Caves Taillevent hace ya tiempo, mucho antes de reencontrarme con el productor en el portafolio de Joe Dressner. De hecho, no tenía ni la más mínima idea sobre la añada, o sea que era echar a la suerte ese Marc Angéli, “Cuvée Christine”, Anjou 1993. Deliciosa nariz de albaricoque, fresa y especias de bizcocho navideño. Casi seco en boca y un tanto hueco en el paladar medio. Pero bonito y sabroso.

El último vino del que apunté algo fue un Trimbach, Gewurztraminer “Hors Choix” Séléction des Grains Nobles, Alsacia 2000 que aún se sentía muy primario, pero sirvió bien con los quesos. Miel, kumquat, albaricoque y arena. Muy dulce. Y no muy largo.

El domingo, tras el ya mencionado desayuno nutritivo, me fuí de compras por SoHo. Tenía como misión acrecentar el guardarropa tropical de Josie. He de decirles que derivo un gran placer de comprar ropa para mi mujer. Cosas mías, vamos. Si quieren ponerse a sicoanalizarme, allá ustedes. Yo les diré que se trata de algo puramente estético. Comienzo por tener una esposa muy guapa y con excelente figura. Luego está el hecho de que la ropa de hombre, la que las normas sociales dictan que debo vestir, resulta extremadamente aburrida… Puedo deleitarme ne formas y colores, en cortes atrevidos y adornos singulares, al comprar ropa para Josie. Eso vale.

En fin, que tras un largo día de mucha boutique y de mucha dependienta que o me miraba raro o sonreía cálidamente cuando le anunciaba lo que buscaba y para quien lo buscaba, nos fuimos SFJoe y yo a cenar a Landmarc, un bistro a dos cuadras de su casa, con una botella de sobaquillo.

Ah, ¿les he mencionado que en Nueva York en ese fin de semana que estuve hizo un calor infernal?

Nada, por lo de contextualizar correctamente.

Pues llegamos a Landmarc y, por lo de seguir siendo exagerados, nos pedimos una botella de la carta, para hacerles más grato el no cobrarnos descorche por la que se trajo SFJoe. La intención original había sido de pedir el Do Ferreiro Cepas Vellas 2006, que según Joe había estado en la lista de Landmarc a un precio excelente, pero la amable chica que nos atendió nos anunció. Poco después de ordenar la botella, que se les había agotado.

Nos transamos por un Stéphane Tissot, Savagnin, Arbois 2004. O creo que era 2004. No me fijé tan bien. En lo que sí me fijé es en que esto se comporta como el más excelente fino en rama, pero a 12 y pico% de alcohol y con una mineralidad mucho más definida. Refrescante. Sabroso. Y perfecto con los calamares fritos que ambos pedimos de entrante.

Con el plato principal (yo pedí mollejas que resultaron depender de pan molido para salir “crujientes”, cosa que no me gustó tanto, pues no puedo dejar de pensar en un cierto efecto “Molleja McNugget”, aunque estuviesen muy buenas; es que las prefiero bien sazonadas y a la plancha) nos abrieron la botella que trajo Joe, de Château Ausone, Saint-Emilion Grand Cru 1971. Este es un vino que había probado un par de veces antes y que recordaba muy gratamente. Una botella impecable. Aromas de cereza negra, chipotle, frambuesa negra, té negro y notas voladoras de alcanfor y violetas. En boca es ligero pero perfectamente presente. Tiene esa “acuosidad” de que tanto les he hablado como una cualidad positiva en los mejores burdeos, la que da seguidillas. Largo, limpio y sumamente bien definido. Un vino elegantísimo. Otro de los que jamás podrían cansarme.


-Mi copa de Ausone 71 en Landmarc-

Regresados a casa, SFJoe y yo nos sentamos en su sala a conversar sobre la vida, el trabajo, los hijos y mi proceso de adaptación a Santo Domingo. La animada charla la acompañamos con un Cavallotto, Barolo 1970 que, francamente, estaba más duro que el carajo. Lo volví a probar unas cuantas veces durante varias horas y luego de neuvo a la mañana siguiente y sencillamente se rehusaba a moverse. Aromas quedos de rosas marchitas, carne ahumada, tomillo, cereza seca y un tonito sudoroso. Tremendamente tánico en boca. En el posgusto hay una nota acaramelada que resulta un poquito preocupante, pero en general está vivo, en una especie de animación suspendida.

Me imagino que les parece que para un fin de semana exageré un poco con tanta comida y vino. Pero vamos, que yo volvía a mi nueva casa. Tenía que saturarme, para que me duraran las sensaciones hasta poder regresar de nuevo a mi adorada Nueva York. El lunes, mi último día, me dediqué a convocar otro jeebusillo.

Nos lo montamos un grupito pequeño en Café Cortadito, el mejro restaurante cubano de todo Manhattan, sin discusión. Esta joyita la descubrí justo antes de mudarme y me encantó volver ahora. Laa comida es magnífica y los dueños son amabilísimos. Allí llegamos SFJoe y yo a encontrarnos con Jorge Henríquez y su amigo Izzy, además de Jayson Cohen. Muchos vinos. Muchos vinos.

Comenzamos, como lo hicimos la última vez que fuimos al Cortadito, con el Rudolf Fürst, Riesling “R” Centgrafenberg, Franken 2006. Igual que la última vez, la botella la traje yo. Izzy y Jorge, que estuvieron aquella vez, recordaban el vino muy bien. Para Joe y Jayson fue más bien una sorpresa. Purísima toronja. Y toronja. Y más toronja. Y luego más. Impresionante cuanta toronja puede tener un vino. Luego una mineralidad aguda. Excelente intensidad, aunque esta botella se mostró menos compleja que la que probé en abril.

Continuamos con el Prager, Grüner Veltliner “Weissenkirchen Achleiten”, Wachau 1999, que presentaba una exótica nariz de pimienta blanca y bulbo de anís y mineralidad sobre melón y guanábana. En boca es expansivo y tremendamente mineral. Justo antes del posgusto te sorprende con un aspecto como de frutas rojas. Tremendo vino. Muy joven todavía.

Pasamos a un Domaine des Baumard, Savennières 2002 que trajo Jorge. Yo desde hacía unos años venía algo desilusionado con los vinos de los Baumard. Como que no me hablaban y encontraba mejores savennières de otros productores demasiado a menudo. Este trae aromas de desinfectante con fragancia de pino como el que usaban para limpiar los baños del colegio de curas en que hice la secundaria, cuando los limpiaban. También hay piel de manzana, trigo y limón en conserva. En boca es apretadito y sorprendentemente vivaz. Aunque no es suficiente para seducirme, mantendré los vinos futuros de este productor en la mirilla.

Yo anduve de compras vínicas por la mañana y, claro está, traía alguito que probar. Primero, un Gurrutxaga, Rosé, Bizkaiko Txakolina 2007 que estaba sensacional. Bonita nariz de agua de rosas, fresa fresca, tierra y la más sutil notita animal que no, no molestaba. Ligero y afrutado en boca, con un posgusto que se hace etéreo. Muy rico.

Había, por si un chacolí rosado fuese poco, también un Ameztoi, “Rubentis”, Getariako Txakolina 2007 que resultó bastante distinto al Gurrutxaga. Chicle bomba de fresa y melón bañado en té de jazmín y cubierto con talco, luego arena. Delicado, fresco y muy interesante. Ambos rosados dieron excelente juego con los sandwichitos cubanos que vinieron como entrantes.

Pasamos a tintos con un Pierre et Catherine breton, “Clos Sénéchal”, Bourgueil 2004. Yo me esperaba algo mucho más cerrado y arisco que lo que me encontré. Un bonito perfume de porpourri sobre purísima fruta que describí como “cereframbuesarándano” en mi libreta. Y mucha piedra. Suculento en boca, con tremenda garra tánica en el final. El mejor compañero, de entre los vinos que teníamos, para la divina vaca frita del Cortadito.

-Das ist eine Vaca Frita-

Otro que traje yo fue un R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Reserva, Rioja 2000, el Bosconia “más reciente”. Les conté de una botella transcendental de Tondonia 73 e la última entrega y de coo López de Heredia me da tantísimas alegrías en este valle de lágrimas que es la “cultura” actual del vino. Pues hay raras ocasiones en que me desencanta una botella. Esta fue una de éllas. Un Bosconia bajo en acidez, pesado y descoyuntado. Mucha madera por delante que no deja apreciar bien los elementos de frutas negras, té y violetas que hay detrás. Espero que sólo se trate de una fase torpe y que su estructura esté meramente oculta, no ausente.

Lo mejor de la noche fue la aportación de Izzy. Y “mejor” no solamente por el vino mismo, que era extraordinario, sino por la secuencia de coincidencias que se desató inmediatamente. El vino era el Vega Sicilia, “Unico”, Ribera del Duero 1960. Izzy lo había traido porque quería compartirlo con nosotros. Lo que no se imaginaba era que 1960 es el año del nacimiento de nuestro queridísimo SFJoe y que esa calurosa noche de junio, ahí mismo en Café Cortadito, ¡era su cumpleaños!

Si lo hubiésemos planeado, no hubiese podido salir mejor. Las estrellas se alineraron y Joe pudo disfrutar un vino de su añada—que es tan desafortunada como la mía en casi todo el mundo, pero que en algunos lugares dió algo de bueno—la misma noche de su cumpleaños.

Estábamos meditando sobre la probabilidad de semejante coincidencia cuando a Joe se le ocurrió llamar a un sumiller muy amigo suyo en San Francisco. Aparentemente, la compañera sentimental de este amigo de Joe también cumplía años y estaba celebrando. Al preguntar Joe lo que estaban bebiendo en esos momentos, otra sorpresa: Tenían el “Rubentis” 2007 sobre la mesa, en la otra costa de los Estados Unidos. Nexos místicos, vamos…

Pero el Vega Sicilia. Inicialmente la nariz es toda barrica de Missouri de esas que tanto usaba Vega Sicilia antes. Mucho eneldo, crema de coco y especias. Debajo todavía hay fruta roja de admirable frescura con elementos cárnicos y ligeras notas florales. Se tienta uno a decir que es demasiada la madera, pues en realidad el vino es medianito de cuerpo. Pero no, hay un equilibrio muy interesante y una acidez vibrante que levanta el todo. Muy buen final, especiado y con acentos de tabaco. Con un rato de aire se apaga un poquito. Lo hemos pillado un poquito más allá dle cénit, pero aún delicioso.

Me levanté muy tmeprano a la mañana siguiente. Había ordenado un Town Car para Kennedy. Lo conducía un chino muy conversador. Me preguntó, creo que tratando de practicar su inglés, de dónde era yo. Le dije. Luego me preguntó si mi viaje había sido de negocios o placer.

Les dejaré adivinar lo que respondí…

Escrito por: manuel-camblor 16 comentarios 12 Jul 2008 URL Permanente

11 Jul 2008

Para no olvidar, una de mucho bueno... (1)

Ya saben. Adaptarme a mi nueva vida en Santo Domingo ha sido bastante difícil. Muchas de las cosas que daban sentido a mi diario vivir en Nueva York aquí sencillamente no aparecen. O aparecen especie de facsímiles de éllas, pero de una calidad terrible. Vino de verdad. Ingredientes frescos, orgánicos para cocinar. Están difíciles. El otro día incluso pensé que también había perdido la música, pues resulta que no puedo comprar nada en iTunes desde aquí, ya que el servicio “no está disponible” para la República Dominicana.

Paso días larguísimos en el trabajo y, al llegar a casa, aparte de mis hijos y mi mujer, las recompensas mís—digo de las mías, de las que me hacen feliz al nivel más primariamente egoista—son muy pocas. Pero aquí estoy y he de hacer de tripas corazones.

O escapar de vez en cuando.

Eso fue precisamente lo que hice hace unas semanas. Necesitaba ya recobrar el contacto con quien yo era y quisiera seguir siendo, aquel tipo de una cierta sofisticación cultural y gustatoria, aquel tipo con acceso, que sabía qué era que y donde quedaba.

Me fuí a Nueva York. La excusa era una consulta preliminar para ver si me pongo un artilugio prostético sobre mi ojo muerto. Fue un ojo que me mató el mal hacer de un médico aquí en Santo Domingo, alguien en quien, durante un momento de crisis, tuve una confianza enteramente injustificada. Algún día contaré la historia con pelos, señales y dolor. Por el momento valga decir que una cosa es vivir tuerto. Otra cosa es tener que ver día a día en el espejo el estropicio que te hicieron. Por eso la solución cosmética.

Claro, de paso aproveché para encontrarme con los amiguetes manhattanianos, que no sólo de cubiertas escleroidales y embellecimiento personal vive el hombre. Me satisfizo mucho ver el entusiasmo con que la gente recibió las noticias de mi visita. SFJoe me ofreció su cuarto de huéspedes. Era el cumpleaños ese fin de semana de unos cuantos miembros de nuestro grupo habitual, o sea que el sábado jeebus habría. Y yo, allí, como si mi vida no hubiese cambiado.

Les cuento, en un par de entregas, lo que comí y bebí para reafirmarme a mí mismo y retornar con mejor ánimo a las carestías de mi nueva existencia. Hace ya un mes de que tomé estas notas. Disculpen la tardanza en transcribirlas. Este fin de semana vuelvo a Nueva York a finalizar el proceso prostético y recobrar el respeto a mi cara. No podía dejar que se me apilaran las nuevas experiencias que de seguro traeré para narrarles sobre estas, ya maduritas.

La primera noche, recién llegado a las cinco y media de la tarde al aeropuerto de Kennedy, había quedado con Brad Kane y Jorge Henríquez para cenar con unas cuantas botellas. SFJoe quizás se nos uniría más tarde, tras terminar una cena de negocios que tenía. O quizás no.

En fin, que fuimos a dar a Grand Sichuan de Chelsea, uno de nuestros lugares favoritos de siempre, por su excelente comida y su política de descorche libre o semilibre. Resultó que éramos tres en nuestra mesa, pero caimos al lado de otra que andaba de igual plan vínico y donde se encontraban Marc Hanes, el maestre de bodega de Chelsea Wine Storage y ese excepcional bloguero de The Picky Eater que en algunas cuantas bacanales pasadas fuese parte de mi compañía, Keith Levenberg.

Pues, transitaron botellas de una mesa a la otra durante buen rato. Mandábamos algo para allá, nos volvía alguna otra cosa para acá. Así da gusto. De lo que probé, lo que anoté…

A.-F. Gros, Vosne-Romanée “Aux Réas” 1997: Los restos de media botella que traía Jorge, abierta esde la noche anterior. Quería que la probásemos y lo hicimos. La nariz, con aromas térreos, de hongos secos, piel de manzana y frambuesa negra, es inicialmente atractiva hasta que se le nota la obvia verruga de caramelo que lleva en pleno centro. Cocinado. El aspecto oxidativo-caldodecarnesco se hace más patente aún al paladar. Una pena.

Radikon, “Jakot”, Venezia-Giulia 2003: Lo traje yo, recién comprado en Chambers Street Wines. Tenía que repetir la gratísima experiencia que tuve con este vino (que viene, por cierto, en botellitas de medio litro) en abril y compartirla con estos amigos. Preciosa nariz de pera y albaricoque con acentos de cera, polen, estragón, comino y un fuerte golpe mineral. En boca es densamente frutal, especiado y tánico, con cortante acidez y un posgusto donde se ligan arena y humo con frutas de hueso y un agradable aspecto oxidativo que desemboca en salinidad. Fascinante vino.

Reuscher Haart, Riesling Spätlese “Piesporter Goldtröpfchen”, Mosel-Saar-Ruwer 1990: Un regalito de la mesa de al lado, que vino armada de rieslings para bregar con la picante cocina del Grand Sichuan. Huele a caña de azúcar recién cortada, pino, melocotón, naranja y limón, con distantes acentos anisados. Un vino delicado en boca, sutil, pero persistente. Muy mineral.

Krüger-Rumpf, Riesling Spätlese “Munsterer Pittersberg”, Nahe 1994: Nariz de bulbo de anís, diesel y rocas. Un vino musculoso, con mucha tensión, pero elegante. Final apretado, pero largo. Mucho nervio aquí.

De repente me estaban sirviendo un Hermitage de Eric Texier que estaba precioso, pero del que no apunté la añada. Una nariz de tocino y frutas rojas, fresca, con un suave toque medicinal. En boca el vino es de cuerpo medio, limpio y sabroso, aún con fruta primaria que me hace pensar ya más en ciruela fresca que en frambuesa. La ligereza y lo bien que se deja beber engañan un poco, pues se trata de un vino de tremenda profundidad y estructura impecable. Delicioso. Larguísimo.

Algo me dice que otros vinos se me cruzaron delante, sin embargo, al parecer sólo retomé mi libreta para apuntar mis impresiones sobre un magnífico Bernard Baudry, Chinon Rosé 2007 con el que acompañe el pato ahumado al té del restaurante. La nariz es voladita, perfumada, con corrientes de fresa, melocotón y manzana entre las que se cuelan pimienta blanca, azahar y piedras trituradas. En boca es fresco, mineral y firme casi al punto de la austeridad, considerando la nariz; pero la tensión entre sus elementos y la complejidad que se intuye en cada sorbo resultan irresitibles, hasta poéticas, al final de todo.

Por lo de no desmadrarnos mucho, decidimos cortar temprano los vinos, tomando después solamente una copita del François Chidaine, “Clos Habert”, Montlouis 2005. Espectacular copita. Esto está tan bello, tancremoso, con un dulzor tan delicadamente expresado y unas filigranas minerales tan exquisitas que…

Eso.

Charlando nos quedamos Brad, Jorge y yo hasta que las camareras comenzaron a virar sillas, indicándonos que era hora de largarnos y dejarlas seguir con sus vidas, pues el restaurante ya estaba cerrado.

La tarde siguiente andaba yo por Union Square y me acerqué al siempre irresistible Momofuku Ssäm para comerme mi plato favorito en ese sitio, panza de cerdo salteada con una ensaladilla picante de hongos servida con arroz y hojas de lechuga para hacer rollitos. Hacía un tiempo había leido una mención de Lyle Fass en su blog sobre Scholium Project, una bodega californiana que dizque estaba produciendo vinos de verdad que quizás podían agradarme. De la carta de vinos pedí una carísima copa del Scholium Project, Verdelho “Heliopolis”, California 2006 (me falta parte del título, estoy seguro, pero esto es lo que ponía en la lista). El elaborador es un clasicista, en el sentido literal de la palabra. Un profesor de cultura griega que decidió dedicarse a hacer vino en California.

El vino, lamentablemente, aunque me pareció bastante puro y sin las habituales manipulaciones que asocio con el californicio, no me gustó en lo absoluto y no le pegaba ni con cola a la comida. Obeso y bajo de acidez, con una lamentable falta de enofoque en sus mermeladescos sabores frutales. Me lo tomé por los dieciséis dólares que me soplaron por la copa, pero hubiese pasado.

Por la tarde me acerqué a Chelsea Wine Storage, el almacén refrigerado donde aún guardo la vasta mayoría de mi bodega personal. Allí iba a encontrarme con mis amigos SFJoe, el Dr. K y Hayson Cohen. Bueno, y de seguro con el personal de Chelsea, con quien también es un placer abrir algo preprandial de vez en cuando. La intención era recoger unas cuantas botellas para irnos a cenar en Kori, un restaurante coreano cerca de casa de SFJoe, donde, como ya les dije me quedé durante este viaje. Una maravilla de anfitrión, este amigo mío. Son las cosas que uno agradece por siempre, estas hospitalidades tan generosas.

Pues, en Chelsea se suscitaron un par de botellitas interesantes. Una la puso el Dr. K, de un vino que “no se supone que exista”. Se trataba del Von Schubert-Maximin Grünhauser, Riesling QbA, Mosel-Saar-Ruwer 1996. No recuerdo muy bien la historia, pero creo que va de que se hizo muy poco de este vino y que es de provenencia mucho más noble que lo que normalmente se destinaría a un mero QbA, el vino más básico de la casa.

La amplitud de onda de esto es más de Spätlese que de otra cosa. Opulento, pero a la vez con una firmeza admirable. Bella fruta en el paladar, con un final mineral potentísimo, pero que no pierde elegancia ni por un nanosegundo. Maravilloso.

El otro vino lo puse yo. Buscando otra cosa me tropecé con la botella. Me la regaló la elaboradora misma en aquella famosa visita mía a Vinexpo 1999. Rafaella Bologna me dijo que debía guardar este Braida di Giacomo Bologna, “Bricco dell’Uccelone”, Barbera d’Alba 1996 unos cuantos años para disfrutarlo en su plenitud. Yo, hombre de poca fe que soy, lo guardé pero no esperaba nada en particular. Bologna padre fue uno de los pioneros piamonteses del barriquismo, envejeciendo sus barberas de pagos selectos en barricas nuevas. Ya saben. Pensé que nueve años era suficiente espera y le metí mano.

Recién abierto, la fruta roja está cruelmente subyugada por madera. Lo dejé un rato y con el aire comenzó a adquirir dimensionalidad, con la madera casi integrándose para pasar a dar solamente un toque especiado. Pero noten que digo “casi”. En boca la fruta es sustancial y está viva en el paladar medio, pero en el posgusto los taninos de madera vienen a joderlo todo y a dejar una impresión secante que me devuelve a la inconformidad.

Llegamos a Kori cuando nos cerraron Chelsea. Yo llevaba unas cuantas botellas que quería compartir con los chicos, pero acabaron obligándome a guardarlas para otra ocasión (que no tardaría en presentarse). Quisimos, en vista de que el fin de semana sería muy, muy movidito, ser modestos en la alcoholemia esa noche. Pasa a veces.

Comenzamos con el Nikolaihof, Riesling Smaragd “Steiner Hund”, Wachau 1997, un vino poderosísimo donde los haya. Abre con una notita oxidativa que se disipa rápidamente. Se abre para dar aromas exuberantes de toronja, sábila, pino, anís y granada, además de una profunda mineralidad. En boca entra amplio, pero firme. Sumamente mineral, con acentos florales. Lo curioso es que en el larguísimo posgusto adquiere un aspecto oleaginoso. Dicho en otro contexto, eso sería negativo. Pero aquí, misteriosamente, ese espesor resbaladizo es algo más generando interés. Sorprende. Fascina. Alucinante.

Seguimos con un Krug, Brut “Grande Cuvée”, Champagne NV que era de factura reciente, pues llevaba la nueva etiqueta dorada. Resultó francamente descorazonadora esta versióm de lo que antes fuera una de las grandes champañas de siempre para mí. Honestamente les digo, no se parece en nada a lo que conocía.

Muchos han sido los rumores que he escuchado y los chismes que he leido sobre cambios en Krug. Lo que no me esperaba era escribir en mi libretita, en inglés, la descripción que escribí. Fue corta y tajante. Se compuso, a mi más honesto entender, de dos mots justes. Se me aguan los ojos cuando los leo, pensando en la tradición y el poco respeto que la industria actual del vino le tiene, pensando en como se recontrajode un vino de carácter por quién sabe qué maldita idea de un imbécil de marketing al que probablemente ni siquiera le gusta la champaña y preferiría una Fanta de naranja.

¿Que qué puse?

Frooty bullshit.

Otra más que olvidar.

Por suerte venían mejores vinos. El próximo fue un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1973. Ya sé, alguno está dicindose en este momento “¡Ya viene este jodido otra vez con el Tondonia! ¿Es que no encuentra otro vino bueno?” Y yo estaré consciente de que López de Heredia, para mí la cúspide absoluta del vino de Rioja hoy por hoy, me da más de bueno que nadie en esa región. Sorry por todos los otros. Muchos de ellos hacían buen vino en otros tiempos y ahora hacen cosas entre lo inocuo y lo absolutamente ofensivo. López de Heredia, en cambio, se las arregla para siempre apasionarme, aún con vinos que creo conocer íntimamente.

O sea que a los que se cansan de leerme mencionándolos, a joder a fastidiar a otro, por favor…

Regio setenta y tres. Elegantísimo. Complejo. Infinitamente bebible. Los aromas entran y salen como personajes de teatro al escenario: Cuero antiguo, violetas, té verde, carne curada, humo, alcanfor, incienso, cantera, frambuesa negra, tomillo seco, naranja rubí… Todo eso tiene su reflejo en el paladar, pero en realidad lo que me mata es ese paso de boca tan sedoso, tan gentilmente elocuente. Bajo la suavidad hay, sin embargo, mucho músculo. Tremenda estructura. Largo, aún con mucho de fruta fresca que se acentúa al final con un toquecito de salinidad.

Nuestro cuarto y último vino de esa cena—en la que, por cierto, volví a ordenar cerdo, porque yo nunca me canso de ese noble animal; pedí un estofado, eso sí, que resultó demasiado picante para todos los vinos—fue el Château Grand Puy-Lacoste, Pauillac 1985, cortesía de Jayson. Un burdeos transformista, éste. Me lo sirvieron en la copa y no hizo más que mutar y mutar con cada olisqueda que le daba. Camaleónico. Difícil de atrapar en una sola impresión. Aunque en la etiqueta declara solamente 12% de alcohol, se le siente un cuerpo y un cierto calorcillo que me hacen pensar en más. Aterciopelado, se mueve ágilmente de aromas florales a una especie de salinidad que me recuerda a los pepinos en conserva de los delis judíos en Nueva York, pasando por toda una colección de distintas especias, otra de aspectos cárnicos y otra más de frutas rojas y negras. El problema y la delicia es que no puedo agarrarme de ninguno de esos aromas y decir “Okey, esto domina”. Sumamente interesante.

El sábado, durante el día, me mantuve a agüita clara. Esa noche caía el otro motivo de mi viaje aparte de la visita médica…

Escrito por: manuel-camblor 0 comentarios 11 Jul 2008 URL Permanente

09 Jul 2008

La verdad sobre el caso Camblor

Cierto es que La otra botella anda algo escasa de entregas frescas últimamente. Donde antes era un muy prolífico hiperbloguero, ahora se me hace sumamente difícil encontrar el tiempo para soltar una de las mías aquí, aunque sea una vez a la semana.

Lo peor de todo es que tengo muchísimo material acumulado. Hay notas de cata que amenazan ya con perder toda relevancia. Hay apuntes varios de eventos que casi he olvidado. Los compendios y las crónicas se me quedan por hacer y, ante una avalancha de trabajo del de verdad, la otra botella que debía irse al oleaje con mensaje amenaza con caer vacía en el mar.

Extraño mucho a Nueva York, ya lo he dicho hasta el hartazgo. Pero no he puntualizado sobre una de las cosas que más extraño: Trabajar desde casa, haciendo yo mismo mi propio horario de oficina y teniendo la posibilidad de adaptarlo a una vida llena de estímulos no laborales. Ahora mis circunstancias han cambiado. Trabajo en una oficina “normal” todos los días y, aunque no soy de los que ponchan tarjeta ni nada por el estilo, estoy constantemente consciente de mi multitud de responsabilidades. “El blog puede esperar” se ha convertido en una de las mantras negativas de mi diario existir. También “Bueno, otra noche más sin cocinar, porque no hubo tiempo de ir a comprar ingredientes”. Y no se nos olvide: “¡Lo que daría yo por algo de vino decente!”

Pero bueno… Entré a contarles lo que me ha tenido completamente arrollado en las últimas semanas, un proyecto inmenso con un montón de partes móviles de las cuales era yo siempre el responsable final.

La empresa en la que trabajo, que es la de mi familia y es un grupo de tiendas de mobiliario e interiorismo no especialmente pequeñas, éllas, acaba de inaugurar una fenomenal nueva tienda en Punta Cana, una bellísima zona turística de la República Dominicana cuyo nombre deberá sonarles a muchos de ustedes, particularmente los europeos. Sol, playas preciosas y tantas cosas disfrutables. Y nosotros, con seis mil metros de exhibición y un coctel inaugural que al final se dió hasta mejor de lo que esperábamos.

En la planificación y promoción del evento, en la infinidad de trabajillos de diseño, de publicidad, de relaciones públicas que requiere llevaba yo la mejor parte del mes de junio y la primera semana de julio. De resultas, pobrecito blog. Bueno, y ahora tienen ustedes donde decorar los apartamentos que se compren en Punta Cana y Bávaro, así como también un lugar donde verme “en vivo” de vez en cuando, lo que no es poca cosa.

En fin, que esto no tendría nada en absoluto que ver con vino, pero voy a hacer que tenga que ver. Lo mejro de tener este blog tan mío y medalaganario es que al final de todo puedo jugar un poquito y buscar conexiones que podrían eludirme en un contexto más regimentado.


Es que algo de muy bueno me las arreglé para consumir durante la fiesta. Consciente de que tendría que mantenerme lo más fresquecito (léase “evitar sudar como un puerco”) y coherente posible durante unas cuantas horas en las que probablemente podría comer muy poco, me llevé de mi haber casero una botellita de blanco modestillo en alcohol. Era el Josef Leitz, Riesling QbA Trocken “Eins-Zwei-Dry”, Rheingau 2007, una botella que compré en mi último regreso a Nueva York hace un mes, de riesling completamente seco a 12% justito de alcohol por volumen. Previsiones de quien tiene que hacer como uno de los anfitriones de una fiesta con una concurrencia de seiscientos y pico. Curso de acción recomendable para todo el que se vea ante una situación similar en el futuro, etc.

Me pasé la botella casi entera yo solito, gracias a un servicial camarero a quien se la confié, que veló por que mi copa siempre contuviera algo de líquido, por lo del “look”.

Creo que no pude elegir mejor vino. Perfecto para el lugar. Como dije, completamente seco. También con una mineralidad potente, hasta exuberante, de esas que saltan de la copa sin particular provocación. Lo curioso es que éste es un riesling que huele a mar. No, no me estaba dejando sugestionar por el aroma del entorno, que definitivamente huele a eso. Lo que había en el aire y lo que brotaba de mi copa, aunque de carácter muy afín, eran de origen muy distinto. Me hacían pensar en como las mejores armonías en los mejores discos que recuerdo tienden a ser de una misma voz cantando en registros diferentes—pienso, por ejemplo, en Marvin Gaye grabando What’s Going On? Y me hace todo el sentido del mundo…

Pero no voy a dejarme llevar por la imagen musical a un discurso tangencial. Se trata de un riesling compacto, fresco y vibrantemente cítrico detrás de toda esa mineralidad tan sorprendentemente marina. Largo y muy grácil. El trópico necesita más vinos así, no me canso de decirlo. Yo me sentía sumamente feliz. Ví a muchos de los invitados bebiendo—pro voluntad propia—tinto (creo que era CVNE Crianza 2005, que no está nada mal si hay aire acondicionado) y la verdad es que no comprendo la proclividad tintófila de mi gente.

A ver si pronto les traigo algo con más vino. Pero al menos saben ya ustedes en qué ando… Ah, y por si inaugurar nueva tienda no fuese suficiente satisfacción, fuí testigo de un par de puestas de sol espectaculares y, lo más importante, del primer bañito en el mar Caribe de mis hijos.

Escrito por: manuel-camblor 11 comentarios 09 Jul 2008 URL Permanente

29 Jun 2008

Juventud, divino tesoro: Una de "fri asosieishon"

A veces las buenas intenciones no bastan. Tienes tanto trabajo del que te paga los vicios que, por más que quieras darle un poquito de cariño a tu blog, que alguna vez tan hiperactivo fuese, el tiempo sencillamente no te da.

No obstante, miras algo y de repente te surge una idea… Sin darte cuenta, tienes un post cociéndose.

Resulta que en la sección de comentarios de otra entrega comencé un interesante diálogo con José Fuentes sobre la extraña disonancia que existe entre el sistema hoy día más aceptado de evaluar vinos, o sea, la cata con puntuación basada en el impacto del vino en un momento determinado. Para no dañarles la trama y ahorrar unos preciosos minutos, aquí el enlace a la conversación en cuestión:

http://blogs.larioja.com/otrabotella/2008/6/16/una-gotita-el-oceano-#c53087886

Mi vida tiende a ser de pasillos, espejos y enciclopedias a montones. Resulta que entraba a lomejordelvinoderioja.com por la puerta de enfrente, que es algo que no hago tan frecuentemente (prefiriendo las rutas de la herramienta de creación de blogs o de respuesta a un comentario) y me dí cuenta que el Foro de Discusión ha sido invadido por spam porno y nadie parece enterarse (como el cibercensor de porquería venga y no me permita introducir la palabra “porno” en esta entrada, te juro que…)

El asunto es que veo el montón de anuncios de viagra y cialis, idénticos a los que nos llegan neciamente a diario a casi todos los que usamos correo electrónico, por más filtros que pongamos, y en mi mente se formó una comparación peculiar entre las expectativas de envejecimeinto que tenemos hoy por hoy para las personas y las que tenemos para el vino.

Flota en mucha literatura del vino actualmente una noción de que el envejecimiento de un gran vino es cuestión de “cuanta fruta conserva” el vino tras X número de años. Para muchos opinantes sobre vino en nuestro tiempo, los atributos de un vino viejo deben ser, para ponerlo lo más simplemente posible, los de un vino joven, mantenidos. La “chicha” es la clave.

Veo a diario mucha gente con obvias señas de haber pasado por montones de cirugías plásticas “para verse jóvenes”. A otros los veo con injertos de cabello. Alguna se habrá quitado un par de costillas para hacer parecer que tiene cinturita de avispa. ¿Y qué decir del septuagenario teñido y engominado al que le dió el infarto en la ambulancia, mientras lo llevaban al hospital en pleno paroxismo priápico, tras haberse metido un puñado de pastillitas azules antes de una sesión amatoria?

Mi reflexión de hoy es sencilla. Los encantos de un vino, con el paso de los años, deben ser del mismo orden que los encantos de un ser humano que madura, que adquiere mundo, que se hace sabio, que puede mostrar con orgullo las marcas del camino recorrido… Existe una fragilidad implícita en la edad, pero también existe una profundidad, una capacidad de presentar sutilezas, que muy pocos jovenzuelos tienen. Tenemos menos “chicha”, eso es cierto, pero nos hacemos, con el tiempo, más frágiles, pero a la vez más complejos e interesantes. Así también debe ser el vino.

Me da por preguntarme si no habrá alguno que otro enólogo de esos que andan por ahí con tanta tecnología por detrás, inventando o quizás hasta ya aplicando un equivalente vínico a la cirugía plástica o una de esas pastillas para la “disfunción erectil”. Vinos con “chicha” frutal eterna… Les añades un polvito y ¡zas!, como el primer día, ¡100 puntos!

Pobre señor, el de la ambulancia. Ahora lo que me pregunto es cuánto tiempo les tomará a los señores administradores de este sitio en que habita mi humilde blog el retirar el spam que les cayó en el foro.

Escrito por: manuel-camblor 18 comentarios 29 Jun 2008 URL Permanente

24 Jun 2008

Venga la esperanza...

Aunque sigo acongojado por la inesperada muerte del gran George Carlin, creo que les debo el post feliz del que les conté. Sale, un tanto abreviado, pero sale…

Resulta que hace unos días compré la primera caja de un mismo vino aquí en Santo Domingo. No, no lo hice en desesperación, transándome por algo que no hubiese comprado teniendo a mano otras cosas. De este vino hubiese comprado igual una caja en Chambers Street Wines cuando vivía en Nueva York. De hecho, responde claramente a la pregunta: ¿Qué tienen en común mi tienda favorita de vinos de verdad en Manhattan y La Viña de El Catador en Santo Domingo? Pues el Georg Breuer, Riesling “Charm”, Rheingau 2005.

Esta maravilla con tapón de rosca es casi completamente seco, suculento, con mucha garra y un posgusto larguísimo. Trae mucha toronja con elementos de savia y polen, además de una maravillosa mineralidad. Muy fresco y puro. Muy “crunchy”. Un primor, sobre todo en este clima. De doce ya me he ventilado tres botellas, por lo que puede que pronto vaya a por otra cajita.

Hablando de lo bebido recientemente, pues tengo que contarle a mi buen amigo Gonzalo Lainez, quien me encomendara observar como andaban representados en la restauración local los vinos de la bodega para la cual trabaja, que por primera vez me encontré un Roda II en una lista local, aunque el precio me hizo optar por otra cosa. En este caso, la otra cosa fue un Contino, Reserva, Rioja 2001 que estaba muy sabroso, aunque quizás hubiese sido mejor compañero de baile para el cochinillo que esa noche me sirvieron en Casa Vicente si la acidez del vino anduviese menos tímida en estos momentos. Mucha madera y fruta aún muy primaria en este Contino. Es un riojazo modernote al que pudiese yo haber objetado, pero no. Debajo de todo el dulzor y la voluptuosidad sé que hay un alma clásica y una estructura buena. Además, aunque su danza con el puerquito no fuese una “command performance”, no es que lo hiciera mal.

Ah, echaré unas florecillas más a la gente de El Catador aquí en Santo Domingo porque, para mi grata sorpresa, también tienen, aparte del rieslingcito de Breuer, unas cuantas cositas de Mastroberardino. Contento estaba yo el otro día la llevarme el Mastroberardino, Fiano di Avellino DOCG 2006, si bien soy mucho más amigo de los tintos de esa casa que de los blancos, que nunca han acabado de justificarme el precio… Aromáticamente este fiano no dice mucho tras media hora abierto, así que le doy un golpe de jarra. Tampoco. Melón, uva, mandarina y un distante aspecto herbáceo. Globular en boca y simplón en boca, aunque con muy buena acidez. El problema es que la globularidad en cuestión al final se traduce en una sensación textural glicérico-oleaginosa que me molesta un poco. Pero parece que no molestó tanto, porque al final Josie y yo nos acabamos la botella sin pensarlo.

Siguiendo en la misma onda, me dí el Mastroberardino, Greco di Tufo DOCG 2006. A éste le tomó tres días abierto en la nevera darme alguito que reportar. Al principio su mutismo me alarmó y por eso lo dejé quieto. La recompensa a mi paciencia, eso sí, no es que fuera generosa… Manzana, pera, fruta de pan, un dejecito de tamarindo y una agradable notita salina fue lo que me encontré, todo muy tímidamente expresado, pero ahí. Buena acidez en un final medio. Limpio. Muy apretado.

Algo que debo comentar es que las botellas de Mastroberardino tienen un nuevo “look”, muy modernote él. En vez de etiquetas de papel ostentan coquetos “transfers: sintéticos con el viejo logo de Mastroberardino reestilizado. Eso me hizo temer un poco cuando compré las botellas. No sabía si la casa hab7a dado algún giro spoofulístico… El final de mi trío fue el siempre confiable Mastroberardino, Lachryma Christi del Vesuvio 2006. Pienso, al transcribir mi nota ahora, en como reaccionaría nuestro amigo el RP a la versión 2001 de este vino. Y como reaccionaría a esta botella. Muchas de las botellas de aquel lote del 2001 que compré baratísimo en Nueva York se traían pestazos que a veces resultaban—al menos inicialmente—demasiado ferales hasta para mí. Sin embargo, el vino, al dejarlo respirar, daba mucho de sí. Mucho. Este 2006 se siente un tanto más saneado y modernillo que aquello, aunque guarda su carácter. Aromas de potpurri, fresa, frambuesa, cuero, tierra negra, regaliz, Earl Grey y un tocino que, por lo de hacer honor al lado oscuro del brett, por momentos deja entreoler curitas. De cuerpo éste viene entre ligero y medio. Definitivamente no es el vinazo seriote, rústico y apretado del 2001. Fruta directa y limpia, con los aspectos térreos solamente apareciendo de fondo. Taninos vivaces, un poco granulosos. Largo. Se va acítricos en el final de forma muy simpática y te deja un amargor sabrosón en la boca durante buen rato. Muy bebible. Repetiré, estoy seguro.

Otro vino comprado junto con los de Mastroberardino, siguiendo una recomendación de la revista local El enófilo por lo de calibrar gustos, fue el Concha y Toro, Sauvignon Blanc “Terrunyo”, Viñedo el Triángulo, Valle de Casablanca, Chile 2007. Ya, ya. Otro chileno más. Predecible era que no iba a convencerme, aunque he de decir que no me gustó, particularmente por venderse a un precio comparable al de unos cuantos sancerres infinitamente mejores como ejemplos de sauvignon blanc que yo me sé. Nariz de cítricos atropicalados potentes (toronja y piña, notoriamente) con una cierta petulancia herbácea que pretende vendérsete como “autenticidad varietal”. Pero es demasiado sobrada como para poder tomármela en serio y, además, no viene respaldada por nada mineral que me haga interesarme más allá. Buena concentración en boca, pero se siente demasiado manipulado. Larguito, pero carente de dimensionalidad. Josie dice que no le molesta. Yo le digo lo que pagué por él y ella cambia rápidamente de parecer.

Se dirán que ya me voy aclimatando y que hasta es posible que se ablanden un poquito mis rigurosos criterios. Pero no. Lo que me gusta, lo digo honestamente. Lo que me deja indiferente, también. Y lo que me disgusta… Pues ya ustedes saben… No sería éste un buen episodio camblórico sin un poquito de vitriol, que esta vez dedicaré al francamente horrible Viña San Pedro, “Castillo de Molina” Cabernet Sauvignon Reserva, Valle de Colchagua, Chile 2006 que me sirvieron en algún momento de la semana pasada.

Cuando digo “francamente horrible”, no lo hago gratuitamente. El horror viene al comparar este asqueroso potingue con un vino del mismo nombre, si bien de añada muy distinta (y ya distante, considerando como es el mundo del vino hoy día), que yo alguna vez considerara muy digno de mi copa y mi cava. Bromeábamos en la mesa, copas en mano, diciendo que a este 2006 mejor le cambiaban el nombre por “Castigo de Molina”. Mermelada de frutas rojas indeterminadas y ciruelas pasas con una infusión agresiva de vainilla. Fofo, empalagoso y aceitoso de textura. Encima, calientemente alcohólico en su no-posgusto. Pero lo peor de todo es una discordante nota que me recuerda a insecticida, que resuena durante toda la breve y consistentemente desagradable experiencia. Uno que desde ahora evitaré. Lástima, porque recuerdo algún 96 que bebí repetidamente en Puerto Rico como verdaderamente muy bueno.

Escrito por: manuel-camblor 4 comentarios 24 Jun 2008 URL Permanente

23 Jun 2008

¿Cómo despedirse?

Hoy iba a escribir una entrega feliz. Ya la tenía más o menos diagramadita en mi cabeza e iba a sentarme a la computadora cuando ví en CNN una noticia que me sentó como una patada en la barriga. A los setenta y un años, George Carlin ha muerto.

No les contaré nada ni intentaré un obituario que no soy digno de escribir. George Carlin tenía setenta y un años, aunque bien podría haber tenido la edad que le diera la gana, o ninguna edad. Se jodió porque su corazón le falló. El mío se encoge al saber que él ya no estará, vestido de negro riguroso, iluminando mi vida y haciéndome sonreir totalmente como poquísimos comediantes hoy día lo logran.

A continuación, una memoria visual de George Carlin. Adiós, maestro… No, perdón, que implícita en esa despedida va una patraña imperdonable. En fin, nada, que me enseñaste, sin conocerme nunca, lo único que sé, que es que saber sirve de muy poco cuando la realidad carece de vergüenza. Encontraste la salida por pura ley biológica. O la salida te encontró a ti. ¿Podrías darle un golpe al letrerito, a ver si se enciende y al fin nos enteramos donde queda?

Tan devastado estoy que estoy hablando solo. Hoy iba a escribir una entrega feliz…

Escrito por: manuel-camblor 5 comentarios 23 Jun 2008 URL Permanente

18 Jun 2008

Real Wine Attack: Posdata

La idea era dar un espacio más amplio al “Real Wine Attack”. En las últimas tres entregas se habían suscitado comentarios sobre lo imposible que era catar y conversar cómodamente con los vignerons en el local de Chambers Street Wines, ya que la concurrencia cada año iba creciendo más y más. Al parecer, el número de gente interesada en vinos de verdad—naturales, distintivos y elocuentes en cuanto a sus orígenes—va alcanzando proporciones que no son ninguna bicoca.

Así, el “Real Wine Attack” fue a parar a Cercle Rouge, un restaurante a pocas cuadras de Chambers. Resulta que los organizadores creyeron que este local, más grande, no se les llenaría tanto como la tienda. Pero la vida te da sorpresas…

Me bajé del taxi y ví que, afuera de Cercle Rouge, como si de una discoteca o de la “Venta de Almacén” de Barney’s se tratase, había una considerable cola de gente con pinta de fashionistas y seudobohemios. Tras la proverbial cuerda de terciopelo que bloqueaba la entrada al sitio estaba Joe Dressner. Lo veía de lejos y lo imaginaba diciéndoles a un trío de chicas “in”: “Okey, tú y tú entren. La otra no”. O bueno, quizás eso era yo proyectándome. Siempre me intrigó el proceso mental de los porteros de Studio 54. Y siempre pensé que hubiese sido divertido tener su trabajo, aunque fuera por una horita.

En fin, que me acerqué a la cabeza de la línea y Joe, saludándome, levantó la cuerda roja para franquearme el paso. Alguna de la gente bonita en la fila me miró con cara no muy bonita. Seguro mascullaron algo sobre mi madre. Yo, por mi parte, seguí para dentro como si el resto del mundo no existiera, sintiéndome todo un VIP.

Lo que me encontré en Cercle Rouge fue un lleno total. De un lado ví a Marc Ollivier, sirviendo Muscadet a dos chicas muy guapas. De otro lado creí ver a Didier Barrouillet, de Clos Roche Blanche, detrás de una mesa asediada por una turba humana que profería copas vacías. En el centro del salón estaba el señor del burdeos aquel que me gustó en el evento de Polaner. No veía yo perspectiva alguna de catar nada, pues todas la muchedumbre era implacable y no soy yo de los de ponerme a dar empellones.

Recordando estaba yo los patrones de comportamiento de los más atiborrados sitios en Ibiza allá por los primeros noventas y como hacía para sortear aquello, que vamos, no era mucho más difícil que esto… De repente tuve una iluminación: Para llegar a la barra en aquellas discotecas sólo había que tener paciencia. El gentío era como la marea. De repente se abría un claro y era cuestión de correr a aprovecharlo, sabiendo muy bien lo que le ordenarías al bartender.

-Hordas de “fans” del vino de verdad en Cercle Rouge-

De ese modo pude llegar a la mesa de Radikon y hasta probar un par de vinos servidos y explicados por Sasa Radikon, fíjese usté. Uno de ellos—el único del que apunté algo en mi libreta, pues me era una novedad—fue el Radikon, “Jakot”, Venezia-Giulia 2003, todo un descubrimiento. Este vino se elabora de tocai friulano (“Jakot” es “tokaj” al revés), siguiendo los métodos típicos de Radikon y sus vecinos, o sea, levaduras naturales, maceración en contacto con la piel de la uva, fermentación sin controlar la temperatura en toneles usados, etc. El resultado es algo singularísimo y muy sexy, desbordándose la copa con aromas de albaricoque, pera, almendra fresca, cera, polen y talco. Un “blanco”, como todos los de Radikon, con alma de tinto. Potente y voluptuoso, pero a la vez impecablemente estructurado, con fruta muy masticable en boca y un genial agarre acídico-tánico-mineral en el posgusto. Fascinantes vinos los de esta casa, siempre.

Probé unas cuantas cosas más, pero el ambiente recargado por los efluvios corporales y la cercanía codo-con-codo con los vecinos me hicieron guardar la libreta en el bolsillo. Habré degustado los tintos de Eric Texier y todos estaban preciosos, eso creo que lo recuerdo. Pero pronto me entraron ganas de tomar las de Villadiego. Me fuí a casa de SFJoe, que queda convenientemente cerca de todo. Y allí estuve un rato, refrescándome, charlando con Joe y el famoso Fatboy, hasta que llegó la hora de cenar. Estábamos los tres invitados a retornar a Cercle Rouge para, terminada la fase multitudinaria del Real Wine Attack, cenar con los vignerons tranquilamente y abrir unas cuantas botellucas.

En nuestra mesa el elenco de vignerons rotó unas cuantas veces. Iban y venían botellas que utilizamos para acompañar la excelente cocina de bistro tradicional de Cercle Rouge. Lo que se bebió en la cena:

Clos Roche Blanche, Sauvignon Blanc, Touraine 2002: Los añitos en botella han hecho maravillas por esto. No que tuviese yo ningún problema consumiéndolo joven, pero ahora está perfectamente redondeado. Ligero, bien enfocado en sus aromas cítricos, florales, herbáceos, especiados y minerales. El ser así de grácil, pero sin dejar de dar una impresión de concentración, es una de sus mayores virtudes. Largo, mineral y muy fino.

F. & A. Quénard, Chignin Bergeron, Vin de Savoie 2004: Bebido con sus amables elaboradores delante. Su textura y la manera en que se mueve me recuerda encaje fino en una suave brisa. Puro y etéreo, con frutas amarillas dulces y una mineralidad talcosa. Deliciosamente delicado.

Marc Ollivier-Domaine de la Pépière, “Clos des Briords” Vieilles Vignes, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2000: Una versión voluptuosa del Briords. Carnoso, mineral, con vibrante acidez. La impresión de peso es lo que sorprende aquí. Un muscadet poderoso. Posgusto largo y complejo, con agradable salinidad.

Radikon, “Jakot” Venezia-Giulia 2002: Porque las cosas son así en estas noches, acababa de descubrir este vino de Radikon y aquí estaba el propietario de Chambers Street Wines con una botella un poquito más vieja que podría comparar. Educación acelerada. Perfumado. Agua de rosas, melocotón profundo, un toque de litchis, pera, cera y lirios que comienzan a marchitarse. Grande, especiado y tánico (raro decir eso de un blanco, ¿no?) en boca. Delicioso.

René & Vincent Dauvissat, “Les Clos”, Chablis Grand Cru 2000: Apretadísimo, con un nudo de mar y tiza envuelto en manzana verde, almendra fresca y cáscara de limón. Necesita tiempo.

J.-F. Coche-Dury, Pinot Noir, Bourgogne 1996: Es como la tercera vez en menos de un año que pruebo este vino y la impresión se mantiene consistente. Hay excelente fruta e interesantes aromas térreos, especiados y de hongos secos. La textura es sedosa. El problema es que todo eso se ve invadido por indiscreto roble que distrae demasiado.

Brunel, “Les Cailloux”, Châteauneuf du Pape 1988: Mi aportación a la mesa. Siempre he dicho que esta AOC no es santa de mi devoción y me esfuerzo porque poco quede de élla en mi bodega. Esta era una botella huérfana que en algún momento algún amigo me regalara y pensé que era cosa de “ahora o nunca”. Y lo pillé en bastante buen momento… Interesante nariz de romero, tomillo, salvia y lavanda secas, cuero, polvo, humo, cereza y caramelo. En boca es rusticón, pero sabroso, particularmente por poseer excelente acidez y un agradable deje salino. Buen largo y su agarroncito tánico aún.

Pierre Overnoy, Arbois Pupillin “Style Vin Jaune” 2000: Una botella “extraoficial”, de ésas sin etiquetar, pero con explicación del responsible, que es mejor que cualquier etiqueta en estos tiempos. Compacto, complejo y con mucha profundidad. Dulzor moderado. Aromas de heno y una profunda corriente anisada. Manzana dorada, cúrcuma y pimiente blanca. Piedra triturada. En boca está apretado, pero se deja beber. Excelente cuerpo y largo.

Seguimos un rato en Cercle Rouge y luego, a instancias de SFJoe, marchamos a un “after party” en su casa. Yo, por mi parte, me encontraba agotado. Había estado hasta el cuello en la preparación de mi mudanza y comenzaba a sentirme el vino y los efectos del trabajo físico. Llego un punto en el preámbulo a los extra-innings en que insistí en llamar “Thierry” a Didier Barrouillet, de Clos Roche Blanche. Espro que me perdone. Lo estaba confundiendo con Thierry Puzelat.

No dí mucho más. No tomé notas. Tras media horita estaba en un taxi camino a casa, a dormir.

Escrito por: manuel-camblor 11 comentarios 18 Jun 2008 URL Permanente

16 Jun 2008

Una gotita en el océano...

Pues me quedé pensando el viernes por la mañana en como puedo practicar lo que predico, o al menos intentarlo, aunque de repente me encuentre moralizando en calzoncillos. Se me ocurrió, ante las protestas del RP por lo poco que he estado escribiendo, que debo aprovechar y coltgar algo sabatino. No quiero anquilosarme. Además, si no hago uso ahora de este material, que es de abril, puede que se haga completamente irrelevante…

Era la de mis cuarenta, coincidencialmente, semana del “Real Wine Attack” en Nueva York. Ese gran festival del vino de verdad, organizado y ejecutado por mi amigo el gran Joe Dressner con su genial colectivo de elaboradores artesanales, es uno que espero ansiosamente cada año. Ahí puedo probar todas las primicias de las luminarias del vino natural y, mejor aún, compartir un poco con dichas luminarias, lo que es un auténtico lujo.

Este año, como me encontraba en plena mudanza, tuve que aporcionar muy bien mi tiempo. Usualmente el “Real Wine Attack”, en su versión abierta al público en general, ocurre en el local de Chambers Street Wines, en una orgiástica tarde de sábado. Este año, sin embargo, porque la tienda resultaba estrecha, la fiesta se fue a Cercle Rouge, un restaurante cercano en TriBeCa.

Pero me adelanto… Lo de “aporcionar muy bien mi tiempo” va porque tuve que dividir mi experiencia del “Real Wine Attack” en dos eventos, el de Cercle Rouge y, un par de días antes, la gran cata para profesionales del vino que celebra Douglas Polaner, distribuidor de los vinos de Louis/Dressner, con todos los vinos de su extensísimo y variadísimo portafolio (para que se hagan una idea de cuan extenso, Polaner distribuye tanto a Dressner como a Eric Solomon; no creo que haya que explicar mucho más; ahí se juntan mansos y cimarrones, “spoofulators” y naturalistas acérrimos…). Por suerte, mi labor como periodista ciudadano, o sea, bloguero, ahora me permite colarme en todo tipo de eventos de estos “For the Trade Only”. Bueno, ayudó que Joe Dressner, pensando que bien podía ser mi último “Real Wine Attack”, tuvo la gentileza de ponerme en su lista de invitados.

Llegué al mediodía del 15 de abril a la Gotham Hall en la 39. Tenía un par de horas esa tarde para catar lo más posible, conversar con elaboradores y despedirme de muchos conocidos neoyorquinos que me encontraría. Al final no caté casi nada, considerando todo lo que había. Entre lo que se me quedó: Los maravillosos alvarinhos de Dorado, los madeiras dela “Historic Series” de la Rare Wine Company, los rieslings de Steinmetz, Busch y los Knebel, todos los 2007 de Clos Roche Blanche y Clos du Tue-Boeuf, los mâcons de Jean Marciat, los tres vinos de Foradori que había en oferta (demasiada gente delante de la mesa), los barolos “Cascina Francia” de Giacomo Conterno, las sidras de pera de Eric Bordelet, lo nuevo de Pazo de Señorans, un reguero de sakés y los vinos de todos los parientes de Alvaro Palacios, que también los distribuye Polaner (para que veas que uno no se olvida de los amigos más que para olvidarse, RP).

En fin, que se preguntarán ustedes si probé algo a fin de cuentas. Les confesaré que penosamente poco. No sé por qué, pero el cuerpo me pedía más interacción social que cata.

Recién llegado no hice más que dar un giro a la derecha y me encontré con la mesa de López de Heredia-Viña Tondonia. Ahí estaba María José, en las de siempre, un bólido de energía y alegría. Su entusiasmo a uno se le contagia. Aunque los vinos casi todos eran viejos amigos, por lo de disfrutar de la presencia de María José y un par de amigos más, los probé todos.

Comenzamos con el López de Heredia, “Viña Gravonia” Blanco Crianza, Rioja 1998, que andaba un tanto peculiar de aromas, con un deje de tienda de neumáticos que me sorprendió. Por lo demás, muy enérgico y presente, con cítricos insistentes y notas salinas que me recuerdan a palmito en conserva. Dándole un poquito de juego de muñeca a la copa la pestecilla a Pirelli se disipa y lo que tengo delante es un excelente Gravonia, con mucha persistencia y una interesante textura mineralesca al final.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva, Rioja 1989 está angular de primera impresión, con cítricos exotistas, algo de aceite de almendras y los sabrosos saladillos que siempre trae un buen tondonia. En boca se las arregla para dar simultáneamente impresiones de brillo y ligereza y de bastante densidad. El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1981 me recibe abierto, con una sonrisa. Graso, con más cítricos exóticos. Más especiado que los anteriores y con mayor complejidad. Engañosamente amigable, eso sí. Entra en boca y de repente sientes un potente agarre mineral y esa acidez a prueba de balas. Largo y amplio, perfectamente seco de principio a fin.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado Crianza, Rioja 1997 ha dado un giro muy positivo desde nuestro último encuentro. Es un vino esbelto y grácil de movimiento en la boca, donde los elementos fluyen bellamente de fresa silvestre a cáscara de naranja con especias. Perdón, que dije que no quería utilizar listillas de “descriptores”. Lo interesante aquí no es un aroma o sabor u otro, sino la progresión entre ellos, enérgica y sin el más mínimo tropiezo. La acidez y la salinidad en el posgusto añaden interés. Fresco y delicioso.

La revelación de la tarde entre lo que traía María José fue muy inesperada: El López de Heredia, “Viña Cubillo” Crianza, Rioja 2002. Sí, leyeron bien, el Cubillo se quedó con mi corazón. Cálido, afrutado y térreo, esto podría ponerlo como ejemplo didáctico de rioja clásico sin temor a pasar vergüenzas. Entra sedoso, limpio, preciso y elegante en sus caricias. Un vino que no necesita discursos, claro y conciso al invitarte a beber. ¿La botella entera? No problem.

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Reserva, Rioja 2000 traía mucho de hierbas y flores secas por delante, con algo de caballo sudado. Entre ligero e intermedio de cuerpo y movimiento, pero se siente sustancial—quizás demasiado, considerando que en el posgusto, aunque te da un golpecito de cáscara de naranja, la acidez está más o menos justa. Aquí falta bosconia… Un pequeño desencanto. Pero bueno, con la trayectoriaza que lleva esta bodega conmigo, si fallan una vez no ha pasado nada.

En contraste, el López de Heredia, “Viña Tondonia” Reserva, Rioja 1999 es una maravilla: Frutalmente oscuro y abundante, con un aspecto de carne asada muy interesante. Pero que esto no engañe a nadie, aunque tiene tremendo cuerpo, esto es un tinto de excelente agilidad y mucha elocuencia. Bonito, especiado y muy largo, con una coqueta mordida acídica que reverbera todo el final.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1987 también estaba fenomenal. Cárnico y carnoso, especiado, térreo y envuelto en cuero fino. Frutillas rojas muy frescas y bonitas notas florales en un vino que se muestra completamente cómodo en su elegancia. Es noble, lo sabe y lo acepta como su estado natural. Bellísimo.

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981 es emblemático de su tipo, con el habitual golpe de mineralidad disfrazada de guisantes. Compacto y seriote, con fruta suculenta—frambuesa de varios tonos que parece haber venido con todo y arbusto. Posgusto largo y especiado, pero apretado. No parece querer ponerse muy sociable en este momento.


-María José López de Heredia en plena faena-

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1976 se parecía tanto de natiz al 81 que en un principio pensé que se habían equivocado y me habían servido el mismo vino dos veces. Pero no. Aquí hay amplitud mucho más generosa y un cierto dulzor frutal tocado con flores silvestres. El posgusto, eso sí, es tánico y con mucho nervio.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1973 se presentó con una nariz preciosa, perfumada, de tono altito. Marcadamente salino y especiado, con una corriente que me recuerda a flores y cirios en la nave de una iglesia, entre todo lo demás que trae. Vibrante. Sabroso. Saladito. Este vino por sí solo es un almuerzo. Fresco, largo y complejo.

Interesante, entre toda esta catadera entusiasta de vinos de una de mis bodegas favoritas en todo el mundo, fue una conversación que tuve con José Fuentes, un puertorriqueño universal que es apasionado del vino español en todos sus aspectos. José tiene la valiosísima virtud de poder darte una apreciación justa igualmetne de uno de estos tondonias que del más moderno de los iberomodernazos enológicos de Toro, Priorat, Ribera del Duero o cualquier otro punto de la geografía española. La equilibrada agudeza de sus observaciones me merece mucho respeto.

Pues hablábamos José y yo de lo bonitos que envejecín tondonias y bosconias, de lo complejos, profundos y adultos que se hacían, cambiando como uno cambia, o sea, ganando con el tiempo y la vida. Comparábamos eso con la manera que tienen de sencillamente no sobrevivir mucho tiempo tantos vinos españoles de esos “de ahora”. El caso es que José tocó un punto muy importante en cuanto a las expectativas de la gente sobre como debe envejecer un vino. Me decía que para muchos conocidos suyos el único parámetro a considerar a la hora de evaluar un vino con algunos años encima es “si conserva fruta”, en el sentido de fruta primaria, simplemente designable y a una intensidad “juvenil”. Esto, claro está, reduce el vino a la categoría de algo que no evoluciona sino de la cumbre al hoyo, de una plenitud al declive.

Si la cuestión es “lo que el vino aguante”, me decía José, eso excluye la verdadera vida y evolución plena del vino.

Quizás semejante mentalidad, que tan clara y terminantemente refutan lso vinos de López de Heredia, sea producto de la forma en que se enseña a los nuevos amantes del vino a evaluar lo que se toman. ¿Cuchumil puntos? Pues de ahí pa’bajo. Sólo interesa el vino que se ganó esos puntos, que es el que “no ha perdido facultades”.

¡Pobrecita cultura del vino!

En fin, pido disculpas a José por la chapucera perífrasis que he hecho de nuestra conversación, pero me pareció importante reportar su esencia. A ver, compadre, si te animas y amplías la idea…

Seguí mi camino hacia el fondo del inmenso salón. Lo primero que probé a continuación fue la línea de beaujolais de Jean-Paul Brun, incluyendo cierto vino que ha dado alguito de que hablar posteriormente, tras haberle sido denegada a varias partidas del mismo la AOC Beaujolais.

El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Chardonnay, Beaujolais Blanc 2007 es de un perfume etéreo; femenino en plan “chica natural” con vestidito de algodón y sandalias. Los florales son de madreselva y lirio. Los de fruta son cítricos vivísimos con un subtexto carnoso de melocotón. Un blanco puro, fresco, vivísimo y “extra-crunchy”. Divertido. Otro del que me podría beber la botella entera y desear que fuese un mágnum.

El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Rosé d’Folie, Beaujolais 2007 es otra belleza en plan natural, quizás un poquito más de “hippie intelectual” que el chardonnay. La esencia de la fresa, vestida en una mineralidad francamente I-M-P-O-N-E-N-T-E y espolvoreada juguetonamente con cardamomo. Las notas son pocas, pero los ecos son muchos y muy persistentes.

Llegamos al vino-controversia, el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, “L’Ancien” Vieilles Vignes, Beaujolais 2007. Varias partidas de este vino han sido declasificadas—en un acto vergonzoso por parte de los “jueces” del INAO—y relegado a mero Vin de Table, pero la botella de la que me sirvió Jean-Paul no parecía ser de ellas, pues llevaba claramente la AOC en la etiqueta.

Un Ancien ligerito, que se deja beber espectacularmente ahora mismo, con fruta muy ágil y alegre, acentos de comino y su corazón mineral en la manga. Taninos vivaces en un final precioso.

Seguí a los crus, comenzando por el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Fléurie 2007, que es otro sublime coctel de frambuesa y piedras. En la superficie parecería ligero como una brisa, pero en el paladar medio se abre y te muestra una estructura y una garra tremendas. Largo, térreo, firme… El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Côte-de-Brouilly 2007 es ligero y de trago fácil, lo que parece ser la marca de la añada. Trae lavanda, agua de violetas y arándano con una mineralidad decididamente salina. Muy refrescante y seguramente delicioso para almorzar. Un vino que te abre el apetito.

Por último probé el Jean-Paul Brun/Terres Dorées Moulin-à-Vent 2007, que era todo fresa pura con el más sutil toque de especias—algo así como cuando te le añaden un poquito de sal a una piña para acentuarle el sabor, pues aquí la nota especiada acentuaba la pureza de la fresa. Largo, limpio y delicioso.

Seguí a la mesa de los Desvignes, cuyos vinos he comentado aquí abundantemente, especialmente como ejemplos imprecables de vins de terroir. De sus 2005 compré montones en todos los formatos disponibles. Me parecieron vinos que recompensarían enormemente la guarda durante diez o quince añitos.

¿Les he comentado alguna vez sobre la cantidad de beaujolais que hay en mi bodega? Cajas y cajas… Quienes entiendan por “beaujolais” únicamente los potingues tecnológicamente bastardeados de ciertos negociantes seguramente se maravillarán ante esta aseveración mía, pero puedo decir con certeza que vale la pena dedicar espacio en la cava a los beaujolais de los mejores productores. Nombres como Brun, Desvignes, Tête, Chermette, Lapierre, Coudert y Descombes me lo han demostrado ampliamente. Encima, los vinos se mantienen a precios muy para la vida real de los que no queremos andar sacando segundas hipotecas para beber. Si pensamos en lo que anda costando hoy día cualquier cosilla de las apelaciones más chic de Borgoña y consideramos que un gran gamay, con la edad se “pinotea”, o sea, envejece para adquirir características muy similares a un buen pinot noir de la misma edad, de repente tenemos un buen sustituto que nos deja con alguito de plata en la cartera para comprarnos una buena camisa.

Pero se me va el hilo. Los Desvignes tenían un par de vinos. El primero era el Louis-Claude Desvignes, Morgon “Côte du Pÿ” 2006. Muy elegante vino, sí señor. Floral, con buena concentración de fruta negra y taninos masticables. Cuerpo entre ligero y medio, con una agradable ligereza en el paladar medio y un posgusto frutal perfectamente limpio. Del Louis-Claude Desvignes, Morgon “Javernières” 2006 únicamente apunté: “Tierra. Profunda tierra en la que crecen violetas y arbustos con frutillas rojas.”

La mesa de al lado era la de Michel Tête, donde probé un Michel Tête, Juliénas 2006 muy rico. Perfume de tono altito, pero sin molestias volátiles. Térreo, con fruta negra muy pura y un posgusto muy mineral que es largo y, aunque comienza amplio, se va compactando con cada segundo que pasa. Probé también el Michel Tête, Juliénas “Cuvée Prestige” 2005, del que tnego guardados unos cuantos magnums. Apretadísimo. Huraño. Se siente mucha sustancia, muchísima. Pero no quiere saber de vida social ahora mismo. Hay que dejarlo quieto.

Nada como poder compartir, junto con mi admiración por su trabajo, estos pensamientos míos con los elaboradores de estos vinos, tan puros, naturales y prometedores.

Seguí a la mesa de Georges Descombes. Comencé con un Georges Descombes, Régnie 2006 u